Yo celebré la primera comunión de Carlo Acutis y ese día vi algo que ningún sacerdote debería ver, algo que me persigue hasta hoy.

Y cuando te cuente lo que pasó en ese altar, nunca más verás la Eucaristía igual.
Déjame decirte algo que nunca he contado completo.
Llevo años guardando esto, años procesando lo que viví ese 16 de junio de 1998 en el monasterio de la Bernaga.
Y hoy, por primera vez voy a revelarte cada detalle, cada palabra, cada segundo de lo que realmente pasó cuando Carlo Acutis recibió el cuerpo de Cristo por primera vez.
Yo soy el padre Aldo Locatelli y aunque mi nombre no aparezca en los titulares de los periódicos, aunque no me mencionen en los documentales, yo estuve ahí.
Yo fui quien sostuvo esa consagrada frente a un niño de 7 años que cambiaría mi vida, mi sacerdocio, mi forma de entender la Eucaristía para siempre.
Comenta ahí abajo si alguna vez has sentido la presencia real de Dios tan fuerte que te dejó sin palabras, sin aliento, sin capacidad de procesar lo que estaba pasando.
Porque lo que voy a contarte va mucho más allá de eso.
Va a lugares que ni siquiera los místicos más experimentados llegan a describir.
Y antes de empezar, necesito que me prometas algo.
Necesito que te quedes hasta el final, porque si te vas en la mitad, si cierras este video antes de tiempo, te vas a perder la parte más impactante.
Te vas a perder el momento exacto en que todo cambió.
Te vas a perder la revelación que transformará tu forma de ver la Eucaristía para siempre.
Así que comenta ahí abajo, me quedo hasta el final.
Escribe eso, comprométete, porque esta historia lo merece.
Carlo lo merece y tú mereces escuchar esto completo.
Todo comenzó meses antes de esa primera comunión.
Yo era el capellán de una pequeña parroquia en Milán.
Nada especial, nada extraordinario.
Una vida sacerdotal normal, rutinaria incluso.
Celebraba misas todos los días, confesaba los sábados, visitaba enfermos, daba el catecismo.
Lo típico de cualquier párroco en cualquier ciudad italiana.
Llevaba 20 años de sacerdote, 20 años que habían pasado volando, 20 años en los que, si soy sincero contigo, había caído en cierta rutina espiritual.
No es que hubiera perdido la fe, ¿no? Pero sí había perdido ese asombro inicial, esa emoción de los primeros años.
celebraba la misa casi en automático.
Las palabras de la consagración salían de mi boca sin que yo realmente pensara en su profundidad.
daba la comunión a docenas de personas cada domingo sin realmente meditar en lo que estaba haciendo.
Y esto que te confieso es doloroso para mí, es humillante, pero es la verdad y necesito que lo sepas porque lo que Carlo hizo en mi vida fue devolverme ese asombro, esa conciencia, ese temor reverente ante el misterio de la Eucaristía.
Comenta si tú también has caído en esa rutina espiritual, si la misa se ha vuelto un hábito más que un encuentro.
Era un día de otoño.
Recuerdo que había llovido por la mañana y hacía frío.
Yo estaba en mi oficina revisando papeles, preparando el sermón del domingo cuando tocaron a la puerta.
Entró mi secretaria y me dijo, “Padre, hay una pareja que quiere hablar con usted.
Dicen que es urgente.
Yo suspiré.
Pensé que sería otra pareja con problemas matrimoniales o alguien pidiendo dinero o algún tema administrativo de la parroquia.
Las típicas urgencias, que no son tan urgentes, le dije que los hiciera pasar.
Entraron un hombre y una mujer que yo conocía de vista.
Los había visto en misa alguna vez, pero no eran de los que iban seguido.
Andrea y Antonia Acutis.
Él era ejecutivo de algo.
Ella también trabajaba en no sé qué empresa.
Gente bien, de buena posición, educados, pero claramente alejados de la práctica religiosa regular.
Se sentaron frente a mí con una expresión que me llamó la atención.
No era la típica cara de quien viene a pedir un favor o a resolver un problema administrativo.
Era una mezcla de confusión, preocupación y algo que yo no terminaba de identificar.
Esperé que hablaran.
Andrea miraba a Antonia.
Antonia miraba al piso.
Nadie decía nada.
Finalmente les pregunté, “Bueno, ¿en qué puedo ayudarlos?” Antonia levantó la vista y me dijo algo que no esperaba para nada.
Padre, venimos a hablar de nuestro hijo Carlo.
Ah, pensé, un problema con el niño.
Tal vez problemas en el colegio o comportamiento rebelde o algo así.
Le dije, “Sí, claro.
¿Qué pasa con Carlos? ¿Cuántos años tiene?” Antonia respondió, “Tiene 6 años, casi siete.
” Y antes de que yo pudiera decir algo, ella soltó la bomba.
Padre, Carlo quiere hacer la primera comunión y no sabemos qué hacer.
Yo me quedé mirándola sin entender cuál era el problema.
Le dije, “Bueno, está un poco pequeño todavía.
Lo normal es esperar a los 8 o 9 años.
Pero podemos.
” Ella me interrumpió.
Padre, usted no entiende.
No es que quiera hacerla pronto, es que está obsesionado con esto.
Llora.
No suplica todos los días.
Se despierta llorando por las noches, diciendo que necesita recibir a Jesús.
Se despierta llorando, dijo, un niño de 6 años despertándose por las noches con necesidad de la Eucaristía.
Comenta si esto no te parece algo completamente fuera de lo normal, algo que simplemente no pasa en la vida común.
Andrea, el padre intervino.
Entonces, me dijo algo que me dejó helado.
Padre, mi esposa y yo no somos practicantes.
Yo no voy a misa desde hace años.
Antonia tampoco.
Nos casamos por la iglesia por tradición familiar, pero ambos estamos alejados.
No sabemos de dónde salió esto en nuestro hijo.
No lo aprendió de nosotros.
Se hizo un silencio pesado en mi oficina.
Yo intentaba procesar lo que acababa de escuchar.
Antonia continuó y ahora tenía lágrimas en los ojos.
Padre, desde que Carlo era muy pequeño, desde los tres o cu años, él pide entrar a todas las iglesias que ve.
Todas.
No importa si estamos apurados, si vamos camino al médico, si estamos de vacaciones, si veo una iglesia, tira de mi mano y dice, “Mamá, tengo que entrar a saludar a Jesús.
” Tragó saliva y siguió.
Al principio pensé que era curiosidad infantil.
Los niños son curiosos con todo, pero empecé a notar algo extraño.
Cuando entramos a la iglesia, Carlo cambia completamente.
El niño hiperactivo, parlanchín, lleno de energía, de repente se queda quieto, serio, con los ojos fijos en el sagrario.
Me quedé en silencio escuchando atentamente.
Antonia continuó.
se queda ahí parado mirando esa cajita dorada donde está, ¿cómo se llama? El santísimo sacramento.
Le dije, “Sí, eso se queda mirando ahí como si estuviera viendo algo que yo no puedo ver, como si estuviera hablando con alguien.
” Y cuando le pregunto qué hace, me dice, “Estoy hablando con Jesús, mamá.
Él está ahí.
” Andrea agregó, “Nosotros no le hemos enseñado nada de esto, padre.
No rezamos en casa, no leemos la Biblia, no hablamos de Dios.
Pero Carlo, lee la vida de los santos por su cuenta.
