Ciudad Juárez.
Entre las maquiladoras y el polvo del desierto, un hombre común se convirtió en la pesadilla silenciosa del cártel de Juárez.

Sin armas, sin tatuajes, solo un cuaderno negro y conocimiento de química industrial.
14 sicarios cayeron en 18 meses y nadie lo vio venir.
Cuando la justicia te da la espalda y el sistema archiva tu dolor como un expediente más, ¿hasta dónde llegarías? En Ciudad Juárez, Chihuahua, las maquiladoras son el corazón industrial que late día y noche.
Entre sus naves metálicas y líneas de producción interminables, miles de obreros entran y salen en turnos que se confunden con el amanecer o la medianoche.
Sergio Ruiz Montes era uno de ellos.
34 años, piel morena clara curtida por el sol del desierto, cabello negro siempre bien recortado, barbarala que mantenía bajo control cada domingo, un hombre invisible de esos que caminan por las calles de la colonia Insurgentes, sin que nadie voltee a verlos dos veces.
Llevaba 12 años trabajando en la planta de Foxconc en la sección de soldadura y manejo de químicos industriales.
No era ingeniero, no tenía título universitario, pero conocía cada solvente, cada ácido, cada adhesivo que pasaba por sus manos como si fueran alfabeto, metanol, tolueno, ácido clorídrico diluido, nombres que para otros eran gerga técnica, para él eran herramientas cotidianas.
Las manipulaba con guantes gruesos, las almacenaba según protocolos estrictos, las etiquetaba con precisión obsesiva en su cuaderno negro de notas.
Ese cuaderno era su Biblia personal.
Páginas llenas de procedimientos de seguridad, tiempos de reacción, dosis máximas permitidas, efectos secundarios de inhalación o contacto dérmico.
Lo llevaba siempre en el bolsillo trasero de su overall azul, manchado de aceite y tiempo.
Sus compañeros de línea lo llamaban el meticuloso.
Nunca cometía errores, nunca dejaba nada al azar.
Si había que mezclar dos componentes, seguía el manual al pie de la letra.
Si había que desechar residuos tóxicos, llenaba los formularios con letra clara y firme.
Sergio no bebía, no fumaba, no salía de fiesta los fines de semana.
Su vida era una rutina mecánica y predecible.
Despertaba a las 5 de la mañana en su departamento pequeño de la colonia Insurgentes, un edificio de tres pisos con fachada de concreto desgastado y ventanas protegidas por rejas oxidadas.
Preparaba café en una cafetera vieja que había heredado de su madre, fallecida en 2015.
Se ponía el overall limpio que colgaba junto a la puerta.
Salía a las 5:30 para tomar el camión que lo dejaba en la entrada de la maquiladora a las 6 en punto, turno de 6 de la mañana a 2:30 de la tarde, 6 días a la semana, sin faltas, sin quejas.
Al terminar caminaba hasta las taquerías de la avenida 16 de septiembre.
Pedía tres tacos de asada y un refresco de vidrio.
Comía en silencio mientras veía pasar los tráilers cargados hacia la frontera.
Luego volvía a casa.
A veces jugaba fútbol amateur en las canchas de tierra de la colonia.
A veces veía películas en su laptop vieja.
Nada extraordinario, nada memorable.
Pero había un detalle que lo diferenciaba de otros obreros.
Sergio no tenía tatuajes ni uno solo.
En una ciudad donde los jóvenes marcaban su piel con nombres de santos, fechas importantes, rostros de vírgenes o calaveras estilizadas, él mantenía su cuerpo limpio.
Sus manos callosas mostraban pequeñas cicatrices de quemaduras químicas accidentales, líneas blancas sobre la piel morena, testimonios de 12 años manipulando sustancias peligrosas.
Esas marcas eran suficiente historia para él.
En Juárez, Sergio Ruiz no era nadie especial, solo un obrero más entre miles.
Un hombre que pagaba su renta a tiempo, saludaba a los vecinos con un gesto breve de cabeza.
Compraba despensa en el Oxo de la esquina cada 15 días.
No tenía enemigos, no tenía deudas, no llamaba la atención.
Era el tipo de persona que desaparece en la multitud sin dejar huella.
Pero en las calles de Juárez, donde el cártel de Juárez y su brazo armado, la línea controlaban colonias enteras con violencia sistemática, donde los sicarios tatuados marcaban territorio como animales, donde las ejecuciones eran titulares cotidianos en los periódicos locales.
Un hombre invisible puede convertirse en la amenaza más letal, porque nadie vigila lo que no puede ver, nadie teme lo que parece inofensivo.
Y cuando ese hombre tiene acceso a venenos industriales y una mente entrenada para seguir protocolos sin error, la línea entre obrero y justiciero se vuelve peligrosamente delgada.
