Hola, mi nombre es Marco Belini.

Tengo 28 años y lo que voy a contarte hoy destruirá todo lo que creías saber sobre la muerte.
Hace 13 años, mi mejor amigo me miró directamente a los ojos y me dijo, “Marco, voy a morir el 12 de octubre de 2006, pero ese día tu madre va a vivir.
” Yo me reí.
Pensé que estaba bromeando.
Carlos siempre decía cosas extrañas, cosas profundas que ningún chico de 15 años debería saber.
Pero, hermano, hermana, cuando llegó el 12 de octubre de 2006, cuando vi el cuerpo de mi mejor amigo en ese ataú blanco, cuando mi madre entró a mi habitación llorando con los resultados de su última tomografía en las manos, todo cambió.
Ese día no solo perdí a mi mejor amigo, ese día descubrí que Carlo Acutis no era un chico normal.
Y lo que voy a revelarte ahora, lo que nadie sabe, lo que he guardado en silencio durante 13 años por miedo a que me llamaran loco, es algo que va a hacer que cuestiones todo lo que pensaba sobre los milagros, sobre la muerte, sobre la eternidad.
Porque Carlo no solo predijo su muerte, Carlos me mostró cosas que ningún ser humano debería poder ver.
Y si estás viendo este video ahora mismo, no es casualidad.
Carlo me dijo que alguien como tú lo vería.
me dijo que alguien que necesita escuchar esto lo encontraría exactamente en el momento perfecto.
¿Estás listo para saber la verdad? ¿Estás listo para descubrir el secreto que Carlo Acutis me confió dos semanas antes de morir? Porque te advierto, hermano, o hermana, después de escuchar esto, tu vida nunca será la misma.
La mía no lo fue.
Era septiembre de 2006.
El verano italiano estaba terminando y las hojas de los árboles cerca de nuestra escuela en Milán comenzaban a tomar ese color dorado que anuncia el otoño.
Yo tenía 15 años, Carlo también.
Éramos inseparables desde los 7 años cuando su familia se mudó al apartamento de al lado del mío en vía Alesandro Volta.
Compartíamos todo, los videojuegos, las tareas, los secretos, los sueños de adolescentes que todavía creían que el mundo era un lugar lleno de posibilidades infinitas.
Pero ese septiembre algo en Carlo había cambiado.
Sus ojos, que siempre brillaban con esa alegría contagiosa que todos conocían, tenían ahora una profundidad diferente.
Era como si viera cosas que el resto de nosotros no podíamos ver, como si supiera cosas que nosotros no sabíamos.
Recuerdo que durante los recreos, mientras todos jugábamos fútbol o hablábamos de chicas, Carlos se quedaba sentado en las bancas del patio mirando el cielo con una expresión que no puedo describir.
No era tristeza, era algo más profundo.
Era como si estuviera teniendo conversaciones silenciosas con alguien que nosotros no podíamos ver.
Yo le preguntaba, “Carlo, ¿estás bien? Te ves diferente.
” Y él me respondía con esa sonrisa suave que tenía.
Estoy más que bien, Marco.
Estoy exactamente donde Dios quiere que esté.
En ese momento no entendí lo que quería decir.
Ahora sí.
Ahora entiendo cada palabra, cada mirada, cada silencio de esos últimos días que pasamos juntos era su despedida, solo que yo era demasiado ciego para verlo.
El 28 de septiembre de 2006, exactamente 14 días antes de su muerte, Carlo me llamó a su habitación después de la escuela.
Recuerdo cada detalle de ese momento, como si hubiera sido ayer.
Su computadora estaba encendida, mostrando su sitio web sobre milagros eucarísticos.
La luz del atardecer entraba por la ventana creando sombras largas en las paredes llenas de pósters de santos y superhéroes.
Sí, Carlo amaba tanto a los santos como a Spider-Man.
Era así de único.
Su mesa estaba ordenada de esa manera perfecta que solo él conseguía.
sus libros de informática a la izquierda, su Biblia subrayada en el centro y a la derecha, una foto de su primera comunión donde sonreía con esa inocencia que nunca perdió.
El aroma de la habitación era una mezcla del perfume de su madre que subía desde la cocina y ese olor particular a libros antiguos que siempre tenía su cuarto.
Marco me dijo cerrando la puerta con un cuidado inusual.
Tengo que contarte algo y necesito que no se lo digas a nadie hasta que sea el momento correcto.
Yo me senté en su cama pensando que me iba a confesar algo sobre alguna chica o algún problema familiar.
Nunca jamás imaginé lo que estaba a punto de escuchar.
Carlos se sentó a mi lado con las manos entrelazadas sobre sus rodillas y respiró profundamente.
Podía ver que estaba luchando por encontrar las palabras correctas.
Sus dedos temblaban ligeramente, algo que nunca había visto en él.
Carlos siempre era tan tranquilo, tan seguro de sí mismo.
Pero en ese momento vi vulnerabilidad en sus ojos.
Vi miedo.
No miedo a la muerte, sino miedo a que yo no le creyera.
Voy a morir dentro de dos semanas, dijo finalmente con una calma que me eló la sangre hasta los huesos.
