Nicolás Maduro ha sido detenido, lo que marca un punto de inflexión en la política venezolana y genera alivio entre la población.
La caída de Maduro pone en una posición precaria a José Luis Rodríguez Zapatero y otros líderes europeos que apoyaron su régimen.

Nunca se ha podido acusar a Donald Trump de no cumplir lo que anuncia.
Nicolás Maduro ya lo ha comprobado en primera persona.
Tras meses de advertencias públicas desde agosto, Washington ha ejecutado su amenaza y ha puesto fin a una etapa que la izquierda internacional llevaba años blanqueando.
Apenas un día después de que distintos dirigentes celebraran los 67 años de la dictadura comunista en Cuba, la Casa Blanca ha marcado un punto de inflexión: Venezuela no seguirá el mismo camino.
Maduro ha acabado entre rejas y, de repente, sus padrinos políticos europeos han entrado en pánico.
Entre ellos destaca José Luis Rodríguez Zapatero, señalado desde hace tiempo por su cercanía al chavismo.
En círculos políticos se da por hecho que el expresidente español se siente ahora en el punto de mira de Estados Unidos, consciente de que su papel como valedor internacional del régimen venezolano puede pasarle factura.
Con la caída de Maduro, el escenario se complica para Zapatero, cuya relación con el chavismo ha sido constante y lucrativa en términos políticos y personales.
Su imagen de mediador de “paz” queda ahora bajo sospecha, y en Washington muchos creen que su nombre será el siguiente en la lista.
Mientras tanto, figuras como Irene Montero elevan el tono y denuncian una supuesta agresión imperialista, aunque evitan explicar años de silencio ante la represión y el fraude electoral en Venezuela.
Ya ha comenzado el coro habitual que confunde soberanía nacional con la permanencia de un régimen impuesto contra la voluntad popular.
Son los mismos que nunca hablaron de derecho internacional cuando a los venezolanos se les robó el voto y se persiguió a la oposición.
Ahora, de repente invocan la independencia de “un país soberano” para proteger a una dictadura caída en desgracia.
El argumento resulta tan repetido como poco convincente.

En este contexto, ha resonado con fuerza el mensaje del líder del PP en Cataluña, Alejandro Fernández, que ha recordado que a los dictadores que amañan elecciones y torturan a sus opositores no se les frena con gestos simbólicos ni discursos buenistas.
Frente a ese mensaje, el silencio de otros dirigentes ha resultado atronador.
Estados Unidos no ha atacado a la ciudadanía venezolana, como algunos pretenden hacer creer, sino que ha actuado contra quienes la han sometido durante años.
En las calles de Venezuela, según múltiples testimonios, no hay miedo, sino alivio.
La caída de Maduro abre además un escenario incómodo para Zapatero, cuya relación con el chavismo ha sido constante y lucrativa en términos políticos y personales.
Su imagen de mediador de “paz” queda ahora bajo sospecha, y en Washington muchos creen que su nombre será el siguiente en la lista.
Si eso ocurre, el golpe alcanzará también a Pedro Sánchez, que ha utilizado al expresidente como referencia moral durante años.
Con Maduro fuera de juego, el foco se desplaza, y Zapatero sabe que ya no tiene dónde esconderse.
La situación en Venezuela ha cambiado drásticamente, y los líderes políticos europeos que antes apoyaban a Maduro ahora se encuentran en una posición precaria.
La caída del dictador ha puesto en entredicho la legitimidad de aquellos que, como Zapatero, defendieron su régimen.
La presión sobre él aumenta, y su futuro político parece incierto.
Mientras tanto, el pueblo venezolano respira aliviado, esperando un cambio real en su país.
La comunidad internacional observa con atención cómo se desarrolla esta nueva fase en la política venezolana y cómo afectará a los aliados de Maduro en Europa.

Las reacciones no se han hecho esperar.
Los partidos políticos en España, desde VOX hasta el PSOE, han comenzado a posicionarse ante este nuevo panorama.
La incertidumbre reina, y las alianzas políticas se redefinen en función de los acontecimientos.
Zapatero, quien alguna vez fue visto como un defensor de la paz y la democracia, ahora enfrenta un futuro incierto, con su reputación en juego.
Los comentarios de Alejandro Fernández resuenan con fuerza en este nuevo contexto.
La política internacional se mueve rápidamente, y aquellos que han estado en la sombra del chavismo deben prepararse para las repercusiones de la caída de Maduro.
La historia está en constante evolución, y el desenlace de esta trama política podría tener consecuencias duraderas en la política española y europea.
Así, el juego de poder se intensifica, y Zapatero se encuentra en el centro de una tormenta que podría cambiar el rumbo de la política en España y en América Latina.
La caída de Maduro no solo marca un hito en la historia de Venezuela, sino que también redefine las relaciones internacionales y pone a prueba la resistencia de aquellos que han defendido regímenes autoritarios en el pasado.
Con el futuro en juego, la atención se centra en cómo responderán los líderes europeos a esta nueva realidad y qué pasos darán para proteger sus propios intereses en un mundo que cambia rápidamente.
