Hola, mi nombre es Rosa María Gutiérrez y lo que voy a contarte cambió mi vida para siempre.

Hoy tengo 76 años, pero cuando ocurrió el milagro del que voy a hablarte, tenía 57.
Era marzo del año 2006 en Milán, Italia, aunque yo soy originaria de Oaxaca, México.
Había emigrado a Italia 30 años antes con mi esposo, buscando un futuro mejor para nuestra familia.
Lo que no sabíamos era que ese futuro incluiría el diagnóstico médico más devastador que una persona puede recibir.
Cáncer de páncreas en estadio 4.
Los doctores me dieron apenas 3 meses de vida.
Recuerdo perfectamente ese día en el hospital San Rafael, cuando la doctora Benedetta Rossi, mi oncóloga, me miró con esos ojos llenos de compasión profesional y me dijo las palabras que ninguna persona quiere escuchar.
Señora Gutiérrez, lamento informarle que el cáncer se ha extendido al hígado y los pulmones.
No hay nada más que podamos hacer, excepto controlar el dolor.
Mi hija Lucia, que tenía entonces 28 años, estaba sentada junto a mí sosteniendo mi mano.
La sentí temblar cuando escuchó las palabras de la doctora.
Los días que siguieron a ese diagnóstico fueron los más oscuros de mi vida.
No era solo el miedo a la muerte lo que me atormentaba, aunque ese miedo era muy real y muy presente cada noche cuando cerraba los ojos.
Era pensar en mi esposo Miguel, en mis tres hijos, en mis dos nietos pequeños que acababan de nacer.
Era imaginar todas las cosas que nunca vería, todos los momentos que me perdería.
Mi nieto mayor, Sebastián, apenas tenía dos años.
Pensaba, ¿se acordará de mí cuando crezca? Recordará como su abuela lo cargaba y le cantaba canciones en español.
El dolor físico también era insoportable.
Había comenzado como una molestia leve en mi abdomen superior 6 meses antes, algo que yo había atribuido a la gastritis o tal vez a comer demasiado picante, porque ustedes saben que nosotros los mexicanos no podemos vivir sin chile.
Pero gradualmente ese dolor se intensificó hasta convertirse en algo que me robaba el sueño, que me hacía llorar en silencio durante la madrugada para que Miguel no se despertara preocupado.
Perdí casi 15 kilos en dos meses.
Mi piel adquirió un tono amarillento por la ictericia.
Mis ojos también se volvieron amarillos y cada vez que me miraba al espejo veía a una mujer que no reconocía, una mujer demacrada, envejecida, destruida por dentro.
Mi fe, que siempre había sido fuerte, comenzó a tambalearse.
Yo había sido católica devota toda mi vida.
Desde niña en Oaxaca asistía a misa todos los domingos.
Rezaba el rosario, confiaba en la Virgen de Guadalupe, pero ahora, enfrentando mi propia mortalidad, todas esas oraciones parecían rebotar en el techo sin llegar a ningún lado.
¿Por qué yo, Dios? Le preguntaba en la oscuridad de mi habitación.
¿Qué he hecho para merecer esto? He tratado de ser buena persona, de criar bien a mis hijos, de ayudar a los necesitados, pero el silencio del cielo era ensordecedor.
La quimioterapia que me dieron como tratamiento paliativo, solo para extender un poco mi vida, fue una tortura.
Después de cada sesión, pasaba tres días vomitando sin poder retener ni siquiera agua.
Mi cabello, ese cabello negro que siempre había sido mi orgullo, comenzó a caerse en mechones.
Lucía lloraba cada vez que me ayudaba a bañarme y veía mi cuerpo convertido en un esqueleto andante.
Pero lo que más me destrozaba era ver el sufrimiento en los ojos de mi familia.
Miguel trataba de ser fuerte, de mantener una sonrisa, de decirme que todo iba a estar bien, pero yo lo conocía después de 35 años de matrimonio.
Lo veía llorar en el baño cuando pensaba que yo no me daba cuenta.
Lo escuchaba hacer llamadas telefónicas a México hablando con mi hermana, preguntándole si debía traer a mi madre, que ya era muy anciana, para que me viera una última vez.
Mis hijos intentaban mantener la normalidad visitándome cada día después del trabajo, trayendo a los nietos, contándome historias de sus vidas como si nada estuviera mal.
Pero yo veía el terror en sus rostros.
Veía cómo evitaban mirarme directamente a los ojos, como sus voces se quebraban cuando hablaban del futuro.
Una tarde de principios de mayo, aproximadamente dos meses después del diagnóstico, le pedí a Lucle a la iglesia.
no a nuestra parroquia habitual de Santa María de los Ángeles, donde siempre íbamos, sino a cualquier iglesia.
