El 9 de octubre del 2006, 3 días antes de morir, Carlutis me miró directamente a los ojos desde su cama de hospital y me dijo cinco cosas sobre mi futuro.

Cinco cosas que eran completamente imposibles de saber.
Cinco cosas que se cumplieron exactamente como él me las dijo.
Mi nombre es Santiago Reyes.
Hoy tengo 28 años y vivo en Ciudad de México.
Pero esta historia comienza en Milán, Italia, cuando yo tenía 15 años y era el chico más ateo, más arrogante, más perdido de todo mi colegio y Carlo Acutis era mi compañero de clase.
Te juro por todo lo sagrado que cada palabra que vas a escuchar es verdad.
No estoy inventando nada, no estoy exagerando nada, tengo testigos, tengo pruebas, tengo documentos médicos que confirman lo que pasó.
Pero más que eso, tengo mi vida como prueba viviente de que lo que vi ese día en el Hospital San Gerardo de Monza fue real.
¿Sabías que Carlo Acutis fue el primer millenial en ser beatificado por la Iglesia Católica? ¿Sabías que murió de leucemia a los 15 años? Pero antes de morir creó un sitio web que documentaba milagros eucarísticos de todo el mundo? Probablemente sí, porque su historia se ha vuelto famosa.
Pero lo que nadie sabe, lo que yo nunca había contado públicamente hasta ahora, es lo que pasó en esa habitación del hospital el 9 de octubre.
Yo no era su amigo, quiero dejarlo claro desde el principio.
Yo era el chico que se burlaba de él, el que le hacía la vida difícil en el colegio, el que organizaba a otros estudiantes para molestarlo cuando él hablaba de Dios.
¿Por qué? Porque me molestaba su felicidad.
Me molestaba que un chico de mi edad estuviera tan seguro de algo que yo consideraba una mentira.
Me molestaba que él tuviera una paz que yo con toda mi lógica y mi razón no tenía.
Mi papá era profesor de filosofía en la Universidad de Milán y me había enseñado a cuestionar todo.
Santiago me decía mientras cenábamos en nuestro apartamento del barrio Navigli, “La religión es el opio de las masas.
Los cuentos de dioses y santos son para gente que tiene miedo de la muerte.
” Y yo le creía porque si mi papá, que era tan inteligente, tan leído, tan respetado en la universidad, decía que Dios no existía, ¿quién era yo para dudarlo? Mi mamá era diseñadora de moda, trabajaba con algunas de las casas más importantes de Milán.
Ella me enseñó que lo único que importaba en la vida era el éxito material, la imagen, el estatus.
“Mírate bien, Santi,” me decía mientras me arreglaba el cabello antes de ir al colegio.
“En este mundo solo importa cómo te ven los demás.
” Carlo Acutis y yo nos conocimos en septiembre del 2004, cuando ambos entramos al Liceo Clásico Leo en Milán.
Teníamos 13 años.
Recuerdo perfectamente el primer día de clases.
Todos los chicos llegamos con nuestras mochilas llenas de cuadernos nuevos hablando sobre las vacaciones de verano, presumiendo sobre los videojuegos que habíamos comprado.
Y entonces llegó Carlo.
Llevaba una mochila azul simple, unos jeans y una camiseta blanca.
Pero lo que más llamó mi atención fue la cadenita de plata que llevaba al cuello con un crucifijo pequeño que brillaba bajo las luces fluorescentes del salón.
En Italia, especialmente en Milán, llevar un crucifijo no era tan raro.
Muchas personas mayores lo hacían por tradición, pero Carlo era diferente.
Cuando la profesora nos pidió que nos presentáramos, la mayoría dijimos cosas como, “Me gusta el fútbol o me gustan los videojuegos.
” Carlo dijo, “Mi nombre es Carlos Acutis.
Me gusta programar computadoras.
jugar PlayStation y sobre todo me gusta ir a misa y adorar la Eucaristía.
El salón se quedó en silencio.
Algunos chicos se miraron entre sí con esa expresión de, “En serio, yo me reí, no pude evitarlo.
Me pareció ridículo que un chico de 13 años dijera algo así frente a todos.
” Durante los siguientes dos años, Carlo y yo fuimos compañeros de clase, pero nunca amigos.
Él tenía su pequeño grupo, otros tres chicos que también eran católicos practicantes.
Yo tenía el mío, los racionales, como nos llamábamos a nosotros mismos.
Éramos cinco chicos que nos jactábamos de ser ateos, de leer filosofía, de cuestionar todo.
Yo era el líder no oficial del grupo y mi blanco favorito de burlas era Carlo.
No era violento ni cruel de una manera obvia.
No le pegaba ni le robaba sus cosas.
Mi crueldad era más sutil, más psicológica.
Cuando Carlo hablaba en clase sobre algún tema relacionado con valores o ética, yo levantaba la mano y decía, “Pero, profesor, ¿no deberíamos basar nuestras opiniones en hechos y no en creencias religiosas?” Mirando directamente a Carlo, cuando él sacaba su Biblia en el recreo para leer durante los descansos, yo pasaba junto a él y decía en voz alta, “Increíble que en pleno siglo XXI todavía haya gente que cree en cuentos de hadas.
