Tengo en mis manos un cuaderno azul, está gastado.

Las páginas están amarillentas por el paso de 19 años.
La tinta está desvanecida en algunos lugares donde mis lágrimas cayeron mientras lo leía una y otra vez durante las noches de insomnio.
La cubierta de cartón tiene manchas de café de esas madrugadas en las que no podía dormir y me quedaba mirando estas palabras que cambiaron mi vida para siempre.
Pero las palabras que contiene han sido mi tesoro más preciado, mi secreto más profundo, mi prueba más contundente de que vivimos en un universo donde lo imposible es posible.
Este cuaderno perteneció a Carlo Acutis, un chico de 15 años que murió el 12 de octubre de 2006 en el Hospital San Gerardo de Monza, Italia.
Y en la página 47, fechada el 23 de agosto de 2006, exactamente 23 días antes de que yo le confesara mi amor en el pasillo de nuestra escuela, él escribió esto con su letra adolescente, pero clara, con esa caligrafía ordenada que siempre tuvo.
Juliana Santoro va a confesarme sus sentimientos el 15 de septiembre después de la clase de matemáticas.
Ya lo vi en oración anoche durante la adoración eucarística vi exactamente dónde pasará.
Junto a los casilleros del tercer piso, cerca de la ventana que da al patio.
Tendré que decirle no, aunque mi corazón humano sienta dolor por rechazarla, pero Dios me mostró su futuro completo y debo ser obediente a su plan.
Me llamo Juliana Santoro, tengo 34 años, vivo en un apartamento luminoso en la zona de Porta Venecia en Milán con mi esposo Marco Bellini y nuestras dos hijas, Carla de 13 años y Sofía de 11.
Trabajo como arquitecta especializada en restauración de edificios históricos.
Voy a misa todos los domingos en la iglesia Santa María Segreta, la misma donde Carlo Acutis pasaba horas en adoración eucarística cuando era adolescente.
Doy conferencias en toda Italia y América Latina sobre la vida de Carlos, sobre los milagros que presencié, sobre cómo un chico de 15 años vio mi futuro completo y me lo reveló con una precisión que desafía toda lógica humana y toda explicación científica.
Pero en septiembre de 2006, cuando todo esto comenzó, yo era una persona completamente diferente.
Era una adolescente atea, hija de padres ateos, que consideraba la religión como superstición medieval para gente débil mentalmente que no podía enfrentar la realidad del universo indiferente.
Mi padre era profesor de física en la Universidad de Milán.
Mi madre era bióloga molecular.
En mi casa, la ciencia era la única verdad absoluta.
Darwin era nuestro profeta.
Richard Dawkins.
Era lectura obligatoria.
La idea de un Dios personal que intervenía en vidas humanas era ridícula para mí.
Algo que discutíamos en la cena familiar con condescendencia intelectual hacia los creyentes.
Carlo Acutis llegó a mi vida en septiembre de 2005, cuando ambos teníamos 14 años y comenzamos el penúltimo año de la escuela secundaria en Milán.
Él se sentaba tres filas detrás de mí en la clase de literatura italiana, siempre con esa misma sudadera azul oscuro que tenía estampado un Pikachu con jeans desgastados y zapatillas Conbers negras que estaban tan gastadas que podías ver sus calcetines por los agujeros.
Mientras el resto de nosotros entrábamos a clase bostezando, medio dormidos, quejándonos de tener que madrugar, Carlo llegaba con energía radiante, como si hubiera descubierto un secreto maravilloso que el resto del mundo no conocía.
Y después descubrí que en efecto había un secreto.
Se levantaba a las 5 de la mañana todos los días, absolutamente todos, incluyendo sábados y domingos para ir a la misa de seis en la iglesia San Carlos al Corso, a 20 minutos caminando desde su apartamento en Vialesandro Volta.
Mis amigas lo consideraban raro, un raro, religioso, el tipo de chico del que te burlas en los recreos.
Mira a Carlo el Santo.
Se reían señalándolo cuando lo veían rezando el rosario en una banca del patio durante el almuerzo, mientras nosotros comíamos pizza y hablábamos sobre el último episodio de nuestra serie favorita.
Pero yo, hermano, hermana, yo veía algo diferente cuando lo miraba.
Veía la manera en que sus ojos castaños brillaban con una luz interior cuando hablaba sobre su proyecto de computación.
en la clase de informática, ese sitio web que estaba construyendo completamente solo para documentar milagros eucarísticos alrededor del mundo entero.
Mientras el resto de nosotros usábamos las computadoras de la escuela para jugar videojuegos o chatear en Messenger, Carlo programaba durante horas con una concentración absoluta sus dedos volando sobre el teclado creando código HTML y JavaScript que ninguno de nosotros entendía a esa edad.
veía su inteligencia brillante cuando explicaba conceptos matemáticos complejos a compañeros que no entendían, siempre con paciencia infinita, nunca haciendo que se sintieran tontos o inferiores.
veía su gentileza cuando defendía a los chicos más débiles de los bulis del último año, usando palabras firmes, pero nunca violencia, citando el evangelio de una manera que incluso los agresores se quedaban callados y confundidos.
Y sobre todo, hermanos, veía algo en él que no podía explicar con mi ateísmo científico, algo que me perturbaba profundamente porque desafiaba todo lo que me habían enseñado sobre la naturaleza del universo.