Sergio Ruiz Montes, 34 años sin antecedentes penales, sin tatuajes, sin historia.
Pronto, 14 sicarios del cártel de Juárez caerían envenenados en 18 meses y las autoridades buscarían un fantasma que caminaba entre ellos con overall azul y cuaderno negro.
La vida de Sergio Ruiz cambió completamente el día que conoció a Daniela Vega.
Fue en 2017 en la sala de urgencias del Hospital General de Ciudad Juárez.
Él había llegado con una quemadura química en el antebrazo izquierdo.
Nada grave, resultado de un descuido momentáneo con ácido clorídrico en la maquiladora.
Ella era la enfermera de turno nocturno que lo atendió.
29 años, cabello negro recogido en cola de caballo, bata blanca impecable, manos firmes al limpiar la herida.
Hablaron poco esa noche.
Sergio no era hombre de muchas palabras, pero Daniela tenía una sonrisa que iluminaba los pasillos fríos del hospital.
Antes de irse, ella anotó su número telefónico en el papel de las indicaciones médicas.
por si la quemadura empeora”, dijo con tono profesional, aunque sus ojos decían otra cosa.
Tres días después, Sergio la llamó, no por la quemadura, porque no podía dejar de pensar en esa sonrisa.
Comenzaron a salir despacio, sin prisa.
Él la esperaba fuera del Hospital General cuando terminaba su turno de 10 de la noche a 6 de la mañana.
Caminaban juntos por la avenida tecnológico hasta la parada de autobús hablando de cosas simples.
Ella le contaba anécdotas de pacientes difíciles, doctores arrogantes, guardias interminables.
Él le hablaba de la maquiladora, de sus compañeros de línea, de los manuales de química que leía en sus ratos libres.
No eran conversaciones profundas, pero eran reales.
A los 6 meses, Daniela se mudó al departamento de Sergio en la colonia Insurgentes.
Era un espacio pequeño, sala comedor en uno, recámara con cama matrimonial que había comprado en abonos, baño con azulejo desgastado, cocineta funcional.
Nada lujoso, pero era de ellos.
Daniela colgó cortinas nuevas en las ventanas, puso plantas en el balcón minúsculo, llenó el refrigerador de imanes con fotos polaroid de ambos.
Sergio comenzó a dejarle notas adhesivas amarillas en la puerta del refri cada mañana antes de irse a trabajar.
Te amo, Dani, cuídate en el turno.
Ella le preparaba lonchera con burritos de machaca envueltos en papel aluminio con su nombre escrito en marcador negro.
eran felices de esa felicidad sencilla que no necesita grandes gestos ni viajes exóticos.
Los domingos desayunaban tarde, veían películas en la laptop acostados en la cama, pedían pizza de una pizzería barata en la avenida 16 de septiembre.
Los viernes, cuando sus horarios coincidían, iban al cine en el centro comercial Las Torres.
Sergio ahorraba en una lata de café escondida en el closet.
Daniela no sabía para qué, pero él tenía planes.
En noviembre de 2019, Sergio compró un anillo de compromiso.
Plata sencilla con un circonio pequeño, lo más que pudo pagar con sus ahorros de 3 años.
lo guardó en el cajón de su buró envuelto en papel de China rojo.
Planeaba proponerle matrimonio en diciembre de 2020 en su aniversario número tres.
Ya había hablado con el párroco de la iglesia de San Lorenzo en la colonia Insurgentes para apartar fecha en diciembre.
Ya había pensado dónde harían la pequeña fiesta, tal vez en el patio de la casa de la hermana de Daniela.
Nada ostentoso, algo íntimo con las personas que importaban.
Daniela soñaba con tener dos hijos.
Sergio quería aprender a tocar guitarra.
Ella hablaba de tomar cursos de enfermería avanzada, especializarse en pediatría.
Él pensaba en ahorrar para comprar un terrenito en las afueras, construir una casa pequeña con sus propias manos los fines de semana.
Planes simples, planes alcanzables, el tipo de futuro que millones de parejas construyen ladrillo a ladrillo, quincena a quincena.
Pero en Juárez los planes se rompen fácil.
En una ciudad donde las camionetas con vidrios polarizados patrullan colonias enteras, donde los sicarios del cártel de Juárez operan con impunidad, donde las mujeres desaparecen camino al trabajo y aparecen días después en terrenos valdíos.
La felicidad siempre está construida sobre arena frágil.
Sergio lo sabía, Daniela también.
Por eso él insistía en acompañarla hasta la parada cuando podía, aunque significara levantarse a las 9 de la noche.
Por eso ella siempre le mandaba mensaje al llegar al hospital.
Ya llegué, mi amor.
Duerme tranquilo.