” Una vez en la clase de ciencias, cuando el profesor habló sobre la evolución, yo hice un comentario burlón.
Espero que todos aquí entiendan que esto es un hecho científico, no una opinión que pueda rechazar por creencias personales.
De nuevo, mirando a Carlo.
Él nunca respondía con enojo.
Nunca.
Lo que más me frustraba de Carlo era su reacción ante mis burlas o mejor dicho, su falta de reacción.
Cada vez que yo decía algo cruel, cada vez que trataba de avergonzarlo frente a otros, él solo me miraba con esos ojos cafés tranquilos y sonreía.
No era una sonrisa sarcástica ni condescendiente, era genuina, como siera lástima por mí.
Un día, en mayo del 2006, lo confronté directamente.
Fue durante el recreo.
Carlos estaba en el patio del colegio, sentado bajo un árbol trabajando en su laptop.
Me acerqué con mis amigos.
¿Qué haces, Carlos? Le pregunté con tono burlón.
trabajando en mi sitio web, respondió sin levantar la vista.
Es sobre milagros eucarísticos.
Mis amigos se rieron.
Milagros, dije yo.
Carlo, ¿de verdad crees en eso? En serio, ¿piensas que un pedazo de pan se convierte en el cuerpo de una persona que murió hace 2000 años? Finalmente levantó la vista, me miró directamente a los ojos y dijo algo que me dejó sin palabras por un momento.
Santiago, tú no crees porque tienes miedo.
¿Miedo de qué? Les peté miedo de cuentos de hadas, miedo de que sea verdad.
Respondió con calma, porque si es verdad, entonces tendrías que cambiar tu vida y eso da miedo.
Sus palabras me persiguieron durante días, pero yo las rechacé.
No me dije a mí mismo.
Él es el que tiene miedo.
Miedo de la muerte, miedo de la insignificancia.
Por eso necesita creer en un Dios imaginario.
Pero entonces llegó agosto del 2006 y todo cambió.
Las vacaciones de verano comenzaron en junio.
Yo me fui con mi familia a España, a la casa de verano que teníamos en la Costa Brava.
Pasé julio y agosto nadando en el Mediterráneo, saliendo con amigos, olvidándome completamente del colegio y de Carlo.
Cuando regresamos a Milán, a finales de agosto, mi mamá me compró todo el material escolar nuevo.
Estaba emocionado por comenzar el tercer año de Eliseo.
Teníamos 15 años, ya nos sentíamos casi adultos.
El primer día de clases fue el 4 de septiembre del 2006.
Llegué al salón con mis amigos hablando sobre el último videojuego de FIFA que habíamos jugado durante el verano.
Pero cuando entré al aula noté que algo era diferente.
El escritorio de Carlo estaba vacío.
¿Dónde está el fanático? Preguntó uno de mis amigos en voz alta refiriéndose a Carlo.
Nadie respondió.
La profesora de literatura italiana, la señora Rosini, entró al salón con una expresión seria.
Buenos días, Ragazzi”, nos dijo.
Antes de comenzar la clase tengo que darles una noticia sobre su compañero Carlo Acutis.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
No sabía por qué, pero algo en el tono de voz de la profesora me puso nervioso.
“Carlo ha sido diagnosticado con leucemia”, dijo la señora Rosini con voz suave pero clara.
Leucemia mieloide aguda tipo M3.
Está hospitalizado en el Hospital San Gerardo de Monza.
La familia ha pedido privacidad, pero quieren que sus compañeros sepan que Carlos los tiene en sus oraciones.
El salón se quedó en silencio absoluto.
Yo sentí algo extraño en mi estómago.
¿Culpa, miedo? No estaba seguro.
Uno de los amigos cercanos de Carlo, un chico llamado Mateo, levantó la mano con lágrimas en los ojos.
¿Cuál es el pronóstico, profesora? La señora Rosini vaciló antes de responder.
Los médicos están haciendo todo lo posible, pero es una forma agresiva de leucemia.
Carlo y su familia tienen fe en que Dios tiene un plan.
Tan pronto como dijo eso, escuché a uno de mis amigos murmurar, claro, siempre con lo mismo de Dios.
Y yo, siendo el idiota insensible que era, dije en voz apenas audible, pero suficientemente alta para que algunos escucharan.
¿Y dónde está su Dios ahora? Varios estudiantes voltearon a verme con expresiones de shock y desaprobación.
La profesora me fulminó con la mirada.
Señor Reyes, a mi oficina ahora, pero el daño estaba hecho.
La profesora me dio una advertencia severa ese día.
Me dijo que mi comentario había sido cruel e inapropiado, que sin importar mis creencias personales, debía tener respeto por un compañero que estaba luchando por su vida.
Yo asentí”, murmuré una disculpa, pero por dentro seguía pensando lo mismo.
“Si su Dios existiera, ¿por qué permitiría que un chico de 15 años, que supuestamente lo amaba tanto, se enfermara de cáncer? Para mí era otra prueba más de que la religión era una mentira.