Había una paz en Carlo Acutis que no debería existir en un adolescente normal.
Una certeza absoluta, una alegría que no dependía de circunstancias externas, como si supiera algo sobre la realidad que el resto de nosotros no sabíamos.
Como si viviera con un pie en este mundo y otro pie en algún lugar que yo no podía ver.
Durante el año escolar 2005 a 2006 nos hicimos amigos de una manera extraña e inesperada.
Resultó que ambos amábamos los videojuegos, especialmente los juegos de estrategia y rol.
Carlo tenía una PlayStation 2 en su habitación y me invitó varias veces a jugar después de la escuela junto con otros compañeros.
Su apartamento en Vía Alesandro Volta era modesto pero acogedor, lleno de pósters curiosos que mezclaban superhéroes de Marvel con imágenes de santos católicos.
Había un Spider-Man junto a San Francisco de Asís, un Batman junto a Santo Domingo, una colección que en cualquier otra persona hubiera parecido contradictoria, pero en Carlo tenía perfecto sentido.
Su madre, Antonia Salzano, siempre nos recibía con sonrisas cálidas y bocadillos deliciosos, paninis de mortadela y queso, galletas caseras, limonada fresca.
Pero lo que más me impactó la primera vez que entré a su habitación no fueron los pósters ni las consolas de videojuegos, fue el pequeño altar que tenía en una esquina sobre un mueble de madera.
Había una imagen de la Virgen María, un crucifijo de madera tallada, un rosario con cuentas gastadas por el uso constante, velas botivas y un pequeño libro negro que después descubriera su Biblia personal.
completamente subrayada y con notas en los márgenes escritas con su letra pequeña y cuidadosa.
Un día de marzo de 2006, mientras jugábamos un videojuego de aventuras, pausé el juego de repente y le pregunté directamente algo que me había estado molestando durante meses.
Carlo, ¿realmente crees en todo eso? ¿En Dios, en Jesús? ¿En que un pedazo de pan se convierte en el cuerpo de Cristo? ¿No te parece que es solo psicología, autosugestión colectiva, tradiciones antiguas que la gente sigue por costumbre sin pensamiento crítico? Él puso su control en el suelo cuidadosamente.
Se giró hacia mí con esa seriedad característica que tenía cuando hablaba de fe y respondió, “Juliana, yo no creo en Dios de la misma manera que tú no crees en Dios.
¿Tú piensas que creer es como aceptar una teoría sin evidencia, como saltar al vacío sin red de seguridad? Pero yo conozco a Dios, Juliana.
Lo conozco de la misma manera que te conozco a ti en este momento.
Cuando voy a misa y recibo la Eucaristía, no es un símbolo, no es un ritual vacío.
Es un encuentro real con una persona real que me ama más de lo que puedo comprender con mi mente limitada.
Yo me reí con esa risa condescendiente que tenía para todo lo religioso.
Carlo, eso es solo emoción.
Son endorfinas en tu cerebro que te hacen sentir bien.
Es el mismo efecto que tiene la meditación o escuchar música que te gusta.
Pero él sonrió con esa sonrisa suave que siempre tenía y dijo algo que nunca olvidé.
Algún día lo entenderás, Juliana.
Algún día vas a experimentar algo que la ciencia no puede explicar y vas a tener que elegir entre tu orgullo intelectual y la verdad.
El verano de 2006 fue cuando todo cambió en mi interior, cuando mi amistad con Carlo comenzó a transformarse en algo más profundo que no podía controlar ni racionalizar con mi ateísmo científico.
Durante las vacaciones de julio, mi familia se fue a Cerdeña por dos semanas, pero yo no podía dejar de pensar en Carlo, en sus palabras sobre Dios, en la manera en que vivía con tanta certeza y propósito, mientras yo me sentía vacía, a pesar de tener todo lo que una adolescente podría querer.
calificaciones, amigas leales, padres que me amaban, suficiente dinero para no preocuparme por nada material.
Regresé a Milán a finales de agosto con una decisión tomada.
Le confesaría mis sentimientos a Carlo cuando comenzaran las clases en septiembre.
Practiqué frente al espejo de mi habitación docenas de veces.
Escribí y reescribí en mi diario las palabras exactas que le diría.
Imaginé todos los escenarios posibles de cómo reaccionaría él.
En el mejor escenario me diría que también sentía algo por mí y comenzaríamos una relación hermosa.
En el peor escenario me rechazaría con gentileza, pero al menos yo sabría la verdad y podría seguir adelante con mi vida.
Nunca jamás en mis fantasías adolescentes más salvajes imaginé lo que realmente sucedería.
Nunca imaginé que Carlo ya sabía exactamente qué iba a hacer.
Yo nunca imaginé que había escrito sobre ese momento en su cuaderno azul, semanas antes de que sucediera.
El primer día de clases fue el lunes 4 de septiembre de 2006.
Ese primer día, Carlo llegó diferente.
No puedo explicar exactamente qué era diferente, pero había algo en sus ojos, una profundidad nueva, como si hubiera envejecido años en solo dos meses de vacaciones.
Su piel estaba más pálida de lo normal.
Tenía ojeras más pronunciadas de lo habitual, incluso para alguien que se levantaba a las 5 de la mañana.
Cuando lo saludé en el pasillo antes de la primera clase, me miró de una manera extraña, intensa, como si estuviera memorizando mi rostro, como si quisiera grabar cada detalle en su memoria para siempre.
