🐈 Un gesto ordinario, una huella eterna 🧠 cuando el obispo que dio la comunión a Carlo Acutis decide hablar por primera vez, confesando lo que vio en su mirada y sintió en ese instante, algo que no encajaba con la rutina litúrgica y que prefirió callar durante años por miedo a no ser creído 👇 La frase queda suspendida “hay silencios que nacen del asombro, no del temor”.

He guardado este secreto durante 14 años.

Mi nombre es Monseñor Yuspe Ferretti.

Tengo 62 años y he dado la comunión a miles de personas, pero nunca viví lo que experimenté el día que le di la primera comunión a Carlo Acutis.

Y lo que voy a revelar ahora, lo que nunca me atreví a contar ni siquiera a mis superiores.

Cambiará todo lo que crees saber sobre ese niño que el mundo venera hoy como beato.

Era junio de 1998.

Yo tenía 40 años y era párroco de Santa María en Milán, una parroquia modesta en Porta Romana.

Ese sábado preparábamos la primera comunión para 17 niños.

Entre ellos estaba Carlo Acutis, un niño de 7 años, nacido en Londres, hijo de Antonia y Andrea, una familia discreta que asistía a misa los domingos.

Pero esa mañana, mientras preparaba el altar, sentí algo diferente, una expectativa, como si el aire de la iglesia estuviera conteniendo el aliento.

Intenté ignorarlo.

Eran nervios, pero esa sensación no me abandonaba.

Algo iba a suceder.

Los niños comenzaron a llegar.

Carlo caminaba de la mano de su madre con una serenidad extraña en un niño de 7 años.

Sus ojos miraban hacia el altar concentración absoluta, como si no viera nada más.

Solo el sagrario.

Antonia me saludó.

Buenos días, padre Yusepe.

Está muy emocionado.

Ha estado despierto desde las 5 de la mañana.

Le sonreí, pero ella agregó bajando la voz, padre.

Carlo ha estado rezando toda la semana, no juega, no ve televisión, solo reza.

Dice que está preparando su corazón para recibir a Jesús.

La ceremonia comenzó.

17 niños formados frente al altar.

Durante toda la misa observé que Carlo no se movió ni una vez.

Permanecía con las manos juntas, los ojos fijos en el sagrario, como si estuviera esperando algo que solo él podía ver.

Llegó el momento de la comunión.

Mi corazón latía más rápido de lo normal.

Los niños se acercaron uno por uno y entonces llegó Carlo, se arrodilló frente a mí, cerró los ojos, juntó las manos con tal devoción que parecía un santo medieval.

Y cuando abrió la boca para recibir la algo sucedió.

No fue visible para los demás.

No hubo luces ni voces del cielo.

Pero yo lo sentí en el momento exacto en que coloqué la en su lengua, una ola de calor atravesó mi cuerpo.

Como si una presencia entrara en ese espacio entre Carlo y yo, como si el velo entre el cielo y la tierra se volviera transparente.

Mis manos temblaron.

La casi se me cae.

Carlo recibió la comunión, volvió a su lugar y yo me quedé allí sintiendo que acababa de presenciar algo sin nombre.

Lo único que recuerdo con claridad después es la expresión de Carlo.

Volvió a su lugar y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

No soyosos, solo lágrimas silenciosas de una felicidad que no cabía en su pequeño cuerpo.

Después de la ceremonia, durante el refrigerio, Antonia se acercó.

Padre Yuspe, quería agradecerle.

Carlo está radiante.

Le sonreí con esfuerzo.

Carlo es un niño muy especial.

Ella bajó la voz.

Padre, notó algo diferente en él.

Cuando Carlo recibió la yo estaba mirándolo y juro que vi una luz.

No sé si fue el reflejo de las velas, pero por un segundo pareció que había una luz alrededor de él.

Sentí un escalofrío.

Yo no vi ninguna luz, pero sentí algo que no puedo explicar.

Ella me miró con ojos suplicantes.

¿Cree que estoy loca, padre? No, señora Cutis.

Creo que su hijo tiene una conexión especial con Dios.

Guárdelo, protéjalo.

Esa noche no pude dormir.

Repasaba una y otra vez el momento.

Intentaba racionalizarlo, estrés, cansancio, pero ninguna explicación funcionaba.

Algo real había sucedido.

Me arrodillé y recé.

