Hola, mi nombre es Mauricio Ferretti, tengo 41 años y esta noche acabo de tocar mi primer concierto profesional como pianista en el Teatro Piccolo de Milán.

Sé lo que estás pensando.
41 años es muy tarde para comenzar una carrera musical.
Y tienes razón, es demasiado tarde.
Pero tuve que perder absolutamente todo para llegar aquí esta noche, incluyendo a la mujer que amaba más que a mi propia vida, mi estabilidad mental, mi fe en la existencia.
y casi mi voluntad de seguir respirando.
Durante 19 años largos manejé un taxi amarillo por las calles interminables de Milán, recogiendo pasajeros desconocidos, escuchando sus conversaciones mundanas, llevándolos a sus destinos, mientras mi verdadero sueño se moría lentamente, dolorosamente en el asiento trasero de mi existencia.
Pero hubo una noche, una sola noche en octubre de 2006, cuando recogí a un adolescente moribundo que cambiaría absolutamente todo, aunque yo no lo sabía en ese momento crucial.
Ese chico tenía 15 años.
Estaba pálido como la muerte misma, enfermo, muriendo rápidamente de leucemia fulminante, y me dijo tres cosas que eran completamente absolutamente imposibles de saber.
El nombre completo de mi esposa, mi sueño más secreto que nunca había confesado a nadie en este mundo y la fecha exacta, precisa, terrible en que mi vida se destruiría por completo.
Su nombre era Carlo Acutis y hermano, hermana, en ese momento para mí era solo otro cliente más, otro enfermo más, siendo transportado al hospital San Gerardo de Monza en medio de una noche fría de octubre.
Yo solo quería una cosa simple.
terminar mi turno nocturno, llegar a mi pequeño apartamento en Vía Padova, abrazar a mi esposa, Alesandra, que probablemente estaría dormida en el sofá, esperándome como siempre hacía, y tal vez, solo tal vez tocar un poco el piano viejo y desafinado que teníamos en la sala antes de caer rendido en la cama.
No quería conversaciones profundas con desconocidos.
No quería escuchar sermones sobre Dios o milagros o propósitos divinos misteriosos.
Había escuchado suficiente de eso durante mi infancia católica forzada, pero ese chico, hermano, hermana, ese adolescente moribundo, de ojos enormes y profundos, vio dentro de mi alma cosas que yo había enterrado tan profundamente en mi ser, que ni siquiera yo mismo recordaba dónde las había dejado hace años.
Y cuando me dijo con esa voz suave, pero absolutamente segura, “Mauricio, en exactamente 2 años vas a dejar este taxi para siempre y te vas a convertir en el músico profesional que siempre soñaste ser desde niño, pero primero, antes de eso vas a perder a Alesandra”.
Yo me enojé tanto, tanto, que casi lo saco físicamente del taxi en medio de la vía Vitorio Emanuele.
Casi.
Pero algo inexplicable en sus ojos cafés, algo en la paz sobrenatural y absoluta con la que pronunció esas palabras devastadoras que destrozaron mi corazón, me detuvo en seco.
Era como si él ya hubiera visto mi futuro completo proyectado como una película, como si estuviera leyendo tranquilamente un libro que yo aún no había abierto, ni siquiera la primera página.
y me estaba dando un spoiler terrible que yo no quería.
No necesitaba escuchar.
Déjame llevarte exactamente a esa noche que cambió todo, hermano, hermana.
Era 10 de octubre de 2006, exactamente dos días antes de que Carlo Acutis muriera en ese hospital.
Aunque yo no sabía eso todavía.
No tenía idea de que estaba transportando a un futuro santo.
Eran las 11:43 minutos de la noche.
Lo recuerdo con claridad perfecta porque miré mi reloj casio viejo, esperando ansiosamente que mi turno terminara pronto para poder irme a casa.
Estaba estacionado cómodamente en la parada oficial de taxis frente a la estación Milano Centrale, fumando mi último cigarrillo Marboro del día, escuchando música clásica suave en la radio FM del taxi chopen, específicamente el nocturno en mi bemol mayor.
Opus 9 número 2.
Siempre sin falta escuchaba música clásica en mi taxi durante los turnos largos.
Era mi pequeña rebelión silenciosa contra el mundo ruidoso del reggaetón comercial y pop insoportable que todos los otros taxistas ponían a volumen máximo en sus radios.
La música clásica, especialmente chopan, me recordaba quién era yo realmente en el fondo de mi ser, o más precisamente, quién había querido ser desesperadamente antes de que la vida dura me convirtiera en un taxista común de 39 años, con sueños completamente muertos y enterrados.
Mi teléfono Nokia vibró fuertemente.
Era un llamado urgente del Hospital San Gerardo de Monza.
