Hay cosas que desafían todo lo que creí
saber sobre la muerte durante 32 años de sacerdocio y cosas que no deberían ser vistas.

Pero la noche del 11 de octubre de 2006, en la habitación 307 del Hospital San Gerardo
de Monza, presencié algo que nunca debió ser posible.
Un adolescente de 15 años llamado Carlo
Acutis me reveló un secreto que llevaba 23 años enterrado en lo más profundo de mi conciencia.
Un secreto que ni siquiera mi confesor conocía, un secreto que solo Dios y yo sabíamos o eso
creía.
Me llamo Giorgio Martinelli, tengo 63 años, soy sacerdote católico desde hace más de tres
décadas.
He administrado la extrema unción a más de 200 personas.
He sostenido manos temblorosas de
moribundos.
He consolado a familias destrozadas.
He cerrado los ojos de niños, ancianos, jóvenes.
Pensaba que la muerte ya no podía sorprenderme, pero Carlo Acutis me demostró que no sabía nada.
Cuando mi teléfono sonó esa noche eran las 11:14 minutos.
Lo recuerdo porque miré el reloj
del comedor mientras pensaba en no contestar.
Había sido un día agotador.
Tres misas, dos
confesiones que se extendieron más de lo previsto, una reunión parroquial que terminó en discusión
sobre las reparaciones del techo.
Mi cuerpo de 63 años pedía descanso, pero el teléfono seguía
sonando.
Era la hermana Chara, la capellana del hospital.
Su voz temblaba de una manera
que no había escuchado antes.
Padre Georgio, necesito que venga ahora mismo.
Hay un muchacho,
15 años, leucemia fulminante.
Los médicos dicen que no pasará de esta noche.
Los padres pidieron
un sacerdote para la extrema unción.
Pero hay algo extraño.
¿Qué cosa? Pregunté mientras me
frotaba los ojos cansados.
La hermana Chara guardó silencio por un momento demasiado largo.
Luego dijo algo que me hizo incorporarme en la silla.
El muchacho preguntó por usted por
su nombre completo.
Padre Giorgio Martinelli dijo que necesitaba hablar específicamente con
usted antes de morir, que era importante que usted entendería.
Sentí un escalofrío recorrer
mi espalda.
No conocía a ningún Carlo Acutis.
Nunca había escuchado ese nombre y sin embargo,
un adolescente moribundo que nunca había visto me llamaba por mi nombre completo.
“Hermana”,
dije tratando de sonar tranquilo.
Ese muchacho está delirando.
La fiebre, los medicamentos, no
puede conocerme.
Ella suspiró.
Eso es lo extraño, padre.
No tiene fiebre, está completamente
lúcido.
Y cuando le pregunté cómo lo conocía, solo sonríó y dijo que usted vendría porque era
necesario, que tenía algo que decirle.
Algo en su tono me hizo levantarme de la silla.
Voy para
allá, dije casi sin pensarlo.
Tardó 20 minutos, respondió la hermana Chara.
Y padre, apúrese, el
tiempo es corto.
Conduje por las calles vacías de Monza con una sensación de urgencia que no podía
explicar.
Era octubre y el aire nocturno tenía ese frío húmedo que se mete en los huesos.
Las calles brillaban por la lluvia reciente.
Los semáforos parpadeaban en amarillo.
Mientras
manejaba, intentaba recordar si alguna vez había conocido a la familia Acutis.
Busqué en mi memoria
cada bautizo, cada primera comunión, cada funeral de los últimos años.
Nada.
El nombre no me decía
nada.
Llegué al Hospital San Gerardo a las 11:38.
El estacionamiento estaba casi vacío.
Solo algunos
autos del personal nocturno y dos ambulancias estacionadas en la entrada de emergencias.
Tomé
mi maletín con los santos óleos, mi estola morada, mi breviario.
Mis manos temblaban levemente y no
era por el frío.
La hermana Chara me esperaba en el vestíbulo del tercer piso.
Era una religiosa
de unos 50 años con el hábito gris de las hermanas de la caridad.
La conocía desde hacía 5 años.
Siempre la había visto serena, profesional.
Con esa paz que dan décadas de servicio
hospitalario.
Pero esa noche había algo diferente en su rostro, algo que se parecía al miedo.
“Padre Giorgio, gracias por venir tan rápido”, me dijo mientras caminábamos por el pasillo
de oncología pediátrica.
“Necesito contarle algo antes de que entre.
Ese muchacho Carl es
especial.
¿Qué quiere decir con especial?”, pregunté mientras nuestros pasos resonaban en el
corredor vacío.
Ella se detuvo frente a la puerta de la habitación 307.