Señor, ¿qué fue eso? No obtuve respuesta esa noche, pero iba a descubrir que esa primera comunión había sido solo el comienzo.

Los meses siguientes, Carlo y su familia seguían asistiendo a misa.

Comencé a notar algo.

Carlo no era como los otros niños.

Mientras sus compañeros corrían por el atrio después de misa, Carlos se quedaba en la iglesia, sentado en los bancos traseros, mirando el sagrario, arrodillado en la capilla lateral, rezando con intensidad impropia de un niño de 8 años.

La primera vez que hablamos fue un martes por la tarde.

Estaba en la sacristía cuando escuché pasos pequeños.

Carlo, solo.

Padre Yusepe, ¿puedo hacerle una pregunta? Su madre estaba comprando.

Le había dicho que podía venir a rezar.

Me senté.

¿Qué querías preguntarme? Se acercó con seriedad.

Padre, cuando usted consagra la ¿realmente cree que se convierte en el cuerpo de Jesús? La pregunta me sorprendió.

Por supuesto, Carl.

Es el misterio central de nuestra fe.

Carlo asintió.

Yo también lo creo, Padre, pero no solo porque me lo enseñaron, lo sé porque lo siento.

Cuando recibo la comunión, siento que Jesús entra en mi corazón.

No es una sensación, es una presencia real, viva.

Me quedé sin palabras.

Carlo, eso es muy hermoso.

Él bajó la mirada.

A veces me asusta, padre.

¿Por qué? Porque cuando Jesús está dentro de mí, siento que puedo ver cosas, cosas que otras personas no ven.

Mi corazón latía más rápido.

¿Qué tipo de cosas? Puedo ver quién está en gracia y quién no.

Cuando la gente recibe la comunión, veo una luz alrededor de algunos, pero otros tienen sombras y eso me entristece.

Le dije que era un don especial, pero que debía tener cuidado.

No puedes juzgar a las personas.

No los juzgo, padre, solo los veo y rezo por ellos.

Carlos, ¿has hablado de esto con tus padres? Negó con la cabeza.

Mamá ya se preocupa.

Dice que soy demasiado serio.

Pero, padre, cuando te ha estado con Jesús en la Eucaristía, todo lo demás parece tan vacío.

Le dije que era importante vivir como niño normal, pero sabía que estaba mintiendo.

Carlo no era normal.

Intentar forzarlo a hacerlo sería negar algo sagrado, pero tenía miedo de la responsabilidad.

Así que hice lo que muchos sacerdotes hacen ante lo inexplicable.

Racionalicé.

Me dije que era un niño muy devoto, que con el tiempo todo se normalizaría.

Qué cobarde fui.

Los meses se convirtieron en años.

Carlo creció de 8 a 10 años, pero su devoción se intensificó.

Comenzó a asistir a misa todos los días a las 6:30 de la mañana antes de ir a la escuela.

Siempre en el mismo banco.

El tercero desde el frente del lado derecho.

Un niño entre ancianos devotos.

No parecía fuera de lugar.

Parecía pertenecer allí más que cualquiera de nosotros.

Una mañana le pregunté directamente, “Carlo, ¿por qué vienes todos los días? ¿Podrías descansar más?” Me miró como si la pregunta fuera absurda.

Padre, si usted supiera que Jesús viene a visitarlo todos los días, ¿no estaría ahí para recibirlo? No podía discutir con esa lógica, pero lo que más me perturbaba era cómo me miraba.

Cada vez que le daba la comunión, nuestros ojos se encontraban y sentía que Carlo podía ver dentro de mí mis dudas, mis pecados, mis hipocresías.

Yo predicaba sobre la fe, pero en privado vivía con comodidad.

Mi fe era profesional, era mi trabajo, pero no era mi vida como era la vida de Carlos y él lo sabía.

Nunca me acusó, pero podía verlo en sus ojos.

Una tristeza silenciosa.

El día que cambió todo llegó sin aviso.

Noviembre de 2003.

Carlo tenía 12 años.

Estaba en el confesionario.

Escuché que alguien entraba.

Reconocí la voz inmediatamente.

Carlos, Ave María purísima, sin pecado concebida.

¿Cuánto tiempo hace de tu última confesión? Hace dos semanas, padre, me confesé con el padre Marco.

¿Y qué te trae hoy? Hubo un silencio largo.

