Hace 6 años quiero confesarles una verdad que me ha destrozado el corazón.

Me llamo Franco Lombardi.
Tengo 48 años y durante 22 años fumé tres cajetillas de cigarros al día, 60 cigarros.
Desde que abría los ojos hasta que me dormía, prácticamente cada 15 minutos.
Mis pulmones estaban arruinados.
Mi aliento olía a cenicero.
Mis dedos estaban amarillos por la nicotina.
Mi esposa Isabela había empezado a dormir en otra habitación porque ya no soportaba ese olor.
Mis hijas, Julia de 16 años y Chara de 14, me suplicaban llorando cada noche.
“Papá, nos vas a dejar huérfanas”, me decían.
Pero no podía parar.
Había intentado dejarlo 27 veces.
27 fracasos, parches, medicamentos, hipnosis.
Nada funcionó.
La adicción era más fuerte que yo.
En diciembre de 2018, mi doctor me miró a la cara y me dijo la verdad.
Franco, tienes EPOC avanzado.
Tus pulmones solo funcionan al 40%.
Si no lo dejas ahora, te quedan 5 años como máximo.
Salí de esa cita y encendí un cigarro en el estacionamiento del hospital.
Estaba perdido hasta que el 23 de enero de 2019 me asignaron la exumación de la tumba de un joven que había muerto 12 años antes, Carlo Acutis.
Cuando abrí ese ataúd, lo que vi destrozó mi adicción de 30 años en un solo instante.
Desde ese día no volví a tocar un cigarro, ni uno solo.
Todo había comenzado mucho antes.
En 1989, cuando tenía 18 años, empecé a fumar.
Estudiaba en la universidad en Milán.
Todo el mundo fumaba.
Parecía algo cool de adultos.
El primer cigarro me provocó un ataque de tos, pero aún así continué.
Para cuando cumplí 25, fumaba una cajetilla al día.
Trabajaba en el equipo de exumación de medicina forense.
Abríamos tumbas para investigaciones.
Ver la muerte todos los días te endurece.
El cigarro se convirtió en mi escape.
A los 30 años, después de abrir la tumba de un niño de 5 años que no salió de mis sueños durante semanas, subía dos cajetillas.
A los 35 ya llegaba a tres.
Mi vida giraba en torno a cuándo fumaría el próximo cigarro.
Me despertaba por las noches con ansiedad, con necesidad de nicotina.
Mi matrimonio se estaba desmoronando.
Isabela me miró por última vez en 2015 y dijo, “O este lo dejas o me voy.
” Lo intenté.
Dios sabe que lo intenté.
Pero cada intento terminaba en una vergüenza aún mayor.
Mi padre murió de cáncer de pulmón en 1995.
Había fumado tres cajetillas al día durante 40 años.
Sus últimas palabras fueron no seas como yo.
Lloré, prometí y encendí un cigarro en su funeral.
Era como si estuviera programado para destruirme a mí mismo.
El 22 de enero de 2019 me llamó mi jefe Bernardi.
Mañana hay una exumación especial en Asís para la iglesia, dijo.
Estaba fumando en el balcón, mirando el cielo gris de Milán.
¿Quién? Pregunté sin interés.
Carlo Acutis, un chico de 15 años que murió de leucemia en 2006.
Paulotu.
Se ha iniciado un posible proceso de santidad.
No era religioso, ni siquiera había escuchado su nombre.
¿Cuánto tiempo lleva enterrado?, pregunté.
12 años y 3 meses.
Silve.
En ese tiempo solo quedarían huesos.
Te pagaré el triple, dijo.
Acepté.
Necesitaba el dinero.
Los cigarros eran caros.
Las facturas del hospital no paraban.
A la mañana siguiente me levanté a las 4.
Antes de ducharme fumé tres cigarros, dos más con el café.
Durante las 4 horas de camino fumé sin parar.
Cuando llegamos a Asís, el equipo estaba listo.
El doctor Rosini, el padre Yusepe, Bernardi y Alberto, con quien llevaba 10 años trabajando.
“Estás temblando”, dijo Alberto.
Miré mis manos.
Se sacudían visiblemente.
Es el frío.
Mentí.
Pero el clima era templado.
Ese temblor venía de otro lugar.
Intenté encender un cigarro.
El encendedor se apagó.
Lo intenté de nuevo.
Se apagó otra vez.
Tres veces seguidas.
Alberto me pasó el suyo.
El de él prendió a la primera.
Mientras el padre rezaba, yo fumé mi cigarro inquieto.
Llegamos al nivel del suelo y comenzamos a acabar.
Estaba bajo un ciprés con flores frescas en la cabecera, rosas blancas, lirios, cartas metidas en bolsas.
Era muy querido, dijo el sacerdote.
No respondí.
Mientras cababa, sentí una extraña vibración que subía por el mango de la pala.
No era física.
