Han pasado casi 20 años desde aquella tarde de marzo, cuando un muchacho entró a mi panadería y cambió todo, 20 años desde que escuché.

Palabras que no entendí completamente en ese momento, pero que me salvaron la vida.
Ese muchacho se llamaba Carlo Acutis.
Tenía 15 años.
Estaba vivo entonces caminando por las calles de Asís como cualquier adolescente y 7 meses después de conocerlo moriría de leucemia.
Pero antes de morir me salvó y necesito contar cómo sucedió.
Me llamo Yuspe Marquetti y tengo 72 años.
Mis manos todavía huelen a levadura, aunque dejé de amasar pan.
Hace 5 años cuando finalmente me retiré y le pasé la panadería a mi hijo.
Marco a mi cabello es completamente blanco.
Ahora camino más despacio de lo que solía caminar, pero estoy vivo en vivo para ver crecer a mis siete nietos.
Vivo para celebrar 46 años de matrimonio.
Con Elenan vivo para contar esta historia que he guardado durante tanto tiempo.
Porque si no hubiera escuchado a ese muchacho, si no hubiera hecho lo que me pidió, estaría muerto desde marzo de 2006.
Mi esposa sería viuda.
Mis hijos habrían crecido sin padre.
Esta panadería familiar que existe desde 1893 habría terminado conmigo.
Pero estoy aquí necesito que entiendan por qué.
Necesito que conozcan a Carlo, no el santo canonizado que todo el mundo celebra ahora, sino el adolescente que conocí una tarde de marzo, el muchacho real que entró a mi panadería con una sudadera roja y me dijo algo que sonaba simple, pero que resultó ser la cosa más importante que alguien me ha dicho en mi vida.
Todo comenzó el 13 de marzo de 2006, un lunes.
Recuerdo el día exacto porque fue el último día de mi vida anterior, el último día en que fui el yuspe, que había sido durante 30 años.
Después de ese día, todo cambió.
Tenía 52 años.
Entonces, llevaba más de tres décadas siendo panadero en Asís, esta ciudad antigua donde cada piedra guarda siglos de historia.
Mi panadería estaba en la vía San Francisco número 237, a exactamente 400 m del santuario de la espogleacione, donde San Francisco se despojó de todo.
Las mismas paredes que están ahí ahora, aunque reconstruidas, el mismo piso de piedra desgastado por cuatro generaciones de pies, Marquetti caminando los mismos pasos cada madrugada.
Mi vida entonces era completamente predecible, completamente juchinaría.
Y yo pensaba que eso era bueno.
Pensaba que la consistencia era virtud, que la disciplina era lo que separaba a los hombres serios de los soñadores.
Cada día me levantaba a las 3:30 de la madrugada.
Cada día sin excepción, ni siquiera los domingos, porque los domingos preparaba la masa para el lunes.
En 30 años había faltado exactamente dos días.
Uno cuando nació Tomaso, mi hijo menor, y Elena tuvo complicaciones en el parto.
Otro cuando mi padre murió y tuve que organizar el funeral.
Me levantaba en la oscuridad.
Me vestía sin encender la luz para no despertar a Elena en pantalones de trabajo, camisa blanca en el delantal que me pondría al llegar.
En invierno una chaqueta.
En verano solo la camisa bajaba las escaleras sin hacer ruido, tomaba las llaves del auto del gancho junto a la puerta y conducía las cinco cuadras hasta la panadería, aunque perfectamente podría haber caminado, pero me gustaban esos 5 minutos en el auto.
Eran los únicos minutos de completo silencio en todo mi día.
An sin clientes, sin familia, an sin responsabilidades.
Solo yo, el volante, las calles vacías de Asís antes del amanecer y el sonido del motor de mi viejo Fiot llegaba a la panadería a las 3:40.
Estacionaba en el callejón lateral, desbloqueaba la puerta trasera de metal que rechinaba sin importar cuántas veces le pusiera aceite a las bisagras.
Ese sonido era parte de mi rutina.
El chirrido metálico que anunciaba el comienzo del día.
Entraban, encendía las luces que siempre parpadeaban dos veces antes de quedarse encendidas.
Problema eléctrico que nunca me molesté en arreglar porque ya estaba acostumbrado.
Ponía agua a hervir para mi primer café del día.
Mientras el agua se calentaba, encendía el horno.
El horno.
Necesito hablar del horno porque es importante para entender lo que vino después.
Era un monstruo de hierro fundido alemán que mi padre había instalado en 1968.
Pesaba 2,300 kg.
Medía casi 3 m de largo por dos de profundidad.
Podía hornear 120 barras de pan.
Simultáneamente, mi padre había ahorrado durante 7 años para comprarlo.
7 años de guardar cada lira extra.
7 años de soñar con tener el mejor horno de Asís.
Cuando finalmente lo instalaron.
Recuerdo que mi padre lloró.
Yo tenía 14 años y nunca había visto a mi padre llorar.
Pero ese día, viendo ese horno encenderse por primera vez, las lágrimas corrieron por su cara.
Este horno va a alimentar a nuestra familia por generaciones.
Yusepe me dijo, “Cuídalo, An, respétalo y él te cuidará a ti, An, durante 38 años.
Ese horno nunca me falló a ni una sola vez.
Funcionaba perfectamente, porneaba perfectamente, era completamente confiable, como un miembro más de la familia, como un viejo amigo que siempre está ahí.
Después de encender el horno, preparaba mi café expreso fuerte y amargo, sin azúcar an sin leche.
Lo tomaba de pie junto al mostrador mientras esperaba que el horno alcanzara la temperatura correcta.
220ºC, ni más ni menos del mientras el horno se calentaba.
Comenzaba con la masa.
La masa que preparo hoy es el pan de mañana.
El pan que horneo hoy lo preparé ayer.
Siempre un día adelante, siempre planeando el futuro mientras trabajo en él.
Presentan harina, nawan, sal, levadura en las proporciones exactas que mi padre me enseñó y que su padre le enseñó a él al 50 kg de harina, tipo cerr de agua a temperatura ambiente, 1,200 g de sal, 800 g de levadura fresca.
Mezclaba todo en la amasadora industrial.
12 minutos ya más dado.
Ni 11 ni 13, 12 exactos.
Después dejaba reposar la masa 45 minutos cubierta con un paño húmedo.