Una voz femenina profesional dijo rápidamente, “Necesitamos un taxi urgente para trasladar a un paciente menor de edad desde Vía Alesandro Volta número 42 hasta el Hospital San Gerardo.
Es urgente, por favor, venga rápido.
” Yo suspiré profundamente cansado.
Los traslados hospitalarios nocturnos eran económicamente buenos porque pagaban tarifas más altas, pero los odiaba emocionalmente porque me recordaban constantemente mi propia mortalidad frágil.
Me recordaban vívidamente que todos, absolutamente todos, estamos a solo un diagnóstico médico terrible de distancia, de que nuestra vida entera se desmorone completamente en segundos.
Conduje despacio mi taxi amarillo hasta Vía Alesandro Volta, un barrio elegante y tranquilo de clase media alta en Milán, calles limpias con árboles bien cuidados.
Cuando llegué finalmente frente al edificio señalado, había una ambulancia blanca estacionada con luces rojas parpadeando, pero aparentemente no podían usarla por alguna razón burocrática técnica, algo confuso sobre falta de personal disponible o regulaciones administrativas estúpidas.
Una mujer hermosa de aproximadamente 40 años estaba parada en la entrada iluminada del edificio, llorando silenciosamente, pero intensamente, tratando desesperadamente de mantenerse compuesta y fuerte frente a su hijo.
A su lado izquierdo estaba un hombre alto con traje de negocios oscuro arrugado.
Claramente el padre, con esa expresión facial devastada que yo había visto literalmente mil veces en mi trabajo nocturno, la cara horrible de alguien que está viviendo activamente, su peor pesadilla imaginable, pero tiene que mantenerse fuerte externamente para no derrumbarse.
Y entre ellos dos estaba el chico que cambiaría mi vida para siempre.
Carlo Acutis tenía 15 años cronológicos, pero parecía físicamente más joven, tal vez 12 o 13, por su delgadeza, causada por meses de quimioterapia agresiva.
Estaba completamente calvo, sin un solo cabello.
Su piel era casi translúcida de tan pálida, casi fantasmal.
Tenía ojeras profundas y oscuras que hacían que sus ojos marrones parecieran desproporcionadamente enormes en su cara delgada.
Llevaba puesta una sudadera gris gastada con el logo colorido de Pokémon y jeans azules normales.
Pero lo que realmente me impactó profundamente, lo que me dejó sin palabras, fue que estaba sonriendo ampliamente, genuinamente, no una sonrisa forzada o falsamente valiente como había visto en otros enfermos terminales, sino una sonrisa real, radiante, como si estuviera a punto de ir emocionado a un parque de diversiones en lugar de al hospital para probablemente, casi seguramente morir en cuestión de días.
¿Es usted el señr Mauricio Ferretti?”, preguntó el padre con voz tensa, “formal.
Yo me sorprendí.
¿Cómo sabían mi apellido completo? Yo solo había dado mi nombre de pila, Mauricio, por teléfono al hospital minutos antes.
Pero no dije nada al respecto.
Simplemente asumí lógicamente que tal vez el hospital les había dado mi información personal completa por razones de seguridad.
Sí, señor.
Soy Mauricio Ferretti.
¿Suo puede caminar por sí mismo o necesita ayuda física para entrar al taxi? Pregunté profesionalmente.
El chico Carl se adelantó varios pasos antes de que sus padres preocupados pudieran responder nada.
Puedo caminar perfectamente, señor Ferretti.
No se preocupe por mí.
Gracias por venir tan rápido en la noche.
Su voz era suave, pero sorprendentemente firme para alguien tan enfermo.
Sus padres angustiados lo ayudaron cuidadosamente a entrar al asiento trasero de mi taxi.
La madre elegante quería desesperadamente venir con nosotros en el taxi, pero Carlo le dijo con firmeza sorprendente, “Mamá, por favor, conduce con papá en su auto.
Llegarán al hospital exactamente al mismo tiempo que nosotros.
Necesito hablar con el señor Mauricio a solas sobre algo importante.
La madre se veía absolutamente destrozada por esa petición extraña de su hijo moribundo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas frescas, pero asintió obedientemente.
¿Porque, ¿qué más podía hacer? Negarle algo a su hijo que tenía días de vida.
El padre me lanzó una mirada seria, casi amenazante, protectora, como diciéndome silenciosamente, “Cuida muy bien a mi único hijo o te destruyo.
” Y yo asentí con la cabeza profesionalmente, entendiendo perfectamente su dolor paternal.
Cerré con cuidado la puerta trasera, caminé alrededor del taxi, me subí al asiento del conductor de cuero gastado, arranqué el motor ruidoso y comencé a conducir lentamente hacia el hospital San Gerardo en Monza, aproximadamente 20 o 25 minutos de distancia con el tráfico nocturno típico de la región.
