La mañana de este lunes 12 de enero de 2026 pasará a la historia como una de las más fúnebres para la cultura popular colombiana.
Tras confirmarse el trágico fallecimiento del cantante Yeison Jiménez en un accidente de avioneta en Paipa, Boyacá, una oleada de incredulidad ha recorrido cada rincón del país.

Sin embargo, en medio del dolor, ha resurgido un testimonio que le otorga a esta tragedia un tinte casi místico y profundamente perturbador.
Meses antes de que el destino reclamara su vida en las alturas, el “Aventurero” confesó haber tenido una premonición exacta y recurrente: su muerte ocurriría en un siniestro aéreo.
Esta revelación no se dio en el contexto de una canción o de una declaración ligera a la prensa.
Sucedió en la intimidad del podcast Los hombres sí lloran, conducido por el actor Juan Pablo Raba.
Allí, lejos del brillo de las luces del escenario, del sonido de las trompetas de su mariachi y de la euforia de los estadios llenos, Yeison Jiménez se despojó de la armadura de ídolo regional para hablar desde la vulnerabilidad más absoluta.
Lo que en su momento fue interpretado como el relato de una pesadilla traumática, hoy, ante la crudeza de los hechos, se alza como una profecía ineludible.
El peso de los sueños: tres avisos en el silencio En aquella entrevista, que hoy retumba con una fuerza escalofriante en redes sociales, Yeison Jiménez fue directo.
“Yo me empiezo a soñar un tema muy delicado, y es que íbamos a tener un accidente.
Lo veo tres veces, Juan Pablo.
Nunca he dicho esto, nadie lo sabe”, confesó el artista con una mirada que denotaba una angustia que no lograba sacudirse ni con el éxito más arrollador.
Jiménez relató que los sueños eran de una nitidez asombrosa.
Dos de ellos ocurrieron mientras se encontraba de gira por España.
En sus pesadillas, llegaba al aeropuerto Olaya Herrera de Medellín en su avión privado.
El capitán le informaba que estaban listos para despegar, pero Yeison, movido por un instinto visceral, le pedía que fuera a “darle una vueltica al avión” antes de partir.
En el sueño, el piloto regresaba pálido, confesándole que se había soltado un tubo crítico que habría causado una catástrofe.
“Yo despertaba porque el capitán estaba desesperado diciéndome que íbamos a tener un accidente”, narraba Yeison, sin saber que el guion de su vida estaba escribiendo sus últimos compases bajo esa misma premisa.
La delgada línea entre el trauma y la clarividencia Para quienes conocen de cerca la vida del artista, estas pesadillas no eran producto de una imaginación febril, sino el eco de un episodio real que marcó su psiquis un año atrás.

En un vuelo hacia la ciudad de Medellín, Yeison Jiménez y su equipo vivieron 3 minutos y 30 segundos de puro terror.
“Yo sentí cuando algo se desconectó”, recordó en el podcast.
Aunque en esa ocasión lograron regresar a la pista y salir ilesos, el daño emocional fue profundo.
Ese incidente real fue el detonante de una depresión silenciosa que el cantante ocultó detrás de su sonrisa mediática.
“Ese tema me trajo mucha depresión.
Ese día cantaba en Pasto, me metía a bañar y yo decía: ‘Dios mío, casi me voy’, y lloraba”, confesó.
Fue en ese periodo donde la ansiedad y el miedo a volar se convirtieron en sus compañeros de viaje.
La paradoja es cruel: el hombre que recorría Colombia de punta a punta para cumplir sus sueños, sentía que cada despegue era una ruleta rusa.
Aquel episodio en Medellín, sumado a sus sueños recurrentes, lo llevó a buscar equilibrio emocional, pero el destino parecía tener un plan trazado que ninguna terapia o precaución pudo desviar.
Las señales estaban allí, registradas en su voz, en una entrevista donde incluso sufrió un desmayo momentáneo y mareos debido a la intensidad de la energía que manejaba al relatar sus miedos.
“Espérate que estoy mareadísimo.
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mucha energía”, le dijo a Juan Pablo Raba en un momento del programa que hoy se lee como un presagio del agotamiento existencial frente a lo inevitable.

El silencio de los ídolos Colombia llora hoy a un hombre que nació en la humildad de Manzanares, Caldas, y que a punta de “coraje” y canciones que se volvieron himnos de cantina y de vida, logró llenar el Estadio El Campín, un hito que ningún otro artista de su género había conseguido en solitario.
Pero lo que más duele de su partida no es solo la pérdida del talento, sino la soledad con la que cargó su premonición.
Yeison Jiménez sabía, o al menos sentía, que su tiempo en este plano estaba ligado al cielo.
“La vida es tan endeble, la vida es un hilo”, decía con una sabiduría que superaba sus 34 años.
En su relato, dejó claro que su mayor temor no era la muerte en sí, sino el abandono de sus hijos y de su familia, el eje central de su existencia.
Un eco que no se apaga La entrevista en Los hombres sí lloran se ha convertido ahora en un documento histórico y desgarrador.
Al escucharla de nuevo, queda la sensación de que Yeison estaba intentando procesar un mensaje que el universo le enviaba en clave de pesadilla.
Es la historia de un hombre que presintió su propio final y que, aun así, decidió seguir adelante, cumpliendo su promesa con el público hasta el último aliento.
Hoy, mientras los restos de Yeison Jiménez reposan en Medicina Legal en Bogotá, las palabras de su premonición sirven de bálsamo y de advertencia.
Nos recuerdan que detrás de cada estrella hay un ser humano que lidia con miedos que el dinero no puede comprar ni la fama puede borrar.
Yeison se fue como un Rockstar, en su mejor momento, pero también como el hombre que, con una honestidad que hoy estremece, nos avisó que se estaba preparando para un viaje sin retorno.
¿Son los sueños avisos que podemos cambiar o simplemente la forma en que el alma se prepara para lo inevitable? La muerte de Yeison Jiménez abre un debate profundo sobre la intuición y el destino.
Lo que queda claro es que su voz no solo seguirá sonando en los parlantes de las fondas y discotecas, sino que su testimonio quedará grabado como el recordatorio de que, a veces, los ídolos también pueden ver más allá del horizonte.
Descanse en paz, Yeison Jiménez.
Su música se queda, pero su premonición nos deja una lección de humildad frente a los misterios de la vida que difícilmente olvidaremos.