Hola, soy Mateo Ferreira.

Tengo 32 años y lo que voy a contarte hoy me ha costado 15 años de silencio.
No porque alguien me haya pedido callar, sino porque hay experiencias tan profundas, tan sagradas, que hablar de ellas se siente como romper un pacto invisible con lo divino.
Pero ahora, después de su beatificación y de ver cómo millones de personas en todo el mundo buscan conocer quién fue realmente Carlo Acutis, siento que ha llegado el momento de compartir lo que viví junto a él.
Yo no era creyente, de hecho era todo lo contrario.
Me consideraba un escéptico, un racionalista, alguien que confiaba únicamente en lo que podía ver, tocar y demostrar científicamente.
Para mí, la religión era una muleta emocional para quienes no podían enfrentar la realidad tal como es, dura, fría, sin propósito trascendental.
Y entonces conocí a Carl durante 4 años trabajé con él en su proyecto más importante, catalogar todos los milagros eucarísticos del mundo en una página web.
Yo era el diseñador, el técnico, el que hacía que todo funcionara digitalmente.
Carlo era la mente, el corazón, la fe inquebrantable detrás de cada línea de código que escribíamos.
Lo que comenzó como un simple trabajo freelance para ayudar a un vecino terminó convirtiéndose en la experiencia más transformadora de mi vida.
Vi cosas, hermano.
Vi cosas que no tienen explicación lógica.
Presencié momentos que desafían toda comprensión científica y lo más impactante de todo fue estar a su lado durante sus últimas semanas de vida cuando la leucemia fulminante lo consumía, pero su fe brillaba con una intensidad que iluminaba toda la habitación del hospital.
Hoy voy a contarte exactamente lo que pasó, no los hechos que puedes leer en su biografía oficial.
Voy a contarte lo que yo vi con mis propios ojos.
Todo comenzó en el verano de 2002.
Yo tenía 17 años y acababa de terminar el bachillerato en Milán.
Vivía con mi familia en un edificio de apartamentos en la zona de Cuarto Ojiaro, un barrio obrero donde la vida transcurría entre el trabajo, el fútbol y las reuniones en los bares locales.
Mi padre era mecánico, mi madre trabajaba en una fábrica textil y yo soñaba con estudiar ingeniería informática en la Universidad Politécnica.
Pasaba la mayor parte de mi tiempo libre frente a la computadora diseñando páginas web básicas para negocios pequeños del barrio.
Era mi manera de ganar algo de dinero extra y de perfeccionar mis habilidades.
Una tarde de julio, mientras bajaba las escaleras del edificio con mi laptop bajo el brazo, me topé con una mujer elegante que subía cargando bolsas de supermercado.
Era Antonia Salzano, quien acababa de mudarse al apartamento del tercer piso con su familia.
Buenos días”, me saludó con una sonrisa amable.
“Permíteme ayudarte”, le dije tomando algunas bolsas.
Mientras subíamos juntos, ella me preguntó a qué me dedicaba.
Cuando mencioné el diseño web, sus ojos se mido iluminaron.
“¡Qué coincidencia”, dijo.
“Mi hijo Carl está trabajando en un proyecto digital y necesita ayuda técnica.
Tiene apenas 11 años, pero es muy avanzado para su edad.
está catalogando milagros eucarísticos de todo el mundo.
Recuerdo haber pensado otro niño religioso con un proyecto escolar aburrido, pero necesitaba el dinero y el trabajo era trabajo.
“Claro, puedo echarle un vistazo”, respondí sin mucho entusiasmo.
Dos días después estaba sentado en la sala de los acutis salsano esperando conocer a este niño prodigio.
El apartamento era luminoso, ordenado, con crucifijos en las paredes y fotografías familiares por todas partes.
Entonces entró Carlo, un chico delgado, de cabello castaño despeinado, ojos vivaces y una sonrisa que iluminaba toda la habitación.
“Hola, Mateo”, me dijo estrechándome la mano con firmeza sorprendente para su edad.
“Mi mamá me contó que eres diseñador web.
Gracias por venir.
” Me sorprendió su madurez.
No hablaba como un niño de 11 años.
Su vocabulario era rico, su tono respetuoso pero seguro.
Me mostró su proyecto en una computadora ya anticuada.
Era una colección desordenada de documentos de Word, fotos escaneadas y notas escritas a mano sobre supuestos milagros eucarísticos.
Lciano, Bolsena, Buenos Aires, Ámsterdam.
Decenas de casos documentados con una meticulosidad obsesiva.
Quiero que todo el mundo pueda acceder a esta información, me explicó Carlo con pasión.
La gente no sabe que Jesús está verdaderamente presente en la Eucaristía.
