El Último Aviso: La Caída de un Imperio en Venezuela

La noche en Caracas era espesa, cargada de tensión y secretos.
Diosdado Cabello, el temido jefe del PSUV, se encontraba en su oficina, rodeado de documentos que revelaban la corrupción del régimen.
“¿Hasta cuándo podré mantener este juego?”, pensaba, sintiendo que la ansiedad comenzaba a consumirlo.
Mientras tanto, el sonido de las protestas resonaba en las calles, un recordatorio constante de la ira popular.
“Si esto sigue así, perderé todo”, reflexionaba, sintiendo que el miedo se apoderaba de su mente.
En Washington, la administración Trump estaba tomando decisiones que cambiarían el rumbo de la historia.
“Debemos actuar antes de que sea demasiado tarde”, afirmaba Jared, un asesor cercano al presidente.
“Delcy Rodríguez es solo una pieza en este tablero”, continuaba, mientras los barcos de guerra se preparaban para zarpar hacia Cuba.
“Esto es un mensaje claro para Diosdado y su régimen”, decía Jared, sintiendo que la determinación comenzaba a florecer.
Mientras tanto, Diosdado se sentía acorralado.
“¿Qué planean en el norte?”, se preguntaba, sintiendo que la paranoia comenzaba a invadirlo.
Sabía que debía actuar rápidamente.
“Si no puedo controlar la narrativa, perderé el poder”, pensaba, sintiendo que la presión comenzaba a aumentar.
Decidió reunirse con Delcy para discutir la situación.
“Debemos mostrar una fachada de unidad”, le dijo, y ella asintió, aunque sus ojos mostraban preocupación.
“Si los estadounidenses atacan, estaremos perdidos”, afirmó Delcy, y Diosdado sintió que la desesperación comenzaba a consumirlo.
Mientras tanto, los barcos de guerra se acercaban a la costa cubana.
“Esto es una declaración de guerra”, pensaba Diosdado, sintiendo que la realidad comenzaba a desvanecerse.
Decidió que debía enviar un mensaje a Washington.

“Si no actuamos, perderemos todo”, afirmaba, sintiendo que la determinación comenzaba a renacer.
Una noche, Diosdado convocó a sus aliados más cercanos.
“Necesitamos una estrategia”, dijo, y la tensión en la habitación era palpable.
“Si Estados Unidos nos ataca, debemos estar preparados”, continuó, sintiendo que el miedo comenzaba a invadirlo.
Mientras tanto, en Cuba, Díaz-Canel observaba la situación con preocupación.
“¿Qué pasará si la presión aumenta?”, se preguntaba, sintiendo que la incertidumbre comenzaba a invadirlo.
Decidió que debía actuar rápidamente.
“Si Maduro cae, yo seré el siguiente”, pensaba, sintiendo que la desesperación comenzaba a consumirlo.
Finalmente, Diosdado decidió que debía enviar un mensaje directo a Trump.
“Debemos demostrar que no nos rendiremos”, afirmaba, sintiendo que la determinación comenzaba a florecer.
Sin embargo, la situación se volvía cada vez más tensa.
“Si no actuamos ahora, será demasiado tarde”, pensaba, sintiendo que la presión comenzaba a aumentar.
Una noche, mientras revisaba documentos, recibió una llamada anónima.
“Diosdado, el tiempo se agota”, decía la voz al otro lado de la línea, y su corazón latió con fuerza.
“¿Quién eres?”, preguntó, sintiendo que la intriga comenzaba a apoderarse de él.
“Alguien que quiere salvar a Venezuela”, respondió la voz, y Diosdado sintió que la esperanza comenzaba a renacer.
Decidió reunirse con el informante en un lugar seguro.
“Debo tener cuidado”, pensaba, sintiendo que la tensión se palpaba en el aire.
Cuando llegó, encontró a Carlos, un exmilitar que había desertado.
“Sé cosas que podrían cambiarlo todo”, dijo, y esas palabras resonaron en la mente de Diosdado como un eco de verdad.
Carlos comenzó a relatarle cómo el régimen había desviado fondos destinados a la ayuda humanitaria.
“Todo fue a parar a cuentas en el extranjero, mientras el pueblo sufría”, afirmaba, y Diosdado sintió que la indignación comenzaba a consumirlo.
“¿Cómo pueden hacer esto?”, preguntó, sintiendo que la rabia comenzaba a burbujear en su interior.

“Porque tienen el poder y saben que nadie puede detenerlos”, respondió Carlos, y esas palabras resonaron como un grito de desesperación.
Mientras tanto, en Washington, Trump estaba decidido a actuar.
“Debemos enviar un mensaje claro”, afirmaba, mientras los barcos de guerra se preparaban para zarpar.
“Si no lo hacemos ahora, perderemos la oportunidad”, continuaba, sintiendo que la determinación comenzaba a florecer.
Finalmente, el día del ataque llegó.
“Esto es solo el comienzo”, pensaba Diosdado, sintiendo que la adrenalina comenzaba a fluir.
Mientras los barcos se acercaban a la costa, Diosdado se preparaba para enfrentar la tormenta.
“Si no lucho ahora, perderé todo”, afirmaba, sintiendo que la valentía comenzaba a invadirlo.
Cuando las primeras bombas cayeron, el caos se desató.
“¡Es una invasión!”, gritaban las multitudes, y Diosdado sabía que su tiempo se estaba agotando.
Finalmente, se dio cuenta de que su imperio se había desmoronado.

“¿Qué me queda ahora?”, se preguntaba, sintiendo que la tristeza lo envolvía.
La verdad había salido a la luz, y el pueblo comenzaba a levantarse.
“¡Libertad para Venezuela!”, clamaban las multitudes, y Diosdado sabía que su tiempo se estaba agotando.
La caída del régimen fue rápida y violenta.
“Esto es el final de un ciclo”, pensaba Diosdado, sintiendo que la victoria comenzaba a florecer.
“La avaricia puede llevar a la destrucción, y hoy he perdido todo lo que alguna vez amé”, reflexionaba Diosdado, mirando hacia el futuro con una mezcla de desesperanza y desafío.