CRÓNICA PERIODÍSTICA DEL CHOQUE DE CORONAS: LA DESGARRADORA CONFESIÓN DE ARIADNA GUTIÉRREZ SOBRE LA INEXPLICABLE “ROÑA” DE PAULINA VEGA
El universo de la farándula colombiana, un cosmos donde el brillo de las lentejuelas se mezcla con la acidez de las rivalidades personales, ha sido sacudido una vez más por las palabras de una de sus estrellas más rutilantes.
Ariadna Gutiérrez, la exreina de belleza cuya trayectoria internacional fue forjada en un crisol de triunfo y desengaño, ha puesto al descubierto una tensión sorda y persistente que carcome las relaciones en el jet set criollo.

El epicentro de este conflicto no es otro que Paulina Vega.
Ambas, Ariadna Gutiérrez y Paulina Vega, son consideradas dos de las exreinas más aclamadas y exitosas que ha dado Colombia al panorama del entretenimiento, con una resonancia que trasciende las fronteras nacionales.
Sin embargo, a pesar de compartir el pedestal de la fama y la belleza, el backstage de sus vidas parece estar marcado por una incomodidad palpable, una especie de fricción constante que Ariadna ha decidido verbalizar en una reciente entrevista.
La Gutiérrez, invitada a un espacio de conversación donde detalló aspectos de su carrera, desde su trayectoria como Señorita Colombia hasta su incursión en Hollywood y sus proyectos futuros, se encontró de pronto navegando en aguas más turbias.
La pregunta obligada, la que siempre flota en el ambiente cuando se menciona a una junto a la otra, era sobre la relación que mantiene con Paulina Vega.
La respuesta de Ariadna fue inesperada en su franqueza, pero previsible para quienes han seguido la estela de rumores y silencios que rodean a las dos figuras desde hace años.
La vallecaucana confirmó lo que muchos intuían: la relación entre ellas “no es la mejor fuera de las pasarelas”.
Esta afirmación, lacónica pero contundente, abrió la caja de Pandora de las especulaciones.
Ariadna no se anduvo con rodeos ni con eufemismos diplomáticos, un rasgo que la caracteriza.
“Siempre he sabido que Paulina me tiene roña”, confesó sin titubear, utilizando una palabra con una profunda carga en el dialecto popular, que denota un resentimiento o una inquina persistente y soterrada.
La exreina de Sucre se mostró genuinamente desconcertada por el origen de este supuesto rencor.
“No sé qué es lo que hay detrás de eso, como que nunca ha gustado de mí y de un momento a otro no sé, cambió conmigo y no entiendo qué pasó”, explicó a su entrevistador.
Este pasaje es clave para el análisis periodístico de la rivalidad.
Ariadna se posiciona como la víctima de una antipatía inexplicable.
Ella asegura haber mantenido una relación inicial “buena”, utilizando una exclamación de asombro para recalcar su inocencia en el asunto.
“Yo no tengo nada, pero siempre he sabido que ella le tiene roña, me tiene no sé qué, qué es lo que hay detrás de eso”, repitió Ariadna, demostrando su frustración ante un muro invisible de rechazo que, según su versión, siempre ha existido.
Lo más sorprendente es que Gutiérrez afirma que el desagrado de Vega hacia su persona es anterior a la cúspide de su mutua fama.
“Incluso antes de que ella estuviera en su universo”, señaló, refiriéndose a los días previos al estrellato y, probablemente, a su época en el certamen nacional.
Esta cronología desmiente la narrativa fácil que liga la rivalidad únicamente al evento más traumático que comparten: el error de la corona de Miss Universo 2015.
Ariadna Gutiérrez, con su declaración, quiere dejar claro que la hostilidad de Paulina no fue una reacción a la controversia que las unió en el escenario mundial, sino una animadversión preexistente y personal, un “no gusto” inexplicable.
Sin embargo, la exreina de belleza enfatizó que nunca han tenido problemas directos o verbales.
La relación es fría, distante, marcada por un cambio que Ariadna sitúa de un “momento a otro”.
Este tipo de hostilidad pasiva, sin enfrentamientos explícitos, es una característica común en las rivalidades del espectáculo, donde la imagen pública y la profesionalidad deben primar sobre los sentimientos.
Pero fue un gesto en el ámbito digital, el nuevo campo de batalla de las celebridades, el que Ariadna Gutiérrez consideró la señal definitiva de la mala relación y el rechazo.
Paulina Vega la dejó de seguir en redes sociales, específicamente en Instagram.
Para Gutiérrez, este acto, que para muchos es un simple clic, tiene una connotación dramática y definitiva.
Ella ofreció una profunda y casi filosófica explicación de lo que el “unfollow” significa en su código de conducta personal.
“Para yo dejar de seguir a alguien en las redes es porque me fastidia esa persona y no la quiero ver más porque me está dañando la existencia”, explicó Ariadna, proyectando su propia intensidad emocional en el acto de su colega.

