72 horas antes de morir, mi aijado Carlo me dijo algo que cambiaría mi vida para siempre.

Estábamos solos en aquella habitación del hospital y sus palabras resonaron con una certeza imposible en un chico de 15 años que enfrentaba la muerte.
Me tomó la mano, me miró a los ojos y dijo, “Padrino, no llores cuando me vaya.
Voy a estar más cerca de ti de lo que jamás estuve en vida.
Y cuando llegue tu momento más oscuro, yo voy a estar ahí, te lo prometo.
Me llamo Juspe Ferretti.
Tengo 72 años y durante 19 años he guardado un secreto que nadie conocía.
Un secreto sobre mi ahijado Carlo Acutis, que cambió todo lo que creía saber sobre la vida y la muerte.
Después de su beatificación, después de ver cómo millones descubren quién fue Carlo, siento que ha llegado el momento.
No voy a hablar de hechos públicos que cualquiera puede buscar.
Voy a contar lo que nadie sabe, lo que viví, lo que Carlo me prometió tres días antes de morir y lo que pasó después cuando cumplió esa promesa de la forma más imposible que podrías imaginar.
Pero hay algo más, algo que descubrí años después y que me eló la sangre.
Carlo no solo sabía que iba a morir, sabía exactamente qué iba a pasar conmigo y dejó una prueba que voy a revelar por primera vez hoy, porque ya no puedo guardar este secreto, ya no puedo fingir que lo que viví tiene explicación racional.
Conozco a Carlo desde el día en que nació.
Cuando Antonia, mi prima hermana, me pidió que fuera padrino de su primer hijo.
Sentí una emoción que nunca había experimentado.
Yo tenía 38 años, no estaba casado, no tenía hijos.
El bautizo fue el 3 de julio de 1991 en la iglesia de Santa María Segreta en Milán.
Carlo tenía apenas dos meses.
Cuando el padre Tomaso me lo entregó durante la ceremonia, el bebé me miró fijamente con esos ojos oscuros y dejó de llorar de inmediato.
Mi madre me dijo después, Juseppe, ese niño te reconoce.
Hay algo especial entre ustedes.
Con los años esa conexión se volvió innegable.
Carlo y yo teníamos una relación extraordinaria.
Cuando era pequeño, corría hacia mí.
Padrino CE.
Pasábamos horas juntos.
Yo lo llevaba al parque, le compraba helado, le enseñaba a dibujar edificios porque él adoraba los edificios.
Decía que las construcciones humanas eran una forma de imitar la creación de Dios, una forma extraña de pensar para un niño de 6 o 7 años.
Pero con Carlo todo era así.
Todo tenía una profundidad que no correspondía con su edad.
Recuerdo una tarde de invierno.
Carlo tendría unos 8 años.
Estábamos en mi estudio mirando planos.
De repente preguntó, “Padrino, ¿tú crees en el cielo?” Le dije que sí, aunque si soy honesto, mi fe siempre había sido tibia.
Iba a misa en Navidad y Pascua.
Cumplía con las tradiciones, pero no tenía esa fe ardiente que veía en otros.
Carlo me miró y dijo, “Yo lo he visto, Pepe.
He visto el cielo en mis sueños.
Es más hermoso de lo que cualquier arquitecto podría diseñar.
Me quedé helado.
Algo en mi corazón se movió.
Los años pasaron.
Carlo crecía con esa mezcla única de normalidad y santidad.
Le gustaban los videojuegos, el fútbol, las películas, pero también tenía esa devoción inquebrantable.
Misa diaria desde los 7 años, adoración eucarística, ayunos, rosarios y ese proyecto increíble sobre milagros eucarísticos que documentaba con su computadora.
A los 11 o 12 años ya había creado un sitio web catalogando cientos de casos de hostias convertidas en carne humana de vino transformado en sangre.
Me mostraba las fotos, los análisis científicos.
Yo con mi mente racional de arquitecto intentaba encontrar explicaciones lógicas, pero Carlos solo sonreía.
Padrino, algún día vas a entender.
Algún día vas a necesitar creer en esto.
Nunca imaginé que ese día llegaría de la forma más terrible.
Fue Antonia quien me llamó.
Era marzo del 2006.
Su voz estaba quebrada.
Yuspe es Carlo, tiene leucemia.
Los doctores dicen que es muy agresiva.
