Un familiar de una víctima del accidente de Adamuz tomó la palabra en el funeral para agradecer el apoyo ciudadano, institucional y de los servicios de emergencia, y recordar la humanidad de los fallecidos.

Majestades, excelentísimas autoridades civiles y eclesiásticas que nos acompañáis, hoy, cuando el vendaval que recorre nuestro interior parece intentar calmarse, queremos empezar estas palabras dando las gracias.
En primer lugar, gracias a nuestra diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida.
La única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino bajo la mirada de su madre en su advocación cinteña.
Huelva es una tierra mariana.
Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo.
Agradecemos a todos los que nos acompañáis por amor, por compasión, por empatía, incluso a aquellos que lo hacéis por agenda.
Gracias al pueblo de Adamuz, ese pequeño rincón que nunca olvidaremos y que nunca olvidará, así como la ciudad cordobesa a la que nos sentimos y nos sentiremos unidos para siempre.
Sin pensar en las consecuencias, no dudaron en sumirse al caos de los hierros retorcidos, de la sangre, del dolor y de las lágrimas.
Acompañaron a nuestros heridos hasta que estuvieron seguros de que estaban a salvo y luego nos acompañaron en nuestro lamento.
Pusieron a nuestra disposición el sustento y el cobijo de esos amargos días, pero sobre todo pusieron todo su cariño, su entrega y su deseo de hacer que ese duro momento doliera un poco menos.

Gracias a los cuerpos de seguridad y emergencias que acudieron prestos como siempre a la llamada.
Hicieron lo que pudieron con la información y los medios de lo que disponían.
Gracias por vuestra empatía, vuestra cercanía y vuestro afecto en los días posteriores.
Gracias a la sanidad andaluza, sin duda sostenida por los profesionales que la integran.
Yo sé lo que es volver a casa de una guardia mala y abrazar a tus hijos, porque sabes que alguien ya nunca podrá volver a hacerlo con el suyo.
Sé lo que es intentar sanar el cuerpo de alguien que tiene el alma herida de muerte.
Tuvo que ser durísimo, compañeros. Gracias. Gracias al personal y voluntarios de Cruz Roja que no han soltado nuestra mano en ningún momento.
“Si no puedes curar, alivia. Si no puedes aliviar, consuela. Si no puedes consolar, acompaña”.
Gracias a nuestras instituciones que se pusieron de frente desde el minuto cero, soportando el caos y los envites de nuestra propia angustia.
Permitidme, no obstante, una crítica a la lentitud de la información, pues creedme, es mejor saber que imaginar.

Gracias también, como no, a las pequeñas corporaciones locales cuyos vecinos iban corriendo la voz de que algo grave estaba azotando los cimientos de la comunidad y sintieron nuestro quebranto como el suyo propio.
Querida Pilar, queridos alcaldes, habéis demostrado que hay que ser grandes como personas para poder ser grandes como servidores públicos.
Y gracias, infinitas gracias a Huelva, nuestra querida ciudad bendecida por el sol, que no ha dejado de arroparnos de una forma extraordinaria, haciéndonos llegar la grandeza de su amor y su propio dolor, intentando así que el nuestro fuera un poco menos desgarrador.
Y así han ido pasando los días y el dolor va dejando paso a los recuerdos.
Nuestro corazón, aún con la misma espada clavada, empieza a esbozar pequeñas y tímidas sonrisas cuando miles de estampas pasadas irrumpen continuamente en nuestra mente.
“Mami, ¿tú cuánto dinero ganas?”, le pregunté un día a mi madre.
“Lo justo, cariño”, me dijo ella, porque lo que queda en mi cuenta a final de mes no es mío.
“¿Y de quién es, mamá?”, le pregunté porque no lo comprendía.
“De los demás”, me respondió.
Así era mi madre, generosa con todo lo que tenía.

Lo que perdimos ese fatídico domingo 18 de enero no era solo una cifra; eran vagones llenos de virtudes y defectos.
Eran vagones llenos de triunfos y derrotas, de anhelos y silencios, de esperanza.
Porque ellos no solo son los 45 del tren; ellos eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos.
Eran la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas.
Ellos eran eso que ya nunca serán, porque no solo son los 45 del tren, ellos eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estábamos dando cuenta.
Nosotros somos las 45 familias a las que se les paró el reloj a las 7:45 de aquella fatídica tarde.
Somos las 45 familias que se abrazaron en aquel centro cívico, donde el paso del tiempo se iba inundando de silencio y el silencio iba dejando paso al llanto.
Somos las 45 familias que han aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer y el beso que no damos es el que más recordamos.
Cambiaríamos todo el oro de este mundo por poder mover las agujas del reloj tan solo 20 segundos.
Y también somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad, porque solo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará.
Sabremos la verdad, lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio, desde la paz de saber que en los brazos de la Virgen ahora duermen.
Descansen en paz.