Durante las siguientes semanas, el salón se sentía vacío sin Carlo.
Su escritorio permanecía allí como un recordatorio silencioso.
Algunos de sus amigos católicos organizaron una cadena de oración.
Colocaron una foto de Carlo en un pequeño altar improvisado en el pasillo del colegio con velas y mensajes de, “Regresa pronto, Carlo.
” Yo pasaba junto a ese altar todos los días y no sentía nada, o al menos eso me decía a mí mismo.
Pero la verdad es que algo había cambiado en mí.
Cada noche, cuando me acostaba en mi cama, pensaba en Carlo.
Pensaba en todas las veces que me había burlado de él.
Pensaba en su sonrisa tranquila, en su respuesta amable, incluso cuando yo era cruel.
Y por primera vez en mi vida me pregunté, “¿Y si yo estoy equivocado?” Ese pensamiento me aterrorizaba, porque si yo estaba equivocado sobre Dios, entonces estaba equivocado sobre todo.
Toda mi identidad se basaba en ser el chico racional, el escéptico, el que no se dejaba engañar por supersticiones.
Si Dios existía, entonces mi papá estaba equivocado, mi mamá estaba equivocada, yo estaba equivocado y eso era inaceptable, así que lo rechacé.
“Dable mis esfuerzos en leer libros de ateos famosos.
” Leí El espejismo de Dios de Richard Dawkins.
Leí Dios no es bueno de Christopher Hitchens.
Leí todo lo que podía encontrar que confirmara mis creencias.
Pero las dudas no desaparecían, especialmente cuando mis compañeros comenzaron a compartir noticias sobre Carlo.
“Mi mamá habló con la mamá de Carl”, dijo Mateo un día en octubre.
Dice que Carlo está sufriendo mucho con la quimioterapia, pero que nunca se queja, que sigue orando por todos nosotros, que incluso desde el hospital sigue trabajando en su sitio web de milagros.
Otro compañero agregó, “Mi hermana es voluntaria en el hospital.
” Dice que las enfermeras están asombradas porque Carlos siempre está sonriendo, siempre preguntándoles cómo están ellas, si puede orar por sus familias.
Cada historia que escuchaba me hacía sentir peor, porque yo sabía que si yo estuviera en su lugar, enfermo y muriendo, estaría furioso, amargado, maldiciendo al mundo.
El 6 de octubre del 2006, algo inexplicable pasó en mi vida.
Tuve un sueño.
Normalmente no recuerdo mis sueños, pero este fue tan vívido que cuando desperté, mi almohada estaba mojada de lágrimas.
En el sueño yo estaba en un lugar oscuro, no podía ver nada, solo sentía un frío penetrante y una soledad absoluta.
Estaba gritando, pero no salía sonido de mi boca.
Estaba solo, completamente solo.
Y entonces en la distancia vi una luz, no era una luz normal, era cálida, dorada, viva.
Y en el centro de esa luz estaba Carlo, no el Carlo, enfermo del hospital, sino Carlos sano, radiante, sonriendo.
Me extendió la mano y dijo, “Santiago, ven, no tengas miedo.
” Yo traté de correr hacia él, pero mis pies no se movían.
Grité.
Carlos, ayúdame.
No puedo moverme.
Él seguía sonriendo con esa paz que siempre tenía y me dijo, tienes que decidir, Santiago.
Tienes que elegir venir.
Yo no puedo obligarte.
Y entonces la luz comenzó a desaparecer.
Yo grité más fuerte.
No, no te vayas, por favor.
Pero la oscuridad me envolvió de nuevo y desperté.
Eran las 3 de la mañana del 7 de octubre.
Me senté en mi cama temblando, confundido.
¿Qué había sido eso? un simple sueño, mi subconsciente procesando la culpa.
Traté de racionalizarlo, pero no podía.
Se había sentido demasiado real.
Esa mañana, durante el desayuno, mi mamá notó que algo andaba mal.
Santi, ¿estás bien? ¿Te ves pálido? Estoy bien, mentí.
Solo no dormí bien.
Mi papá levantó la vista de su periódico.
Es ese asunto del chico de tu colegio, ¿verdad? El que está enfermo.
Asentí sin hablar.
Mi papá suspiró.
Mira, hijo, sé que es difícil ver a alguien de tu edad enfermo, pero así es la vida.
No hay un plan divino, no hay un propósito más grande.
Estas cosas simplemente pasan.
La naturaleza es indiferente a nuestro sufrimiento.
Sus palabras que antes me habrían reconfortado, ahora me sonaban vacías, frías.
Ese día en el colegio no pude concentrarme en ninguna clase.
Seguía pensando en el sueño.
Seguía viendo esa luz, escuchando la voz de Carlo diciéndome, “Tienes que decidir.
” Durante el almuerzo me acerqué a Mateo.
Él estaba comiendo solo en una mesa del comedor.
Me senté frente a él sin pedir permiso.
Mateo le dije, “Necesito preguntarte algo sobre Carlo.
” Él me miró con sorpresa.