Solo necesitaba estar en un lugar sagrado.
Necesitaba sentir aunque fuera una chispa de esperanza.
Lucía me llevó a una pequeña iglesia en el barrio de Porta Romana que nunca habíamos visitado antes.
Era una tarde de jueves, no había misa, la iglesia estaba casi vacía, solo había tres o cuatro personas rezando en las bancas.
Yo me arrastré hasta el altar porque en ese punto ya casi no podía caminar sin ayuda y me arrodillé frente al santísimo sacramento.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas sin control.
“Señor”, susurré, “si vas a llevarme contigo, está bien.
Estoy cansada de pelear.
Estoy cansada del dolor.
Pero, por favor, cuida a mi familia, cuida a Miguel, cuida a mis hijos, cuida a mis nietos.
que no sufran demasiado cuando yo me vaya.
Estuve allí arrodillada, llorando, orando durante casi una hora.
Lucas se sentó detrás de mí en silencio, respetando mi momento de intimidad con Dios.
Cuando finalmente me levanté para irme, me di cuenta de que había alguien más en la iglesia.
Un adolescente no podía tener más de 15 o 16 años.
Estaba sentado en una banca lateral.
Tenía el cabello oscuro, ligeramente despeinado.
Vestía jeans y una sudadera con capucha y tenía una computadora portátil sobre sus piernas.
Lo que me llamó la atención fue la intensidad con la que miraba hacia el altar.
No estaba usando la computadora en ese momento, solo la tenía ahí.
Pero sus ojos estaban fijos en el sagrario con una devoción que raramente había visto incluso en adultos.
Había algo diferente en ese muchacho, algo que no podía definir, pero que inmediatamente captó mi atención.
Cuando pasé junto a su banca para salir, él levantó la vista y me miró directamente a los ojos.
Y en ese momento, hermanos, algo extraordinario sucedió.
Ese chico me sonrió con una sonrisa que parecía iluminar toda la iglesia.
No era una sonrisa de lástima como las que había recibido de tanta gente cuando veía en mi condición.
No era una sonrisa incómoda de alguien que no sabe qué decir frente al sufrimiento ajeno.
Era una sonrisa llena de luz, de paz, de algo que solo puedo describir como amor puro.
“Señora, me dijo en italiano con un acento perfectamente milanés.
¿Puedo hablar con usted un momento?” Yo miré a Lucia que estaba detrás de mí.
Ella se encogió de hombros como diciendo, “¿Por qué no? Ya sentí.
” El muchacho se levantó de su banca y se acercó.
Mi nombre es Carlo”, me dijo extendiendo su mano.
Carlo Acutis.
Yo estreché su mano sorprendida por la firmeza de su apretón a pesar de su edad.
“Rosa María, respondí, ¿cómo sabías que necesitaba hablar con alguien?” Carlos sonrió de nuevo.
No lo sabía, pero cuando te vi rezando frente al altar, sentí que Jesús me pedía que hablara contigo.
Debo confesar que mi primera reacción fue de escepticismo.
Jesús le había pedido.
Este adolescente con computadora y sudadera creía escuchar a Jesús, pero había algo en sus ojos, una madurez espiritual que no correspondía con su edad, que me hizo quedarme y escuchar.
Sé que estás enferma, continuó Carlo con una suavidad que desarmaba cualquier defensa.
Sé que los doctores te han dado poco tiempo, pero quiero que sepas algo muy importante.
Tu historia no termina como los médicos dicen.
Dios tiene otros planes para ti.
Las lágrimas volvieron a mis ojos.
¿Cómo puedes estar tan seguro? Le pregunté con voz quebrada.
¿Eres doctor? ¿Eres profeta? Tengo cáncer en estadio 4, hijo.
Los tumores están en mi páncreas, mi hígado, mis pulmones.
Carlo asintió con seriedad, pero no perdió esa paz que emanaba de todo su ser.
No soy doctor”, respondió, “pero conozco al mejor médico que existe y él me ha mostrado que tu fe, aunque ahora se siente débil, es más fuerte de lo que crees.
” Sacó entonces de su mochila una pequeña estampa laminada.
Era una imagen de la Eucaristía con rayos de luz dorada emanando de la consagrada.
“Esto es parte de mi proyecto”, me explicó.
Estoy catalogando todos los milagros eucarísticos documentados en el mundo.
Casos donde la consagrada se ha convertido en carne y sangre real.
Casos donde personas han sido sanadas instantáneamente después de recibir la comunión.
casos donde Jesús mismo se ha manifestado visiblemente en el sacramento.
Mientras hablaba, sus ojos brillaban con una pasión que raramente había visto en alguien tan joven.