Mientras reposaba, horneaba el pan del día anterior que ya había leudado durante la noche.
A las 6 de la mañana el olor a pan fresco llenaba toda la panadería.
Ese olor que se mete en las paredes, en la madera, en tu ropa, en tu piel.
Ese olor que nunca te abandona sin importar cuántas veces te duches.
An.
Yo no lo notaba ya.
Llevaba tanto tiempo oliendo a pan que era como no oler nada.
A las 6:30 abría las puertas al público y comenzaba el desfile de clientes que había visto durante 30 años.
Don Paolo siempre era el primero, 84 años, veterano de la Segunda Guerra Mundial.
Caminaba con bastón, pero se negaba a que nadie lo ayudara.
Cada mañana a las 6:32.
Exactamente 2 minutos después de abrir, don Paolo entraba y compraba dos barras de pan integral.
Para el corazón, decía cada vez dándose palmaditas en el pecho.
El médico dice que el pan integral es mejor para el corazón.
Llevaba diciéndome eso durante 15 años, las mismas palabras, el mismo gesto a la misma hora.
Después de don Paolo venía las ignora Benedetti, 67 años en viíuda, vivía sola en un apartamento sobre la farmacia.
compraba tres barras de pan blanco y siempre, siempre preguntaba si estaba realmente fresco.
¿Está fresco, Yusepe? ¿Lorneaste esta mañana? Sí.
Signora.
Salió del horno hace media hora.
¿Estás seguro? Porque ayer compré pan en la panadería de los Rossy y estaba duro como una piedra.
Manteníamos esta misma conversación cada día, palabra por palabra, como un guion que ambos habíamos memorizado.
Después venía el padre romano de la iglesia de San Rufino, 52 años.
El mismo sacerdote que había bautizado a mis tres hijos, compraba 10 barras de pan que llevaba a las monjas clarizas que alimentaban a los pobres.
Nunca pagaba.
Yo donaba ese pan todos los días.
Llevaba haciéndolo desde que mi padre murió.
Era mi forma de honrar su memoria.
Y así continuaba la mañana.
cliente tras cliente.
Muchos eran turistas que compraban focaxia o Panini para llevar, pero los locales eran siempre los mismos, las mismas caras, los mismos pedidos, las mismas conversaciones.
Trabajaba sin parar hasta las 2 de la tarde.
A las 2 cerraba, siempre a las 2 an ni a las 2:05 ni a las 2 -5, a las 2 exactas.
Después de cerrar comenzaba la limpieza.
Barría el piso, limpiaba el mostrador, lavaba todas las bandejas de metal donde había horneado el pan, limpiaba las superficies de trabajo donde había amasado, guardaba la harina sobrante, contaba el dinero de la caja registradora, preparaba la masa para el día siguiente.
A las 5 de la tarde salía, cerraba con llave, conducía a casa.
Llegaba a las 5:10.
Elena tenía la cena lista a las 6.
Comíamos, veía televisión.
Me dormí a las 9 de la noche porque tenía que levantarme a las 3:30 de la madrugada y al día siguiente todo se repetía exactamente igual, exactamente en el mismo orden.
Así había sido mi vida durante 30 años.
30 años de la misma rutina, 30 años de levantarme a las 3:30, 30 años de hornear el mismo pan de la misma manera en el mismo horno.
Y yo pensaba que eso era bueno.
Pensaba que era disciplina, pensaba que era responsabilidad.
Pensaba que eso era lo que significaba ser un buen proveedor, un buen padre, un buen esposo, pero estaba equivocado.
Estaba tan equivocado que casi me cuesta la vida.
Y si no hubiera sido por Carlo Acutis, estaría muerto.
Esa tarde del 13 de marzo de 2006 comenzó como cualquier otra.
Me levanté a las 3:30, conduje a la panadería, encendí las luces, puse el agua a hervirén, encendí el horno, preparé la masa, horné el pan, abrí a las 6:30, don Paolo llegó a las 6:32, las ignora Benedetti a las 6:40, el padre romano a las 7:15, todo normal, todo predecible, todo exactamente como siempre.
Cerré a las 2 en limpié ambarri en la bandejas.
preparé la masa para el día siguiente, pero entonces, alrededor de las 5 de la tarde, cuando estaba dando los últimos toques antes de irme, escuché que alguien tocaba la puerta.
Esto me molestó inmediatamente.
Ya había cerrado hacía 3 horas.
El letrero de cerrado estaba claramente visible en la puerta.
Cualquiera podía ver que no estábamos abiertos, pero la persona seguía tocando no de manera agresiva, solo toques suaves, pero persistentes.
Dejé el trapo que estaba usando para limpiar el mostrador y fui a la puerta.
Estaba listo para decirle a quién fuera que regresara mañana, que ya habíamos cerrado, que no podía atender más clientes hoy, pero cuando miré a través del vidrio de la puerta, vi a un muchacho joven parado afuera, un adolescente y algo en su cara, algo en la forma en que me miraba, hizo que abriera la puerta en lugar de simplemente ignorarlo.
Tendría 15 o 16 años.
Cabello castaño ligeramente ondulado que le caía sobre la frente.
Una sudadera roja con el cuello azul en jeans oscuros, zapatillas blancas un poco gastadas por el uso.
Se veía como cualquier adolescente italiano.
Nada especial, nada que llamara particularmente la atención, excepto por sus ojos.
Sus ojos eran diferentes, eran claros, directos, pero no de manera agresiva.
Había algo en ellos que era difícil de describir en una profundidad, una certeza.
como si supiera cosas que alguien de su edad no debería saber todavía.
Abrí la puerta.
Disculpa, ya cerramos.
Dije con la impaciencia automática del final de un largo día.
Si necesitas pan, tienes que volver mañana a las 6:30.
El muchacho sonrió.
Era una sonrisa cálida, genuina, sin ningún rastro de arrogancia o burla.
No vine por pan, dijo.
Vine a hablar contigo.
An.
Su voz era suave, pero había una firmeza en ella, una madurez que no correspondía con su edad aparente.
“Hablar conmigo,” dije sobre qué? Sobre algo importanti.
Dijo simplemente puedo entrar solo un momento.
Debería haber dicho que no.
Debería haber cerrado la puerta.
Era tarde.
An.
Estaba cansado.
An quería irme a casa, pero algo en él, algo en la forma en que me miraba hizo que me hiciera un lado y lo dejara entrar.