¿Estás bien, Carlo?, le pregunté con preocupación genuina.
Tuviste un buen verano? Él sonríó, pero había algo de tristeza en esa sonrisa.
Tuve un verano muy especial, Juliana.
Pasé mucho tiempo en oración, mucho tiempo en adoración eucarística.
Dios me ha estado mostrando cosas importantes, cosas que necesito hacer antes de que sea demasiado tarde.
No entendí qué significaba antes de que sea demasiado tarde.
Pensé que tal vez se refería a terminar su sitio web sobre milagros eucarísticos antes de los exámenes finales del año.
Durante esas primeras dos semanas de septiembre, noté que Carl estaba más enfocado que nunca en su proyecto de computación.
Trabajaba en la biblioteca de la escuela durante cada minuto libre.
Revisaba y editaba su sitio web con urgencia casi frenética.
Es importante que esto esté terminado”, me dijo un día cuando le pregunté por qué trabajaba tan intensamente.
“Las personas necesitan ver estas evidencias de que Dios es real, de que los milagros suceden, de que la Eucaristía es verdaderamente el cuerpo de Cristo.
” Finalmente llegó el 15 de septiembre de 2006, la fecha que Carlo había escrito en su cuaderno azul tres semanas antes, la fecha que él ya sabía que marcaría un momento crucial en nuestras vidas.
Era un viernes soleado.
Recuerdo que hacía calor inusual para septiembre en Milán.
Las ventanas de la escuela estaban abiertas y podías escuchar los sonidos de la ciudad mezclándose con las voces de los estudiantes en los pasillos.
Teníamos clase de matemáticas en la tercera hora de 10 a 11 de la mañana con el profesor Lombardi que era notoriamente aburrido y cuyas clases parecían durar eternidades.
Durante toda esa hora yo no pude concentrarme en nada.
Mis manos temblaban mientras fingía tomar notas.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que todos en el salón podían escucharlo.
Mis amigas Laura y Francesca me miraban desde sus asientos haciéndome señas de ánimo porque les había contado mi plan durante el almuerzo del día anterior.
Carlo estaba sentado en su lugar habitual tres filas atrás y cuando me giré disimuladamente para mirarlo, él ya me estaba mirando con esa expresión extraña otra vez.
Esa mirada que parecía haber a través de mí, a través de este momento, hacia algo más grande que ninguno de nosotros podía comprender todavía.
Cuando sonó la campana a las 11 en punto, todos comenzaron a salir del salón hablando y riendo, pero yo me quedé rezagada intencionalmente, fingiendo buscar algo en mi mochila, esperando a que el pasillo se vaciara un poco, esperando el momento perfecto para hablar con Carlo a solas.
Carlo salió del salón y caminó hacia su casillero en el tercer piso, exactamente donde él había escrito en su cuaderno que sucedería nuestra conversación junto a los casilleros cerca de la ventana que daba al patio de la escuela.
Yo lo seguí con las piernas temblando, con la boca completamente seca, con todas las palabras que había ensayado durante semanas, ahora completamente olvidadas en mi pánico.
Carlo, llamé su nombre cuando estábamos relativamente solos.
Solo había dos estudiantes del primer año al final del pasillo, pero no nos prestaban atención.
Él se giró lentamente, cerró su casillero con cuidado y me miró con esos ojos castaños profundos que parecían contener una sabiduría que no correspondía a un chico de 15 años.
“Dime, Juliana”, dijo suavemente.
Y entonces todas mis palabras preparadas desaparecieron y solo pude decir la verdad cruda y vulnerable.
Carlo, me gustas, me gustas mucho.
Has estado en mi mente todo el verano.
No puedo dejar de pensar en ti, en nuestras conversaciones, en la manera en que ves el mundo.
Sé que somos muy diferentes.
Sé que tú crees en Dios y yo no, pero tal vez podríamos intentarlo.
Tal vez podríamos salir juntos y ver qué pasa.
Mi voz temblaba mientras hablaba.
Podía sentir las lágrimas amenazando con salir de mis ojos.
Me sentía completamente expuesta y vulnerable de una manera que nunca había experimentado antes en mi vida privilegiada de clase media, donde todo siempre había sido fácil y predecible.
Carlos respiró profundamente, puso su mochila azul en el suelo y tomó mis manos entre las suyas de una manera tan gentil y cariñosa que por un momento pensé que iba a decir que sí, que sentía lo mismo por mí.
Pero entonces habló con esa voz suave, pero firme que usaba cuando hablaba de cosas importantes.
Juliana, primero necesito que sepas que eres una persona maravillosa, inteligente, hermosa, con un corazón más grande de lo que tú misma reconoces, pero yo no puedo corresponder a tus sentimientos de la manera que tú quieres.
Hace 2 años, cuando tenía 13, consagré mi vida completamente a Dios.
Le prometí mi pureza.
Mi tiempo, mi futuro.
No sé cuánto tiempo me queda en esta tierra, pero cada día que tengo es un regalo que quiero usar completamente para él, para la Virgen María, para llevar almas al cielo a través de mi testimonio y mi trabajo sobre los milagros eucarísticos.
Mi corazón se estaba rompiendo con cada palabra, pero entonces Carlo dijo algo que me dejó completamente helada, algo que en ese momento pensé era una crueldad inexplicable, pero que años después entendería.