El 12 de octubre.
Y quiero que sepas algo.
No tengas miedo.
Todo está en el plan de Dios.
Todo tiene un propósito más grande de lo que podemos entender ahora.
Hermanos, yo me quedé paralizado.
El tiempo pareció detenerse.
Podía escuchar el tic tac del reloj en la pared, el sonido distante de los autos en la calle, mi propia respiración que se había vuelto pesada y difícil.
Primero pensé que estaba bromeando, pero la expresión en su rostro era tan seria, tan llena de una paz, que no debería existir cuando hablas de tu propia muerte, que algo dentro de mí supo que estaba diciendo la verdad.
Mis manos comenzaron a temblar.
Sentí que la habitación daba vueltas.
Carlo, ¿qué estás diciendo? ¿Estás enfermo? ¿Has ido al doctor? Mi voz sonaba extraña, como si viniera de muy lejos.
Él sonrió.
Esa sonrisa suave que tenía cuando sabía algo que yo aún no comprendía.
Sí, Marco, tengo leucemia.
Me diagnosticaron hace tres días, pero no es sobre eso.
No es sobre mi enfermedad, es sobre lo que va a pasar, es sobre tu mamá.
Y aquí viene la parte que me destroza cada vez que la recuerdo.
Carlos se acercó a mí, puso su mano derecha en mi hombro izquierdo y con esos ojos castaños que parecían ver directo a mi alma más allá de mi carne, más allá de mis huesos, hasta el centro mismo de mi ser, me dijo algo que cambiaría mi vida para siempre.
El día que yo muera, tu mamá va a ser sanada.
El cáncer que tiene en los pulmones va a desaparecer.
Dios me lo mostró en oración, Marco.
Me lo mostró tan claro como te estoy viendo a ti ahora.
Mi muerte no es el final, es el comienzo de algo más grande.
Es parte de un plan que ni tú ni yo podemos comprender completamente todavía.
Hermano, hermana, yo no sabía que mi madre tenía cáncer.
Ella nunca me lo había dicho.
Me había ocultado su diagnóstico para no preocuparme durante los exámenes finales de la escuela.
Mis padres habían decidido esperar hasta después de mis pruebas para contármelo, pero Carlo lo sabía.
Carlos sabía cosas que nadie le había contado.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies.
“¿Cómo? ¿Cómo sabes eso de mi mamá?”, logré susurrar con la voz quebrada, apenas audible.
Mi garganta estaba tan cerrada que cada palabra dolía al salir.
Las lágrimas comenzaban a nublarse en mis ojos, pero me las tragué.
No quería llorar delante de él.
No quería que me viera débil, pero Carlos ya lo sabía.
Carlos siempre sabía lo que yo sentía antes de que yo mismo lo supiera.
Jesús me lo dijo.
Respondió con una naturalidad que debería haber sonado loca, que en boca de cualquier otra persona hubiera sonado como locura o fanatismo, pero que en sus labios sonaba como la verdad más pura del universo.
Me lo dijo durante la adoración eucarística el martes pasado.
Estaba orando en la iglesia de San Carlos, completamente solo.
Eran como las 5 de la tarde.
La luz entraba por los vitrales y vi, Marco, vi a Jesús tan claramente como te veo a ti.
No fue una visión vaga o una emoción mística.
Fue real, tangible.
Me habló, me mostró muchas cosas.
Me mostró que mi tiempo aquí es corto, pero que mi trabajo apenas está comenzando.
Me mostró a tu mamá.
La vi en una cama de hospital, la vi llorando, la vi orando y luego la vi sonriendo, completamente sana, abrazándote fuerte mientras tú llorabas de alegría.
Yo no podía creer lo que estaba escuchando.
Quise gritar, quise sacudirlo y decirle que dejara de decir locuras, que fuéramos al hospital inmediatamente, que habláramos con sus padres.
Pero algo en mí, algo más profundo que la razón, algo que venía de un lugar que ni siquiera sabía que existía dentro de mí, sabía que estaba diciendo la verdad.
Carlo, esto es es imposible, tartamudeé.
No puedes saber cuándo vas a morir.
Los doctores no pueden predecir eso con exactitud.
Y mi mamá, ella está bien.
La vi esta mañana preparando el desayuno.
Estaba riendo, hablando por teléfono con mi tía.
No puede tener cáncer.
tiene que ser un error.
Pero incluso mientras decía esas palabras, imágenes comenzaron a aparecer en mi mente.
Mi madre tosiendo en las noches.
Mi madre más delgada de lo normal, mi padre con esa expresión de preocupación constante que yo había notado pero ignorado.
Las visitas frecuentes de mi tía, las conversaciones que se detenían abruptamente cuando yo entraba a la habitación, todas las piezas encajaban de repente como un rompecabezas macabro.
Carlo asintió lentamente.
Tu mamá ha estado ocultándotelo, Marco.
Tiene cáncer de pulmón en etapa tres.
Los doctores le dieron 6 meses de vida, tal vez menos.
Tus padres planeaban decírtelo este fin de semana.
Por eso tu tía ha estado viniendo tanto.