¿Tú también lo sientes?, le pregunté a Alberto.
Dijo que no.
Quizás es abstinencia.
¿Cuánto lleva sin fumar? Miré mi reloj.
45 minutos.
Normalmente ya habría fumado tres cigarros, pero me había olvidado completamente de fumar.
Eso nunca había pasado.
A las 10:30 llegamos al ataúd simple, de madera oscura.
Debería haber estado hinchado y podrido, pero estaba casi intacto.
Lo levantamos con cuerdas.
El ataúd era extrañamente ligero.
“Esperen”, dije sorprendido.
Está muy ligero.
Un adolescente de 15 años debería pesar al menos 50 o 60 kg.
Sin embargo, el ataúd no llegaba ni a 30.
Quizás se descompuso más de lo esperado, dijo Alberto.
Pero yo conocía el peso de la muerte.
Había pasado años con esto.
Esto no era normal.
Sacamos el ataúd cuidadosamente a la superficie y lo colocamos sobre la plataforma de metal.
Eran las 11:15, el sol calentaba el aire, los pájaros cantaban, todo era demasiado ordinario, pero dentro de mí había una fuerte sensación de que algo extraordinario estaba a punto de suceder.
El padre Yuseppe se acercó con su libro de oraciones y comenzó a leer en latín.
El doctor Rosini preparó su equipo.
Alberto y yo nos preparamos para abrir la tapa.
Por reflejo metí la mano en mi bolsillo buscando cigarros.
En el momento en que toqué la cajetilla sucedió algo extraño.
Me quedé ahí parado.
No la saqué.
No estaba esa urgencia desesperada y acuciante de fumar que normalmente me carcomía por dentro.
Franco, ¿estás listo?”, preguntó Alberto.
“Sí”, dije.
Mi voz sonándome lejana, incluso a mí.
Tomé el destornillador eléctrico.
Había 12 tornillos sellando la tapa.
Salían fácilmente, 1, dos, tres.
Con cada tornillo, la tensión dentro de mí aumentaba.
4 5 6.
Mi corazón se aceleró.
7 8 9.
El padre Yusepe dejó su oración.
10 11 Alberto me miró en silencio.
Asentí con la cabeza.
El duodécimo tornillo cayó en mi palma.
Cuando levantamos la tapa eran exactamente las 11:47.
Alberto me ayudó.
Despacio, susurré.
La tapa hizo un sonido como si estuviera sellada al vacío y entonces el mundo cambió.
La primera señal fue el olor.
Como alguien que ha pasado 22 años en este trabajo, sabía cómo debería oler un cuerpo enterrado durante 12 años, tierra, humedad y descomposición.
Pero yo olí rosas frescas, vivas, recién cortadas, ni flores marchitas ni perfume.
Era tan intenso, tan puro y tan imposible que mi cerebro lo rechazó.
El cigarro que tenía en la mano cayó al suelo.
Mis ojos se clavaron en el interior del ataúd.
Carlo Acutis ycía vestido con una túnica blanca.
Sus manos estaban cruzadas sobre el pecho.
Entre sus dedos había un rosario.
Su cabello castaño ondulado seguía en su lugar.
Pero su rostro no era el rostro de alguien muerto hace 12 años.
No había oscurecimiento gris verdoso, ni hundimiento, ni la rigidez de la momificación.
Era como si se hubiera despedido de la vida ayer.
El color de su piel era de una palidez natural, sus labios ligeramente rosados, no había el más mínimo rastro de descomposición, pero lo que me hizo caer de rodillas fue su expresión.
Carlo estaba sonriendo.
No era una sonrisa causada por la rigidez de la muerte.
Era una sonrisa suave, serena, real.
La sonrisa de alguien que vio algo hermoso antes de morir.
Mis rodillas golpearon el suelo.
Apenas sentí el dolor.
Mi visión se nubló con lágrimas.
No había llorado en décadas, pero ahora mis lágrimas corrían incontenibles mientras miraba este panorama imposible.
“Madre de Dios”, susurró Alberto.
El Dr.
Rosini se acercó en shock.
Esto es médicamente imposible”, dijo.
Extendió la mano y tocó la mejilla de Carlo.
Luego la retiró rápidamente.
Hay elasticidad en la piel.
Después de 12 años debería haber piel endurecida o esqueleto.
El padre Yusepe se arrodilló.
Es un santo.
Dios preservó su cuerpo como una señal.
Yo no podía hablar.
Sentí algo moverse en mi pecho.
Mis pulmones se estaban abriendo.
Era como si una prensa invisible que los había apretado durante 30 años se hubiera aflojado.
Tomé una respiración profunda, mucho más profunda de lo que había podido respirar en años.
El aire estaba completamente limpio.
Entró en mí sin ninguna resistencia.
Era como si mis pulmones se hubieran renovado.
“Franco, ¿estás bien?”, dijo Alberto.
Su voz sonaba lejana.