Los primeros cinco minutos largos transcurrieron en silencio absoluto y pesado, excepto por Chopen sonando suavemente, melancólicamente en la radio FM.
Yo miraba constantemente por el espejo retrovisor para asegurarme de que el chico enfermo estuviera bien físicamente, que no necesitara detenerse por emergencia médica.
Él simplemente miraba tranquilamente por la ventana oscura con esa expresión inexplicable de paz profunda que yo no podía comprender en absoluto.
¿Cómo diablos podía estar tan sereno, tan tranquilo, sabiendo con certeza que probablemente estaba viviendo literalmente sus últimos días en la tierra? Finalmente, después de kilómetros de silencio incómodo, Carlo rompió la quietud.
Señr Mauricio Ferretti, ¿le molesta si le hago una pregunta muy personal? Su voz venía desde atrás suavemente.
Yo suspiré internamente, profundamente.
Aquí venía inevitablemente la conversación profunda e incómoda que yo definitivamente no quería tener con un adolescente moribundo a las 12 de la noche.
“Claro, Carlo, pregunta lo que quieras”, respondí tratando de sonar amable y abierto, pero manteniendo distancia emocional.
Prof.
¿Por qué maneja un taxi viejo cuando claramente obviamente ama la música clásica tanto? Su pregunta directa me tomó completamente desprevenido, me sacó el aire, miré instintivamente por el espejo retrovisor y él me estaba observando intensamente con esos ojos cafés profundos que parecían ver directamente dentro de mi alma escondida.
“¿Cómo sabes tú que amo la música?”, pregunté defensivamente.
Mi voz más dura de lo que pretendía.
Carlos sonrió con esa sonrisa suave, sabia.
Está escuchando Chopen nocturno en mi bemol mayor.
Opus 9 número 2.
Absolutamente ningún taxista normal escucha música clásica del siglo XIX en su radio y observé sus dedos largos sobre el volante hace unos minutos.
estaba siguiendo cada nota musical con movimientos precisos, casi imperceptibles.
Esos son dedos entrenados de pianista profesional, señr Ferretti.
Dedos que han tocado decenas de miles de horas.
Un escalofrío literal recorrió completamente mi columna vertebral.
Este chico moribundo de apenas 15 años acababa de leerme, de analizarme profundamente, de una manera que ni siquiera mi esposa Alesandra había logrado hacer en nuestros 12 años juntos de matrimonio.
Solía tocar piano profesionalmente, admití finalmente, con voz más baja, casi un susurro nostálgico.
Hace mucho tiempo ya, otra vida, pero ya sabes cómo es la vida real, ¿verdad? Tienes que pagar facturas mensuales, renta, comida, servicios.
La música clásica no paga esas facturas en Italia moderna, a menos que seas extraordinariamente talentoso, nivel de genio.
Y yo era solo técnicamente bueno, competente, no extraordinario ni especial.
Carlos se inclinó ligeramente hacia adelante en el asiento trasero, a pesar de que era obvio que moverse le causaba dolor físico intenso.
“Señor Mauricio, ¿puedo decirle algo que probablemente va a sonar completamente loco?” delirante y necesito urgentemente que no se enoje conmigo porque honestamente no tengo tiempo suficiente para decirlo de manera suave o diplomática.
Yo me tensé completamente.
Mis manos apretaron el volante.
¿Qué clase de conversación extraña era esta con un adolescente enfermo terminal? Adelante, dije cautelosamente, reduciendo la velocidad porque estábamos entrando en tráfico más denso cerca de Monza.
Carlo respiró profundo, dolorosamente, como preparándose internamente para decir algo muy importante, muy difícil.
Usted va a ser músico profesional de piano, señor Ferretti.
En exactamente 2 años, desde esta noche de hoy, en octubre de 2008, va a tocar su primer concierto público real en el teatro Piccolo de Milán.
Va a cumplir finalmente el sueño que ha tenido guardado desde que era un niño pequeño de 7 años.
Y su abuelo paterno Yuspe le enseñó piano clásico en ese apartamento viejo de Brecia.
Mi corazón dejó de latir.
¿Cómo sabía sobre mi abuelo Yusepe? Nadie, absolutamente nadie conocía esa historia personal tan específica.
Pero Carlo hizo una pausa larga, significativa, terrible, y yo pude sentir físicamente que venía algo devastador.
Antes de que eso hermoso suceda, señor Ferretti, va a pasar por el dolor más profundo, más oscuro de toda su vida entera.
Va a perder a Alessandra Rossi, su esposa amada.
Mi pie derecho golpeó el freno instintivamente, violentamente.
