🐈 El sacerdote que iba a ser ejecutado se aferró a una última oración dirigida a Carlo Acutis y lo que ocurrió después rompió la lógica, el calendario y la versión oficial, dejando al sistema en silencio y a los testigos atrapados entre el miedo y la duda de si acababan de presenciar un milagro prohibido ✝️ 👇 Nadie esperaba nada más que el final, pero cuando alguien murmuró “rezar no cambia sentencias”, la ironía se desplomó junto con el protocolo y dio paso a un episodio que nadie se atreve a explicar 😬👇

Mi nombre es padre Giuseppe Moretti.

Tengo 42
años y lo que voy a contarte sucedió hace poco más de un año, cuando estaba en el corredor de
la muerte de una prisión en Cúcuta, Colombia, condenado por un crimen que jamás cometí.

Faltaban
exactamente 18 horas para mi ejecución.

Sostenía entre mis manos temblorosas una imagen desgastada
de Carlo Acutis.

Lo que sucedió en esas últimas 72 horas desafió todo lo que creía saber sobre la
fe, sobre los milagros, sobre la intersión divina, porque lo que experimenté no puede explicarse con
lógica, no puede entenderse con razón.

Solo puedo decirte que Carlo Acutis, ese joven italiano
que murió hace 18 años, intervino en mi vida de una manera que jamás imaginé, pero no como
en las películas.

Lo que viví fue más real, más aterrador y más hermoso que cualquier cosa
que pueda expresarse con palabras.

Sobreviví para contarlo.

Pero déjame advertirte algo.

Esta
historia no termina como crees.

Lo que descubrí sobre Carlo, sobre su intercepición y sobre los
milagros cambiará para siempre la forma en que ves la fe.

Nací en Nápoles en 1981.

Mi infancia
transcurrió en el barrio Sanitá, donde el olor a café se mezclaba con el sonido de las campanas.

Mi padre, Vincenzo era zapatero, mi madre Rosa costurera.

Éramos pobres, pero nunca nos faltó
amor.

Yo era el menor de cuatro hermanos, el más inquieto, el que siempre cuestionaba
todo.

¿Por qué tenemos que rezar tanto, mamá? Mi madre siempre respondía con paciencia, Jusepe,
la fe no es tener todas las respuestas, es confiar incluso cuando no entiendes.

Cuando tenía 13
años, en 1994, un sacerdote joven llegó a nuestra parroquia, padre Antonio Richi.

Un domingo me
detuvo después de misa.

Yusepe, me dijo, he notado cómo miras el altar durante la consagración.

Creo
que Dios te está llamando.

No tienes que responder ahora.

Solo escucha.

Esas palabras se quedaron
grabadas en mi alma.

Durante los siguientes años, mientras mis amigos pensaban en otras cosas, yo
no podía dejar de pensar en esa sensación cada vez que entraba a la iglesia.

Era como si algo más
grande me estuviera atrayendo.

A los 18 años entré al seminario.

Mis padres lloraron de alegría.

Los años de formación fueron intensos, filosofía, teología, pastoral.

Pero lo que realmente me
transformó fue el estudio de los santos.

En el 2006, durante mi último año, conocí la historia
de Carlo Acutis.

Acababa de morir ese octubre.

Tenía solo 15 años.

Un seminarista me mostró un
artículo.

Mira esto, Yusepe.

Un chico que creó una página web catalogando milagros eucarísticos.

Decía que la Eucaristía era su autopista al cielo.

Lo que más me impactó fue su actitud ante la
muerte.

Había ofrecido su sufrimiento por el Papa, por la Iglesia.

Desde ese día, Carlos se convirtió
en una presencia constante en mi vida espiritual.

La idea de que la santidad era posible para gente
joven, moderna.

Me ordenaron sacerdote en 2008 a los 27 años.

La ceremonia fue en la catedral de
Nápoles.

Cuando el obispo me impuso las manos, sentí un peso y una ligereza al mismo tiempo.

Los primeros años de sacerdocio fueron hermosos y difíciles.

Trabajé en parroquias de Nápoles, pero
sentía que faltaba algo.

En 2012, mi superior me llamó, Jusepe.

Hemos recibido una petición de la
diócesis de Cúcuta, Colombia.

Necesitan sacerdotes en zonas rurales difíciles.

Es peligroso, pero
es donde más se necesita la iglesia.

No lo pensé mucho.

Sí, quiero ir.

Llegué a Colombia en enero
de 2013.

El obispo Monseñor Fernando Gutiérrez me asignó a San Miguel de los Ríos, una comunidad
rural a 3 horas de Cúcuta.