El 14 de febrero de 2020, día de San Valentín, Sergio le dejó una nota diferente en el refrigerador.
Feliz día, Dani, eres lo mejor que me ha pasado.
Te espero con cena cuando llegues.
Esa noche preparó espaguetti con salsa de tomate, puso velas baratas en la mesa, compró una rosa en el semáforo de camino a casa.
El anillo seguía en el cajón.
Aún no era el momento, pero pronto lo sería.
Daniela salió del Hospital General a las 6:15 de la mañana del 15 de febrero.
El sol apenas comenzaba a romper el horizonte.
Caminó hacia la parada de autobús en la avenida Tecnológico como siempre.
Nunca llegó a casa.
Sergio esperó con la mesa puesta hasta las 8 de la mañana.
Llamó al celular de Daniela Buzón.
Llamó al hospital.
Salió hace dos horas, señor Ruiz.
Llamó a la hermana de Daniela.
No sabía nada.
A las 10 de la mañana, Sergio llamó a la policía.
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La policía municipal de Juárez recibió el reporte de persona desaparecida a las 10:30 de la mañana del 15 de febrero de 2020.
Sergio Ruiz llegó a las oficinas en la Avenida Vicente Guerrero con una foto de Daniela impresa en papel bond, sus manos temblando mientras la entregaba al oficial de guardia.
Mi novia no llegó a casa, salió del hospital general a las 6:15.
Nunca falla, algo pasó.
El oficial, un hombre de unos 50 años con bigote gris y mirada cansada, tomó la foto sin mucho interés.
¿Cuánto tiempo tiene desaparecida? Sergio miró su reloj.
4 horas.
El oficial suspiró.
Señor, necesitamos esperar 24 horas antes de abrir investigación.
Tal vez se fue con una amiga, tal vez tuvo un problema familiar.
Sergio apretó los puños.
No, siempre me avisa.
Algo malo pasó.
Pero el protocolo era el protocolo.
Sergio llenó un formulario, dejó sus datos de contacto, salió de las oficinas con la certeza terrible de que nadie iba a hacer nada.
Caminó por las calles de Juárez durante horas, revisando paradas de autobús, preguntando a vendedores ambulantes, mostrando la foto de Daniela.
Nadie había visto nada o nadie quería hablar.
48 horas después, el 17 de febrero por la tarde, un hombre que caminaba a su perro cerca del Río Bravo encontró a una mujer tirada en un terreno valdío lleno de basura y maleza seca.
Estaba viva apenas.
Llamó al novamento 11.
La ambulancia la llevó al hospital general.
Los paramédicos reconocieron el uniforme de enfermera roto y manchado.
Era Daniela Vega.
Sergio recibió la llamada de la hermana de Daniela a las 7 de la noche.
Corrió al hospital.
La encontró en una cama de urgencias conectada a suero intravenoso, rostro hinchado, ojos perdidos mirando el techo.
No lo reconoció de inmediato.
Cuando finalmente lo vio, comenzó a llorar sin control.
No dijo nada, solo lloraba.
Los doctores le explicaron a Sergio en el pasillo.
Trauma severo, múltiples lesiones, evidencia de agresión sexual, shock postraumático.
Dos días.
Daniela había estado en manos de sicarios del cártel de Juárez durante dos días completos.
Los detalles médicos eran técnicos, fríos, insoportables de escuchar.
Sergio se sentó en una silla de plástico del pasillo y se cubrió el rostro con las manos.
No lloró.
Algo dentro de él se había congelado.
Cuando Daniela pudo hablar, tres días después dio su declaración al Ministerio Público.
Voz quebrada, manos temblorosas, pero memoria clara.
Cinco hombres, camioneta Silverado negra con placas de Chihuahua, la subieron a la fuerza en la avenida Tecnológico.
La llevaron a una casa en la colonia Praderas del Sur.
Durante 48 horas fue violada por diferentes hombres que entraban y salían de la habitación.
No le dieron comida, poca agua, la amenazaron con matarlas y gritaba.
Al final uno de ellos dijo, “Ya nos aburrimos.
Tírenla por ahí.
” Daniela describió detalles físicos, tatuajes específicos.
Uno tenía un escorpión negro en el cuello.
Otro una calavera con corona en el brazo derecho.
Otro más, el texto la línea tatuado en el pecho.
Describió la casa.
Dos pisos, paredes de concreto sin pintar, ventanas con barrotes, patio trasero con perros.
Recordaba nombres, apodos, El Greñas, el Cholo, Ricky.
El Ministerio Público tomó nota de todo.
Abrió carpeta de investigación.
Asignó número de expediente, prometió seguimiento.
Sergio visitó la Fiscalía General del Estado en Juárez cada semana durante dos meses.
Siempre la misma respuesta.