El mundo se detuvo.
Sentí como si me hubieran golpeado en el pecho.
Carlo, mi aijado, el chico más puro que había conocido.
¿Cómo era posible? Conduje al hospital como un autómata.
Solo recuerdo llegar al San Gerardo de Monza y caminar por esos pasillos fríos hasta la habitación 104.
Antonia estaba junto a la cama sosteniendo la mano de Carlo.
Andrea, su padre, miraba por la ventana con los hombros caídos y Carlo estaba en la cama, pálido, delgado, con una vía intravenosa en el brazo.
Pero cuando me vio, sonríó.
“Hola, Pepe”, dijo con voz débil, pero clara.
Me acerqué sin saber qué decir.
Carlo, ¿cómo estás? Y él, con esa tranquilidad imposible respondió.
Estoy bien, padrino, de verdad, esto es parte del plan de Dios.
Su madre comenzó a llorar en silencio.
Andrea se dio la vuelta, incapaz de contener las lágrimas.
Yo me senté junto a la cama, tomé la mano libre de Carlo y sentí que algo dentro de mí se rompía.
Los siguientes meses fueron un infierno.
Quimioterapia, transfusiones, procedimientos invasivos.
Carlo perdió el cabello.
Su piel tomó ese tono grisáceo de las personas muy enfermas, pero nunca perdió esa paz.
Cada vez que lo visitaba me recibía con la misma serenidad.
Hablábamos de arquitectura, de tecnología, de su sitio web, pero también de la muerte, del sufrimiento, del sentido de todo.
Y Carlos siempre me decía, “Pepe, la muerte no es el final, es solo un paso.
Y todo esto tiene un propósito que todavía no entendemos.
” En septiembre del 2006, los doctores nos dijeron que el tratamiento no funcionaba.
El cáncer se había extendido.
Ya no había nada más que hacer.
Carlo podía ir a casa, pasar sus últimas semanas con su familia.
Cuando Antonia me lo dijo, no pude hablar.
Solo escuché su llanto.
Esa noche no dormí.
Me quedé despierto mirando las luces de Milan, preguntándome por qué Dios permitía esto.
Si realmente existía un Dios, ¿cómo podía llevarse a un chico como Carlo? Pero lo que no sabía era que Carlo tenía algo que decirme, algo que solo yo escucharía.
Fue el 9 de octubre del 2006, 72 horas exactas antes de que Carlo muriera.
Su madre me había llamado.
Yusepe.
Carl preguntó por ti, quiere verte.
Dice que necesita hablar contigo a solas.
Llegué a su casa alrededor de las 3 de la tarde.
Andrea me abrió con los ojos rojos e hinchados.
me abrazó sin decir palabra y señaló hacia la habitación de Carlo.
Subí las escaleras despacio, toqué la puerta.
Adelante, Bepe, dijo la voz de Carlo.
La habitación estaba en penumbra, solo una lámpara pequeña encendida.
Carlo estaba recostado, muy delgado, pero sus ojos brillaban con intensidad.
“Hola, padrino”, dijo con una sonrisa débil.
Me senté y tomé su mano.
Estaba fría.
Carlo, cariño, ¿cómo estás? Estoy bien, respondió.
Pero necesito decirte algo importante, algo que solo tú puedes escuchar.
Asentí sin poder hablar.
Padrino, me voy a ir pronto.
Lo sé.
No tengas miedo por mí porque voy a un lugar hermoso.
Pero lo que quiero que sepas es esto.
No me voy a ir realmente.
Voy a estar más cerca de ti de lo que jamás estuve en vida.
Intenté interrumpirlo, pero apretó mi mano.
Déjame terminar, Pepe.
Va a llegar un momento en tu vida en el que vas a estar en tu hora más oscura.
Vas a sentir que todo está perdido, que no hay salida, que la muerte te rodea.
Y en ese momento quiero que recuerdes esto.
Voy a estar ahí.
Voy a ayudarte.
Te lo prometo con todo mi corazón.
¿Cómo vas a ayudarme si no estás aquí? Susurré entre soyosos.
Carlos sonrió.
Porque la muerte no es el final, padrino.
Es solo un cambio de forma.
Mi cuerpo va a descansar, pero mi espíritu va a estar libre y desde el cielo voy a poder hacer cosas que ahora no puedo.