Era la mayor prueba de amor que alguien me había dado jamás.
Pero necesito decirte algo más, Juliana, algo que Dios me mostró en oración y que necesitas saber para tu futuro.
Tú vas a casarte con un hombre llamado Marco Belini.
No lo conoces todavía, pero lo conocerás en el año 2010, exactamente 4 años después de mi muerte, frente a mi tumba en Asís.
Él también habrá sido transformado por mi testimonio.
Pensé que estaba loco, completamente loco, que había perdido contacto con la realidad, que su fanatismo religioso había llegado a niveles de delirio psicótico que requerían intervención psiquiátrica profesional inmediata.
Después de tu muerte repetí sus palabras con incredulidad y enojo creciente.
¿Qué estás diciendo, Carlo? Ahora eres profeta, ahora puedes ver el futuro.
Pero él continuó con esa calma imposible, esa certeza absoluta que me enfurecía más que cualquier insulto directo.
Tendrán dos hijas.
La mayor se parecerá exactamente a ti.
Tendrá tu cabello castaño, tus ojos color miel, tu risa.
La van a llamar Carla en honor a mí.
Y Juliana, hay algo más que necesitas saber porque va a suceder y necesitas estar preparada.
Tu madre va a enfermarse de cáncer en el año 2008, exactamente 23 meses desde hoy.
Los doctores van a decir que es terminal.
que no hay esperanza médica.
Pero si rezas el rosario durante 9 días seguidos, cuando reciba el diagnóstico, si abres tu corazón al poder de Dios, aunque no entiendas cómo funciona, ella será sanada completamente.
No quedará ni rastro de la enfermedad en su cuerpo.
Cada palabra que salía de su boca era como un puñal en mi corazón roto, como sal en una herida abierta.
cómo se atrevía a rechazarme y luego inventar estas profecías ridículas, estas historias fantásticas sobre mi futuro que no tenían ninguna base en la realidad científica que yo conocía y respetaba.
La rabia explotó dentro de mí como un volcán que había estado contenido durante demasiado tiempo.
Toda la frustración de ser rechazada, toda la humillación de haber expuesto mis sentimientos vulnerables, todo el enojo acumulado hacia su religiosidad que yo no podía entender ni aceptar.
Estás completamente loco, Carlo Acutis.
Grité en el pasillo ahora casi vacío.
Mi voz resonando contra las paredes de azulejos blancos.
Te crees un profeta, pero solo eres un fanático religioso que vive en una fantasía medieval.
No existe ningún Marco Belini en mi futuro.
Mi madre no va a tener cáncer porque eso es imposible de predecir.
Y tú no vas a morir porque solo tienes 15 años y estás perfectamente sano.
Las lágrimas ahora corrían libremente por mis mejillas.
Mi maquillaje seguramente estaba completamente arruinado, pero ya no me importaba quién me viera así.
Ya no me importaba mantener mi compostura de chica cool y controlada que siempre proyectaba ante mis compañeros.
Algún día te arrepentirás de rechazarme, Carlo.
Algún día vas a darte cuenta de que desperdiciaste tu juventud en supersticiones en lugar de vivir la vida real como una persona normal.
Y cuando ese día llegue, yo ya habré seguido adelante completamente y no vas a significar nada para mí.
Carlo me miró con lágrimas en sus propios ojos, con un dolor profundo en su rostro que nunca había visto antes, pero también con una paz inquebrantable que me enfurecía aún más, porque yo quería que él estuviera destruido como yo estaba destruida.
Quería que sintiera el mismo dolor desgarrador que yo sentía en ese momento terrible.
Lo siento, Juliana, dijo Carlo con voz quebrada.
Siento causar este dolor en tu corazón.
Si hubiera cualquier otra manera, créeme que la elegiría.
Pero solo puedo ser honesto contigo sobre lo que Dios me ha mostrado.
Solo puedo obedecerle aunque duela terriblemente en mi humanidad, porque también tengo sentimientos.
También soy un adolescente que siente atracción y deseos como cualquier otro, pero he elegido un camino diferente que requiere sacrificios que tú no puedes comprender todavía.
Extendió su mano tratando de tocar mi brazo en un gesto de consuelo, pero yo me aparté bruscamente como si su toque me quemara.
No me toques.
No quiero tu lástima religiosa.
No quiero tus profecías de loco.
Solo quiero que me dejes en paz para siempre.
Tomé mi mochila del suelo donde la había dejado caer durante mi explosión emocional y corrí por el pasillo hacia el baño de chicas.
Mis zapatos resonando contra el piso de mármol, mis soyosos ahogados haciendo eco en el espacio vacío del mediodía escolar, cuando todos estaban en la cafetería almorzando y riendo, sin idea del drama que acababa de destruir mi mundo adolescente.
Pasé el resto del día encerrada en un cubículo del baño, ignorando los mensajes preocupados de mis amigas en mi teléfono celular Nokia, ignorando las campanas que marcaban el cambio de clases, incapaz de enfrentar el mundo exterior después de la humillación más grande de mi vida, corta y privilegiada.
Esas fueron las últimas palabras que le dije a Carlo Acutis mientras estaba sano.