Dice cosas que no debería
saber.
Hace una hora, una enfermera entró a cambiarle el suero.
Carlo le preguntó por su hijo,
por nombre.
Le dijo que no se preocupara, que su hijo superaría la adicción.
La enfermera nunca le
había hablado de su hijo a nadie en el hospital.
Nadie sabía de eso.
Miré a la hermana Chara
intentando encontrar lógica en sus palabras.
Tal vez la enfermera mencionó algo sin darse cuenta.
La gente habla mucho en los hospitales.
Ella negó con la cabeza.
No, padre, le preguntamos.
Ella
juró que nunca había hablado de eso con nadie.
Y hay más.
Le dijo a un médico que su padre había
muerto hace 3 años y que él todavía no lo había perdonado.
El médico se puso pálido.
Es cierto.
Su padre murió y tenían una relación terrible.
El médico nunca habló de eso con nadie del
hospital.
El pasillo estaba en silencio, excepto por el zumbido lejano de las máquinas y
el pitido ocasional de algún monitor.
“Hermana”, pregunté con voz más baja de lo que pretendía.
¿Qué más ha dicho ese muchacho? Ella me miró directamente a los ojos.
Ha preguntado por
usted tres veces en la última hora.
Dice que necesita confesarse con usted antes de morir.
Dice que solo usted puede darle la absolución que necesita.
Y cada vez que lo menciona, sonríe
como si supiera algo que nosotros no sabemos.
Tomé aire profundamente.
Está bien, déjeme
entrar solo primero.
La hermana Chara asintió y tocó suavemente la puerta antes de abrirla.
Hay un sacerdote aquí para ti, Carlo dijo con voz suave.
Ella se hizo a un lado y yo entré
a la habitación 307.
Lo primero que noté fue el olor.
No era el olor típico de hospital,
ese mezcla de desinfectante y enfermedad.
Había algo más, algo dulce, casi como flores,
pero no exactamente.
Más tarde supe que otros también lo habían percibido.
Algunos lo llamaron
aroma a santidad.
Yo solo sé que era diferente.
La habitación estaba en penumbra.
Solo una lámpara
pequeña junto a la cama iluminaba el espacio.
Los monitores parpadeaban con sus luces verdes y
rojas.
Y en la cama, conectado a múltiples tubos y cables, estaba Carlo Acutis.
Era un muchacho
delgado, casi frágil, su cabeza completamente calva por la quimioterapia, la piel pálida, casi
translúcida, ojeras profundas, labios secos, todos los signos de una enfermedad que estaba ganando
la batalla.
Pero cuando me miró, cuando sus ojos marrones se encontraron con los míos, sentí algo
que no puedo describir adecuadamente.
Era como si me viera no solo con los ojos, sino con algo
más profundo, como si pudiera ver a través de mi sotana, a través de mi piel, directamente a mi
alma.
Padre Giorgio Martinelli”, dijo con una voz sorprendentemente clara para alguien tan enfermo.
“Gracias por venir.
Sé que está cansado.
Sé que no quería venir, pero necesitaba que estuviera aquí
esta noche.
” Me acerqué lentamente a su cama.
Detrás de Carlo, junto a la ventana, estaban sus
padres.
El padre, un hombre de unos 40 años con traje arrugado y corbata aflojada, la madre, una
mujer elegante con el cabello oscuro recogido, los ojos rojos de tanto llorar.
Ambos me miraban
con una mezcla de esperanza y desesperación que había visto cientos de veces.
“Carlo,” dije
mientras tomaba la silla junto a su cama.
“La hermana Chara me dijo que pediste verme.
” “Pero
no nos conocemos, ¿verdad? No personalmente”, respondió con esa sonrisa suave.
“Pero yo sé
quién es usted.
Sé muchas cosas sobre usted, padre Georgio.
” Los padres intercambiaron miradas
confundidas.
“Cariño,”, dijo su madre acercándose.
“ta tal vez el padre Georgio se parece a alguien
que conoces.
Alguien de la televisión o no, mamá.
” Interrumpió Carlos sin quitarme los ojos
de encima.
Yo sé exactamente quién es y él sabe por qué lo llamé, aunque todavía no se da
cuenta.
Algo en mi pecho se apretó.
Carl, dije intentando sonar profesional.
Estoy aquí
para darte los sacramentos, para escuchar tu confesión si lo deseas, para acompañarte en
este momento difícil.
Él asintió lentamente.
Sí, necesito confesarme, pero primero necesito que
ellos salgan.
Solo somos usted y yo, padre.
Lo que tengo que decirle no es para otros oídos.
Su madre
se tensó.