El muchacho entró a la panadería, miró alrededor con interés genuino, observó las paredes de piedra antigua, las vigas de madera del techo, el mostrador gastado, el horno gigante visible desde la puerta que conectaba la zona de ventas con la zona de producción.
“Ha estado en tu familia durante mucho tiempo, ¿verdad?”, dijo, todavía mirando alrededor.
Desde 1893 dije, “Mi bisabuelo la abrió cuatro generaciones.
” Eso es hermoso, dijo.
Y la forma en que lo dijo me hizo creer que realmente lo pensaba.
Mantener algo vivo durante tanto tiempo.
Continuar lo que otros comenzaron.
Eso tiene valor.
¿Quién eres?, pregunté.
¿Nos conocemos? No, dijo volteándose para mirarme directamente.
Me llamo Carlo Acutis.
Soy de Milán.
Pero mi familia viene a Así a menudo.
Nos gusta rezar en las basílicas aquí.
¿Y qué quieres de mí, Carlo de Milán? Pregunté cruzando los brazos sobre mi pecho.
Carlo me miró durante un largo momento antes de responder y cuando habló, sus palabras fueron directas en sin rodeos.
Quiero pedirte que hagas algo diferente mañana, Auguerenchi.
Repetí sin entender en sí.
dijo, “Mañana no vengas a trabajar tan temprano.
No te quedes todo el día en cierra temprano.
Vete a casa.
Pasa tiempo con tu familia.
” Lo miré como si hubiera perdido la cabeza.
¿Qué? No puedo hacer eso.
Tengo un negocio que dirigir.
Tengo clientes que dependen de mí.
Tus clientes sobrevivirán un día sin pan.
Dijo Carlo con esa misma calma.
Imposible.
Pero tu familia necesita algo más de ti que solo dinero.
An.
Sentí una punzada de molestia defensiva.
No sé quién te crees que eres.
Dije, “Mi voz más dura ahora.
Pero no tienes derecho a venir aquí y juzgar cómo manejo mi vida o mi familia.
” “No estoy juzgando”, dijo Carlos y no había ningún rastro de confrontación en su tono.
“Estoy preocupado.
Estoy preocupado.
Te miro y veo a alguien que trabaja tanto que ha olvidado para que trabaja.
¿Trabajo para mi familia?”, Dije firmemente.
Trabajas para evitar a tu familia, dijo Carl y sus palabras me golpearon como una bofetada.
¿Cuándo fue la última vez que pasaste un día completo con Elena? ¿Cuándo fuiste a ver a Tomás o jugar fútbol? ¿Cuándo viste a Lucía en su obra de teatro? Cada pregunta era una flecha directa a mi conciencia, porque tenía razón.
Había prometido ir al partido de Tomaso la semana pasada y no había ido.
Había faltado a la obra de Lucía el mes anterior.
Elena y yo casi no hablábamos, excepto para coordinar horarios y logística.
¿Cómo sabes eso? Dije, mi voz más baja ahora.
¿Cómo sabes los nombres de mis hijos? Porque presté atención, dijo Carl.
Porque vine aquí esta mañana temprano y vi tu panadería.
Vi el letrero con tu apellido.
Hice algunas preguntas.
La gente nazís conoce a Giuseppe Marquetti y el panadero.
Y la gente habla, hablan de cómo trabajas todos los días, como nunca tomas vacaciones, como tus hijos casi nunca te ven.
Eso no es verdad, protesté, pero sonó débil incluso para mí en Yusepe dijo Carlos.
Y había tal gentileza en su voz que casi me dolió escucharlo.
No vine aquí para hacerte sentir mal.
Vine porque creo que necesitas escuchar algo que tal vez nadie más te ha dicho.
A la vida es corta, mucho más corta de lo que pensamos.
Y las cosas que realmente importan no son el trabajo o el dinero o mantener rutinas, son las personas que amamos.
El tiempo que pasamos con ellas en eres muy joven para estar dando lecciones de vida.
Dije, tratando de recuperar algo de control en esta conversación.
Extraña.
Carlos sonrió de nuevo, pero esta vez había una tristeza en esa sonrisa.
An tal vez dijo, “Pero a veces los jóvenes ven cosas que los adultos han dejado de ver.
Y yo veo a un hombre que está tan atrapado en su rutina que ha olvidado por qué empezó esa rutina.
En primer lugar hubo un silencio.
Yo no sabía qué decir parte de mí.
Quería echarlo, decirle que se fuera y se metiera en sus propios asuntos.
Pero otra parte de mí, una parte que había estado callada durante mucho tiempo, sabía que tenía razón.
¿Por qué te importa?, pregunté finalmente.
No me conoces.
¿Por qué te tomarías el tiempo de venir aquí y decirme todo esto? Carlo me miró con esos ojos increíbles que parecían ver más de lo que deberían.
Porque cuando amas a Dios, dijo simplemente, amas a las personas que él ama y él te ama.
Yusepe ama a tu familia y quiere que estén realmente juntos, no solo viviendo en la misma casa, sino juntos de verdad.
Dan entonces, ¿qué dije? ¿Eres algún tipo de misionero adolescente? ¿Vas por ahí dando sermones a extraños? No, dijo Carl.
Solo soy alguien que vio algo y sintió que debía decirlo mañana.
Yusepe, por favor, encierra temprano.
An, vete a casa.
Pasa el día con Elena y tus hijos.
Hazle saber que son más importantes que cualquier barra de pan que puedas hornear.
¿Y si no lo hago? Pregunté casi desafiante.
Carlo me miró durante un largo momento y cuando habló, su voz era apenas un susurro.
Entonces, ¿vas a arrepentirte por el resto de tu vida en algo? En la forma en que lo dijo, me puso la piel de gallina.
No era una amenaza, era algo peor.
Era una certeza, como si supiera algo que yo no sabía.
Mañana es importante, Yuspe.
Continuó.
Es más importante de lo que puedes imaginar ahora.
Confía en mí.
¿Cómo puedes saber eso? Pregunté.
No lo sé con certeza, admitió An, pero lo siento.
Y he aprendido a confiar en esos sentimientos.
Se dio la vuelta hacia la puerta iba a irse.
Espera.
Dije, “¿Qué se supone que debo decirle a mis clientes? A la gente que depende de que esta panadería esté abierta.
” Carlos se detuvo y me miró por encima del hombro.