Estos milagros lo demuestran.
Si logramos crear una página web profesional, podemos evangelizar a través de internet.
Recuerdo haber pensado, este niño está completamente adoctrinado, pero había algo en su convicción, en su entusiasmo genuino que me intrigaba.
Está bien, le dije.
Puedo ayudarte a organizar todo esto en un sitio web funcional.
Durante las siguientes semanas nos reuníamos tres veces por semana en su apartamento.
Yo llegaba con mi laptop, Carlo.
Tenía preparados todos sus materiales.
Trabajábamos juntos durante dos o tres horas.
Él investigaba, yo diseñaba, pero lo que me fascinaba no era el proyecto en sí, sino Carlo.
Este niño de 11 años citaba documentos Vaticanos de memoria.
Conocía la historia de la iglesia mejor que cualquier sacerdote que yo hubiera conocido.
Y hablaba de teología con una profundidad que me dejaba perplejo.
Mateo me decía mientras yo programaba, “¿Tú crees en Dios?” Yo evitaba responder directamente.
No sé, Carl.
Supongo que si existiera un Dios habría más evidencia.
Él se reía suavemente.
La evidencia está en todas partes.
Solo necesitas abrir los ojos.
Estos milagros eucarísticos son evidencia científica.
Hay análisis médicos, estudios forenses, testimonios documentados.
Una tarde de agosto, mientras trabajábamos en la sección de milagros latinoamericanos, Carlos me contó sobre el caso de Buenos Aires en 1996.
Un sacerdote había encontrado una consagrada tirada en el suelo.
La puso en agua para que se disolviera como es la costumbre.
Pero en lugar de disolverse, la comenzó a sangrar.
Años después, un cardiólogo analizó una muestra del tejido y descubrió que era músculo cardíaco humano vivo con glóbulos blancos intactos.
Imposible, desde el punto de vista científico, si consideramos que la muestra tenía años de antigüedad.
Eso debe ser un fraude”, respondí automáticamente.
Carl me miró con esos ojos penetrantes que parecían ver más allá de mis defensas racionales.
Por eso estoy documentando todo con fuentes verificables, Mateo, porque sé que la gente como tú necesita pruebas y Dios en su misericordia infinita nos las da.
Esa noche regresé a mi apartamento perturbado.
Empecé a investigar por mi cuenta.
Los siguientes meses fueron extraños para mí.
Oficialmente seguía siendo agnóstico, incluso ateo.
Discutía con Carlos sobre teología, le presentaba argumentos científicos contra la fe, le cuestionaba cada milagro que documentábamos.
Pero algo estaba cambiando en mi interior.
Carlo nunca se molestaba con mis objeciones, al contrario, las recibía con entusiasmo.
“Me encanta que me cuestiones”, me decía.
“Significa que estás pensando que estás buscando la verdad.
” Y quien busca la verdad genuinamente, siempre termina encontrando a Dios, porque Dios es la verdad.
Lo que más me impactaba era su coherencia.
Carlo no solo hablaba de fe, la vivía.
Cada mañana antes de la escuela asistía a misa.
Su madre me contó que nunca faltaba, ni siquiera cuando estaba enfermo.
Después de misa pasaba tiempo en adoración eucarística.
un niño de 11 años cuando otros chicos de su edad estaban jugando videojuegos o viendo televisión.
Un día le pregunté directamente, “Carlo, ¿no te aburre ir a misa todos los días?” Me miró como si hubiera hecho la pregunta más absurda del mundo.
“Aburrirme”, dijo Mateo.
“Voy a encontrarme con Jesús.
Voy a recibir a Dios mismo en mi cuerpo a través de la Eucaristía.
” ¿Cómo podría aburrirme de eso? Es lo más increíble que existe.
Imagina que puedes encontrarte cara a cara con el creador del universo cada día.
¿Lo harías o preferirías quedarte durmiendo? Su lógica era irrefutable, al menos desde su sistema de creencias.
Pero lo que realmente me sacudió fue un incidente que ocurrió en octubre de 2003.
Habíamos estado trabajando intensamente en la sección de milagros europeos del sitio web.
Carlo estaba especialmente emocionado porque habíamos conseguido fotografías de alta resolución del milagro del anciano, donde una se había convertido literalmente en carne y vino en sangre en el siglo VII, y análisis científicos modernos confirmaban que era tejido cardíaco humano y sangre tipo AB.
Esa tarde, después de subir todo el material al servidor, Carlos cerró su computadora y me miró serio.
Mateo, me dijo, “Hay algo que necesito decirte.
Sé que no crees en Dios y respeto eso, pero quiero pedirte un favor.
” Estaba confundido.