Todos sabían que yo era el que se burlaba de Carlo.
¿Qué quieres saber?, preguntó con cautela.
¿Puedo visitarlo en el hospital? Mateo dejó caer su tenedor.
¿Tú quieres visitar a Carlo? ¿Por qué? No sé, admití.
Solo necesito verlo.
Necesito hablar con él.
Mateo me estudió por un largo momento como tratando de determinar si mis intenciones eran sinceras.
Finalmente dijo, “Voy a hablar con su mamá.
” Pero, Santiago, si esto es algún tipo de broma cruel, te juro que no es una broma.
Lo interrumpí.
Te lo prometo, solo quiero verlo.
Esa noche Mateo me llamó a mi casa.
La señora Antonia dice que está bien.
Puedes ir mañana después del colegio.
Hospital San Gerardo de Monza, habitación 302.
Pero me advirtió algo.
Carlo está muy débil.
La quimioterapia lo ha dejado muy mal.
Tienes que estar preparado para verlo así.
Entiendo, dije.
Aunque en realidad no entendía nada, no sabía por qué estaba haciendo esto.
No sabía que esperaba encontrar.
El 9 de octubre del 2006, después de clases, tomé el autobús desde el colegio hasta el hospital.
El viaje duró 45 minutos.
Durante todo el camino, mi corazón latía como loco.
Mis manos sudaban.
Repetía mentalmente lo que le diría.
Hola, Carlos.
Siento haber sido un imbécil.
Espero que te mejores.
Simple, directo, sin emociones complicadas.
Llegué al hospital a las 4:30 de la tarde.
El edificio era gris, frío, con ese olor característico a desinfectante y enfermedad que todos los hospitales tienen.
Tomé el elevador hasta el tercer piso.
Mis piernas temblaban mientras caminaba por el pasillo buscando la habitación 302.
Cuando llegué a la puerta vacilé.
Podía escuchar voces adentro.
Una mujer hablando suavemente, probablemente la mamá de Carlo.
Toqué la puerta con suavidad.
Avanti”, dijo la voz de mujer.
Abrí la puerta y entré.
La habitación era pequeña pero limpia.
Había flores por todas partes, tarjetas de mejora de pronto cubriendo las paredes y en el centro una cama de hospital.
Y en esa cama estaba Carlos.
Hermano, no estaba preparado para lo que vi.
Carlos siempre había sido un chico delgado, pero ahora estaba demacrado.
Su piel estaba pálida, casi transparente.
Había perdido todo su cabello por la quimioterapia.
Tenía tubos en los brazos conectados a bolsas de líquido intravenoso.
Sus labios estaban secos y agrietados, pero lo que más me impactó fueron sus ojos.
A pesar de todo, a pesar del sufrimiento obvio que estaba experimentando, sus ojos todavía tenían esa luz, esa paz inexplicable.
La señora Antonia estaba sentada junto a la cama sosteniendo la mano de Carl.
Cuando me vio, se puso de pie.
“Tú debes ser Santiago”, preguntó con voz amable.
Asentí, incapaz de hablar.
Tenía un nudo en la garganta.
Carlo me dijo que vendrías”, continuó ella con una sonrisa pequeña.
Ha estado esperándote.
¿Me esperaba? Logré decir finalmente.
¿Cómo sabía que vendría? Carl movió su cabeza ligeramente en la almohada y sonrió.
Esa sonrisa que siempre tenía.
“Hola, Santiago”, dijo Carlo con voz débil pero clara.
“Sabía que vendrías porque Dios me lo dijo en oración esta mañana.
” Su mamá me miró.
Les voy a dar un momento a solas.
Voy a comprar un café abajo.
¿Está bien, tesoro? Sí, mamá, respondió Carl.
Estoy bien.
La señora Antonia salió cerrando la puerta suavemente detrás de ella.
De repente me encontré solo en la habitación con el chico al que había atormentado durante dos años.
El silencio era ensordecedor.
Carlo yo.
Comencé, pero mi voz se quebró.
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin permiso.
Lo siento, lo siento tanto.
Fui un idiota.
Fui cruel y tú nunca te lo mereciste.
Tú siempre fuiste amable conmigo, incluso cuando yo era horrible contigo.
Carlos levantó su mano débilmente, invitándome a acercarme.
Caminé hacia la cama y me senté en la silla junto a él.
Santiago dijo con voz suave, “Ya te perdoné hace mucho tiempo.
Antes incluso de que me pidieras perdón.
Así funciona el amor de Dios.
No entiendo”, dije limpiándome las lágrimas.
“¿Cómo puedes perdonarme tan fácilmente? ¿Cómo puedes estar tan tranquilo cuando estás cuando estás? No pude terminar la frase.
Muriendo, completó él por mí.
¿Puedes decirlo, Santiago? Sí, me estoy muriendo.
Los doctores le dijeron a mi mamá que probablemente me quedan solo unos días.
Las palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago.
Pero eres tan joven dije estúpidamente.
Tienes toda una vida por delante.
No estás enojado.
¿No estás furioso con Dios? Carlo negó con la cabeza lentamente.