Puedo respirar”, susurré.
Las palabras eran extrañas, pero reales.
Nunca había sido tan fácil, tan profundo.
Alberto me ayudó a ponerme de pie.
“Ve a fumarte un cigarro.
Despeja tu cabeza.
” Por costumbre busqué la cajetilla.
Saqué un cigarro, lo puse en mis labios, encendí mi encendedor, acerqué la llama.
Entonces sucedió algo extraordinario.
Mis manos comenzaron a temblar violentamente, tanto que no podía sostener nada.
El cigarro cayó.
Intenté atraparlo, pero mis dedos no me pertenecían.
Rodó junto a mi bota.
Intenté agacharme.
Mi cuerpo no lo permitió.
Era como si mi cuerpo se hubiera revelado contra mi mente.
Miré mis manos temblorosas, luego el cigarro en el suelo, después esa sonrisa serena en el ataúd y en ese momento lo entendí.
Algo me había tocado.
Cuando se abrió el ataúd, algo invisible, pero indiscutible había penetrado en mí.
No era visible, pero era más real que la tierra bajo mis pies.
Mi adicción se había roto, no gradualmente, de repente, por completo, como un milagro.
Durante la siguiente media hora, Rosini examinó el cuerpo, midió la temperatura del ataúd, tomó fotografías, recolectó muestras.
El padre Yuspe continuaba sus oraciones.
Yo, a 3 m de distancia miraba mis manos como un extraño.
El temblor había cesado, mis manos estaban tranquilas, pero todo había cambiado.
Incluso el amarillo de mis dedos parecía haberse desvanecido.
Toqué la cajetilla de cigarros en mi bolsillo.
No sentí nada, ni hambre, ni crisis, ni desesperación.
Era como tocar un lápiz o una moneda.
Esa fuerza que me había controlado durante 30 años había desaparecido por completo.
Franco, ayuda.
Llamó Rosini.
Fui hacia él.
Necesitamos levantar al chico para examinar la parte posterior.
Alberto y yo nos posicionamos.
Deslicé mis manos bajo los hombros de Carlo.
Esperaba encontrar rigidez o la fragilidad de una momia, pero lo que sentí fue suavidad.
No estaba caliente, estaba frío.
Sin embargo, era una suavidad antinatural para una muerte de 12 años.
Era como tocar a una persona en sueño profundo.
Solo levantamos el cuerpo unos centímetros.
Rosini metió su mano debajo.
No hay manchas de muerte.
La rigidez ha pasado.
La elasticidad pertenece a un cuerpo que murió hace horas.
Colocamos el cuerpo en su lugar.
Cuando retiré mis manos, había un ligero hormigueo en mis palmas.
Rosini colocó el termómetro, esperó 30 segundos, miró y frunció el ceño, midió de nuevo.
“Esto no es posible”, dijo.
Lo intentó por tercera vez.
¿Qué pasó?, preguntó Bernardi.
Rosini se volvió hacia él con una expresión mezclada de miedo y asombro.
La temperatura corporal es de 19 gr, 3 gr más alta que el ambiente.
El lugar quedó sumido en silencio.
Eso es imposible, dijo Bernardi.
Un cuerpo que no respira no produce calor.
Lo sé, dijo Rosini.
Por eso me di tres veces.
Pero el resultado es el mismo.
Este cuerpo está trados más caliente de lo que debería.
El padre Yusepe se persignó.
La presencia de Dios.
Dios está mostrando que este cuerpo es santo.
No sé si creo en Dios, pero sé muy bien lo que vi, lo que olí y lo que sentí.
Cuando salimos del cementerio a las 6 de la tarde, habíamos terminado 8 horas de documentación.
Sellamos al chico porque sería llevado a Roma.
En ese momento me di cuenta de que mi adicción al cigarro había terminado.
Realmente había terminado.
La urgencia de fumar había desaparecido por completo, como si nunca hubiera existido.
Esa noche me quedé en un hotel en Asís.
Alberto había ido al bar.
Rosini estaba escribiendo el informe.
El padre Yuspe estaba rezando en la capilla.
Yo estaba sentado en el borde de la cama mirando la cajetilla de cigarros.
Quedaban 32.
Normalmente a esta hora ya habría fumado 60 cigarros.
Ese día había fumado 28 en el camino y desde las 8:30 de la mañana no había fumado nada.
Eran las 10, llevaba 13 horas y media sin nicotina.
Mi récord anterior eran dos días, pero había sido un infierno total.
Ahora no sentía nada.
No había ansiedad ni deseo, ni una necesidad física, ni una inquietud dentro de mí.
Era como si los receptores en mi cerebro, que habían querido nicotina durante 30 años, se hubieran silenciado por completo.
Me levanté, caminé al baño, levanté la tapa del inodoro y rompí los 32 cigarros de la cajetilla, uno por uno, y los tiré al agua.