Claro, Carlo, ¿qué necesitas? Quiero que vengas conmigo a misa mañana solo una vez.
No te pido que reces ni que comulgues, solo que vengas y observes, que veas con tus propios ojos.
lo que sucede durante la consagración.
Intenté rechazar, pero había algo en su mirada, una urgencia que no había visto antes.
Está bien, acepté finalmente.
Iré.
La mañana siguiente me encontré entrando a la iglesia de Santa María Segreta en Milán.
Era temprano, apenas las 7 de la mañana.
La iglesia estaba casi vacía, solo algunas personas mayores y Carlo con su madre.
Me senté en la última banca sintiéndome completamente fuera de lugar.
Observé a Carlo durante toda la misa.
Su concentración era absoluta.
Cuando llegó el momento de la consagración, cuando el sacerdote alzó la y luego el cáliz, vi algo en el rostro de Carlo que me dejó sin aliento.
Era adoración pura.
Sus ojos brillaban con lágrimas.
Su expresión era de amor total, de entrega completa.
No era la mirada de un niño adoctrinado cumpliendo un ritual.
Era la mirada de alguien que está viendo algo real, algo hermoso más allá de toda descripción.
Cuando terminó la misa y salimos, Carlo me preguntó, “¿Qué sentiste?” No supe que responder.
“Honestamente, Carlos, no sentí nada especial, pero vi algo en ti.
Vi que para ti esto es absolutamente real.
” Sonrió.
“Porque es real, Mateo.
Algún día tú también lo verás.
Trabajamos juntos durante dos años más.
” En ese tiempo, el sitio web de milagros eucarísticos se volvió increíblemente popular.
Recibíamos mensajes de todo el mundo, de personas que habían encontrado la fe a través del proyecto de Carlo.
Sacerdotes nos escribían agradeciéndonos por el material educativo.
Jóvenes como yo compartían testimonios de conversión después de revisar la evidencia científica de los milagros.
Carlo estaba radiante.
Lo logramos, Mateo.
Estamos evangelizando a través de internet.
Pero yo seguía resistiéndome.
Admiraba a Carlo profundamente, su bondad, su inteligencia, su dedicación, pero no podía dar el salto de fe que él me pedía.
No puedo creer solo porque quiero creer le decía.
Necesito estar seguro.
Y Carlos siempre respondía con paciencia.
La fe no es lo opuesto a la razón, Mateo.
Es un paso más allá de donde la razón puede llevarte.
Primero usas la razón para llegar hasta donde puedes.
Luego confías en Dios para el resto del camino.
En el verano de 2005, cuando Carlo tenía 14 años, noté un cambio en él.
Seguía siendo alegre, entusiasta, dedicado al proyecto, pero había una profundidad nueva en sus palabras, una madurez espiritual que iba más allá de su edad.
Un día, mientras actualizábamos la sección de milagros asiáticos, me dijo algo que se me quedó grabado.
Mateo, ¿sabes que la vida es un regalo, verdad? Cada día que vivimos es una oportunidad para acercarnos a Dios y ayudar a otros a hacer lo mismo.
No estamos aquí por casualidad.
Estamos aquí con un propósito.
Y mi propósito es hacer que la gente se enamore de la Eucaristía como yo estoy enamorado de ella.
Pensé que era solo uno de sus habituales discursos espirituales.
No imaginaba que eran palabras proféticas.
En marzo de 2006, Carlo comenzó a sentirse mal.
Al principio pensamos que era gripe, pero cuando la fiebre no cedía y aparecieron otros síntomas, sus padres lo llevaron al hospital.
El diagnóstico llegó como un rayo.
Leucemia promielocítica aguda, forma M3, una de las más agresivas.
Recuerdo el día que Antonia me llamó para contarme.
Su voz estaba rota pero firme.
Mateo.
Carlo está en el hospital.
Tiene leucemia.
Los médicos dicen que es muy grave.
Él quiere verte.
Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies.
Carlo, el niño más bueno, más puro que había conocido.
¿Cómo era posible? Fui al hospital San Gerardo de Monza esa misma tarde.
El recorrido desde la entrada hasta su habitación fue el más largo de mi vida.
Cuando entré en la habitación 104, Carlo estaba recostado en la cama, pálido, con una vía intravenosa en el brazo, pero cuando me vio, sonró.
Esa sonrisa que siempre tenía, incluso ahora.
Hola, Mateo dijo con voz débil.
No pongas esa cara, no estoy muerto todavía.
Me senté junto a su cama sin saber qué decir.
Carlo, yo lo siento.
No sabía.
Él negó con la cabeza.
No te disculpes.
Esto es parte del plan.