Zona complicada, grupos armados, cultivos ilegales, pero también
gente buena.

San Miguel era un pueblo de 2000 personas rodeado de montañas, la iglesia modesta,
de madera y concreto, la casa parroquial aún más simple, pero había una paz inexplicable.

La gente
me recibió con los brazos abiertos, especialmente los Valencia, don Ricardo, un campesino de
50 años, su esposa Marta y sus cuatro hijos.

Padre Yusepe, me dijo don Ricardo, usted es el
primer sacerdote que se queda más de 6 meses.

Los otros siempre se van.

Le sonreí.

No vine a irme,
don Ricardo.

Vine a quedarme y me quedé.

Durante 5 años construí una vida allí.

Renovamos la iglesia,
establecimos catequesis, creamos un grupo de jóvenes, pero también vi la otra cara, los hombres
armados, las familias que desaparecían, el miedo constante.

En 2015, cuando Carlo fue declarado
venerable, difundí su historia en mi comunidad.

Los jóvenes se identificaron con él, especialmente
Andrés Valencia, el hijo mayor de don Ricardo, 17 años, inquieto, inteligente.

Padre Yuspe
me dijo un día.

Ese Carlos suena bien, pero aquí no hay milagros, solo violencia.

Le puse una mano en el hombro.

Andrés, a veces el milagro es levantarte cada día a pesar
del miedo.

Él empezó a venir más a las reuniones, a hacer preguntas, pero en 2017, un año antes
de que todo se derrumbara, empecé a tener sueños donde veía a Carlo vívidamente reales.

En el primero estaba en una habitación oscura.

Una voz joven me hablaba.

Yusepe, no tengas
miedo de lo que viene.

Todo es parte del plan.

Me desperté sudando.

La sensación de que
algo grande se acercaba no me abandonó.

En San Miguel las cosas estaban poniendo
tensas.

El nuevo alcalde, Roberto Salazar, era corrupto.

Trabajaba con los grupos armados.

Don Ricardo me confió una noche.

Padre, ese hombre está destruyendo nuestro pueblo.

Alguien tiene
que hacer algo.

Le advertí que tuviera cuidado.

Hombres como Salazar son peligrosos.

El 8 de marzo
de 2018 todo cambió.

Era jueves.

Había celebrado la misa de la tarde.

Eran casi las 8 de la noche.

Estaba en la casa parroquial preparando la homilía del domingo cuando escuché disparos.

No uno,
varios.

Después gritos.

Salí corriendo hacia la plaza.

Una multitud se había reunido.

En el suelo,
en un charco de sangre, estaba Roberto Salazar.

Tenía tres disparos en el pecho.

Ya estaba muerto.

La gente gritaba, lloraba, algunos celebraban en voz baja.

Me abrí paso entre la multitud y me
arrodillé junto al cuerpo.

Aunque era un hombre corrupto, seguía siendo un hijo de Dios.

Recé una
oración sobre él.

Fue entonces cuando llegó la policía, pero no era policía normal.

Eran miembros
del grupo armado que trabajaba con Salazar, hombres con uniformes pero sin escrúpulos.

El
líder, un tipo grande con cicatriz en la mejilla, me miró directamente.

Tú, el cura.

Tú lo hiciste.

Me quedé helado.

¿Qué? No, yo acababa de llegar.

Te vieron saliendo de aquí hace 10 minutos.

Te vieron con una pistola.

Eso es mentira.

Protesté.

Estaba en la casa parroquial.

pueden
preguntarle a quien sea, pero nadie habló.

El miedo había sellado bocas.

En cuestión de minutos
me esposaron.

Me arrastraron hasta una camioneta.

Don Ricardo intentó intervenir.

Él no hizo nada.

Es un hombre de Dios.

Cállate, viejo.

O eres el siguiente.

La noche que pasé en la celda de la
comisaría fue la más larga de mi vida.

Rezaba sin parar.

Dios mío, ¿qué está pasando? ¿Por qué
permites esto? Al día siguiente me trasladaron a Cúcuta.

El fiscal asignado a mi caso era un
hombre joven llamado Mauricio Hernández.

Entró a la sala de interrogación con una carpeta llena
de papeles.

“Padre Moretti”, me dijo con voz fría, “las pruebas son abrumadoras.

” Tres testigos lo
vieron salir corriendo de la escena.

Encontramos pólvora en sus manos.

Su sotana tenía manchas de
sangre.

Todo falso.

Las manchas de sangre eran porque me arrodillé junto al cuerpo para rezar por
él.

La pólvora, si es que había, podría haberse transferido cuando me esposaron.