Cariño, no creo que está bien, mamá, dijo Carlo con una ternura que contrastaba con la
gravedad de su condición.
Solo serán unos minutos.
Por favor, confía en mí.
El padre de Carlo puso
su mano en el hombro de su esposa.
Vamos, Antonia, démosle privacidad.
es su derecho.
Ella vaciló,
besó la frente de su hijo y ambos salieron de Tomas Cina a Pasqu, la habitación cerrando la
puerta suavemente detrás de ellos.
Y entonces quedamos solos.
Carlo Acutis y yo, un muchacho
de 15 años muriendo de leucemia y un sacerdote de 63 años que estaba a punto de enfrentar algo
que cambiaría todo lo que creía saber sobre fe, muerte y secretos enterrados.
Carlo me miraba
con esos ojos que parecían ver demasiado.
Padre Georgio comenzó con voz tranquila.
Sé por qué
dejó el seminario en 1983.
Sé que pasó en aquel cuarto del convento la noche del 17 de marzo.
Sé lo que hizo y sé que nunca lo ha confesado.
El mundo se detuvo.
Mi corazón dejó de latir.
El aire se volvió pesado, irrespirable.
Nadie sabía eso.
Absolutamente nadie.
Había sucedido 23
años atrás, cuando yo tenía 40 años y estaba en mi último año de formación en el seminario mayor
de Milán.
Una noche, un error, una debilidad que me hizo abandonar todo y huir durante 2 años antes
de regresar por otro camino.
¿Cómo? Susurré con la garganta seca.
¿Cómo sabes eso? Carlos sonrió con
una tristeza infinita.
Porque Jesús me lo mostró, padre.
Me mostró muchas cosas.
Me mostró su dolor,
su vergüenza, sus 23 años de silencio.
Me mostró que vino aquí esta noche porque yo necesitaba
decirle algo importante antes de irme.
Mis manos temblaban.
Esto es imposible, dije casi
sin voz.
Nadie sabe eso.
Nadie.
Dios lo sabe”, respondió Carlos simplemente.
“Y ahora yo también
y por eso estoy aquí, Padre, no para juzgarlo, sino para liberarlo, porque usted necesita perdón
antes de que yo me vaya.
Y yo necesito darle un mensaje, un mensaje que solo entenderá dentro de
8 días.
” “O días”, repetí sin comprender.
Carlo asintió.
Ocho días después de mi muerte.
verá tres
palomas blancas donde nunca deberían estar.
En ese momento sabrá que todo esto fue real y entenderá
quién fue realmente su compañero en el seminario aquella noche.
El que nunca le contestó cuando
usted rogó por respuestas.
Mi mente era un caos.
¿Qué estás diciendo? ¿Quién era? Carlos cerró los
ojos por un momento, cansado, pero en paz.
Era un ángel, padre Giorgio, un ángel probándolo.
Y usted
falló esa noche, pero no de la manera que cree.
No fue su pecado lo que Dios vio, fue su corazón roto
después.
Su incapacidad de perdonarse a sí mismo, su decisión de cargar esa cruz en soledad
durante 23 años.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.
No podía detenerlas.
Este muchacho, este adolescente moribundo, estaba destrozando las paredes que había construido
durante más de dos décadas.
“Padre Giorgio”, dijo Carlo abriendo los ojos de nuevo.
Esa luz
que brillaba en su habitación del seminario, esas palabras que escuchó sin escucharlas, el olor
a lirios que no debía estar ahí, todo fue real.
Dios estuvo allí esa noche y lo ha acompañado cada
día desde entonces, esperando que se perdonara, esperando que entendiera que su verdadero
pecado no fue lo que hizo, sino lo que se negó a aceptar después, su humanidad.
No
entiendo.
Logré articular entre soyosos.
¿Por qué me estás diciendo esto? ¿Por qué tú?
Porque yo también seré probado esta noche, respondió Carlo con una claridad que no
correspondía a su edad.
Y cuando me vaya, usted tiene que recordar esto.
El perdón no es
un regalo que damos, es un regalo que aceptamos.
Lleva 23 años rechazando el perdón de Dios.
Es tiempo de aceptarlo.
Me quedé en silencio, incapaz de procesar lo que estaba escuchando.
Carlo me dio unos segundos y luego extendió su mano.
Su piel estaba fría, pero su agarre era
firme.
Ahora escuche mi confesión, padre, porque yo también necesito liberarme antes de partir.
Y
así comenzó la confesión más extraña de mi vida.
Carlo Acutis, un muchacho de 15 años que
conocía secretos imposibles, me confesó pequeñas impaciencias, momentos de orgullo, instantes
de duda, pecados tan pequeños que parecían irrelevantes comparados con lo que acababa de
revelar sobre mí.