Esta estampa específica continuó es del milagro del anciano en Italia del año 700.
La se convirtió literalmente en músculo cardíaco humano.
Los científicos lo han estudiado y no pueden explicarlo.
Quiero que la tengas tú.
Extendió la estampa hacia mí.
Yo la tomé con manos temblorosas.
No entiendo, le dije.
¿Qué se supone que haga con esto? Carlo me miró con una intensidad que era casi incómoda.
Llévala contigo siempre.
Ponla sobre tu pecho cuando duermas y cada día, sin importar cuánto dolor sientas, sin importar cuánto miedo tengas, reza esta oración.
Jesús en la Eucaristía, tú que convertiste pan en tu cuerpo y vino en tu sangre, convierte mi enfermedad en salud, mi desesperanza en fe, mi muerte en vida.
Confío en ti completamente.
Me hizo repetir la oración tres veces hasta que la memoricé.
Lucía, que había estado observando todo esto con una mezcla de curiosidad y preocupación, se acercó y le preguntó, “Disculpa, Carlo, pero ¿cómo sabes todo esto? ¿Cómo puedes estar tan seguro de que mi mamá se va a curar? Carlo la miró y respondió con una simpleza desconcertante.
Porque Jesús me lo mostró esta mañana durante la misa.
Vi a tu mamá completamente sana, sonriendo, jugando con sus nietos.
Vi que su testimonio iba a traer muchas almas a Cristo.
Entonces hizo algo que jamás olvidaré.
Puso su mano sobre mi cabeza, cerró los ojos y comenzó a orar.
No era una oración formal, no estaba leyendo de ningún libro.
Eran palabras que fluían de su corazón con una autoridad espiritual que me dejó sin aliento.
Padre celestial, oró Carlos, en el nombre de Jesús, declaro sanidad completa sobre el cuerpo de Rosa María.
Ordeno a cada célula cancerígena que muera ahora mismo.
Ordeno a cada tumor que se disuelva.
Ordeno que su páncreas, su hígado, sus pulmones sean restaurados completamente, que los doctores queden confundidos, que los estudios médicos no encuentren explicación, porque este milagro viene de ti y solo de ti.
Mientras oraba, sentí algo extraño en mi cuerpo.
Era como si una corriente eléctrica suave recorriera todo mi ser, desde la coronilla hasta las plantas de mis pies.
No era doloroso, al contrario, era como si cada célula de mi cuerpo estuviera despertando de un sueño profundo.
El dolor constante en mi abdomen, ese dolor que me había acompañado día y noche durante meses, disminuyó notablemente.
No desapareció por completo en ese momento, pero se redujo de un nivel 10 a tal vez un cinco o seis.
Cuando Carlo terminó de orar y abrió los ojos, me preguntó, “¿Sientes algo diferente? Yo sentí todavía en shock.
El dolor es menos intenso, admití.
No sé si es psicológico o qué, pero definitivamente siento menos dolor.
Carlos sonrió.
No es psicológico.
Es el poder de Jesús comenzando a trabajar en tu cuerpo.
Pero recuerda, tienes que hacer tu parte.
Reza la oración todos los días.
Lleva la estampa contigo.
Ve a misa y recibe la comunión tan frecuentemente como puedas, aunque te sientas débil.
La Eucaristía es medicina para el cuerpo y el alma.
Nos quedamos hablando con Carlos durante casi media hora más.
Nos contó sobre su proyecto de catalogar milagros eucarísticos, sobre su amor por la informática y cómo usaba la tecnología para evangelizar, sobre su devoción a la Virgen María.
Era evidente que este no era un adolescente común.
Había una madurez espiritual, una sabiduría que superaba ampliamente sus años.
Cuando finalmente nos despedimos, Carlo me abrazó con un cariño genuino y me susurró al oído.
No tengas miedo, Rosa María.
Dios no ha terminado contigo todavía.
Tienes una misión que cumplir.
Lucía y yo salimos de esa iglesia en un estado de confusión total.
En el taxi de regreso a casa, mi hija me preguntó, “Mamá, ¿qué acabamos de vivir? ¿Quién era ese chico? Yo no tenía respuestas, solo sabía que algo había cambiado.
Esa noche, siguiendo las instrucciones de Carlo, puse la estampa sobre mi pecho antes de dormir y recé la oración que me había enseñado.
Por primera vez en meses dormí toda la noche sin despertarme por el dolor.
Miguel se despertó a la mañana siguiente, sorprendido de verme todavía durmiendo profundamente.
Durante las siguientes dos semanas, algo extraordinario comenzó a suceder.
El dolor continuó disminuyendo día tras día.