Los testigos
mienten.

Él cerró la carpeta.

Eso lo decidirá un juez.

Pero le adelanto que en este país, cuando
matan a un alcalde, alguien tiene que pagar.

Y usted es el chivo expiatorio perfecto,
un sacerdote extranjero involucrado con la comunidad que odiaba a Salazar.

Intenté contactar
al obispo, a mis superiores en Italia, pero la comunicación era limitada.

Pasaron semanas.

Me
asignaron un abogado de oficio, un joven recién graduado llamado Luis Mora.

Era un buen chico.

Lo vi en sus ojos, pero estaba aterrado.

Padre, me dijo nervioso.

Voy a hacer lo que pueda, pero
este caso está armado en su contra.

¿Por qué yo? Le pregunté.

¿Por qué me están incriminando?
Él bajó la voz, porque usted fue el único lo suficientemente valiente como para quedarse
en San Miguel.

Porque la gente lo respeta y porque incriminar a un sacerdote italiano envía un
mensaje.

Nadie está a salvo.

El juicio comenzó en junio de 2018.

La sala estaba llena, periodistas
curiosos, algunos miembros de mi comunidad que viajaron desde San Miguel.

Don Ricardo estaba allí
con su familia llorando.

La fiscal fue implacable.

Presentó testigos falsos que juraron haberme visto
con el arma.

Presentó supuestas pruebas forenses manipuladas.

Mi abogado Luis hizo lo que pudo,
pero era como pelear contra un muro de concreto.

El juez, un hombre mayor de mirada dura, parecía
haber decidido mi culpabilidad antes de que el juicio comenzara.

El 23 de julio de 2018, después
de tres semanas de proceso, llegó el veredicto.

Cuando el juez dijo las palabras culpable, sentí
que el suelo se abría bajo mis pies.

Lo sentencio a muerte por fusilamiento, a ejecutarse en un
plazo no mayor a 5 años, según determine la corte.

Esa sentencia era impensable, casi imposible en el
Código Penal Colombiano Moderno.

Pero en medio del caos, la corrupción y el poder de los grupos
armados en esa región, lo imposible se había vuelto real.

Habían manipulado jurisdicciones,
falsificado documentos legales, creado una sentencia que no debería existir, pero existía
y yo era su víctima.

Mis padres, que habían viajado desde Italia para el juicio, gritaron.

Mi madre se desmayó.

El padre Antonio, mi mentor, que también había venido, cerró los ojos en
oración.

Me llevaron al Centro Penitenciario de Alta Seguridad de Cúcuta.

No era una prisión
normal.

Era donde guardaban a los condenados a muerte, a los criminales más peligrosos, a
aquellos que el sistema había decidido eliminar.

Mi celda estaba en el pabellón C, celda
número 17, 3 m por 2 m.

Una cama de metal, un inodoro de acero, un lavabo minúsculo, una
pequeña ventana con barrotes por donde entraba un rayo de luz al amanecer.

Los primeros meses fueron
de pura supervivencia.

Otros presos me miraban con curiosidad y algunos con hostilidad.

Un cura
asesino, decían algunos, otros me respetaban.

Padre, decían bajando la voz, rece por nosotros.

Yo rezaba constantemente.

El rosario se convirtió en mis salvavidas.

Lo rezaba cinco, seis, siete
veces al día, pero la desesperación era como un peso en mi pecho que no podía quitarme.

En agosto
de 2018, un mes después de mi llegada, recibí mi primera visita.

Era el padre Antonio.

Yusepe, me
dijo con lágrimas en los ojos, estamos haciendo todo lo posible.

El Vaticano está al tanto.

Hay
organizaciones de derechos humanos trabajando en tu caso.

Le agradecí, pero sabía la verdad.

Los
procesos eran lentos, la justicia corrupta.

Las probabilidades de que me exoneraran eran mínimas.

Padre Antonio, le dije, necesito que me haga un favor.

Necesito imágenes de Carlo Acutis.

Necesito
material sobre él, libros, folletos, lo que pueda conseguir.

Él frunció el seño confundido.

Carlo
Acutis, el joven italiano.

¿Por qué? No puedo explicarlo, respondí.

Solo sé que lo necesito.

Él
necesita estar conmigo en esto.

Antonio asintió.

Te conseguiré todo lo que pueda.

Una semana
después llegó un paquete.

Dentro había una imagen impresa de Carlo, tamaño carta.

Su sonrisa,
su sudadera, esos ojos que parecían ver más allá.

También había un libro sobre su vida escrito en
italiano y una pequeña reliquia de tercer grado, un trozo de tela que había tocado algo que
perteneció a Carlo.