Por eso tu papá ha estado tomando tantos días libres del trabajo.
Me levanté de la cama tambaleándome.
Las piernas apenas me sostenían.
Tenía que salir de esa habitación.
Tenía que irme a casa y preguntarle a mi madre si era verdad, pero Carlo me agarró del brazo con una fuerza sorprendente.
Marco, espera.
Hay más.
Necesitas escuchar todo.
Su voz había cambiado.
Ya no era la voz de mi amigo de 15 años.
Era algo diferente, algo más antiguo, más sabio.
Cuando yo muera y mi cuerpo sea velado en la iglesia de Santa María, quiero que lleves a tu mamá.
Quiero que ella toque mi ataúd.
Quiero que ore.
Ese será el momento, ese será el instante exacto en que Dios la sanará.
Lo vi y marco.
Vi su rostro transformarse.
Vi las lágrimas de alegría.
Vi el milagro.
Yo me senté de nuevo porque mis piernas no podían más.
Las lágrimas finalmente comenzaron a caer por mis mejillas sin control.
Todo era demasiado.
Demasiada información, demasiado dolor, demasiado imposible.
¿Por qué me estás diciendo esto? ¿Por qué ahora? Mi voz era apenas un susurro roto.
Carlo me abrazó.
Entonces fue un abrazo largo, fuerte, desesperado, un abrazo de despedida porque necesitas estar preparado.
Porque cuando suceda, cuando yo ya no esté y tu mamá sea sanada, necesitas contarle al mundo lo que pasó.
Necesitas ser testigo del poder de Dios.
Ese es tu propósito, Marco.
Por eso Dios me mostró esto a mí primero para prepararte a ti.
Los siguientes días fueron los más extraños de mi vida.
Cada mañana me despertaba pensando que todo había sido un sueño horrible, pero luego veía a Carlo en la escuela, más débil cada día, y sabía que era real.
Esa misma noche, después de que Carlo me revelara todo, llegué a casa y confronté a mis padres.
Mi padre estaba sentado en la mesa de la cocina con papeles médicos esparcidos frente a él.
Mi madre estaba en el sofá con los ojos rojos de tanto llorar.
Cuando entré y les pregunté directamente si era verdad, si mamá tenía cáncer, el silencio que siguió fue ensordecedor.
Mi padre cerró los ojos y dejó caer la cabeza entre sus manos.
Mi madre comenzó a llorar de nuevo.
¿Cómo lo supiste, Marco? preguntó mi padre finalmente.
No pude decirles que Carlo me lo había dicho.
No pude explicarles que mi mejor amigo había recibido una visión de Jesús.
Simplemente dije que lo había escuchado por accidente.
Esa noche mi familia se sentó junta y me contaron todo.
El diagnóstico, el pronóstico, los tratamientos que no estaban funcionando, las opciones limitadas, el tiempo que probablemente les quedaba juntos.
Lloré hasta que no quedaron más lágrimas en mi cuerpo.
Durante los siguientes días observé a Carlo con una mezcla de asombro y terror.
Seguía viniendo a la escuela, aunque estaba claramente enfermo.
Su piel había tomado un tono pálido, casi translúcido.
Tenía círculos oscuros bajo los ojos, pero su espíritu, su fe, su alegría inexplicable nunca disminuyeron.
Hablaba con todos con la misma amabilidad de siempre.
ayudaba a los profesores, sonreía a los compañeros que ni siquiera eran sus amigos y cada vez que me miraba había algo en sus ojos que decía, “Confía, todo está bien, todo es parte del plan.
” El 10 de octubre, dos días antes de la fecha que Carlo había predicho, dejó de intervenir a la escuela.
Su madre llamó a la mía para decir que Carlo había sido hospitalizado.
La leucemia había progresado rápidamente.
Los doctores estaban sorprendidos por la velocidad.
Yo fui a visitarlo al hospital esa tarde.
La habitación olía desinfectante y flores.
Carlo estaba en la cama conectado a varios tubos y máquinas, pero cuando me vio entrar sonrió como si estuviéramos en su habitación jugando videojuegos.
Hola, Marco.
Sabía que vendrías.
Su voz era débil pero clara.
Me senté junto a su cama y tomé su mano.
Estaba fría, demasiado fría.
¿Todavía va a pasar lo que me dijiste? Pregunté en voz baja, casi con miedo de que la respuesta fuera así.
Carlo asintió lentamente.
Pasado mañana en la mañana alrededor de las 6:30.
Me marco.
No tengas miedo.
Donde voy es hermoso.
Jesús me lo ha mostrado.
Es más hermoso de lo que cualquier palabra puede describir.
Hay luz, pero no como la luz del sol.
Es una luz que viene de todas partes y de ninguna parte.
Es amor puro, tangible y voy a estar bien, más que bien.
Pero tú, hermano, tienes que ser fuerte, tienes que cuidar a tu mamá y tienes que cumplir la promesa que te voy a pedir ahora.
Se esforzó por sentarse un poco más en la cama.
Uno de los tubos se movió y una enfermera entró rápidamente para ajustarlo.