Los vi flotar destrozados.
Luego jalé la cadena, los vi desaparecer en el remolino.
30 años de adicción, 27 intentos fallidos.
incontables promesas incumplidas.
Todo se fue por ese inodoro.
Regresé a la habitación y me acosté en la cama sin siquiera quitarme la ropa.
Durante aproximadamente 30 años no había pasado un solo día sin olor a cigarro en la casa.
Esa noche tuve un sueño extraño, pero sereno, lleno de rosas blancas.
Por primera vez en mucho tiempo desperté alrededor de las 7 de la mañana, sintiéndome verdaderamente descansado.
Era 24 de enero.
En cuanto abrí los ojos, por costumbre busqué el cigarro, pero mis dedos tocaron la mesa vacía.
Por un momento no pude recordar dónde estaban los cigarros.
Luego todo volvió de golpe.
El ataú del olor a rosas, mis manos temblorosas y haberlos roto y tirado todos a la basura la noche anterior.
Presa del pánico, me senté en la cama y esperé.
Un adicto al cigarro de 30 años no se siente bien cuando despierta sin su cigarro.
Debería estar sudando.
Sus manos deberían temblar.
Su estómago debería estar revuelto.
Pero no pasaba nada.
Dentro de mí solo había una calma profunda y extraña.
Caminé hacia el espejo.
Mis ojos se veían diferentes.
El color amarillento se había aclarado.
Las ojeras bajo mis ojos no eran tan marcadas como antes.
Mi piel se veía más viva.
Toqué mi cara, me pellizqué.
¿Qué me hiciste, Carlo? Susurré.
No esperaba una respuesta, pero aún así sentí algo.
Era como si alguien invisible estuviera parado justo detrás de mi hombro.
Observándome en silencio, bajé al comedor.
Alberto bebía su café negro con aspecto de no haber dormido.
Habló con voz ronca sin levantar la cabeza.
Franco, anoche bebí media botella de whisky tratando de entender lo que vimos.
No me lo puedo sacar de la cabeza.
Lo sé”, dije.
Alberto miró mi rostro por un largo rato.
No sé qué es lo que tienes, pero estás diferente.
Hay algo raro en ti.
Dejé la taza lentamente sobre la mesa.
Desde las 8:30 de ayer por la mañana no he fumado.
Ya van 26 horas.
Sus ojos se abrieron enormes.
26 horas.
Pero tú fumas sin parar.
No aguantas ni 15 minutos sin un cigarro.
¿Cómo es posible? Realmente yo tampoco lo sé”, dije.
Desde que abrimos ese ataúd, desde que vi su rostro, desde que olí esas rosas, algo cambió.
Es como si la edicción se hubiera apagado de repente, como si alguien hubiera presionado un interruptor.
Una costumbre de 30 años se silenció.
Alberto asintió lentamente.
Eso no es médicamente posible, Franco.
La adicción a la nicotina es algo físico.
Tu cuerpo ha dependido de ella durante 30 años.
Ahora mismo deberías estar temblando, sudando, sin poder pensar en otra cosa.
Lo sé, pero no estoy experimentando nada de eso.
De hecho, me siento mejor de lo que me he sentido en años.
Hasta mis pulmones están diferentes.
No está ese viejo silvido puedo respirar profundamente.
Alberto se inclinó hacia delante y bajó la voz.
¿Crees que fue él, el chico en el ataúd Carlo? ¿Crees que de alguna manera te sanó? No respondí de inmediato.
La pregunta era demasiado grande, demasiado imposible.
Finalmente dije, “No sé en qué creer, pero sé lo que siento y estoy seguro de que algo anormal sucedió en ese cementerio.
Ese día regresamos a Milán.
” El viaje de 4 horas transcurrió en silencio.
Yo manejaba solo.
Normalmente esto significaría que encendería un cigarro cada minuto.
Aunque no fumara, mi cuerpo lo desearía y no podría resistir.
Era verdad, imposible, pero verdad.
A las 5 llegué a mi casa.
Isabella estaba en la cocina.
Cuando entré se volteó.
Franco, llegaste temprano.
Se detuvo a mitad de la frase, me miró por un momento, se acercó un poco y me olió.
¿Cómo es posible? Dijo.
Cuando le pregunté qué pasaba, dijo, no hueles a cigarro.
No había pensado en cómo había cambiado mi olor.
Durante 30 años el olor a tabaco había sido mi perfume constante.
Isabela había aprendido a vivir con ello odiando cada segundo.
Pero ahora, después de 36 horas sin fumar, ese olor se estaba disipando.
Dejé de fumar, dije simplemente.
Las palabras sonaron extrañas.
Había dicho esas palabras 27 veces antes, llenas de esperanza desesperada.
inevitablemente seguidas de fracaso, pero esta vez se sentían diferentes, se sentían reales.
Isabella me miró con una mezcla de esperanza y escepticismo que me rompió el corazón.