Mi apetito, que había estado completamente ausente comenzó a regresar.
Empecé a retener los alimentos sin vomitar.
Mi nivel de energía, que había estado en cero, comenzó a incrementarse gradualmente.
Podía caminar distancias más largas sin sentirme exhausta.
El color amarillento de mi piel y mis ojos comenzó a desvanecerse.
Miguel estaba atónito.
Rosa me decía, “No sé qué está pasando, pero te ves diferente, te ves mejor.
Mis hijos también lo notaron.
Mamá, tus ojos tienen más brillo”, me dijo mi hijo mayor, Roberto.
Hay algo diferente en ti.
Yo les conté sobre el encuentro con Carlos en la iglesia, sobre la estampa, sobre la oración.
Las reacciones fueron mixtas.
Miguel, siempre pragmático, dijo, “No perdemos nada con intentar.
Si te haces sentir mejor espiritualmente, adelante.
” Roberto y mi hija Fernanda eran más escépticos.
“Mamá, no queremos que te hagas falsas esperanzas”, me decían.
Los doctores fueron muy claros sobre tu pronóstico, pero Lucia, que había estado presente durante todo el encuentro con Carlo, me apoyaba completamente.
“Yo vi algo en ese chico”, me decía.
No sé qué era, pero había algo especial, algo divino.
Dos semanas después del encuentro con Carlo, tenía programada mi cita de control con la doctora Rossy.
Estos controles cada dos semanas eran para monitorear la progresión de la enfermedad y ajustar los medicamentos paliativos según fuera necesario.
Cuando llegué al hospital ese día, la enfermera que me tomó los signos vitales se sorprendió.
“Señora Gutiérrez”, me dijo, “su presión arterial está normal.
Su temperatura está normal, su nivel de oxígeno está excelente.
¿Se siente bien? Me siento mejor que en meses, le respondí con una sonrisa.
La doctora Rossy entró al consultorio con mi expediente en mano y una expresión preocupada en su rostro, pero cuando me vio sentada allí, su expresión cambió a una de genuina sorpresa.
“Rosa María”, me dijo, “te ves diferente.
Te ves mucho mejor que la última vez que te vi.
Le conté sobre el encuentro con Carlo, sobre la oración, sobre cómo me había estado sintiendo.
Ella me escuchó con cortesía profesional, pero pude ver el escepticismo en sus ojos.
“Me alegra que te sientas mejor espiritualmente”, me dijo.
“Pero necesitamos ser realistas sobre tu condición.
Vamos a hacer los análisis de sangre de rutina y ver cómo están progresando los tumores.
Me sacaron sangre, me hicieron estudios de imagen, todo el protocolo habitual.
Los resultados estarán listos en tres días, me informó la doctora.
Te llamaré cuando los tengamos.
Esos tres días fueron una eternidad.
Por un lado, me sentía físicamente mejor que en meses.
El dolor era mínimo, podía comer, podía dormir, tenía energía.
Pero por otro lado, el miedo a que los estudios mostraran lo contrario me atormentaba.
Y si todo era psicológico, y si mi mejoría era solo temporal, y si los tumores habían seguido creciendo a pesar de cómo me sentía.
Pasé esos tres días rezando la oración que Carlos me había enseñado con más fervor que nunca.
Iba a misa todos los días, algo que no había podido hacer durante mi enfermedad, porque estaba demasiado débil.
Recibía la comunión con una fe renovada, creyendo verdaderamente que la Eucaristía era medicina para mi cuerpo.
La estampa nunca salía de mi pecho, la llevaba día y noche, y cada vez que sentía una punzada de miedo o de duda, la tocaba y recordaba las palabras de Carlo.
Tu historia no termina como los doctores dicen.
El tercer día llegó.
Mi teléfono sonó a las 2 de la tarde.
Era la doctora Rosy.
Rosa María dijo con una voz que no podía descifrar si era buena o mala noticia.
Necesito que vengas al hospital inmediatamente.
Hay algo que necesito mostrarte personalmente.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Miguel me acompañó al hospital sosteniendo mi mano durante todo el trayecto.
Cuando llegamos al consultorio de la doctora Rossy, ella se estaba sentada frente a su computadora con una expresión que nunca le había visto antes.
No era tristeza, no era lástima, era confusión total mezclada con algo que parecía ser asombro.
Siéntense, por favor”, nos dijo, señalando las sillas frente a su escritorio.
“Rosa María”, comenzó la doctora Rossy girando su monitor hacia nosotros.
“Llevo 23 años practicando oncología.
He visto remisiones, he visto tratamientos exitosos, he visto casos donde los pacientes viven mucho más de lo que proyectamos, pero nunca.
