El cantante ha ofrecido una íntima entrevista en ‘Lo de Évole’, donde se ha sincerado sobre sus complicados primeros años de infancia y juventud.

Manuel Carrasco se ha mostrado como nunca antes en su reciente entrevista con Jordi Évole, un encuentro íntimo en el que el cantante onubense ha desnudado su pasado con una sinceridad que ha conmovido tanto al presentador como a la audiencia.
Lejos del éxito, de los estadios llenos y de los números que hoy rodean su carrera, Carrasco ha regresado a sus orígenes para explicar de dónde viene y por qué sigue siendo, en esencia, el mismo “buscavidas” que fue de niño.
El artista ha hablado abiertamente de una infancia marcada por la escasez y el esfuerzo constante de una familia numerosa que luchaba por salir adelante.
“En casa había muy poco, yo me crie en un patio de vecinos, en una habitación los siete y nos tocó una vivienda de protección oficial”, relató con serenidad, pero sin ocultar la dureza de aquellos años.
La imagen que dibuja es clara: un piso de apenas 60 metros cuadrados compartido por siete personas, literas para dormir y una economía que obligaba a estirar cada peseta.
Carrasco recordó con detalle cómo sus padres lograron acceder a esa vivienda.
“Mi padre pidió fiado a la tienda donde compraba la comida y así compramos el piso.
Le dijo: ‘no te voy a pagar la compra durante dos meses para dar esta entrada’, y allí que pudimos ir”, explicó.
Un gesto que resume el sacrificio silencioso de una generación que hizo lo imposible para ofrecer a sus hijos una vida digna.
“Teníamos literas”, añadió, normalizando una situación que hoy observa con la perspectiva del tiempo y la gratitud.

El cantante situó su infancia en un contexto social complejo, propio de los años 80 y 90 en su entorno.
“Veníamos de marineros, mariscadores, buscavidas… había de todo allí, la droga que había”, recordó.
Vivían donde podían, sin demasiadas opciones, y con una sensación de límites muy marcada.
“Con los estudios siempre decíamos que eso era para los hijos de los maestros.
Era como una derrota anticipada, y yo siempre he intentado luchar contra eso”, confesó, dejando entrever cómo esa percepción temprana de desigualdad influyó en su carácter y en su afán por no resignarse.
La ayuda institucional también formó parte de aquellos años.
Carrasco explicó que él y sus hermanos acudían al comedor escolar subvencionado.
“Nosotros íbamos al comedor del colegio, que también nos subvencionaba el ayuntamiento, porque éramos muchos y era difícil”, relató, normalizando una realidad que hoy sigue siendo común para muchas familias.
Uno de los momentos más emotivos de la entrevista llegó al hablar de su padre, marinero, y del miedo constante que sentía cuando salía a faenar.
“Él estaba unos 20 días fuera de casa, en Marruecos. Yo sufría con el oficio de mi padre muchísimo”, confesó.

La angustia no era infundada: los naufragios eran frecuentes y la tragedia estaba demasiado cerca.
“Cada cierto tiempo había un naufragio allí y había gente que moría en la mar.
En mi bloque murió un hombre y en el de enfrente otro.
No se me olvidará nunca los lamentos de esas mujeres, los gritos de dolor en el silencio de la noche.
Tenía miedo de que a mi padre también le pasara”, dijo con la voz cargada de memoria.
Sobre su madre, Carrasco solo tuvo palabras de admiración.
“No paraba, llevaba todo para adelante. Se quedaba con cinco en casa”, explicó, describiéndola como “la capitana de la casa”.
Trabajaba en la fresa y sostenía el hogar durante las largas ausencias del padre.
“Ella no ha visto una película entera, está inquieta…”, comentó con una sonrisa que escondía respeto y gratitud hacia una mujer que sostuvo a la familia en los momentos más duros.
Antes de que la música se convirtiera en su camino definitivo, Manuel Carrasco hizo de todo para ayudar en casa.
Trabajó en la obra, en la pintura, siguiendo los pasos de su hermano mayor.
“Mi hermano mayor entró ahí y ahí fuimos cayendo todos, en obras, subidos a un andamio”, recordó.
También mariscaba, recogiendo coquinas que luego vendían para sacar algo de dinero.
“Íbamos a la puerta de un supermercado y las intentábamos vender”, contó, sin ocultar la vergüenza adolescente.
“Aparecía la chavalita que te gustaba y dejabas el cubo de las coquinas, te daba mucha vergüenza. Tendríamos 11 años”.

La música también apareció pronto como una forma de supervivencia.
“Cuando iba a buscar a mi padre al puerto me hacía cantar en la barra de un bar y pasaba el plato cantando fandangos”, recordó.
Aquel niño sacaba “300 o 400 pesetas” mientras empezaba a entender el poder de su voz.
“Yo era un buscavidas, me he criado así y eso ha sido una constante a lo largo de todos estos años”, afirmó, conectando directamente su pasado con su presente.
Hoy, con una carrera consolidada y un éxito incuestionable, Carrasco reconoce que le ha costado asumir la nueva realidad.
“Mi vida ahora no se puede comparar, es totalmente diferente”, admitió.
Incluso la prosperidad le generó incomodidad.
“Me compré un coche pasados diez años, pero me daba como vergüenza. No me gusta ir por ahí de ostentar, no va conmigo eso”, explicó.
El miedo, incluso, se trasladó a sus hijos, consciente del contraste entre la vida que él tuvo y la que ellos conocen.
A pesar de todo, Manuel Carrasco sigue encontrando refugio en sus raíces.
“Me siento más a gusto con la gente de siempre”, sentenció, dejando claro que el éxito no ha borrado al niño que dormía en literas ni al adolescente que vendía coquinas para ayudar en casa.
Su relato, honesto y sin artificios, no solo explica su trayectoria artística, sino que revela al hombre que hay detrás: alguien que nunca ha olvidado de dónde viene y que ha convertido la necesidad en fortaleza y la memoria en identidad.