Franco, mi amor, has dicho esto antes, muchas veces.
Solo no quiero ilusionarme.
Esta vez es diferente.
La interrumpí.
Isabella, algo pasó en Asís, algo que no puedo explicar, pero sé que no volveré a fumar.
La adicción se fue.
No estoy luchando contra ella.
No estoy usando fuerza de voluntad.
Simplemente se fue.
Ella estudió mi rostro.
Después de 22 años de matrimonio.
Podía hablar con mis ojos.
Tus ojos se ven diferentes, más claros.
Y tu piel, Franco, tu piel tiene mejor color.
Esa noche durante la cena, con Julia y Chiara sentadas a la mesa, por primera vez en meses sin salir al balcón cada 15 minutos, les conté todo.
Les conté sobre la exumación, sobre el cuerpo imposiblemente preservado de Carlo Acutis, sobre el olor a rosas, sobre cómo mi adicción desapareció en el momento en que vi su rostro.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Julia.
Papá, de verdad, esta vez de verdad, de verdad, mi amor.
Respondí tomando su mano.
Tu papá es libre.
Chiara se levantó y me abrazó como si nunca nos hubiéramos abrazado antes, aunque había pasado como un año.
Hundió su cara en mi hombro.
Estaba llorando.
Ya no hueles mal, papá.
Solosó.
Por fin.
Ya no hueles mal.
Esa noche Isabela y yo dormimos en la misma cama por primera vez en 3 años.
Solo nos acostamos uno junto al otro.
No sé exactamente qué pasó en Así”, susurró antes de quedarse dormida.
“Pero gracias a Dios, gracias a Dios y a ese niño Carlo.
Estaba mirando el techo en la oscuridad.
El pecho de Isabela subía y bajaba rítmicamente con su respiración tranquila.
podía sentirlo.
Por primera vez en décadas no había un cenicero sobre mi mesita de noche, ni una cajetilla escondida por si me daban ganas en la noche.
En su lugar solo había paz y una sola pregunta que no salía de mi mente.
¿Quién era realmente Carlo Acutis? Los días siguientes pasaron como un sueño.
Cada mañana esperaba que la adicción regresara, que todo volviera a desmoronarse.
Pero no pasó nada.
Los días eran iguales.
No había deseo, no había urgencia, solo una claridad mental y la creciente sensación de poder respirar profundamente sin dolor.
Hermano, lo que escucharás en la segunda parte de este testimonio te mostrará que el milagro que viví fue en realidad solo el comienzo, porque después de esa exumación, mi vida cambió por completo.
Mis pulmones se recuperaron a una velocidad que médicamente se consideraría casi imposible.
Mi familia se reunió de nuevo y aprendí quién era realmente Carlo Acutis y por qué Dios lo usó para salvarme.
Si tú también estás luchando con una adicción, si has fracasado a pesar de intentarlo una y otra vez y piensas que ya no queda esperanza, debes escuchar lo que voy a contar a continuación, porque San Carlos Acutis salvó mi vida y puede salvar la tuya también.
Hermano, si has seguido hasta aquí, ya debes estar preguntándote qué pasó.
Una semana después de Asís, el primero de febrero, fui a ver a mi neumólogo, el Dr.
Moretti.
No sabía nada de Carlo ni de la exhumación.
Lo único que sabía era que un mes antes me había dado un ultimátum claro.
O dejas el cigarro o mueres joven.
Cuando entré al consultorio, levantó la cabeza, se quitó los lentes lentamente y dijo directamente, “Franco, dejaste de fumar.
” No era una pregunta, era una afirmación.
El cambio en mi apariencia era tan obvio que lo entendió en un segundo.
Sí, doctor, dije.
Llevo 9 días.
Me miró con esa mirada familiar, un poco cansada, un poco escéptica, de alguien que ha visto a docenas de pacientes hacer promesas falsas durante años.
9 días.
No está mal, Franco, pero la verdadera prueba comienza en la segunda semana, cuando la abstinencia física golpea con toda su fuerza.
Es que no he tenido ninguna abstinencia, dije.
Frunció el ceño.
No me creyó.
No digas tonterías.
Llevas 30 años fumando tres cajetillas al día.
Tu cuerpo está encadenado a la nicotina.
Deberías estar experimentando síntomas severos de abstinencia ahora mismo.
Tienes razón.
Debería,” dije, “pero no los estoy experimentando.
” Me examinó de pies a cabeza.
Escuchó mis pulmones con el estetoscopio.
Con cada respiración sus tejas se fruncían un poco más.
Pidió una nueva radiografía de tórax.
Pidió pruebas de respiración.
Cuando los resultados llegaron media hora después, miró los reportes en silencio durante tanto tiempo, que de repente la habitación se sintió helada.
Finalmente me miró con una expresión que nunca antes había visto en su rostro profesional.
Había asombro del tipo que no podía ocultar aunque lo intentara.