Pegué la imagen en la pared de mi celda.

Justo frente a mi cama.

Cada
mañana, al despertar, era lo primero que veía.

Carlo susurraba, “Ayúdame.

Ayúdame a entender por
qué estoy aquí.

Ayúdame a tener tu paz, tu fe, tu fortaleza.

Los años pasaron.

2019 2020,
el año en que beatificaron a Carlo.

Recuerdo cuando me enteré.

El 10 de octubre de 2020,
un guardia me trajo un periódico.

Mira, padre, creo que esto te va a gustar.

Era un artículo
sobre la beatificación de Carlo en Asís.

Lágrimas rodaron por mis mejillas mientras leía.

Beato
Carlo Acutis.

Ya no era solo un joven ejemplar, era oficialmente reconocido por la iglesia como
alguien a quien podíamos pedir intercesión.

Esa noche recé diferente.

Ve a tocarlo le
dije arrodillado en mi celda.

Ahora tienes el título oficial.

Ahora la iglesia confirma lo
que yo siempre supe.

Que eres santo.

Por favor, intercede por mí.

No te pido que me saques de
aquí si no es la voluntad de Dios.

Solo pido justicia.

Solo pido que la verdad salga a la
luz.

En 2021 presentamos la última apelación.

Luis, mi abogado, había trabajado incansablemente
reuniendo nueva evidencia, encontrando inconsistencias en el juicio original.

Pero en
marzo de 2022 la apelación fue rechazada.

“Yepe,” me dijo Luis visitándome después de la noticia.

Lo
siento tanto.

Hice todo lo que pude.

Lo sé, Luis, y te lo agradezco.

Ha sido más que un abogado.

Ha sido un hermano.

Él lloró.

Tenía 32 años.

Había dedicado 4 años de su vida a mi caso sin
cobrar casi nada.

No es justo, dijo, no es justo.

Le sonreí con una calma que me sorprendió a mí
mismo.

Luis, la justicia humana es imperfecta, pero hay una justicia mayor y esa justicia siempre
prevalece, aunque no la veamos en esta vida.

Durante 2022 y 2023 viví en una especie de
limbo.

Sabía que la fecha de ejecución llegaría eventualmente, pero no sabía cuándo.

Otros presos
en el corredor de la muerte eran ejecutados.

Escuchaba los preparativos, el silencio pesado
después.

Cada vez me preguntaba, “¿Seré yo el siguiente?” Pero algo había cambiado en mí.

ya
no tenía tanto miedo.

La presencia de Carlo de alguna manera me había transformado.

No es que no
valorara la vida, la valoraba más que nunca.

Pero había una paz profunda, inexplicable, que había
crecido en mi interior.

El 15 de septiembre de 2023 recibí la noticia.

El director de la prisión,
comandante Gustavo Ruiz, vino personalmente a mi celda.

Padre Moretti, me dijo con expresión
seria, la Corte Suprema ha fijado la fecha de su ejecución.

Será el 18 de octubre, dentro de
33 días, exactamente un mes.

Asentí lentamente.

Entiendo.

¿Puedo preguntarle algo, comandante?
Adelante.

¿Usted cree que soy culpable? Él me miró por un largo momento.

Luego negó con la cabeza.

No, padre.

Creo que usted es inocente, pero no importa lo que yo crea, el sistema ha decidido.

Gracias por su honestidad.

Las siguientes semanas fueron extrañas.

Mis padres vinieron desde Italia.

Estaban viejos.

Mi padre tenía 80 años.

Mi madre 78.

Nos sentamos en la sala de visitas separados
por un vidrio hablando por teléfono.

Perdóname mamá, dije con lágrimas.

Perdóname por causarte
este dolor.

Ella negó vigorosamente con la cabeza.

Yusepe, tú no tienes nada de que disculparte.

Nosotros estamos orgullosos de ti.

Has vivido como un sacerdote verdadero.

Has amado a tu pueblo.

Si
Dios permite que esto suceda, tiene sus razones y estaremos esperándote en el cielo.

Mi Padre,
siempre el fuerte, no pudo contener el llanto.

Hijo, murmuró, eres más valiente que yo.

Siempre
lo fuiste.

El 13 de octubre, 5 días antes de la ejecución, algo comenzó a suceder.

Estaba rezando
el rosario esa noche, como todas las noches, cuando sentí un frío intenso en la celda.

No
era normal.

Era octubre, hacía calor en Cúcuta, pero de repente era como si hubieran bajado la
temperatura 20 gr.

Mi aliento se hacía visible.

