Hola, soy Marco Benedetti y tengo que contarte esto antes de que pierda el valor, antes de que el miedo me paralice otra vez como lo hizo durante 19 años.

Lo que vi el 18 de marzo de 2005 en el aula 3B del Instituto Tomás Sogrosi de Milán no debería ser posible.
Los ojos de mi mejor amigo brillando con una luz que no provenía de ninguna fuente externa.
Las manos de una niña moribunda de leucemia volviéndose rosadas y saludables en cuestión de segundos.
Un profesor ateo de 52 años cayendo de rodillas, llorando y gritando, “Perdóname, Dios.
Perdóname una y otra vez.
” Y en el centro de todo, Carlo Acutis, mi compañero de clase de 13 años, el chico tímido que amaba los videojuegos y la programación, de pie con sus brazos extendidos mientras una luz invisible lo envolvía.
Sé lo que estás pensando.
Otro testimonio inventado sobre Carlo Acutis para ganar vistas.
Te entiendo perfectamente porque yo habría pensado lo mismo.
Durante años me burlé de los testimonios milagros.
Era el escéptico del salón, el que se reía cuando Carlo hablaba de la Eucaristía, el que le decía que dejara de perder tiempo con supersticiones medievales.
Mi familia era completamente atea.
Mi padre Juspe Benedetti era profesor de biología en la Universidad de Milán.
y me había criado con el método científico como nuestra única religión.
Marco me decía durante las cenas familiares, los milagros son solo coincidencias mal interpretadas por mentes primitivas que no entienden estadística.
Yo le creía ciegamente.
A los 13 años ya me consideraba un pequeño racionalista.
Leía a Richard Dawkins, aunque no entendía la mitad de lo que decía.
Discutía con mis compañeros religiosos durante el recreo, citando argumentos que había escuchado de mi padre.
Me sentía intelectualmente superior a todos esos niños que todavía creían en cuentos de hadas sobre vírgenes y santos.
Y entonces conocí a Carlo Acutis en septiembre de 2003, cuando ambos entramos a la secundaria.
Desde el primer día, Carlo fue diferente.
Mientras el resto de nosotros estábamos obsesionados con el nuevo PlayStation 2 y las últimas canciones de Heros Ramatsoti.
Carl llevaba un rosario en su bolsillo y hablaba sobre diseñar una página web para catalogar milagros eucarísticos.
Milagros eucarísticos.
Le pregunté la primera vez que lo mencionó.
En serio, ¿crees en esas tonterías? Carlo me miró con esos ojos oscuros y profundos que tenía y sonrió de una manera que no era condescendiente ni ofendida.
Era una sonrisa de paz genuina, como si supiera algo que yo no sabía, pero estaba dispuesto a esperar pacientemente hasta que yo lo descubriera por mi cuenta.
Marco me dijo con esa voz suave que siempre usaba, no te estoy pidiendo que creas ahora.
Solo te pido que mantengas tu mente abierta.
Algún día verás lo que yo veo.
Algún día Dios te mostrará que él es tan real como tú y yo.
Yo solo me reí y cambié el tema a algo más importante.
Para un niño de 11 años, los nuevos trucos que había descubierto en Grand Theft Auto.
Pero a pesar de nuestras diferencias filosóficas, Carlo y yo nos hicimos mejores amigos.
Había algo en él que me atraía, algo que no podía explicar racionalmente.
Era como si su simple presencia me hiciera sentir más tranquilo, más centrado.
Pasábamos horas después de la escuela en el café internet cerca de nuestra escuela.
Él trabajando en su proyecto de milagros eucarísticos.
Yo jugando juegos online.
Nuestros compañeros pensaban que éramos una pareja extraña, el ateo militante y el católico devoto.
Durante los siguientes dos años presencié la rutina diaria de Carl.
Se despertaba a las 5:30 de la mañana para ir a misa antes de la escuela.
Llevaba su almuerzo en una lonchera simple mientras el resto de nosotros comprábamos pizza y Coca-Cola en la cafetería.
Pasaba sus tardes entre tres actividades.
Ayudar en comedores para personas sin hogar, programar su sitio web sobre milagros eucarísticos y jugar conmigo en la PlayStation cuando yo insistía, “Carlo, ¿no te aburres de ir a misa todos los días?”, le preguntaba constantemente.
Es la misma rutina, las mismas palabras, las mismas canciones aburridas.
Él negaba con la cabeza.
Nunca es lo mismo, Marco.
Cada día encuentro algo nuevo.
Cada día Jesús me habla de manera diferente a través de la Eucaristía.
Yo ponía los ojos en blanco, pero había momentos, pequeños momentos que me inquietaban incluso entonces donde Carlo parecía saber cosas que no debería saber.
Como aquella vez en noviembre de 2004, cuando llegué a la escuela particularmente triste porque mi perro bruto había sido diagnosticado con cáncer la noche anterior, no se lo había contado a nadie.
Ni siquiera había publicado nada en mis redes sociales primitivas de esa época.