Lee el evangelio solo.
Pregunta cosas profundas sobre Dios que nosotros no sabemos responder.
Yo me recosté en mi silla intentando asimilar todo esto.
En 20 años de sacerdocio había visto de todo, pero esto era diferente.
Esto era algo que no entraba en los patrones normales.
Les pregunté, “¿Y qué les dice Carlo exactamente sobre la primera comunión? ¿Por qué está tan urgido?” Antonia se secó las lágrimas y me dijo, dice que necesita recibir a Jesús, que no puede esperar más, que esa es la única cosa importante en su vida, que todo lo demás no importa si no está unido a Jesús.
Un niño de 6 años hablando así.
Comenta qué estás sintiendo hasta aquí.
Porque esto apenas empieza.
Le dije a la pareja, miren, entiendo su preocupación, pero antes de tomar cualquier decisión, necesito conocer a Carlo personalmente.
Necesito hablar con él, evaluar su madurez espiritual, ver si realmente entiende lo que significa recibir la Eucaristía.
Ellos sintieron aliviados.
Les dije, tráiganlo la semana que viene, martes a las 4 de la tarde, y por favor no le digan que vienen a hablar de la primera comunión.
No quiero que venga preparado con respuestas ensayadas.
Quiero conocer su corazón real.
Se fueron y yo me quedé solo en mi oficina pensando en esa conversación.
Esa noche no pude dormir bien.
Algo en esa historia me había movido por dentro.
Algo me decía que estaba frente a algo importante, algo que iba más allá de un simple niño precoz.
Recé.
Le pedí a Dios que me diera sabiduría para manejar esta situación porque intuitivamente yo sentía que esto no era algo común.
Comenta si crees que Dios prepara a las personas antes de los grandes encuentros, porque yo ahora sé que Dios me estaba preparando para lo que venía.
Pasó la semana.
Llegó el martes 4 de la tarde.
Tocaron a la puerta de mi oficina.
Mi secretaria abrió.
Padre, llegó la familia a Cutis.
Les dije que pasaran.
Entraron Andrea y Antonia.
Y entre ellos, de la mano de su madre entró Carlos.
Y déjame describírtelo con detalle porque necesito que visualices bien esta escena.
Carlo era un niño pequeño para su edad, delgado, pelo oscuro, rizado, un poco despeinado, ojos grandes, profundos, de un marrón casi negro, vestía simple: jeans, una chompa azul, zapatillas deportivas, pero lo que me impactó no fue su aspecto físico, fue su mirada.
Sus ojos tenían una profundidad que no correspondía con su edad.
Era como mirar a alguien mucho mayor, como si detrás de esos ojos hubiera un alma antigua, sabia, que había vivido mucho más de lo que sus 6 años indicaban.
Me puse de pie y me acerqué a él.
Me agaché para quedar a su altura.
Le extendí la mano.
Hola, Carlo.
Soy el padre Aldo.
Mucho gusto.
Él me dio la mano con firmeza, me miró directo a los ojos y dijo, “Mucho gusto, padre.
Gracias por recibirnos.
Su voz era suave, pero clara, sin timidez, sin ese nerviosismo típico de los niños cuando conocen a alguien nuevo.
Les dije a los padres, “¿Me permiten hablar con Carlo a solas?” Se miraron entre ellos, algo dudosos, pero asintieron.
Salieron de la oficina.
Cerré la puerta.
Carlo y yo nos quedamos solos.
Lo invité a sentarse en una silla frente a mi escritorio.
Él se sentó con la espalda recta, las manos sobre las piernas esperando.
Yo me senté también y lo miré unos segundos en silencio.
Quería ver cómo reaccionaba al silencio.
Los niños nerviosos empiezan a moverse, a jugar con algo, a romper la tensión del silencio.
se quedó quieto, tranquilo esperando.
Entonces decidí empezar con preguntas casuales para romper el hielo.
Le pregunté, “Carlo, ¿te gusta el colegio?” “Sí, padre, me gusta aprender.
¿Qué materia te gusta más?” “Me gustan todas, pero especialmente las que hablan de la verdad.
” Las que hablan de la verdad.
Qué respuesta más curiosa para un niño de 6 años.
Le pregunté, “¿Y qué haces en tu tiempo libre? ¿Juegas con amigos?” “Sí, padre, juego fútbol.
Me gusta estar con mis amigos, pero lo que más me gusta es ir a visitar a Jesús en la iglesia.
” Ahí estaba.
El tema había aparecido naturalmente.
Le pregunté, manteniendo un tono casual, “¿Y por qué te gusta ir a la iglesia?” Carl me miró con esos ojos profundos y me dijo algo que me dejó sin respuesta inmediata.
Porque ahí está Jesús, padre vivo, realándome.
Comenta.
Si un niño de 6 años te dijera eso, comenta qué sentirías.
Decidí profundizar.
Le pregunté, Carlo, ¿cómo sabes que Jesús está ahí? Él no dudó ni un segundo.
Porque lo siento, Padre.
Cuando entro a la iglesia y me quedo frente al sagrario, yo siento su presencia.
Él me habla.
¿Te habla? ¿Escucha su voz? No con los oídos, Padre, con el corazón.
Él me dice cosas en el corazón.
¿Y qué te dice? Me dice que me ama, que está esperándome, que quiere estar unido a mí, que me preparó desde antes de nacer para algo especial.
Yo sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
Este niño estaba describiendo una experiencia mística con un lenguaje que la mayoría de los adultos no logran articular.
Decidí ir al punto central.
Le pregunté, “Carlo, tu mamá me dice que quieres hacer la primera comunión.
Es verdad.
” Sus ojos se iluminaron.
Sí, padre.
Es lo que más quiero en la vida.
¿Y por qué quieres hacerla? Él se inclinó hacia adelante como si lo que iba a decir fuera lo más importante del mundo.
Porque necesito recibir a Jesús, Padre.
Necesito que él esté dentro de mí.
Necesito estar completamente unido a él.
Le pregunté probándolo.
Pero, Carlos, Jesús ya está contigo.
Él te ama aunque no hayas hecho la primera comunión.
Lo sé, Padre, pero la Eucaristía es diferente.
En la Eucaristía, Jesús se me da completamente su cuerpo, su sangre, su alma, su divinidad, todo.
Y yo me doy completamente a él.
Es una unión total.
Yo me quedé en silencio procesando esas palabras.
Ese era lenguaje teológico avanzado saliendo de la boca de un niño de 6 años.
Le pregunté, “¿Quién te enseñó eso? Nadie, padre.
Yo lo sé, simplemente lo sé.
Comenta si esto no te parece una intervención directa de Dios en un alma, porque yo en ese momento supe que estaba frente a algo sobrenatural.
Decidí hacerle preguntas más difíciles.
Quería asegurarme de que no era algo memorizado, que no era un niño repitiendo cosas que había escuchado.
Le pregunté, “Carlo, ¿qué pasa en la misa cuando el sacerdote consagra el pan? Me miró con seriedad absoluta.
El pan deja de ser pan, padre.
Se transforma en el cuerpo de Cristo.
Es una transformación total.
Ya no es pan, es Jesús.
¿Y cómo sabes que es verdad? Porque Jesús lo dijo, Padre.
En la última cena él tomó el pan y dijo, “Esto es mi cuerpo.
” No dijo que representa mi cuerpo, dijo que es mi cuerpo.
