La Cuenta Regresiva: El Último Juego de Delcy Rodríguez

Delcy Rodríguez estaba sentada en su oficina, el brillo de la ciudad de Caracas se reflejaba en las ventanas.
Era un día como cualquier otro, pero la tensión en el aire era palpable.
Mientras el sol se ocultaba, sus pensamientos se agitaban como un torbellino.
“¿Le llegó la hora?”, se preguntaba, sintiendo el peso de las expectativas sobre sus hombros.
La presión desde Estados Unidos se había intensificado.
Delcy, con su habilidad para el discurso público, había logrado mantener una fachada de confianza, pero detrás de esa imagen, la realidad era muy distinta.
“No puedo permitirme fallar”, pensaba, mientras revisaba los informes que llegaban a su escritorio.
La cuenta regresiva había comenzado, y cada día que pasaba, el margen de maniobra se reducía.
En una reciente entrevista, el comandante Luis Quiñones había expuesto la situación con claridad.
“Washington habla de confianza, pero la presión es constante”, había dicho, sus palabras resonando en la mente de Delcy.
“¿Qué es lo que realmente quieren de mí?”, reflexionaba, sintiendo que las exigencias eran cada vez más difíciles de cumplir.
La presencia de miles de cubanos en Venezuela se había convertido en un tema candente.
Delcy sabía que muchos de ellos tenían familias que dependían de su permanencia en el país.
“Si no cumplo con lo que se exige, esto podría desmoronarse”, pensó, sintiendo que el tiempo se le escapaba.
La idea de una segunda ola de presión la aterrorizaba.
“No puedo dejar que esto se convierta en un caos”, se dijo, mientras se preparaba para enfrentar lo que vendría.

A medida que las horas pasaban, Delcy se sentía atrapada en un juego peligroso.
“El doble discurso del régimen no puede sostenerse por mucho más tiempo”, reflexionó, recordando las palabras de Quiñones.
La imagen de Nicolás Maduro aparecía en su mente, un hombre que había sido su aliado, pero que ahora parecía un lastre.
“¿Hasta cuándo puedo seguir defendiendo lo indefendible?”, se preguntaba, sintiendo que las paredes se cerraban a su alrededor.
La presión internacional era innegable.
Delcy sabía que las decisiones que tomara en los próximos días podrían definir su futuro y el del régimen.
“Debo actuar con astucia”, pensó, mientras trazaba un plan.
La idea de traicionar a Maduro cruzó por su mente, pero rápidamente la desechó.
“No puedo permitir que el caos se apodere de esto”, se dijo, sintiendo que su lealtad estaba en juego.
La noche cayó sobre Caracas, y Delcy se encontró sola en su oficina, contemplando la oscuridad.
“La confianza se ha desvanecido”, reflexionó, sintiendo que el peso de la responsabilidad la aplastaba.
En ese momento, decidió que era hora de actuar.
“Debo enviar un mensaje claro a Washington”, pensó, sintiendo que la determinación comenzaba a crecer dentro de ella.
Al día siguiente, Delcy convocó a una reunión de emergencia con su equipo más cercano.
“Necesitamos una estrategia”, dijo, su voz resonando con autoridad.
“No podemos permitir que la presión de Estados Unidos nos derribe”.
Los rostros de sus colaboradores reflejaban preocupación, pero también una chispa de esperanza.
“Si trabajamos juntos, podemos salir de esta”, afirmó, sintiendo que la unidad era su única salvación.
Mientras discutían, Delcy comenzó a trazar un plan.
“Debemos mostrarle a Washington que estamos dispuestos a negociar, pero que también somos fuertes”, dijo, sintiendo que cada palabra era un paso hacia la salvación.
La idea de un acuerdo parecía lejana, pero en su mente, era la única salida.
“Si logramos mantener la calma, podemos ganar tiempo”, pensó, sintiendo que el reloj seguía marcando su cuenta regresiva.

