Jack el Destripador es uno de los criminales más enigmáticos de la historia y su identidad ha sido objeto de debate durante más de un siglo.

Los asesinatos cometidos en el barrio de Whitechapel en 1888 sembraron el terror en el Londres victoriano y dejaron una herida abierta en la memoria colectiva.
Durante décadas surgieron sospechosos de todo tipo, desde médicos y carniceros hasta miembros de la realeza, sin que ninguno pudiera ser probado de forma concluyente.
La falta de pruebas forenses modernas convirtió el caso en un laberinto de teorías, rumores y reconstrucciones basadas más en suposiciones que en hechos verificables.
Todo cambió cuando la ciencia del ADN comenzó a ofrecer nuevas posibilidades para revisar crímenes históricos aparentemente irresolubles.
La atención se centró en un chal supuestamente encontrado cerca del cuerpo de una de las víctimas, Catherine Eddowes, y conservado durante generaciones.

Este objeto, manchado con restos de sangre y fluidos, se convirtió en la pieza clave para intentar identificar genéticamente al asesino.
A partir de técnicas modernas de análisis mitocondrial, algunos investigadores afirmaron haber extraído ADN tanto de la víctima como del presunto agresor.
El nombre que emergió de estos estudios fue el de Aaron Kosminski, un inmigrante polaco que vivía en Whitechapel y que ya había sido sospechoso en su época.
Según los defensores de esta teoría, el ADN coincidía con descendientes vivos tanto de Kosminski como de la víctima.
La noticia fue presentada como la resolución definitiva del misterio de Jack el Destripador tras más de 130 años de incertidumbre.
Sin embargo, la comunidad científica y los historiadores reaccionaron con cautela y escepticismo.
Muchos expertos señalaron problemas metodológicos, posibles contaminaciones y la falta de transparencia en la revisión por pares.
También se cuestionó la procedencia real del chal y si realmente estuvo en la escena del crimen.
La controversia reavivó el debate sobre los límites de aplicar la genética moderna a objetos históricos mal documentados.
El ADN mitocondrial, aunque útil, no permite identificar de forma única a una persona, ya que se comparte entre líneas maternas.
Esto significa que una coincidencia genética no equivale necesariamente a una prueba irrefutable.
Aun así, el caso abrió una nueva etapa en la investigación histórica criminal.

Por primera vez, el mito de Jack el Destripador se enfrentaba directamente al lenguaje frío de la biología molecular.
Para el público, la idea de que la ciencia pudiera desenmascarar al asesino resultó profundamente fascinante.
Libros, documentales y debates televisivos volvieron a colocar el caso en el centro de la cultura popular.
Más allá de si la identidad fue realmente resuelta, el uso del ADN cambió la forma de aproximarse al misterio.
Ya no se trataba solo de interpretar cartas o perfiles psicológicos, sino de analizar rastros físicos reales.
Este enfoque también planteó dilemas éticos sobre la exposición de nombres y familias vinculadas a crímenes históricos.
Los descendientes de los sospechosos se vieron arrastrados a una narrativa que nunca eligieron.
El caso de Jack el Destripador demuestra que incluso los enigmas más antiguos pueden ser reexaminados con nuevas herramientas.
También revela que la verdad histórica rara vez es simple o absoluta.
La ciencia puede acercarnos a respuestas, pero no siempre ofrece certezas definitivas.
El misterio persiste, aunque ahora esté rodeado de datos genéticos y análisis de laboratorio.
Jack el Destripador sigue siendo una figura entre la realidad y la leyenda.
El ADN no ha cerrado completamente el caso, pero sí lo ha transformado.
Hoy, el asesino ya no es solo una sombra del pasado, sino un desafío permanente entre historia, ciencia y memoria.