Pero cuando Carlo me vio entrar al salón de clases, inmediatamente se acercó y puso su mano en mi hombro.
Marco, sé que Bruto está enfermo.
Voy a orar por él esta noche en la adoración.
Me quedé helado.
¿Cómo sabes sobre Bruto? Te llamó mi mamá.
Carlos solo sonrió con esa sonrisa misteriosa suya.
No, nadie me llamó.
Solo lo sé.
Y Marco, bruto va a estar bien.
El veterinario va a encontrar que el tumor es benigno.
Pensé que estaba adivinando tratando de hacerme sentir mejor.
Pero tres días después, el veterinario llamó con noticias sorprendentes.
Habían cometido un error en el diagnóstico inicial.
El tumor era benigno.
Bruto viviría otros 6 años.
Cuando le conté a Carlo, él simplemente asintió como si fuera lo más normal del mundo.
Te lo dije, Dios escucha nuestras oraciones.
Yo lo atribuí a coincidencia.
Tenía que ser coincidencia porque la alternativa que mi mejor amigo de alguna manera tenía conocimiento sobrenatural de eventos futuros era demasiado perturbadora para mi mente científicamente entrenada.
Pero las coincidencias seguían acumulándose.
Carlo predijo correctamente que nuestra profesora de italiano quedaría embarazada tres semanas antes de que ella misma lo supiera.
Predijo que habría una tormenta de nieve inusual el 12 de enero de 2005.
Algo raro para Milán y nevó exactamente ese día.
Predijo que nuestro compañero de clase, Luca Ferretti, se rompería el brazo jugando fútbol.
Y sucedió dos días después.
Carlo, esto es raro.
Le dije después de la quinta o sexta predicción correcta.
¿Cómo sabes estas cosas? Él se encogió de hombros con humildad.
No soy yo quien sabe, Marco.
Es Dios quien me muestra cosas a veces.
Él me da pequeños vistazos del futuro para prepararme, para preparar a otros.
Yo quería creerle, pero mi educación ate era demasiado fuerte.
Tiene que haber una explicación lógica, insistía.
Tal vez eres muy observador y captas patrones que otros no ven.
Tal vez tienes un coeficiente intelectual muy alto.
Carlos se reía suavemente.
Marco, mi amigo escéptico, un día verás algo que no podrás explicar con lógica.
Y ese día, espero que tu corazón esté abierto para recibir la verdad.
Ese día llegó el 18 de marzo de 2005.
Era un viernes típico de primavera en Milán.
El cielo estaba azul, los jacarandás comenzaban a florecer y yo estaba emocionado porque era fin de semana y planeaba pasar todo el sábado jugando videojuegos.
Esa mañana, mientras esperábamos el autobús escolar en la Piaza Carbonari, Carlo estaba más callado de lo normal.
Miraba el cielo con una expresión que no podía descifrar.
No era tristeza exactamente, pero tampoco era su alegría habitual.
Era algo intermedio, algo que parecía una mezcla de anticipación y solemnidad.
¿Estás bien?, le pregunté dándole un codazo.
Él tardó un momento en responder como si estuviera escuchando algo que yo no podía oír.
Marco finalmente dijo girando para mirarme directamente a los ojos.
Hoy va a pasar algo importante, algo que va a cambiar cómo ves el mundo.
Puse los ojos en blanco.
Carl No impiecesis.
con tus cosas místicas tan temprano en la mañana.
Es viernes, tengo un examen de matemáticas y lo único que quiero es que el día termine rápido.
Pero él no sonrió ante mi sarcasmo como normalmente lo hacía.
Su expresión permaneció seria, casi grave.
Promete que mantendrás tu mente abierta hoy, pase lo que pase.
No dejes que tu escepticismo cierre tu corazón a la verdad.
Está bien, está bien, respondí sin pensar mucho.
Prometo mantener mi mente abierta.
Ahora deja de ser tan dramático.
No tenía idea de que en menos de 6 horas vería algo que rompería completamente mi cosmovisión materialista.
Las clases de la mañana pasaron sin incidentes.
Matemáticas, historia, italiano.
Durante el almuerzo, Carlo apenas tocó su comida, lo cual era inusual para él.
Normalmente tenía buen apetito.
“Seguro que estás bien”, insistí.
“Te ves pálido.
” Él asintió.
Estoy bien, solo un poco nervioso por algo.
Nervioso.
¿Por qué? No tenemos exámenes esta tarde, “No es un examen,” dijo misteriosamente.
Es algo más importante.
A las 3:30 de la tarde, después de la última clase, nos dirigimos al laboratorio de computación.
teníamos permiso de quedarnos después de clases para trabajar en nuestros proyectos personales.
Carlo en su sitio web de milagros eucarísticos yo, en un juego de programación que estaba tratando de crear.
El profesor David de Santoro estaba supervisando como siempre.
Santoro era conocido en toda la escuela como el profesor ateo.
Tenía 52 años, había enseñado informática durante casi 20 años y no perdía oportunidad de burlarse de la religión.