Estamos investigando, señor Ruiz.
No hemos localizado la Casa de Seguridad.
Los sospechosos no tienen dirección conocida.
No hay evidencia suficiente para girar órdenes de aprensión.
La carpeta crecía con papeles, pero no con resultados.
En abril de 2020, un fiscal le dijo la verdad sin rodeos.
Mire, señor Ruiz, los sicarios de la línea tienen protección.
No puedo decirle más, pero si seguimos presionando, alguien va a salir lastimado y no van a ser ellos.
Sergio sintió como algo se rompía definitivamente en su interior.
No fue explosión, fue fractura limpia, silenciosa, irreparable.
Daniela dejó de trabajar en el hospital.
No podía volver.
Cada pasillo, cada uniforme blanco, cada turno nocturno le devolvía el terror.
Comenzó a tomar medicamentos para dormir, pastillas para la ansiedad, terapia psicológica dos veces por semana que pagaban con los ahorros de Sergio.
Pero nada funcionaba.
Las pesadillas llegaban todas las noches.
Gritos, despertares súbitos.
Sergio la abrazaba en la oscuridad del departamento en colonia Insurgentes, susurrándole que todo estaría bien, sabiendo que era mentira.
La mujer que había sonreído en la sala de urgencias del hospital en 2017 ya no existía.
Daniela era ahora una sombra que caminaba por el departamento sin rumbo, que miraba por la ventana durante horas sin decir palabra, que rechazaba comida, que lloraba en silencio mientras Sergio estaba en el trabajo.
El anillo de compromiso seguía guardado en el cajón.
Ya no había planes de boda, ya no había planes de nada.
Una noche de mayo, Sergio se sentó en la mesa del comedor con su cuaderno negro abierto, pero esa vez no anotó procedimientos de seguridad química de la maquiladora.
Escribió cinco nombres, cinco apodos.
Dibujó los tatuajes que Daniela había descrito con precisión obsesiva.
Escorpión en cuello, calavera con corona en brazo.
Texto la línea en pecho.
Los observó durante horas bajo la luz amarilla de la lámpara del comedor.
Daniela dormía en la recámara, sedada por pastillas.
Afuera, Juárez seguía siendo Juárez, violenta, impune, olvidadiza.
Sergio cerró el cuaderno.
Algo frío y calculado había nacido en su interior.
Si el sistema no haría justicia, él aplicaría sus propios protocolos.
Después de todo, llevaba 12 años eliminando residuos tóxicos en la maquiladora.
Esto no sería tan diferente.
Los siguientes tres meses, Sergio Ruiz se convirtió en un estudiante obsesivo de la violencia de Juárez.
No de la violencia que aparece en las noticias, de la violencia que se esconde en las esquinas, en los billares baratos, en las cantinas de mala muerte de la avenida Juárez.
La violencia de los sicarios jóvenes que se tatúan escorpiones y calaveras como medallas que operan para la línea El brazo armado del cártel de Juárez.
que controlan colonias enteras con miedo y plomo.
Durante el día, Sergio seguía siendo el obrero invisible de Foxcom.
Entraba a las 6 de la mañana.
Trabajaba su turno de 8 horas en la sección de químicos industriales.
Salía a las 2:30 de la tarde.
Nadie notó cambios en su rutina.
Seguía siendo meticuloso.
Seguía llenando sus formularios de seguridad con letra clara.
seguía usando guantes gruesos al manipular solventes, pero ahora, cuando pasaba frente a los almacenes de químicos controlados, observaba con ojos diferentes.
Metanol, tolueno, ácido clorídrico.
Ya no eran solo materiales de trabajo, eran herramientas potenciales.
Por las noches, después de que Daniela tomaba sus pastillas y caía en sueño químico, Sergio salía del departamento.
le decía que iba a caminar, a despejar la mente.
Caminaba hacia la avenida Juárez, donde los bares y cantinas permanecen abiertos hasta la madrugada.
Entraba a lugares con nombres como el rincón, la cueva, el refugio.
Pedía una cerveza que apenas tocaba.
Se sentaba en mesas del fondo.
Observaba.
Los sicarios de la línea no se esconden.
Se exhiben.
Usan cadenas de oro gruesas, tenis caros.
Camisetas ajustadas que muestran sus tatuajes como trofeos.
Hablan fuerte, ríen fuerte, tratan a los meseros con desprecio, no pagan sus cuentas, nadie les cobra.
Son jóvenes, la mayoría entre 20 y 30 años, con esa arrogancia de quién sabe que tiene poder de vida o muerte en estas calles.
Sergio los estudiaba como un entomólogo estudia insectos, memorizaba rostros, escuchaba conversaciones sin participar, anotaba mentalmente detalles, quién llegaba con quién, qué camionetas manejaban, en qué colonias operaban.