No vengo exactamente a confesarme.

Necesito decirle algo, algo que solo puedo decir en confesión para que quede sellado por el secreto sacramental.

Mi corazón latía más rápido.

Carlo, si es grave, tal vez deberías hablar con tus padres.

No pueden entenderlo, excepto tal vez usted, porque me ha visto y sé que sintió algo el día de mi primera comunión, algo que nunca ha mencionado, pero que no puede negar.

Tragué saliva.

Sí, recuerdo que sentí algo especial.

No fue emoción, padre, fue revelación.

Y necesito contarle lo que Jesús me mostró ese día y lo que me sigue mostrando cada vez que recibo la comunión.

Le respondí nervioso.

Carlo, eres muy joven.

A veces nuestra imaginación puede confundirnos.

Con respeto, Padre, eso no es verdad.

Dios habla como quiere y a quién quiere.

Le habló a Samuel cuando era niño.

¿Por qué no puede hablarme a mí? Tenía razón.

Está bien, Carlo, te escucho.

Cuando recibo la comunión, no solo siento la presencia de Jesús, lo veo no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma.

Y él me habla, me dice que el mundo ha olvidado lo que realmente sucede en la misa, que las personas vienen por rutina, pero no entienden que están recibiendo al creador del universo.

Me dice que necesito ayudar a la gente a recordar.

Carlo, ¿cómo sabes que es realmente Jesús? Porque me dice cosas que yo no sé, cosas que luego resultan ser verdad.

Por ejemplo, hace tres meses me dijo que rezara por señora Beatriz Lombardi, que había perdido a su hijo y estaba perdiendo la fe.

Yo no conocía esa señora, pero le pregunté a mi mamá y era exacto.

Sentí que la habitación daba vueltas.

¿Y qué hiciste con esa información, Carlo? Recé por ella todos los días durante un mes y luego hace dos semanas la vi en la misa.

Volvió.

Se veía diferente, más en paz.

Después de la misa me acerqué a ella y le dije que estaba feliz de verla de regreso.

Ella me miró sorprendida y me preguntó cómo sabía que había estado ausente.

Le dije que simplemente lo había notado.

Entonces ella comenzó a llorar.

Me dijo que había decidido volver porque una noche soñó con su hijo y en el sueño su hijo le dijo que volviera a la iglesia.

que Jesús la estaba esperando en 19100 y su la Eucaristía, que ahí encontraría consuelo.

No podía respirar.

Esto estaba más allá de cualquier cosa que hubiera experimentado en mi ministerio.

Carlo, eso es extraordinario.

Pero escucha, este tipo de experiencias deben ser examinadas cuidadosamente.

La iglesia tiene protocolos para discernir si algo es realmente de origen divino o si puede tener una explicación natural o incluso psicológica.

Yo sé eso, padre.

Por eso no se lo he dicho a nadie más, solo a usted, porque necesito que alguien lo sepa, alguien que pueda ser testigo, porque Jesús me dijo que mi tiempo aquí va a ser corto.

¿Qué? Mi voz sonó más alta de lo que pretendía.

¿Qué significa eso, Carlo? Significa que voy a morir joven padre.

No sé cuándo exactamente, pero Jesús me ha preparado para eso.

Me ha mostrado que mi misión en esta vida no es vivir muchos años, es vivir intensamente cada día, cada comunión, cada momento con él.

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.

Carlo, no puedes saber eso.

Eres solo un niño.

Tienes toda la vida por delante.

Padre, no esté triste.

Morir no es el final, es el comienzo.

Y si puedo usar mi vida, por corta que sea, para ayudar aunque sea a una persona a encontrar a Jesús en la Eucaristía, habrá valido la pena.

Entonces Carlo dijo lo que me partió el corazón.

Padre, ¿me promete algo? Lo que sea, Carlo, cuando yo muera y vendrá el momento en que todos quieran saber quién fui.

Cuénteles la verdad.

Cuénteles sobre estas conversaciones.

Cuénteles que Jesús es real, que la Eucaristía es real, que no es solo pan, es él vivo, presente, esperando ser amado.

¿Me lo promete? Debía haber dicho que sí inmediatamente.

Debía haber honrado su petición sin dudar.

Pero tenía miedo.

Miedo de las consecuencias, miedo de ser ridiculizado, miedo de comprometer mi reputación.

Entonces dije algo que me avergüenza hasta hoy.