Los días pasaron, y Delcy se dedicó a fortalecer su posición.
“Debo ser la voz de la razón en medio del caos”, afirmaba, mientras se preparaba para enfrentar a Maduro.
La tensión entre ellos era palpable, y cada conversación se sentía como una batalla.
“No puedo mostrar debilidad”, pensaba, mientras se preparaba para lo inevitable.
Finalmente, llegó el día de la confrontación.
Maduro la miró con desconfianza.
“¿Qué estás planeando, Delcy?”, preguntó, su tono desafiante.
Ella sintió que el aire se volvía pesado.
“Estoy tratando de salvar lo que queda”, respondió, sintiendo que su corazón latía con fuerza.
La conversación se tornó tensa, y Maduro comenzó a cuestionar su lealtad.
“¿Estás en mi lado o en el de Washington?”, preguntó, su mirada penetrante.
Delcy sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
“Estoy aquí para proteger a Venezuela”, afirmó, sintiendo que cada palabra era una lucha por su supervivencia.
Pero Maduro no estaba convencido.
“Si no cumples con las expectativas, esto podría terminar muy mal para ti”, dijo, su tono amenazante.
Delcy sintió un escalofrío recorrer su espalda.
“No puedo dejar que esto se convierta en un juego de poder”, pensó, sintiendo que la presión aumentaba.
La conversación llegó a un punto crítico.
Delcy decidió arriesgarse.
“Si no actuamos ahora, perderemos todo”, declaró, su voz resonando con determinación.
Maduro la miró, y en ese instante, comprendió que su lealtad estaba siendo puesta a prueba.
“¿Qué estás sugiriendo?”, preguntó, sintiendo que la tensión se intensificaba.
“Debemos negociar con Estados Unidos”, dijo Delcy, sintiendo que cada palabra podía ser un paso hacia su caída.
La reacción de Maduro fue explosiva.
“¡Nunca! No permitiré que el enemigo entre en nuestro país”, gritó, su furia palpable.
Delcy sintió que el aire se volvía pesado.
“Si no lo hacemos, perderemos el control”, insistió, sintiendo que la batalla por su futuro apenas comenzaba.
La discusión se tornó caótica, y Delcy se dio cuenta de que estaba en una encrucijada.
“Debo actuar con rapidez”, pensó, sintiendo que el tiempo se le escapaba.
La presión de Washington era innegable, y la idea de una segunda ola de presión la aterrorizaba.
“No puedo dejar que esto se convierta en un caos”, se dijo, mientras su mente buscaba una salida.

Finalmente, Delcy tomó una decisión.
“Voy a hablar con ellos”, anunció, sintiendo que el riesgo era su única opción.
Maduro la miró con incredulidad.
“¿Estás loca? No puedes hacer eso”, dijo, su voz llena de desdén.
“Es la única forma de mantenernos a salvo”, respondió, sintiendo que la determinación comenzaba a crecer dentro de ella.
La ruptura entre ellos era inminente.
Delcy sabía que su decisión podría costarle caro, pero la presión era demasiado intensa.
“No puedo dejar que el régimen se desmorone”, pensó, sintiendo que su lealtad estaba en juego.
La idea de traicionar a Maduro cruzó por su mente, pero rápidamente la desechó.
“No puedo permitir que esto se convierta en un caos”, se dijo, sintiendo que su futuro dependía de su decisión.
A medida que se acercaba la fecha de la negociación, Delcy se sintió atrapada entre dos mundos.
“¿Qué pasará si no cumplo?”, se preguntaba, sintiendo que el miedo comenzaba a consumirla.
La idea de una traición la aterrorizaba, pero sabía que debía actuar.
“Si no lo hago, perderé todo”, pensó, sintiendo que la presión aumentaba.
Finalmente, llegó el día de la negociación.
Delcy se presentó con una mezcla de determinación y miedo.
“Debo mostrarme fuerte”, se dijo, mientras se preparaba para enfrentar a los representantes de Estados Unidos.
La tensión en la sala era palpable, y cada palabra podía ser un paso hacia la salvación o la ruina.
La conversación comenzó, y Delcy se dio cuenta de que estaba en el centro de un juego peligroso.
Las exigencias eran claras, y la presión aumentaba.
“Si no cumples, esto podría terminar muy mal”, advirtieron los representantes, mientras la cuenta regresiva continuaba.
Delcy sintió que el tiempo se le escapaba, y la idea de una traición comenzaba a rondar en su mente.
A medida que la negociación avanzaba, Delcy se dio cuenta de que estaba en una encrucijada.
“Debo actuar con astucia”, pensó, sintiendo que cada palabra contada podía ser un paso hacia la salvación.
La presión de Maduro y la de Washington se entrelazaban, y la idea de una traición se convertía en una realidad inminente.
Finalmente, Delcy tomó una decisión.
“Voy a jugar mi última carta”, pensó, sintiendo que el riesgo era su única opción.
La negociación llegó a un punto crítico, y Delcy se dio cuenta de que su futuro dependía de su decisión.
“No puedo dejar que esto se convierta en un caos”, se dijo, mientras se preparaba para lo inevitable.
La historia de Delcy Rodríguez no era solo una lucha por el poder; era una batalla por su propia supervivencia.
En un mundo donde la confianza se había desvanecido, la cuenta regresiva continuaba.
“¿Le llegó la hora?”, se preguntaba, sintiendo que el tiempo se le escapaba.
“El verdadero poder no se mide por lo que poseemos, sino por cómo enfrentamos lo que viene.