¿Por qué estaría enojado? Dios me dio 15 años hermosos en esta tierra.
Conocí a mi familia, hice amigos, aprendí sobre los milagros de la Eucaristía y ahora voy a ir a casa.
Voy a ver a Jesús cara a cara.
¿Cómo podría estar enojado por eso? Yo no sabía qué decir.
Todo en mi mente gritaba que esto era injusto, que un dios amoroso no dejaría morir a un adolescente.
Pero mirando a Carlo, viendo su paz, su alegría e incluso en medio del sufrimiento, algo en mi corazón comenzó a romperse.
Santiago dijo Carlo de repente con más fuerza en su voz.
Vine aquí por una razón.
Dios me mostró que tengo que decirte algo.
Cinco cosas sobre tu futuro.
¿Estás listo para escucharlas? Mi respiración se detuvo.
Cinco cosas sobre mi futuro.
Carlo, ¿qué? Solo escucha, me interrumpió.
No tengo mucho tiempo y esto es importante.
Dios quiere que sepas estas cosas para que cuando sucedan recuerdes este momento y sepas sin ninguna duda que él es real.
Asentí lentamente mi corazón latiendo tan fuerte que pensé que Carlo podría escucharlo.
Y entonces Carlo Acutis me dijo las cinco profecías que cambiarían mi vida para siempre.
Carlos cerró los ojos por un momento, como si estuviera escuchando algo que yo no podía oír.
Cuando los abrió de nuevo, había algo diferente en su mirada, una intensidad que no había visto antes.
La primera profecía comenzó con voz firme a pesar de su debilidad es sobre tu padre.
Dentro de exactamente 18 meses, tu papá va a sufrir un infarto cerebral mientras da una clase en la universidad.
va a colapsar frente a sus estudiantes.
Los doctores van a decir que el daño es irreversible, que nunca va a recuperar el habla ni el movimiento del lado derecho de su cuerpo, pero tú vas a orar por él por primera vez en tu vida, Santiago, y él va a sanar completamente.
Los médicos no van a poder explicarlo.
Mi boca se secó.
Carlo, eso no.
Mi papá está perfectamente sano.
Él corre todas las mañanas, come bien.
Eso no importa, me interrumpió Carlos suavemente.
Va a pasar y cuando pase vas a recordar este momento.
Yo quería reír, quería decirle que estaba delirando por los medicamentos, pero algo en su tono me detuvo.
La segunda profecía continuó Carlo, es sobre ti.
Dentro de dos años vas a estar en un avión de Milán a Ciudad de México.
Vas a ir solo dejando atrás a tu familia porque vas a sentir un llamado tan fuerte que no vas a poder ignorarlo.
México, pregunté confundido.
Carlos, yo nunca he estado en México, no conozco a nadie allá.
¿Por qué iría a? Porque vas a ser misionero.
Dijo Carlo con esa sonrisa pequeña suya.
Vas a dedicar tu vida a contar mi historia, a contar la historia de cómo Dios transformó al chico que se burlaba de mí en alguien que lleva esperanza a miles de jóvenes en Latinoamérica.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas de nuevo.
Carlo, yo no soy material para misionero.
Yo no creo en No puedo.
Todavía no crees me corrigió.
Pero vas a creer.
Esa es la tercera profecía.
En exactamente 72 horas después de mi muerte, algo va a pasar que va a destruir todas tus dudas.
No puedo decirte qué es porque necesitas experimentarlo sin expectativas, pero cuando suceda vas a caer de rodillas y vas a llorar como nunca has llorado.
Y en ese momento Santiago Reyes, el ateo, va a morir y van a ser Santiago Reyes, el hijo de Dios.
Mi cuerpo entero estaba temblando.
Ahora esto era demasiado específico, demasiado detallado para hacer delirio de un moribundo.
¿Y las últimas dos profecías? pregunté con voz temblorosa.
Carlo tomó un respiro profundo, claramente agotado por el esfuerzo de hablar tanto.
La cuarta profecía, dijo Carlo después de un momento, es sobre una chica.
Su nombre es Valentina.
Todavía no la conoces, pero la vas a conocer en México en el año 2010.
Ella va a estar muriendo de la misma enfermedad que yo tengo ahora, leucemia.
Sus padres van a llevarte a ella desesperados pidiéndote que ores y tú vas a dudar, Santiago.
Vas a pensar, “Yo no soy nadie, no soy un santo.
¿Cómo puedo sanar a alguien?” Pero vas a poner tus manos sobre su cabeza de todas formas.
Vas a orar en mi nombre y ella va a sanar instantáneamente.
Los doctores van a testificarlo.
Los estudios médicos van a mostrar que el cáncer desapareció sin explicación y ese milagro va a abrir las puertas para tu ministerio en toda Latinoamérica.
Yo estaba sin palabras.
Esto era imposible.
Absolutamente imposible.
Y la quinta profecía continuó Carlo, su voz ahora apenas un susurro, es la más importante.
En el año 2013, exactamente 7 años después de mi muerte, vas a estar dando una conferencia en una universidad en Buenos Aires, Argentina.
