El brillo de las cámaras, las luces del estudio y los aplausos de millones de espectadores suelen esconder detrás un mundo silencioso, vulnerable y profundamente humano.
En medio de ese universo de fama y exigencias, los vínculos verdaderos —aquellos que nacen del respeto, de la admiración y del reconocimiento mutuo— se vuelven raros, casi un tesoro.

Por eso, cuando Jessica Cediel compartió su mensaje de despedida tras la muerte de Alberto Ciurana, no fue simplemente una publicación más en redes sociales.
Fue un grito silencioso desde el alma de una mujer que, detrás de la sonrisa y el glamour, estaba despidiendo a alguien que cambió su destino para siempre.
Jessica Cediel, una de las figuras más queridas y reconocidas de la televisión colombiana, se encontraba, como tantas veces, conectando con sus seguidores a través de Instagram, cuando decidió abrir su corazón para rendir homenaje a quien describió como “un gran ser humano, amigo y profesional”.
El nombre que mencionaba en ese mensaje —Alberto Ciurana— resonó en toda la industria televisiva de América Latina, no solo por su trayectoria impecable, sino también por su partida repentina, que dejó una huella profunda en colegas, artistas y en todos aquellos que tuvieron el privilegio de conocerlo.
Era marzo de 2021.
El mundo aún se encontraba en el epicentro de una crisis sanitaria que había alterado el curso de la historia.
En medio de la incertidumbre global, Ciurana, director general de Contenido y Distribución de TV Azteca, había anunciado pocos días antes que había dado positivo a la enfermedad que mantenía al planeta entero en alerta.
En su mensaje a los seguidores, el ejecutivo explicó que sus síntomas eran leves, pero que requería atención médica.

Lo hizo con la serenidad y el humor que siempre lo caracterizaron.
Incluso escribió, con cierta ironía que hoy parece un eco doloroso: “El viernes recibí la primera dosis de la vacuna”.
Nadie imaginó que ese sería uno de sus últimos mensajes públicos.
Apenas unas semanas después, el 23 de marzo de 2021, Benjamín Salinas, vicepresidente del Grupo Salinas, confirmaba la noticia que estremecería al mundo de la televisión: Alberto Ciurana había fallecido.
La noticia se expandió con velocidad vertiginosa.
Productores, periodistas, actores y presentadores de toda América Latina comenzaron a llenar las redes con mensajes de dolor, recuerdos y homenajes.
Entre ellos, el de Jessica Cediel fue uno de los más sentidos.
“Se nos fue un gran ser humano, amigo y profesional”, escribió la presentadora bogotana junto a una serie de fotografías donde aparecía sonriente junto a Ciurana en diferentes momentos de su carrera.
Sus palabras no eran simples frases de condolencia.
Eran una confesión pública de gratitud.
En su texto, Cediel agradeció a Ciurana por “creer en ella y cambiar su vida”, una frase que muchos de sus seguidores interpretaron como la confirmación de que él fue una de las figuras clave en su salto internacional.
Durante años, Jessica Cediel había construido su carrera con esfuerzo y disciplina.
Desde sus inicios como modelo y presentadora en Colombia, pasando por su paso por Univisión y otros canales de gran alcance, la bogotana se convirtió en un referente del entretenimiento latino.
Pero detrás de cada oportunidad importante, detrás de cada escenario y cada contrato televisivo, suele haber una figura invisible: alguien que apuesta por un talento cuando pocos lo hacen.
En el caso de Jessica, esa figura fue Alberto Ciurana.
Nacido en México, Ciurana fue mucho más que un ejecutivo.
Era un creador de oportunidades, un hombre de visión que entendía el poder de la televisión no solo como medio de comunicación, sino como herramienta cultural y emocional.
Su trayectoria fue impresionante.
Se desempeñó como vicepresidente de Operaciones y Producción de la Spanish International Network —hoy Univisión—, donde ayudó a consolidar la presencia de la cadena entre el público hispano en Estados Unidos.
Más adelante, asumió cargos de alta responsabilidad en Televisa, donde lideró la programación y los contenidos que marcaron a toda una generación.
En 2017, fue nombrado director general de Contenido y Distribución de TV Azteca, posición desde la cual impulsó una renovación profunda de la televisión mexicana, apostando por formatos más humanos, auténticos y arriesgados.