Voy aar interceder por ti, rezar por ti, estar contigo de formas que ni imaginas.
Cuando llegue ese momento, vas a saber que soy yo.
Vas a recibir señales tan claras que no podrás negarlas.
Y entonces, cuando estés en tu momento más desesperado, llámame, rézame, pídeme ayuda y yo voy a responder.
Carlo, no quiero perderte.
Fue todo lo que pude decir.
Él me abrazó con las pocas fuerzas que le quedaban.
No me vas a perder, Bepe, nunca.
Voy a estar ahí siempre observándote, cuidándote.
Lloramos juntos.
Cuando me separé, Carlo me dijo, “Hay una cosa más.
Cuando todo esto pase, cuando veas que mi promesa se cumplió, quiero que lo cuentes.
Quiero que le digas al mundo que los milagros son reales, que la muerte no es el final, que Dios escucha.
Lo harás por mí.
” “Lo haré”, le prometí.
Salí de esa habitación sintiendo como si me hubieran vaciado.
Antonia esperaba en el pasillo.
¿De qué hablaron? No pude decírselo.
Solo la abracé y lloramos.
Esas fueron las últimas palabras que Carlo me dijo.
Tres días después, en la madrugada del 12 de octubre del 2006, Carlo Acutis murió.
La llamada llegó a las 6:30 de la mañana.
Era Andrea.
Yusepe.
Carlos se fue hace unos minutos.
A las 6:15 estaba en paz sonriendo.
Me quedé paralizado en el borde de mi cama.
El dolor era físico.
Me vestí mecánicamente y conduje a casa de los acutis.
Cuando llegué, había varias personas.
Subí a la habitación de Carlo.
Estaba en su cama con los ojos cerrados, las manos cruzadas.
parecía dormido.
En su rostro había una pequeña sonrisa de paz absoluta.
Recordé sus palabras.
No llores cuando me vaya.
Pero no pude evitarlo.
El funeral fue tres días después en la iglesia de Santa María Segreta.
Miles de personas vinieron.
Durante la misa sentí algo extraño, una presencia, como si Carlo estuviera ahí entre nosotros.
No era una sensación vaga, era algo tangible, real.
Miré alrededor y vi que otras personas también lo experimentaban.
Después del funeral comenzaron las señales.
Cco días después de su muerte, estaba en mi estudio cuando escuché una melodía.
Era una caja musical que Carlo me había regalado cuando tenía 10 años.
Tocaba el Ave María.
El problema era que la caja estaba cerrada y estaba sonando.
Me acerqué, la tomé, la música seguía sonando, la abrí y el mecanismo estaba roto.
Había estado roto por años, sin embargo, estaba funcionando.
La música continuó casi un minuto antes de detenerse.
Me quedé ahí temblando.
Una semana después, conduciendo hacia el centro, una foto cayó de la visera del sol.
Una foto que yo no había puesto ahí.
era de Carlo y yo en su primera comunión.
Él tenía 7 años.
Estábamos frente al altar de Santa María Segreta sonriendo.
Yo no tenía esa foto, nunca la había visto.
En el reverso, con la letra infantil de Carlo, decía para mi padrino Bepe, con amor eterno, Carlo.
Las señales continuaron.
Plumas blancas en lugares imposibles.
El olor a incienso en mi departamento sin razón y sueños.
Sueños vívidos con Carlos Radiante.
Feliz me decía, “Recuerda mi promesa, Bepe.
Estoy esperando el momento.
” Me despertaba sudando, sintiendo que algo grande se acercaba.
Entonces llegó febrero del 2009, 2 años y 4 meses después de la muerte de Carlo.
Y mi mundo se derrumbó.
Comenzó con síntomas extraños, dolor en el pecho, dificultad para respirar, fatiga extrema que no podía explicar.
Al principio lo atribuía al estrés del trabajo.
Tenía varios proyectos grandes en marcha y había estado durmiendo poco, pero los síntomas empeoraban.
Una mañana, mientras me duchaba, sentí un dolor tan agudo en el pecho que caí de rodillas.
Logré salir, llamar a un taxi, llegar al hospital.
En urgencias me hicieron electrocardiogramas, análisis de sangre, radiografías.
Los doctores estaban desconcertados.
“Hay algo mal”, me dijeron.