Y Jesús no miente.
Le pregunté, “¿Y qué pasa cuando una persona recibe la comunión?” Carlo cerró los ojos un momento como si estuviera viendo algo interno y luego me respondió, Jesús entra en esa persona, vive en ella, la transforma desde adentro.
Si la persona lo recibe con fe, con amor, con el corazón abierto, esa comunión la cambia para siempre.
Yo tenía lágrimas en los ojos, no podía evitarlo.
20 años de sacerdocio.
Y este niño me estaba dando una lección de fe eucarística que yo había olvidado.
Le hice una última pregunta, la más importante.
Carlo, si yo te autorizo a hacer la primera comunión, ¿qué vas a hacer después? Él me miró directo a los ojos y me respondió sin dudar.
Voy a ir a misa todos los días, Padre, todos los días de mi vida hasta que me muera, porque ese va a ser mi encuentro diario con Jesús, mi momento más importante, mi razón de vivir todos los días hasta que me muera.
Un niño de 6 años comprometiéndose a ir a misa todos los días de su vida.
Yo pensé que era entusiasmo infantil del momento.
Pensé que después de un tiempo se le iba a pasar, pero decidí tomar en serio esas palabras.
Le pregunté, “¿Y si un día estás enfermo? O si tienes exámenes importantes en el colegio o si tus amigos te invitan a hacer algo a la hora de la misa.
” Carlo no dudó.
Nada es más importante que Jesús, Padre.
Nada.
Si estoy enfermo, iré igual.
Si tengo exámenes, estudiaré en otro momento.
Si mis amigos me invitan, les diré que primero tengo mi cita con Jesús.
Comenta si conoces a alguien con esa claridad de prioridades, con esa determinación espiritual.
Me puse de pie, le dije, “Carlo, espérame un momento aquí.
Voy a llamar a tus padres.
” Salí de la oficina.
Los padres estaban en la sala de espera nerviosos.
Les dije, “Pasen, por favor.
” Entramos los tres a mi oficina.
Carlo seguía sentado, tranquilo.
Me dirigí a los padres.
“Miren, acabo de hablar con Carlo y tengo que decirles algo con total sinceridad.
Su hijo no es normal.
” Antonia se puso pálida.
“¿Qué quiere decir, padre?” Les dije, “Quiero decir que su hijo tiene una madurez espiritual que yo solo he visto en místicos, en santos.
Ese niño tiene un don especial, una gracia especial de Dios y yo no tengo autoridad suficiente para tomar solo la decisión sobre su primera comunión.
” Andrea preguntó, “Entonces, ¿qué hacemos?” Les dije, voy a consultar con alguien de mayor autoridad en la iglesia, con Monseñor Pascual Emachi.
Fue el secretario personal del Papa Pablo VI.
Es un hombre de inmensa sabiduría.
Si alguien puede confirmar lo que yo estoy sintiendo sobre Carlo, es él.
Les expliqué quién era monseñor Machi, las décadas que había pasado en el Vaticano, los papas que había conocido, los santos que había tratado, su capacidad para discernir espíritus.
Les dije, “Necesito que vengan conmigo a visitarlo, que Carlo hable con él y que Monseñor Machi nos dé su opinión.
” Ellos aceptaron.
Salieron de mi oficina, pero antes de irse, Carlos se acercó a mí.
y me dijo algo que nunca olvidaré.
Gracias, Padre.
Sé que usted me va a ayudar a recibir a Jesús.
Lo dijo con tal certeza, con tal confianza, que yo sentí que no era yo quien estaba ayudando a Carlo.
Era Carlo quien me estaba ayudando a mí a redescubrir la fe.
Comenta si alguna vez un niño te ha enseñado algo profundo sobre Dios.
Porque a veces Dios usa a los más pequeños para enseñar a los grandes.
Esa noche en mi habitación, después de rezar completas, me quedé largo rato frente al crucifijo que tengo en mi mesa de noche.
Le dije a Jesús, “Señor, ¿qué estás haciendo? ¿Qué tienes planeado con este niño? Porque yo sé que no es casualidad que haya llegado a mi vida.
Tú me estás mostrando algo, tú me estás enseñando algo.
Y mientras oraba, sentí claramente en mi interior una respuesta.
No fue una voz audible, fue una certeza profunda que se instaló en mi corazón.
Prepárate.
Lo que vas a presenciar cambiará tu sacerdocio.
Me quedé helado.
Cambiar mi sacerdocio.
Yo llevaba 20 años de sacerdote.
¿Qué podía cambiar a esta altura? Pero ahora, tantos años después, puedo decirte que esa voz interior tenía razón.
Lo que presencié con Carlo cambió radicalmente mi forma de celebrar la misa, de dar la comunión, de entender la Eucaristía.
A la semana siguiente coordiné la cita con Monseñor Machi.
Él aceptó recibirnos en su residencia.
Era una tarde de invierno, hacía frío, el cielo estaba gris.
Pasé a recoger a la familia Acutis y fuimos juntos en mi auto hacia la residencia del Monseñor.
Durante el trayecto, Carlo iba callado mirando por la ventana.
En un momento le pregunté, “¿Estás nervioso, Carlo?” “No, padre, estoy tranquilo.
Sé que todo va a salir bien.
¿Cómo lo sabes?” Porque le pedí a la Virgen María que me ayude y ella siempre me ayuda.
Le rezas mucho a la Virgen todos los días, Padre.
Rezo el rosario completo todos los días.
Un niño de 6 años rezando el rosario completo todos los días.
Comenta si tú rezas el rosario todos los días o si te cuesta mantener esa constancia.
Llegamos a la residencia de Monseñor Machi.
Era un edificio sobrio, antiguo, con ese aire de historia que tienen los lugares donde han vivido hombres santos.
Tocamos el timbre.
Nos abrió una monja anciana que nos guió por un pasillo largo hasta una sala de reuniones.
Monseñor Machi nos esperaba sentado en un sillón.
Era un hombre ya mayor de unos 70 y tantos años.
pelo blanco, rostro surcado de arrugas, pero con unos ojos increíblemente vivos, penetrantes.
Se puso de pie cuando entramos.
Yo lo saludé con reverencia, le besé el anillo, luego presenté a la familia.
Cuando llegó el turno de Carlo, el monseñor lo miró largo rato.
Hubo un silencio y luego dijo algo que me sorprendió.
Así que tú eres, Carlo.
Ya me habló el padre Aldo de ti.
Ven, siéntate aquí a mi lado.
Carlo se sentó sin timidez alguna.
Monseñor Machi lo miraba con una mezcla de curiosidad y ternura.
Nos dijo a los demás, “Por favor, déjenme hablar a solas con Carlo unos minutos.
” Salimos todos a una sala de espera.
Los padres de Carlo estaban muy nerviosos.
Yo también, aunque intentaba disimularlo.
Antonia me preguntó, “¿Qué cree que le va a preguntar?” Le respondí, “Monseñor Machi ha entrevistado a cientos de candidatos a santos.
Sabe las preguntas correctas.
Sabe discernir si una fe es auténtica o superficial.
Esperamos lo que me pareció una eternidad, aunque probablemente fueron solo 20 minutos.
Finalmente se abrió la puerta.
Salió monseñor Machi con Carlo de la mano.
El monseñor tenía una expresión que yo nunca había visto en él.
Era una mezcla de asombro, de emoción, de algo que no logro describir bien.
