El regalo en cuestión es una escultura de gran formato inspirada en Minnie Mouse, el icónico personaje de la factoría Disney, pero bajo una interpretación artística que rompe con cualquier esquema de ternura o familiaridad.
Según fuentes cercanas y el análisis de piezas de arte similares en el mercado de coleccionistas, se estima que el valor de este objeto supera los 31 millones de pesos colombianos.

Esta cifra ha encendido las alarmas y las críticas en las redes sociales, donde el público no ha tardado en cuestionar si la inversión económica se corresponde con la calidad visual de la obra.
A diferencia de la imagen clásica que todos tenemos del personaje, esta versión se presenta con un estilo abstracto y minimalista extremo, careciendo de rasgos faciales definidos como ojos, labios o una sonrisa característica.
La ejecución de la pieza ha sido el principal punto de fricción entre los analistas de estilo y los fanáticos de la pareja.
La pintura de la escultura presenta un acabado que muchos han descrito como descuidado o falto de técnica, con manchas y trazos que simulan haber sido realizados de forma aleatoria o por manos inexpertas.
Para los detractores del obsequio, la figura resulta incluso inquietante, llegando a compararla con una aparición de pesadilla debido a su rostro vacío y su falta de expresión.
Caminar por una casa oscura y encontrarse con una silueta de tales proporciones sin rostro definido es una imagen que varios internautas han señalado como perturbadora más que lujosa.
Paola Jara, ajena a la tormenta de críticas, compartió el momento de la apertura del regalo con una emoción evidente, agradeciendo a su esposo por no dejar de sorprenderla y por el amor que este detalle representaba.

Sin embargo, en el ecosistema digital de la farándula, la percepción fue diametralmente opuesta.
La crítica no se limita únicamente a la fealdad percibida de la pieza, sino al exceso que representa pagar una suma tan estratosférica por un trabajo que muchos consideran mal ejecutado.
Se ha comparado este regalo con otros lujos habituales en el mundo de los famosos, como joyas de alta gama, vehículos de último modelo o incluso bienes raíces, resaltando que la elección de Jessi Uribe fue, por decir lo menos, arriesgada.
Desde la perspectiva del arte contemporáneo, se podría argumentar que la pieza busca la provocación y el distanciamiento de la realidad comercial del personaje.
No obstante, para el ciudadano promedio y el seguidor habitual de la música popular, el arte debe tener una estética que justifique su valor, algo que en este caso parece haberse perdido en la abstracción.
Muchos comentarios en las publicaciones de la cantante sugieren que por una fracción de ese precio, artesanos locales podrían haber realizado una representación mucho más fiel y estéticamente agradable de la ratoncita más famosa del mundo.
Esta desconexión entre el gusto de la élite del espectáculo y el sentido común de su audiencia es lo que ha alimentado el carácter viral de la noticia.
La controversia también pone de manifiesto la presión constante que sienten las celebridades por superarse a sí mismas en cada fecha especial.
En un mundo donde todo se comparte en redes sociales, un ramo de flores o una cena romántica parecen no ser suficientes para generar el impacto mediático necesario.

Jessi Uribe, consciente de esto, buscó algo que fuera único, y aunque para la mayoría resultó en un objeto extravagante y horrible, logró capturar la atención de todo el país.
Es el clásico ejemplo de que no importa si se habla bien o mal, lo importante es que se hable, y la Minnie de 31 millones ha logrado precisamente eso.
El informe subraya que este tipo de gastos suntuosos suelen generar resentimiento en un sector de la población que enfrenta realidades económicas difíciles, especialmente cuando el objeto del gasto carece de una belleza convencional.
La palabra extravagante se queda corta para describir una figura que parece sacada de un set de filmación de terror gótico en lugar de una habitación de una estrella de la música.
La falta de vestimenta definida y los colores que parecen haberse aplicado sin un orden claro refuerzan la idea de que la pareja pudo haber sido víctima de un sobreprecio por una obra que no cumple con los estándares mínimos de calidad artística para su valor de mercado.
A pesar de todo, la relación de Jessi y Paola sigue mostrándose sólida frente a las cámaras, y este regalo es solo una anécdota más en su historial de demostraciones de afecto públicas y costosas.
Es probable que la escultura ocupe un lugar de honor en su hogar, sirviendo como recordatorio de un cumpleaños que nadie podrá olvidar, aunque sea por las razones equivocadas.
La subjetividad del arte protege a Uribe de las críticas técnicas, pues al final del día, si a Paola Jara le gustó, el objetivo del regalo se cumplió plenamente.
Sin embargo, el veredicto de la calle es casi unánime: el regalo es un desacierto estético que raya en lo grotesco.
Seguiremos atentos a ver si la pareja decide revelar quién es el autor de dicha obra o si, ante la presión de las burlas, deciden reubicarla en un lugar menos visible de su residencia.
Por ahora, la Minnie sin rostro de 31 millones de pesos sigue siendo el tema de conversación preferido en las peluquerías, oficinas y grupos de WhatsApp de Colombia.
Es un recordatorio de que el dinero puede comprar exclusividad, pero definitivamente no puede comprar el consenso sobre el buen gusto.
En el mundo de la farándula, la línea entre lo sublime y lo ridículo es tan delgada como el trazo de pintura que le falta a ese regalo para estar terminado.