Carlo, no podemos hablar de estas cosas a la ligera.

Si realmente crees que Dios te está hablando, necesitamos documentarlo.

Necesitamos que expertos lo evalúen.

No puedo simplemente ir contando historias extraordinarias sin pruebas.

Hubo un silencio tan largo del otro lado de la rejilla que pensé que Carlos se había ido.

Finalmente habló.

Está bien, padre, entiendo.

Tiene miedo y lo perdono, pero algún día, cuando vea que todo lo que le dije era verdad, espero que encuentre el valor para hablar, porque la gente necesita saber, el mundo necesita recordar.

Carlos salió del confesionario.

Yo me quedé allí sentado temblando.

Acababa de fallarle a un niño que me había confiado algo sagrado.

Y lo peor era que sabía en lo más profundo de mi ser que todo lo que me había dicho era verdad.

Pero elegí la seguridad sobre la fe, la prudencia sobre el coraje, y esa elección me perseguiría durante los siguientes 18 años.

Los años pasaron.

Carlos siguió creciendo, 13, 14, 15 años.

Su devoción nunca disminuyó.

Cada mañana seguía ahí, pero algo había cambiado entre nosotros.

Había una distancia, como si Carlos supiera que yo había elegido no creer completamente.

Eso dolía más que cualquier reproche.

En septiembre de 2006 noté que Carlos se veía diferente, más delgado, más pálido.

Cuando faltó a misa tres días consecutivos, supe que algo no era normal.

El cuarto día, Antonia vino a verme.

Tenía los ojos rojos.

Padre Yusepe, es Carlo, está en el hospital, tiene leucemia, leucemia promielocítica, aguda.

Es muy agresiva.

Sentí que el suelo se abría.

No, Carlo, no, ese niño extraordinario.

Van a empezar quimioterapia, pero los doctores están muy preocupados.

Carlo preguntó por usted.

¿Quiere que lo visite? Por supuesto.

Iré hoy mismo.

Esa tarde fui al hospital San Gerardo de Monza.

Carlo estaba sentado en la cama.

Había perdido peso, las ojeras eran evidentes, pero cuando me vio, sonró.

Padre Yuspe.

Sabía que vendría.

Me senté junto a él.

Carlos, lo siento tanto.

Esto no es justo.

Negó con la cabeza.

No hay nada que sentir.

Esto es parte del plan de Dios.

¿Lo recuerda? Lo que le dije en el confesionario, que mi tiempo sería corto.

Creo que está llegando a su fin.

Las lágrimas rodaron por mi rostro.

Los doctores van a hacer todo lo posible.

Puedes superar esto.

Padre, no me mienta para hacerme sentir mejor.

Sé lo que está pasando y estoy en paz.

De hecho, estoy feliz.

Feliz porque voy a conocer a Jesús cara a cara.

He pasado mi vida recibiéndolo en la Eucaristía, pero pronto lo voy a ver realmente.

Le pregunté si tenía miedo, un poco del dolor, pero si Jesús soportó la cruz por mí, yo puedo soportar esto por él.

Padre, ¿me puede hacer un favor, lo que sea, cuando esté muy débil para ir a misa, podría traerme la comunión? No quiero pasar ni un día sin recibir a Jesús.

Le prometí que lo haría y cumplí.

Durante las siguientes tres semanas, cada mañana iba al hospital, le daba la comunión en su habitación.

Esos momentos fueron los más sagrados de mi vida sacerdotal.

verlo demacrado, conectado a máquinas, recibir la Eucaristía con la misma devoción absoluta.

Sus ojos brillaban con una luz que no venía de este mundo.

Una mañana, a principios de octubre, Carlo estaba especialmente débil.

La quimioterapia no estaba funcionando.

El cáncer se había extendido demasiado rápido.

Los doctores habían hablado con sus padres, les habían dicho que se prepararan para lo peor.

Cuando llegué esa mañana, Carl estaba despierto, pero apenas podía hablar.

Le di la comunión, recé las oraciones habituales y cuando estaba a punto de irme, él me agarró la mano.

Padre, susurró, ¿recuerdas su promesa? ¿Qué promesa, Carlo? La que me hizo en el confesionario cuando le dije que contara la verdad cuando yo muriera, mi corazón se rompió.

Carlos, no vas a morir.

Todavía hay esperanza.