Cuando salió, Carlo continuó, “Cuando tu mamá sea sanada, cuando el milagro suceda, quiero que cuentes esta historia.
No inmediatamente espera.
Espera hasta que tengas 28 años.
Espera hasta que entiendas completamente lo que pasó.
Y entonces, Marco, entonces cuéntale al mundo que los milagros son reales, que Dios escucha, que la muerte no es el final.
¿Me lo prometes? Yo sentí incapaz de hablar.
Las lágrimas caían libremente por mi rostro.
Te lo prometo, Carl.
Te lo prometo.
El 12 de octubre de 2006 amaneció gris en Milán.
Era un jueves.
Recuerdo que no fui a la escuela, no podía.
Me quedé en mi habitación mirando el reloj esperando.
A las 6:15 am, mi teléfono sonó.
Era la madre de Carl.
No necesitó decir nada.
Solo escuché su llanto y supe Carlo había partido exactamente como lo había predicho.
Me quedé sentado en mi cama, paralizado.
No podía llorar, no podía moverme, no podía pensar.
Todo mi cuerpo estaba entumecido.
Entonces, a las 7:15 am exactamente 45 minutos después de la muerte de Carl escuché pasos corriendo por el pasillo de mi casa.
Mi madre irrumpió en mi habitación con un papel en las manos.
Su rostro estaba completamente transformado.
Ya no era la cara de una mujer enferma y asustada, era la cara de alguien que acababa de presenciar lo imposible.
Marco, Marco, no lo vas a creer.
Gritaba entre lágrimas y risas.
Los resultados, los resultados de la tomografía de emergencia que me hicieron ayer.
El tumor, Marco.
El tumor desapareció.
Desapareció completamente.
Los doctores no pueden explicarlo.
Dicen que es médicamente imposible.
Dicen que es que es un milagro.
Ella cayó de rodillas junto a mi cama abrazándome y llorando.
Y yo, hermano, hermana, yo finalmente rompí.
Lloré por Carlo, lloré por mi madre, lloré por el milagro que acababa de presenciar.
En ese momento, mientras abrazaba a mi madre, que había sido sanada milagrosamente exactamente en el instante que Carlo había predicho, supe con una certeza absoluta que mi vida había cambiado para siempre.
Ya no era el mismo Marco Belini que jugaba videojuegos y se preocupaba por exámenes escolares.
Era alguien que había sido testigo directo del poder de Dios, alguien que había visto el velo entre el cielo y la tierra volverse delgado y transparente.
Alguien que había sido elegido para guardar un secreto sagrado hasta que llegara el momento perfecto de revelarlo.
Carlo Acutis no solo predijo su muerte y la sanación de mi madre.
Carlo me dio un propósito, me dio una misión y durante estos 13 años he llevado este testimonio en mi corazón como un fuego sagrado, esperando el momento que él me indicó.
Ese momento es ahora.
Y lo que vas a escuchar en la segunda parte de este testimonio te va a mostrar que este milagro fue solo el comienzo, porque después del funeral de Carlo, cosas aún más inexplicables comenzaron a suceder.
Cosas que demuestran que mi amigo no solo fue un profeta, fue un puente entre dos mundos y ese puente todavía está abierto.
Hermanos, si están viendo esta segunda parte es porque necesitan escuchar lo que pasó después, porque el milagro de la sanación de mi madre fue solo el comienzo.
Lo que sucedió en los días, semanas y años siguientes a la muerte de Carlo Acutis me demostró que mi amigo no solo había predicho su muerte, había dejado un legado sobrenatural que continúa manifestándose hasta el día de hoy.
El funeral de Carlo fue el 15 de octubre de 2006, tr días después de su muerte.
La iglesia de Santa María en Milán estaba completamente llena.
Había más de 500 personas, compañeros de escuela, profesores, familias del barrio, personas que Carlo había ayudado con su trabajo sobre los milagros eucarísticos.
Pero lo que nadie esperaba era la atmósfera, no era un funeral normal.
No había esa pesadez, esa oscuridad que normalmente rodea la muerte.
Había algo diferente en el aire, una paz, una presencia, algo que no puedo explicar con palabras, pero que todos los presentes sintieron.
Mi madre, que había sido sanada milagrosamente tres días antes, estaba de pie junto a mí.
Los doctores le habían hecho tres tomografías más después de la primera.
Todos los resultados mostraban lo mismo.
El cáncer había desaparecido completamente.
Los médicos escribieron en su expediente la palabra que temían usar.
Remisión espontánea inexplicable.
Pero yo sabía la verdad.
No fue remisión espontánea, fue el milagro que Carlo había predicho con exactitud milimétrica.
Durante el funeral, el padre Yuspe, que había sido el confesor de Carlo, habló sobre su vida.
Contó cosas que yo no sabía.
contó que Carlos se levantaba todos los días a las 5 de la mañana para ir a misa antes de la escuela, que ayunaba los viernes por los pecadores, que pasaba horas en adoración eucarística, que tenía una devoción especial por la Virgen María.
Pero lo que más me impactó fue cuando el padre Yusepe dijo algo que me heló la sangre.
Carlo me confesó tres semanas antes de su muerte que Dios le había revelado que partiría pronto.