El taxi se detuvo bruscamente con un chirrido fuerte en medio de una calle secundaria oscura, las llantas protestando.
Mi corazón latía tan fuerte, tan rápido, que podía escucharlo claramente en mis oídos.
Me volteé completamente en mi asiento para mirarlo directamente a los ojos.
¿Qué dijiste exactamente? ¿Qué acabas de decir? Mi voz temblaba incontrolablemente entre shock absoluto y furia creciente.
¿Cómo demonios sabes el nombre completo de mi esposa? Carlo no se veía asustado por mi reacción agresiva.
Simplemente me miraba con esa misma paz inquietante, sobrenatural.
Alesandra Rossy, su esposa desde hace exactamente 12 años.
Tiene cabello negro natural hasta los hombros, ojos verdes claros.
Trabaja como enfermera registrada en el hospital Niuarda, en el departamento de pediatría.
Le encanta cocinar risoto allamilanese los domingos y usted está profunda, desesperadamente enamorado de ella, aunque últimamente han tenido menos tiempo juntos porque sus turnos laborales rotativos no coinciden nunca.
Cada detalle específico era exacto, completamente exacto, imposiblemente exacto.
Yo sentí físicamente que el mundo entero se inclinaba, que la realidad se doblaba.
¿Quién te dijo todo esto? ¿Quién te mandó a decirme estas cosas? ¿Esto es algún tipo de broma enfermiza cruel? Mi voz subió de volumen casi gritando.
¿Cómo sabes todo esto, Carlo? extendió su mano pálida, débil hacia mí, en un gesto calmante, pacificador.
Señor Ferretti, por favor, escúcheme con atención.
No tengo mucho tiempo, literalmente.
Voy a morir en exactamente dos días, el 12 de octubre a las 6:45 de la mañana.
Y antes de irme de este mundo, Dios Padre me mostró claramente algunas cosas en oración, algunas personas específicas que necesito advertir o preparar espiritualmente.
Usted es una de esas personas elegidas.
Yo me reí, pero era una risa amarga, vacía, llena de incredulidad total.
Dios te mostró.
Escucha, niño, no sé qué drogas fuertes te dieron en el hospital o qué efectos secundarios está causando la quimioterapia, pero estás delirando completamente.
Voy a llevarte a San Gerardo como me pidieron profesionalmente y luego voy a olvidar esta conversación completamente perturbadora, ¿entiendes? Arranqué el taxi bruscamente de nuevo, mis manos temblando visiblemente sobre el volante negro.
Detrás de mí.
Carlo continuó hablando con esa voz suave, pero absolutamente firme, implacable.
El 17 de marzo de 2008, un día martes normal, Alesandra va a tener un accidente automovilístico terrible en Vía Padova, exactamente cerca del supermercado Eselunga, donde ella compra vegetales cada semana sin falta.
Va a ser precisamente a las 3:45 minutos de la tarde.
Un camión de carga pesada va a pasarse un semáforo en rojo porque el conductor estará enviando mensajes de texto.
Su pequeño Fiat azul va a ser impactado directamente del lado del conductor.
Ella no va a sobrevivir al impacto.
Señor Ferretti, lo siento mucho.
Yo quería desesperadamente taparme los oídos físicamente.
Quería gritar hasta quedar sin voz que se callara inmediatamente, pero mis manos ocupadas estaban conduciendo el taxi, no podía soltarlas del volante.
“¡Cállate!”, susurré con voz quebrada, lágrimas calientes comenzando a formarse en mis ojos.
“Por favor, por lo que más quieras, cállate ya.
” Pero Carlo no se detuvo.
Después de su muerte traumática, usted va a caer en una depresión clínica tan profunda, tan oscura, que va a considerar seriamente el suicidio en agosto.
Va a vender el piano de su abuelo porque no podrá soportar verlo.
Va a dejar completamente de escuchar música.
Va a convertirse en una sombra vacía de sí mismo durante exactamente 8 meses horribles.
Pero entonces su voz cambió notablemente, se volvió más cálida, más esperanzadora.
Entonces, finalmente va a encontrar algo que yo voy a dejar específicamente para usted hoy, algo que le va a recordar poderosamente por qué Alesandra lo amaba tanto, porque ella siempre le dijo firmemente que usted era mucho más que un taxista común, que tenía un don musical especial que el mundo necesitaba desesperadamente escuchar.
Llegamos finalmente al Hospital San Gerardo.
torpemente en la entrada de emergencias, mis ojos completamente borrosos por las lágrimas que estaba tratando desesperadamente de contener, de ocultar.
Me quedé sentado, paralizado en el asiento del conductor, agarrando el volante con tanta fuerza desesperada que mis nudillos se pusieron blancos.
Carlo abrió lentamente la puerta trasera con gran esfuerzo físico visible.