Era un hombre que creía en las historias que tocan el corazón.
Por eso no sorprende que haya visto en Jessica Cediel no solo a una presentadora hermosa o carismática, sino a una comunicadora con sensibilidad, empatía y una conexión genuina con el público.
Cuando ella decidió trasladar su carrera a México, fue Ciurana quien le abrió las puertas, quien apostó por su talento y le dio la oportunidad de reinventarse profesionalmente.
Esa relación profesional se transformó con el tiempo en una amistad sincera, marcada por la admiración y el respeto mutuo.
Y cuando llegó la hora de despedirlo, Jessica no pudo ocultar el dolor.
En su publicación, la presentadora escribió: “Siempre estarás en mi corazón.
Mi respeto y admiración por siempre.
Un abrazo y mis más sentidas condolencias para la familia”.
Ese mensaje, acompañado de dos fotografías llenas de nostalgia, se viralizó rápidamente, generando una ola de empatía entre sus millones de seguidores, quienes comprendieron que detrás de la figura pública había una mujer conmovida por la pérdida de alguien que fue esencial en su camino.
La muerte de Alberto Ciurana no solo representó el adiós de un profesional brillante, sino también el fin de una era dentro de la televisión latinoamericana.
Su visión fue determinante en la modernización de la industria, en la creación de narrativas más inclusivas y en la internacionalización del talento latino.
Para muchos, Ciurana fue un mentor que no se limitaba a los números o las estadísticas de audiencia.
Tenía la rara habilidad de detectar la autenticidad en las personas, de descubrir ese “algo” que no se enseña en ninguna escuela de comunicación: el carisma, la humanidad, la pasión.
Jessica Cediel, como muchos otros presentadores y artistas que trabajaron bajo su guía, fue una de las beneficiadas por esa mirada aguda y sensible.
Durante una entrevista años atrás, ella había comentado que en su carrera “todo se trata de ser uno mismo y tener fe en lo que uno hace”.
Palabras que, hoy en retrospectiva, parecen inspiradas por la filosofía de trabajo que Ciurana promovía.
En ese sentido, su despedida no solo fue un acto de duelo, sino una reafirmación de los valores que él le inculcó: gratitud, humildad y amor por la profesión.
En los días posteriores a su fallecimiento, varios medios latinoamericanos dedicaron extensos reportajes a repasar su legado.
En cada testimonio, se repetían las mismas ideas: su generosidad, su ética profesional, su inagotable curiosidad creativa.
Alberto Ciurana no era solo un ejecutivo detrás del escritorio.
Era un soñador que creía en la televisión como un arte y en los comunicadores como narradores de emociones colectivas.
Cuando alguien con esa visión se va, el vacío no es meramente profesional; es humano, cultural, casi espiritual.
Jessica Cediel continuó con sus proyectos, pero sus seguidores notaron un tono distinto en sus publicaciones posteriores.

Más reflexiva, más íntima, más consciente de lo efímero que puede ser todo.
En entrevistas siguientes, habló sobre la importancia de valorar cada momento, cada persona que pasa por nuestra vida, cada oportunidad de decir “gracias”.
Aunque nunca volvió a mencionar directamente a Ciurana, muchos interpretaron sus palabras como un eco de aquel vínculo.
El impacto de su mensaje fue también un recordatorio de algo que suele olvidarse en la era digital: detrás de las pantallas, los íconos mediáticos también sufren, también pierden, también lloran.
Jessica Cediel, conocida por su energía radiante y su sonrisa inconfundible, se permitió mostrarse vulnerable ante sus seguidores, y esa honestidad generó un enorme respeto en el público.
La noticia trascendió el ámbito del espectáculo.
Se convirtió en una reflexión colectiva sobre la fragilidad de la vida y la importancia de reconocer a quienes nos ayudan a crecer.
En redes sociales, miles de usuarios replicaron el mensaje con frases de admiración hacia ambos.
“Un jefe como pocos”, “un hombre que dejó huella”, “la televisión latina le debe mucho a su visión”.
Cada comentario era una pieza más de un mosaico emocional que revelaba cuánto había significado Ciurana para una industria entera.