En toda mi carrera he visto algo como esto.
En la pantalla aparecieron dos conjuntos de imágenes lado a lado.
Del lado izquierdo estaban mis tomografías de hace tres semanas.
Podía ver claramente las manchas blancas que representaban los tumores.
Una masa grande en el páncreas, varias lesiones en el hígado, nódulos en ambos pulmones.
Del lado derecho estaban las imágenes nuevas tomadas apenas ayer.
Miguel se inclinó hacia delante entornando los ojos para ver mejor.
No entiendo dijo.
¿Dónde están los tumores en las nuevas imágenes? La doctora Rossy soltó un suspiro largo y profundo.
Exactamente.
Esa es la pregunta que me he estado haciendo durante las últimas 6 horas.
No están.
Los tumores, simplemente no están.
Sentí que el mundo comenzaba a girar a mi alrededor.
¿Qué quiere decir con que no están?, pregunté con voz temblorosa.
¿Se encogieron? ¿Están más pequeños? No, Rosa María, no se encogieron.
Desaparecieron completamente.
No hay ningún rastro de tejido cancerígeno en tu páncreas, en tu hígado, ni en tus pulmones.
Tus análisis de sangre muestran niveles completamente normales de todas las enzimas.
Tus marcadores tumorales, que hace tres semanas estaban por las nubes, ahora están en niveles que consideraríamos normales para una persona sana.
Miguel me apretó la mano con tanta fuerza que casi me dolió.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin control.
Está diciendo que estoy curada.
Apenas pude susurrar las palabras.
La doctora Rosy se quitó los lentes y se frotó los ojos.
Médicamente hablando, no puedo explicar lo que estoy viendo.
Hice revisar las imágenes tres veces por diferentes radiólogos porque pensé que había un error.
Todos confirmaron lo mismo.
También mandé procesar tus análisis de sangre dos veces en laboratorios diferentes.
Los resultados son idénticos.
Según todos los estudios disponibles, no tienes cáncer.
Es como si nunca lo hubieras tenido.
Pero lo tuve, dije firmemente, usted misma me mostró las imágenes hace tres semanas.
Los tumores estaban ahí.
Lo sé, respondió la doctora y por primera vez desde que la conocía vi lágrimas en sus ojos.
Por eso esto es médicamente imposible.
El cáncer de páncreas en estadio 4 no remite espontáneamente.
Los tumores metastásicos no desaparecen sin tratamiento agresivo y aún con el mejor tratamiento disponible, las tasas de supervivencia a 5 años son menos del 3%.
Tú no recibiste tratamiento curativo, solo paliativos para el dolor y sin embargo, aquí estás completamente libre de cáncer.
Miguel se puso de pie, alzó sus manos al cielo y comenzó a gritar en español.
Gloria a Dios.
Gloria al Altísimo.
Gracias, Jesús.
Gracias, Virgen María.
La doctora Rossy nos miró con una mezcla de asombro y respeto.
La última vez que nos vimos me contaste sobre un encuentro con un adolescente en una iglesia, sobre una oración, sobre una estampa.
En ese momento lo escuché con cortesía, pero con escepticismo científico.
Ahora, mirando estos resultados que desafían toda explicación médica, no sé qué pensar.
Saqué la estampa de mi bolsillo, esa imagen del milagro del anciano que Carlo me había dado.
Doctora, ¿usted cree en milagros? Ella miró la estampa por un largo momento antes de responder.
Yo creo en la ciencia, creo en la medicina basada en evidencia, pero también he aprendido en mi carrera que hay cosas que la ciencia no puede explicar y lo que veo en tus estudios definitivamente cae en esa categoría.
Salimos del hospital ese día en un estado de euforia absoluta.
Miguel llamó inmediatamente a todos nuestros hijos.
En cuestión de una hora, toda la familia estaba reunida en nuestra casa, llorando, riendo, abrazándose, alabando a Dios.
Roberto, mi hijo escéptico, me miraba como si me viera por primera vez.
Mamá, yo pensé que te estabas aferrando a falsas esperanzas.
Pensé que ese chico en la iglesia era solo un adolescente con buenas intenciones, pero sin fundamento.
Te pido perdón por dudar.
Fernanda sostenía a su bebé Sebastián en brazos llorando.
Mamá, pensé que mi hijo nunca te conocería realmente.
Pensé que solo tendría fotos y videos de ti, pero Dios te devolvió a nosotros.
Esa noche organizamos una celebración improvisada.
Cocinamos comida mexicana, mi comida favorita que no había podido comer en meses.
Invitamos a amigos, vecinos, hermanos de la iglesia.
Todos querían escuchar la historia del milagro.