Nos hizo pasar a todos.
Carlo se sentó junto a sus padres.
Monseñor Machi se quedó de pie como si lo que iba a decir requiriera solemnidad.
Comenzó.
He hablado largo con Carlo.
Le he hecho muchas preguntas, algunas sencillas, otras complicadas y puedo decirles algo con total certeza.
Hizo una pausa, nos miró a todos, continuó.
Este niño tiene una gracia especial de Dios, una gracia que yo he visto en muy pocas personas en mis décadas de servicio a la iglesia.
Su comprensión de la Eucaristía no es intelectual, es experiencial.
Él tiene un conocimiento íntimo, personal, místico de la presencia real de Cristo en el sacramento.
Andrea y a Antonia se miraron sin entender del todo lo que el monseñor estaba diciendo.
Él continuó, “Yo autorizo su primera comunión.
Más que autorizarla, la recomiendo.
Sería un pecado hacer esperar más a esta alma que Dios ha preparado de forma tan especial.
Antonia preguntó tímidamente, “¿Está seguro, Monseñor? Es muy pequeño todavía.
” Monseñor Machi la miró con firmeza.
“Señora, la edad del cuerpo no siempre corresponde con la edad del alma y el alma de su hijo es antigua, sabia, preparada.
Luego nos miró a todos y dijo algo fundamental, pero tengo una condición, una recomendación muy importante que deben seguir al pie de la letra.
Todos asentimos, dijo, “la celebración de la primera comunión debe ser en un lugar propicio para el silencio y el recogimiento interior, lejos del bullicio, sin distracciones, sin fiesta social, sin pompa, este niño va a tener un encuentro místico con Cristo y nosotros como iglesia tenemos la responsabilidad de proteger ese momento sagrado.
” Comenta si entiendes la profundidad de esa recomendación.
Si comprendes que monseñor Machi había discernido algo que iba a pasar, me miró a mí directamente.
Padre Aldo, usted va a celebrar esa primera comunión y tiene que prepararse espiritualmente como nunca se ha preparado, porque va a ser testigo de algo extraordinario.
Yo sentí un peso enorme sobre mis hombros, una responsabilidad inmensa.
Le pregunté, “¿Qué vio usted en Carlo, monseñor?” Él me miró con esos ojos sabios y me dijo, “Vi un alma que Dios ha elegido para mostrar al mundo lo que significa amar verdaderamente la Eucaristía.
Vi un futuro santo.
” Y aunque suene presuntuoso decirlo, estoy convencido de que ese niño va a cambiar la iglesia, un futuro santo.
Las palabras quedaron flotando en esa sala.
Salimos de ahí en silencio.
Durante el camino de regreso, nadie habló mucho.
Cada uno estaba procesando lo que había escuchado.
Dejé a la familia en su casa.
Antes de despedirme le dije a Carlos, “Nos vamos a ver seguido ahora.
Vamos a preparar tu primera comunión juntos.
” Carlo me sonró.
Gracias, padre.
Estoy muy feliz.
Esa noche, de vuelta en mi habitación, me arrodillé frente al santísimo en mi capilla privada y le dije a Jesús, “Señor, no sé qué tienes planeado, pero aquí estoy.
Úsame como instrumento.
Ayúdame a no arruinar esto.
Comenta si alguna vez has sentido el peso de una responsabilidad espiritual grande, si has sentido que Dios te está confiando algo importante.
Empezamos las preparaciones para la primera comunión.
Me reunía con Carlo dos veces por semana en mi oficina.
Y te confieso algo que es difícil de admitir.
En esas reuniones yo aprendía más de él que él de mí.
Yo llegaba con mi plan de catequesis preparado.
Iba a Puendus enseñarles sobre los sacramentos, sobre la misa, sobre la Eucaristía.
Pero Carlo ya lo sabía todo, no de forma teórica, sino experiencial.
Le explicaba algo sobre la transubstancia y él me interrumpía.
Sí, padre, entiendo.
Es como cuando el agua se convierte en vino en caná, pero en la Eucaristía es todavía más radical.
El pan no solo cambia de cualidad, cambia de sustancia, deja de ser pan completamente.
Yo me quedaba mirándolo asombrado.
En otra ocasión le estaba explicando sobre la adoración eucarística y él me dijo, “Padre, ¿puedo contarle algo?” Claro, Carlos, cuando yo estoy frente al sagrario, a veces veo una luz, no con los ojos, con el corazón, una luz que sale del sagrario y me envuelve.
Y en esa luz yo siento el amor de Jesús de una forma tan fuerte que a veces lloro sin poder parar.
¿Te pasa seguido? Sí, padre, casi cada vez que voy.
¿Y qué haces cuando sientes eso? Me quedo quieto, dejo que el amor de Jesús me llene y le digo que yo también lo amo, que quiero servirlo siempre, que mi vida es para él.
Comenta si tú has experimentado algo así alguna vez en la adoración o si la adoración para ti es más mental que experiencial.
Las semanas pasaron, Carlo y yo nos hicimos muy cercanos.
Él me contaba cosas de su vida, me hablaba de sus amigos del colegio, de sus maestros, de sus juegos, pero siempre, en algún momento de cada conversación volvíamos al tema de Jesús.
Era como si todo en la vida de Carlo girara alrededor de esa relación con Cristo.
Un día le pregunté, “Carlo, ¿tú eres feliz?” Me miró sorprendido por la pregunta.
“Sí, padre, muy feliz.
¿Por qué? Porque conozco a Jesús y saber que él me ama, que está siempre conmigo, que tiene un plan para mí, eso me da una alegría que nada más puede dar.
Le pregunté, “¿Y tus amigos? ¿Ellos son felices?” Se quedó pensativo.
No sé, padre.
A veces los veo tristes, preocupados.
Buscan ser felices con juguetes, con videojuegos, con cosas, pero esas cosas no llenan.
Yo intento contarles de Jesús, pero no todos entienden.
¿Y eso te frustra? No, padre, yo sigo intentando porque sé que si ellos conocieran a Jesús como yo lo conozco, serían mucho más felices.
Un niño de 7 años con una vida misionera, con un deseo de evangelizar sin que nadie se lo hubiera enseñado.
Comenta si tú intentas compartir tu fe con tus amigos o si te da vergüenza hablar de Jesús.
Llegó el día de elegir dónde se haría la primera comunión.
Recordando la recomendación de Monseñor Machi, busqué un lugar tranquilo, contemplativo.
Se me ocurrió el monasterio de la Bernaga en Perego, cerca del Eco.
Era un lugar hermoso, apartado, con una capilla pequeña, perfecta, para una celebración íntima.
Fui a visitarlo, hablé con el abad, le expliqué la situación sin dar muchos detalles, solo que era una primera comunión muy especial.
El abad aceptó encantado.
Me mostró la capilla, era sencilla pero hermosa.
Piedra antigua, vitrales que dejaban pasar una luz suave, un altar sobrio, un sagrario dorado en el centro.
Cuando vi ese lugar, supe que era perfecto.
Llevé a Carlo y a sus padres a conocerlo.
Cuando Carlo entró a la capilla, se quedó parado en la entrada unos segundos mirando todo.
Luego caminó lentamente hacia el altar, se arrodilló, cerró los ojos y yo vi algo increíble, una lágrima corriendo por su mejilla.
Me acerqué en silencio.
Carl, ¿estás bien? abrió los ojos, me miró y me dijo, “Este lugar es perfecto, Padre.