Me dijo que no estaba asustado.
Me dijo que su muerte tendría un propósito.
Me dijo que a través de su muerte muchos llegarían a conocer el amor de Jesús.
Hermano, hermana, en ese momento recordé todo lo que Carlos me había dicho, cada palabra, cada profecía y comprendí que yo no era el único a quien le había confiado su secreto.
Él había estado preparando a otros también.
Después de la misa, mientras las personas se acercaban al ataúd para despedirse, mi madre me tomó de la mano.
Marco, necesito acercarme.
Necesito agradecerle a Carlo por mi vida.
Caminamos juntos hacia el frente de la iglesia.
El ataú de Carlo era blanco, simple, hermoso.
Había flores por todas partes, especialmente rosas blancas, que eran sus favoritas.
Cuando mi madre puso su mano sobre el ataúd, algo extraordinario sucedió.
No fue algo que solo yo vi, fueron docenas de personas.
La temperatura en la iglesia cambió.
De repente se sintió más cálida, pero no como un calor sofocante.
Era como estar envuelto en un abrazo.
Y entonces, hermano, hermana, entonces ocurrió algo que todavía me quita el sueño cuando lo recuerdo.
Del ataúd comenzó a emanar un aroma.
No era el olor de las flores, era algo completamente diferente.
Era dulce, pero no empalagoso.
Era como vainilla mezclada con rosas, pero más puro, más celestial.
Era el mismo aroma que, según los santos, rodea a las personas santas.
Las personas alrededor comenzaron a susurrar.
Huelen eso de dónde viene? Es como si el cielo se hubiera abierto.
Mi madre se arrodilló junto al ataúd y comenzó a llorar.
Pero no eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de gratitud profunda, de reconocimiento de que algo sobrenatural estaba sucediendo.
“Gracias, Carlos”, susurraba una y otra vez.
“Gracias por mi vida.
Gracias por el milagro”.
Pero lo que sucedió después fue aún más impactante.
Una mujer que estaba en la fila.
Detrás de nosotros, una señora mayor que yo no conocía.
De repente gritó.
No fue un grito de miedo, fue un grito de asombro.
Puedo ver, puedo ver.
Ella se quitó los lentes gruesos que llevaba y comenzó a llorar.
Llevo 30 años con cataratas.
Los doctores dijeron que era demasiado tarde para cirugía, pero ahora puedo ver.
Puedo ver con claridad.
Las personas comenzaron a reunirse alrededor de ella.
Su esposo la abrazaba incrédulo.
El padre Yuspe se acercó rápidamente.
Señora Martina, ¿qué está diciendo? Padre, cuando toqué el ataúd y olí ese aroma, sentí algo en mis ojos, como si alguien hubiera quitado un velo.
Y ahora, Padre, ahora puedo ver.
Puedo ver los detalles de las flores, puedo ver las velas, puedo ver el rostro de mi esposo sin lentes por primera vez en décadas.
Hermano, hermana, ese día no fue solo mi madre.
Hubo tres sanaciones documentadas en el funeral de Carlo.
La señora Martina con sus cataratas, un hombre joven llamado Federico, que tenía una hernia discal severa y de repente pudo moverse sin dolor.
Y una niña pequeña, Sofía, que tenía una condición en la piel desde que nació y las manchas desaparecieron completamente mientras su madre la sostenía cerca del ataúd.
Los días siguientes al funeral fueron caóticos.
La noticia de las sanaciones se esparció por todo Milán.
Los medios locales comenzaron a investigar.
Los doctores de mi madre dieron entrevistas, admitiendo que no podían explicar médicamente lo que había sucedido.
La señora Martina fue a un oftalmólogo que confirmó que sus cataratas habían desaparecido.
Federico se hizo resonancias magnéticas que mostraron que su hernia había sanado.
Los padres de Sofía tenían fotos médicas que demostraban la transformación de su piel.
Pero lo que nadie sabía todavía era que Carlo me había predicho todo esto, que él sabía que su muerte desencadenaría estos milagros.
Yo guardaba el secreto como me había pedido, esperando él un momento correcto.
Una semana después del funeral, recibí un paquete en mi casa.
Era de la madre de Carlo, Antonia.
Dentro había una carta y un objeto envuelto en papel de seda blanco.
La carta decía, “Querido Marco, sé que Carlo te contó cosas especiales antes de morir.
Él me dijo que tú eras su mejor amigo y que tenías una misión importante.
Encontré esto en su habitación.
Estaba en un sobre con tu nombre.
Creo que quería que lo tuvieras.
” Con manos temblorosas desenvolví el papel.
Era un rosario, el rosario que Carlo llevaba siempre en su bolsillo.
Las cuentas estaban gastadas de tanto uso, pero adjunta había otra carta.
Esta era de Carlo, escrita a mano, fechada el 10 de octubre de 2006, dos días antes de su muerte.
Hermano, hermana, cuando leí esa carta lloré como nunca había llorado.
Les voy a leer partes de ella ahora porque Carlo me dijo que llegado el momento compartiera sus palabras.
Querido Marco, si estás leyendo esto, significa que ya me fui.