Mitos para masas ignorantes.
Lo había escuchado decir muchas veces.
Opio del pueblo, como dijo Marx.
Él y Carlo tenían una relación tensa pero respetuosa.
Santoro admiraba las habilidades de programación de Carlo, pero se burlaba abiertamente de su proyecto sobre milagros.
Acutis decía con su voz nasal irritante, “Desperdicias tu talento en supersticiones medievales.
Deberías estar programando aplicaciones útiles, no catálogos de fraudes religiosos.
” Carlo nunca respondía con enojo, solo sonreía y seguía trabajando.
Ese día éramos solo cuatro personas en el laboratorio.
Carlo, yo, el profesor Santoro y Alesandra Moretti.
Alesandra era nuestra compañera de clase, una chica dulce y tímida que amaba dibujar y soñaba con ser diseñadora de moda algún día.
Pero durante los últimos 8 meses habíamos visto como Alesandra se marchitaba frente a nuestros ojos.
Primero llegó el diagnóstico, leucemia linfoblástica aguda, etapa cuatro.
Luego vino la quimioterapia.
Vimos como su hermoso cabello negro castaño comenzó a caerse en mechones.
Vimos como su piel, antes oliva y saludable, se volvió pálida y casi transparente.
Vimos como su cuerpo, que había sido el de una niña activa y llena de vida, se redujo a piel y huesos.
Sus padres dejaron de enviarla a la escuela regularmente porque estaba demasiado débil, pero es viernes.
Su madre la trajo.
Una última vez escuchamos que le decía a la directora.
Alessandra había insistido en venir a la escuela una vez más.
quería sentirse como una niña normal, aunque fuera por unas horas, antes de que la internaran permanentemente en la unidad de cuidados paliativos del Hospital Niuarda.
Cuando entró al laboratorio de computación ese día me rompió el corazón.
Llevaba un pañuelo rosa cubriendo su cabeza calva.
Sus ojos, que alguna vez brillaban con alegría, estaban hundidos y rodeados de círculos oscuros.
Sus labios estaban agrietados y pálidos.
Se movía lentamente como una anciana de 80 años en lugar de una niña de 13.
Cuando pasó junto a mi computadora pude ver las marcas de agujas en sus brazos delgados.
Hola, Alesandra.
La saludé tratando de sonar normal, pero sin poder ocultar la tristeza en mi voz.
Ella me dio una sonrisa débil.
Hola, Marco.
¿Sigues trabajando en tu juego? Sí, pero no está saliendo muy bien.
Soy mejor jugando juegos que creándolos.
Ella se rió suavemente, pero incluso esa pequeña risa parecía agotarla.
Se sentó en la computadora más alejada en la esquina del salón y abrió un programa de dibujo digital.
El profesor Santoro estaba en su escritorio al frente calificando exámenes con su característico bolígrafo rojo.
Carlo estaba en su estación de trabajo habitual, al lado de la ventana, sus dedos volando sobre el teclado mientras actualizaba su base de datos de milagros eucarísticos.
Era una escena perfectamente normal, perfectamente ordinaria.
No había nada que sugiriera que en los próximos 47 minutos lo imposible se volvería posible.
Eran las 3:47 de la tarde.
Lo sé porque miré mi reloj Casio azul.
Tenía la costumbre de revisar la hora constantemente, contando los minutos hasta que pudiera irme a casa.
En ese momento, Carlo dejó de escribir abruptamente.
Sus manos se congelaron sobre el teclado.
Su cuerpo se puso rígido.
Durante unos 5 segundos no se movió en absoluto, como si se hubiera convertido en una estatua.
Carl, llamé preocupado.
¿Estás bien? No respondió.
Sus ojos estaban fijos en algún punto más allá de su monitor, mirando algo que yo no podía ver.
Luego lentamente se volvió hacia donde Alesandra estaba sentada y con una voz que sonaba diferente, más profunda y resonante de lo normal, dijo, “Alesandra, ¿puedo orar por ti?” El profesor Santoro levantó la vista de sus papeles con una expresión de irritación.
“Acutis, estamos en un laboratorio de computación, no en una iglesia.
Si quieres rezar, hazlo en tu propio tiempo.
Pero Carlo ignoró completamente al profesor.
Se levantó de su silla con movimientos lentos y deliberados y caminó hacia donde estaba Alesandra.
Yo lo seguí con la mirada, sintiendo una extraña tensión en el aire que no podía explicar.
Era como si la presión atmosférica hubiera cambiado repentinamente.
Alessandra lo miró con ojos confundidos, pero esperanzados.
Orar por mí, Carlo.
Los médicos dicen que no hay nada que hacer.
El cáncer se ha extendido a mi médula ósea.
Mi mamá y mi papá acaban de firmar papeles para cuidados paliativos.
Su voz se quebró.
Me estoy muriendo.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas pálidas.
Carlos se arrodilló junto a su silla, tomando sus manos frágiles entre las suyas.