Él sonríó débilmente.

Padre, los dos sabemos que eso no es verdad y está bien, estoy listo.

Pero usted está listo para cumplir su promesa.

No pude responder.

Las palabras no salían.

Carlo continuó.

Padre, la gente va a preguntar sobre mí.

Tal vez no inmediatamente, pero algún día.

Y cuando lo hagan, necesito que les cuente sobre la Eucaristía, que les diga que Jesús está realmente presente, que no es metáfora, que no es símbolo, es él real, vivo, esperándolos.

Me lo promete esta vez lo miré a los ojos y en esos ojos vi todo.

Vi su fe inquebrantable, vi su amor puro, vi su total entrega a Dios.

Y finalmente, después de años de miedo y duda, encontré el coraje para decir lo que debía haber dicho desde el principio.

Te lo prometo, Carl.

Te lo prometo.

Carlos cerró los ojos.

Gracias, padre.

Ahora puedo irme en paz.

Esa fue la última vez que hablamos.

Dos días después, el 12 de octubre de 2006, a las 6:15 de la mañana, Carlo Acutis murió.

tenía 15 años.

La noticia me llegó mientras me preparaba para la misa matutina.

Antonia me llamó llorando.

Se fue, padre.

Se fue en paz, sonriendo.

Sus últimas palabras fueron sobre Jesús, sobre la Eucaristía.

Celebré la misa ese día con lágrimas corriendo por mi rostro.

Los pocos fieles que estaban allí no entendían por qué lloraba.

No sabían que acababa de perder al ser humano más santo que había conocido en mi vida.

Después de la misa me quedé solo en la iglesia, me arrodillé frente al sagrario y por primera vez en mi vida sacerdotal sentí una rabia profunda contra Dios.

¿Por qué? ¿Por qué te llevas a un niño así? ¿Por qué permites que alguien con tanta fe, con tanto amor muera tan joven? ¿Qué sentido tiene? Pero entonces, en medio de mi rabia, sentí algo, una presencia, la misma presencia que siempre sentía cuando le daba la comunión a Carlo.

Y con esa presencia vino un entendimiento, no en palabras, sino en conocimiento puro.

Carlo no había muerto.

Carlo había nacido.

Había nacido a la vida eterna.

Y su muerte no era un final, era un comienzo, el comienzo de algo que cambiaría incontables vidas.

El funeral fue tres días después.

Cientos de personas vinieron, compañeros de escuela, profesores, gente de la parroquia, muchos que apenas lo habían conocido, pero que habían escuchado sobre él, sobre su devoción, sobre su fe extraordinaria.

Yo presidí la misa funeral.

fue la homilía más difícil de mi vida.

¿Qué dices sobre un niño que vivió más plenamente en 15 años que la mayoría de la gente en 80? ¿Cómo explica su muerte sin caer en lugares comunes sobre la voluntad de Dios? Decidí ser honesto.

Les dije a los presentes que Carlo había sido diferente, que había tenido una relación con Jesús que la mayoría de nosotros solo podemos soñar.

que la Eucaristía no era para él un ritual dominical, sino el centro de su existencia.

Les dije que su vida, aunque breve, había sido un testimonio poderoso de lo que significa realmente creer.

Pero no les conté todo.

No les hablé de las visiones, de las revelaciones, de la promesa que me había hecho hacer.

Todavía tenía miedo, todavía dudaba si alguien me creería.

Y durante años después de su muerte, guardé silencio.

Guardé el secreto que Carlos me había confiado.

Me dije a mí mismo que era prudencia, que era sabiduría pastoral, pero en el fondo sabía la verdad.

Era cobardía, era miedo al rechazo, al ridículo, a las consecuencias.

Los años pasaron.

2007, 2008, 2009.

La vida en la parroquia continuó.

nuevos bautismos, nuevas primeras comuniones, nuevos funerales, todo el ciclo pastoral habitual.

Pero yo había cambiado.

Cada vez que celebraba la Eucaristía, pensaba en Carlo, en su devoción, en su certeza absoluta de que Jesús estaba realmente presente.

Y lentamente, muy lentamente, mi propia fe comenzó a transformarse.

Ya no celebraba la misa por rutina, la celebraba con reverencia renovada, con asombro, con la conciencia de que algo extraordinario estaba sucediendo en ese altar.