Los siguientes días fueron una pesadilla borrosa de evitar a Carlo en los pasillos, cambiarme de asiento en las clases que compartíamos, fingir que no existía cuando mis amigas intentaban convencerme de que hablara con él porque se ve muy preocupado por ti, Juliana.
Tal vez deberías darle otra oportunidad de explicarse mejor.
Pero yo estaba demasiado herida, demasiado humillada, demasiado enojada para considerar siquiera la posibilidad de perdonarlo o escucharlo.
El lunes 25 de septiembre, exactamente 10 días después de nuestra conversación en el pasillo, Carlo no llegó a la escuela.
Tampoco llegó el martes, ni el miércoles, ni el jueves.
El viernes 29 de septiembre, nuestra profesora de literatura italiana, la señora Rosini, entró al salón con expresión seria y nos dio una noticia que heló la sangre en mis venas.
Estudiantes, necesito informarles que nuestro compañero Carlo Acutis ha sido hospitalizado con una condición seria.
fue diagnosticado con leucemia promielocítica aguda hace 3 días.
Es un tipo muy agresivo de cáncer sanguíneo.
Los doctores están haciendo todo lo posible, pero la familia nos pide que recemos por él si ustedes son creyentes.
El salón estalló en murmullos de shock y tristeza.
Varios estudiantes comenzaron a llorar abiertamente, pero yo me quedé completamente paralizada en mi asiento, incapaz de moverme, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar mi mente, repitiendo una y una vez las palabras de Carlo.
No sé cuánto tiempo me queda en esta tierra y 4 años después de mi muerte, ¿cómo podía haber sabido que iba a morir? ¿Cómo era posible que un chico de 15 años predijera su propia muerte con semanas de anticipación? Durante todo ese fin de semana, después del diagnóstico de Carlo, no pude dormir, no pude comer, no pude hacer nada, excepto quedarme en mi habitación mirando el techo, mientras las palabras de Carlo resonaban en mi mente como campanas de iglesia que no podía silenciar.
No sé cuánto tiempo me queda en esta tierra.
¿Cómo lo había sabido? ¿Cómo un adolescente sano había predicho su propia muerte con semanas de anticipación? Mi mente científica entrenada por mis padres para buscar explicaciones racionales para todo fenómeno observable, intentaba desesperadamente encontrar alguna lógica.
Tal vez Carlo había sentido síntomas de la leucemia y había hecho una deducción inteligente.
Tal vez había investigado en internet y se había autodiagnosticado correctamente.
Pero eso no explicaba las otras profecías, no explicaba cómo sabía el nombre de mi futuro esposo que yo supuestamente conocería en 2010.
No explicaba cómo predijo el cáncer de mi madre, que supuestamente sucedería en 2008.
El lunes 2 de octubre tomé una decisión que me aterraba, pero que sabía era necesaria.
Iría al Hospital San Gerardo de Monza a visitar a Carlo.
Le pediría perdón por las cosas horribles que le grité en el pasillo.
Le diría que lamentaba haber reaccionado con tanta rabia y crueldad.
Tal vez no podíamos estar juntos.
románticamente como yo quería.
Pero al menos podía ser su amiga en estos momentos terribles cuando enfrentaba una enfermedad que amenazaba su vida joven.
El Hospital San Gerardo de Monsa estaba a 30 minutos en autobús desde mi casa en Milán.
Era un edificio gris y masivo que olía a desinfectante y enfermedad, con pasillos largos iluminados por luces fluorescentes que zumbaban constantemente y daban un tono verdoso horrible a todo.
Pregunté en la recepción por Carlo Acutis y me dijeron que estaba en el tercer piso, ala de oncología pediátrica.
Habitación 307.
Cuando salí del elevador en el tercer piso, vi a la madre de Carlo, Antonia Salzano, sentada en una silla de plástico en el pasillo, con el rostro enterrado en sus manos, sus hombros temblando con soyosos silenciosos que me rompieron el corazón.
“Señora Salzano”, dije suavemente tocando su hombro.
Ella levantó la vista y sus ojos estaban rojos e hinchados de tanto llorar.
Su rostro mostraba el agotamiento absoluto de una madre que había pasado días sin dormir cuidando a su hijo moribundo.
Juliana, susurró reconociéndome de las veces que había ido a su apartamento a jugar videojuegos con Carl.
“Qué bueno que viniste.
Carl ha estado preguntando por ti.
Ha dicho tu nombre varias veces en sus momentos de lucidez entre los tratamientos de quimioterapia.
Está muy débil ahora, pero creo que le daría mucha paz verte.
me indicó la habitación 307 con mano temblorosa y yo caminé hacia esa puerta blanca con pasos lentos y pesados.
Mi corazón latiendo tan fuerte que sentía que todos en el hospital podían escucharlo resonando por los pasillos silenciosos.
Cuando abrí la puerta de la habitación 307, nada podría haberme preparado para lo que vi.
Carlo estaba acostado en una cama de hospital conectado a múltiples tubos intravenos y máquinas que pitaban constantemente, monitoreando sus signos vitales.
Su cabeza estaba completamente calva.
Toda su hermosa cabellera castaña había desaparecido debido a la quimioterapia agresiva.
Su piel tenía una palidez enfermiza, casi translúcida, con venas azules visibles debajo como mapas de ríos.
Había perdido tanto peso que sus pómulos sobresalían prominentemente.
Sus ojos parecían hundidos en cuencas oscuras.