No lo entiendo todavía completamente, pero confío en que Dios sabe lo que hace.
El plan.
Repetí con amargura.
¿Qué clase de plan incluye darle leucemia a un niño de 15 años? Un niño bueno, un niño que dedica su vida a servir a Dios.
Carlo me miró con esos ojos sabios que no correspondían a su edad.
Mateo le respondió con calma, “La santidad no se mide en años vividos, sino en amor dado.
Si Dios me llama ahora, significa que mi misión aquí está completa.
Y sabes qué, estoy en paz con eso.
” Pasé las siguientes semanas visitando a Carlo casi todos los días.
Los médicos hacían todo lo posible, pero la leucemia avanzaba rápidamente.
Vi a ese niño extraordinario enfrentar el dolor, la debilidad, el miedo a la muerte con una serenidad que desafiaba toda lógica.
Nunca se quejaba, nunca preguntaba por qué a mí.
En lugar de eso, ofrecía su sufrimiento.
Esto es por el Papa, me decía, por la Iglesia, por los jóvenes que están perdiendo la fe.
Por ti, Mateo.
Una tarde, cuando estaba especialmente débil, me tomó la mano y me dijo, “Prométeme algo.
Cualquier cosa, Carlos, promete que terminarás el sitio web, que seguirás compartiendo los milagros eucarísticos, que no dejarás que mi trabajo se pierda.
Se lo prometí entre lágrimas.
” Entonces Carlos sonrió.
Bien.
Porque desde el cielo voy a seguir ayudándote.
Los santos no dejan de trabajar cuando mueren, Mateo.
Solo cambian de oficina.
A pesar de mi dolor, no pude evitar reír ante su broma.
El 12 de octubre de 2006, recibí la llamada que temía.
Antonia me dijo entre soyosos, “Mateo, ven rápido.
Carlo está en sus últimas horas.
Corrí al hospital.
Cuando llegué a la habitación, Carlo estaba consciente, pero muy débil.
Sus padres estaban a cada lado de la cama.
Un sacerdote acababa de darle la unción de los enfermos.
Me acerqué y Carlos giró su cabeza hacia mí.
“Viniste”, susurró.
“Claro que vine”, respondí apretando su mano.
“Carlo, necesito decirte algo.
Siempre he admirado tu fe y creo, creo que tenías razón sobre Dios, sobre todo.
” Sus ojos se iluminaron con una última chispa de alegría.
“Lo sabía, Mateo.
Lo sabía.
Ahora solo necesitas dar ese paso final.
Confía en él.
Entonces algo extraordinario sucedió.
Carlo miró hacia arriba, hacia un punto en el techo que ninguno de nosotros podía ver.
Su rostro se transformó completamente.
El dolor desapareció.
Una paz absoluta, una alegría indescriptible se reflejó en sus rasgos.
“Mamá, papá”, susurró.
“El cielo se está abriendo.
” Esas fueron sus últimas palabras.
cerró sus ojos con una sonrisa en los labios y se fue.
Pero yo juro, hermano, juro por todo lo que tengo, que en ese momento sentí algo en esa habitación, una presencia, una paz que no tiene explicación racional.
El aire mismo parecía más ligero, como si algo divino hubiera entrado para llevarse a Carlo a casa.
Salí del hospital esa madrugada convertido en otra persona.
El escéptico que había entrado 4 años atrás a conocer a un niño religioso ya no existía.
En su lugar quedaba un hombre que había presenciado algo más grande que él mismo, algo que la ciencia no puede medir, pero que el corazón reconoce como verdadero.
Desde entonces, he continuado el trabajo de Carlo.
El sitio web de milagros eucarísticos sigue activo, ahora con más de 150 casos documentados.
He recibido miles de mensajes de personas cuyas vidas cambiaron después de conocer la historia de Carl y yo mismo finalmente di ese paso que él siempre me pidió.
Me bauticé dos años después de su muerte porque Carlo tenía razón.
La fe no elimina la mi Dios.
Razón, simplemente la completa.
Han pasado 15 años desde aquella madrugada del 12 de octubre de 2006, cuando vi a Carlo Acutis partir hacia el cielo.
15 años en los que he cargado con el peso y el privilegio de haber estado junto a él en sus últimos momentos.
Pero lo que voy a contarte ahora es algo que pocos saben, algo que me ha costado aún más compartir que su muerte misma.
Porque lo que pasó después de que Carlos cerró sus ojos por última vez no fue el final de la historia, fue apenas el comienzo.
Durante años he guardado estos acontecimientos como tesoros secretos en mi corazón, preguntándome si algún día tendría el valor de revelarlos.