Alesandra, ¿crees que Jesús tiene el poder de sanarte? Ella lo miró durante un largo momento.
Quiero creer, Carlo.
He orado tanto.
Mi familia ha orado tanto.
Pero nada ha cambiado.
Cada día estoy peor.
La fe no se trata de ver primero y luego creer dijo Carlo con esa voz extrañamente profunda que había adoptado.
Se trata de creer primero y luego ver.
¿Confías en él? Alesandra asintió lentamente, las lágrimas fluyendo libremente.
Ahora sí.
Sí, confío en él.
Fue en ese momento cuando todo cambió.
Carlos cerró sus ojos y comenzó a orar en voz baja.
Al principio no pude escuchar las palabras, pero luego su voz comenzó a elevarse, no en volumen, sino en intensidad, en poder.
Padre celestial, que resucitaste a Lázaro de entre los muertos, que hiciste que los ciegos vieran y los paralíticos caminaran, te pido ahora en el nombre de tu hijo Jesucristo que sanes a tu hija Alesandra.
Expulsa esta enfermedad de su cuerpo.
Restaura cada célula que ha sido dañada.
Muéstranos tu gloria, Señor.
Muéstranos que tú eres el Dios de lo imposible.
Y entonces sucedió.
La temperatura en el laboratorio de computación bajó repentinamente.
No fue mi imaginación.
Vi el aliento del profesor Santoro volverse visible como si estuviéramos en invierno y no en primavera.
¿Qué demonios? murmuró Santoro levantándose de su escritorio.
Alguien abrió una ventana, pero todas las ventanas estaban cerradas.
Las luces comenzaron a parpadear una, dos, tres veces.
El zumbido eléctrico de las computadoras se volvió más fuerte, luego más suave, luego más fuerte.
Otra vez mi monitor comenzó a mostrar líneas estáticas, aunque estaba perfectamente bien momentos antes.
“Esto es un problema eléctrico,”, dijo Santoro, ahora visiblemente nervioso.
Pero no era un problema eléctrico, era algo mucho más allá de la explicación científica, porque en ese momento vi algo que cambiaría mi vida para siempre.
Los ojos de Carlos se abrieron, pero no eran sus ojos normales, marrones oscuros y gentiles.
Estaban brillando, literalmente brillando, con una luz dorada que no provenía de ninguna fuente externa.
No era un reflejo de las luces fluorescentes del techo.
Era una luz que emanaba desde dentro, desde las profundidades de sus pupilas.
Dios mío”, susurré retrocediendo de mi silla.
El profesor Santoro también lo vio.
Esto es, esto no es posible, es una ilusión óptica, tiene que serlo.
Pero no era una ilusión.
Carlo levantó sus manos, todavía sosteniéndolas de Alesandra, y en ese instante algo visible, algo que solo puedo describir como ondas de energía, comenzó a fluir desde sus palmas hacia el cuerpo de Alessandra.
No estoy hablando metafóricamente, estoy hablando literalmente.
Había ondas visibles como calor distorsionando el aire en un día caluroso, pero con un tinte dorado fluyendo desde las manos de Carlo hacia Alesandra.
Alesandra Jadeo.
Sus ojos se abrieron enormemente.
Siento, siento calor, como si estuviera siendo llenada con luz desde adentro.
Su voz, que había sido débil y quebrada momentos antes, sonaba más fuerte, más clara.
El pañuelo rosa que cubría su cabeza calva comenzó a deslizarse hacia atrás y todos vimos algo que desafió toda lógica médica.
Su cabello estaba creciendo.
No lentamente, no a lo largo de semanas o meses, sino instantáneamente.
Pequeños vellos oscuros comenzaron a brotar de su cuero cabelludo, volviéndose más largos ante nuestros ojos.
En cuestión de segundos tenía un cabello corto, pero completo cubriendo su cabeza.
“¡Imposible!”, gritó el profesor Santoro.
Esto es absolutamente imposible.
Se acercó corriendo, casi tropezando con una silla en su prisa, pero lo que vimos a continuación lo dejó completamente paralizado.
La piel de Alesandra, que había estado pálida y casi transparente, comenzó a llenarse de color.
Sus mejillas se pusieron rosadas.
Sus labios, antes agrietados y blancos, se volvieron rojos y saludables.
Las marcas oscuras bajo sus ojos se desvanecieron como niebla bajo el sol de la mañana.
Sus brazos, que habían sido esqueléticos, comenzaron a llenarse.
Podíamos ver literalmente cómo su cuerpo se transformaba, cómo la vida fluía de regreso a cada célula.
Las marcas de agujas en sus brazos desaparecieron.
Las venas azules, que habían sido tan prominentes bajo su piel transparente ya no eran visibles.
Sus manos, que Carlo todavía sostenía, cambiaron de estar huesudas y frágiles, hacer las manos normales y saludables de una niña de 13 años.
Todo esto sucedió en el lapso de tal vez 2 minutos, pero se sintió como una eternidad.
