El 20 de enero de 2026, lo que alguna vez fue el máximo estandarte de la elegancia, la disciplina y la aspiración femenina, se encuentra bajo un escrutinio sin precedentes.
Miss Universo 2025 no ha concluido como una simple gala de belleza, sino como un sismo institucional cuyas réplicas todavía sacuden los pasillos de las organizaciones nacionales y los dispositivos móviles de millones de seguidores.

Lo que el mundo presenció en la Ciudad de México no fue solo la coronación de una nueva reina, sino la implosión de un sistema que, tras décadas de intentar proyectar una imagen inmaculada, terminó exponiendo sus costuras más oscuras.
La transición de la “Era Trump” (1996-2015), donde el certamen era una aceitada fábrica de dinero y ratings televisivos, hacia la actual administración liderada por el empresario mexicano Raúl Rocha Cantú y la tailandesa Anne Jakrajutatip, ha sido traumática.
El certamen, que alguna vez fue un monstruo de la cadena ABC, intentó sobrevivir a la era digital con promesas de inclusión y diversidad.
Sin embargo, este 2026 nos revela una realidad cruda: la organización, golpeada por quiebras financieras y liderazgos cuestionados, parece haber canjeado su prestigio por una red de intereses comerciales y geopolíticos que han dejado a la ética en el último lugar de la pasarela.
El detonante en Tailandia: el incidente NawatLa cronología de este derrumbe tuvo un punto de quiebre específico durante la concentración en Tailandia.
Lo que debía ser una sede de ensueño se convirtió en el escenario de un maltrato público que marcó el tono de la competencia.
El incidente entre Nawat Itsaragrisil y la concursante mexicana Fátima Bosch, donde se reportaron insultos y un trato autoritario impropio de un certamen que predica el “empoderamiento”, fue la primera grieta visible.
Aunque la organización intentó suavizar el golpe con abrazos diplomáticos y fotos sonrientes, el público detectó de inmediato una contradicción que se volvería el sello de esta edición: la distancia abismal entre el discurso de la corona y la realidad tras bambalinas.
La fractura del jurado y la sombra de HBOUno de los episodios más inquietantes de este año fue la renuncia masiva de miembros del jurado.
Figuras como Omar Harfouch no solo abandonaron sus puestos, sino que denunciaron la existencia de un “grupo no oficial” que dictaba las finalistas mucho antes de las pruebas preliminares.
Harfouch aseguró tener grabaciones de conversaciones donde se le daban instrucciones explícitas sobre por quién votar, afirmando que su nombre estaba siendo usado solo para legitimar un fraude ya pactado.
Lo más explosivo es la mención de un documental de HBO, programado para salir este mismo 2026, que promete revelar las pruebas físicas de esta manipulación sistemática.
Esta “sombra de la duda” hizo que la noche final se sintiera, para muchos, como una obra de teatro con un final ya escrito.

La caída de Miss Jamaica y el colapso humanoMás allá de las teorías de fraude, el aspecto más doloroso de Miss Universo 2025 fue el trato a la integridad física de las candidatas.
El accidente de Gabriel Henry, Miss Jamaica, quien cayó en una abertura del escenario mal iluminada durante las preliminares, desnudó la negligencia logística.
Mientras la organización minimizaba el hecho, la joven terminaba en terapia intensiva.
La denuncia de sus compañeras sobre la ausencia total de apoyo o visitas de la organización al hospital dejó en claro que, en la maquinaria actual del certamen, la persona es reemplazable, pero la corona debe seguir brillando a cualquier costo.
Raúl Rocha Cantú: Un liderazgo bajo la lupaEl hombre que posee el 50% de la organización, Raúl Rocha Cantú, es hoy la figura más cuestionada de la historia del concurso.
Su pasado empresarial, vinculado a tragedias como la del Casino Royale en Monterrey y rodeado de acusaciones por amenazas y despidos injustificados, ha opacado cualquier intento de modernización del certamen.
Las filtraciones sobre contratos millonarios entre empresas vinculadas a él y entidades donde trabajaron familiares de concursantes han alimentado la narrativa del favoritismo.
La noticia de una supuesta orden de arresto internacional relacionada con actividades ilícitas ha sido el golpe final para una institución que hoy camina sobre un campo minado.
No por falta de talento o belleza, sino porque el escenario donde ganó ha perdido su esencia de lugar seguro y aspiracional.
Las renuncias de candidatas como Leonora Lill (Noruega), Camila Vitorino (Portugal) y Olivia Yacé (África y Oceanía) confirman que las mujeres que compiten han dejado de creer en el sueño que se les vende.
El 20 de enero de 2026, Miss Universo no es más un concurso de belleza; es una institución en crisis de identidad que debe decidir si continuará siendo una corporación de “wellness” y “estilo de vida” bajo manos inestables, o si intentará recuperar la confianza de un público que ya no se traga el cuento.
Como bien concluye la atmósfera actual: hay coronas que brillan, pero esconden un peso que ninguna ganadora debería estar obligada a cargar.