En 2013, 7 años después de la muerte de Carlo, recibí una llamada del arzobispado de Milán.

Me informaron que la familia Acutis había solicitado abrir una causa de beatificación para Carlo.

Me preguntaron si estaría dispuesto a dar testimonio, si tenía alguna información sobre la vida de fe de Carlo que pudiera ser relevante para el proceso.

Mi corazón latía con fuerza.

Este era el momento, el momento de cumplir mi promesa, de contar la verdad.

Pero una vez más el miedo me paralizó.

Les dije que sí, que daría testimonio, que Carlo había sido un niño de fe excepcional.

Pero cuando llegó el momento de la entrevista formal con los investigadores del Tribunal Eclesiástico, solo les conté lo básico.

Su asistencia diaria a misa, su devoción eucarística, su bondad, todo, verdad, pero no toda la verdad.

No les hablé de nuestras conversaciones en el confesionario.

No les hablé de las revelaciones, de las visiones, de la promesa.

Me justifiqué diciendo que esas conversaciones estaban cubiertas por el secreto sacramental, que no podía revelarlas sin el permiso explícito de Carlo.

Pero Carlo estaba muerto, no podía darme permiso y yo usé eso como excusa para seguir guardando silencio.

Año tras año, el proceso de beatificación continuó.

Se documentaron milagros, se investigó su vida, se entrevistó a cientos de personas y yo seguía en silencio, guardando el secreto, cargando el peso de una promesa no cumplida hasta que algo sucedió que cambió todo.

Era octubre de 2020, 14 años después de la muerte de Carlo.

Yo tenía 62 años.

Ya era obispo auxiliar de Milán.

Mi carrera había progresado, pero mi alma estaba inquieta.

Cada año en el aniversario de la muerte de Carl Caía en una depresión profunda.

Sabía que le había fallado.

Sabía que había elegido mi comodidad sobre mi promesa y ese peso se volvía más pesado cada año.

El 10 de octubre de 2020, dos días antes del aniversario de su muerte, estaba en mi capilla privada.

rezando o intentando rezar, porque honestamente las palabras no salían, solo había un vacío, un silencio acusador.

“Señor”, susurré finalmente.

“He sido un cobarde.

Le fallé a Carlo, le fallé a ti.

No sé cómo arreglarlo.

” Y entonces sucedió algo que no puedo explicar.

No escuché una voz audible, no vi ninguna visión, pero de repente, con una claridad absoluta, supe exactamente qué hacer.

tenía que contar la verdad, toda la verdad, sin importar las consecuencias, sin importar lo que otros pensaran, porque Carlo me había confiado algo sagrado y yo había traicionado esa confianza durante demasiado tiempo.

Al día siguiente comencé a escribir.

Escribí todo, cada conversación, cada momento extraordinario.

confesión donde Carlo me habló de sus visiones, su predicción de que moriría joven, la presencia que sentí cada vez que le daba la comunión, todo.

Tardé tres días en completar el documento.

Cuando terminé tenía 40 páginas, 40 páginas de testimonio sobre lo que realmente había presenciado, lo que realmente había vivido con Carlo Acutis.

Luego hice algo que sabía que podía costarme mi carrera.

Se lo envié al postulador de la causa de beatificación con una carta explicando por qué había guardado silencio durante tantos años y pidiéndole perdón por mi cobardía.

Esperaba reprimendas, esperaba que me acusaran de inventar historias, esperaba escepticismo y rechazo.

Pero lo que recibí fue algo completamente diferente.

El postulador me llamó personalmente.

Monseñor Ferretti, me dijo, “su testimonio es extraordinario y, créame, no es el único que ha reportado experiencias similares con Carlo.

Hay otras personas, otros sacerdotes, que también presenciaron cosas inexplicables, pero tenían miedo de hablar.

Usted acaba de abrir una puerta que muchos querían abrir, pero no se atrevían.

¿Qué significa eso?, le pregunté.

Significa que el proceso de beatificación de Carlo está revelando algo que la iglesia necesita entender, que este niño no solo fue devoto, fue un místico, un vidente, alguien a quien Dios habló de maneras extraordinarias.

Y su testimonio, monseñor, es una pieza clave de ese rompecabezas.

Dos semanas después, el 10 de octubre de 2020, exactamente 14 años después de su muerte, Carlo Acutis fue beatificado.

La ceremonia se llevó a cabo en Asís.