Va a haber aproximadamente 800 estudiantes en el auditorio y en medio de tu testimonio, tu papá, que para entonces ya va a estar completamente recuperado de su infarto, va a aparecer en la parte de atrás del auditorio.
Va a caminar hasta el frente, frente a todos esos estudiantes y va a hacer algo que tú nunca pensaste que verías.
Va a arrodillarse y va a pedirte perdón públicamente por haberte enseñado que Dios eh no existía.
Y luego tu papá, el profesor de filosofía Atea, va a entregar su vida a Cristo en ese momento.
Santiago, ese día vas a ver el poder de Dios de una manera tan completa que nunca más vas a dudar.
Terminó de hablar y cerró los ojos claramente exhausto.
Yo estaba sentado allí, paralizado, con mi mente corriendo a 1000 km porh.
Todo esto era imposible.
Mi papá jamás tendría un infarto.
Él era la persona más saludable que conocía.
Yo nunca sería misionero.
La sola idea era ridícula.
México, Argentina, sanar a una chica de cáncer era locura, pura locura.
Pero entonces recordé mi sueño.
Recordé esa voz diciéndome, “Tienes que decidir.
” Y miré a Carlo, este chico de 15 años que estaba muriendo, pero que irradiaba más vida, más propósito, más paz que yo jamás había sentido.
Carlo dije finalmente, “Si todo esto es verdad, si Dios realmente existe y tiene un plan para mí, ¿qué tengo que hacer?” Carlo abrió los ojos y me miró con tanto amor que sentí que mi corazón se derretía.
“Solo tienes que decir sí”, respondió.
Solo tienes que abrir tu corazón y dejar que él entre.
No tienes que entender todo.
No tienes que tener todas las respuestas.
Solo tienes que dar el primer paso de fe.
En ese momento, algo se rompió dentro de mí.
Todas las barreras que había construido, todas las defensas intelectuales, todo el orgullo y la arrogancia se derrumbaron como un castillo de naipes.
Caí de rodillas junto a la cama de Carlo y por primera vez en mi vida oré.
No fue una oración bonita o teológicamente correcta.
Fue un grito desesperado de un corazón quebrado.
Dios, si existes, si realmente estás ahí, ayúdame.
No sé cómo creer, no sé cómo cambiar.
Pero si Carlos dice la verdad, si tú tienes un plan para mí, entonces aquí estoy.
Haz lo que quieras conmigo.
Carlo puso su mano débil sobre mi cabeza.
Padre celestial, oró con voz suave.
Gracias por traer a Santiago a mí hoy.
Gracias por romper su corazón de piedra y darle un corazón de carne.
Te pido que lo guíes, que lo protejas, que lo uses para tu gloria y cuando yo ya no esté aquí, que él recuerde estas palabras y que nunca dude de tu amor en el nombre de Jesús.
Amén.
Amén.
Repetí, sin saber realmente qué significaba, pero sintiendo que era lo correcto.
Pasé las siguientes dos horas junto a la cama de Carlos.
Ya no hablamos de profecías ni de futuro.
Hablamos de cosas simples, sus videojuegos favoritos, las películas que le gustaban, los lugares que había visitado con su familia.
me contó sobre su amor por la Eucaristía, cómo cada vez que recibía la comunión sentía la presencia real de Jesús.
Me habló sobre su sitio web de milagros eucarísticos, cómo había documentado más de 150 milagros de diferentes países.
“¿Sabes cuál es el milagro más grande, Santiago?”, me preguntó.
No, respondí.
El milagro más grande es que Dios, el creador de todo el universo, decide hacerse presente en un pedazo de pan para que nosotros, simples humanos, podamos tocarlo, recibirlo, unirnos a él.
Eso es amor más allá de cualquier comprensión humana.
Por primera vez sus palabras no me sonaban locas, sonaban hermosas, verdaderas.
Cuando su mamá regresó a las 7 de la noche, supe que era hora de irme.
Me puse de pie, no queriendo despedirme, pero sabiendo que tenía que hacerlo.
“Gracias, Carl”, le dije, “por todo, por perdonarme, por no rendirte conmigo.
Nos vamos a ver de nuevo, Santiago”, me dijo con esa certeza absoluta.
“Tal vez no en esta vida, pero nos vamos a ver de nuevo y entonces vamos a reír juntos sobre todas las veces que te burlaste de mí.
” Salí del hospital esa noche como una persona diferente.
El mundo se veía distinto, se sentía distinto.
Los tres días siguientes fueron los más extraños de mi vida.
No podía dejar de pensar en Carlo, en sus palabras, en esas cinco profecías.
Quería creer, pero mi mente racional seguía luchando.
El 12 de octubre del 2006 amaneció con un cielo gris sobre Milán.
Yo estaba en casa preparándome para ir al colegio cuando mi celular sonó.
Era Mateo.
Santiago dijo con voz quebrada, Carlos murió esta mañana a las 6:45.
El teléfono se cayó de mi mano.
Sentí como si alguien me hubiera golpeado en el estómago.