Miré alrededor confundido.

¿Qué está pasando?
Entonces vi algo que me heló la sangre, la imagen de Carlo en mi pared, sus ojos, juro por Dios
que sus ojos se movieron.

No fue mi imaginación, no fue el cansancio.

Vi claramente como sus ojos
me miraban directamente, como si estuviera vivo en esa imagen.

Yusepe, escuché una voz.

No venía de
ningún lugar físico.

Era como si estuviera dentro de mi cabeza y fuera de ella al mismo tiempo.

Yusepe, no tengas miedo.

Caí de rodillas.

Carlo, susurré.

¿Eres tú? Sí, he estado contigo todo
este tiempo, pero ahora necesito que escuches cuidadosamente.

Lo que va a suceder en los
próximos días va a parecer imposible.

va a desafiar tu comprensión, pero necesitas confiar.

Necesitas tener fe hasta el final, incluso cuando parezca que todo está perdido.

No entiendo,
dije tembloroso, ¿qué va a pasar? Lo que Dios ha planeado desde el principio.

Tu sufrimiento no ha
sido en vano, Yusepe.

Ha sido una ofrenda, igual que el mío, igual que el de Cristo.

Y ahora viene
la revelación.

El frío desapareció tan rápido como había llegado.

La celda volvió a su temperatura
normal, pero yo me quedé allí arrodillado, temblando, sin poder procesar lo que acababa de
experimentar.

¿Había sido real o había sido una alucinación producto del estrés? Miré la imagen
de Carlo.

Sus ojos ahora estaban normales, fijos, como siempre.

Pero yo sabía lo que había visto,
sabía lo que había escuchado.

Al día siguiente, 14 de octubre, mi última confesión.

El capellán de la
prisión, padre Miguel, vino a escucharme.

Yusepe, me dijo sentándose al otro lado de los barrotes,
¿hay algo que quieras confesar antes de tu muerte? Le conté todo.

Mi vida, mis pecados, mis dudas.

Pero también le conté lo de la noche anterior, la visita de Carlo.

Él me miró con una expresión
que no pude descifrar.

Yusepe.

La mente hace cosas extrañas bajo presión extrema, pero también sé
que Dios obra de maneras misteriosas.

Si crees que Carlo te visitó, entonces yo te creo.

Me
dio la absolución.

Luego sacó la Eucaristía de un pequeño Pixide.

Esta es la última vez
que vas a recibir a Cristo en esta tierra, Yusepe.

Recíbelo con todo tu corazón.

Cuando la
[ __ ] tocó mi lengua, sentí una oleada de paz tan intensa que casi me desmayo.

Era como si todo el
amor del universo se concentrara en ese momento, en ese pedazo de pan que era el cuerpo
de Cristo.

Gracias, susurré con lágrimas.

Gracias, Jesús.

Gracias Carlo.

Esa noche, la del
14 de octubre, no pude dormir.

Me quedé mirando el techo de mi celda, rezando, esperando.

La
imagen de Carlo parecía brillar en la oscuridad, aunque no había ninguna luz que justificara
ese brillo.

El 15 de octubre, tr días antes de la ejecución, recibí una visita inesperada.

El
director Ruiz vino personalmente.

Padre Moretti, tengo que informarle algo extraño.

¿Qué sucede?,
pregunté.

Hemos recibido cientos de cartas, emails, llamadas de todo el mundo, gente pidiendo
clemencia para usted, organizaciones de derechos humanos, grupos católicos.

Hasta el Vaticano ha
enviado una carta oficial.

Pero lo más extraño es esto.

Sacó una carta de su bolsillo.

Esta llegó
ayer de Italia, de una mujer llamada Antonia Acutis.

Acutis.

Repetí con el corazón acelerado.

Como en Carlo Acutis.

Exacto.

Ella es la madre de ese joven que fue beatificado.

Dice que han estado
rezando por usted desde que se enteró de su caso.

Dice que su hijo le habló en sueños y le dijo
que orara por el padre Yuspe Moretti en Colombia.

¿Cómo supo ella de mí? Pregunté asombrado.

Ruiz
se encogió de hombros.

No tengo idea, pero la carta es real, está autenticada.

¿Puedo leerla?
Él me la pasó a través de los barrotes.

La abrí con manos temblorosas.

Querido padre Yuspe, decía
con letra elegante.

Mi nombre es Antonia Acutis, madre de Carlo.

Hace tres noches tuve un sueño
donde mi hijo me mostraba su rostro.

Me dijo, “Mamá, hay un sacerdote en Colombia que necesita
nuestras oraciones.

Se llama Yuspe Moretti.