Pero no podemos determinar exactamente qué me hospitalizaron para hacer más estudios, tomografías, resonancias, ecocardiogramas, días de pruebas interminables y cada resultado era más confuso que el anterior.
Había inflamación en mi corazón, pero no era un infarto.
Había irregularidades en mis pulmones, pero no era neumonía ni cáncer.
Los doctores empezaron a hablar en términos vagos.
posible enfermedad autoinmune.
Síndrome inflamatorio de origen desconocido.
Necesitamos hacer más pruebas.
Me pusieron en tratamientos experimentales.
Corticosteroides que me hinchaban la cara y me hacían sentir febril.
Antibióticos de amplio espectro por si era alguna infección rara.
Nada funcionaba, al contrario, empeoraba.
En marzo ya no podía caminar más de 10 m sin quedarme sin aire.
Mi piel había tomado un tono grisáceo.
Había perdido casi 15 kg.
Cuando me miraba al espejo, veía a un hombre viejo y enfermo que no reconocía.
El Dr.
Richi, el cardiólogo a cargo de mi caso, me llamó a su oficina un día.
Su expresión era grave.
Juspe, voy a ser honesto contigo.
No sabemos qué está pasando.
Hemos consultado con especialistas en Roma, en Suiza.
Nadie puede darnos un diagnóstico claro.
Lo único que sabemos es que tu cuerpo se está deteriorando rápidamente y no sabemos cómo detenerlo.
“Me voy a morir”, le pregunté.
La pregunta salió de mis labios antes de que pudiera detenerla.
El Dr.
Richi bajó la mirada.
No lo sé, Yusepe.
Sinceramente no lo sé, pero si no encontramos una respuesta pronto, la situación es crítica.
Esa noche, solo en mi habitación del hospital, sentí el miedo más profundo de mi vida.
No era solo miedo a la muerte, era miedo a morir sin entender por qué, sin despedirme, sin haber hecho todo lo que quería hacer.
Pensé en Carlo.
Pensé en cómo él había enfrentado su muerte con tanta paz.
Y yo a mis 56 años estaba aterrorizado, lleno de rabia, de frustración, de desesperación.
Me pregunté dónde estaba Dios, si realmente existía, ¿por qué permitía esto? ¿Por qué me estaba quitando de esta forma, sin explicación, sin sentido? Y entonces, en medio de esa oscuridad total, recordé la promesa de Carlo.
Va a llegar un momento en tu vida en el que vas a estar en tu hora más oscura.
vas a sentir que todo está perdido y en ese momento voy a estar ahí.
Este era el momento.
Este era el momento del que Carlo había hablado.
Mi hora más oscura.
Era pasada la medianoche del 26 de marzo del 2009.
Los pasillos del hospital estaban en silencio.
Solo se escuchaba el pitido constante de las máquinas y los pasos ocasionales de alguna enfermera.
Yo estaba despierto, mirando el techo, sintiendo cada respiración como un esfuerzo monumental.
El dolor en mi pecho era constante.
Sabía que no me quedaba mucho tiempo.
Podía sentirlo.
Mi cuerpo se estaba rindiendo y en ese momento, con la oscuridad absoluta de la noche rodeándome, tomé una decisión.
No tenía nada que perder.
Los doctores no podían ayudarme.
La medicina había fallado.
Si iba a morir, al menos intentaría creer.
Al menos cumpliría con la promesa que le hice a Carlo.
Me senté en la cama con dificultad, junté las manos, algo que no había hecho con verdadera intención en años, y comencé a hablar en voz baja, apenas un susurro.
Carl dije, si realmente estás ahí, si realmente puedes escucharme, necesito tu ayuda ahora.
Me estoy muriendo, Carl.
Los doctores no saben qué hacer.
No sé qué hacer y tengo miedo, mucho miedo.
Tú me dijiste que cuando llegara mi hora más oscura tú estarías ahí.
Pues bien, aquí estoy.
Esta es mi hora más oscura.
No puedo más, Carl, no puedo.
Las lágrimas corrían por mi rostro, la voz se me quebraba.
Tú me prometiste que me ayudarías.
Cumple tu promesa, por favor.
No estoy listo para morir todavía.
No, hay cosas que quiero hacer.
Hay vida que quiero vivir.
Si Dios existe, si tú estás con él, intercede por mí.
Sálvame, Carlo.
Por favor, sálvame.
Oré durante horas.