Antes de salir completamente, se inclinó hacia adelante con dificultad y puso algo pequeño en el asiento del pasajero delantero.
Era un sobre blanco doblado cuidadosamente.
“No lo abra ahora mismo”, dijo con firmeza.
“Ábralo solamente después del funeral de Alesandra, cuando finalmente esté listo para recordar quién es usted realmente en su esencia.
” Yo no podía mirarlo a los ojos.
Estaba demasiado enojado, demasiado asustado, demasiado confundido, demasiado roto por dentro.
“Vete al infierno con tus profecías de mierda”, dije con voz ronca, cruel.
Carlos suspiró tristemente, con compasión genuina.
“Lo siento profundamente, señor Ferretti.
Siento muchísimo que tenga que pasar por este dolor terrible, pero le prometo que del otro lado oscuro del dolor hay algo hermoso esperándolo pacientemente.
Alessandra lo va a estar esperando también en el cielo, algún día lejano y ella va a querer que usted haya vivido plenamente la vida que siempre soñaron juntos.
Cerró la puerta suavemente.
Los meses siguientes pasaron en una neblina.
Traté de olvidar esa conversación, convencerme que era delirio, pero el 12 de octubre las noticias reportaron.
Falleció Carlo Acutis a las 6:45, exactamente como predijo.
Y el 17 de marzo de 2008, martes, 3:45 de la tarde, recibí la llamada del hospital Niuarda.
Señor Ferretti, su esposa tuvo un accidente en Vía Padova, un camión.
No sobrevivió.
Me derrumbé.
vendí el piano.
Dejé de vivir realmente.
8 meses después, limpiando mi taxi para venderlo, también encontré el sobre blanco de Carlo.
Lo abrí con manos temblorosas.
Dentro había una nota escrita a mano.
Mauricio.
Alesandra me pidió en oración que te dijera algo.
Ella siempre supo que eras especial.
No desperdicies el don que Dios te dio.
Toca para ella, toca para el mundo.
Te está cuidando desde el cielo.
Ve a mi funeral si puedes.
Deja que Dios te encuentre ahí.
Con amor, Carlo.
Abajo había una fecha.
Beatificación prevista.
Octubre 2020.
Beatificación.
Este chico sería santo.
Investigué.
Carlo Acutis.
Causa abierta para santidad.
su cuerpo incorrupto.
Milagros documentados.
Dios mío, todo era real.
todo.
Esa noche, por primera vez en 8 meses, toqué piano.
Esa noche de noviembre de 2008, después de leer la nota de Carlo con lágrimas cayendo sobre el papel amarillento, caminé como sonámbulo hacia el armario del pasillo donde había escondido mi teclado electrónico barato, el único instrumento que me quedaba después de vender el piano de mi abuelo Giuseppe, en un momento de desesperación absoluta.
Mis manos temblaban violentamente mientras lo sacaba.
Acumulando meses de polvo grueso, lo conecté a la electricidad con dedos torpes, inseguros.
La pantalla digital parpadeó débilmente en la oscuridad de mi apartamento vacío.
Me senté en el piso frío porque no tenía fuerzas para buscar una silla.
Y entonces, hermano, hermana, por primera vez en 8 meses interminables de silencio autoimppuesto, toqué una sola nota, dos central.
El sonido llenó el apartamento silencioso, como un grito en una catedral abandonada.
Y algo dentro de mí, algo que había estado congelado, muerto, comenzó a despertar dolorosamente.
Toqué el nocturno de Shopan, el mismo que sonaba aquella noche con Carlo.
Mis dedos recordaban cada nota a pesar de los meses sin práctica.
Y mientras tocaba, lloré como no había llorado desde el funeral de Alesandra.
soyosos profundos que sacudían todo mi cuerpo destruido.
Los siguientes días fueron extraños, surrealistas.
Yo seguía manejando mi taxi porque necesitaba dinero para comer, para pagar renta, pero algo fundamental había cambiado dentro de mí.
Cada vez que tenía un momento libre entre pasajeros, sacaba mi teléfono y buscaba información sobre Carlo Acutis en internet.
Lo que descubrí me dejó completamente sin aliento, atónito.
Este chico, que yo había conocido brevemente aquella noche de octubre 2006, no era un adolescente común.
Era un genio tecnológico que había creado un sitio web documentando milagros eucarísticos de todo el mundo.
Era un joven que asistía a misa diaria desde los 7 años.
Era alguien que ayunaba por los pecadores, que oraba el rosario completo cada día, que tenía una devoción especial a la Virgen María.
Pero lo más impactante, lo más imposible de procesar, era que la Arquidiócesis de Milán había abierto su causa de beatificación apenas dos años después de su muerte.