Sus brazos delgados mostraban moretones púrpuras donde las agujas habían pinchado una y otra vez buscando venas que todavía funcionaran.
Pero cuando me vio entrar, sus ojos se iluminaron con esa misma luz interior que siempre había tenido, esa paz inexplicable que desafiaba sus circunstancias físicas horribles.
Juliana, susurró con voz débil pero clara, “Sabía que vendrías.
Lo vi en oración hace tr días.
Mis piernas casi se dieron bajo el peso de esas palabras.
Tuve que agarrarme del marco de la puerta para no caer al suelo.
Incluso ahora, incluso muriendo de leucemia en una cama de hospital, Carlos seguía viendo cosas que era imposible que supiera.
Me acerqué lentamente a su cama, cada paso requiriendo un esfuerzo consciente, y me senté en la silla de plástico azul junto a él, que todavía estaba tibia del cuerpo de su madre, que había estado sentada allí durante horas interminables.
“Carlo, lo siento mucho.
” Las palabras salieron de mi boca en un torrente incontrolable de emoción cruda, las lágrimas corriendo libremente por mis mejillas sin ningún intento de ocultarlas o controlarlas.
Siento las cosas horribles que te dije en el pasillo de la escuela.
Siento haberte gritado cuando solo estabas siendo honesto conmigo.
Siento haber sido tan cruel contigo cuando tú siempre fuiste amable conmigo.
No merecías eso.
No merecías mi rabia solo porque no podías corresponder a mis sentimientos egoístas.
Carlo levantó su mano delgada y frágil.
Tomó la mía con una fuerza sorprendente para alguien tan enfermo y dijo palabras que quedarían grabadas en mi alma para siempre.
Juliana, ya te había perdonado antes de que hablaras esas palabras en el pasillo.
Sabía que ibas a reaccionar así porque lo vi en oración.
Sabía que tu dolor se expresaría como rabia porque así es como funcionan los corazones humanos rotos.
No hay nada que perdonar porque nunca estuve enojado contigo ni un solo segundo.
Apretó mi mano con más fuerza y continuó.
Pero ahora necesito que escuches algo muy importante, algo que necesitas recordar para los próximos años de tu vida.
Tengo poco tiempo y estas palabras son cruciales para tu futuro.
Me incliné más cerca de él para poder escuchar cada sílaba que salía de sus labios resecos.
y agrietados por la deshidratación constante de los medicamentos fuertes que bombeaban en su sistema tratando desesperadamente de matar las células cancerosas que se multiplicaban sin control.
Cuando yo muera y va a ser pronto, Yuliana, probablemente en los próximos días, según lo que Dios me ha mostrado, mi madre te va a dar algo.
Continuó Carlo con urgencia en su voz débil.
En mi mochila escolar azul, la que está en mi casa, hay un bolsillo secreto en la parte trasera que se cierra con cremallera.
Dentro de ese bolsillo hay un cuaderno azul donde he estado escribiendo durante los últimos 3 años todo lo que Dios me muestra en oración sobre mi vida, sobre mi muerte, sobre las personas que he conocido y conoceré.
En la página 47 hay una entrada fechada el 23 de agosto sobre ti, sobre nuestra conversación del 15 de septiembre, sobre tu futuro completo.
Lee ese cuaderno, Juliana.
Léelo todo de principio a fin, cuando estés lista para enfrentar la verdad de que vivimos en un universo donde lo sobrenatural es tan real como lo natural, donde Dios habla a quienes están dispuestos a escuchar con corazones abiertos.
hizo una pausa para tomar aliento trabajosamente, sus pulmones luchando por funcionar correctamente mientras su cuerpo se apagaba lentamente, pero inexorablemente.
Y cuando tu madre reciba el diagnóstico de cáncer en marzo de 2008, exactamente 17 meses desde hoy, reza el rosario durante 9 días consecutivos sin faltar ni uno.
No importa que no sepas cómo puedes buscar las oraciones en internet o pedirle a alguien que te enseñe.
Solo hazlo con fe del tamaño de una semilla de mostaza y verás el poder de Dios manifestarse de manera innegable.
Y sobre Marco Belini, continuó Carlo con una sonrisa débil, pero genuina, apareciendo en su rostro demacrado.
El hombre con quien te casarás en 2011, después de conocerlo en 2010 frente a mi tumba en Asís, exactamente el 12 de octubre, cuarto aniversario de mi muerte, necesitas saber algo importante sobre él.
Yo lo voy a conocer también, no en persona antes de morir, pero Dios me lo ha mostrado en visiones durante la adoración eucarística.
Marco tiene 23 años ahora.
Vive en Roma trabajando como ingeniero civil.
viene de una familia atea igual que tú y está buscando significado en su vida vacía, aunque no lo sabe todavía conscientemente.
Tres días antes de que yo muera, él va a estar visitando a su abuelo enfermo en este mismo hospital en la habitación 309, justo al lado de la mía.
Voy a hablar con él.
Voy a decirle cosas sobre su futuro que solo Dios puede saber.
Y voy a decirle específicamente que conocerá a su futura esposa exactamente 4 años después de mi muerte frente a mi tumba.
Una chica con cabello castaño y ojos color miel que estará llorando y cuyo nombre es Juliana Santoro.
Mi corazón se detuvo completamente por un segundo.
Mis pulmones olvidaron cómo respirar.