Yo les contaba sobre Carlo, sobre la estampa, sobre la oración, sobre cómo me había sentido esa corriente eléctrica cuando él oró por mí.
Pero en medio de toda la celebración había algo que me inquietaba.
Necesitaba encontrar a Carlo otra vez.
Necesitaba agradecerle, necesitaba contarle lo que había pasado.
Necesitaba que supiera que su oración había sido respondida.
Al día siguiente, Lucía y yo regresamos a esa iglesia en Porta Romana.
Era jueves otra vez, la misma hora aproximadamente que cuando conocí a Carlo.
Esperábamos encontrarlo allí, pero la iglesia estaba vacía, excepto por una anciana rezando el rosario.
Me acerqué a ella y le pregunté, “Disculpe, señora, ¿conoce usted a un joven llamado Carlo?” Carl Acutis suele venir a esta iglesia con su computadora.
La mujer levantó la vista de su rosario y me miró con tristeza.
Ah, sí, Carlo, ese muchacho tan especial venía aquí casi todos los días a rezar frente al santísimo, pero hace como dos semanas que no lo veo.
Decidí preguntar en la sacristía.
El padre Yusepe, un sacerdote ya mayor que estaba guardando los ornamentos después de la misa matutina, me recibió amablemente, padre, estoy buscando a un joven que conocí aquí hace unas semanas.
Se llama Carlo Acutis.
¿Lo conoce usted? La expresión del padre cambió inmediatamente.
Carlos, sí, lo conozco bien.
Es un chico extraordinario.
Viene aquí regularmente, a veces varias veces por semana.
Su devoción eucarística es notable para alguien de su edad.
¿Sabe dónde puedo encontrarlo?, pregunté ansiosa.
Necesito hablar con él urgentemente.
El padre Yuspe dudó antes de responder.
Señora, Carlos está muy enfermo, tiene leucemia.
De hecho, la última vez que hablé con su madre me dijo que los doctores no le dan mucho tiempo.
Está en el hospital la mayor parte del tiempo.
Ahora sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago.
Leucemia.
Ese muchacho que oró por mi sanidad está muriendo de cáncer.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
El padre asintió con tristeza.
Fue diagnosticado hace unos años con leucemia, mieloide aguda.
Ha estado luchando contra la enfermedad, ha pasado por tratamientos, pero ahora los doctores dicen que no hay nada más que hacer.
Lo irónico es que Carlo pasa su tiempo limitado orando por otros, creando su página web sobre milagros eucarísticos tratando de llevar almas a Cristo.
Ese chico tiene una fe que humilla a muchos adultos.
¿Dónde está hospitalizado?, pregunté urgentemente.
Necesito verlo.
Él oró por mí, me dio una estampa, me enseñó una oración y yo fui sanada, completamente sanada, de cáncer de páncreas en estadio 4.
Los doctores no pueden explicarlo, fue un milagro.
El padre Yuspe me miró con ojos muy abiertos.
Un milagro, sanada completamente.
Le mostré mis resultados médicos que había traído conmigo.
El sacerdote los leyó cuidadosamente, su expresión pasando de sorpresa a asombro.
Esto es extraordinario, verdaderamente extraordinario.
Carlo está en el hospital San Gerardo en Monza, pero señora, debe prepararse.
Está muy débil.
Puede que no la reconozca.
Esa misma tarde Miguel y yo condujimos a Monza.
El hospital era grande y moderno.
En la recepción preguntamos por Carlo Acutis.
La enfermera nos miró con compasión.
¿Son familiares? No, pero necesitamos verlo.
Es muy importante.
Después de varias llamadas y explicaciones, nos permitieron subir a su habitación.
El cuarto 412 en la Unidad oncológica pediátrica.
Cuando entramos, vi a una mujer de mediana edad sentada junto a la cama, sosteniendo la mano de un joven que apenas reconocí.
Carl estaba acostado en la cama del hospital, conectado a múltiples máquinas.
Había perdido todo su cabello por la quimioterapia.
Su piel estaba pálida, casi transparente.
Pero cuando nos vio entrar, sus ojos brillaron con ese mismo brillo que había visto en la iglesia.
Rosa María dijo con voz débil pero clara.
Sabía que vendrías.
Su madre nos miró confundida.
¿Conocen a Carlo? Me acerqué a la cama, las lágrimas corriendo libremente por mi rostro.
Señora, su hijo me salvó la vida.
Y entonces le conté toda la historia.
Le conté sobre mi diagnóstico terminal, sobre el encuentro en la iglesia, sobre la estampa y la oración, sobre mi sanidad completa.
Le mostré mis resultados médicos.
Antonia Cutis, la madre de Carlo, leyó los documentos con manos temblorosas.