Miles de personas de todo el mundo vinieron, jóvenes especialmente jóvenes que habían sido inspirados por la historia de un adolescente que amó a Jesús sinvergüenza, que usó la tecnología para evangelizar, que vivió una vida ordinaria con una fe extraordinaria.

Yo estaba allí sentado entre otros obispos.

Cuando vi el cuerpo incorrupto de Carlo, cuando vi su rostro sereno como si estuviera durmiendo, algo dentro de mí se rompió.

Lloré.

Lloré como no había llorado desde su funeral.

Lloré por los años perdidos, por las oportunidades desperdiciadas, por la promesa que había tardado tanto en cumplir.

Pero también lloré de alegría.

Porque finalmente el mundo estaba reconociendo lo que yo había sabido desde que Carlo tenía 7 años, que este niño era extraordinario, que su vida había sido un regalo de Dios, un recordatorio de que la santidad no es para unos pocos elegidos, es para todos los que están dispuestos a rendirse completamente al amor de Dios.

Después de la beatificación, muchos periodistas me buscaron.

Querían saber sobre mi relación con Carlos.

sobre lo que había presenciado.

Y por primera vez en 14 años les conté todo.

Les hablé de su devoción eucarística, de su asistencia diaria a misa desde los 7 años, de las cosas extraordinarias que me había confiado.

Algunos me creyeron, otros fueron escépticos, pero ya no me importaba.

Había cumplido mi promesa.

Había honrado la memoria de Carlo contando la verdad que él me había pedido contar.

Pero todavía había una revelación final, algo que descubrí solo después de la beatificación, algo que me demostró de manera irrefutable que todo lo que Carlo me había dicho era absolutamente verdad.

Y esa revelación final es lo que nunca me atreví a contar hasta ahora.

Tres meses después de la beatificación, en enero de 2021, recibí un paquete por correo.

Venía de Antonia, la madre de Carlo.

Dentro había una carta y un cuaderno.

La carta decía Monseñor Yuspe.

Encontré esto entre las pertenencias de Carlo.

Es su diario espiritual.

Lo escribió durante los últimos dos años de su vida.

Nunca lo leímos mientras él estaba vivo porque respetábamos su privacidad, pero después de su muerte no tuvimos el valor de abrirlo.

Ahora, después de su beatificación sentimos que era el momento.

Y al leerlo encontramos muchas cosas sobre usted, cosas que Carlo nunca nos contó.

Pensamos que debería tenerlo, que debería saber lo que él realmente pensaba y sentía.

Abrí el cuaderno con manos temblorosas.

Era un cuaderno simple, de espiral con la letra manuscrita de Carlo, cuidadosa, pero juvenil.

Comencé a leer y lo que encontré en esas páginas me dejó sin aliento.

Carlo había documentado todo, cada visión, cada revelación, cada conversación con Jesús durante la comunión.

Y en las últimas páginas escritas semanas antes de su muerte había una sección titulada Para el padre Yusepe.

Comencé a leer con lágrimas ya formándose en mis ojos.

Padre Yuspe probablemente nunca leerá esto, al menos no mientras yo esté vivo, pero quiero escribirlo de todos modos porque necesito que quede registrado.

El padre Yuspe es un hombre bueno, un sacerdote fiel, pero tiene miedo.

Miedo de creer completamente, miedo de lo extraordinario.

Le conté sobre mis experiencias con Jesús porque sentí que él podía entender, que él había sentido la misma presencia que yo sentía.

Pero cuando le pedí que prometiera contar la verdad después de mi muerte, vi el miedo en sus ojos.

Y supe que iba a tardar mucho tiempo en cumplir esa promesa.

Tal vez años, tal vez décadas, pero está bien, lo perdono porque sé que eventualmente lo hará.

Sé que llegará el momento en que su amor por Jesús será más fuerte que su miedo.

Y cuando ese momento llegue, cuando finalmente cuente la verdad, muchas personas encontrarán la fe.

Porque si un sacerdote, un obispo, alguien que se supone que ya tiene todas las respuestas, puede admitir que ha visto lo extraordinario, que ha presenciado lo divino, eso le dará permiso a otros para creer también.

Así que, padre Yusepe, si algún día lee esto, quiero que sepa que lo entiendo, que no estoy enojado y que estoy rezando por usted, no solo ahora mientras estoy vivo, sino también desde el cielo, porque usted fue más que mi párroco, fue mi amigo y los amigos no se rinden el uno al otro, ni siquiera después de la muerte.