Los testimonios eran abrumadores, consistentes.
Carlo había predicho cosas, había sabido secretos imposibles de conocer.
Había consolado a moribundos con una sabiduría que no correspondía a su edad, exactamente como había hecho conmigo.
Yo no estaba loco.
Todo había sido real, terriblemente real.
En diciembre de 2008 tomé una decisión que cambiaría mi vida nuevamente.
Conduje mi taxi hasta Asís, 3 horas desde Milán.
donde Carlo había sido enterrado en el santuario de la espoliación a petición de su familia.
Era un martes frío, nublado.
El santuario era pequeño, humilde, construido en el lugar exacto donde San Francisco se había despojado de sus posesiones mundanas siglos atrás.
Había apenas cinco o seis personas orando silenciosamente cuando llegué.
La tumba de Carlo estaba cubierta de flores frescas coloridas, notas escritas a mano de personas agradecidas, fotografías de gente que había sido tocada por su historia breve pero poderosa.
Me arrodillé frente a la tumba de mármol blanco, mis rodillas crujiendo contra el piso de piedra fría.
No sabía cómo orar correctamente.
Había pasado décadas sin pisar una iglesia, excepto para bodas y funerales obligatorios.
Pero hablé desde mi corazón roto.
Carlo, no te conocí lo suficiente aquella noche.
3 km en un taxi no fueron suficientes para entender quién eras realmente, pero salvaste mi vida cuando me diste esa nota.
Cuando me recordaste quién soy, Alesandra se fue y yo quería seguirla a la muerte.
Pero tú me diste una razón para quedarme.
Enséñame cómo hacer esto.
Enséñame cómo vivir de nuevo.
Algo sucedió en ese santuario silencioso que no puedo explicar científicamente, racionalmente.
Una paz profunda, casi tangible, descendió sobre mí como una manta cálida en una noche de invierno.
No escuché voces audibles, no vi apariciones místicas, pero sentí con absoluta certeza que no estaba solo en ese espacio sagrado.
Era como si alguien invisible hubiera puesto una mano reconfortante en mi hombro destruido.
Cuando finalmente me levanté del piso, después de lo que parecieron horas, pero probablemente fueron solo 30 minutos, mi decisión estaba tomada completamente.
iba a perseguir la música profesionalmente, sin importar cuán tarde fuera, sin importar cuán imposible pareciera.
Lo haría por Alessandra, quien siempre creyó en mi talento cuando yo mismo había dejado de creer.
Lo haría por Carlo, quien vio mi futuro cuando yo solo veía oscuridad, y lo haría por mí, por el niño de 7 años, que una vez soñó con tocar en grandes teatros.
Conduje de regreso a Milán esa noche con una determinación que no había sentido en años, décadas incluso.
Al día siguiente entré a una tienda de instrumentos musicales en Vía Torino y usé todos mis ahorros miserables para comprar un piano digital profesional Yamaha.
El vendedor me miró extrañado cuando le expliqué que tenía 40 años y estaba comenzando una carrera musical.
Los siguientes meses fueron los más duros físicamente de toda mi vida.
Trabajaba turnos de taxi de 6 de la mañana a 2 de la tarde para pagar las cuentas básicas.
Luego llegaba exhausto a mi apartamento y practicaba piano ferozmente de 3 de la tarde hasta medianoche con apenas descansos para comer algo rápido.
Mis dedos sangraban algunas noches de tanto practicar.
Mis vecinos se quejaban del ruido constante.
No me importaba nada.
Estaba poseído, obsesionado.
Cada vez que quería rendirme, que mi cuerpo de 40 años me gritaba que descansara, pensaba en la nota de Carlo.
No desperdicies el don que Dios te dio.
Pensaba en Alesandra diciendo años atrás, Mauricio, eres más que un taxista.
En marzo de 2009, exactamente un año después de la muerte de mi esposa, tomé otro paso radical.
Renuncié completamente a mi trabajo de taxi.
Vendí mi taxi amarillo que había sido mi identidad durante 19 años.
Mis amigos taxistas pensaron que había perdido la cabeza finalmente.
¿Cómo vas a sobrevivir, Mauricio? Tocando piano en bares.
Tienes 40 años, no 18.
Pero yo tenía un plan desesperado, dar clases privadas de piano por las mañanas para pagar renta y dedicar cada tarde, cada noche a perfeccionar mi técnica profesional.
Durante 2009 y 2010 viví en pobreza voluntaria.
Comía pasta simple casi todos los días.
Cancelé mi teléfono celular.
No salía a ningún lado socialmente.
Mi único gasto era pagar electricidad para el piano y ocasionalmente comprar partituras nuevas de segunda mano.
Pero algo milagroso estaba sucediendo musicalmente.