Pero ahora, después de su beatificación oficial en octubre de 2020, después de ver a millones de personas en todo el mundo descubrir su testimonio, siento que es momento de contar toda la verdad.
La verdad sobre los milagros que siguieron.
La verdad sobre cómo un niño que murió a los 15 años sigue cumpliendo su promesa de ayudarme desde el cielo.
Los primeros días después de la muerte de Carlo fueron los más oscuros de mi vida.
A pesar de haber presenciado algo sobrenatural en sus últimos momentos, a pesar de haber sentido esa paz inexplicable cuando él dijo que el cielo se estaba abriendo, la realidad de su ausencia me golpeaba como olas implacables.
Me despertaba cada mañana esperando recibir un mensaje suyo, olvidando por un instante que ya no estaba.
veía su nombre en mi lista de contactos de Skype y tenía que recordarme a mí mismo que nunca volvería a aparecer en línea.
El sitio web que habíamos construido juntos seguía ahí, funcionando perfectamente, pero cada vez que entraba para actualizarlo sentía un vacío inmenso.
Era nuestro proyecto, nuestra misión compartida y ahora estaba solo.
El funeral se celebró en la Iglesia de Santa María Segreta, la misma donde yo había visto a Carlo asistir a misa cada mañana durante años.
La iglesia estaba completamente llena, amigos, familiares, compañeros de escuela, sacerdotes, personas que habían conocido a Carlo y habían sido tocadas por su testimonio.
Durante la humilía, el padre Marco habló de Carlo como un joven santo, un modelo para toda una generación.
habló de su devoción eucarística, de su pureza, de cómo había usado la tecnología para evangelizar.
Pero lo que más me impactó fue cuando dijo algo que parecía dirigido específicamente a mí.
“Carlo no murió”, dijo el padre Marco.
Simplemente cambió de residencia.
Ahora vive en la patria definitiva, pero su misión continúa y quienes lo conocimos tenemos la responsabilidad de continuar su obra.
Después del funeral, Antonia me tomó del brazo mientras salíamos.
Mateo me dijo con voz quebrada, pero firme, sé que esto es difícil para ti.
Carlo te quería mucho.
Siempre hablaba de ti, de cómo rezaba por tu conversión y mira, sus oraciones fueron escuchadas.
Asentí sin poder hablar.
Luego ella me entregó un sobre.
Carlos me pidió que te diera esto si algo le pasaba.
Lo escribió hace dos semanas cuando ya sabía que no le quedaba mucho tiempo.
Abría el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una carta escrita a mano con la letra temblorosa de Carlo, debilitado por la enfermedad.
Querido Mateo, decía, “Si estás leyendo esto, significa que ya estoy en el cielo con Jesús.
No estés triste, hermano.
Estoy más vivo ahora que nunca.
Solo que ahora puedo verte desde una perspectiva mucho mejor.
Quiero que sepas algo importante.
Nuestro proyecto no ha terminado.
De hecho, apenas está comenzando, tú vas a continuar el sitio web de los milagros eucarísticos.
vas a añadir más casos, más testimonios, más evidencias del amor infinito de Dios presente en la Eucaristía y yo voy a ayudarte desde aquí arriba.
Sé que suena loco, pero confía en mí.
Vas a ver señales, vas a experimentar cosas que no podrás explicar y cada vez que eso pase, sabrás que soy yo cumpliendo mi promesa.
No tengas miedo, Mateo.
La muerte no es el final, es solo el principio de la verdadera vida.
Y algún día, cuando termine tu misión en la tierra, nos volveremos a ver.
Mientras tanto, trabaja duro, ama mucho y sobre todo, enamórate de Jesús en la Eucaristía como yo lo hice.
Lloré durante horas después de leer esa carta.
No lágrimas de tristeza solamente, sino lágrimas de algo más profundo.
Era como si Carlo me hubiera dejado un mapa, una brújula para navegar el resto de mi vida sin él.
Las primeras semanas fueron mecánicas.
me obligaba a levantarme cada día, a trabajar en el sitio web, a responder los correos que seguían llegando de personas que querían saber más sobre Carlo, pero todo se sentía vacío, automático, hasta que sucedió la primera señal.
Era noviembre, apenas un mes después de su muerte.
Yo estaba trabajando en mi apartamento tratando de agregar un nuevo caso de milagro eucarístico que había investigado.
Era tarde en la noche, pasada la medianoche.
Estaba agotado, frustrado, porque el código no funcionaba como debería.
Había un error en la base de datos que no lograba identificar.
Llevaba horas intentando resolverlo.
En un momento de desesperación cerré la laptop y dije en voz alta casi gritando, “Carlo, si de verdad puedes ayudarme desde el cielo, ahora sería un buen momento.