Significa que el plan de Dios se cumplió exactamente como él me lo mostró.
Espero que tu mamá esté bien.
Sé que está bien.
La vi en mi visión sana y feliz, abrazándote fuerte.
Pero necesito que sepas algo más.
Los próximos años van a ser difíciles para ti.
Vas a tener dudas.
Vas a preguntarte por qué tuve que morir tan joven.
Vas a preguntarte por qué Dios permite el sufrimiento.
Pero Marco, hermano mío, el sufrimiento no es el final, es el camino.
Es a través de mi sufrimiento que tu madre fue sanada.
Es a través de mi muerte que otros van a encontrar vida.
Jesús me mostró que mi cuerpo no se va a corromper como los cuerpos normales.
Me mostró que voy a ser beatificado.
Sé que suena loco.
Sé que vas a pensar que estaba delirando por la enfermedad, pero no lo estaba.
Estaba más lúcido que nunca.
Y cuando eso suceda, cuando me beatifiquen, quiero que recuerdes esta carta.
Quiero que recuerdes que te lo dije años antes.
Tuve que detenerme de leer porque las completas y lágrimas borraban las palabras.
Beatificación.
Carlo había predicho su propia beatificación en ese momento.
En 2006 parecía imposible.
Pero, hermanos, ustedes que están viendo esto saben lo que pasó después.
Los años pasaron.
Yo crecí, fui a la universidad, estudié medicina porque después de ver la sanación de mi madre, quería entender el cuerpo humano.
Quería estar en el lugar donde la ciencia y la fe se encuentran.
Durante todo ese tiempo guardé el secreto de Carlos, guardé su carta, llevé su rosario conmigo siempre y observé, observé como la historia de Carlo comenzaba a esparcirse más allá de Milán, cómo su testimonio de vida, su amor por la Eucaristía, su trabajo sobre los milagros eucarísticos comenzaba a inspirar a jóvenes en toda Italia, luego en Europa, luego en el mundo entero.
En 2013, 7 años después de su muerte, la Arquidiócesis de Milán abrió oficialmente la causa de beatificación de Carlo Acutis.
Cuando recibí la noticia, saqué la carta de Carlo y la leí de nuevo.
Él lo había sabido.
Él lo había predicho, exactamente como había predicho su muerte, exactamente como había predicho la sanación de mi madre.
En 2018, 12 años después de su muerte, exhumaron el cuerpo de Carlo para el proceso de beatificación.
Yo no estaba presente, pero el padre Yusepe me llamó esa noche.
Su voz temblaba.
Marco, tienes que saber algo.
El cuerpo de Carlo está está intacto, incorrupto.
Los doctores no pueden explicarlo.
Han pasado 12 años y su cuerpo está casi perfectamente preservado.
Es otro milagro, Marco.
Otro milagro.
Yo caí de rodillas en mi apartamento.
Carlos lo había sabido.
Lo había sabido todo.
El 10 de octubre de 2020, exactamente 14 años después de su muerte, Carlo Acutis fue beatificado por la Iglesia Católica.
Yo tenía 29 años.
Había cumplido los 28 que Carlos me pidió esperar.
Estaba allí en Asís, Italia, donde se llevó a cabo la ceremonia.
Miles de personas de todo el mundo, jóvenes especialmente jóvenes que habían sido inspirados por la vida de un adolescente que amó a Jesús sinvergüenza, que usó la tecnología para evangelizar, que vivió con alegría a pesar de saber que moriría joven.
Durante la ceremonia mostraron el cuerpo de Carlo, hermano, hermana, fue uno de los momentos más impactantes de mi vida.
Allí estaba mi mejor amigo, el chico con el que jugaba videojuegos, con el que hacía tareas, con el que reía y lloraba.
Su rostro estaba en paz.
Sus manos todavía sostenían un rosario y a pesar de 14 años se veía como si estuviera durmiendo.
El cardenal que presidió la ceremonia habló sobre la vida extraordinaria de Carlo.
Habló sobre sus virtudes heroicas.
Habló sobre los milagros atribuidos a su intersión.
Porque mi madre no fue la única.
En esos 14 años, cientos de personas habían reportado sanaciones después de orar a Carlo, niños con tumores cerebrales, adultos con enfermedades terminales, personas con adicciones que fueron liberadas, matrimonios restaurados, conversiones milagrosas.
El mundo estaba descubriendo lo que yo había sabido desde que tenía 15 años.
Carlo Acutis era un santo, pero había algo más que solo yo sabía, algo que Carlo me había pedido que revelara solo después de su beatificación.
En su carta había un párrafo final que nunca le había mostrado a nadie.
Marco, después de mi beatificación, quiero que cuentes la historia completa.
Quiero que le digas al mundo exactamente lo que te revelé.
Porque las personas necesitan saber que Dios todavía habla, que Dios todavía hace milagros, que la muerte no es el final, sino el comienzo de la vida verdadera.
Y también quiero que sepas esto.
Voy a estar contigo.
No vas a verme, pero voy a estar allí.
En los momentos difíciles, cuando dudes, cuando tengas miedo, voy a enviar señales.