Esto es increíble, susurró.
Esto es verdaderamente un milagro.
Carlos sonrió desde su cama.
Mamá, te dije que Jesús me usaría para sana hacer grandes cosas.
No importa cuánto tiempo me quede, lo que importa es cuántas almas puedo llevar a Cristo.
Me senté junto a su cama y tomé su mano libre, la que no tenía la intravenosa.
Carlo, tú oraste por mi sanidad cuando estabas muriendo.
¿Cómo es posible esa fe? ¿Cómo puedes pensar en los demás cuando tú mismo estás sufriendo tanto? Carlo me miró con esos ojos llenos de sabiduría que no correspondían a sus 15 años.
Rosa María, todos vamos a morir algún día, algunos antes, otros después, pero lo que importa no es cuánto vivimos, sino cómo vivimos.
Si mi vida, por corta que sea, puede llevar aunque sea una persona a los brazos de Jesús, entonces ha valido la pena.
Pero tú podrías pedirle a Jesús que te sane a ti, le dije.
Tú tienes más fe que nadie que haya conocido.
Si él me sanó a mí, ¿por qué no a ti? Carlos sonrió con esa paz que solo viene de una completa rendición a la voluntad de Dios.
Le he pedido, Rosa María, muchas veces, pero él me ha mostrado que mi camino es diferente.
Mi sufrimiento tiene un propósito, mi muerte tendrá un propósito.
Voy a la casa de mi padre y desde allá podré interceder por muchas más personas de las que puedo ayudar aquí.
Pasamos las siguientes dos horas con Carlos y su familia.
Él nos contó más sobre su proyecto de catalogar milagros eucarísticos, sobre sueño de que la página web inspirara a jóvenes de todo el mundo a amar la Eucaristía.
Nos habló sobre su amor por los animales, especialmente por los perros, sobre cómo usaba sus habilidades con las computadoras para evangelizar, sobre su devoción a la Virgen María.
A pesar de su debilidad física, su espíritu era vibrante y contagioso.
Antes de irnos, Carlo me pidió un favor.
Rosa María, cuando yo me vaya, quiero que cuentes tu historia, no por mí, sino por Jesús.
Cuenta como él te sanó.
Cuenta que los milagros son reales.
Cuenta que la Eucaristía es verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo.
Te lo prometo le dije llorando.
Te prometo que contaré tu historia y la mía por el resto de mi vida.
Carlos falleció el 12 de octubre del 2006, apenas 5co meses después de que yo lo conociera.
Tenía solo 15 años.
Cuando recibí la noticia de su muerte, lloré como si hubiera perdido a un hijo propio.
Fui a su funeral en la basílica de Santa María Inmacolata de Legraci en Milán.
Había cientos de personas, muchos jóvenes, muchos testimonios de vidas que Carlo había tocado en su corta existencia.
Durante el servicio fúnebre, varios jóvenes compartieron como Carlo los había inspirado a acercarse más a Cristo, como su ejemplo de fe en medio del sufrimiento los había transformado.
Después del funeral, la madre de Carlo me buscó entre la multitud.
Rosa María, Carlo me habló mucho de ti en sus últimos días.
Decía que tu sanidad era una señal de que Dios todavía hace milagros hoy.
Quería que tuvieras esto.
Me entregó una pequeña caja.
Dentro había una medalla de la Virgen María y una nota escrita con la letra temblorosa de Carlo.
La nota decía, “Rosa María, cuando leas esto, yo ya estaré con Jesús.
Pero quiero que sepas que tu sanidad no fue casualidad.
Dios te dio más años de vida porque tiene un propósito específico para ti.
Usa tu testimonio para llevar esperanza a los desesperanzados, fe a los que dudan, amor a los que sufren.
La Eucaristía es la autopista al cielo.
Comparte este mensaje.
Te veré en el paraíso.
Tu amigo Carl.
Guardé esa nota en mi Biblia y la he leído miles de veces en los años que han pasado.
Ahora, casi 20 años después de mi sanidad, sigo completamente libre de cáncer.
He ido a controles médicos cada 6 meses durante todos estos años.
La doctora Rosy, que ya está retirada, me llama mi milagro viviente.
Me ha pedido presentar mi caso en conferencias médicas varias veces.
Cada vez que lo hago, termino hablando no solo de mi sanidad física, sino de Carlo y de su amor por Jesús en la Eucaristía.
He visto a mi nieto Sebastián crecer, graduarse de la universidad, casarse.
He conocido a cinco bisnietos, he vivido para ver tantas cosas que los doctores me dijeron que nunca vería.
Y cada día, sin falta rezo la oración que Carlos me enseñó.