Cuando terminó, levanté mi mano para darle la absolución, pero antes de pronunciar
las palabras, Carlo me detuvo.
Espere, padre, hay algo más que debe saber.
Algo sobre el rosario
que lleva en su bolsillo, el rosario de plata que perteneció a su madre.
Mi mano fue instintivamente
a mi bolsillo derecho, donde efectivamente llevaba el rosario de mi madre fallecida.
un rosario de
plata con cuentas pequeñas que ella había usado durante 50 años.
Lo llevaba siempre conmigo, pero
nunca lo mostraba.
Era privado, íntimo.
¿Qué pasa con el rosario?, pregunté con voz temblorosa.
Carlos sonrió débilmente.
Su madre lo sabe.
Ella ha estado rezando por usted desde el cielo.
Y esta
noche, cuando salga de aquí, mire la cuenta número 17.
la que siempre pensó que estaba manchada.
No es una mancha, padre, es una lágrima.
Una lágrima que cayó el día que usted decidió volver
al sacerdocio.
Una lágrima de alegría.
Saqué el rosario con manos temblorosas.
Lo había revisado
miles de veces.
Conocía cada cuenta, cada marca, pero nunca había notado nada especial en la cuenta
17.
A la luz tenue de la habitación, acerqué el rosario a mis ojos y allí, en la cuenta 17 vi algo
que nunca había visto antes, o tal vez siempre había estado ahí y nunca lo había visto realmente.
Una pequeña marca cristalina, como una lágrima solidificada en la plata.
Esto no es posible,
murmuré.
Carlos cerró los ojos.
Todo es posible para quien cree, padre.
Ahora deme la absolución,
porque mi tiempo se acerca y necesito estar en gracia para el encuentro.
Pronuncié las palabras
de la absolución con voz quebrada.
Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo.
Amén, respondió Carlo.
Luego abrió los ojos y me miró con una intensidad que
me atravesó.
Ahora tráigame la Eucaristía, Padre.
Quiero recibir a Jesús una última vez y después
necesito que se quede porque lo que va a pasar en las próximas horas, usted tiene que verlo,
tiene que ser testigo, es parte de su sanación.
Salí de la habitación tambaleándome.
La hermana
Chara estaba esperando afuera con los padres de Carlo.
Mi rostro debía reflejar el shock porque
ella se acercó inmediatamente.
Padre Giorgio, ¿está bien? Solo asentí sin poder hablar.
Necesito
llevarle la comunión, logré decir.
La hermana asintió y me guió hacia la capilla del hospital.
Mientras caminábamos por los pasillos vacíos, mi mente era un torbellino.
¿Cómo era posible? ¿Cómo
un adolescente podía saber cosas que solo Dios y yo sabíamos? ¿Cómo podía ver a través del tiempo,
a través de las paredes que construí, directamente al núcleo de mi culpa más profunda? En la capilla
tomé la [ __ ] consagrada con manos que no dejaban de temblar.
La hermana Chara me observaba con
preocupación.
Padre, ¿qué le dijo ese muchacho? No puedo hablar de eso respondí.
Secreto de
confesión.
Ella asintió comprensiva, aunque ambos sabíamos que había algo más.
Cuando regresé
a la habitación 307, los padres de Carlo estaban de pie junto a la ventana.
Su madre lloraba en
silencio.
Su padre tenía la mandíbula apretada tratando de ser fuerte.
Carlo estaba despierto
esperándome.
Me acerqué a su cama sosteniendo el copón con la eucaristía.
Carlos cerró los ojos y
juntó sus manos sobre el pecho.
Cuando coloqué la [ __ ] en su lengua y dije las palabras rituales,
el cuerpo de Cristo.
Algo cambió en la habitación.
La temperatura bajó súbitamente.
El aire se
volvió denso y la luz la luz de la lámpara junto a la cama comenzó a parpadear de una
manera que no era eléctrica.
Era como si algo invisible estuviera interfiriendo con las leyes
naturales.
Los padres lo notaron.
Antonia dio un paso atrás.
Andrea miró alrededor confundido y
yo yo sentí una presencia.
No puedo describirlo mejor.
Era como si alguien más hubiera entrado
a la habitación, alguien que no podíamos ver, pero que estaba absolutamente allí.
Carlo abrió
los ojos después de tragar la [ __ ] y en ese momento vi algo que desafía toda explicación.
Sus ojos, que habían sido marrones, brillaban.
No es una metáfora.
Literalmente brillaban con
una luz que no era reflejo de nada externo.
Era como si tuviera fuego detrás de las pupilas.
