Las uvas (de gominola, lo reconozco) me las comí conectada a Youtube, traicionando a los medios tradicionales porque ellos se lo han buscado. Eso sí, luego conecté con los canales clásicos de televisión para ver los especiales de Navidad
La Nochevieja ya no es lo que era, y muchos lo saben aunque cueste admitirlo.
Este año, mientras el reloj avanzaba hacia la medianoche, una sensación de nostalgia se coló entre las doce campanadas.
No era solo el cambio de año lo que se celebraba, sino también la constatación de que algo esencial se ha perdido en la televisión tradicional.
Ramón García no estaba allí, y su ausencia pesó más que cualquier vestido viral o cualquier chiste forzado.
Las uvas, en este caso de gominola, se comieron frente a una pantalla distinta.
No fue La 1, ni Antena 3, ni ninguno de los grandes canales de siempre.
Fue YouTube.
Una decisión consciente, casi militante, que cada vez más espectadores adoptan como respuesta al desencanto.
“No es que no me guste la tele”, se repite uno a sí mismo, “es que la tele ya no parece pensada para mí”.
Y así, con esa mezcla de resignación y rebeldía, se traicionan las tradiciones de toda una vida.
La televisión generalista se ha ganado este distanciamiento a pulso.
A base de decisiones erráticas, de despreciar al espectador fiel y de confundir modernidad con ruido, ha empujado a muchos a buscar refugio en plataformas donde, al menos, uno elige qué ver y a quién escuchar.
La Nochevieja, ese momento sagrado que antes unía generaciones frente al televisor, ahora se fragmenta en miles de pantallas individuales.
Y en medio de ese cambio, la figura de Ramón García emerge como un símbolo de lo que fue y ya no es.
No hacía falta que gritara, ni que provocara polémicas, ni que vistiera disfraces imposibles.
Bastaba su voz tranquila, su cercanía y esa capacidad casi mágica de hacer que millones de personas sintieran que estaban celebrando juntas.
“Vamos allá”, decía, y el país entero respiraba al mismo ritmo.
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Sin él, las Campanadas se sienten extrañas.
Demasiado rápidas, demasiado cargadas de espectáculo, demasiado pendientes de generar titulares al día siguiente.
Donde antes había complicidad, ahora hay tensión por ver quién se equivoca, quién provoca más comentarios en redes o quién consigue ser tendencia.
La fiesta se ha convertido en contenido, y el contenido ha perdido alma.
Paradójicamente, tras las uvas digitales, muchos volvieron a encender la televisión para ver los especiales de Navidad.
No por entusiasmo, sino por inercia.
Porque aún queda un vínculo emocional difícil de romper del todo.
Se hace zapping, se observa con distancia y se confirma la sensación: algo no encaja.
Hay brillo, sí, pero falta calor.
Hay famosos, pero no referentes.
Hay ruido, pero no compañía.
“Antes me sentía parte de algo”, comenta una espectadora mientras recuerda aquellas Nocheviejas en familia.
“Ahora siento que estoy mirando un escaparate”.
Esa frase resume el problema.
La televisión ha dejado de hablarle al espectador para hablar sobre el espectador.
Lo analiza, lo segmenta, lo persigue, pero ya no lo abraza.
YouTube, con todas sus imperfecciones, ofrece justo eso que se echa de menos: cercanía.
Personas hablando a personas, sin decorados imposibles ni guiones rígidos.
Puede ser caótico, incluso amateur, pero resulta honesto.
Y en una noche tan simbólica como la última del año, esa honestidad pesa más que cualquier despliegue técnico.

No se trata de rechazar lo nuevo ni de idealizar el pasado.
Se trata de entender por qué figuras como Ramón García siguen siendo recordadas con cariño mientras otros pasan sin dejar huella.
Él representaba una televisión que no tenía miedo a ser sencilla, que confiaba en el poder de la compañía y no en el impacto inmediato.
La huida hacia YouTube no es una moda pasajera, es una consecuencia.
Un síntoma de que algo se ha roto en la relación entre los grandes medios y su audiencia.
Y mientras no se reconozca ese fallo, la distancia seguirá creciendo.
Cada Nochevieja habrá más uvas de gominola y menos retransmisiones compartidas.
Al final, uno puede volver a la tele, sí, pero ya no con la misma ilusión.
Se mira con nostalgia, con cierta tristeza, recordando cuando bastaba una voz amable para sentir que el año empezaba bien.
Se echa de menos a Ramón García no solo por lo que hacía, sino por lo que representaba: una televisión que sabía acompañar sin necesidad de gritar.
Y quizá ahí esté la lección.
En un mundo saturado de estímulos, lo verdaderamente revolucionario sería recuperar la calma, la cercanía y el respeto al espectador.
Hasta que eso ocurra, muchos seguirán despidiendo el año conectados a YouTube, mirando de reojo una televisión que, aunque aún encendida, ya no se siente como casa.