Aquí voy a recibir a Jesús.
¿Por qué lloras? Porque estoy feliz, Padre.
Porque ya siento su presencia aquí.
Ya me está esperando.
Fijamos la fecha, 16 de junio de 1998.
Quedaba un mes.
Un mes para prepararme yo.
Un mes para que Carlos siguiera preparándose.
Esas cuatro semanas fueron intensas.
Yo ayunaba ciertos días, hacía adoración nocturna, rezaba el rosario completo diario, me confesaba con frecuencia porque las palabras de Monseñor Machi resonaban en mi cabeza.
Va a ser testigo de algo extraordinario.
Y yo quería estar a la altura.
Quería ser un instrumento limpio para lo que Dios quisiera hacer.
Comenta si tú te preparas espiritualmente antes de eventos importantes o si dejas que las cosas sucedan sin preparación interior.
Carlo también se preparaba.
Sus padres me contaban que rezaba todavía más que antes, que leía las vidas de los santos que habían amado la Eucaristía.
Santa Juliana de Norwiich, Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Asís.
Una semana antes de la primera comunión tuve mi última reunión de preparación con Carlo.
Le pregunté, “¿Estás listo?” “Sí, padre, he estado listo toda mi vida.
¿Tienes miedo?” “No tengo emoción.
Es como si toda mi vida hubiera sido una preparación para este momento.
Le dije, Carlo, quiero que entiendas algo muy importante.
Después de este día, tu vida va a cambiar.
Ya no vas a ser el mismo.
Lo sé, Padre, y quiero cambiar.
Quiero que Jesús me transforme completamente.
Le pregunté algo que me había estado rondando.
Carlo, ¿qué quieres ser cuando seas grande? se quedó pensando unos segundos.
Luego me respondió, “Quiero ser santo, padre.
Ese es mi proyecto de vida, ser santo.
Porque todos nacemos como originales, pero muchos mueren como fotocopias.
Yo no quiero ser una fotocopia.
Todos nacemos como originales, pero muchos mueren como fotocopias.
” Una frase profunda saliendo de un niño de 7 años.
Le pregunté, “¿De dónde sacaste esa frase?” No la saqué de ningún lado, padre, simplemente la sé.
Dios nos creó únicos, nos creó originales, cada uno con un plan específico.
Pero muchas personas se conforman con imitar, con ser copias de otros, con vivir vidas vacías.
Yo quiero vivir el plan original que Dios tiene para mí.
Comenta si tú estás viviendo como original o como fotocopia, si estás cumpliendo tu llamado único o si estás simplemente copiando lo que hacen los demás.
El 15 de junio, un día antes de la primera comunión, no pude dormir casi nada.
Estaba nervioso, ansioso, expectante.
Me levanté a las 4 de la madrugada.
Hice dos horas de adoración en mi capilla.
Le pedí al Espíritu Santo que me guiara, que me diera las palabras correctas, que me ayudara a celebrar esa misa de la mejor forma posible.
Desayuné poco, revisé todo varias veces.
el misal, las vestiduras litúrgicas, los vasos sagrados, las hostias.
Salí temprano hacia el monasterio de la Bernaga.
El viaje en auto me tomó unos 40 minutos.
Durante todo el camino recé el rosario.
Cuando llegué al monasterio, todavía faltaban 2 horas para la celebración.
Entré a la capilla vacía, me arrodillé frente al sagrario y le dije a Jesús, “Señor, hoy voy a poner tu cuerpo en la boca de Carlo por primera vez.
Ayúdame a hacerlo con la reverencia que mereces.
Ayúdame a ser consciente de lo que estoy haciendo.
No permitas que la rutina me distraiga de la magnitud de este acto.
Me quedé ahí en oración hasta que empezó a llegar gente.
Llegó el abat del monasterio para ayudarme.
Llegaron los padres de Carlo con él.
Llegaron los abuelos.
Una tía, unos pocos amigos de la familia, no más de 15 personas en total.
Era exactamente como monseñor Machi había pedido, íntimo, silencioso, recogido.
Carlo llegó vestido con su traje de primera comunión.
Era blanco, simple, elegante, sin adornos excesivos, perfecto, pero lo que me impactó fue su rostro.
Tenía una expresión que no había visto antes en él.
Era de concentración profunda, de seriedad absoluta, como si ya estuviera en otro estado de conciencia.
Me acerqué a él.
¿Cómo estás, Carlo? Estoy listo, padre.
Más que listo.
¿Dormiste bien anoche? No mucho, padre.
Estaba demasiado emocionado.
Pero no importa.
Hoy voy a estar más despierto que nunca.
Llegó la hora.
Las 10 de la mañana, hora de comenzar.
Me puse las vestiduras litúrgicas blancas para la alegría, para la pureza, para el encuentro.
Salía hacia el altar.
Carlo y su familia se sentaron en la primera fila.
Hice la señal de la cruz.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Todos respondieron, amén.
Comencé la misa y desde el primer momento sentí que algo era diferente.
Había una atmósfera especial en esa capilla, una presencia.
Durante toda la liturgia de la palabra, Carlo estuvo completamente inmóvil, ojos fijos en el altar, manos juntas, sin moverse ni un milímetro.
Llegó el momento de la homilía.
Yo había preparado algo específico para Carlo, pero cuando me puse de pie y lo miré, sentí claramente que el Espíritu Santo me decía que hablara de otra cosa.
Empecé, hermanos, hoy estamos aquí para presenciar algo hermoso.
Carlo va a recibir a Jesús por primera vez en la Eucaristía, pero quiero que entendamos bien qué significa esto.
Miré a Carlo, luego miré a todos los presentes.
Continué.
La Eucaristía no es un símbolo, no es un recuerdo bonito.
Es el mismo Jesús, el mismo que nació en Belén, el mismo que predicó en Galilea, el mismo que murió en la cruz, el mismo que resucitó al tercer día.
Ese mismo Jesús está presente en el pan consagrado.
Carlo me miraba con los ojos brillantes.
Seguí.
Y cuando Carlo reciba ese pan consagrado, cuando lo coma, Jesús va a entrar en él, va a habitar en su corazón, va a transformarlo desde adentro.
Esta no es una fiesta social, no es un evento familiar bonito, es un encuentro entre un alma y su Dios.
Vi que varios de los presentes tenían lágrimas en los ojos.
Concluí.
Y les pido que acompañemos a Carlo con nuestra oración, con nuestro silencio, con nuestro respeto por este momento sagrado que está a punto de vivir.
Me senté, continuó la misa, llegó el momento de la consagración, el momento más solemne.
Tomé el pan, lo elevé, pronuncié las palabras que he pronunciado miles de veces en mi vida sacerdotal.
Tomad y comed todos de él.
Porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros.
Y en ese momento, te lo juro por Dios, sentí una presencia en esa capilla que nunca había sentido antes.
No era algo sutil, era palpable, concreto, real.
Era como si el cielo hubiera descendido a ese lugar, como si los ángeles estuvieran presentes, como si el tiempo mismo se hubiera detenido.
Miré hacia donde estaba Carlo.
Tenía los ojos cerrados, lágrimas corriendo por sus mejillas, las manos juntas, apretadas con fuerza.
Comenta si alguna vez has sentido la presencia de Dios así de real durante una consagración.
Si has percibido físicamente lo sobrenatural, elevé cáliz, pronuncié las palabras, tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados.