“Ya están aquí”, susurró Carlo mirando hacia una esquina vacía de la habitación.
“Los que vienen a
buscarme, pero todavía no es tiempo.
Primero tengo que darles el mensaje completo.
¿Quiénes están
aquí?”, preguntó su madre con voz aterrada.
Carlos sonríó.
Los ángeles, mamá, llenan la habitación.
Están esperando, pero son pacientes.
Saben que tengo que terminar algo primero.
Andrea se acercó
a mí.
Padre, ¿qué está pasando? ¿Por qué la luz se comporta así? ¿Por qué hace tanto frío de repente?
No lo sé, admití.
Pero algo está sucediendo, algo que no puedo explicar.
Carlo tosió débilmente.
Sus pulmones estaban fallando.
Los monitores comenzaron a emitir pitidos más urgentes.
“Padre
Giorgio”, dijo luchando por respirar.
Escuche con atención.
Las tres palomas blancas aparecerán
el 20 de octubre, 8 días después de mi muerte.
Las verá hasta las 9 de la mañana, no donde
espera verlas, donde nunca las ha visto antes.
Y cuando las vea, sabrá con certeza absoluta que
esto no fue delirio, que esto no fue casualidad, que todo lo que le dije era verdad.
Pero eso no es
todo.
Dentro de un año, exactamente un año después de mi muerte, recibirá una carta, una carta de
alguien del seminario, alguien a quien no ha visto en 23 años.
Esa carta confirmará todo, revelará
quién era realmente su compañero aquella noche.
Y entonces, padre Giorgio, entonces finalmente
podrá perdonarse porque entenderá que fue parte de un plan más grande, que su sufrimiento no fue
en vano, que Dios nunca lo abandonó.
Las lágrimas corrían libremente por mi rostro.
No me importaba
quién me viera.
40 años de ministerio, miles de confesiones escuchadas, cientos de moribundos
acompañados y nunca había experimentado algo así.
Carlo extendió su mano hacia mí nuevamente.
Ahora quédese, padre.
Las próximas horas serán difíciles, pero necesito que sea testigo.
Necesito que vea que la muerte no es el final, que es solo un paso, un paso hacia casa.
Y así
comenzó la vigilia más larga de mi vida.
Eran las 12:42 minutos de la madrugada.
Carlo Acutis tenía
aproximadamente 6 horas más de vida y en esas 6 horas presencié cosas que ningún libro de teología
podría explicar.
La primera hora fue relativamente tranquila.
Los padres de Carlos se sentaron a
cada lado de su cama.
Yo permanecí en mi silla junto a la ventana.
La hermana Chara entraba
cada 20 minutos para revisar los monitores.
Los signos vitales de Carlo estaban decayendo
lentamente, pero inexorablemente.
Alrededor de la 1:30 de la madrugada, Carlo comenzó a hablar,
pero no nos hablaba a nosotros.
Mantenía los ojos cerrados y susurraba palabras que no podíamos
entender completamente.
A veces parecía latín, otras veces era como si estuviera conversando
con alguien.
Antonia me miró con ojos llenos de lágrimas.
Padre, ¿con quién está hablando? Con
ellos.
Respondí sin pensarlo.
Con los que vinieron a buscarlo.
A las 2 de la madrugada sucedió algo
que nos dejó a todos paralizados.
Carlo abrió los ojos de repente y miró directamente hacia el
techo.
Su rostro se iluminó con una alegría que contrastaba brutalmente con su condición
física.
María susurró con voz clara, madre mía, eres tan hermosa, más hermosa de lo que jamás
imaginé.
Nadie más veía nada.
El techo era solo un techo blanco con manchas de humedad y tuberías
expuestas.
Pero Carlo veía algo y la manera en que miraba, la manera en que sonreía, no dejaba
duda de que para él era absolutamente real.
Me quedé contigo, mamá.
Continuó hablando Carlo
hacia el techo.
Solo un poco más.
Ellos necesitan verlo, necesitan entender.
Luego cerró los ojos
de nuevo y su respiración se volvió más trabajosa.
Andrea temblaba, Antonia soyozaba en silencio y yo
rezaba, rezaba oraciones que conocía de memoria, pero que esa noche tenían un peso diferente, un
significado más profundo.
A las 3 de la madrugada, la luz comenzó a comportarse de manera aún más
extraña.
La lámpara junto a la cama parpadeaba con un ritmo que parecía deliberado, como un código.
Y el olor, ese aroma dulce que había notado al entrar, se intensificó.
Llenaba la habitación
hasta el punto de ser casi abrumador.
La hermana Chara entró para una revisión rutinaria y se
detuvo en seco en la puerta.
