EN SU LECHO DE MUERTE SU HIJA LE QUITO LO POCO QUE LE QUEDABA MUY HERMOSA PERO TUVO UN TRISTE FINAL

El Último Susurro de una Madre: La Traición de su Propia Hija

Era un día nublado en la ciudad, cuando Dulce, una madre amorosa y dedicada, se encontraba en su lecho de muerte.

La enfermedad había consumido su cuerpo, pero su espíritu seguía fuerte.

Dulce había pasado toda su vida cuidando de su única hija, Romina, y ahora, en sus últimos momentos, se sentía traicionada.

Romina, una joven ambiciosa, había estado a su lado durante toda la enfermedad de Dulce, pero sus intenciones no eran tan puras como parecían.

Mientras Dulce luchaba por cada aliento, Romina solo podía pensar en lo que podría heredar.

“¿Cuánto me dejará?”, se preguntaba, mientras su madre se debilitaba.

La relación entre Dulce y Romina siempre había sido complicada.

Aunque Dulce había hecho todo por su hija, Romina a menudo se sentía insatisfecha y deseaba más.

“Siempre he sido la hija perfecta”, decía Romina, pero en su corazón, la ambición la consumía.

En sus últimos días, Dulce decidió que era hora de hacer cambios en su testamento.

“Quiero que Romina entienda el valor de lo que tiene”, pensó Dulce.

Sin embargo, Romina no estaba dispuesta a aceptar una herencia menor.

“¡No puedo permitir que me quite lo que es mío!”, exclamó Romina en una discusión acalorada.

Dulce se sintió herida por las palabras de su hija.

“Solo quiero lo mejor para ti, Romina”, dijo con lágrimas en los ojos.

Pero Romina no escuchaba; su mente estaba fija en el dinero y la propiedad.

A medida que los días pasaban, Dulce se debilitaba más.

Una noche, mientras Romina dormía en la silla junto a su cama, Dulce hizo una llamada.

Llamó a su abogado y le pidió que viniera al día siguiente para hacer cambios finales en su testamento.

“Quiero que mis deseos se respeten”, murmuró Dulce antes de cerrar los ojos.

Al día siguiente, el abogado llegó y Dulce firmó el nuevo testamento.

“Quiero que todo se destine a una fundación para ayudar a otras madres”, explicó.

Romina despertó justo cuando el abogado se iba, y su rostro se tornó pálido al escuchar la noticia.

“¡No puede ser!”, gritó Romina.

“¡Todo debería ser mío!”.

La ira y la traición llenaron el aire.

Dulce intentó calmar a su hija.

Romina, esto es por el bien de muchas mujeres que necesitan ayuda”, dijo con voz suave.

Pero Romina no estaba dispuesta a aceptar.

“¡Eres una madre egoísta!”, respondió, y salió de la habitación furiosa.

Esa noche, Dulce sintió que su tiempo se estaba agotando.

Con cada latido, el dolor se intensificaba, pero su amor por Romina nunca disminuyó.

“Espero que algún día entiendas”, susurró Dulce a la oscuridad.

Finalmente, Dulce partió de este mundo, dejando atrás un vacío y un legado de amor.

Romina, al enterarse de la muerte de su madre, sintió una mezcla de emociones.

La tristeza la invadió, pero también la rabia.

“¡Todo lo que hizo fue en mi contra!”, pensó, mientras las lágrimas caían por su rostro.

En el funeral, Romina se mostró distante.

Mientras otros lloraban la pérdida de Dulce, ella solo podía pensar en la fundación y en lo que había perdido.

“¿Por qué no me dejó nada?”, se preguntaba, sintiéndose más sola que nunca.

Los días pasaron, y Romina comenzó a recibir llamadas de la fundación que Dulce había creado.

“Queremos honrar la memoria de tu madre”, le dijeron.

Romina se sintió frustrada, ya que no podía entender por qué su madre había tomado esa decisión.

“Ella debería haberme dejado su legado, no a extraños”, murmuró para sí misma.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, Romina comenzó a ver el impacto que la fundación tenía en la vida de otras mujeres.

Las historias de madres que recibían ayuda la hicieron reflexionar.

“Quizás Dulce tenía razón”, pensó Romina.

“Quizás esto es lo que realmente importa”.

Finalmente, Romina decidió involucrarse en la fundación.

Comenzó a trabajar con otras mujeres, y poco a poco, comenzó a sanar.

“Mi madre siempre quiso ayudar a otros”, se dio cuenta.

“Y yo puedo seguir su legado”.

A través de la fundación, Romina encontró un nuevo propósito.

Aprendió a valorar lo que realmente importaba: el amor, la compasión y el deseo de ayudar a los demás.

La traición que había sentido se transformó en gratitud.

Dulce había dejado un legado más grande que cualquier herencia material.

Y aunque Romina había comenzado su viaje con resentimiento, terminó encontrando paz en el amor que su madre había compartido con el mundo.

“Gracias, mamá”, susurró Romina una noche, mientras miraba las estrellas.

“Te entiendo ahora”.

Así, la historia de Dulce y Romina se convirtió en un testimonio de amor, redención y el verdadero significado de la herencia.

A veces, lo que se pierde puede transformarse en algo hermoso, y el amor de una madre jamás se olvida.

 

 

 

 

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