” Inmediatamente después de decir eso, mi teléfono sonó.
Era un número desconocido internacional.
Atendí con curiosidad.
“Mateo Ferreira”, preguntó una voz con acento que no pude identificar.
Sí, soy yo.
Mi nombre es padre Yusepe.
Llamó desde el anciano Italia.
Sé que esto va a sonar extraño, pero hace unos minutos, mientras rezaba frente al milagro eucarístico del anciano, sentí una inspiración fuerte, casi una orden interior de llamarte inmediatamente.
No sé por qué ni para qué, solo sé que debía hacerlo.
Me quedé paralizado.
La anciano, el mismo milagro que Carlo y yo habíamos documentado extensamente en nuestro sitio web, el mismo milagro que había sido tan importante para él.
Le conté al padre Giuseppe sobre mi problema técnico con el sitio web.
Él se rió suavemente.
No soy experto en computadoras, Mateo, pero sí sé que cuando Dios quiere que algo se haga, envía ayuda.
Déjame darte el contacto de un programador aquí en Italia que ayuda a nuestra parroquia.
él podrá resolverlo.
Al día siguiente contacté al programador que el padre Yuspe me había recomendado.
En cuestión de horas había identificado y resuelto el problema, pero lo más sorprendente no fue eso.
Cuando le conté sobre el proyecto de Carlo, sobre los milagros eucarísticos, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Mateo, me dijo, hace 3 años tuve un accidente terrible.
Los médicos me dieron pocas esperanzas de recuperación, pero mi madre rezó frente al milagro del anciano y me encomendó a la intersión de todos los santos que habían tenido devoción eucarística.
Me recuperé completamente y contra todo pronóstico desde entonces y he querido dedicar mis habilidades a servir a la iglesia.
Ayudar con este proyecto sería un honor.
Esa fue la primera vez, pero no la última.
Durante los meses siguientes, cada vez que enfrentaba un obstáculo aparentemente insuperable en el proyecto del sitio web, sucedía algo inexplicable.
Llegaba una donación justo cuando necesitaba pagar el servidor.
Aparecía un traductor voluntario cuando necesitaba traducir contenido a otro idioma.
recibía contacto de historiadores o científicos dispuestos a verificar casos que estaba investigando.
Cada coincidencia era demasiado perfecta, demasiado oportuna para ser casualidad y cada vez que sucedía yo sentía la presencia de Carlo.
Era como si él estuviera orquestando todo desde el cielo, cumpliendo su promesa de seguir ayudándome.
Pero el verdadero punto de quiebre llegó en marzo de 2007, 6 meses después de su muerte.
Yo seguía luchando con mi fe.
Había prometido a Carlo que daría ese paso final, que confiaría en Dios, pero el miedo me paralizaba.
Y si me equivocaba y si todo esto era solo mi mente jugándome trucos, mi necesidad desesperada de creer que Carlos seguía cerca.
Una noche, atormentado por estas dudas, decidí ir a la iglesia de Santa María Segreta.
Era tarde, pasadas las 10 de la noche.
La iglesia estaba vacía y oscura, iluminada solo por las velas frente al sagrario.
Me senté en la misma banca donde solía sentarme cuando acompañaba a Carlo a misa y por primera vez en mi vida realmente oré.
No recité palabras memorizadas, simplemente hablé desde el corazón.
Dios, si existes, necesito una señal.
No puedo dar este paso en la oscuridad.
Carlo tenía fe suficiente por los dos, pero yo no soy como él.
Necesito saber que esto es real, que no estoy enloqueciendo, que su muerte no fue en vano.
Por favor, si de verdad estás ahí, muéstramelo.
No esperaba una respuesta inmediata.
Las películas te hacen creer que Dios responde con rayos y voces del cielo, pero la realidad es mucho más sutil.
Me quedé allí sentado en silencio durante casi una hora.
Nada pasaba.
Estaba a punto de irme cuando escuché la puerta de la iglesia abrirse.
Entró un hombre joven, probablemente de mi edad.
Llevaba una mochila y parecía exhausto.
Se arrodilló frente al sagrario y comenzó a llorar.
Llorar de esa manera desgarradora que solo viene cuando estás completamente roto.
No quería interrumpir su momento privado, pero algo me impulsó a acercarme.
Disculpa, le dije suavemente.
¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? El hombre me miró con ojos hinchados.
No sé qué hago aquí”, confesó.
No soy religioso, nunca he sido creyente, pero hace una semana mi hermana menor murió de leucemia.
Sentí como si alguien me hubiera golpeado en el pecho.
Leucemia.
Como Carlo.
El hombre continuó.
Ella tenía 14 años y en sus últimas semanas se volvió super religiosa.