Ese olor, murmuró.
Lo huelen.
Todos asentimos.
Ella se acercó al monitor
de signos vitales y palideció.
Esto no es posible.
Su presión arterial debería estar crítica, pero
se estabilizó.
Su ritmo cardíaco está regular.
Es como si algo lo estuviera sosteniendo.
Alguien
lo está sosteniendo, dijo Carlos sin abrir los ojos.
Todavía no es mi hora.
Aún hay algo
que debe suceder.
Algo que el padre Giorgio tiene que ver.
La hermana Chiara me miró buscando
explicaciones que yo no tenía.
Solo puedo decirle que estoy presenciando algo extraordinario, le
dije, “Algo que no puedo explicar, pero que es innegablemente real.
” Ella asintió lentamente
y salió de la habitación, aunque noté que dejó la puerta ligeramente entreabierta.
A las 4 de la
madrugada comenzó lo que solo puedo describir como el clímax de esa noche imposible.
Carlo abrió los
ojos completamente.
Ya no brillaban como antes, pero había en ellos una claridad, una lucidez que
no había estado presente en las horas anteriores.
“Padre Giorgio”, dijo con voz firme a pesar de
su debilidad.
“Mire el rosario.
” La cuenta 17.
Saqué nuevamente el rosario de mi bolsillo.
En la penumbra de la habitación acerqué la cuenta 17 a mis ojos y entonces vi algo
que me hizo caer de rodillas junto a la cama.
La cuenta estaba brillando, no reflejando
luz, brillando con luz propia.
Una luz suave, dorada, que pulsaba como un corazón diminuto.
“¡Imposible”, susurré.
completamente imposible según todas las leyes de la física, la química,
la razón.
Nada es imposible para Dios, dijo Carlo.
Esa luz es una confirmación, padre, una
señal de que todo lo que le he dicho es verdad, de que su madre intercede por usted desde
el cielo, de que su pecado de hace 23 años ya está perdonado.
Siempre estuvo perdonado.
Solo usted se negaba a aceptarlo.
Antonia y Andrea miraban el rosario brillante con asombro y
terror mezclados.
La luz era inconfundible ahora.
Llenaba un pequeño radio alrededor de la
cuenta, proyectando sombras diminutas en mi mano.
“Guárdelo, padre”, dijo Carlo.
“gárdelo y
créalo, porque en 8 días, cuando vea las palomas, dudará de su memoria, dudará de su cordura, pero
el rosario estará ahí.
La luz habrá desaparecido, pero la cuenta será diferente.
Usted lo sabrá
y entonces creerá completamente.
La luz en la cuenta comenzó a desvanecerse lentamente, como una
vela que se apaga.
En menos de un minuto se había ido por completo.
Guardé el rosario en mi
bolsillo con manos que todavía temblaban.
A las 5 de la madrugada, el amanecer comenzó a
pintar el cielo con tonos rosados y naranjas.
La noche estaba terminando y con ella la
vida de Carlo Acutis también llegaba a su fin.
Su respiración se volvió más superficial.
Los
monitores comenzaron a emitir alarmas constantes.
Su presión arterial caía rápidamente.
Su ritmo
cardíaco se volvía errático.
Los médicos entraron y salieron haciendo lo que podían, que no era
mucho.
La leucemia había ganado.
Padre Giorgio llamó Carlo con voz apenas audible.
Es hora.
Ellos
están esperando.
Ya puedo verlo todo con claridad.
El cielo, el amor, la verdad.
Todo es tan hermoso,
tan perfecto.
No tengan miedo por mí.
Voy a casa.
Finalmente voy a casa.
Antonia se inclinó sobre
su hijo, besando su frente, susurrando palabras de amor entre soyosos.
Andrea sostenía la mano
de Carlo con fuerza, como si pudiera retenerlo en este mundo con la pura voluntad.
Y yo recé
últimas oraciones, las palabras que la Iglesia ha rezado durante siglos por los moribundos,
parte de este mundo, alma cristiana.
En el nombre de Dios Padre, en el nombre de Jesucristo,
en el nombre del Espíritu Santo.
Santos de Dios, salgan a su encuentro.
Ángeles del Señor, reciban
su alma.
Carlo abrió los ojos una última vez, me miró directamente y sonríó.
Esa sonrisa que
nunca olvidaré.
Una sonrisa de paz absoluta, de certeza total, de gozo que trascendía el dolor
y el miedo.
Recuerde las palomas, padre Giorgio, susurró.
Recuerde el 20 de octubre.
Recuerde
que la fe no es ausencia de duda, es decisión de creer a pesar de la duda.