Repetí las pocas oraciones que recordaba de mi infancia.
El Padre Nuestro, el Ave María.
Dije el nombre de Carlo una y otra vez.
Le hablé como si estuviera ahí en la habitación escuchándome.
Le conté mis miedos, mis arrepentimientos, mis esperanzas y poco a poco algo comenzó a cambiar.
No fue dramático, no hubo luces celestiales ni voces del cielo.
Fue algo más sutil.
Fue una sensación de paz que comenzó a llenar mi pecho.
El dolor seguía ahí, pero de alguna forma era más soportable.
La ansiedad que me había atenazado durante semanas comenzó a aflojarse y entonces sentí una presencia, la misma presencia que había sentido en el funeral de Carlo, como si alguien hubiera entrado en la habitación, aunque yo sabía que estaba solo.
Una presencia cálida, protectora, familiar.
Y en mi mente, clara como el cristal, escuché una voz.
No era una voz audible, era algo interno, pero tan real como cualquier sonido externo.
Y decía, “Todo va a estar bien, Pepe.
Confía.
” Me quedé dormido después de eso.
No sé a qué hora.
Solo recuerdo que el agotamiento me venció y caí en un sueño profundo, el primero en semanas.
Y tuve un sueño.
Estaba en un jardín hermoso, lleno de flores de colores que nunca había visto.
El sol brillaba con una luz dorada que no lastimaba los ojos.
Y ahí estaba Carlo, no como lo recordaba al final, enfermo y delgado, sino como era antes, radiante, lleno de vida, sonriendo.
“Hola, padrino, me dijo.
Te lo dije, estoy aquí.
Me acerqué a él, o al menos intenté.
Pero había una distancia que no podía cruzar.
“Carlo, ¿es real esto?”, le pregunté.
“Tan real como lo necesitas que sea”, respondió.
“Vine a decirte que todo va a estar bien.
Mañana cuando despiertes vas a comenzar a sanar.
” Los doctores no lo van a entender, pero no importa.
Lo importante es que vas a vivir, Pepe, porque todavía hay trabajo que tienes que hacer.
¿Qué trabajo? Le pao.
Pregunté.
Carlos sonríó.
Ya lo sabrás.
Pero por ahora solo confía y recuerda esto.
Cuando todo haya pasado, cuando estés sano de nuevo, quiero que cumplas tu promesa.
Quiero que cuentes esta historia.
Porque hay personas que necesitan saber que los milagros son reales, que la muerte no es el final, que Dios escucha las oraciones desesperadas de las 3 de la mañana.
Extendió su mano hacia mí.
Yo extendí la mía.
Y justo cuando nuestros dedos estaban por tocarse, desperté.
Era de día.
La luz del sol entraba por la ventana de la habitación del hospital y algo era diferente.
Algo en mi cuerpo se sentía distinto.
Me incorporé en la cama esperando el dolor agudo en el pecho que había sido mi compañero constante durante semanas.
No estaba.
Respiré profundamente.
El aire entró a mis pulmones con facilidad.
Sin presión, sin dolor.
Me toqué el pecho, palpé mi corazón, la tía normalmente, fuerte, regular.
Me puse de pie el mareo, la debilidad, nada.
Mis piernas me sostenían sin problema.
Caminé hasta el baño.
Me miré en el espejo.
Mi piel ya no estaba grisácea.
Había color en mis mejillas.
Mis ojos estaban claros.
Era como si durante la noche alguien hubiera reemplazado mi cuerpo enfermo con un hoszano.
Llamé a la enfermera.
Ella entró corriendo asustada porque no debía estar de pie.
Señor Ferretti, ¿qué está haciendo? Vuelva a la cama inmediatamente.
No lo entiendes, le dije.
Me siento bien, realmente bien.
Ella me miró con escepticismo, pero me ayudó a volver a la cama y llamó al Dr.
Richi.
Cuando él llegó, su expresión era de confusión total.
Me revisó, escuchó mi corazón, tomó mi presión, pidió que trajeran el equipo de electrocardiograma portátil.
Los resultados lo dejaron boque abierto.
“Esto no es posible”, murmuraba mientras miraba las lecturas.
“Ayer estaba al borde de la insuficiencia cardíaca.
Hoy su corazón funciona perfectamente.
Ordenó una batería completa de pruebas, análisis de nudens sangre, tomografías, resonancias.