Franco dijo echando otro vistazo a los resultados en la computadora.
Tus pulmones se han recuperado increíblemente bien.
En diciembre estabas alrededor del 40%.
Ahora has subido a más del 52.
Hizo una pausa por un momento.
Tanta diferencia en 5co semanas.
Realmente no es algo que se vea muy seguido, se reclinó en su silla.
Normalmente, incluso en pacientes que dejan de fumar, no vemos esta recuperación hasta que pasan meses.
En tu caso, con ese daño tan severo, dijo y dejó la frase a medias, sacudiendo ligeramente la cabeza, yo esperaba a lo mucho que el deterioro se desacelerara.
No más que eso, escuché lo que decía en silencio.
Una sola cosa daba vueltas en mi cabeza.
Cco semanas.
Doctor, dije, finalmente, voy a contarle algo que le va a parecer extraño.
Empecé con Carlo Acutis, su exumación, el estado inesperado del cuerpo, ese momento que viví en la iglesia.
Mientras contaba, no me di cuenta qué parteía, dónde me detenía, solo hablaba.
Moretti no me interrumpió ni una vez.
Al principio había una expresión distante en su rostro, la mirada de alguien que escucha pero no cree.
Luego esa mirada cambió lentamente.
No era exactamente duda, tampoco aceptación, era algo más complejo.
Cuando terminé, se quitó los lentes y los limpió cuidadosamente, como si hubiera algo que no debía apresurar.
Franco dijo finalmente, “Toda mi vida he trabajado confiando en la ciencia.
Llevo 35 años en esto.
La mayoría de las cosas tienen una explicación, algunas no la tienen.
Después de una breve pausa, añadió, “Lo que te pasó no está del lado que yo puedo explicar.
” También me dijo lo que escribiría en mi expediente.
En los registros oficiales.
Voy a poner se observa regresión de los hallazgos de Epocés dejar de fumare.
comilla.
No dijo nada más.
Yo no pregunté.
Ambos sabíamos que esto no era una simple frase escrita en expedientes.
El doctor me miró con asombro, una expresión que no había visto antes en su rostro.
Franco, tus pulmones se han recuperado increíblemente.
En diciembre estabas alrededor del 40, ahora estás como en 52.
Un aumento de como 10 en 5 semanas.
Hizo una pausa por un momento.
Normalmente no es tan rápido.
En alguien con daño tan severo como tú.
Realmente no lo esperaba.
Doctor, voy a contarle algo extraño, dije.
Le hablé de Carlo a Cutis, de su cuerpo sin descomponer y de cómo mi adicción desapareció instantáneamente en la iglesia.
Moretti al principio estaba escéptico.
Luego su expresión cambió, se quitó los lentes y los limpió.
Soy un hombre de ciencia.
He visto cosas que no puedo explicar.
La tuya es una de ellas.
Cuando salí del consultorio, todavía estaba asombrado.
Mis pulmones se estaban recuperando increíblemente rápido.
Era como si Carlo hubiera tocado desde su tumba de alguna manera.
En los días siguientes lo investigué.
Era un joven italiano que murió a los 15 años.
Tuvo una vida corta, pero muy devota.
Iba a misa todos los días y documentaba milagros.
Su frase más conocida, todos nacemos originales, pero muchos morimos siendo copias.
Mientras más leía sobre él, sentía una extraña conexión con este niño que no conocía.
Había cambiado mi vida incluso después de su muerte.
Mientras yo intentaba contar cosas con la tecnología, su mundo estaba lleno de fe y milagros.
Ambos, aunque por caminos diferentes, nos habíamos enfrentado a la muerte.
El 15 de febrero, tres semanas después de la exhumación, Isabela y yo estábamos sentados en la sala después de que las niñas se durmieron.
Isabela de repente dijo, “Franco, necesito decirte algo.
” El tono de su voz me tomó completamente desprevenido.
He estado rezando.
Nunca te lo dije porque sé que no eres religioso, pero desde el día en que el doctor dijo que morirías joven, durante 5 años he ido a la iglesia cada domingo.
Encendí velas, recé el rosario, le supliqué a Dios, a la Virgen María y a todos los santos que te liberaran de tu adicción.
Mientras decía esto, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Luego, hace tres semanas llegaste a casa completamente diferente.
Eras libre.
Me hablaste de ese niño.
Carlo Acutis.
Yo también investigué sobre él y Franco.
¿Sabes cuál es su día de fiesta? Sacudí la cabeza.
El 12 de octubre, el día que murió en 2006.
Mi corazón casi se detuvo.
¿Y qué importancia tiene eso?, pregunté sosteniendo mi mano firmemente.
Dijo, porque el 12 de octubre de 2018, exactamente tr meses antes de que lo exumaras, fui a una iglesia en Milán, donde están las reliquias de Carlo Acutis.
Había un pequeño pedazo de su ropa.