La presencia se intensificó todavía más.
Yo temblaba, literalmente temblaba mientras sostenía el cáliz.
Terminé la consagración, hice la genuflexión, me quedé unos segundos de rodillas porque mis piernas no respondían bien.
El resto de la misa pasó en una especie de neblina mística.
Yo estaba ahí celebrando, pero era como si otra fuerza estuviera actuando a través de mí.
Llegó el momento de la comunión.
Tomé la patena con las hostias consagradas, elevé una y pronuncié.
Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Dichosos los invitados a la cena del Señor.
Todos respondieron, Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Carlo se puso de pie, caminó lentamente hacia el altar y aquí déjame tener el tiempo un momento.
Déjame describir bien esta escena porque es el momento culminante de todo.
Carlo caminaba con pasos lentos.
Sus ojos estaban fijos en el sagrario.
Su rostro tenía una expresión de anhelo puro, de hambre espiritual, de amor absoluto.
Llegó frente a mí, se arrodilló en el reclinatorio que habíamos preparado.
Yo tomé una consagrada, la elevé frente a él.
Nuestros ojos se encontraron y en esa mirada yo vi algo que no puedo explicar con palabras.
Vi un alma completamente abierta, completamente vacía de sí misma, completamente preparada para recibir a su Dios.
Dije con voz que me temblaba, el cuerpo de Cristo.
Carlo, con los ojos llenos de lágrimas respondió, amén.
Y en ese amén había todo, había fe, había amor, había entrega total.
Puse la en su boca y lo que sucedió en ese instante me dejó paralizado.
El rostro de Carlos se transfiguró.
Es la única palabra que encuentro.
Se transfiguró.
Una luz apareció en su cara.
No era luz física, era otra cosa.
Era como si su rostro se hubiera vuelto transparente y desde adentro saliera una luz.
Sus ojos cerrados parecían brillar.
Su expresión era de éxtasis absoluto, de alegría pura, de unión total.
Yo me quedé ahí parado con la patena todavía en la mano, incapaz de moverme.
Mis piernas temblaban, mis manos temblaban, todo mi cuerpo temblaba.
Las pocas personas que estaban en esa capilla lo vieron también.
Su madre Antonia empezó a llorar en silencio con soyosos contenidos.
Su padre Andrea tenía la boca abierta, los ojos enormes, sin poder creer lo que estaba viendo.
El abat del monasterio que estaba de pie al lado del altar me miró con una expresión de asombro absoluto.
Carlo se quedó ahí de rodillas con la en su boca, sin tragarla todavía, con los ojos cerrados, en un estado que yo solo puedo describir como éxtasis místico.
Pasó un minuto, 2 minutos, 3 minutos.
Carlos seguía ahí inmóvil en ese estado.
Yo terminé de dar la comunión a las demás personas, pero no podía dejar de mirarlo.
No podía dejar de observar lo que estaba pasando.
Después de dar la comunión a todos, volví al altar.
Me arrodillé yo también e intenté orar, pero no podía concentrarme.
Todo mi ser estaba enfocado en lo que estaba sucediendo con Carlo.
Pasaron 5 minutos.
Carlo seguía en éxtasis.
Finalmente, muy lentamente abrió los ojos, tragó la y cuando lo hizo, una expresión de paz absoluta se instaló en su rostro.
Se quedó ahí de rodillas unos minutos más, luego se puso de pie, hizo una reverencia profunda ante el altar y regresó a su lugar.
Cuando se sentó junto a sus padres, su madre lo abrazó llorando.
Él la abrazó también.
Pero seguía con esa expresión de estar en otro mundo.
Comenta qué estás sintiendo ahora, qué está pasando en tu corazón mientras escuchas esto.
Terminé la misa de alguna manera.
Honestamente no recuerdo bien cómo.
Estaba en un estado de shock espiritual.
Después de la bendición final, todos salimos de la capilla.
Afuera había un pequeño patio del monasterio.
La familia se reunió.
Los abuelos felicitaron a Carlo.
La tía lo abrazó, pero Carlo seguía serio, recogido, como si todavía estuviera en ese estado de unión con Jesús.
Me acerqué a él, nos alejamos un poco del grupo, le puse la mano en el hombro y le pregunté en voz baja, “Carlo, ¿qué sentiste?” Me miró con esos ojos todavía húmedos y me dijo, “Padre, Jesús está dentro de mí.
Lo siento.
Está vivo dentro de mí.
Está hablándome.
¿Qué te dice? Me dice que me ama, que siempre va a estar conmigo, que este es solo el principio, que vamos a encontrarnos así todos los días.
Le pregunté, “¿Y tú qué sientes?” Carlos se quedó en silencio unos segundos como buscando las palabras correctas.
Luego me dijo, “Siento que ahora entiendo todo, padre.
Entiendo por qué nací, entiendo para qué estoy vivo.
Entiendo cuál es mi misión.
La Eucaristía es mi autopista al cielo.
Esa es la frase que Jesús me acaba de dar.
Autopista al cielo.
Esas palabras exactas.
Le pregunté, “¿Vas a venir a misa mañana?” Entonces me miró con una seriedad absoluta.
Voy a venir todos los días, padre, todos los días, sin excepción hasta que me muera.
Esa va a ser mi cita con Jesús, mi momento más sagrado, mi razón de existir.
Yo le sonreí conmovido, pero pensando internamente que era entusiasmo del momento, que después de unas semanas se le iba a pasar como a todos los niños, pero Carlo no era como todos los niños.
Comenta si tú cumples los compromisos que haces con Dios o si se te olvidan después de unos días.
Al día siguiente, domingo 17 de junio, yo estaba celebrando la misa de las 9 de la mañana en mi parroquia.
Era una misa normal, había unas 50 personas.
Estaba en la consagración cuando vi entrar por la puerta del fondo a Carlo con su madre.
Me sorprendió verlo.
Pensé que después de la emoción del día anterior iban a descansar, a celebrar en familia, pero ahí estaba.
Y no solo ese día, el lunes 18 de junio, misa de las 7 de la mañana, Carlo estaba ahí.
El martes 19, ahí estaba.
El miércoles 20, ahí estaba.
Toda esa primera semana Carlo no faltó ni un día.
Yo pensé, “Es el entusiasmo inicial.
La semana que viene ya no va a venir.
” Pero pasó la segunda semana, Carlo seguía viniendo todos los días.
Pasó el primer mes, Carlos seguía ahí.
Pasaron dos meses, tres meses, 6 meses.
Carlo no faltaba nunca.
Y no solo venía a misa.
Llegaba media hora antes para hacer adoración.
Se quedaba media hora después también adorando.
Yo lo observaba desde lejos.
Ese niño de 7 años se quedaba ahí de rodillas, inmóvil, con los ojos cerrados o fijos en el sagrario, en un estado de oración profunda.
Un día me acerqué durante su adoración.
Me senté en el banco de atrás en silencio, solo observándolo.
Carlo estaba de rodillas.
tenía las manos juntas, los ojos cerrados y de vez en cuando, sin darse cuenta de que yo estaba ahí, susurraba palabras.
Me acerqué más para escuchar y lo que oí me dejó sin aliento.
Estaba rezando.
Jesús, te amo.
Gracias por estar aquí.
Gracias por esperarme.
Gracias por entrar en mí.
Haz que yo sea digno de tu amor.
Transforma mi corazón.
Hazme santo.
Úsame para tu gloria.