En México, Colombia, Estados Unidos y varios otros países, se organizaron homenajes en su memoria.
En TV Azteca, sus compañeros le rindieron tributo con un programa especial donde compartieron anécdotas, risas y lágrimas.
Uno de sus colegas lo describió con estas palabras: “Alberto no dirigía desde el poder, sino desde el ejemplo.
Siempre te hacía sentir escuchado, incluso cuando no estabas de acuerdo con él”.
Esa frase resume lo que muchos sintieron: que Ciurana no era un jefe más, sino un líder con alma.
Para Jessica Cediel, la partida de Alberto fue también una lección sobre la fugacidad del éxito y la necesidad de mantener los pies en la tierra.
En los meses siguientes, se dedicó a promover mensajes más humanos en sus plataformas digitales, invitando a sus seguidores a cuidar su salud mental, a valorar la familia y a nunca perder la esperanza.
Esa evolución emocional fue notoria y, de alguna manera, reflejaba la madurez de alguien que había aprendido del mejor.
El 2021 fue un año especialmente complejo para el mundo del entretenimiento latino.
Varias figuras queridas se despidieron inesperadamente, dejando tras de sí un vacío difícil de llenar.
Pero pocas pérdidas resonaron tanto como la de Alberto Ciurana, no solo por su posición, sino por el cariño genuino que despertaba en quienes trabajaban con él.
Su legado quedó plasmado en cada programa que ayudó a crear, en cada talento que impulsó, en cada historia que creyó digna de ser contada.
Hoy, años después de aquel marzo trágico, el nombre de Ciurana sigue siendo mencionado con respeto y nostalgia.
En conferencias, entrevistas y documentales sobre la televisión latinoamericana, se lo recuerda como un pionero, un estratega y un soñador incansable.
Y entre quienes lo evocan con más cariño, siempre aparece Jessica Cediel, esa presentadora que aprendió bajo su guía que la verdadera comunicación no depende del rating, sino del corazón.

Cada vez que ella aparece frente a la cámara, hay algo en su mirada que parece llevar la huella invisible de aquel mentor que creyó en su potencial cuando pocos lo hicieron.
Y quizás esa sea la manera más hermosa de rendirle homenaje: seguir haciendo lo que él amaba, pero con la sensibilidad y la autenticidad que siempre defendió.
La historia de Jessica Cediel y Alberto Ciurana trasciende el ámbito profesional.
Es la historia de dos almas que coincidieron en el camino del espectáculo y que se reconocieron mutuamente en su pasión por comunicar.
Cuando ella lo llama “mi gran jefe”, no se refiere solo a una jerarquía laboral, sino a un vínculo que dejó una marca indeleble en su vida.
Y cuando el público lee sus palabras de despedida, siente que detrás del glamour y la fama hay una mujer real, con emociones verdaderas, con lágrimas y gratitud sinceras.
Así, el adiós de Alberto Ciurana se convierte también en un recordatorio para todos: que la vida es frágil, que los gestos importan, que la bondad tiene un eco más duradero que cualquier éxito temporal.
Jessica Cediel lo entendió mejor que nadie, y en su homenaje público logró algo que pocas veces sucede en el mundo del entretenimiento: unir a miles de corazones en una sola emoción compartida.
Mientras el tiempo avanza y las noticias cambian con la velocidad de las redes, hay historias que permanecen.
Historias que nos recuerdan que detrás de cada rostro televisivo hay un ser humano que ama, que pierde, que recuerda.
Jessica Cediel seguirá siendo una de las presentadoras más queridas de Colombia, pero ahora también es, inevitablemente, la voz que mantiene vivo el legado de un hombre que creyó en ella y que ayudó a moldear una parte esencial de la televisión en español.
Y aunque los focos vuelvan a encenderse, y los programas sigan su curso, siempre quedará ese instante de silencio, esa pausa breve en el corazón del espectáculo, donde se recuerda al hombre que enseñó que comunicar no es solo hablar frente a una cámara, sino tocar almas con la verdad.
Porque, al final, eso fue lo que Alberto Ciurana hizo, y eso es lo que Jessica Cediel sigue haciendo cada vez que mira al lente y dice, con una sonrisa que ya nunca será la misma:
“Gracias por creer en mí.”