Llevo la estampa del milagro del anciano en mi cartera y voy a misa todos los días recibiendo la Eucaristía con la misma reverencia y fe que Carlo me inspiró.
Cuando Carlo fue beatificado el 10 de octubre del 2020, yo estaba allí en Asís junto con miles de peregrinos de todo el mundo.
Ver su cuerpo incorrupto, ver como la Iglesia reconocía oficialmente su santidad fue uno de los momentos más emotivos de mi vida.
Durante la ceremonia, el cardenal Agostino Ballini dijo algo que resonó profundamente en mi corazón.
Carlos nos enseña que no se necesita una larga vida para llegar a la santidad.
Lo que se necesita es amor, fe y entrega total a Cristo.
Después de la beatificación, tuve la oportunidad de hablar con varios periodistas.
Les conté mi historia completa.
Algunos la publicaron, otros la consideraron demasiado extraordinaria para ser creída.
Pero yo no necesito que me crean.
Yo sé lo que viví.
Sé que estaba muerta y ahora estoy viva.
Sé que el cáncer que los doctores dijeron que me mataría en tres meses desapareció completamente después de que un adolescente muriendo de leucemia orara por mí.
En los años desde mi sanidad he recibido cientos de mensajes de personas de todo el mundo que han escuchado mi testimonio.
Personas con cáncer, con enfermedades terminales, con situaciones que parecen imposibles.
Todos me preguntan lo mismo.
¿Cómo puedo recibir mi milagro? Y yo siempre les digo lo mismo que Carlos me enseñó.
No hay una fórmula mágica.
No es la estampa en sí misma que sana, ni las palabras específicas de una oración, es la fe.
Es creer verdaderamente que Jesús está presente en la Eucaristía, que él tiene poder sobre toda enfermedad, sobre toda situación imposible.
es rendirse completamente a su voluntad, sabiendo que a veces su respuesta es sanidad, como en mi caso, y a veces su respuesta es llevar a la persona a casa, como fue con Carlo, pero en ambos casos su amor y su propósito son perfectos.
Mi hija Lucia, que estuvo conmigo cuando conocí a Carlo, ahora trabaja en un hospital como enfermera oncológica.
Ella dice que mi testimonio la inspiró a dedicar su vida a cuidar pacientes con cáncer.
Todos los días les cuenta sus a sus pacientes sobre Carlo, sobre los milagros eucarísticos, sobre cómo la fe puede traer paz incluso en medio del sufrimiento.
Ha visto a muchos pacientes encontrar esperanza a través de estas historias.
Miguel y yo celebramos nuestro quincuagésimo aniversario de bodas el año pasado.
Durante la fiesta, él tomó el micrófono y dijo algo que me hizo llorar.
Hace 20 años los doctores me dijeron que me preparara para despedirme de mi esposa.
Me dijeron que el cáncer se la llevaría en cuestión de meses, pero Dios tenía otros planes.
A través de un joven santo llamado Carlo Acutis, Dios me devolvió a mi Rosa María.
Estos últimos 20 años han sido un regalo.
Cada día es un milagro que no merecemos, pero que agradecemos infinitamente.
He vuelto así muchas veces para visitar la tumba de Carlo.
Cada vez que voy veo a jóvenes de todo el mundo arrodillados en oración frente a su sepulcro.
Muchos tienen computadoras portátiles, tabletas, teléfonos.
Carlos se ha convertido en el patrono de los jóvenes en la era digital, mostrando que la tecnología puede ser usada para evangelizar, para llevar almas a Cristo.
La última vez que estuve allí, hace apenas dos meses, una joven de Colombia se acercó a mí.
Había visto un video donde yo contaba mi testimonio.
Señora Rosa, me dijo llorando.
Tengo leucemia, la misma enfermedad que mató a Carlo, pero vine aquí a pedirle que interceda por mí, porque si Dios usó a Carlo para sanarla usted, sé que puede usarlo para ayudarme a mí también.
Oramos juntas frente a la tumba de Carlo.
Le di una copia de la estampa del milagro del anciano, igual a la que Carlo me dio hace 20 años.
Le enseñé la oración y le dije las mismas palabras que Carlo me dijo.
Tu historia no termina como los doctores dicen.
Dios tiene otros planes para ti.
No sé si esa joven será sanada físicamente como yo fui sanada.
No sé cuál es el plan de Dios para su vida, pero sé que Carlo está intercediendo por ella desde el cielo, igual que intercedió por mí.
Y sé que sea cual sea el resultado, el amor de Dios es real, los milagros son posibles y la Eucaristía es verdaderamente el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo.
Esta es mi historia, este es mi testimonio y mientras Dios me dé aliento, seguiré contándola.
M.