Es inocente y pronto todos lo sabrán.

Desde
entonces he rezado sin parar por usted.

He pedido a comunidades de todo el mundo que recen
y tengo la certeza, la certeza absoluta de que mi Carlo está intercediendo por usted.

No pierda la
fe.

El milagro viene con amor en Cristo.

Antonia Acutis.

Las lágrimas caían sobre el papel mientras
leía.

Carlo no solo me había visitado a mí, había visitado a su propia madre.

Esto era real.

más
real de lo que podía comprender.

Comandante Ruiz, dije mirándolo, ¿usted cree en milagros? Él me
miró por un largo momento.

Padre, he sido militar toda mi vida.

He visto demasiada muerte, demasiada
maldad.

Pero si me preguntas si creo que hay algo más allá de lo que podemos ver, algo más grande,
entonces sí creo y creo que usted es especial.

El 16 de octubre, dos días antes de la ejecución,
comenzaron los preparativos finales.

Me llevaron a una celda especial, más limpia, con un poco más
de luz.

Me dieron permiso para tener más visitas.

Andrés Valencia, el joven de San Miguel,
vino a verme.

Padre Yuspe, dijo llorando, todos en el pueblo saben que usted es inocente.

Hemos hecho marchas, hemos pedido justicia, pero nadie nos escucha.

Le sonreí a través del vidrio.

Andrés, no llores por mí.

Llora por los que viven sin esperanza.

Yo tengo esperanza.

Tengo fe.

Pero
van a matarlo, padre.

Lo sé, pero la muerte no es el final.

Andrés Carl Acutis me enseñó eso.

Su
vida fue corta, pero su impacto es eterno.

Y si mi muerte sirve para algo, si aunque sea una persona
encuentra a Dios a través de mi historia, entonces habrá valido la pena.

Él negó con la cabeza.

Usted
es el hombre más santo que he conocido.

Esa noche, 16 de octubre, volví a tener el sueño, pero esta
vez era diferente.

Estaba en una habitación oscura como en el primer sueño años atrás, pero ahora
reconocía el lugar.

Era mi celda y frente a mí estaba Carlo.

No era una visión borrosa, era él,
real, tangible.

Yuspe me dijo con esa sonrisa suya, “Mañana es el día decisivo.

” Mañana, pero
mi ejecución es pasado mañana.

Exacto.

Mañana sucederá algo, algo que cambiará todo.

Pero
necesito que prometas algo, lo que sea.

Carlo, cuando salgas de aquí, cuenta mi historia.

Cuenta
cómo intercedí, no para glorificarme a mí, sino para que la gente sepa que Dios sigue actuando,
que los santos no son figuras del pasado.

Somos presentes, somos reales y amamos a aquellos por
quienes intercedemos.

Te lo prometo.

Yusepe, una cosa más.

Tu sufrimiento, estos 5 años no
fueron castigo, fueron preparación.

Dios te estaba preparando para algo más grande, algo que
entenderás pronto.

Me desperté sudando.

El corazón me latía tan fuerte que pensé que me daría un
infarto.

Miré el reloj.

Eran las 4 de la mañana del 17 de octubre.

Un día antes de mi ejecución.

Me arrodillé junto a mi cama y recé como nunca antes había rezado.

Carlo, confío en ti.

Confío en
tu intercesión.

Hágase la voluntad de Dios.

A las 6 de la mañana escuché con moción afuera, voces
elevadas, pasos apresurados.

La puerta de mi celda se abrió bruscamente.

Era el comandante Ruiz, pero
su expresión era de shock absoluto.

Padre Moretti, dijo casi sin aliento.

Tiene que venir conmigo
ahora.

¿Qué sucede? pregunté alarmado.

Acaba de llegar alguien de Bogotá, un investigador de
la Fiscalía General.

Tiene nueva evidencia, evidencia que cambia todo.

Mi corazón se
detuvo.

¿Qué tipo de evidencia? Ya lo verá.

Venga.

Me llevaron a una sala de interrogatorios
donde había tres personas esperando.

Un hombre de unos 50 años con traje, una mujer más joven con
computadora portátil y Luis Mora, mi abogado, con una expresión entre euforia y incredulidad.

Padre Yusepe dijo el hombre extendiéndome la mano.

Mi nombre es fiscal Diego Mendoza.

He estado
investigando su caso durante los últimos 6 meses como parte de una auditoría de casos de pena
de muerte y lo que descubrimos es bueno.

Es extraordinario.

Se sentó y abrió una carpeta.

Hace
tres meses recibimos una carta anónima sugiriendo que revisáramos ciertos registros bancarios
relacionados con el caso Salazar.