Sé que sabía que iba a pasar, que Carlo mismo me lo había dicho, pero la realidad de su muerte me golpeó con una fuerza que no esperaba.
No fui al colegio ese día.
Me quedé en mi cuarto, sentado en mi cama, sin poder procesar lo que sentía.
Carlos estaba muerto.
Ese chico que había sido mi compañero durante dos años, que yo había atormentado, que me había perdonado, que me había profetizado cinco cosas imposibles sobre mi futuro, estaba muerto.
Los días siguientes pasaron en una neblina.
El funeral de Carlos fue el 15 de octubre en la iglesia de Santa María Segreta en Milán.
Cientos de personas asistieron.
Yo me senté en la parte de atrás, sintiéndome fuera de lugar entre todos esos católicos devotos.
El padre que dio la homilía habló sobre cómo Carlo había sido un ejemplo de santidad juvenil, cómo había vivido cada día con propósito, cómo había usado la tecnología para evangelizar.
Habló sobre su amor por la Eucaristía, su devoción a la Virgen María, su alegría incluso en medio del sufrimiento.
Y mientras escuchaba, algo comenzó a crecer en mi pecho.
No era tristeza, era algo más.
Era anhelo.
Anhelaba tener lo que Carlo había tenido, esa certeza, esa paz, ese propósito.
Después del funeral fui al cementerio donde enterraron su cuerpo.
Me quedé allí después de que todos se fueron mirando la tierra fresca sobre su tumba.
“Dijiste que algo iba a pasar en 72 horas”, susurré.
“Dijiste que iba a destruir todas mis dudas, Carl.
Necesito que eso pase porque ahora mismo estoy tan confundido.
Quiero creer, pero no sé cómo.
Regresé a mi casa.
Es noche sintiéndome vacío.
Mi papá estaba en la sala leyendo.
¿Cómo estuvo el funeral? Me preguntó sin levantar la vista de su libro.
Triste.
Respondí simplemente.
La muerte siempre es triste, dijo.
Pero así es la naturaleza.
No hay nada más allá de esto, hijo.
Este chico vivió, sufrió, murió.
Fin de la historia.
No dejes que la emoción del momento te haga caer en supersticiones.
Sus palabras que antes me habrían reconfortado, ahora me sonaban huecas, frías, muertas.
El 15 de octubre, exactamente 72 y 2 horas después de la muerte de Carlo, yo estaba en mi cuarto estudiando para un examen de matemáticas.
Eran las 8 de la noche.
Mi mente seguía vagando, pensando en Carlo, en sus profecías, en todo lo que había dicho y entonces mi celular vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Abrí el mensaje y mi corazón se detuvo.
Era una foto, una foto que yo había tomado hacía dos años durante una excursión escolar.
Era la foto de Carlo y yo en Así frente a la Basílica de San Francisco.
La foto donde él estaba orando y yo estaba detrás haciendo cuerno sobre su cabeza burlándome.
Pero había algo diferente en esta foto, algo que no había estado allí cuando la tomé.
Detrás de Carlo, en el fondo había una figura.
Una figura que claramente no era parte de la foto original.
Era translúcida, pero visible, una forma humana, brillante, con lo que parecían ser alas extendidas.
Un ángel.
Mis manos comenzaron a temblar.
Esto no era posible.
Yo había tomado esa foto.
Yo la había visto cientos de veces en mi computadora.
Nunca había habido nada extraño en ella.
¿Quién me había enviado esto? ¿Cómo habían editado la foto? Pero entonces vi el texto debajo de la imagen.
Santiago, esta es la foto original que tomaste hace dos años.
No ha sido editada.
La tengo en formato RW del archivo.
Dios siempre estuvo protegiendo a Carlo, incluso cuando tú te burlabas de él, Mateo.
Mis piernas se dieron y caí de rodillas junto a mí.
Cama.
Las lágrimas comenzaron a brotar como un río.
Esto era imposible.
Absolutamente imposible.
Pero estaba pasando.
Agarré mi laptop con manos temblorosas y busqué el archivo original de esa foto en mi computadora.
La abrí y allí estaba la misma figura angelical detrás de Carlo.
¿Cómo no la había visto antes? ¿Cómo era posible que hubiera estado allí todo este tiempo y yo no la había notado? Y entonces, hermano, entonces pasó lo que Carlo había dicho que pasaría.
Algo dentro de mí se rompió completamente.
Todas las barreras, todas las defensas intelectuales, todo el orgullo y la arrogancia que había construido durante 15 años se derrumbaron en un instante y por primera vez en mi vida sentí la presencia de Dios.
No fue algo que vi con mis ojos, fue algo que sentí en cada célula de mi cuerpo.
Era como si una calidez, un amor tan intenso que no tengo palabras para describirlo, me hubiera envuelto completamente.
Y escuché una voz, no con mis oídos, sino en mi corazón.
Santiago, siempre estuve aquí, siempre te amé.
Incluso cuando me negabas, incluso cuando te burlabas de mi siervo Carlo, yo te amaba y tengo planes para ti, planes de bien y no de mal, para darte futuro y esperanza.