Cuando volvía a casa, antes de acostarse junto a Daniela dormida, abría su cuaderno negro y pasaba la información a tinta, nombres, apodos, descripciones físicas y, sobre todo, tatuajes.
Los dibujaba con la precisión de un técnico forense: Escorpiones, calaveras, armas, el texto La línea en diferentes estilos.
También usó internet, grupos de Facebook donde la gente de Juárez comparte información sobre colonias peligrosas, casas de seguridad, movimientos sospechosos, páginas de noticias locales que reportan ejecuciones identifican a las víctimas.
Perfiles públicos de sicarios jóvenes que suben fotos mostrando armas, fajos de billetes, tatuajes.
Sergio creó una cuenta falsa, sin foto de perfil, sin información personal, solo observaba, guardaba capturas de pantalla, cruzaba información.
Así identificó a su primer objetivo.
El Greñas, 22 años, sicario menor de la línea, tatuaje de escorpión negro en el cuello, inconfundible.
Daniela lo había descrito con exactitud en su declaración al Ministerio Público.
Sergio lo vio por primera vez en un billar llamado El Rojo en la colonia Libertad.
Cabello largo despenteado, camiseta blanca tipo wife beater, pantalón deportivo.
Jugaba pool con otros dos tipos.
Bebía cerveza tecate directo de la botella.
Reía escandalosamente cuando ganaba una partida.
Sergio lo visitó tres jueves seguidos, siempre el mismo patrón.
El greñas llegaba alrededor de las 9 de la noche, jugaba hasta la medianoche.
Se iba solo en una motocicleta vieja, no tenía seguridad.
No tenía convoy.
Era un pez pequeño en el organigrama del cártel.
Prescindible, invisible para sus jefes.
Perfecto.
Pero Sergio no tenía armas.
No sabía disparar.
No había peleado en su vida más allá de empujones de secundaria.
La confrontación directa no era opción.
Necesitaba otro método y lo tenía frente a él todos los días en la maquiladora.
Química industrial, venenos que matan sin ruido, sin sangre, sin confrontación.
Sustancias que en dosis controladas son herramientas, pero en dosis calculadas son sentencias de muerte.
Comenzó a desviar pequeñas cantidades, no de golpe.
Eso llamaría la atención.
5 ml aquí, 10 allá, frascos pequeños que cabían en el bolsillo interior de su mochila.
Los inventarios de la maquiladora no eran perfectos.
Había merma natural, evaporación, desperdicios.
Nadie notaría 30 o 40 ml de metanol faltantes en un almacén que maneja miles de litros al mes.
En su departamento, en el closet de la recámara, Sergio guardó los frascos en una caja de zapatos.
Los etiquetó con códigos que solo él entendía.
M y a1, t2, a3.
Por las noches, cuando Daniela dormía profundo, leía manuales de toxicología que descargaba de internet.
Dosis letal de metanol.
30 ml para un adulto promedio.
Síntomas: ceguera progresiva, falla respiratoria, muerte en 12 a 24 horas.
Dosis letal de tolueno, efectos acumulativos, daño hepático irreversible, ácido clorídrico diluido, perforación gástrica si se ingiere.
No era venganza ciega, era un protocolo como los que seguía en la maquiladora.
Identificar el problema, seleccionar la herramienta correcta, aplicar la dosis precisa, eliminar el residuo tóxico, documentar el resultado.
Sergio había aplicado ese método durante 12 años sin un solo accidente.
Ahora lo aplicaría fuera de las paredes de Foxcom.
También estableció reglas.
Un código moral rígido que escribió en la primera página de su cuaderno negro.
Solo sicarios confirmados que participaron en el ataque a Daniela.
Nadie más.
No familias.
No testigos inocentes.
No confrontación que pudiera poner en riesgo a Daniela.
Método limpio.
Muerte que pareciera accidental o natural.
Sin firma, sin notas, sin dejar pistas.
Entrar y salir como fantasma.
En junio de 2020, después de 3 meses de preparación obsesiva, Sergio Ruiz estaba listo para su primera eliminación.
Compró una jeringa pequeña de insulina en una farmacia del centro.
Practicó la inyección en naranjas hasta que pudo hacerlo en menos de 2 segundos.
Calculó la dosis exacta de metanol, 5 ml, suficiente para matar sin dejar rastros obvios en una autopsia superficial.
memorizó la rutina de Elgreñas en el Villar.
Visualizó cada paso del plan.
No sintió miedo, no sintió emoción, solo una calma extraña, casi clínica.
El obrero meticuloso que había pasado 12 años siguiendo protocolos de seguridad, ahora seguiría un protocolo diferente.
Uno que la Fiscalía General del Estado de Chihuahua había hecho necesario con su negligencia.