Busca las rosas blancas, busca el número 12, busca el aroma a vainilla.
Esas serán mis señales para ti.
Hermanos, durante estos 13 años he visto esas señales innumerables veces.
El día que presenté mi examen final de medicina, el examen más difícil de mi carrera, encontré una rosa blanca en mi escritorio.
Nadie supo cómo llegó allí.
La oficina estaba cerrada.
El día que conocí a mi esposa, Lucía era 12 de octubre, el aniversario de la muerte de Carlos.
Y cuando le propuse matrimonio, lo hice en una iglesia que, sino yo saberlo, tenía 12 rosas blancas en el altar.
Cuando mi primer hijo nació el 12 de diciembre a las 121 de la tarde, el doctor comentó que nunca había visto un parto tan fácil y que la habitación tenía un aroma extraño, como avainilla.
Carlo estaba cumpliendo su promesa.
Estaba allí.
intercediendo, guiando, protegiendo.
Después de la beatificación, sentí que había llegado el momento de compartir públicamente mi testimonio.
Comencé a poco, primero con mi familia, luego con amigos cercanos, luego con mi iglesia local.
Las reacciones fueron variadas.
Algunos me creyeron inmediatamente, otros fueron escépticos, algunos incluso me acusaron de inventar la historia para llamar la atención.
Pero yo tenía pruebas.
tenía la carta de Carlo escrita de su puño y letra fechada dos días antes de su muerte, prediciendo su beatificación.
Tenía los expedientes médicos de mi madre, mostrando la desaparición inexplicable de su cáncer.
Tenía los testimonios de la señora Martina, de Federico, de Sofía.
Tenía años de señales y milagros documentados.
Pero más que todo, hermano, hermana, yo tenía la certeza en mi corazón, la certeza de alguien que ha visto el cielo tocar la tierra, la certeza de alguien que ha sido testigo directo del poder sobrenatural de Dios.
En 2022, 16 años después de la muerte de Carlo, decidí crear este testimonio en video.
Oré durante meses sobre cuándo y cómo compartirlo y sentí claramente que este era el momento que había personas en todo el mundo, especialmente en América Latina, que necesitaban escuchar esta historia, que necesitaban saber que los milagros son reales, que la fe no es una muleta psicológica, sino una puerta a lo sobrenatural.
Mi madre, que ahora tiene 63 años y está completamente sana, me dijo cuando le conté que iba a hacer este video.
Marco, cuenta todo.
No tengas miedo.
Cuenta cómo Carlos me salvó la vida.
Cuenta como ese chico de 15 años fue un profeta.
Cuenta cómo Dios usa a los jóvenes para hacer cosas extraordinarias.
Y eso es exactamente lo que estoy haciendo hoy.
Hermanos, quiero que entiendan algo fundamental.
Carlo Acutis no era perfecto porque fuera especial.
Era especial porque eligió ser santo.
Era un chico normal.
Le gustaban los videojuegos.
Amaba las películas de superhéroes.
Tenía una consola PlayStation en su habitación.
Pero tomó una decisión.
Decidió que Jesús sería el centro de su vida.
Decidió que cada día, sin importar cómo se sintiera, iría a misa.
Decidió que ayunaría por los pecadores.
Decidió que usaría sus talentos en tecnología para evangelizar.
Y esa decisión, esa entrega total, abrió las puertas del cielo en su vida.
Dios le confió secretos.
Dios le mostró el futuro.
Dios lo usó como instrumento de sanación y transformación.
Y lo mismo puede pasar contigo.
No necesitas ser un genio.
No necesitas tener dones especiales.
Solo necesitas entrega.
Solo necesitas decir sí.
Sí a Dios, sí a su voluntad.
Sí, a su plan, incluso cuando no lo entiendas completamente.
Carlos me enseñó eso.
Me enseñó que la santidad no es para unos pocos elegidos, es para todos los que están dispuestos a pagar el precio.
Quiero compartir contigo algo más que Carlos me dijo en nuestro último encuentro en el hospital, algo que no había revelado hasta ahora.
Me dijo, “Marco, en el futuro va a haber mucha confusión en el mundo.
Las personas van a dudar de Dios, van a dudar de la iglesia, van a dudar de los milagros.
Por eso mi historia necesita ser contada para recordarles que Dios no ha abandonado a la humanidad, que él sigue actuando, que él sigue amando, que él sigue haciendo lo imposible.
Hermanos, estamos viviendo exactamente en ese tiempo que Carlo predijo, un tiempo de confusión, de división, de escepticismo, pero también un tiempo de oportunidad, un tiempo donde testimonios como este pueden encender fuegos de fe en corazones que están fríos.
Un tiempo donde la historia de un chico de 15 años puede inspirar a millones a buscar a Dios con todo su corazón.
Mi vida cambió para siempre el día que Carlo me reveló su secreto.
Pero no solo cambió por el milagro de la sanación de mi madre, cambió porque entendí que vivimos en un universo donde lo sobrenatural es real, donde Dios interviene, donde las oraciones tienen poder, donde la fe mueve montañas.