Hablaba todo el tiempo de un tal Carlo Acutis, un chico italiano que había muerto de leucemia y que ella decía era un santo.
Investigó toda su historia, vio videos sobre él, leyó sobre sus milagros eucarísticos y me hizo prometer que después de su muerte vendría a esta iglesia específicamente.
Dijo que aquí encontraría respuestas.
No podía creer lo que estaba escuchando.
Tu hermana, le pregunté con voz temblorosa.
¿Cómo se llamaba Lucía? Respondió Lucía Martínez.
Le conté todo sobre Carlo, sobre cómo yo también lo había conocido, sobre cómo había muerto exactamente de la misma manera, con la misma paz, la misma fe inquebrantable.
Le hablé del sitio web de los milagros eucarísticos que habíamos creado juntos.
Le mostré la carta que Carlo me había dejado.
El hombre me escuchó en silencio y cuando terminé dijo algo que cambió todo para mí.
Mi hermana me dijo que Carlo me enviaría a alguien, que en esta iglesia conocería a alguien que me ayudaría a entender.
Mateo, no creo en casualidades.
No después de todo lo que he visto en estas últimas semanas.
Mi hermana murió sonriendo igual que tu Carlo.
Sus últimas palabras fueron, “El cielo se está abriendo.
” Las mismas palabras.
¿Cómo es eso posible? Nos quedamos allí hablando hasta la madrugada.
Le conté sobre mi lucha con la fe, sobre mis dudas, sobre cómo Carlo me había desafiado a dar ese paso final.
Y él me contó sobre su hermana Lucía, sobre cómo ella había transformado su agonía en un testimonio de esperanza, sobre cómo cada día le hablaba de la Eucaristía, de Jesús, de la eternidad.
Cuando finalmente salimos de la iglesia al amanecer, ambos éramos personas diferentes.
Él había encontrado la respuesta que su hermana le había prometido y yo había recibido la señal que le pedía a Dios.
Porque, ¿qué probabilidad había de que un extraño entrara a esa iglesia específica? En ese momento específico, con esa historia específica.
Dos meses después, en mayo de 2007, me bauticé.
La ceremonia fue pequeña, íntima.
Estuvieron presentes Antonia y Andrea Acutis, el padre Marco, mi familia y algunos amigos cercanos.
Cuando el agua fue derramada sobre mi cabeza y escuché las palabras, Mateo, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sentía algo inexplicable.
Era como si cadenas invisibles que había cargado toda mi vida se rompieran, como si finalmente pudiera respirar completamente.
Después de la ceremonia, Antonia me abrazó llorando.
Carlo estaría tan feliz, me dijo.
Esto era lo que más deseaba, ver tu conversión.
Y lo logró incluso después de partir.
Esa noche en mi apartamento abrí mi laptop para trabajar en el sitio web.
había recibido un correo nuevo.
El remitente era una dirección desconocida.
El asunto decía simplemente, “Gracias por el sitio de Carlo.
” Abrí el mensaje.
Decía, “Mi nombre es el padre Thomas.
Soy un sacerdote misionero en Tanzania.
Hace tres meses encontré el sitio web de los milagros eucarísticos que creaste con Carlo Acutis.
Lo usé para enseñar a mi comunidad sobre la presencia real de Jesús en la Eucaristía.
La mayoría de las personas aquí son conversos recientes del Islam o de religiones tradicionales africanas.
Necesitaban ver evidencia.
Necesitaban entender que la Eucaristía no es solo un símbolo.
Tu sitio web les dio exactamente eso.
Esta semana, durante la misa, algo extraordinario sucedió.
Durante la consagración.
Uno de nuestros fieles, un hombre que había sido escéptico sobre la presencia real, vio la brillar con una luz dorada.
Otros también lo vieron.
No sabemos cómo explicarlo, pero desde entonces toda la comunidad ha desarrollado una devoción eucarística profunda.
Queremos que sepas que el trabajo de Carlo está salvando almas aquí en África.
Gracias por continuar su misión.
Lloré mientras leía ese correo.
No lágrimas de tristeza, sino de alegría abrumadora.
Carl tenía razón.
Su misión no había terminado.
De hecho, se estaba expandiendo de maneras que ninguno de nosotros hubiera podido imaginar.
Durante los años siguientes, el sitio web creció exponencialmente, lo que había comenzado como un proyecto de un niño de 11 años se convirtió en uno de los recursos más completos sobre milagros eucarísticos en internet.
Recibíamos testimonios de conversión de todos los continentes.
Ateos que se volvían creyentes después de revisar la evidencia científica.
Católicos tibios que redescubrían el amor por la Eucaristía.
