El Colapso de Delcy: El Último Acto del Régimen

Delcy Rodríguez se encontraba en el centro de la tormenta.
Las noticias llegaban a su oficina en Miraflores como un torrente incontrolable.
“¡ATACARÁ EEUU POR SEGUNDA VEZ AL RÉGIMEN VENEZOLANO!”, gritaban los titulares.
La presión aumentaba, y Delcy sabía que su tiempo se estaba agotando.
“Estamos viviendo unas horas y unos días decisivos para el futuro de Venezuela y del hemisferio occidental”, pensaba, sintiendo el sudor frío recorrer su espalda.
La situación era crítica.
Donald Trump había ordenado el cierre total del espacio aéreo sobre Venezuela, y el portaaviones USS Gerald R.
Ford, el más avanzado del mundo, navegaba por el Mar Caribe.
“Esto no es solo una amenaza; es una declaración de guerra”, reflexionaba Delcy, sintiendo que el aire se volvía irrespirable.
“No puedo permitir que esto termine así”.
Mientras tanto, en las calles de Caracas, la gente comenzaba a salir.
“¡Venezuela sale a las calles!”, gritaban los manifestantes, sintiendo que la esperanza renacía.
Delcy observaba desde su oficina, sintiendo que cada grito era un recordatorio de su inminente caída.
“¿Cómo hemos llegado a este punto?”, se preguntaba, sintiendo que las sombras del pasado la acechaban.
En una reunión de emergencia, Diosdado Cabello, conocido como el “Zar de la Represión”, entró con una expresión sombría.
“La situación es crítica, Delcy“, dijo, su voz resonando en la sala.
“No podemos permitir que la oposición gane terreno.
Debemos actuar”.

Delcy lo miró fijamente, sintiendo que cada palabra era un golpe en el pecho.
“¿Qué propones?”, preguntó, sintiendo que la desesperación comenzaba a consumirla.
Diosdado se inclinó hacia adelante, su mirada intensa.
“Debemos hacer un movimiento audaz.
Si cerramos El Helicoide, podemos presentarlo como un gesto de buena voluntad”.
Delcy sintió un escalofrío recorrer su espalda.
“¿Y si esto nos hace parecer débiles?”, se preguntó, sintiendo que la traición podía estar más cerca de lo que pensaba.
“No podemos permitir que nos vean así”.
La decisión fue tomada.
Delcy se preparó para el anuncio.
“Hoy cerramos El Helicoide“, proclamó ante las cámaras, sintiendo que cada palabra resonaba en el aire.
“Este es un paso hacia la paz y la reconciliación”.
Pero en su interior, la duda seguía acechando.
“¿Esto será suficiente para calmar a la oposición?”, reflexionaba, sintiendo que la presión aumentaba.
Mientras tanto, la noticia del cierre se propagó como un incendio.
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“¡El régimen cede ante la presión de Washington!”, gritaban los titulares, y Delcy sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
“Esto no puede estar pasando”, pensaba, sintiendo que el poder se deslizaba entre sus dedos.
Las calles estallaron en celebraciones, pero para Delcy, cada grito de alegría era un recordatorio de su inminente caída.
En medio del caos, Delcy decidió actuar.
“Debo demostrar que esto es parte de un plan mayor”, pensó, sintiendo que la paranoia comenzaba a consumirla.
En una conferencia de prensa extraordinaria, se dirigió a la nación.
“Este es solo el comienzo de una nueva era”, declaró, sintiendo que cada palabra era un desafío.
“Estamos comprometidos con la paz y la justicia”.
Pero la oposición no se dejó engañar.
“Esto es solo una táctica para ganar tiempo”, afirmaban, sintiendo que la lucha apenas comenzaba.
Finalmente, cuando todo parecía perdido, Delcy decidió enfrentar la verdad.
“Debo ser honesta con el pueblo”, pensó, sintiendo que la transparencia era la única salida.
En un giro inesperado, se dirigió a la audiencia.
“Reconozco que hemos cometido errores, pero estamos aquí para corregirlos”, declaró, sintiendo que cada palabra era un desafío.
La respuesta fue abrumadora.
“La gente necesita saber la verdad”, pensó Delcy, sintiendo que la lucha por la confianza apenas comenzaba.
“Debo demostrar que estoy a la altura”.
La lucha por la verdad se convirtió en un símbolo de resistencia, y Delcy se dio cuenta de que la caída de un imperio político no siempre significa el final.
Mientras tanto, Trump intensificaba su retórica.

“¡El régimen está en su último aliento!”, proclamaba, sintiendo que cada palabra resonaba como un trueno.
“No puedo permitir que esto continúe”.
La presión aumentaba, y Delcy sabía que debía actuar rápidamente.
El día de la votación llegó, y Delcy se preparó para enfrentar a sus opositores.
“Este es nuestro momento”, pensó, sintiendo que la adrenalina corría por sus venas.
La votación fue tensa, y cada decisión parecía un golpe en la mesa.
“¿Qué pasará si no ganamos?”, se preguntaba, sintiendo que el destino de su carrera estaba en juego.
Los resultados comenzaron a llegar, y la tensión en el aire era palpable.
Delcy y su equipo se miraron, sintiendo que el destino de su administración estaba en juego.
“Debemos mantener la calma”, dijo Delcy, sintiendo que la presión aumentaba.
Pero cuando los resultados finales se anunciaron, el golpe fue devastador.
“Hemos perdido”, pensó, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
La caída de Delcy Rodríguez fue un espectáculo desgarrador.
“El poder es efímero”, reflexionó, sintiendo que la lucha por la justicia apenas comenzaba.
La historia de su traición y redención se convirtió en un eco en la memoria colectiva, y Delcy se dio cuenta de que la verdad siempre prevalece.
“En la política, la caída puede ser dolorosa, pero la verdadera fortaleza se encuentra en la capacidad de aceptar la verdad y levantarse una vez más.”