Seguimos la pista y descubrimos transferencias de dinero
de cuentas vinculadas a grupos armados a varios testigos en su juicio.

También a miembros de la
policía local y más impactante al fiscal original que llevó su caso.

Su juicio fue una farsa desde
el principio.

Padre Moretti, usted fue incriminado deliberadamente, no podía respirar.

¿Por qué? La
mujer joven habló.

Porque usted era un obstáculo.

Su presencia en San Miguel estaba empoderando
a la comunidad, estaba dándoles esperanza y eso era peligroso para los que controlaban la zona.

Necesitaban eliminarlo de la manera más pública y humillante posible.

Por eso lo acusaron de
asesinato.

Luis intervino con lágrimas en los ojos.

Jusepe, te van a exonerar completamente.

Todas las acusaciones serán retiradas.

Eres libre.

Miré a Luis, luego al fiscal Mendoza.

¿Cómo? ¿Cómo
descubrieron todo esto justo ahora, un día antes de mi ejecución? Mendoza sacó otro papel.

Esa
es la parte que ni yo entiendo completamente.

La carta anónima que recibimos estaba fechada el
10 de octubre, hace exactamente una semana, pero cuando rastreamos el origen del envío, descubrimos
algo imposible.

¿Qué? La carta fue enviada desde una dirección en Asís, Italia, específicamente
desde la basílica de Santa María Mayore, la basílica donde está enterrado Carlo Acutis.

Mi voz
apenas era un susurro.

Mendoza asintió lentamente.

Exactamente.

No tenemos explicación para esto.

Hemos intentado rastrear quién envió la carta, pero es como si hubiera aparecido de la nada.

Lo único que sabemos es que sin esa carta nunca hubiéramos investigado su caso nuevamente.

Y sin
esa investigación usted estaría muerto mañana.

Me dejé caer en la silla.

Carlo, había sido Carlo.

Desde el cielo, desde su tumba en Asís, de alguna manera había iniciado la cadena de eventos
que me salvaría, pero aún no había terminado, porque entonces el fiscal Mendoza dijo algo que
me dejó completamente destrozado.

Padre Moretti, ¿hay algo más que necesita saber? ¿Qué más
puede haber? Hemos arrestado a los verdaderos responsables del asesinato de Roberto Salazar.

Eran tres hombres del grupo armado.

Durante el interrogatorio, uno de ellos confesó algo
adicional.

Confesó que no solo mataron a Salazar, también mataron a otra persona esa noche.

Mi
sangre celo.

¿A quién mataron? a un joven de San Miguel que los había visto.

Un testigo
incómodo.

Lo mataron y escondieron su cuerpo en el río.

Se identificó como Andrés Valencia.

El
mundo se detuvo.

Andrés, el hijo de don Ricardo, el joven que me había visitado hace dos días, que
había llorado, que me había dicho que todos en el pueblo sabían que yo era inocente.

No, susurré.

No
puede ser.

Lo siento, padre.

Encontramos su cuerpo hace dos días.

Llevaba muerto 5 años desde la
noche del asesinato de Salazar.

Don Ricardo acaba de identificar oficialmente los restos.

Mi mente
no podía procesarlo, pero yo lo vi hace dos días.

Andrés me visitó aquí en la prisión.

Hablamos.

Lloró.

Lo vi.

Mendoza me miró con preocupación.

Padre, eso es imposible.

Andrés Valencia murió
en marzo de 2018.

Luis me tomó la mano.

Juspe, has estado bajo mucho estrés.

Es comprensible
que no lo interrumpí.

No fue mi imaginación.

Sé lo que vi.

Y entonces, en ese momento de
absoluta confusión y revelación, entendí.

Carlo no solo había intercedido por mí enviando
la carta anónima, había hecho algo más, algo que desafiaba toda lógica, toda comprensión humana.

Había enviado a Andrés, no el Andrés terrenal, ese había muerto hace 5 años.

Había enviado
su espíritu, su alma, para darme un mensaje, para recordarme que la muerte no es el final, que
el amor trasciende, que los que partieron antes que nosotros siguen cerca, siguen cuidándonos,
siguen intercediendo.

Comandante Ruiz, que había estado escuchando todo en silencio,
habló.

Padre Moretti, necesito que venga conmigo.

Hay alguien más que necesita verlo.

Me llevó
a la sala de visitas.

Del otro lado del vidrio estaba don Ricardo, pero no estaba solo.

Junto a
él estaba su esposa Marta y sus otros tres hijos.

La familia Valencia, incompleta sin Andrés.