El mundo entero pareció congelarse en ese instante imposible.
“Estás diciendo que vas a hablar con mi futuro esposo antes de morir”, susurré con incredulidad absoluta.
“¿Cómo es posible que sepas todo esto, Carlo? ¿Cómo puedes ver el futuro con tanta precisión específica?” Carlos cerró sus ojos por un momento largo y cuando los abrió de nuevo, había lágrimas rodando por sus mejillas hundidas, pero no eran lágrimas de tristeza, sino de algo más profundo que yo no podía nombrar en ese momento.
Juliana, durante los últimos 3 años he tenido experiencias en oración que no puedo explicar completamente con palabras humanas limitadas.
Cuando estoy en adoración eucarística frente al santísimo sacramento, cuando mi mente se calma completamente y mi corazón se abre sin defensas ni dudas, Jesús me muestra cosas.
A veces son imágenes como películas proyectadas en mi mente con detalles perfectos.
A veces son conocimientos que simplemente aparecen en mi conciencia sin palabras ni imágenes, como si alguien hubiera descargado información directamente en mi cerebro.
Y a veces, las veces más poderosas, escucho su voz audiblemente, aunque nadie más en la capilla puede oírla.
Él me ha mostrado mi muerte desde hace 2 años.
me ha mostrado las personas cuyas vidas tocaré antes y después de morir.
Me ha mostrado que mi cuerpo no se corromperá en la tumba como los cuerpos normales, porque tengo una misión que continuará después de mi muerte física.
Se detuvo para respirar con dificultad, su pecho subiendo y bajando trabajosamente.
Sé que suena a locura para tu mente científica entrenada para creer solo en lo que puede ser medido y probado empíricamente.
Pero Juliana, la realidad es mucho más grande, mucho más extraña, mucho más hermosa de lo que tus profesores de ciencia te han enseñado.
Hay dimensiones de existencia que trascienden lo material.
Hay conocimiento que viene de fuentes más allá de los cinco sentidos físicos.
Pasé las siguientes dos horas sentada junto a la cama de Carl mientras él me contaba más detalles sobre las visiones que había tenido, sobre las cosas que Dios le había mostrado, no solo mi futuro, sino sobre el futuro de muchas personas, sobre milagros que sucederían después de su muerte, atribuidos a su intercepción desde el cielo sobre su beatificación eventual que sucedería en octubre de 2020, exactamente 14 años después de su muerte.
Cada palabra que salía de su boca me parecía absolutamente imposible, completamente contraria a todo lo que yo había aprendido sobre cómo funciona el universo según las leyes naturales de causa y efecto.
Pero había algo en la manera en que Carlo hablaba con esa certeza tranquila que no necesitaba convencer ni argumentar ni defender, que plantó una semilla diminuta de duda en mi ateísmo, anteriormente impenetrable.
Y si todo lo que me habían enseñado sobre la realidad estaba incompleto y si existía realmente una dimensión sobrenatural que la ciencia simplemente no había descubierto todavía cómo medir.
Alrededor de las 5 de la tarde, una enfermera entró para administrar más medicamentos intravenosos y me indicó gentilmente que necesitaba irme porque Carlo necesitaba descansar para el próximo tratamiento de quimioterapia programado para las 6.
Me levanté lentamente de la silla, mis piernas entumecidas por estar sentada en la misma posición durante horas.
Juliana, llamó Carlo cuando yo estaba a punto de salir por la puerta.
Volveremos a vernos.
No en este mundo, pero nos veremos.
Y ese día entenderás completamente por qué todo tuvo que ser exactamente así.
Carlo Acutis murió a las 6:37 de la mañana del jueves 12 de octubre de 2006, exactamente como él había predicho, rodeado por sus padres Andrea y Antonia, que sostuvieron sus manos mientras él pronunciaba sus últimas palabras reportadas por su madre.
Voy a casa.
Finalmente voy a casa con Jesús y la Virgen María.
Yo no estaba presente en ese momento porque era día de escuela y mis padres no me permitieron faltar para ir al hospital esa mañana.
Recibí la noticia a las 10 de la mañana durante la clase de historia cuando la directora de la escuela hizo un anuncio por el sistema de altavoces.
Con profundo dolor informamos que nuestro querido estudiante Carlo Acutis falleció esta mañana después de una valiente batalla contra la leucemia.
Habrá un servicio memorial en la Iglesia Santa María Segreta el domingo 15 de octubre a las 3 de la tarde.
Todos están invitados a asistir y honrar la memoria de este joven extraordinario, cuya fe y bondad tocaron las vidas de tantos.
El salón de clases estalló en soyosos y conmoción, pero yo me quedé completamente quieta en mi asiento, mirando fijamente la pared blanca frente a mí, incapaz de procesar que Carlo realmente había muerto, que sus profecías sobre su propia muerte se habían cumplido con precisión exacta, que nunca más volvería a ver esa sonrisa suave o esos ojos profundos que veían más allá de este mundo visible.
Tres días después del funeral al que asistieron más de 500 personas, la señora Antonia Salzano vino a mi casa con un paquete envuelto en papel azul.
Carlo me pidió que te diera esto cuando estuvieras lista”, dijo Antonia con lágrimas en sus ojos, todavía rojos de llorar por la pérdida de su hijo único.
Dijo que sabrías cuándo es el momento correcto para leerlo.