Mis dedos, que no habían tocado seriamente en casi dos décadas, estaban recuperando una velocidad, una precisión que yo pensaba haber perdido para siempre.
Grababa mis sesiones de práctica en un grabador digital barato y escuchaba críticamente mis errores.
Poco a poco, mes a mes, las piezas imposiblemente difíciles de Rachmaninov, List, Brams, comenzaban a sonar no solo competentes, sino genuinamente hermosas bajo mis manos.
En mayo de 2010, un estudiante mío, un adolescente rico llamado Luca, cuyo padre era director de un teatro pequeño en Milán, escuchó casualmente mi práctica después de su lección.
Quedó impresionado profundamente.
“Maestro Ferretti”, dijo con ojos enormes.
“¿Por qué no está tocando profesionalmente en conciertos públicos? toca mejor que muchos pianistas que he escuchado en el conservatorio.
Le expliqué honestamente que no tenía conexiones en el mundo musical, que había estado fuera del circuito por décadas.
Lucas sonrió.
Mi padre está organizando una serie de conciertos emergentes para artistas no tradicionales en el teatro Piccolo.
Déjeme hablar con él.
Dos semanas después recibí una llamada que casi me hace llorar de gratitud abrumadora.
El padre de Luca, el señor Juspe Martinelli, director del teatro Piccolo, me ofrecía una oportunidad increíble, tocar un concierto de 45 minutos en octubre de 2010 como parte de su serie Segundas oportunidades, que presentaba artistas mayores persiguiendo sueños tardíos.
La fecha propuesta me dejó sin aliento, 20 de octubre de 2010, exactamente 4 años después de mi conversación con Carlo, exactamente como él había predicho.
Octubre de 2008 había sido cuando comencé mi transformación tras encontrar su nota y ahora, en 2010 tocaría mi primer concierto profesional.
Carlo había visto todo esto años antes.
Acepté inmediatamente temblando.
Los siguientes meses hasta octubre fueron de preparación intensiva, obsesiva.
Contraté a un profesor de conservatorio jubilado, el maestro Roberto Juliani, para que refinara mi técnica y me ayudara a seleccionar un programa balanceado para el concierto.
Decidimos abrir con el nocturno de Shopan, el mismo que sonaba aquella noche con Carlo, luego piezas de Debusí Ragmaninov y cerrar con una improvisación original dedicada a Alesandra.
Cada práctica era una oración musical.
Cada nota era un paso más hacia cumplir la profecía que un chico moribundo me había dado en el asiento trasero de mi taxi.
La noche del 20 de octubre de 2010 llegó con una rapidez aterradora.
El teatro Piccolo no es enorme, apenas 250 asientos, pero para mí podría haber sido el Carnegy Hall de Nueva York.
Llegué tr horas antes, temblando incontrolablemente.
El piano de cola Steinway en el escenario era hermoso, intimidante.
Practiqué escalas para calentar dedos mientras el teatro se llenaba lentamente.
Miré desde detrás del escenario.
Reconocí a algunos de mis estudiantes con sus familias, a mis vecinos que habían soportado años de práctica constante, a dos de mis viejos amigos taxistas que vinieron por curiosidad, pero había un asiento en primera fila que dejé específicamente vacío con una rosa blanca colocada sobre él.
Era para Alesandra.
A las 8 en punto, el señor Martinelli me presentó al público.
Esta noche tenemos el honor de presentar a Mauricio Ferretti, un hombre que pasó 19 años como taxista antes de decidir a los 40 años perseguir su verdadero llamado musical.
Su historia es de pérdida, de dolor, pero también de renacimiento y esperanza.
Aplausos cálidos llenaron el teatro.
Caminé hacia el escenario con piernas temblorosas.
Me senté en la banqueta del piano, ajusté la altura, respiré profundamente tres veces.
Mis manos se posicionaron sobre las teclas de marfil y entonces comencé a tocar.
El nocturno de Chopen fluyó desde mis dedos como si llevara años esperando ser liberado de mi alma.
Cada nota era perfecta, controlada, pero llena de emoción cruda.
Cerré mis ojos y dejé que la música me llevara de regreso a aquella noche de octubre 2006.
A Carlo en mi taxi diciéndome verdades imposibles, a Alesandra esperándome en casa, sin saber que solo le quedaban 17 meses de vida.
Las lágrimas corrían libremente por mis mejillas mientras tocaba, pero no me importaba.
Esto no era una actuación técnica, era una confesión pública, una oración audible.
El público estaba completamente silencioso, hipnotizado.
Cuando la última nota del nocturno se desvaneció en el aire del teatro, hubo un momento de silencio absoluto antes de que los aplausos explotaran.
Pero yo no me detuve.