Según su interpretación, al dejar de seguirla, Paulina estaba enviando un mensaje claro y no verbal.
Estaba diciendo: “Me molestas, no quiero que existas en mi feed, tu presencia digital me daña la existencia”.
Este análisis, aunque hiperbólico, capta la nueva realidad de las dinámicas sociales mediadas por algoritmos, donde la visibilidad es sinónimo de existencia y el unfollow, una forma moderna de destierro social.
Ariadna relató cómo se dio cuenta del acto de exclusión digital.
“Un día me di cuenta porque me llegaron un montón de notificaciones que Paulina ya no te sigue en Instagram”, contó, añadiendo un elemento de sorpresa y escarnio público al hecho.
Este momento, sin duda, la afectó, obligándola a confrontar la antipatía de Vega.
Y aunque Ariadna insistió: “Yo no tengo rollo con ella, ni problema con ella, pero sí sé que ella lo tiene conmigo”, el incidente del unfollow es la prueba tangible que ella esgrime ante la opinión pública.
Ahora, es imposible analizar este “Choque de Reinas” sin regresar al momento que unió y separó trágicamente sus destinos, el nexo dramático que la propia Ariadna intenta minimizar.
El certamen de Miss Universo 2015 fue la cumbre de una de las confusiones más vergonzosas y virales en la historia de la televisión mundial.
Ariadna Gutiérrez, quien había sido Señorita Colombia en 2014, representando al departamento de Sucre, fue elegida como la ganadora.
El presentador del evento, Steve Harvey, cometió un error notorio.
Y fue Paulina Vega, la reina anterior, Miss Universo 2014 (quien había representado al Atlántico en 2013), la encargada de cumplir con la tradición.
Paulina le colocó la corona a Ariadna.
Una colombiana coronando a otra colombiana, un momento de júbilo nacional absoluto.
Sin embargo, el instante de gloria duró apenas unos minutos.
Harvey regresó al escenario para rectificar.
La verdadera ganadora era Miss Filipinas.
Y en un momento de crueldad televisiva inaudita, Paulina Vega tuvo que acercarse a su compatriota para retirarle la corona de la cabeza y entregársela a la legítima vencedora.
Este acto de “dar y quitar” la corona es una carga simbólica y emocional gigantesca.
No hay otro evento en la historia de los concursos de belleza que haya forzado a dos reinas del mismo país a protagonizar una escena tan íntima y, a la vez, tan pública de triunfo efímero y humillación compartida.
Aunque Ariadna insista en que la “roña” de Paulina es anterior, es ingenuo pensar que un evento de esta magnitud, que las coloca a ambas bajo el escrutinio de millones de ojos y en un momento de tensión límite, no haya afectado profundamente la dinámica de su relación.
Para Paulina, retirar la corona a Ariadna pudo haber sido un acto doloroso de lealtad al certamen.
Para Ariadna, la presencia de Paulina en ese momento traumático se convierte en una figura indisoluble de su mayor dolor mediático.
El shock de la corona fallida marcó la trayectoria de ambas de formas distintas.
Paulina Vega pudo haber sentido la incomodidad de la situación, el peso de la historia, o tal vez, una irritación por la forma en que Ariadna, a pesar del error, se convirtió en una figura de fama mundial, incluso superando en resonancia mediática a la propia ganadora legítima.
Ariadna Gutiérrez, por su parte, supo capitalizar la controversia.
Su nombre se convirtió en una marca internacional de resiliencia y belleza.
Su fama post-Miss Universo la llevó a Hollywood, a participar en películas y a cimentar una carrera internacional que pocos ganadores legítimos logran alcanzar.

Paulina Vega, por su lado, gozó de un reinado de Miss Universo “limpio”, con el triunfo indiscutible que toda reina desea.
Pero su carrera, aunque exitosa y elegante, no tuvo el mismo factor de shock mediático que catapultó a Ariadna.
Esta diferencia en las trayectorias puede ser otra fuente, consciente o inconsciente, de la supuesta “roña” que Ariadna denuncia.
El fenómeno de las reinas de belleza en Colombia es un microcosmos de la competencia social.
Dos mujeres que representan el ideal de la belleza nacional y que son lanzadas a la misma órbita de éxito están destinadas a ser comparadas y, a menudo, a competir.
La rivalidad entre Ariadna y Paulina se ha convertido en una leyenda urbana.
Es el “choque de reinas” que la prensa y el público necesitan para alimentar el rating y el chisme.
La revelación de Ariadna ahora saca esta leyenda de la sombra para colocarla directamente bajo los reflectores.
Ella afirma que no tiene “rolley con ella”, pero al mismo tiempo, la acusa de un sentimiento fuerte que la lleva a excluirla de su vida digital.
Esta dicotomía es el corazón de la historia.
La acusación de la “roña” de Paulina Vega es, por sí misma, una noticia de gran impacto, que obliga a la diva a responder o, al menos, a enfrentar el juicio público.
El hecho de que la base de la evidencia de Ariadna sea un unfollow en Instagram habla de la superficialidad de los problemas de las celebridades, pero también de la profunda importancia que le dan a su imagen y presencia digital.