Jóvenes que encontraban propósito y dirección en sus vidas inspirados por el ejemplo de Carlo.
Pero lo más sorprendente fueron los milagros.
milagros reales documentados que las personas atribuían a la intersión de Carlo, una madre en Brasil cuyo hijo estaba en coma después de un accidente.
Había rezado pidiendo la intercepición de Carlo y el niño despertó inexplicablemente.
un joven en Filipinas con cáncer terminal que experimentó una remisión completa después de orar frente a una reliquia de Carlo, una pareja en Argentina que había perdido la fe después de perder a su hijo, pero la recuperaron después de conocer la historia de Carlo a través del sitio web.
Yo documentaba cada testimonio meticulosamente, no por gloria propia, sino porque sentía que era mi responsabilidad.
Carlo había plantado la semilla.
Yo simplemente estaba regando el jardín que él había comenzado.
En 2010, 4 años después de su muerte, la iglesia abrió oficialmente el proceso de beatificación de Carlo.
Me contactaron para dar mi testimonio.
Fue extraño y hermoso al mismo tiempo sentarme frente a un tribunal eclesiástico y contar mi historia.
cómo había conocido a Carlo, cómo él había transformado mi vida, cómo incluso después de su muerte seguía cumpliendo su misión.
Les hablé sobre todas las coincidencias imposibles, sobre los testimonios que seguíamos recibiendo, sobre cómo el sitio web había tocado millones de vidas.
Y les hablé sobre su última promesa, que me ayudarían desde el cielo, promesa que había cumplido una y otra vez.
El proceso duró 10 años.
10 años de investigaciones, testimonios, verificaciones médicas de supuestos milagros.
Yo seguí trabajando en el sitio web, expandiéndolo, mejorándolo.
Añadí secciones sobre la vida de Carlo, sus escritos, sus reflexiones.
Creé una sección de testimonios donde las personas podían compartir cómo Carlo había impactado sus vidas.
Mientras tanto, mi propia fe seguía creciendo y profundizándose.
Comencé a asistir a misa diaria como Carlos lo había hecho.
Al principio era difícil despertarme temprano, ir a la iglesia antes del trabajo, pero con el tiempo se convirtió en la parte más importante de mi día.
Entendí lo que Carlo había intentado explicarme años atrás.
La Eucaristía no es un ritual aburrido, es un encuentro real con Jesús.
Y una vez que comprendes eso, una vez que realmente crees en eso, todo cambia.
El 10 de octubre de 2020, finalmente llegó la noticia que habíamos estado esperando.
El Papa Francisco anunció que Carlo Acutis sería beatificado.
La ceremonia se realizaría en Asis, Italia, en presencia de miles de personas.
Yo estuve allí, por supuesto, junto a Antonia y Andrea, junto a familiares y amigos de Carlo, junto a miles de jóvenes que habían sido inspirados por su testimonio.
Cuando el cardenal proclamó oficialmente a Carlo Acutis como beato, cuando su imagen apareció en las pantallas gigantes, cuando toda la multitud estalló en aplausos y lágrimas, sentí algo indescribible.
Era como si Carlo estuviera allí con nosotros, sonriendo esa sonrisa luminosa que siempre tenía.
Después de la ceremonia me acerqué a su tumba en el santuario del despojo en Asís.
Me arrodillé frente a su cuerpo incorrupto, visible a través del vidrio.
Después de 14 años, su rostro seguía intacto, sereno, con esa misma expresión de paz que tenía cuando cerró sus ojos por última vez.
Hablé con él en silencio.
Le agradecí por todo, por su paciencia con un escéptico terco, por sus oraciones que me llevaron a la fe, por la promesa que había cumplido fielmente de ayudarme desde el cielo.
Y le hice una nueva promesa.
Ve a tocarlo le dije.
Seguiré trabajando en nuestra misión hasta mi último aliento.
Seguiré compartiendo tu amor por la Eucaristía.
Seguiré contando tu historia a quien quiera escucharla.
Y cuando finalmente llegue mi hora de partir de este mundo, espero con todo mi corazón escucharte decir, bien hecho, Mateo, bien hecho, amigo mío.
Hoy en 2025, el sitio web de los milagros eucarísticos que Carlo y yo comenzamos en 2002 tiene más de 5 millones de visitantes al año.
Ha sido traducido a 15 idiomas, ha inspirado exposiciones itinerantes que han viajado por todo el mundo, pero los números no importan.
Lo que importa es que cada día recibo mensajes de personas cuyas vidas han sido transformadas.
Y cada mensaje es una confirmación de que Carlos sigue trabajando, sigue cumpliendo su misión, sigue enamorando personas de Jesús eucarístico.