El tiempo mismo parecía haberse ralentizado.
Yo estaba de pie junto a mi computadora, mi boca abierta, mi cerebro tratando desesperadamente de encontrar una explicación racional para lo que mis ojos estaban presenciando.
No había ninguna.
Esto estaba más allá de la ciencia.
Esto estaba más allá de la medicina.
Esto era, Y nunca pensé que usaría esta palabra sin sarcasmo, un milagro genuino.
El profesor Santoro cayó de rodillas.
Este hombre que había pasado décadas burlándose de la religión, que había llamado a los creyentes ignorantes supersticiosos, estaba de rodillas en el piso del laboratorio de computación, lágrimas corriendo por su rostro.
“Perdóname”, susurraba una y otra vez.
“Dios, perdóname.
He sido tan ciego, he sido tan arrogante.
” Carlo finalmente soltó las manos de Alesandra.
La luz dorada en sus ojos comenzó a desvanecerse lentamente hasta que volvieron a ser sus ojos normales marrones.
Se tambaleó ligeramente, como si el acto de canalizar ese poder lo hubiera agotado físicamente.
Yo corrí para sostenerlo.
Carlo, ¿qué acabas de hacer? ¿Qué fue eso? Él me miró con una sonrisa cansada, pero pacífica.
No fui yo, Marco.
Nunca soy yo.
Es siempre él.
Alesandra se puso de pie lentamente, como si estuviera probando si su cuerpo realmente funcionaba.
Miró sus manos, tocó su rostro, pasó sus dedos por su cabello recién crecido con una expresión de asombro absoluto.
“Yo yo puedo respirar”, dijo con voz temblorosa.
“Durante meses no he podido respirar profundamente sin dolor, pero ahora tomó una respiración profunda, llenando sus pulmones completamente.
No hay dolor, no hay nada.
Me siento, me siento completamente normal”, se levantó la manga de su suéter, revelando sus brazos que momentos antes habían estado cubiertos de moretones y marcas de agujas.
La piel era perfecta, saludable, con el tono oliva que había tenido antes de la enfermedad.
“Las marcas desaparecieron”, susurró.
Todas las marcas desaparecieron.
Comenzó a llorar, pero no eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de alegría pura, de alivio, de gratitud.
Carl, ¿qué hiciste? ¿Cómo es esto posible? Pero Carl no respondió inmediatamente.
Se había sentado en una silla cercana, su rostro pálido, respirando pesadamente.
Yo todavía estaba sosteniéndolo por el hombro, sintiendo cómo temblaba ligeramente.
Marco dijo en voz baja, “¿Podrías traerme un poco de agua? Me siento un poco débil.
” Corrí al dispensador de agua en el pasillo, mis manos temblando mientras llenaba un vaso de plástico.
Mi mente estaba en caos absoluto.
Todo lo que había creído sobre la realidad, sobre la ciencia, sobre la imposibilidad de lo sobrenatural, acababa de ser destruido en menos de 3 minutos.
Cuando regresé al laboratorio, encontré al profesor Santoro todavía de rodillas, pero ahora tenía sus manos sobre su rostro sozando abiertamente.
52 años, lo escuché murmurar entre lágrimas.
52 años burlándome, riéndome, llamándolos ignorantes.
Y todo este tiempo él era real.
Todo este tiempo estaba ciego.
Alesandra se había acercado a Carlo, sentándose en la silla junto a él.
tomó su mano, la misma mano que minutos antes había canalizado poder divino.
“Gracias”, le dijo con voz quebrada por la emoción.
“No sé cómo agradecerte.
Me devolviste mi vida.
” Carl bebió un poco de agua y le sonrió con ternura.
No me agradezcas a mí, Alesandra.
Yo solo soy un instrumento, un canal.
Agradece a Jesús.
Él es quien te sanó.
Él es quien te ama tanto que decidió devolverte la salud.
Pero tú oraste por mí.
Tú pusiste tus manos sobre mí.
Muchas personas oran, respondió Carlo con humildad genuina.
Muchas personas tienen fe.
Yo simplemente estaba en el lugar correcto, en el momento correcto, dispuesto a ser usado por él.
La gloria no es mía, nunca es mía.
En ese momento, algo extraordinario sucedió.
Una luz comenzó a filtrarse a través de las ventanas del laboratorio.
No era la luz normal del atardecer de marzo, era diferente, más intensa, más dorada.
Todos nos volvimos para mirar.
A través de las ventanas que daban al patio de la escuela, vimos que el cielo se había transformado.
Las nubes, que habían sido grises y ordinarias toda la tarde, ahora se habían organizado en formaciones que parecían imposibles.
No estoy exagerando cuando digo que las nubes formaban la imagen de una cruz perfecta sobre nuestra escuela.
Era tan clara, tan definida, que era imposible atribuirla a coincidencia o paraidolia.
Miren el cielo”, susurró Alesandra.
“Los cuatro nos acercamos a las ventanas.
Incluso el profesor Santoro se levantó de sus rodillas y se unió a nosotros.
