“El Ángel Caído de Hollywood: Ryan O’Neal, el Hombre Demasiado Hermoso que se Convirtió en su Peor Enemigo”
En los dorados pasillos de Hollywood, donde la belleza suele ser una bendición, la extraordinaria apariencia de Ryan O’Neal se convirtió en una maldición profética cuando alguien sentenció: “Es demasiado guapo para ser buena persona”.
El 20 de abril de 1941, Los Ángeles dio la bienvenida a quien se convertiría en uno de sus hijos más controversiales.
Hijo de Charles O’Neal, un guionista, y Patricia, una actriz, el joven Ryan creció en el epicentro del glamour hollywoodense.
La vida dio un giro inesperado cuando la familia se trasladó a Múnich, Alemania, donde el adolescente Ryan encontró su primera pasión: el boxeo.
Con un impresionante récord de 18 victorias, 4 derrotas y 13 knockouts, parecía que O’Neal estaba decidido a desfigurar su rostro de ángel a golpes.
El destino, sin embargo, tenía otros planes cuando la telenovela “Peyton Place” lo catapultó a la fama, apareciendo en más de 500 episodios.
Su matrimonio con la actriz Joanna Moore en 1963 produjo dos hijos: Tatum y Griffin, pero las adicciones de ambos padres convirtieron el hogar en un campo de batalla.
El amor golpeó por segunda vez cuando se casó con Lee Taylor-Young, quien le dio a su tercer hijo, Patrick.
Pero fue “Love Story” en 1970 la que lo convirtió en una superestrella, ganándole una nominación al Óscar.
La ironía más cruel llegó cuando su hija Tatum, a los 10 años, consiguió lo que él nunca pudo: una estatuilla dorada por “Luna de Papel”.
La respuesta de Ryan fue una bofetada a su pequeña hija, un acto que marcaría el inicio de décadas de conflictos familiares.
Tatum más tarde revelaría en su autobiografía los horrores de crecer con un padre adicto y negligente.
Los romances de O’Neal fueron tan explosivos como su temperamento, incluyendo relaciones con Ursula Andress, Jacqueline Bisset, Barbara Streisand, Diana Ross y Angelica Huston.
Pero fue Farrah Fawcett quien se convirtió en el amor de su vida, aunque su relación estuvo plagada de infidelidades y adicciones.
La violencia familiar alcanzó niveles alarmantes cuando Ryan llegó a disparar a su hijo Griffin durante una disputa doméstica.
El momento más surreal llegó en el funeral de Farrah Fawcett, cuando Ryan no reconoció a su propia hija Tatum, intentando coquetear con ella.
Las adicciones llevaron a Ryan a introducir a su hijo Redmond en el mundo de las drogas cuando este tenía apenas 11 años.
Griffin O’Neal perdió varios dientes en una pelea con su padre, un triste recordatorio de los días de boxeo de Ryan.
El testamento de Farrah reveló la última traición: Ryan no estaba incluido, todos los bienes fueron para Redmond.
La batalla legal por un retrato de Andy Warhol demostró que incluso en la muerte, O’Neal seguía buscando beneficio económico.
La industria que una vez lo adoró comenzó a marginarlo, limitándolo a apariciones esporádicas en series de televisión.
El cáncer llegó como el último adversario de Ryan, una batalla que enfrentó con la misma intensidad que caracterizó toda su vida.
Hoy, la historia de Ryan O’Neal sirve como un recordatorio de que la belleza puede ser tanto una bendición como una maldición.
Como él mismo predijo en su juventud: “Siempre pensé que acabaría en la cárcel, así que una estrella en el Paseo de la Fama está bastante bien”.
Su vida es un testimonio de cómo el talento y la belleza pueden ser eclipsados por los demonios personales.
Y aunque el público lo ha perdonado, las cicatrices que dejó en sus seres queridos son un recordatorio permanente de que la verdadera belleza debe venir desde dentro.
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