La tía del Rey ha fallecido a los 83 años en Madrid y sus restos serán trasladados a Grecia, donde será enterrada en el cementerio de Tatoi.

Hija de Pablo I de Grecia y la Reina Federica –penúltimos reyes de los helenos entre 1947 y 1964–, había sufrido un deterioro de salud en los últimos meses, que ha llevado a Doña Sofía a permanecer a su lado hasta su último aliento.
La princesa Irene de Grecia ha fallecido a los 83 años en Madrid. La muerte ha tenido lugar a las 11:40 horas en el Palacio de la Zarzuela, desde donde informarán próximamente de las ceremonias que se organicen para su velatorio en España y el posterior traslado del féretro a Grecia para su entierro en el cementerio de Tatoi.
La familia del Rey se despide de ‘la tía Pecu’, como la llamaban de forma cariñosa, quien en los últimos meses había sufrido un deterioro de su estado de salud. Ha fallecido en el Palacio de la Zarzuela, donde residía. A principios de esta semana, tras sufrir un agravamiento en su estado de salud, la Reina Sofía aplazó sus compromisos institucionales para estar al lado de su hermana «hasta el último momento», según informan fuentes de la Casa del Rey. Esta mañana la madre del Rey de ha despedido de su aliada, confidente y refugio.
Los Reyes «han seguido pendientes minuto a minuto la evolución de su estado de salud», apuntan las mismas fuentes. Destacan que «Doña Irene era un miembro de la familia de Su Majestad el Rey muy querido por todos». Sienten un «profundo pesar» por la pérdida de «una persona dedicada a ayudar a los más necesitados a través de sus proyectos solidarios».
Irene de Grecia y Dinamarca nació el 11 de mayo de 1942 en Ciudad del Cabo, gracias a que el gobierno de Sudáfrica ofreció a su madre, la entonces princesa Federica de Hannover, un lugar donde refugiarse tras una precipitada huida de la Familia Real de Grecia. «Al menos Irene nació en un entorno bello», escribió la princesa helena a su marido, el príncipe heredero Pablo de Grecia en una de sus cartas, donde lamentó que el exilio les estuviera robando tiempo para estar juntos. Ese anhelo por volver a Grecia, llevó a Federica de Grecia a llamar a su hija pequeña Irene, que en griego significa ‘paz’.
Los primeros meses de vida de Irene de Grecia transcurrieron entre animales domésticos de granja y las fieras salvajes de la sabana, la ausencia de su padre y la cercanía de su madre y sus hermanos, Constantino y Sofía. Este entorno, según contó la periodista y escritora Eva Celada en ‘Irene de Grecia. La princesa rebelde’, perfiló su carácter «como alguien especial y una persona profundamente espiritual». Al igual que la Reina Sofía. Unidas desde pequeñas frente a la adversidad, la princesa Irene y la madre de Felipe VI siempre encontraron la compañía, complicidad y apoyo que necesitaron, en los momentos tristes y también en los felices.
Guardiana de los secretos de la Familia Real
Con su muerte la Reina Sofía pierde a su principal confidente y aliada, testigo en la sombra de la transición española desde el Palacio de la Zarzuela, donde –antes de instalarse indefinidamente tras la muerte de la Reina Federica, en 1981– siempre tuvo dos estancias a su disposición desde 1975, tras la restauración de la monarquía en España.

Desde 1969 y hasta el inesperado fallecimiento de la Reina Federica, Irene de Grecia residió en una casa alquilada en Madrás, donde decidió instalarse tras la muerte del Rey Pablo en 1964. Con él y la Reina Federica, había conocido la India un año antes, en 1963. Su forma de vida religiosa y espiritual y la serenidad que encontró allí le llevó a fijar su residencia, en la que también vivió su madre hasta 1975. «Teníamos una casa alquilada con dos o tres personas de servicio; una de ellas cocinaba una comida india fantástica (mi madre y yo no sabíamos cocinar). La India es un país estupendo para ser vegetariana. No echaba de menos la comida griega, aunque también me gusta mucho», afirmó la princesa Irene sobre sus primeros días allí.
Diez años en la India
Madrás cambió su forma de entender la vida. Pero no se hizo vegetariana por eso. Tal y como contó en el libro de Celada, fue tras la muerte del Rey Pablo, un momento muy doloroso para ella que la llevó directa a la India: «Aunque el hecho de que haya muchos vegetarianos sea una de las razones por las que me gusta la India, en realidad me hice vegetariana a raíz del fallecimiento de mi padre, igual que mi hermana. Cuando mi padre murió tuve experiencias espirituales muy fuertes. Era una gracia de Dios, a pesar de su muerte, tener ese consuelo. Pensamos que si Dios puede consolarnos a nosotros en un momento tan grave, ¿por qué nosotras no podíamos dar ese consuelo a los animales y permitirles vivir?».
Durante su estancia en India, donde a partir de 1975 vivió en una casa entre los valles y montañas de Chennai, la princesa Irene se especializó en el estudio comparado de las religiones. Entabló una estrecha amistad con la familia Gandhi y se quedó muy impresionada al conocer a la Madre Teresa de Calcuta, con quien colaboró a partir de 1986, cuando la princesa Irene creó la fundación Mundo en Armonía, una organización dedicada a la ayuda humanitaria y a la promoción del diálogo entre culturas con la que nunca se desvinculó de la India. Porque, como ella misma dijo tiempo después, este país «era el lugar idóneo para intentar ser mejor persona»: «Todos tenemos unas capacidades espirituales, pero en Occidente no las cultivamos. Los hindúes, en cambio, las cultivan cada día. En su especialidad, mientras que la nuestra en la filosofía lógica».