Su rostro todavía mojado por las lágrimas.
La cruz de nube se extendía por kilómetros a través del cielo de Milán y mientras la observábamos comenzó a brillar con una luz interna, como si estuviera iluminada desde dentro.
Esto no es meteorológicamente posible”, murmuró Santoro.
“Pero ya no había escepticismo en su voz, solo asombró.
No hay formación de nubes natural que pueda crear una cruz perfecta.
Y esa luz, esa luz no viene del sol.
” Carlos se acercó a la ventana colocando su mano sobre el cristal.
“Es una señal”, dijo suavemente.
“Una confirmación.
Para que nadie pueda decir que lo que sucedió aquí fue imaginación o coincidencia, se volvió para mirarnos a los tres.
Ustedes tres son testigos ahora.
Testigos de que Dios todavía obra milagros.
Testigos de que Jesús todavía sana.
Testigos de que la fe no es una ilusión, sino la realidad más profunda que existe.
La cruz de nubes permaneció visible durante aproximadamente 20 minutos.
Durante ese tiempo, ninguno de nosotros habló mucho.
Simplemente nos quedamos allí mirando, procesando, tratando de comprender la magnitud de lo que habíamos experimentado.
Finalmente, alrededor de las 4:40 de la tarde, la formación comenzó a disolverse lentamente, como si su propósito hubiera sido cumplido.
“Tenemos que documentar esto”, dijo repentinamente el profesor Santoro.
“Tenemos que escribir exactamente qué pasó.
Las autoridades médicas necesitan examinar a Alesandra.
Esto es, esto es el descubrimiento más importante en la historia de la medicina.
Pero Carlo negó con la cabeza.
No, profesor, esto no es para la ciencia.
Esto no es para los medios.
Esto es personal, sagrado.
Alexandra puede elegir si quiere compartir su curación con médicos, pero no debe ser forzada.
Y les pido a todos que por favor mantengan esto en privado por ahora.
privado, exclamé.
Carlo, acabas de realizar un milagro.
¿Cómo podemos mantener esto en privado? Él me miró con esos ojos profundos que ahora parecían contener una sabiduría mucho mayor que sus 13 años.
Marco, si esto se hace público ahora, me convertiré en un espectáculo.
La gente vendrá a mí esperando curaciones a demanda, como si fuera una máquina dispensadora de milagros.
Pero yo no soy el sanador.
Jesús es el sanador y él sana según su voluntad y su tiempo, no según nuestras demandas.
Miró a cada uno de nosotros.
Les estoy pidiendo como amigos, como testigos, que guarden silencio sobre esto hasta que sea el momento correcto.
Ese momento llegará, pero no es ahora.
Alesandra asintió inmediatamente.
Respetaré tu deseo, Carlo, pero tengo que decirle a mis padres, ellos necesitan saber.
Por supuesto, acordó Carlo.
Tus padres deben saber, pero pídeles que también mantengan discreción, por favor.
El profesor Santoro estaba luchando visiblemente con la solicitud.
Como académico, su instinto era documentar, publicar, compartir este descubrimiento revolucionario, pero finalmente asintió.
Si esto es lo que pides, Carlo, lo respetaré, pero quiero que sepas que lo que presencié hoy cambió mi vida.
Durante 52 años he sido ateo.
He enseñado a generaciones de estudiantes que la religión es superstición, pero ahora, ahora sé que estaba equivocado.
Lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas otra vez.
He desperdiciado mi vida burlándome de la verdad.
¿Cómo puedo recuperar esos años perdidos? Carlos se acercó y puso su ver mano en el hombro del profesor, un gesto que parecía extraño viniendo de un estudiante de 13 años hacia un profesor de 52, pero que en ese momento se sintió completamente apropiado.
Profesor Santoro no ha desperdiciado nada.
Cada experiencia, incluso los años de escepticismo, lo han preparado para este momento.
Dios puede usar todo.
Ahora que ha visto la verdad puede ayudar a otros escépticos a encontrarla.
También puede ser un puente entre la ciencia y la fe.
Santoro asintió limpiándose las lágrimas.
Tienes razón.
Tienes razón, Carlo.
Desde hoy mi vida será diferente.
Todo será diferente.
Me miró.
Marco.
Tú también lo viste.
Tú también eres testigo.
¿Cómo te sientes? ¿Cómo me sentía? Esa era una pregunta compleja.
Me sentía abrumado, confundido, asustado, emocionado, todo al mismo tiempo.
Mi cosmovisión completa había sido destruida y reconstruida en menos de una hora.
No lo sé, admití honestamente.
No sé cómo procesar esto toda mi vida me enseñaron que los milagros no existen, que Dios no existe, pero acabo de ver algo que no puedo negar, que no puedo explicar de ninguna manera científica.
Mire a Carlo, siempre has podido hacer esto, sanar personas.
Él negó con la cabeza.
No es algo que yo pueda hacer cuando quiera.