Diles la verdad, dijo, que tu familia te necesita.
Y si no pueden entender eso, entonces no son las personas cuya opinión debería importarte.
Abrió la puerta.
Un día, Yusepe, dijo, solo te estoy pidiendo un día.
Cierra mañana.
Vete a casa.
Sé el padre y esposo que tus hijos y tu esposa necesitan que seas, porque créeme cuando te digo que ese día va a importar más de lo que puedes imaginar ahora.
¿Cómo? pregunté casi desesperado por entender cómo va a importar.
“Lo sabrás”, dijo Carlos cuando llegue el momento.
“Lo sabrás, An.
” Y entonces se fue.
Simplemente salió por la puerta y caminó por la vía San Francesco hasta que lo perdí de vista entre los turistas que todavía paseaban por la ciudad en esa tarde de marzo.
Me quedé parado ahí durante mucho tiempo, después de que se fue, la panadería estaba completamente silenciosa, excepto por el zumbido del refrigerador.
El sol de la tarde entraba por las ventanas creando patrones de luz sobre el piso de piedra.
Seguía escuchando sus palabras en mi cabeza.
Mañana es importante.
Tu familia te necesitan un día.
Yuspe.
Solo te estoy pidiendo un día.
Terminé de limpiar en piloto automático.
Cerré con llave en conduje a casa, pero mi mente estaba en otro lugar.
Seguía pensando en Carlo en sus ojos, en sus palabras.
En la urgencia tranquila con la que había hablado.
Cuando llegué a casa, Elena estaba en la cocina preparando la cena.
Tomaso estaba en su cuarto haciendo tarea.
Lucía había llamado desde la universidad para decir que vendría el fin de semana.
Marco estaba trabajando en Perú, como siempre.
Me senté en la sala y realmente miré mi casa cuando había sido la última vez que realmente había prestado atención a este lugar, a las fotos en las paredes, a los muebles que Elena había elegido con tanto cuidado, a los pequeños detalles que hacían de esta casa un hogar.
Había una foto de nuestra boda Elena, tan joven y hermosa, en su vestido blanco.
Yo con 26 años, todavía con todo el cabello negro, sonriendo como si el mundo entero me perteneciera.
Eso fue hace 26 años, más de un cuarto de siglo, donde se había ido todo ese tiempo.
Había fotos de los niños Marco en su primera comunión.
Lucía en su primera obra de teatro escolar cuando tenía 8 años.
Tomaso con su primer trofeo de fútbol.
todos esos momentos capturados y enmarcados y colgados en la pared.
Pero, ¿cuántos de esos momentos había vivido realmente? ¿Cuántos había experimentado completamente en lugar de solo estar presente físicamente mientras mi mente estaba en la panadería? Elena salió de la cocina secándose las manos en un paño.
“La cena estará lista en 20 minutos”, dijo.
Y entonces me miró más de cerca.
“Estás bien, de ves extraño.
” “Estoy bien”, dije.
Solo cansado, An.
Ella asintió y volvió a la cocina y me di cuenta de que eso era todo lo que decíamos ahora, intercambios breves y superficiales.
¿Estás bien? Estoy bien.
En la cena está lista.
Buenas noches.
Buenos días.
Eso era todo.
Cuando habíamos dejado de hablar realmente esa noche acostado en la cama al lado de Elena, no podía dormir.
Seguía pensando en Carlo, en lo que me había dicho mañana.
Es importante.
¿Qué podía ser tan importante sobre mañana? Era solo un martes a un día normal, igual que cualquier otro día de los últimos 30 años.
Pero algo en la forma en que Carlo había hablado, algo en su certeza tranquila, me inquietaba como si supiera algo que yo no sabía, como si pudiera ver algo que yo no podía ver todavía.
Finalmente, alrededor de las 2 de la madrugada, tomé una decisión.
Iba a hacer lo que Carlo había sugerido.
Iba a cerrar temprano mañana.
iba a ir a casa, iba a pasar el día con mi familia.
No sabía por qué exactamente, no tenía una razón lógica, pero algo en mí, algo profundo que no podía explicar racionalmente, me decía que necesitaba escuchar a ese muchacho.
Me levanté a las 3:30, como siempre, me vestía en conduje a la panadería.
Desbloqueé la puerta que rechinó como siempre, encendí las luces que parpadearon dos veces como siempre.
Puse el agua a hervir.
Encendí el horno y mientras el horno se calentaba, mientras preparaba mi café, noté algo que no había notado antes.
Había un sonido, un silvido muy leve, casi imperceptible.
Venía del área del horno.
Me acerqué y escuché más cuidadosamente.
En sí, definitivamente había un silvido como aire escapándose de alguna parte o gasan.
Pero el horno parecía estar funcionando normalmente.
La temperatura estaba subiendo como siempre.
No había humo, no había olor extraño, solo ese silvido casi inaudible.
Probablemente no era nada.
El horno tenía casi 40 años.
Era normal que hiciera ruidos raros de vez en cuando.
Probablemente solo era una junta que se estaba gastando, algo que podría revisar la próxima semana.
Preparé la masa como siempre, horné el pan como siempre, abría a las 6:30 como siempre, pero mientras trabajaba seguía escuchando las palabras de Carlo.
A mañana es importante, cierra temprano, vete a casa.
Y ese silvido en el horno que no había estado ahí ayer.
Atendí a los clientes.
Don Paolo a las 6:32, la ignora Benedetti a las 6:40, el padre romano a las 7:15.
Todo normal todo rutina, pero yo no me sentía normal.
Sentía como si algo estuviera a punto de cambiar, como si estuviera parado en el borde de algo grande, aunque no podía ver qué era.
A las 9 de la mañana tomé una decisión.
Puse un letrero en la puerta cerrado por hoy en asunto familiar.
Disculpen las molestias.
Algunos clientes que llegaron después protestaron.
¿Por qué estaba cerrado? ¿Qué había pasado? Nunca cerraba.
Les di explicaciones vagas.
Emergencia familiar.
Ah, necesito estar en casa.
Lo siento.
Apagué las luces.
Bloqueé la puerta y me fui a me fui a casa a las 9:30 de la mañana, algo que no había hecho en 30 años.
Elena estaba completamente sorprendida cuando entré por la puerta.
Yusepe, ¿qué pasó? ¿Estás enfermo? Alguien murió.
Nadie murió, dije.