Y usted ha dudado
durante 23 años.
Ya no dude más.
Y entonces, a las 6:37 minut de la mañana del 12 de octubre
de 2006, Carlo Acutis exhaló su último aliento.
El monitor emitió un tono continuo.
La línea en
la pantalla se volvió plana.
Su cuerpo se relajó completamente, pero en el momento exacto de su
muerte, algo extraordinario sucedió.
La habitación se llenó de una luz brillante.
No venía de ninguna
fuente visible.
Simplemente apareció llenando cada rincón, cada sombra.
Duró solo 3 segundos, tal
vez cuatro, pero fue innegable.
Todos lo vimos.
Los padres, la enfermera que había entrado, la
hermana Chiara que estaba en el pasillo y con la luz vino una sensación, una presencia que entraba
y salía simultáneamente, como si el alma de Carlo estuviera partiendo, pero dejando algo atrás,
una huella, un eco de santidad que permanecería en esa habitación para siempre.
Cuando la
luz se desvaneció, el silencio fue absoluto.
Nadie hablaba, nadie se movía.
Solo mirábamos el
cuerpo de Carlo con una mezcla de dolor y asombro.
Y entonces noté algo más.
El rostro de Carlo en
la muerte no mostraba sufrimiento, al contrario, tenía una sonrisa suave grabada en sus labios.
Sus rasgos estaban completamente relajados.
en paz, como si en sus últimos segundos hubiera
visto algo tan hermoso que toda huella de dolor había sido borrada.
Me quedé en esa habitación
durante dos horas más.
No podía irme.
Necesitaba procesar lo que había presenciado.
Antonia y
Andrea permanecieron junto a su hijo, tocando su rostro frío, susurrando despedidas.
Cuando
finalmente salí del hospital, eran casi las 9 de la mañana.
El sol brillaba con fuerza.
Las calles
de Monza estaban llenas de gente yendo a trabajar, comprando pan, viviendo sus vidas ordinarias.
Y yo caminaba entre ellos cargando un secreto, un secreto tan extraordinario que no sabía si
podría compartirlo alguna vez.
Los días siguientes fueron un torbellino, el funeral de Carlo, las
condolencias.
las conversaciones con su familia, pero en todo momento pensaba en las palomas, en la
profecía.
En el 20 de octubre que se acercaba pasé esos 8 días en un estado de anticipación ansiosa.
Parte de mí esperaba que las palomas aparecieran.
Otra parte temía que no lo hicieran, porque
si no aparecían, significaría que todo había sido delirio.
Fiebre, sugestión.
y yo necesitaba
creer que había sido real.
El 20 de octubre llegó, era viernes.
Me desperté temprano, nervioso.
A las 8 de la mañana ya estaba vestido.
Pero, ¿dónde debía buscar las palomas? Carlo había dicho
que aparecerían donde nunca las había visto antes, donde no esperaba verlas.
Decidí ir a la
iglesia para la misa de las 9.
Tal vez allí, tal vez las palomas aparecerían en el campanario
o en el atrio.
Caminé las cuatro cuadras desde mi casa hasta la parroquia de San Marcos.
Eran
las 8:55.
La iglesia estaba vacía, excepto por dos ancianas que rezaban el rosario en el primer
banco.
Entré a la sacristía para prepararme para la misa y entonces las vi.
Tres palomas blancas,
completamente blancas, sin una sola marca.
Estaban posadas en el altar de la sacristía, un lugar
cerrado, un lugar al que ninguna paloma podría haber entrado sin que alguien las dejara pasar.
Las ventanas estaban cerradas.
La puerta había estado cerrada con llave toda la noche y sin
embargo allí estaban.
Me quedé paralizado en la entrada de la sacristía.
Las palomas me miraban
con esos ojos pequeños y oscuros.
No se movían, no hacían sonido, solo estaban allí tres blancas,
exactamente como Carlo había dicho.
Miré mi reloj, eran las 9 en punto de la mañana.
Saqué el rosario
de mi bolsillo con manos temblorosas.
Lo había revisado cada día desde la muerte de Carlo.
La
cuenta 17 había vuelto a ser normal, sin brillo, sin luz.
Pero cuando la miraba de cerca podía ver
que era diferente.
La marca que siempre pensé que era una mancha, ahora parecía definitivamente una
lágrima solidificada.
Como Carlo había dicho.
Las palomas permanecieron en el altar durante 5
minutos.
Luego, como si hubieran cumplido su propósito, se echaron a volar simultáneamente,
no hacia la puerta, no hacia ninguna ventana, simplemente volaron hacia arriba, hacia el
techo, y desaparecieron.
No sé cómo, no sé dónde fueron.