Es algo que Dios hace a través de mí cuando él decide que es el momento correcto.
He orado por muchas personas enfermas antes.
Algunas fueron sanadas, otras no.
No es mi decisión.
Yo solo ofrezco mi disposición a ser usado.
Pero, ¿por qué tú? Insistí.
¿Por qué eres tú el elegido para esto? Carlos sonrió con esa humildad que siempre lo caracterizaba.
No soy más especial que cualquier otra persona, Marco.
Todos somos llamados a ser instrumentos de Dios.
La diferencia es que algunos dicen sí y otros dicen no.
Yo simplemente dije sí cuando él me llamó y sigo diciendo sí cada día.
se sentó en una silla todavía visiblemente cansado.
Pero tengo que ser honesto con ustedes sobre algo.
Lo que sucedió hoy fue extraordinario.
Fue un milagro visible y dramático, pero la mayoría de los milagros de Dios son silenciosos, pequeños, cotidianos.
El padre que perdona a su hijo, la madre que sacrifica sus sueños por su familia, el extraño que ayuda a alguien en necesidad.
Esos también son milagros, aunque no brillen con luz dorada.
Alexandra se acercó y se arrodilló frente a Carlo.
No importa lo que digas sobre no ser especial.
Para mí eres la persona más especial del mundo.
Me salvaste la vida.
¿Cómo puedo alguna vez pagarte? No pagándome, respondió Carlo firmemente, sino viviendo una vida que honre el regalo que recibiste.
Usa tu vida para servir a otros, para amar a otros, para mostrar a otros el mismo amor que Jesús te mostró hoy.
Esa será tu forma de agradecer.
Los padres de Alesandra llegaron a recogerla a las 5 de la tarde cuando su madre entró al laboratorio de computación y vio a su hija de pie con cabello, con color en sus mejillas, con vida en sus ojos, se detuvo en seco.
Alesandra susurró como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
Mami, dijo Alesandra corriendo hacia ella.
Mami, estoy bien.
Estoy completamente bien.
Su madre la abrazó, luego la apartó para mirarla, luego la abrazó otra vez soyando incontrolablemente.
¿Cómo es esto posible? Esta mañana podías apenas caminar.
El doctor dijo que teníamos días, tal vez una semana.
¿Cómo? Fue un milagro, mami.
Carl oró por mí y Jesús me sanó.
La madre de Alesandra miró a Carlo con una mezcla de asombro, gratitud y confusión.
No entiendo qué pasó exactamente.
Durante los siguientes 20 minutos, los cuatro le contamos lo que habíamos presenciado.
Al principio podía ver el escepticismo en sus ojos.
Pero mientras hablábamos, mientras describíamos los detalles específicos, mientras Alesandra le mostraba su piel perfecta sin marcas, mientras el profesor Santoro agregaba su testimonio como testigo académico, su expresión cambió de incredulidad a asombro.
Tenemos que llevarla al hospital.
dijo finalmente, “Tenemos que hacer pruebas.
Los médicos necesitan verificar esto.
” Esa noche Alesandra y sus padres fueron al Hospital Niguarda, donde había sido tratada durante meses.
Los médicos, confundidos por su apariencia repentinamente saludable, corrieron toda una batería de pruebas, análisis de sangre, biopsia de médula ósea, escáneres corporales completos.
Los resultados tomaron varios días, pero cuando llegaron fueron inequívocos.
No había rastro de leucemia en su cuerpo, ninguno.
Cero células cancerosas, era como si nunca hubiera estado enferma.
El oncólogo principal, el Dr.
Richi, llamó a los padres de Alessandra a su oficina.
Carlo me contó después lo que le dijeron.
“Señores Moretti”, había dicho el doctor.
Richi, “En 30 años de práctica médica nunca he visto algo así.
Las remisiones espontáneas son extremadamente raras.
ocurren tal vez en uno de cada 100,000 casos, pero incluso esas remisiones toman semanas o meses.
Lo que le pasó a su hija, una curación completa en cuestión de minutos u horas, está más allá de cualquier explicación médica que pueda ofrecer.
Hizo una pausa.
No soy un hombre religioso, pero si ustedes me dicen que esto fue un milagro, no puedo contradecirlos con datos científicos.
En las semanas siguientes, todos nosotros luchamos con procesar lo que habíamos experimentado.
Para Alesandra fue relativamente simple.
Ella había sido sanada, había recibido una segunda oportunidad de vida y la abrazó con gratitud y alegría.
Para el profesor Santoro fue más complicado.
Renunció a su puesto en la escuela dos semanas después del milagro.
Años después me enteré de que se había mudado a un monasterio en Así, donde pasó el resto de su vida en oración y contemplación.
escribió un libro sobre su conversión, aunque nunca mencionó específicamente el milagro de Alessandra, respetando la petición de Carlo de mantener discreción.
Para mí, Marco Benedetti, el ateo de 13 años que pensaba que tenía todas las respuestas, fue devastador de la manera más hermosa posible.
Mi cosmovisión materialista se había hecho añicos.