Me arrodillé frente a esa reliquia y recé específicamente.
Un día recé a San Carlos Acutis desde dentro de mí.
Si realmente eres un santo, por favor ayuda a mi esposo a liberarse de esa costumbre de una vez por todas.
Recé esa oración específicamente tocando un pedazo de la ropa de Carlo en la iglesia muy desde el corazón.
Pasaron tres meses.
Una noche Franco de repente se volvió hacia mí.
Su voz temblaba.
Mi esposa, resulta que habías estado rezándole a Carlo Acutis por mí sin siquiera saber su nombre.
Me sorprendí.
¿Cómo podía saberlo? Luego me contó, tr meses antes en Asís, el día que abrieron la tumba de Carlo, esa adicción desapareció de repente, como si nunca hubiera existido.
Terminó en un instante.
No existe la casualidad, dijo con los ojos llenos de lágrimas.
Creo que escuchó tu oración, Isabela.
Esperó el momento exacto.
Y ese momento fue cuando abrí su ataúdos.
El momento en que nos encontramos cara a cara, algo sucedió que ya no puedo negar.
Esa noche dormí, pero tuve un sueño muy extraño.
Había vuelto al cementerio de Asís.
El ataúdlo estaba abierto, pero él no estaba acostado como muerto, estaba sentado.
Me miró con esos ojos serenos y limpios de joven y habló con una voz clara y suave.
Franco, tus pulmones fueron mi regalo para ti, pero esto es solo el comienzo.
Hay cosas que necesitas contarle a otros.
Necesitas dar testimonio.
Tu vida no fue salvada.
solo para ti.
Fue salvada para que puedas mostrarle a otros que los milagros todavía suceden, que Dios todavía está obrando.
Desperté llorando.
Eran las 3 de la mañana.
Isabela dormía profundamente a mi lado.
Había paz en su rostro.
Me levanté en silencio y fui a mi oficina.
Me senté sin encender la luz.
En la oscuridad, solo el reloj en la pantalla parpadeaba.
Una sola frase pasaba por mi mente.
Ya no puedo guardar silencio.
Así fue esa noche.
Lo que vino después es otra historia.
Les di los nombres de mi doctor, mi esposa, mis hijas y Alberto.
Todos podían confirmar que había fumado durante 30 años y que dejé de fumar de repente.
Uno de los investigadores, era un hombre mayor con cabello blanco y mirada penetrante, hizo una pregunta que nunca podré olvidar.
Señor Lombardi, esta vez solo funcionó su fuerza de voluntad.
Ver este cuerpo lo impulsó a dejar de fumar.
Lo miré a los ojos.
Señor, dije, durante 30 años intenté dejar de fumar 27 veces.
Probé todos los métodos, pero siempre fracasé.
No bastó cuando mi padre murió de cáncer de pulmón.
No bastó cuando mis hijas lloraban.
Tampoco bastó cuando mi doctor me dijo que me quedaban 5 años de vida.
Pero en el momento en que vi el rostro de Carlo Acutis, algo cambió.
No fue fuerza de voluntad, fue como si un interruptor se hubiera apagado dentro de mí.
Fue un milagro.
Pasaron los meses.
Mi deseo de fumar desapareció por sí solo.
La adicción de 30 años era como si nunca hubiera existido.
Mis pulmones mejoraron progresivamente.
En mayo de 2019, 5 meses después de la exhumación, el Dr.
Moretti hizo nuevas pruebas.
Mis pulmones funcionaban al 63%.
El Dr.
Moreti sacudió la cabeza y dijo, “Franco, esto es extraordinario.
Hay un aumento de 23% en 4 meses.
En toda mi carrera nunca he visto una recuperación así.
” En junio, Isabela y yo renovamos nuestros votos matrimoniales en una pequeña ceremonia en la iglesia.
Julia y Chara fueron testigos.
Isabela lo quería especialmente.
Siento que recuperé a mi esposo.
Quiero celebrarlo.
Durante el verano comencé a compartir mi historia cada vez que me invitaban.
Al principio, hablar frente a mucha gente era difícil.
Temblaba por dentro, pero conforme veía rostros similares al mío en la audiencia, encontré fuerzas, personas atadas a la adicción, desesperadas, que habían intentado muchas veces, pero no lo habían logrado.
Al final de cada charla, alguien se me acercaba y decía entre lágrimas, “Tu historia me dio esperanza.
Quizás yo también pueda liberarme.
En octubre de 2019, 9 meses después de la exhumación, mis pulmones subieron al 72%.
El Dr.
Moretti escribió una nota en mi expediente.
Recuperación extraordinaria de Epoc severo.
Aumento de 32 puntos porcentuales en 9 meses.
Un caso valioso para publicación médica, pero más importante que los números, era cómo me sentía.
Ya podía subir escaleras sin quedarme sin aliento.
Podía correr con mis hijas en el parque.