Solo necesitaba venir a casa.
Ella me miró como si me hubiera vuelto loco y probablemente tenía razón.
Esto era una locura.
Cerrar mi negocio porque un adolescente extraño me lo había sugerido, romper una rutina de 30 años porque algo en mi interior me decía que lo hicieran, pero lo había hecho y ahora estaba en casa.
A media mañana, Anen, en un día de trabajo.
Yusepe, ¿qué está pasando realmente? Preguntó Elena.
Su voz llena de preocupación.
Me senté en el sofá y por primera vez en años realmente le hablé a mi esposa.
No solo intercambié información logística, sino que realmente hablé, le conté sobre Carlon, sobre el muchacho que había entrado a la panadería ayer, sobre lo que me había dicho, sobre cómo me había hecho sentir, sobre cómo no podía dejar de pensar en sus palabras.
Elena escuchó sin interrumpir y cuando terminé se sentó a mi lado y tomó mi mano.
¿Sabes qué? dijo suavemente.
Ese muchacho tenía razón.
Trabajas demasiado.
Casi nunca estás aquí realmente.
Y cuando estás, tu mente está en la panadería.
Lo siento dije.
Y me sorprendió darme cuenta de que realmente lo sentía.
No necesito una disculpa, dijo Elena.
Necesito a mi esposo.
El hombre con el que me casé.
No al panadero agotado que solo pasa por aquí para dormir en Tenía razón.
Por supuesto que tenía razón.
Y de alguna manera, Carlo, ese muchacho de 15 años que no me conocía, lo había visto.
Había visto la verdad que yo había estado evitando durante años.
Llamamos a Tomaso para que faltara a la escuela.
Llamamos a Lucia y le dijimos que viniera de la universidad.
Si podía, Marco no pudo venir desde Perú ya porque tenía trabajo.
Pero hablamos con él por teléfono y pasamos el día juntos a los cuatro, algo que no habíamos hecho en años.
Fuimos al parque donde solíamos ir cuando los niños eran pequeños.
Comimos helado, aunque hacía frío.
Caminamos por las calles de Asís como turistas en nuestra propia ciudad.
Hablamos, realmente hablamos no sobre logística o responsabilidades, sino sobre sueños y miedos y esperanzas.
Lucía me contó sobre su novio nuevo.
Tomaso me mostró videos de sus mejores jugadas de fútbol de la temporada.
Elena y yo caminamos tomados de la mano por primera vez en meses.
Y mientras estábamos ahí, siendo una familia en lugar de solo personas que compartían un apellido y una dirección, algo estaba sucediendo en mi panadería anal, algo que habría cambiado todo si yo hubiera estado ahí, pero no lo sabía todavía.
Todavía no.
En ese momento, en ese día, perfecto e inesperado con mi familia, solo sabía que había tomado la decisión correcta, que Carlo había tenido razón, que este día, este día simple de estar juntos, era más importante que cualquier día de trabajo.
Lo que no sabía era que Carlo me había salvado la vida.
Eso lo descubriría más tarde, cuando los bomberos llamaran, cuando viera los escombros, cuando entendiera exactamente qué había pasado mientras yo estaba comiendo helado con mi familia.
Pero en ese momento, caminando por las calles antiguas de Asís, con la mano de Elena en la mía y la risa de mis hijos en mis oídos, solo sabía una cosa.
La vida acababa de cambiar y no tenía idea de cuánto.
Recibí la llamada a las 2:23 de la tarde.
Estábamos sentados en una pizzería cerca del centro de Asís, una de esas pizzerías familiares donde las mesas tienen manteles a cuadros rojos y blancos y el dueño conoce a todo el mundo.
Acabábamos de ordenar.
Lucía estaba contándome sobre su profesor de teatro, que según ella era completamente loco pero brillante.
Tomaso estaba robándole pan del plato a Elena.
Todos reíamos y entonces mi teléfono sonó.
No reconocí el número.
Normalmente no hubiera contestado, pero algo me hizo responder.
Señor Marchetti, Yusepe Marchetti, dijo una voz masculina que no conocía.
Sí, soy Joan habla el capitán Marco Benedetti del cuerpo de bomberos de Asíen.
Señor Marquetti.
Necesito que venga su panadería inmediatamente.
Ha habido un incidente.
El mundo se detuvo.
¿Qué tipo de incidente? Pregunté.
Y mi voz sonaba extraña, incluso para mí a distante, como si viniera de muy lejos.
Una explosión, señor.
El horno explotó.
Necesitamos que venga ahora.
Ana Elena me miraba con los ojos muy abiertos.
Lucía había dejado de hablar a mitad de frase.
Tamaso estaba congelado con un pedazo de pan a medio camino hacia su boca.
“Voy para allá”, dije.
Y colgué.
Nos levantamos todos.
Nadie hizo preguntas.
Elena dejó dinero en la mesa, aunque no habíamos comido nada.
Corrimos hacia el auto.
El trayecto de regreso a la panadería fue el más largo de mi vida.
5 minutos que parecieron 5 horas.
Podía ver humo antes de doblar la esquina de mi calle.
humo negro subiendo hacia el cielo azul de marzo.
Cuando llegamos había tres camiones de bomberos, una ambulancia en policía en barreras bloqueando la calle, gente por todas partes en vecinos, curiosos, anan todos mirando, mirando lo que solía ser mi panadería.
Las ventanas estaban completamente destrozadas, el cristal cubriendo la calle como una alfombra brillante.
La puerta delantera arrancada de sus bisagras humo saliendo todavía de las ventanas rotas y a través del humo podía ver el interior.
Destrucción completa.
Bajé del auto antes de que se detuviera completamente.
Elena gritó mi nombre, pero no me detuve.
Corrí hacia la panadería.
Un policía me interceptó.
Señor, no puede pasar.
Es peligroso, Anes.
Mi panadería”, dije tratando de empujarlo a un lado.
“Necesito entraj, señor Marquetti.
” Una voz dijo detrás de mía y me di la vuelta.
Un hombre de aproximadamente 45 años se acercaba al uniforme de bombero.
Cara cubierta de ollin, anojos cansados.
“Soy el capitán Benedetti.
” Hablamos por teléfono.
¿Qué pasó? Logré decir.
¿Qué diablos pasó? El horno explotó, dijo Benedetti.
La válvula de regulación de gas colapsó completamente.