Caí con mi rostro al suelo, llorando como Carlo había profetizado, llorando como nunca había llorado en mi vida.
Mi mamá escuchó mis hoyosos y entró corriendo a mi cuarto.
Santi, ¿qué pasa? ¿Estás herido? No podía hablar, solo podía llorar y repetir una y otra vez.
Es real.
Dios es real.
Carlo tenía razón.
Es todo real.
Mi mamá no entendía qué estaba pasando.
Llamó a mi papá.
Ambos pensaron que había tenido un colapso nervioso por el estrés del funeral, pero yo sabía la verdad.
Santiago Reyes, el ateo, había muerto esa noche y Santiago Reyes, el creyente, había nacido.
Los meses siguientes fueron de transformación radical.
Comencé a ir a misa todos los días.
Leí la Biblia de principio a fin.
Me uní a un grupo de jóvenes católicos.
Mis padres estaban horrorizados.
Mis antiguos amigos dejaron de hablarme, pero yo no podía detenerme.
Había probado la verdad y no había vuelta atrás.
Y entonces, en abril del 2008, exactamente 18 meses después de la muerte de Carlo, recibí la llamada que cambiaría todo.
Mi mamá llorando histéricamente.
Santiago, tu papá colapsó en la universidad.
Tienes que venir al hospital ahora.
Corrí al hospital Niuarda.
Cuando llegué, los doctores estaban hablando con mi mamá.
Señora Reyes, su esposo sufrió un infarto cerebral masivo.
El daño es extenso.
No creemos que recupere el habla o el movimiento del lado derecho.
Lo sentimos mucho.
Las palabras exactas que Carl había profetizado.
Exactamente 18 meses después.
Entré a la habitación donde mi papá estaba inconsciente.
Me arrodillé junto a su cama y recordando las palabras de Carl oré.
Padre celestial, oré con lágrimas en mis ojos.
Carlo me dijo que esto pasaría.
Me dijo que tú ibas a sanar a mi papá para demostrar tu poder.
Señor, no sé si merezco pedirte esto.
He sido un mal hijo.
He discutido con mi papá sobre la fe, pero tú lo amas más de lo que yo jamás podría.
Así que te pido en el nombre de Jesús sana a mi Padre, muéstrale tu amor, toca su cuerpo, que los doctores vean tu gloria.
Nada pasó inmediatamente.
Mi papá siguió inconsciente.
Los doctores dijeron que tenía que esperar.
Durante tres días permanecí junto a su cama orando sin parar.
Y entonces, en la mañana del cuarto día, mi papá abrió los ojos.
Santiago dijo claramente, moviendo su brazo derecho para tocar mi mano.
Los doctores corrieron a hacer exámenes.
Una hora después regresaron con expresiones de total confusión.
No lo entendemos, dijo el neurólogo.
Los estudios muestran que el daño cerebral ha desaparecido.
Las áreas que estaban necróticas ahora muestran actividad normal.
Esto es médicamente imposible.
Mi mamá gritó de alegría.
Yo caí de rodillas alabando a Dios.
Y mi papá, el profesor de filosofía Tea, me miró con lágrimas en los ojos y dijo, “Hijo, necesito que me cuentes todo sobre ese Dios tuyo.
” La primera profecía se había cumplido exactamente como Carlos lo había dicho, y yo sabía sin ninguna duda, que las otras cuatro también se cumplirían.
Hoy, 18 años después de la muerte de Carlo Acutis, estoy aquí en Ciudad de México como misionero, exactamente como él profetizó.
En el 2010 conocí a Valentina, una niña de 12 años con leucemia.
Oré por ella en el nombre de Carlo y Jesús y fue sanada instantáneamente.
Los doctores lo certificaron como inexplicable.
En el 2013, mi papá apareció en mi conferencia en Buenos Aires y se arrodilló frente a 800 estudiantes entregando su vida a Cristo públicamente.
Todas y cada una de las cinco profecías se cumplieron exactamente como Carlos las dijo.
Hoy llevo esta historia a miles de jóvenes por toda Latinoamérica.
Les cuento sobre el chico que fue mi compañero de clase al que yo atormentaba, que me perdonó, que vio mi futuro y que cambió mi vida desde su lecho de muerte.
Carlocutis fue beatificado por la Iglesia Católica en el 2020.
Su cuerpo está en Así, en esa misma basílica donde yo me burlé de él hace años.
Y cada vez que voy a visitarlo, cada vez que veo a los miles de peregrinos que vienen de todo el mundo, recuerdo sus palabras.
Nos vamos a ver de nuevo, Santiago.
Sí, Carlo, nos vamos a ver de nuevo.
Y cuando ese día llegue voy a abrazarte y te voy a agradecer por no rendirte conmigo, por ver en mí lo que yo no podía ver, por ser el instrumento que Dios usó para salvar mi alma.
Hermano, hermana que me escuchas ahora, si un ateo arrogante como yo pudo ser transformado, tú también puedes.
El mismo Dios que le dio a Carlo esas profecías tiene un plan para tu vida.
Solo tienes que decir sí.