Uno que 14 sicarios pagarían con su vida en los siguientes 18 meses.
El primer jueves de junio de 2020, Sergio Ruiz entró al billar El Rojo en la colonia Libertad a las 9:30 de la noche.
Vestía jeans desgastados, camiseta gris sin logotipos, gorra de los Indios de Juárez comprada en el Tianguis.
Nada memorable, nada que llamara la atención.
En el bolsillo derecho de su pantalón llevaba la jeringa de insulina envuelta en papel higiénico.
En el bolsillo izquierdo un frasco pequeño con 5 ml de metanol.
El billar era un lugar sucio, piso de cemento manchado, mesas de pol fieltro rasgado, luces fluorescentes parpadeantes que zumbaban como mosquitos, olor a cerveza rancia y cigarro.
Música de corridos sonaba desde una rócola vieja.
En la esquina había unas 15 personas adentro, hombres en su mayoría.
Algunos jugaban pool, otros bebían en mesas de plástico.
El mesero, un tipo flaco de unos 50 años con delantal sucio, atendía sin ganas.
El greñas estaba ahí, mesa del fondo, jugaba a pool con otros dos sicarios jóvenes.
Sergio lo reconoció de inmediato por el tatuaje de escorpión negro en el cuello.
Camiseta blanca ajustada, pantalón deportivo negro, tenis Nike falsos.
Reía escandalosamente cada vez que metía una bola.
En la orilla de la mesa, su cerveza Tecate descansaba sin vigilancia.
Sergio pidió una cerveza en la barra.
Corona.
pagó con un billete de 50.
Se quedó parado junto a la rócola fingiendo elegir una canción.
Desde ahí tenía vista clara a la mesa de el greñas.
Observó durante 20 minutos.
El patrón era consistente.
El Greñas jugaba su turno, dejaba la cerveza en la orilla de la mesa, volvía a jugar.
Nadie la vigilaba, era solo cerveza.
A las 10:15, el greñas fue al baño.
Sergio esperó 30 segundos.
Luego caminó con naturalidad hacia la mesa de pool, como si fuera a ver el juego de cerca.
Los otros dos sicarios estaban distraídos discutiendo sobre una jugada.
Nadie volteó.
Sergio sacó la jeringa del bolsillo derecho con mano firme.
Había practicado este movimiento 100 veces en su departamento.
Lo ejecutó en menos de 2 segundos.
Insertó la aguja en el cuello de la botella atravesando el líquido.
Inyectó 5 ml de metanol, retiró la jeringa, la guardó en su bolsillo.
El líquido era transparente, indetectable.
La cerveza lucía igual.
Sergio volvió a la rócola.
Seleccionó una canción de los Tigres del Norte.
Terminó su cerveza en dos tragos.
Dejó la botella vacía en la barra.
Salió del billar a las 10:20.
Nadie lo detuvo.
Nadie lo miró dos veces.
Caminó tres cuadras hasta la parada de autobús.
Tomó el camión que lo llevaba de regreso a la colonia Insurgentes.
A las 11 de la noche estaba en su departamento.
Daniela dormía profundamente.
Sergio se sentó en la mesa del comedor.
No comió nada.
No bebió nada.
Solo esperó.
Los efectos del metanol no son inmediatos.
Toma entre 6 y 12 horas para que el cuerpo lo metabolice en ácido fórmico, el compuesto que causa el daño real, ceguera progresiva, falla respiratoria, colapso cardiovascular.
Sergio lo sabía, lo había estudiado.
Solo tenía que esperar.
A las 6 de la mañana del viernes, mientras se preparaba para ir a la maquiladora, revisó las noticias locales en su celular.
Nada todavía.
A las 9 de la mañana, durante su descanso de 15 minutos en Foxcon, volvió a revisar ahí estaba.
Un artículo breve en el portal de noticias El diario de Juárez.
Joven muere por posible intoxicación alcohólica en colonia Libertad.
El nombre no aparecía, solo la edad, 22 años.
Y un detalle, había sido trasladado de emergencia al hospital general con ceguera súbita y dificultad respiratoria.
Murió antes del amanecer.
Sergio guardó el celular.
Volvió a su estación de trabajo.
Sus manos no temblaban, su respiración era normal.
Siguió su turno como cualquier otro día.
A las 2:30 de la tarde salió de la maquiladora.
Comió tacos en la avenida 16 de septiembre.
volvió a su departamento.
Daniela estaba despierta, sentada en el sillón mirando la televisión sin verla realmente.
Sergio se sentó junto a ella, le tomó la mano, no dijo nada.
Esa noche, cuando Daniela tomó sus pastillas y se durmió, Sergio abrió su cuaderno negro.
buscó la página donde había dibujado el escorpión en el cuello.