Dentro del paquete estaba la mochila azul de Carlo y dentro del bolsillo secreto con cremallera en la parte trasera, exactamente como él había descrito, estaba el cuaderno azul con páginas llenas de su letra cuidadosa.
Esta noche me encerré en mi habitación y leí el cuaderno completo de principio a fin, cada entrada fechada meticulosamente, cada profecía escrita con detalles específicos que me dejaron temblando.
La entrada del 23 de agosto de 2006, página 47, decía exactamente lo que Carlo me había contado.
Yuliana Santoro va a confesarme sus sentimientos del 15 de septiembre después de la clase de matemáticas junto a los casilleros del tercer piso.
Tendré que rechazarla aunque mi corazón humano sienta dolor porque Dios me ha mostrado su futuro completo.
Se casará con Marco Bellini en 2011.
Tendrán dos hijas llamadas Carla y Sofía.
Su madre enfermará de cáncer terminal en 2008, pero será sanada si Juliana reza el rosario 9 días consecutivos.
Todo esto sucederá exactamente como lo escribo ahora, para que cuando ella lea estas palabras después de mi muerte, sepa sin ninguna duda que Dios es real, que los milagros existen, que la muerte no es el final, sino el comienzo de la vida verdadera.
Durante los siguientes 17 meses viví en un estado extraño de espera ansiosa y terror absoluto, preguntándome constantemente si la profecía sobre el cáncer de mi madre se cumpliría como las otras.
El 3 de marzo de 2008, exactamente 17 meses después de la muerte de Carlo, como él había predicho con precisión imposible, mi padre me llamó al celular mientras yo estaba en la universidad asistiendo a una conferencia sobre arquitectura renascentista.
Su voz estaba quebrada, apenas podía hablar entre soyosos.
Juliana, ¿necesitas venir al hospital ni guarda? Inmediatamente.
Tu madre tuvo una cita de rutina con el médico esta mañana porque ha tenido tos persistente durante semanas.
Hicieron una radiografía y encontraron algo en sus pulmones.
Hicieron más pruebas y los resultados acaban de llegar.
Es cáncer pulmonar, etapa cuatro, ya metastizado a los ganglios linfáticos.
Los doctores dicen que es terminal, que tal vez le quedan 6 meses si tiene suerte.
El mundo se derrumbó a mi alrededor.
Las paredes del auditorio universitario parecieron cerrarse como una trampa mortal.
Pero entonces, a través del pánico y el terror, escuché la voz de Carlo en mi memoria tan claramente como si estuviera parado junto a mí.
Reza el rosario durante 9 días consecutivos y ella será sanada completamente.
Esa noche, después de abrazar a mi madre llorando en su cama de hospital, mientras ella intentaba ser valiente por mí, fui a una tienda religiosa cerca del hospital y compré un rosario de cuentas azules.
No sabía cómo rezarlo, así que busqué las oraciones en internet, imprimí las instrucciones y durante 9 días consecutivos, desde el 4 hasta el 12 de marzo de 2008, recé cada misterio del rosario completo de rodillas en mi habitación universitaria, mientras mis compañeras de piso pensaban que me había vuelto loca.
El 1tercer día, 15 de marzo, mi madre tuvo una tomografía de seguimiento programada para evaluar qué tan rápido se estaba extendiendo el cáncer antes de comenzar tratamiento paliativo.
Cuando el oncólogo entró a la sala de espera donde mi padre y yo habíamos estado, sentados durante 3 horas interminables, mordiendo nuestras uñas hasta que sangraban, su rostro mostraba una expresión de confusión total que nunca había visto en un médico.
profesional.
Señor Santoro, señorita Santoro comenzó con voz temblorosa.
He revisado las nuevas imágenes 10 veces con tres colegas diferentes porque lo que estamos viendo es médicamente inexplicable.
El cáncer ha desaparecido completamente.
No hay rastro de tumores en los pulmones.
No hay evidencia de metástasis en los ganglios linfáticos.
Las radiografías muestran pulmones perfectamente sanos, como si nunca hubiera habido enfermedad.
Hemos comparado las imágenes de hace 12 días con las de hoy y es la misma paciente, pero el cáncer simplemente ya no está allí.
En 30 años de práctica oncológica, nunca he visto remisión espontánea tan completa y rápida.
En ese momento supe con certeza absoluta e inquebrantable que Carlo Acutis había visto el futuro con precisión divina, que sus profecías no eran delirios de un adolescente moribundo, sino revelaciones genuinas de Dios.
Dos años después, el 12 de octubre de 2010, fui a Asís a visitar la tumba de Carlo en el cuarto aniversario de su muerte.
Estaba arrodillada llorando frente a su sepulcro cuando escuché una voz masculina detrás de mí.
“También conociste a Carlo?” Me giré y vi a un hombre joven con ojos verdes que sostenía flores blancas.
“Me llamo Marco Belini”, dijo extendiendo su mano.
Carlo me habló tres días antes de morir y me dijo que te conocería hoy exactamente.
Nos casamos un año después.
Nuestra primera hija nació en 2012.
y la llamamos Carla.
Hoy, 19 años después de la muerte de Carlo, vivo exactamente la vida que él predijo con cada detalle cumplido perfectamente.
Y cada día le agradezco por el rechazo que me salvó, por las profecías que me mostraron la verdad, por el amor que me guió al amor verdadero.