Continué inmediatamente con Claire de Lune de Debus, luego con el preludio en dos sostenido menor de Rahmaninov.
40 minutos.
Pasaron como 40 segundos y entonces llegó el momento de mi improvisación final dedicada a Alesandra.
Había practicado esta pieza cientos de veces, pero cada vez era diferente porque era pura emoción, no técnica memorizada.
Comencé suavemente, delicadamente, representando nuestros primeros años juntos, felices, inocentes.
Luego la música se volvió más compleja, más oscura, representando el dolor de perderla.
Pero la pieza no terminaba en oscuridad.
Gradualmente, lentamente, las notas comenzaron a elevarse de nuevo, a encontrar luz, esperanza.
Representaban mi transformación, mi renacimiento a través del dolor.
Representaban la promesa de Carlo de que del otro lado del sufrimiento había belleza esperando.
La música se volvió triunfante, gloriosa, terminando en un acorde mayor brillante que resonó por todo el teatro.
Cuando finalmente quité mis manos de las teclas, quedé completamente agotado, vacío, pero también extrañamente lleno.
El público se puso de pie en una ovación que duró casi 5 minutos.
Gente lloraba abiertamente, pero mi atención estaba fija en ese asiento vacío de primera fila con la rosa blanca.
Y entonces, hermano, hermana, algo inexplicable sucedió que juro por todo lo sagrado que es verdad.
Por un momento breve, brevísimo, vi a Alesandra sentada ahí, no como un fantasma aterrador, sino como una presencia luminosa, cálida.
Sonreía con esa sonrisa que yo amaba tanto.
Y junto a ella de pie estaba Carlo Acutis con su sudadera de Pokémon, sonriendo también, asintiendo con aprobación.
Parpadeé y la visión se desvaneció.
Pero la paz que dejó en mi corazón era completamente real, tangible.
Había cumplido la profecía, había honrado su memoria.
Después del concierto, docenas de personas me rodearon con felicitaciones, abrazos, lágrimas compartidas, pero la conversación más importante fue con una mujer mayor, elegante, que se había quedado esperando pacientemente hasta que todos los demás se fueron.
Señor Ferretti”, dijo con voz suave, “Mi nombre es Antonia Salzano.
Soy la madre de Carlo Acutis.
Mi corazón se detuvo completamente.
Esta era la mujer que había visto aquella noche de octubre llorando mientras su hijo entraba a mi taxi.
Señora Salzano, apenas pude susurrar.
Yo no sé qué decir.
Ella sonrió con lágrimas en sus ojos.
No necesita decir nada.
Carlo me contó sobre usted antes de morir.
Me dijo que había conocido a un taxista que iba a necesitar esperanza, que le había dado un mensaje importante.
He estado siguiendo su progreso desde que supe que usted existía.
Luca, su estudiante, es mi sobrino.
Él me dijo sobre su concierto.
Tenía que venir para ver que la profecía de mi hijo se cumpliera.
sacó algo de su bolso elegante, una fotografía de Carlos sonriendo y detrás escrito con su puño y letra, Mauricio Ferretti, pianista.
Octubre 2010.
Teatro Piccolo.
La fecha exacta, el lugar exacto.
Carlo lo había escrito todo en su diario personal, dos días antes de morir.
Hoy, hermano, hermana, 14 años después de aquella primera noche con Carlo.
Tengo 55 años y soy pianista profesional de tiempo completo.
Toco regularmente en teatros de toda Italia.
Enseño masterclasses.
He grabado tres álbumes.
Cada concierto lo dedico a dos personas.
Alessandra, mi esposa amada, que me conoció cuando era solo un taxista con sueños muertos, y Carlo Acutis, el santo adolescente que fue beatificado oficialmente en octubre de 2020, exactamente como él mismo había predicho 14 años antes en su nota.
Asistía a su beatificación en Asíss junto con miles de personas.
Su cuerpo incorrupto fue expuesto públicamente.
Toqué piano en la ceremonia.
Y cuando preguntan cómo un taxista de 40 años se convirtió en pianista profesional, cuento esta historia completa porque necesitan saber, hermano, hermana, que los milagros son reales, que las profecías existen, que Dios envía mensajeros incluso en forma de adolescentes moribundos en asientos traseros de taxis.
Carlo me dijo que perdería todo para encontrarme a mí mismo.
Tenía razón.
Perdí a mi esposa, mi estabilidad, mi antigua vida, pero encontré mi propósito, mi don, mi verdadero yo.
Si estás viendo esto en tu momento más oscuro, recuerda, del otro lado del dolor hay belleza esperando.
No desperdicies el don que Dios te dio.
Carlo Acutis, santo patrono de internet, ruega por nosotros.
Alesandra, amor de mi vida, espérame.