Junto al dibujo estaba el apodo, el greñas.
Tomó un bolígrafo rojo, trazó una línea diagonal sobre el nombre y el dibujo, una sola línea, limpia, definitiva, uno de 14.
No hubo celebración, no hubo alivio, solo una ecuación química resuelta.
metanol más tiempo igual a eliminación exitosa.
Sergio cerró el cuaderno, lo guardó en el cajón de la mesa del comedor, se acostó junto a Daniela, la abrazó mientras ella dormía, susurró en la oscuridad, “Uno menos, Dani.
Uno menos.
” Al día siguiente, el sábado, la PDI procesó la escena cerca del billar donde había colapsado el greñas después de salir tambaleándose.
Los peritos llegaron en camionetas blancas con logotipos oficiales, acordonaron el área con cinta amarilla, fotografiaron el cuerpo cubierto con una sábana blanca, a su lado un vaso de plástico rojo de un vendedor ambulante de jugos.
Los peritos lo marcaron como evidencia.
Tomaron fotos del tatuaje de escorpión en el cuello del cadáver antes de cubrirlo completamente.
La causa preliminar de muerte, intoxicación por consumo de alcohol adulterado.
Común en Juárez, no ameritaba investigación profunda.
Solo otro sicario muerto un viernes por la noche.
El informe oficial quedó archivado en la fiscalía con número de expediente y sello de caso cerrado.
En una ciudad donde mueren más de 1000 personas al año por violencia del narcotráfico, la muerte de un sicario menor por intoxicación alcohólica no generaba titulares ni operativos especiales.
Era estadística, ruido de fondo, justicia involuntaria del mercado negro de alcohol barato.
Nadie conectó los puntos.
Nadie sospechó de un obrero de maquiladora que había salido del billar 20 minutos antes de que el Greñas comenzara a convulsionar en la calle.
Nadie revisó cámaras de seguridad porque el billar, el rojo, no tenía cámaras.
Nadie interrogó testigos porque en Juárez nadie ve nada, nadie sabe nada, nadie habla.
Sergio Ruiz había ejecutado su primer protocolo de eliminación sin un solo error, sin testigos, sin evidencia, sin rastro, como un fantasma que entra y sale de las sombras sin alterar el aire y aún le quedaban 13 nombres en su cuaderno negro.
Durante los siguientes 6 meses, Sergio Ruiz perfeccionó su método.
No era improvisación, era refinamiento de un proceso industrial aplicado a la eliminación humana.
Cada objetivo requería observación de al menos dos semanas.
Mapeo de rutinas.
Identificación de momentos vulnerables.
Cálculo de dosis según peso corporal estimado.
Selección del vector apropiado.
Bebida alcohólica.
Comida de vendedores ambulantes, agua embotellada en gimnasios.
El segundo objetivo fue El Cholo, 28 años.
Complexión robusta, casi 1,80 de altura.
Tatuaje de calavera con corona en el brazo derecho.
Daniela lo había descrito con precisión.
Era uno de los cinco que la habían violado en la casa de seguridad de Praderas del Sur.
Sergio lo localizó a través de Manuel, su antigua conexión en la maquiladora.
Manuel el Vago había sido despedido de Foxconc en 2018 por robo menor de herramientas.
Desde entonces sobrevivía haciendo trabajos ocasionales, reparando celulares en un puesto del tianguis, moviéndose en los márgenes de la economía informal de Juárez.
Conocía gente, escuchaba cosas.
Sergio lo buscó una tarde de julio.
Le ofreció 500 pesos por información específica.
“Necesito saber dónde opera un tipo con calavera tatuada en el brazo”, le dicen el cholo.
Manuel no preguntó para qué en Juárez.
No preguntar es regla de supervivencia.
Dos días después le mandó mensaje por WhatsApp.
El cholo vende en el tianguis de la colonia Azteca.
Martes y jueves.
Mesa de tacos de carne asada en la entrada.
Sergio le depositó los 500 pesos en Oxo.
Era el inicio de una relación transaccional que duraría 18 meses.
Un jueves por la tarde, Sergio fue al tianguis.
Miles de personas caminaban entre puestos de ropa usada, electrónicos piratas, comida corrida.
La mesa de tacos estaba junto a la entrada principal.
El cholo no vendía tacos, vigilaba, se paraba cerca con gorra Raiders y playera holgada observando el flujo de gente.
Era Alcón del Cártel, punto de venta menor de drogas.
Los clientes se acercaban con naturalidad, compraban tacos, recibían bolsitas pequeñas junto con la orden.
Sistema simple, efectivo.
Sergio comió tacos ahí durante tres jueves seguidos.
Carne asada con cilantro y cebolla, salsa roja en recipientes de plástico, limones cortados en una bandeja.