Un niño de 7 años orando así.
Comenta si tu oración personal es así de íntima, así de profunda o si son solo palabras repetidas sin sentimiento.
Real.
Pasó un año.
Carlo cumplió 8 años.
Seguía yendo a misa todos los días.
Pasaron 2 años.
Carlo tenía nueve.
Seguía igual de fiel.
Yo empecé a usar a Carlo como ejemplo en mis catequesis.
Cuando preparaba a otros niños para la primera comunión, les decía, “Miren a Carlo.
” Él sí entendió lo que significa recibir a Jesús.
Él no dejó que el fervor se enfriara.
En una ocasión, preparando un grupo de unos 15 niños de 8 años, les pedí a Carlo que viniera a dar un testimonio.
Carlo llegó, se paró frente a esos niños y les habló con una pasión increíble.
les dijo, “La primera comunión no es una fiesta, no es un día para recibir regalos, es el día más importante de su vida.
Es el día en que van a recibir a Jesús dentro de ustedes por primera vez.
” Los niños lo escuchaban fascinados.
Carlo continuó.
Y cuando lo reciban, si lo reciben con fe verdadera, con amor de verdad, con el corazón abierto, ese encuentro los va a cambiar para siempre.
Van a sentir algo que no pueden explicar.
Van a sentir que Jesús está vivo dentro de ustedes.
Uno de los niños levantó la mano.
¿Y después qué hacemos? Carlos respondió sin dudar.
Después van a misa todos los días o al menos todos los domingos y cada vez que comulguen lo hacen con la misma fe, con el mismo amor, con la misma emoción de la primera vez.
No dejen que se vuelva rutina.
Otra niña preguntó, “¿Tú vas a misa todos los días?” “Sí, desde mi primera comunión no he faltado ni un solo día.
¿Y no te aburres?” Carlo la miró con sorpresa genuina.
Aburrirme de encontrarme con Jesús, imposible.
Cada comunión es diferente.
Cada vez Jesús me dice algo nuevo.
Cada vez me transforma un poco más.
Esos niños quedaron tan impactados que varios de ellos después de su primera comunión empezaron a ir a misa diariamente.
También algunos duraron semanas, otros meses, pero el testimonio de Carlo los había marcado.
Comenta si el testimonio de Carlo te está marcando a ti también, si te está desafiando a ser más fiel.
Pasaron los años, Carlo creció, tenía 10 años, 11, 12.
Entró en la preadolescencia, la edad más difícil espiritualmente, la edad en que la mayoría se aleja, pero Carlo no.
Carlo seguía siendo el mismo, más maduro físicamente, pero igual de fiel espiritualmente.
A los 12 años, en su confirmación, vi algo hermoso cuando el obispo lo ungió con el crisma y dijo, “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo.
” Carlos cerró los ojos y nuevamente esa expresión de éxtasis apareció en su rostro.
Después de la ceremonia le pregunté, “¿Qué sentiste? me dijo, “Sentí fuego, Padre, como un fuego interno que me llenó completamente.
El Espíritu Santo es real, es poder, es amor, es fuerza.
” A los 13, 14 años, cuando los demás adolescentes estaban descubriendo otras cosas, cuando empezaban las distracciones típicas de esa edad, Carlo seguía con la misma rutina, misa diaria, adoración, rosario.
Yo lo veía y me preguntaba constantemente, ¿cómo es posible? ¿Cómo mantiene este fervor? Y la respuesta era obvia, pero profunda, porque aquella primera comunión había sido real, había sido un encuentro verdadero, no había sido emocionalismo pasajero, había sido un toque de Dios que lo había marcado para siempre.
Comenta si tu primera comunión te marcó así o si fue solo un evento social que olvidaste rápido.
En el año 2006, Carlo tenía 15 años.
Ya era un adolescente completo, alto, delgado, con esa sonrisa característica.
Seguía siendo el mismo chico normal en todo lo demás.
Le gustaba el fútbol, la música, las computadoras.
Tenía muchos amigos, estudiaba bien, pero la Eucaristía.
Seguía siendo su centro.
Era septiembre, el colegio había empezado así a poco.
Carlo vino a misa como siempre, pero lo noté un poco cansado.
Después de la misa me acercó, “Padre, no me siento bien.
Me duele la cabeza, tengo fiebre.
” Le dije, “Ve al médico, Carl.
Descansa unos días, pero no, padre.
Tengo que venir a misa.
Carl, Jesús entiende si estás enfermo.
Lo sé, padre, pero yo necesito venir.
Necesito recibirlo.
Pasaron unos días.
Carlos se veía cada vez peor, pero seguía viniendo a misa.
Finalmente, sus padres lo llevaron al médico, le hicieron análisis y vino el diagnóstico que nos destrozó.
Leucemia.
leucemia fulminante.
Leucemia M3, la forma más agresiva.
Los médicos dijeron que el pronóstico era muy malo, que tenía días, tal vez semanas de vida.
Cuando me enteré, fui inmediatamente al hospital donde lo habían internado.
Entré a su habitación.
Carlo estaba en la cama, pálido, débil, conectado a varias máquinas, pero cuando me vio entrar sonrió.
Me acerqué, tomé su mano, Carlo.
No pude seguir.
Las lágrimas me ganaron.
Él apretó mi mano.
No llore, Padre.
Está bien.
Yo le ofrezco mi sufrimiento al Señor por el Papa, por la Iglesia.
¿Tienes miedo? No, Padre, yo he vivido bien.
He vivido unido a Jesús todos los días.
Si él quiere llevarme ahora, estoy listo.
Tenía 15 años y hablaba con la serenidad de un santo anciano.
Le pregunté con voz temblorosa, “¿Quieres que te traiga la comunión todos los días aquí al hospital?” Sus ojos se iluminaron a pesar de la debilidad.
Por favor, padre, eso es lo único que necesito.
Comenta si tú en medio del sufrimiento sigues buscando a Jesús o si te alejas de él durante los siguientes días.
Yo iba todos los días al hospital a las 8 de la mañana.
Celebraba una misa breve en la capilla del hospital.
Luego subía con la Eucaristía al cuarto de Carlo.
Carlo, aunque estaba cada vez más débil, recibía la comunión con el mismo fervor de siempre.
Cerraba los ojos, lloraba en silencio, agradecía.
Un día le pregunté, “Carlo, ¿qué le pides a Jesús cuando lo recibes ahora?” Me respondió con voz débil, “Le digo, gracias.
Gracias por todos estos años de encuentros diarios.
Gracias por cada comunión.
Gracias por haberme elegido para esta relación tan especial.
¿Y no le pides que te sane? No, padre.
Yo acepto su voluntad.
Si quiere sanarme, bien.
Si quiere llevarme, también bien.
Lo importante es estar unido a él, aquí o en el cielo.
Pasaron los días, Carlo empeoraba.
Los médicos dijeron que era cuestión de horas.
El 11 de octubre de 2006, muy temprano en la mañana, me llamó su madre.
Padre Aldo, venga rápido.
Carlo está muy mal.
Llegué corriendo al hospital.
Carlo estaba inconsciente la mayor parte del tiempo.
Los médicos dijeron que probablemente no llegaría al final del día.
Me quedé ahí junto a su cama, rezando, esperando.
En un momento por la tarde, Carlo abrió los ojos.
Me vio, intentó hablar.
Me acerqué.