El gas se acumuló en la cámara de combustión durante varios minutos.
Cuando alcanzó la concentración crítica y tocó la llama piloto, explotó.
Me llevó hacia la panadería, manteniéndose a una distancia segura de la entrada.
A través del humo y los escombros pude ver lo que quedaba.
El horno, ese monstruo de 2,300 kg que había estado en mi familia durante 38 años, estaba hecho pedazos, literalmente partido en dos, fragmentos de hierro fundido, esparcidos por todo el piso.
Algunos pedazos habían atravesado las paredes.
Uno había salido por la ventana delantera y aterrizado en medio de la calle.
“Ese pedazo pesa casi 30 kg”, dijo Benedetti señalando el fragmento en la calle.
salió disparado con la fuerza de una bala de cañón en Mire, el lugar donde normalmente estaría parado, a las 2 de la tarde, junto a la mesa de trabajo, a exactamente 2 m del horno.
El área estaba completamente destruida.
La mesa estaba partida en dos.
La pared detrás tenía un agujero del tamaño de mi cabeza, donde un fragmento del horno la había atravesado.
Si alguien hubiera estado aquí, continuó Benedetti, mirándome directamente, habría muerto instantáneamente.
Sin ninguna duda, An sentí que mis piernas cedían.
Elena me agarró del brazo.
Lucía estaba llorando.
Tomaso estaba completamente pálido.
¿Estaba usted aquí cuando pasó?, preguntó Benedetti.
No dije.
Mi voz apenas un susurro.
Ancerré temprano.
Me fui a las 9:30.
An Benedetti levantó las cejas, cerró temprano.
Usted conozco su reputación, señor Marchetti.
Dicen que nunca cierra, que trabaja todos los días sin excepción.
Hoy fue una excepción, dije.
Entonces, tuvo mucha suerte, dijo Benedetti.
Mucha, mucha suerte, porque según nuestros cálculos preliminares, la explosión ocurrió aproximadamente a las 2:17 de la tarde, casi exactamente la hora en que normalmente estaría cerrando y limpiando en 2:17.
Habría estado parado junto al horno, lavando las bandejas, limpiando las superficies, preparándome para irme a casa.
Habría estado muerto.
¿Qué causó que la válvula colapsara?, pregunté.
Aunque mi voz sonaba distante, incluso para mis propios oídos.
como si alguien más estuviera haciendo las preguntas.
“Desgaste”, dijo Benedetti.
La válvula tenía casi 40 años.
Probablemente se había estado debilitando durante meses.
Fisuras microscópicas que se hacían más grandes con cada uso.
Eventualmente la presión fue demasiada y simplemente colapsó.
“Ah, pero funcionaba bien”, dije estúpidamente.
Nunca me dio problemas.
“Ese es el problema con las fallas de metal”, dijo Benedetti.
No dan advertencias.
Bueno, a veces hay señales si sabes qué buscar.
¿Notó algún ruido inusual últimamente? ¿Algún silvido o pitido? Mi corazón se detuvo el silvido a esa mañana.
Esa misma mañana, cuando había encendido el horno, había escuchado un silvido Leven, casi imperceptible.
Pensé que no era nada importante.
Había un silvido dije lentamente esta mañana muy suave.
Venía del área del horno.
Benedetti asintió.
Ese era el gas escapándose a través de la fisura en la válvula.
Si hubiera llamado un técnico inmediatamente, tal vez habríamos podido prevenir esto, pero probablemente no.
Una vez que la válvula comienza a fallar de esa manera, el colapso completo es inevitable.
Es solo cuestión de tiempo.
Entonces habría pasado de todas formas.
Dije, aunque hubiera llamado alguien, probablemente, admitió Benedetti.
Tal vez no hoy, tal vez mañana o la próxima semana.
Pero sí habría pasado.
La pregunta es si usted habría estado aquí cuando sucedió a me quedé mirando los escombros, las paredes carbonizadas, el horno destrozado, los pedazos de metal esparcidos como metralla después de una bomba.
Debería estar muerto.
Esa era la única realidad clara en medio de todo este caos.
Debería estar muerto.
Mi cuerpo debería estar bajo esos escombros.
Mis hijos deberían estar identificando mi cadáver.
Elena debería estar planeando mi funeral, pero no estaba muerto.
Estaba vivo en parado aquí en respirando.
Mi corazón latiendo, mis manos temblando, pero funcionando, mis piernas sosteniéndome, aunque apenas.
Y la única razón por la que estaba vivo era porque había escuchado a Carlon Carlo en el muchacho que había entrado a mi panadería ayer, el que me había dicho que cerrara temprano, el que me había rogado que pasara el día con mi familia como si supiera como si de alguna manera supiera lo que iba a pasar.
Preciso me repente, Elena me guió hacia el auto.
Me senté en el asiento del conductor, aunque no iba a conducir a ninguna parte.
Ella se arrodilló junto a mí en Lucía y Tomaso se quedaron cerca sin saber qué hacer o decir.
¿Estás bien? Seguía diciendo Elena, más para ella misma que para mí.
Ani, estás bien.
Estás vivo.
Gracias a Dios estás vivo, An.
Pero yo no estaba pensando en eso.
Estaba pensando en Carlo.
¿Cómo había sabido? ¿Cómo diablos había sabido que esto iba a pasar? Había dicho que mañana era importante, que necesitaba cerrar temprano, que mi familia me necesitaba, pero no había mencionado el horno, no había mencionado una explosión, solo había dicho que necesitaba estar en casa.
Había sido coincidencia, una intuición increíblemente afortunada.
No, no podía ser solo coincidencia.
Era demasiado específico, demasiado urgente la forma en que había hablado, la certeza en su voz en sabía algo.
Ese muchacho, dije en voz alta.
¿Qué muchacho?, preguntó Elenan Carl que te conté.
El que entró ayer y me dijo que cerrara temprano.
Han él sabía.
De alguna manera sabía que esto iba a pasar en Yusepe.
No podía saber eso dijo Elena con voz razonable.
Nadie puede predecir algo así.
Entonces, ¿cómo explicas que me dijera específicamente que hoy hoy exactamente necesitaba cerrar y estar con mi familia? ¿Cómo explicas esa coincidencia? Elena no tenía respuesta para eso.
Ninguno de nosotros la tenía.