Don
Ricardo levantó el teléfono con manos temblorosas.

Padre Yusepe, dijo con lágrimas rodando por su
rostro curtido.

Acaban de encontrar a mi hijo, a mi Andrés, después de 5 años.

Lo siento tanto,
don Ricardo.

Sé que lo amaba.

Él asintió.

Pero, padre, hay algo que necesito decirle, algo
que me está volviendo loco.

Hace dos días, la noche del 15 de octubre, tuve un sueño.

Soñé
con Andrés.

estaba vivo, sonriendo.

Me dijo, “Papá, voy a visitar al padre Yusepe.

Voy a
decirle que no pierda la fe.

” Y cuando desperté, sentí una paz que no había sentido en 5 años.

Sentí que mi hijo estaba bien, que estaba en el cielo.

Las lágrimas comenzaron a caer por mis
mejillas.

Don Ricardo, su hijo, sí me visitó.

No sé cómo explicarlo, no sé cómo es posible, pero
sí me visitó y me dio exactamente ese mensaje, que no perdiera la fe.

Ambos lloramos a través
del vidrio.

La sala completa estaba en silencio.

Incluso el comandante Ruiz tenía lágrimas en
los ojos.

Esa tarde, 17 de octubre, todas las acusaciones contra mí fueron oficialmente
retiradas.

El juez que había presidido mi caso original fue arrestado por corrupción.

Los
testigos falsos fueron acusados de perjurio y yo, Giuseppe Moretti, después de 5 años y 2 meses
en el corredor de la muerte era oficialmente libre.

Salí de la prisión al día siguiente, 18 de
octubre de 2023.

La fecha que debía haber sido mi ejecución se convirtió en el día de mi liberación.

Mis padres estaban allí, el padre Antonio, Luis, docenas de personas de San Miguel.

Pero antes de
abrazar a nadie, antes de hablar con los medios que esperaban afuera, me arrodillé justo allí en
el suelo, frente a las puertas de la prisión y recé.

Ve a tocarlo a Cutis.

Dije con voz quebrada.

Tú me prometiste que el milagro vendría.

Y vino de maneras que nunca imaginé.

No solo salvaste mi
vida, me mostraste que el cielo es real, que los santos interceden, que la muerte no es el final.

Gracias.

Gracias por no abandonarme.

Gracias por enviar a Balandrés.

Gracias por todo.

Dos semanas
después viajé a Asís.

Necesitaba estar donde Carlo descansaba.

Necesitaba agradecerle cara a cara,
por así decirlo.

Cuando llegué a la basílica de Santa María Mayore y vi su cuerpo incorrupto
en la urna de cristal, me derrumbé.

Lloré como un niño.

La gente alrededor me miraba, pero no me
importaba.

Este joven, este adolescente que había muerto 17 años antes, me había salvado la vida
desde el cielo.

Había orquestado lo imposible.

Conocí a Antonia Acutis, la madre de Carlo.

Nos
abrazamos como viejos amigos, aunque nunca nos habíamos visto.

Padre Yuspe, me dijo con calidez,
mi Carlo eligió interceder por usted porque vio su corazón, vio su fe y quería que el mundo supiera
que los milagros siguen sucediendo.

Le conté todo, los sueños, las visitas, la carta misteriosa,
Andrés.

Ella escuchaba con lágrimas de alegría.

“Mi hijo”, dijo orgullosa, “sigue haciendo de
las suyas desde el cielo.

Ahora llevo casi un año libre.

He regresado a trabajar en Colombia, no
en San Miguel.

Ese capítulo cerró, sino en Bogotá, ayudando a prisioneros injustamente condenados.

He dado cientos de charlas sobre Carlo Acutis.

He contado mi historia a quien quiera escucharla
y cada vez que termino la gente se acerca.

Padre Yuspe dicen, “Necesito conocer más sobre
ese Carl.

¿Cómo puedo pedirle que interceda por mí?” Y yo les digo lo mismo siempre.

Carlo no es
un genio mágico, es un santo que amó a Jesús con todo su corazón.

Habla con él como hablarías
con un hermano mayor.

Cuéntale tus penas, pídele que interceda y luego confía.

Si algo
aprendí de estos años de sufrimiento y milagro, es que nunca estamos solos.

Los santos nos
acompañan y un joven italiano de 15 años llamado Carlo Acutis sigue intercediendo desde
el cielo por aquellos que le piden ayuda.

Yo le pedí y él respondió, “Me salvó la vida, pero
más que eso, me mostró que la fe no es ciega.

Comparte este testimonio y echa un
vistazo a este otro testimonio del canal.

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