En la vida de un influencer y figura pública, el número de seguidores y la calidad de las interacciones son su capital.
Ser excluido o borrado de la lista de seguidos de otra celebridad es un desaire público, una bofetada digital que no pasa inadvertida.
La interpretación de Ariadna, de que un unfollow significa que la otra persona le está “dañando la existencia”, es una hipérbole que, aunque extrema, encapsula la fragilidad del ego de las celebridades.
Y por ello, el gesto de Paulina se convierte en una declaración de guerra, incluso si fue hecho en el silencio y la privacidad de un smartphone.
El misterio detrás de la rivalidad, la supuesta animadversión inexplicable de Paulina, sigue siendo el factor más intrigante.
¿Es una simple cuestión de química personal?
¿Es una envidia profesional por el impacto que Ariadna logró tras su “derrota”?
¿O es un resentimiento originado en los pasillos del Concurso Nacional de Belleza, donde la competencia por la corona es feroz y los egos son frágiles?
El transcripto de la entrevista no ofrece una respuesta definitiva.
“En ciencia cierta no se sabe qué es lo que hay detrás entre la rivalidad de Paulina y Ariadna”, concluye la crónica del evento, dejando la puerta abierta a una futura revelación.
“En algún momento, por alguna de las dos, todo saldrá a la luz”, es la promesa que mantiene viva la intriga periodística y la curiosidad del público.
Lo que sí es cierto es que Ariadna Gutiérrez y Paulina Vega se han ganado el corazón de los colombianos a su modo.
Una, con la perfección y la elegancia de una Miss Universo legítima.
La otra, con la fuerza y la resiliencia de una reina que supo levantarse de la caída más pública de la historia de los concursos.
Sus legados están entrelazados de manera irreversible, no solo por la corona que se intercambiaron en 2015, sino ahora por la tensión que se respira en el ambiente mediático, una tensión que Ariadna ha tenido la valentía de nombrar.

La historia del “choque de reinas” no es solo un chisme de farándula.
Es la crónica de cómo la presión del éxito, la rivalidad profesional y el peso de un evento histórico pueden fracturar las relaciones humanas, incluso entre compatriotas que comparten el mismo trono.
Y en la era digital, la prueba de la inquina no es un insulto verbal.
Es la silenciosa, pero estridente, acción de dejar de seguir a alguien en Instagram, un acto que, según Ariadna, es sinónimo de que su existencia está siendo dañada.
La profundidad de esta rivalidad, que se ha mantenido en el ámbito de la especulación durante años, finalmente ha encontrado una voz.
Y esa voz es la de Ariadna Gutiérrez, quien, al exponer la “roña” de Paulina, ha añadido un capítulo de intriga y drama a la ya épica historia de las coronas colombianas.
El público queda ahora a la espera.
A la espera de una respuesta de Paulina Vega, que probablemente vendrá cargada de la misma prudencia y elegancia que la caracteriza.
Pero también a la espera de que el misterio se resuelva, y que la verdad detrás del “no gusto” inexplicable entre las dos divas finalmente salga a la luz, una verdad que, para Ariadna, siempre ha estado ahí, agazapada en la sombra de la pasarela.
El análisis de este fenómeno mediático revela la complejidad de la fama, donde la imagen de la amistad o la camaradería es a menudo una fachada que esconde profundas divisiones.
La sinceridad de Ariadna, al exponer su sentir, es un acto de valentía que humaniza su figura, mostrándola vulnerable ante la indiferencia o la hostilidad de una colega.
Y es este toque de vulnerabilidad lo que más resuena en un público que está cansado de la perfección artificial de las redes.
En última instancia, la historia de Ariadna y Paulina es una lección sobre la condición humana y la inevitabilidad de la envidia o el resentimiento, incluso en el olimpo de la belleza.
La corona es un símbolo de unidad y orgullo patrio, pero en la realidad de sus portadoras, puede ser también el símbolo de una división profunda e ineludible.
Y así, el drama continúa, alimentado por un unfollow y por la inconfundible “roña” que Ariadna Gutiérrez no está dispuesta a ignorar ni a perdonar, al menos no en el silencioso campo de batalla de las redes sociales.
La verdad de este choque de reinas es que todavía está por escribirse, pero Ariadna ya ha puesto el primer y más explosivo capítulo sobre la mesa del debate nacional.
El legado de ambas, indiscutible en su belleza y éxito, ahora incluye una sombra de rencor y un misterio que la prensa no dejará de investigar hasta que la verdad completa sea revelada.
El contraste entre la corona de Miss Universo, el máximo símbolo de armonía y perfección, y la descarnada realidad del “me fastidia esa persona” en las redes, es el drama definitorio de estas dos grandes figuras de la belleza colombiana.
La nación, que las ama a las dos, solo puede esperar que, de alguna forma, encuentren una paz que trascienda la enemistad digital y el doloroso recuerdo de la corona compartida.