No podía negar lo que había visto, no podía explicarlo científicamente y lentamente, dolorosamente, maravillosamente comencé a abrirme a la posibilidad de que mi padre estaba equivocado, que los científicos no tenían todas las respuestas, que había una dimensión de la realidad mucho más profunda y misteriosa de lo que jamás había imaginado.
Carlos se convirtió en mi guía durante ese proceso.
Con paciencia infinita respondía mis preguntas, me prestaba libros.
me invitaba a misa.
No te estoy pidiendo que creas ciegamente, me decía.
Te estoy pidiendo que explores, que investigues, que busques la verdad con mente abierta.
Y eso hice lentamente a lo largo de meses.
Comencé mi propio viaje de fe.
Fue Carlo quien me llevó a mi primera confesión, quien estuvo a mi lado cuando recibí mi primera comunión a los 14 años, quien celebró conmigo cuando finalmente completamente entregué mi vida a Cristo.
Pero nuestra alegría fue interrumpida en junio de 2006, 15 meses después del milagro de Alessandra, cuando Carlo comenzó a sentirse mal.
Al principio pensamos que era una gripe, pero cuando la fiebre no bajaba, cuando comenzó a tener moretones extraños, cuando su energía desapareció, sus padres lo llevaron al doctor.
El diagnóstico fue devastador.
Leucemia mieloblástica aguda, el mismo tipo de cáncer que había sanado en Alesandra, pero en una forma aún más agresiva.
Es irónico, ¿no?, me dijo Carlo cuando visité su habitación de hospital tres días después del diagnóstico.
Su voz era débil, pero su sonrisa era genuina.
Sané a alguien de leucemia y ahora yo la tengo.
Esto no tiene sentido.
Dije lágrimas rodando por mis mejillas.
Tú sanaste ara por ti cimento de Sonardes.
Que Dios no te sana a ti.
¿Por qué te da esta enfermedad? Carlo tomó mi mano.
Marco, no todo sufrimiento es castigo.
A veces Dios permite el sufrimiento para un propósito mayor que no podemos ver en el momento.
Yo ofrezco mi dolor como un sacrificio, como Jesús ofreció su dolor en la cruz.
Hay valor en el sufrimiento cuando lo unimos al sufrimiento de Cristo.
Pero tú eres bueno, eres santo, no mereces esto.
Nadie merece nada, Marco.
No es sobre merecimiento, es sobre confianza.
Y yo confío en que Dios sabe lo que está haciendo, incluso cuando yo no lo entiendo.
Durante los siguientes 4 meses vi como Carlo enfrentó su enfermedad con una gracia que era casi sobrenatural.
Nunca se quejó, nunca cuestionó a Dios.
Incluso en sus momentos de mayor dolor, cuando la quimioterapia lo dejaba vomitando y exhausto, encontraba formas de ministrar a otros pacientes en el hospital.
Les leía historias a los niños enfermos, oraba con las familias asustadas.
consolaba a las enfermeras cuando estaban abrumadas.
“Carlo,” le dije una semana antes de que muriera.
“Todavía no entiendo por qué esto está pasando.
” Él sonrió débilmente desde su cama de hospital.
“Algún día lo entenderás, Marco.
Tal vez no en esta vida, pero algún día.
Y mientras tanto, confía.
” Simplemente confía.
Carl Acutis murió el 12 de octubre de 2006, a las 6:45 de la mañana, rodeado por su familia.
Tenía 15 años.
Yo estaba allí sosteniendo su mano izquierda mientras su madre sostenía su derecha.
Sus últimas palabras fueron estoy feliz de morir porque viví mi vida sin desperdiciar ni un minuto en cosas que no agradan a Dios.
Luego cerró sus ojos y se fue en paz.
19 años han pasado desde ese día.
Carlo fue beatificado en 2020, reconocido oficialmente por la Iglesia como beato.
Su cuerpo permanece incorrupto en Asís, donde miles de personas vienen cada año a venerarlo.
Pero para mí, él nunca será el Beato Carlo o el santo de internet.
Siempre será mi mejor amigo, el chico que me mostró que Dios es real, que me enseñó que la fe no es debilidad, sino fortaleza, que me salvó de una vida de vacío materialista.
El milagro que presencié ese día de marzo de 2005 cambió tres vidas directamente.
Alesandra vivió hasta los 26 años dedicando su vida a trabajar con niños enfermos antes de morir en ese accidente de carro.
El profesor Santoro encontró paz en un monasterio y yo, Marco Benedetti, me convertí de ateo a creyente y ahora dedico mi vida a compartir el testimonio de mi amigo.
Si estás viendo esto y eres escéptico como yo era, solo te pido una cosa.
Mantén tu mente abierta.
Los milagros son reales.
Dios es real y él te ama más de lo que puedes imaginar.
Carlos me lo demostró y ahora yo te lo demuestro a ti.
Desde Milán, Italia, con gratitud eterna por mi amigo santo.
Soy Marco Benedetti.