Durante todo el día me sometieron a examen tras examen y cada resultado era el mismo, normal, completamente normal.
Al día siguiente, el doctor Richi reunió a un equipo de especialistas.
Seis médicos diferentes revisaron mi caso.
Compararon los resultados de marzo con los resultados actuales, debatieron teorías.
Al final me llamaron a una sala de juntas.
Todos estaban ahí sentados alrededor de una mesa grande con expedientes y radiografías esparcidas frente a ellos.
El Dr.
Richi tomó la palabra.
Yuspe, vamos a ser completamente honestos contigo.
No tenemos una explicación médica para lo que ha ocurrido.
Hace 48 horas estabas gravemente enfermo.
Tu corazón estaba fallando.
Tus pulmones mostraban signos de inflamación severa.
Tus análisis de sangre indicaban múltiples irregularidades.
Hoy todos esos problemas han desaparecido completamente.
Es como si nunca hubieran existido.
¿Qué significa eso?”, pregunté, aunque en el fondo de mi corazón ya sabía la respuesta.
El doctor Richi intercambió miradas con sus colegas, luego me miró directamente.
Significa que hemos presenciado algo que la ciencia médica no puede explicar.
En mi carrera de 30 años como cardiólogo, nunca he visto una recuperación como esta.
Esto no tiene lógica clínica.
No hay remisión espontánea de esta magnitud.
No hay recuperación milagrosa que ocurra de la noche a la mañana y sin embargo, aquí está, los datos no mienten.
Otro médico, un especialista en enfermedades autoinmunes, añadió, “Si fuera religioso, señr Ferretti, diría que lo que ha experimentado es un milagro.
Yo solo pude sonreír.
Yo no soy particularmente religioso, doctor, pero sí sé que mi ahijado me hizo una promesa y acaba de cumplirla.
Me dieron de alta tres días después.
Cuando salí del hospital, el mundo se veía diferente.
Los colores eran más brillantes, el aire era más dulce, cada respiración era un regalo.
Conduje a mi departamento y lo primero que hice fue buscar una foto de Carlo.
La coloqué en mi escritorio, la miré durante largo rato.
“Gracias”, susurré.
“Gracias, Carlo, cumpliste tu promesa y yo voy a cumplir la mía.
Pero lo que no sabía era que el milagro era solo el comienzo, porque había algo más, algo que Carlo había dejado y que yo estaba por descubrir.
Pasaron varias semanas, yo me recuperaba completamente, volvía al trabajo, a mi rutina normal, pero había algo que me inquietaba, la caja musical.
Esa pequeña caja de madera que Carlo me había regalado y que había sonado días después de su muerte, a pesar de estar rota.
No había vuelto a pensar en ella desde entonces.
Estaba guardada en un cajón de mi escritorio.
Una tarde, mientras organizaba papeles, la encontré, la saqué, la examiné.
Efectivamente, el mecanismo estaba roto.
Lo había revisado después de aquella vez que sonó misteriosamente.
No había forma de que pudiera funcionar y sin embargo había sonado.
La abrí.
Dentro, pegado en la tapa con cinta adhesiva, había un pequeño sobre.
No lo había visto antes, o tal vez sí lo había visto y no le había dado importancia.
Lo despegué con cuidado.
Era un sobre pequeño, blanco, sin ninguna inscripción.
Lo abrí con manos temblorosas.
Dentro había una nota escrita a mano.
La letra era de Carlo.
La reconocí de inmediato.
La fecha en la parte superior decía octubre 2006.
Era de los últimos días de su vida.
Comencé a leer.
Querido Bepe, si estás leyendo esto, significa que ya me fui.
Significa que encontraste esta nota en el momento exacto en que debías encontrarla.
Espero que no haya sido muy difícil para ti.
Espero que hayas recordado mi promesa.
Quiero que sepas algo, padrino.
Hace un mes tuve una visión durante la adoración eucarística.
No fue un sueño, fue real.
Jesús me mostró el futuro, me mostró mi muerte, me mostró que ibas a enfermarte gravemente, me mostró que ibas a orar por primera vez en muchos años y me mostró que ibas a sanar.
Tuve que detenerme.
Las manos me temblaban tanto que apenas podía sostener el papel.
Respiré profundamente y continué leyendo.
También me mostró que encontrarías esta nota después de tu sanación y quería dejarte este mensaje.