La tristeza y pena que sintió en 1981, tras la muerte de la Reina Federica, Irene de Grecia las vivió como un monzón. A ratos no podía parar de llorar y, en otros momentos, lloraba y no sabía por qué. «Yo lo llamaba el monzón, porque cuando venía no podía parar de llorar, como el monzón en la India… y de repente se va. Su pérdida nos causó un gran dolor, aunque tuvimos el consuelo de que no sufrió nada, pero fue una gran pérdida». Fue entonces cuando empezó a pasar largas temporadas en España y se convirtió en la sombra de la Reina Sofía, a quien admiraba profundamente y tenía mucho cariño y confianza. Sus mejores momentos juntas, como ella misma relataba, eran cuando estaban tranquilas en el Palacio de la Zarzuela o en Marivent.
En Madrid, los Reyes Juan Carlos y Sofía habían sacado espacio para un pequeño apartamento contiguo a sus estancias privadas, donde Irene disponía de una habitación, un baño, un salón y una pequeña cocina. Desde aquí continuó viviendo de las asignaciones que recibía de su hermano Constantino y de la Reina Sofía, mientras seguía trabajando al frente de la ONG, con la que comprobó la solidaridad de los españoles y su sensibilidad por los problemas de los más necesitados.
La sombra de la Reina Sofía
A lo largo de estos más de cuarenta años viviendo en Madrid, y aunque se sentía griega, la princesa Irene siempre se sintió en España como en casa. Tras la abdicación de Juan Carlos I en 2014, cuando la Reina Sofía pasó a una segunda línea institucional, la princesa Irene estuvo más presente que nunca. Se las veía juntas en conciertos, en exposiciones, en viajes privados, en misas de Pascua en Palma y en cada momento donde Doña Sofía reclamaba un gesto de apoyo y lealtad. Esa presencia constante, serena y discreta, convirtió a la princesa Irene en el principal apoyo emocional de la Reina Sofía.
Tanto Felipe VI como las infantas Elena y Cristina la adoraban. Siempre la han llamado de forma cariñosa la tía Pecu, un apodo que nació de la palabra ‘peculiar’, porque eso era precisamente Irene de Grecia: distinta, única, un alma libre que gozaba de una profunda espiritualidad y un sentido del humor que, quienes la conocían, afirman que era muy sutil y que desconcertaba a quienes nunca antes habían tratado con ella. Ella era la guardiana de los secretos de la Reina Sofía, que la ayudaba a aligerar los días de intensa carga institucional y familiar.

«No estamos aquí solo para pasarlo bien»
Con la muerte de Irene de Grecia se apaga una figura discreta pero esencial en la intimidad de la Familia Real. Su ausencia deja un profundo vacío en el corazón de la Reina Sofía, que pierde a su compañera de vida, a su hermana del alma, a su ancla más firme en los días de tormenta. La princesa Irene se va sin haber buscado jamás los focos, pero con la gratitud de quienes apreciaron que ella nunca necesitó títulos ni reinos, que dedicó su vida a los demás y a sus seres más queridos, que sólo encontraron en ella afecto y lealtad.
Esta forma de vivir la aprendió en la India, un país que también le enseñó «a saber morir» después de unos primeros años de existencia marcados por las dificultades. Un país que fue su vida y donde aprendió a canalizar sus responsabilidades y su vocación de ayuda a los demás: «Todos tenemos que morir un día y si sabemos que estamos unidos de verdad, la muerte y la de nuestros seres queridos tiene menor impacto. Si tienes resuelto lo tuyo con Dios, hablando sencillamente, también tendrás coraje en los momentos difíciles. Teniendo esta seguridad puedes disfrutar de la vida. Es difícil y no digo que lo haya conseguido, pero por lo menos tengo algunas herramientas para llevarlo a cabo, y esto es lo que quiero compartir. Y se comparte a través de la educación y de proyectos. ¿Por qué estamos aquí, en esta vida? No solo para pasarlo bien. Estamos en el mundo para aprender algo y hay que empezar con el niño que llevamos dentro. Si tú tienes esa filosofía o al menos la aspiración de practicarla, puedes transmitir paz y coraje. Si te amenazan a ti o a tus seres queridos, tienes más medios para protegerte, para afrontar el sufrimiento, y cuando sabes cómo afrontarlos y cómo proteger tu mente, llevas ventaja. Esto es lo que debe hacer una persona que tiene responsabilidades, el verdadero trabajo de la realeza, desde nuestra posición privilegiada, es ayudar a la gente a evolucionar para afrontar lo bueno y lo malo, porque todos los seres humanos somos uno».