Pasamos las siguientes horas hablando con bomberos, policía, inspectores, llenando formularios, respondiendo preguntas, escuchando explicaciones técnicas sobre válvulas de gas y presión y puntos de colapso estructural.
Para las 6 de la tarde, finalmente nos dejaron irnos.
La panadería estaba acordonada.
Iba a tomar días investigar completamente, semanas para limpiar y evaluar daños, meses para reconstruir, si es que decidía reconstruir.
Conducimos a casa en silencio.
Nadie sabía qué decir.
¿Qué dices cuando acabas de escapar de la muerte? Por pura suerte.
Esa noche no pude dormir.
Me quedé acostado al lado de Elena mirando el techo.
Seguía viendo el horno destrozado, los fragmentos de metal, el agujero en la pared, el lugar donde habría estado parado y seguía pensando en Carlon.
A las 3 de la mañana me levanté, fui al estudio, encendí la computadora y busqué su nombre, Carlo Acutis en Milan.
Al principio no encontré nada relevante.
Había muchos acutis, pero ningún Carlo de la edad correcta.
Entonces intenté agregar Asis a la búsqueda.
Carlo Acutis Asís.
Y ahí estaba un artículo de un sitio web católico pechado tres meses antes sobre un joven de Milán que había creado una exposición en línea de milagros eucarísticos.
que usaba la tecnología para evangelizar, que visitaba Así frecuentemente con su familia.
Había una foto.
Era él, Ané, el mismo muchacho que había entrado a mi panadería.
La misma cara en los mismos ojos.
An Carlo, Acutis, 15 años.
De Milánen leí todo lo que pude encontrar.
Sobre Elan no había mucho.
Algunos artículos en sitios católicos, mensiones en foros religiosos, su sitio web sobre milagros eucarísticos que era impresionantemente profesional para alguien de su edad era real.
No era un fantasma o una alucinación.
Era un adolescente real que había entrado a mi panadería y me había salvado la vida.
Pero, ¿cómo había sabido? Pasé las siguientes semanas en una especie de niebla lidiando con el seguro, hablando con contratistas, decidiendo si reconstruir o cerrar permanentemente.
Mi padre había pasado toda su vida construyendo este negocio.
Tenía yo el derecho de dejarlo morir, pero cada vez que pensaba en volver, en reconstruir, en instalar un horno nuevo, sentía un nudo en el estómago.
No era miedo exactamente, era algo más profundo, una sensación de que tal vez esto había sucedido por una razón.
Elena fue increíblemente comprensiva.
Sea lo que decidas, dijo, “te apoyo.
Si quieres reconstruir, reconstruimos.
Si quieres cerrar, cerramos.
Pero Yusepe, prométeme una cosa.
No vuelvas a ser el hombre que eras antes, el que trabajaba cada segundo de cada día, el que se perdía la vida de su familia, porque casi perderte me hizo darme cuenta de algo.
Prefiero tenerte vivo sin la panadería que muerto con ella.
Durante todo este tiempo seguí buscando información sobre Carlo.
Intenté encontrar una forma de contactarlo an de agradecerle, de preguntarle cómo había sabido.
Encontré el nombre de su iglesia en Milana, Santa María Segreta.
Llamé y pregunté si conocían a la familia Cutis.
La secretaria fue educada pero reservada.
Sí, conocemos a la familia, pero no puedo darle información personal sin su consentimiento.
Le expliqué quién era lo que había pasado, que Carlo me había ayudado y quería agradecerle.
Déjeme hablar con el párroco dijo finalmente.
Tal vez él pueda ayudar, pero nunca recibí una llamada de vuelta.
Intenté otras vías.
Busqué en Facebook, Instagram, cualquier red social, pero no había perfiles para Carlo Acutis.
O si lo sabía, eran privados y no podía encontrarlos.
Era como si hubiera desaparecido.
Los meses pasaron en primavera, se convirtió en verano.
Decidí reconstruir la panadería.
El seguro cubría la mayo parte.
Marco, mi hijo mayo se ofreció a venir de Perú y ayudar a administrarla.
Podríamos hacerla juntos.
Una sexta generación de market.
A la idea me gustó.
No trabajar solo, tener a mi hijo conmigo, construir algo juntos.
En julio comenzamos la reconstrucción.
En agosto las paredes estaban arriba.
En septiembre instalamos el horno nuevo, un modelo moderno con todos los sistemas de seguridad imaginables, sensores de gas, válvulas de cierre automático en alarmas en todo.
Planeamos reabrir en octubre y entonces el 12 de octubre de 2006 vi su cara en las noticias.
Estaba tomando café en la mañana.
Elena estaba preparando el desayuno.
La televisión estaba encendida en el fondo como siempre.
Y entonces el presentador dijo un hombre que hizo que mi corazón se detuviera.
Carlo Acutis, el joven de 15 años de Milán, conocido por su trabajo evangelizando a través de internet, falleció ayer de leucemia.
Había sido diagnosticado apenas.
El resto de las palabras se perdieron en un rugido en mis oídos.
Su foto apareció en la pantalla.
La misma cara que había visto en mi panadería 6 meses antes.
Los mismos ojos claros.
La misma sonrisa cálida muerto en Carlo Cutas.
Estaba muerto en leucemia en 15 años.
Falleció el 12 de octubre.
Elena vio mi cara y se acercó corriendo.
Yusepe, ¿qué pasa? ¿Qué pasa? Solo pude señalar la televisión.
Ese muchacho, logré decir, “Ese es Scarl el que entró a la panadería.
” Elena miró la pantalla.
El presentador estaba contando la historia de Carlan, su amor por la Eucaristía.
su trabajo documentando milagros, su uso de la tecnología para evangelizar, su diagnóstico de leucemia, su muerte después de una enfermedad breve pero devastadora.
“Dios mío”, susurró Elena.
Pasaron el resto de la mañana mostrando clips, entrevistas con su familia, con su párroco en punto, con amigos, todos hablando de este joven extraordinario que había vivido con tal intensidad an propósito, tal fe en y yo escuchaba cada palabra tratando de entender en leucemia.
Cuando lo habían diagnosticado, el presentador dijo que había sido enfermedad breve, semanas, tal vez un mes o dos, como máximo en Marson.
Él había entrado a mi panadería en marzo.
Ya estaba enfermo, entonces ya sabía que estaba muriendo.
Busqué más información en línea.
Encontré artículos en obituarios en publicaciones, en redes sociales de personas que lo conocían.