Bepe, lo que viviste no fue casualidad.
Fue la respuesta a años de oraciones.
Yo he estado rezando por ti desde que tenías 7 años.
Rezaba para que encontraras una fe verdadera, no solo una fe social.
Rezaba para que experimentaras el amor de Dios de una forma tan real que no pudieras negarla.
Y Dios me escuchó.
Él me dijo que ibas a pasar por un valle oscuro, pero que saldrías de él transformado y que yo sería el instrumento que él usaría.
No porque yo sea especial, sino porque tú me amas y confiarías en mí cuando no pudieras confiar en nadie más.
Las lágrimas caían sobre el papel manchando la tinta.
Pero seguí leyendo.
Ahora que has vivido esto, tienes una misión, padrino.
Tienes que contar esta historia.
No, ahora espera.
Espera hasta que yo sea beatificado, porque eso también va a pasar.
Lo vi en mi visión.
Van a pasar años, pero van a ocurrir.
Y cuando ocurra, cuando el mundo conozca mi historia, entonces será el momento de que cuentes la tuya.
La gente necesita saber que los milagros no terminaron en tiempos bíblicos.
Necesitan saber que Dios sigue actuando hoy.
Necesitan esperanza, Bepe, y tú puedes dársela.
Te quiero mucho, padrino.
Siempre te he querido y voy a seguir cuidándote desde el cielo.
No tengas miedo de nada.
Cuando llegue tu hora verdadera, yo estaré ahí para recibirte.
Pero eso será dentro de muchos años.
Todavía tienes mucho que hacer aquí.
Con todo mi amor, Carlo.
Me quedé sentado ahí durante horas con la nota en mis manos llorando.
Carlo lo había sabido todo.
Había sabido que me iba a enfermar.
Había sabido que iba a sanar.
Había sabido que encontraría esta nota, lo había visto todo y había dejado esta prueba, esta evidencia innegable de que algo sobrenatural había ocurrido.
No era mi imaginación, no era su gestión, era real.
Todo era real.
Esa noche llamé a Antonia, le conté todo sobre mi enfermedad, sobre la oración desesperada, sobre la sanación milagrosa.
Y finalmente, sobre la nota, ella lloró al escucharme.
Yusepe, Carl me dijo algo similar antes de morir.
Me dijo que iban a hacer milagros, que iban a ayudar a muchas personas, pero yo pensé que era el delirio de la enfermedad.
Nunca imaginé que hablaba literalmente.
Le pregunté si podía ver la habitación de Carlo, si todavía conservaban sus cosas.
me dijo que sí, que habían mantenido todo exactamente como él lo había dejado.
Fui a visitarla al día siguiente.
Subí a la habitación de Carlo.
Estaba tal como la recordaba, la computadora en el escritorio, los libros alineados en la estantería, los pósters en las paredes y en la mesita de noche junto a la lámpara había algo que no había visto antes.
O tal vez sí lo había visto, pero no le había prestado atención.
Era un cuaderno.
Lo tomé.
Era un diario.
El diario de Carlo.
Lo abrí con cuidado, sintiendo que estaba violando algo sagrado.
Pero Antonia me dio permiso.
Léelo me dijo.
Carl querría que lo hicieras.
Comencé a pasar las páginas.
Había entradas fechadas desde 2004 hasta octubre de 2006.
La última entrada era del 9 de octubre.
El mismo día que tuve mi última conversación con Carlo, la fecha en que me hizo la promesa, leí esa entrada.
Hoy hablé con Bepe, le conté sobre la promesa.
Sé que le costó creerme, sé que tiene miedo, pero también sé que cuando llegue el momento va a recordar mis palabras.
Dios me lo confirmó esta madrugada durante mis oraciones.
Me dijo que Bepe va a enfermarse en dos años, en febrero de 2009, y que va a ser una enfermedad misteriosa que los doctores no podrán diagnosticar, pero que cuando él me llame, cuando me pida ayuda con verdadera fe, yo voy a interceder y Dios va a sanarlo completamente.
Esto va a ser mi primer milagro documentado después de mi muerte y va a ser la prueba que BPE necesita para creer verdaderamente.
Señor, gracias por permitirme ser instrumento de tu gracia.
Gracias por darme esta misión.
Estoy listo para irme.