Podía caminar cómodamente con Isabela.
Había recuperado mi vida.
En octubre de 2020 y yo Carlo Acutis fue viatificado oficialmente.
Isabela, Julia, Chiara y yo fuimos a Asís para la ceremonia.
Había miles de personas.
El cuerpo de Carlo estaba en una urna de cristal para que todos pudieran verlo.
En ese momento lloré.
No eran lágrimas de tristeza, sino de profunda gratitud.
Este niño, a quien nunca conocí en vida, me había devuelto la mía.
Gracias, Carl, dije en silencio.
En los años siguientes, mi recuperación continuó.
En 2021, mis pulmones subieron al 76%.
En 2022, al 78, el Dr.
Moreti se volvió hacia mí y dijo, “Franco, efectivamente ganaste 20 años.
Si hubieras seguido fumando, estarías muerto o gravemente enfermo.
Tus pulmones actuales son como los de alguien que nunca fumó.
Después de todo este proceso, me jubilé.
A lo largo de mi carrera había participado en 412 exumaciones, pero la 413, la exumación de Carlo Acutis, fue la última.
Ahora dedico mi tiempo a compartir mi historia de adicción, a ir a escuelas y a ser voluntario en mi iglesia local.
Isabela a veces dice, “El viejo Franco murió en ese cementerio de Asís.
El nuevo Franco nació ahí.
Tiene razón.
Esa adicción al cigarro de 32 años ahora quedó en el pasado.
En su lugar llegó un hombre que respira, que es libre y que tiene propósito.
En septiembre de 2025, Carlo Acutis fue canonizado oficialmente como santo.
El primer santo del milenio, el santo de internet.
Decenas de miles de personas de todo el mundo vinieron a la ceremonia en Roma y yo estaba ahí.
El Papa habló de la vida corta, pero impactante de Carlo, de su amor por la Eucaristía y de cómo usó la tecnología para difundir su mensaje.
Pero ante mis ojos, Carlos siempre será el niño en ese ataú de nazís.
El niño cuyo cuerpo no se descompuso, que rompió mi adicción de 30 años en un instante.
Hoy han pasado unos 6 años desde la exumación.
Llevo casi 6 años sin fumar.
No he fumado ni un solo cigarro, ni siquiera lo he deseado.
La adicción no solo fue controlada, desapareció por completo, como si nunca hubiera existido.
Mis pulmones ahora funcionan mucho mejor y mejoran un poco más cada día.
Mi piel está sana, mis ojos están vivos, puedo respirar profundamente y no hay dolor.
Subí un poco de peso de manera saludable.
Me veo y me siento más joven.
Mi doctor sonrió en mi última visita y dijo, “Franco, tus pulmones ahora son normales para tu edad.
Es como si tus años de fumador se hubieran borrado.
Borrado, esa es la palabra correcta, no solo sanado, realmente borrado.
Es como si Carlo hubiera eliminado milagrosamente 30 años de daño.
Hace exactamente un año fui solo a Asís a ver a Carlo.
El santuario aún no había abierto.
Llegué temprano, arrodillándome frente a la urna de cristal.
susurré.
Carlo, quiero que sepas que no solo dejé de fumar, me salvé a mí mismo.
Durante 30 años me estuve matando lentamente con los cigarros, con la desesperanza, con la creencia de que no podía cambiar, pero tú me mostraste que nunca es demasiado tarde.
Dios puede transformar incluso los casos más desesperados.
Los milagros son reales.
Cerré los ojos y sentí las lágrimas cálidas y no desperdicié tu regalo.
En los últimos años les he contado tu historia a muchas personas que he visto a gente dejar sus adicciones.
He visto familias reunirse de nuevo.
He visto la esperanza renacer en sus ojos.
Mientras estaba arrodillado, algo sucedió.
Olí las rosas, exactamente el mismo olor.
No había flores frescas cerca, todas estaban marchitas.
El ataúd estaba sellado, pero el olor aún era reconocible.
Y entonces escuché una voz, no con mis oídos, sino en mi corazón, en mi alma.
La voz era joven, llena de alegría.
Franco, tu vida nunca fue en vano.
Todo te preparó para este momento, para ser testigo, para mostrar que los milagros todavía suceden en el mundo.
Gracias por tu fidelidad.
Sigue contando la historia.
Más gente necesita escucharla.
Por eso estoy aquí compartiendo esta historia.
Quizás tú también eres adicto como yo.
Quizás has intentado muchas veces y has fracasado.
Pero te lo digo con la experiencia de alguien que vivió con adicción durante 30 años y se liberó en un instante.
Nunca es demasiado tarde.
Nunca estás roto.
Si Dios pudo hacer esto por mí, puede hacerlo por ti.
Carlo Acutis es real y está intercediendo por nosotros ahora mismo.
Todo el que escuche su intersión puede encontrar esperanza y cambiar su