Solo sé que un segundo estaban allí
y al siguiente ya no.
Me dejé caer de rodillas.
Lloré como no había llorado desde que era niño,
porque en ese momento supe con certeza absoluta que todo había sido real, que Carlo Acutis
había visto más allá del velo, que me había dado un mensaje del cielo, que mi pecado de 23
años atrás ya estaba perdonado.
Pero la historia no terminó ahí.
Había otra profecía, la carta.
La
carta que llegaría exactamente un año después de la muerte de Carlo, del alguien del seminario que
no había visto en 23 años.
Esperé ese año con una mezcla de anticipación y temor.
¿Qué revelaría
la bona carta? ¿Quién la enviaría? Y sobre todo, ¿qué significaba que mi compañero de aquella noche
de marzo de 1983 fuera un ángel? El 12 de octubre de 2007, exactamente un año después de la muerte
de Carlo, recibí una carta.
No tenía remitente, solo mi nombre y dirección en el sobre.
El
matasellos era de Roma.
Con manos temblorosas abrí el sobre.
Dentro había una carta escrita
a mano en papel antiguo.
La letra era familiar, pero no podía ubicarla.
Comencé a leer.
Querido
Giorgio, han pasado 24 años desde aquella noche en el seminario.
La noche del 17 de marzo de 1983,
la noche que cambió tu vida.
Sé que nunca supiste quién era yo realmente.
Sé que has cargado culpa
y vergüenza todos estos años.
Es tiempo de que sepas la verdad.
Mi nombre no importa porque nunca
tuve un nombre humano.
Fui enviado esa noche para probar tu corazón, para ver si elegirías el camino
fácil o el camino del amor verdadero.
Y Giorgio, no fallaste, todo lo contrario.
Pasaste la prueba
de una manera que sorprendió incluso a quienes me enviaron.
Aquella noche cuando la luz llenó
tu habitación del seminario, cuando escuchaste palabras que no eran palabras, cuando sentiste
ese amor abrumador que te hizo dudar de todo, eso era Dios hablándote.
No estabas delirando,
no estabas confundido, estabas siendo llamado a un camino diferente, un camino más difícil, pero
más auténtico.
Tu decisión de dejar el seminario por 2 años no fue cobardía, fue honestidad.
Necesitabas estar seguro de que tu vocación era real y no solo un escape de tu propia humanidad.
Y cuando regresaste dos años después, lo hiciste con un corazón purificado, con certeza verdadera.
El muchacho que murió hace exactamente un año, Carlo Acutis, me pidió que te escribiera.
Me lo
pidió durante su agonía.
En una conversación que tuvo conmigo, aunque no podías escucharla.
me dijo
que necesitaba saber que aquella noche de hace 24 años fue el principio de tu verdadera santidad,
no su final.
Yo estuve allí, Giorgio.
Yo fui quien tomó tu mano cuando lloraste.
Yo fui quien te dijo
sin palabras que todo estaría bien.
Y he estado contigo cada día desde entonces, invisible,
pero presente, guiándote, protegiéndote, esperando que finalmente te perdonaras.
Carlos
sabía todo esto porque él también era especial, un alma elegida para brillar intensamente durante
poco tiempo.
Y ahora desde el cielo intercede por ti.
Reza para que encuentres paz, para que
uses los años que te quedan no cargando culpa, sino compartiendo amor.
Las tres palomas que
viste fueron mi señal de que esto es verdad.
El rosario que brilla en tus momentos de duda es
confirmación de que tu madre también intercede.
Y esta carta es la prueba final de que Dios nunca
te abandonó, ni siquiera en tu momento más oscuro.
Vive en paz, Giorgio.
Perdónate con amor eterno,
tu guardián.
La carta se me cayó de las manos.
Mi cuerpo temblaba incontrolablemente porque en
ese momento entendí todo.
La noche del seminario, los 23 años de culpa, la aparición de Carlo
Acutis en mi vida, las palomas, el rosario, todo era parte de un plan, un plan diseñado para
sanarme.
Y mientras lloraba de rodillas en mi pequeña habitación, con la carta en el suelo
y el rosario apretado en mi mano, sentí algo, una presencia cálida.
Una mano invisible en mi
hombro y una voz sin voz que me decía, “Por fin, Georgio, por fin lo entiendes.
Por fin eres libre.
Han pasado años desde aquella noche.
Ahora Carlo Acutis fue beatificado.
Su cuerpo está incorrupto
y millones de personas en todo el mundo lo veneran.
Pero para mí, él siempre será el muchacho
de 15 años que me liberó de 23 años de culpa.
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Gracias Carlo Acutis.
Amén.