Estoy listo para comenzar mi verdadero trabajo.
Cerré el diario.
No podía leer más.
Era demasiado, demasiado real, demasiado imposible, demasiado perfecto.
Carlo no solo había sabido que yo me iba a enfermar, había sabido cuándo.
Había sabido que los doctores no encontrarían respuestas, había sabido que yo le rezaría, había sabido que sanaría y lo había escrito todo, dejando una prueba irrefutable de que algo sobrenatural había ocurrido.
Miré a Antonia.
Ella también estaba llorando.
“Nunca leí esa parte”, me dijo.
Nunca tuve el valor de leer sus últimas entradas, pero ahora entiendo.
Mi hijo sabía.
Dios le mostró todo y él lo aceptó.
Aceptó su muerte porque sabía que iba a salvar vidas desde el cielo.
La abracé y lloramos juntos durante largo rato.
Los años pasaron.
Seguí con mi vida, pero ya no era el mismo Giuseppe Ferretti.
La experiencia me había transformado.
Ahora iba a misa todos los domingos.
Oraba regularmente.
Había encontrado una fe que nunca supe que necesitaba.
Y cada día agradecía a Carlo por su intercesión, por su amor, por haber cumplido su promesa.
En 2020 llegó la noticia que Carlo había predicho.
Fue beatificado.
Vi la ceremonia por internet llorando de emoción.
El mundo finalmente reconocía lo que yo había sabido desde siempre, que Carlo era un santo, que su vida y su muerte tenían un propósito divino y que sus milagros eran reales.
Después de la beatificación, decidí que había llegado el momento de cumplir mi promesa, el momento de contar esta historia.
Pero había una última revelación, algo que descubrí solo hace unos meses.
Estaba revisando viejas cajas en mi bodega, buscando unos documentos, cuando encontré un sobre grande que no recordaba haber guardado.
Lo abrí.
Dentro había fotos de Carlo en diferentes etapas de su vida.
Fotos que Antonia debía haberme dado en algún momento y que yo había guardado y olvidado.
Las revisé una por una.
sonriendo al ver a mi ahijado en diferentes momentos.
Y entonces encontré algo que me dejó helado.
Era una foto tomada el día de su primera comunión.
Carlo tenía 7 años.
Estaba parado frente al altar sosteniendo una vela.
Pero lo que me llamó la atención no fue Carlo, fue el fondo de la foto.
Ahí, entre la multitud de personas, borroso pero reconocible, estaba yo, Giuseppe Ferretti, con la ropa que vestía ese día.
Pero había algo más en la foto, algo que no debería estar ahí.
A la derecha de donde yo estaba parado había una figura, una sombra con forma humana pero brillante.
No era un error de la foto ni una doble exposición.
Era algo real capturado por la cámara y esa figura tenía una mano extendida hacia mí como tocando mi hombro.
Le di vuelta a la foto.
En el reverso con la letra de Antonia decía.
Primera comunión de Carlo.
7 de mayo de 1998.
Qué extraña esa luz en la foto.
El fotógrafo dijo que no sabe qué la causó.
Conté los años.
Desde 1998 hasta 2009 cuando me enfermé.
11 años.
Carlo tenía 7 años en esa foto.
Había dicho que llevaba rezando por mí desde los 7 años.
Y en esa foto, tomada el día de su primera comunión, había una presencia luminosa junto a mí.
La respuesta me golpeó como un rayo.
No fue solo Carlo quien rezó por mí durante todos esos años.
Fue algo más grande, algo divino.
Desde el momento de su primera comunión, Carlo había sido marcado como un instrumento de Dios y yo había sido marcado como alguien que recibiría su intercesión.
Todo estaba conectado, cada momento, cada oración, cada señal.
Desde 12, ese día de mayo de 1998 hasta la noche de marzo de 2009 cuando me sanó.
Era un plan perfectamente orquestado que abarcaba más de una década y Carlo lo había sabido, lo había visto, lo había aceptado y había dejado pruebas para que cuando llegara el momento yo no pudiera negar la verdad.
La pregunta que te dejo es esta.
Si un chico de 15 años pudo tener tal impacto, tal poder de intercesión, tal conexión con lo divino, ¿qué significa eso para el resto de nosotros? ¿Qué posibilidades existen más allá de lo que podemos ver y tocar? Comparte este testimonio y mira el resto de videos del canal.