¿Qué necesitas, Carlo? Con un hilo de voz susurró, Jesús, comunión.
Yo tenía la Eucaristía conmigo.
La había traído por si acaso.
Saqué la consagrada.
La elevé frente a él, el cuerpo de Cristo.
Carlo, con un esfuerzo inmenso, susurró, amén.
Puse la en su boca y sucedió nuevamente.
Por última vez, el rostro de Carlos se transfiguró.
La misma luz, la misma expresión de éxtasis, la misma paz absoluta.
Se quedó así unos minutos.
Luego abrió los ojos, me miró, sonrió débilmente y murmuró, “Gracias, padre.
Ahora sí estoy listo.
” Cerró los ojos, se durmió.
A la mañana siguiente, 12 de octubre de 2006, Carlo Acutis murió.
Tenía 15 años, 4 meses y 9 días.
Comenta lo que estás sintiendo ahora.
Comenta si esta historia te ha tocado.
El funeral fue inmenso, cientos de personas, gente que Carlo había tocado con su testimonio, personas que se habían convertido por su ejemplo, jóvenes que lo admiraban.
Yo celebré la misa de funeral y mientras lo hacía, mientras veía ese ataúd blanco con el cuerpo de Carlo adentro, recordaba aquel día de junio de 1998.
Recordaba su rostro transfigurado en su primera comunión.
Recordaba sus lágrimas de alegría.
Recordaba su promesa.
Voy a ir a misa todos los días hasta que me muera.
Ya había cumplido desde el 16 de junio de 1998 hasta el 11 de octubre de 2006.
8 años, 3 meses y 25 días.
No faltó ni un solo día, ni uno.
Yo sabía en ese momento, con total certeza, que Carlo era santo.
No oficialmente todavía, pero sí en la realidad espiritual.
Comenta si tú crees que Carlo es santo, si crees que está en el cielo intercediendo por nosotros.
Los años pasaron, la fama de santidad de Carlo se extendió.
Empezaron a reportarse milagros atribuidos a su intercesión, conversiones, sanaciones.
En 2013 se abrió oficialmente su causa de beatificación.
Yo fui uno de los principales testigos.
Tuve que dar testimonio detallado de todo lo que había vivido con él.
Los investigadores quedaron especialmente impactados con mi relato de la primera comunión.
Uno de ellos me dijo, “Padre, lo que usted presenció ese día fue un fenómeno místico auténtico.
Ese niño tuvo una experiencia directa con Cristo de una intensidad que pocos santos han tenido.
En 2018, el Papa Francisco declaró venerable a Carlo Acutis en 2020.
Después de aprobar un milagro atribuido a su intercesión, Carlo fue beatificado.
Yo estuve presente en esa ceremonia en Asís.
Vi cómo elevaban su imagen.
Escuché cuando lo proclamaron beato y lloré.
Lloré como no había llorado en años, porque yo había sido testigo del inicio de esa santidad.
Yo había sido el instrumento que Dios usó para darle su primera comunión.
Yo había presenciado ese primer encuentro místico que marcó toda su vida.
Y en septiembre de 2025, Carlo Acutis fue canonizado.
Se convirtió en San Carlo Acutis.
Yo ya soy un anciano.
Tengo más de 70 años, pero ese día de la canonización me sentí joven de nuevo.
Me sentí lleno de vida.
Me sentí privilegiado más allá de lo que puedo expresar.
Comenta si entiendes la magnitud de esto.
Un niño que yo vi recibir su primera comunión, ahora está en los altares de la Iglesia Universal.
Hoy, cuando celebro primeras comuniones, siempre cuento esta historia.
Les digo a los niños, miren, yo conocí a un santo.
Yo le di su primera comunión y ese santo se hizo santo precisamente por su amor a la Eucaristía.
Les digo, si ustedes reciben la comunión con fe verdadera, si mantienen ese fervor, si hacen de la Eucaristía el centro de su vida como Carlos lo hizo, ustedes también pueden ser santos.
Les digo, la santidad no es para gente especial, es para todos.
Carlo era un niño normal en todo lo demás, pero tenía una cosa que lo hacía diferente, amor real por Jesús eucarístico.
Y muchos me escuchan y algunos cambian y eso me llena de alegría.
Comenta si tú vas a ser uno de esos que cambian, si vas a tomar en serio la Eucaristía después de escuchar esto.
Déjame terminar diciéndote lo que aprendí de Carlo, lo que esos 8 años de verlo todos los días en misa me enseñaron.
Aprendí que la Eucaristía no es rutina, no es obligación, no es tradición, es encuentro real con una persona viva.
Aprendí que cuando recibimos la comunión realmente estamos recibiendo al mismo Jesús que caminó por Galilea, que sanó enfermos, que resucitó muertos, que murió por nosotros y resucitó.
Aprendí que ese encuentro tiene poder para transformarnos si lo recibimos con fe.
Aprendí que la fidelidad importa, que ir a misa solo cuando nos conviene, solo cuando sentimos ganas, no construye una relación profunda.
Aprendí que los niños pueden enseñarnos, que a veces tenemos que hacernos pequeños para entender las cosas grandes de Dios.
Y aprendí que Dios sigue actuando hoy, que los milagros no son solo de los tiempos bíblicos, que lo sobrenatural está aquí ahora disponible para quien lo busque con corazón sincero.
Comenta qué has aprendido tú de esta historia.
Ahora mi último llamado, mi último desafío para ti.
Si todavía no has hecho tu primera comunión, prepárate como Carlos se preparó, con hambre, con deseo, con fe verdadera.
Si ya hiciste tu primera comunión, pero perdiste el fervor, hoy es el día para volver.
Hoy es el día para redescubrir el tesoro que tienes.
Si vas a misa, pero recibes la comunión mecánicamente, sin pensarlo, empieza a recibirla conscientemente.
Prepárate antes, agradece después.
Si puedes, ve a misa entre semana.
No solo los domingos, aunque sea una vez más por semana.
Verás la diferencia.
Y si no puedes ir a misa diaria, al menos visita el santísimo, entra a una iglesia, quédate 10 minutos frente al sagrario, háblale a Jesús, escúchalo porque él está ahí vivo, real, esperándote, como le esperaba a Carlo todos los días.
Comenta si vas a hacer esto, comenta tu compromiso concreto y comparte esta historia.
Compártela con tu familia, con tus amigos, en tus redes sociales, porque esta historia necesita ser contada.
El testimonio de Carlo necesita llegar a más personas, necesita llegar a ese joven alejado, a esa mamá cansada, a ese papá que no ve sentido en la misa, a esos abuelos que perdieron la fe.
Esta historia puede cambiar vidas.
Yo lo he visto, he recibido cientos de testimonios, así que por favor comparte y en los comentarios cuéntame qué fue lo que más te impactó, qué vas a cambiar, cómo vas a vivir la Eucaristía de ahora en adelante.
Yo voy a estar leyendo cada comentario.
Voy a estar orando por cada persona que haya visto este video hasta el final.
Porque si llegaste hasta aquí, si aguantaste esta hora entera, es porque Dios tiene un plan especial para tu vida.
San Carlos Acutis, ruega por nosotros.
Enséñanos a amar la Eucaristía como tú la amaste.
Intercede por nosotros para que tengamos hambre de Dios.
Ayúdanos a hacer de la Eucaristía nuestra autopista al cielo.
Amén.
Comenta, comparte y que Dios te bendiga enormemente.
[Música]