Según su madre, los síntomas habían comenzado a finales de septiembre en fatiga moretones que no sanaban.
Para principios de octubre el diagnóstico era claron leucemia fulminante, sin mucho tratamiento efectivo disponible.
Había muerto 11 días después del diagnóstico.
11 días en entonces.
En marzo, cuando entró a mi panadería, no estaba enfermo todavía.
Al menos no que supiera, era solo un adolescente normal visitando a Sis con su familia.
Entonces, ¿cómo había sabido? ¿Cómo había sabido que mi horno iba a explotar? ¿Cómo había sabido que necesitaba cerrar ese día específico, no tenía sentido.
A menos que a menos que Dios le hubiera dicho, “Sé cómo suena eso.
Se lo loco, que parece.
” Pero, ¿qué otra explicación había? Un adolescente entra a la panadería de un extraño.
Le dice que cierre temprano mañana sin dar razones específicas, solo diciéndole que su familia lo necesita.
Y al día siguiente el horno explota exactamente a la hora en que ese panadero normalmente estaría parado junto a él.
Coincidencia, suerte increíble o algo más, algo que no puedo explicar con lógica o ciencia o razón.
Los días después de la muerte de Carlo fueron extraños.
Seguí leyendo sobre él, sobre su vida en su fei, a las historias que la gente contaba, como visitaba a los pobres, como ayudaba a quien lo necesitara, como tenía una capacidad extraña para saber qué decir a las personas que necesitaban escuchar, como si Dios le susurrara cosas, como si pudiera ver verdades que otros no podían ver.
Y se había tomado el tiempo, en uno de sus últimos viajes a Asís antes de enfermarse, de entrar a la panadería de un extraño y salvarle la vida.
¿Por qué? ¿Por qué? Yo no soy nadie especial, solo un panadero, un hombre ordinario, viviendo una vida ordinaria.
Pero Carlo había visto algo en mí y algo que valía la pena salvar.
En noviembre viajé a Monza, donde Carlos estaba enterrado.
Necesitaba Irran, necesitaba a no sé qué necesitaba.
Decir gracias, tal vez decir adiós tratar de entender.
La tumba era simple en Carlo Acutis 1991 a 2006 y debajo grabadas en la piedra.
Palabras que supuestamente él había dicho, a menudo no estar siempre unido a Jesús.
Ese es mi programa de vida.
Me quedé parado frente a esa tumba durante más de una hora.
La gente venía y se iban.
Algunos rezaban, algunos lloraban, algunos solo miraban con curiosidad este entierro de un adolescente que ya estaba trayendo atención.
An.
Finalmente hablé en voz baja.
No me importaba si alguien escuchaba.
No sé cómo supiste, dije.
No sé si Dios te lo dijo o si fue intuición o qué fue, pero me salvaste la vida.
Me diste más tiempo con mi familia y quiero que sepas que no lo desperdicié.
En cambié soy diferente.
Ahora trabajo menos, vivo más en veo a mis hijos.
Hablo con mi esposa.
Estoy presente de maneras que nunca estuve antes.
Gracias a ti, a no hubo respuesta.
Por supuesto que no, era solo yo hablándole a una lápida, pero me sentí mejor habiéndolo dicho.
Reabrimos la panadería en diciembre.
Marco y yo juntos a nuevas reglas.
Horarios reducidos en domingos cerrados.
Un día libre por semana en balance.
Los clientes se ajustaron.
Algunos se quejaron al principio.
¿Por qué he cerrado los domingos? ¿Por qué horarios más cortos? Les dije la verdad casi muero.
Tengo una segunda oportunidad y voy a vivirla diferente.
La mayo, Ria entendió.
Los años pasaron an 2007.
La historia de Carlo comenzó a extenderse.
Más gente hablando de él su causa de canonización comenzó.
Testimonios de personas cuyas vidas había tocado, milagros atribuidos a su intercesión.
Yo nunca conté mi historia públicamente, era demasiado privada, demasiado personal y quién me creería de todas formas, pero la guardé.
La recordé.
Cada día cuando entraba a la panadería y encendía ese horno nuevo.
Pensaba en Carlo en en lo que había hecho, en lo que me había enseñado.
En 2020 Carl fue beatificado.
Vi la ceremonia por televisión.
Anloré como un niño.
En 2025 fue canonizado, un santo oficialmente reconocido por la iglesia.
Viajé a Roma para la ceremonia.
Estuve entre las 100,000 personas en la plaza de San Pedro ese día y ahora aquí estoy 72 años.
20 años después de que un adolescente entrara a mi panadería y cambiara mi vida.
¿Por qué estoy contando esto ahora? Porque creo que la gente necesita saber.
Necesita entender que Carlos no fue solo una historia inspiradora, fue una persona real que hizo cosas reales que afectaron vidas reales.
Me salvó literal y completamente me salvó.
Y si pudo hacer eso por mí un extraño que conoció una vez durante 10 minutos, ¿qué más hizo? ¿Cuántas otras vidas tocó de maneras que nunca sabremos esta mañana sentado en este café mirando la panadería que casi me mata y que Carlo me salvó de entiendo finalmente algo, no fui salvado solo para mi an, fui salvado por una razón.
Hay algo que se supone que debo hacer, algo que solo yo puedo hacer.
Y creo que finalmente sé que es contar esta historia, dar testimonio, dejar que la gente sepa que los milagros son reales, que Dios trabaja de maneras misteriosas que a veces envía a un adolescente de 15 años a salvar a un panadero testarudo.
Esta es mi historia, la historia de cómo San Carlos Acutis me salvó la vida y ahora es tu historia también, porque tal vez, solo tal vez necesitas escucharla.
Tal vez estás trabajando demasiado.
Tal vez estás perdiendo a tu familia.
Tal vez necesitas que alguien te diga lo que Carlos me dijo.
Paran cierra.
Vete a casa.
Tu familia te necesita.
An.
La vida es corta, más corta de lo que pensamos.
Carlos vivió solo 15 años, pero hizo más en ese tiempo que muchos hacen en 80.
Yo he vivido 72 y los mejores 20 han sido los que viví después de que Carlos me enseñó como Gracias.
Carlo, a donde sea que estés ahora.
Gracias por verme, por preocuparte, por salvarme.
Nunca lo olvidaré y nunca dejaré de contar tu historia.