Tuve que dejar de leer.

Las lágrimas hacían imposible ver las palabras.

Carlo me había perdonado antes de que yo siquiera le fallara.

había visto mi futuro, mi cobardía, mi eventual redención y me había amado a través de todo eso.

Pero la revelación final, la que me dejó completamente destrozado y reconstruido al mismo tiempo, estaba en la última página del diario, la última entrada que Carlo escribió, fechada el 10 de octubre de 2006, el día de su muerte.

Hoy es el día.

Lo sé porque Jesús me lo dijo anoche durante mi oración.

Voy a morir esta madrugada alrededor de las 6 de la mañana.

Estoy listo, estoy feliz, pero hay algo que necesito escribir antes de irme.

Algo que el padre Yuspe necesita saber algún día.

Esa presencia que él sintió el día de mi primera comunión.

Esa presencia que lo asustó tanto que casi deja caer la No era solo mi fe, no era solo mi devoción, era algo mucho más grande.

En ese momento, cuando él puso la en mi lengua, Jesús le dio un don al padre Yusepe, el don de ver.

Por un segundo, un segundo, brevísimo, el padre Yuspe vio lo que yo veo cada vez que recibo la comunión.

Vio a Jesús, no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma.

Y eso lo aterrorizó.

Porque ver a Jesús realmente, sentir su presencia de manera tan tangible, significa que ya no puedes dudar, ya no puedes esconderte detrás de la teología o la tradición o la rutina.

Tienes que enfrentar la realidad de que Dios es real, de que la Eucaristía no es símbolo, es presencia viva.

Y eso cambia todo.

Cambia cómo celebras la misa, cómo vives tu sacerdocio, cómo ves el mundo.

El padre Yusepe pasará años intentando racionalizar lo que sintió ese día.

intentará convencerse de que fue emoción, sugestión, imaginación, pero en el fondo siempre sabrá la verdad y esa verdad eventualmente lo liberará.

Mi última oración antes de morir es por él, para que encuentre el coraje de creer completamente, de vivir completamente, de amar completamente.

Porque Jesús lo eligió para ser testigo no solo de mi vida, sino de algo mucho más grande, del misterio de la Eucaristía, del amor infinito de Dios, de la realidad del cielo.

Y cuando finalmente acepte ese llamado, cuando finalmente cuente toda la verdad, muchas almas encontrarán el camino a casa.

Cerré el cuaderno.

No podía moverme, no podía pensar, solo podía sentir.

Sentir el peso de 14 años de cobardía cayéndose de mis hombros.

Sentir el amor incondicional de un niño que me había visto en mi peor momento y me había amado de todos modos.

sentir la presencia de Jesús, esa misma presencia que había sentido en la primera comunión de Carlo, llenando mi capilla, llenando mi corazón.

Y finalmente, después de 14 años, comprendí completamente lo que Carlo había intentado enseñarme desde el principio, que la Eucaristía no es un concepto teológico, es un encuentro, que Jesús no espera que seamos perfectos antes de acercarnos.

Solo espera que seamos honestos, que el mayor pecado no es dudar, es negarse a buscar la verdad cuando Dios te la muestra.

Ahora tengo 62 años y recién ahora, después de todo este tiempo, siento que finalmente entiendo lo que significa ser un hombre de fe.

No significa tener todas las respuestas, significa tener el coraje de vivir con las preguntas.

Y ahora, 14 años después de su muerte, finalmente estoy cumpliendo completamente la promesa que le hice.

Le estoy contando al mundo la verdad, la verdad de que presencié algo extraordinario, de que un niño me mostró a Jesús de una manera que transformó mi vida, de que la Eucaristía es real, de que Dios sigue hablando, de que los santos todavía caminan entre nosotros y de que a veces los maestros más profundos vienen en los paquetes más humildes.

Beato Carlo Acutis, ruega por nosotros.

ruega especialmente por los sacerdotes y obispos que han visto tu luz, pero tienen miedo de testificar.

Ruega para que encontremos el coraje que tú tuviste a los 7 años.

El coraje de vivir radicalmente para Jesús, de amar sin medida, de creer sin reservas y de nunca, nunca tener vergüenza del evangelio.

Yeah.

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