Estudié medicina y me convertí en doctor, pero no para confiar solo en la ciencia, sino para ser un puente entre la ciencia y la fe, para poder decir con autoridad, J.
He visto cosas que la medicina no puede explicar.
He visto el poder de Dios sanando lo que los doctores declararon incurable.
Hoy trabajo en un hospital en Milán, el mismo hospital donde mi madre fue declarada sana milagrosamente.
Y cada vez que veo un caso difícil, un paciente terminal, una familia sin esperanza, les cuento sobre Carlo, les cuento sobre el milagro y les ofrezco orar con ellos.
Algunos aceptan, otros rechazan.
Pero los que aceptan, hermano, hermana, los que aceptan han visto cosas extraordinarias.
He visto tumores desaparecer.
He visto pronósticos fatales revertirse.
He visto la mano de Dios moverse en respuesta a la fe.
¿Son todos sanados? No, y eso es algo que he tenido que aprender.
No todos reciben el milagro físico.
Algunos reciben el milagro de la paz en medio del dolor.
Algunos reciben el milagro de la fe en medio de la desesperación.
Algunos reciben el milagro de la reconciliación familiar antes de partir.
Dios es soberano.
Él decide.
Pero una cosa es segura.
Él responde.
Él escucha.
Él actúa.
Mi madre fue sanada porque ese era el plan de Dios, porque su sanación sería un testimonio del poder de Carlo, porque su vida tenía un propósito que aún no se había cumplido.
Ella ha dedicado los últimos 16 años a compartir su historia.
Ha viajado por toda Italia.
Ha hablado en iglesias, en conferencias, en programas de radio.
Ha inspirado a miles con su testimonio.
Ese era el plan.
Carlos lo vio, Carlos lo supo, Carlos lo profetizó y se cumplió exactamente como él dijo.
Ahora, hermano, hermana, quiero hacerte una pregunta directa.
¿Por qué crees que este testimonio llegó a ti hoy? ¿Crees que es casualidad? Yo no creo en casualidades.
Creo en citas divinas.
Creo que Dios orquestó que este video llegara a tu vida en este momento exacto, porque hay algo que él quiere decirte.
Tal vez estás pasando por una enfermedad y necesitas saber que Dios todavía sana.
Tal vez perdiste a alguien que amas y necesitas saber que la muerte no es el final.
Tal vez has dudado de tu fe y necesitas saber que Dios es real, que los milagros existen, que vale la pena creer.
Sea cual sea tu situación, este testimonio es para ti.
Carlo me dijo que cuando contara su historia, personas específicas la encontrarían, personas que Dios está llamando, personas que están destinadas a hacer cosas grandes para el reino.
¿Eres tú una de esas personas? Si algo en tu corazón se movió mientras escuchabas esta historia, si sentiste algo más profundo que emoción, si una llama de esperanza se encendió en tu espíritu, entonces sí, hermano, hermana, este mensaje es para ti.
Y Carlo está intercediendo por ti ahora mismo desde el cielo.
Está orando para que tu vida sea transformada, para que experimentes el poder de Dios de la manera que necesitas experimentarlo.
Antes de terminar, quiero orarte.
Quiero hacer lo que Carlos hacía conmigo.
Quiero interceder por ti como él intercedió por mi familia.
Padre celestial en el menio Layin, en el Padre Celestial en el menio la Satie, nombre poderoso de Jesús.
Y por la intercesión del beato Carlo Acutis, te pido por cada persona que está viendo este testimonio.
Señor, tú sabes exactamente quiénes son.
Conoce sus nombres, sus luchas, sus dolores, sus necesidades.
Algunas están enfermas y necesitan sanación.
Tócalas ahora mismo.
Algunas perdieron la fe y necesitan un encuentro contigo.
Revélate a ellas de manera personal.
Algunas están en situaciones imposibles y necesitan un milagro.
Dios de imposibles intervén.
Te pido que así como usaste la muerte de Carlo para sanar a mi madre, uses este testimonio para transformar vidas hoy.
Que cada persona que escuchó esta historia con un corazón abierto experimente tu presencia de manera tangible.
Que sientan tu amor, que conozcan tu poder y que nunca jamás vuelvan a dudar de que tú eres real, de que estás vivo, de que sigues haciendo milagros.
En el nombre de Jesús, amén.
Hermano, hermana, gracias por llegar hasta el final.
Gracias por escuchar el Minio Salm, secreto que guardé durante 13 años.
Por favor, comparte este testimonio.
Compártelo con alguien que necesite esperanza.
Escribe en los comentarios de qué país estás viendo esto.
Cuéntame si este testimonio tocó tu corazón y si conoces a Carlo Acutis, si has experimentado algún milagro a través de su intersión, compártelo.
Tu testimonio puede ser exactamente lo que otra persona necesita escuchar.
Recuerda las palabras que Carlos siempre decía.
Todos nacemos como originales, pero muchos mueren como copias.
No seas una copia, hermano.
Sé el original que Dios diseñó.
Vive con propósito, vive con fe, vive como Carlos vivió y prepárate para ver milagros.
Que Dios te bendiga grandemente.
Carlo Acutis, ruega por nosotros.
M.