El Cholo nunca lo miró dos veces, era solo un cliente más en 300.
El cuarto jueves, Sergio preparó su movimiento.
Llegó temprano, cuando el taquero apenas estaba instalando su plancha, pidió tres tacos para llevar.
Mientras el taquero preparaba la carne, Sergio se acercó a la mesa de salsas como si fuera a servirse.
En el bolsillo llevaba un frasco de tolueno diluido en un gotero de plástico.
En 2 segundos vació 5 ml dentro del recipiente de salsa roja que estaba más cerca del taquero, el que usaban para servir las órdenes.
El líquido se mezcló perfectamente, indetectable al ojo, casi sin olor en medio de los aromas de carne asada y cebolla frita.
Sergio recibió sus tacos, pagó, se fue, no los comió, los tiró en un bote de basura.
Tres cuadras después volvió a su departamento, esperó.
El tolueno no mata tan rápido como el metanol.
Su efecto es acumulativo, daña el hígado progresivamente, pero en dosis altas puede causar colapso en 24 a 48 horas.
El cholo comió tacos de esa salsa contaminada durante su guardia del jueves.
Al día siguiente, viernes por la tarde, colapsó en su casa.
Dolor abdominal severo, vómito con sangre.
Su familia lo llevó al hospital general.
Los doctores diagnosticaron falla hepática aguda, origen desconocido, quizá hepatitis viral, quizá consumo de drogas contaminadas.
El cholo entró en coma hepático el sábado por la noche.
Murió el domingo al mediodía.
La PDI procesó la escena en el exterior de su casa en la colonia Azteca.
Peritos en trajes blancos.
Tibra perito en las espaldas.
Cuerpo cubierto con sábana blanca en el patio de tierra.
Fotografías del tatuaje de calavera con corona en el brazo derecho antes de trasladar el cuerpo a la morgue del semefo.
Causa preliminar: intoxicación por sustancia no identificada.
Posiblemente drogas adulteradas.
Caso archivado.
Solo otro sicario muerto en Juárez.
Sergio tachó el segundo nombre en su cuaderno negro.
Dos de 14.
En agosto cayó Ricky, 25 años, delgado, tatuaje con el texto La línea en el pecho.
Lo localizó en un gimnasio de la colonia Morelos, donde los sicarios jóvenes levantan pesas y presumen músculos.
Sergio pagó membresía de un mes.
Fue tres veces por semana durante dos semanas.
Observó.
Ricky siempre traía su propia botella de agua, plástico transparente de 2 L con el logo de una marca deportiva.
La dejaba en el piso junto a las pesas mientras entrenaba.
Un miércoles por la tarde, Sergio llegó al gimnasio con una botella idéntica en su mochila.
Contenía agua mezclada con ácido clorídrico diluido al 10%.
Suficiente para causar perforación gástrica.
No suficiente para que el sabor fuera obvio en el primer trago.
Esperó su momento.
Cuando Ricky fue al baño, Sergio intercambió las botellas.
Mismo color, mismo logo, mismo nivel de líquido.
Salió del gimnasio antes de que Ricky regresara.
Ricky bebió de la botella 20 minutos después de terminar su rutina.
Un trago largo, después otro.
Al llegar a su casa esa noche comenzó el dolor abdominal, vómito, sangrado interno.
Su madre lo llevó al hospital general.
Los doctores sospecharon úlcera perforada.
Lo operaron de emergencia.
No sobrevivió.
Murió en el quirófano por choque hipobolémico.
La PDI procesó la escena en el estacionamiento del gimnasio.
Botella de agua marcada como evidencia.
Peritos fotografiaron el tatuaje, la línea en el pecho del cadáver.
Causa preliminar.
Complicación médica por úlcera gástrica no tratada.
Caso cerrado, 3 de 14.
En octubre, Sergio ejecutó lo que llamó internamente operación doble.
El flaco y el chino eran amigos cercanos.
Ambos habían participado en la violación de Daniela.
Ambos iban juntos a todas partes.
Sergio los identificó en una parrillada familiar en la colonia Fronteriza.
Evento grande, más de 50 personas, carne asada, cerveza, música en vivo.
Manuel le pasó el dato por WhatsApp.
Fiesta en casa del flaco.
Sábado desde las 3.
Sergio llegó como si fuera familiar lejano.
Nadie controla entradas en fiestas de barrio.
Llevaba una hielera pequeña con cervezas para compartir.
Muk seis tecates con tapas que había abierto cuidadosamente la noche anterior.
Había inyectado metanol en cada una.
Había vuelto a sellar las tapas con pegamento especial.
Las puso en la hielera comunitaria junto a docenas de otras cervezas.
Se mezcló con la gente, comió tacos, esperó.
El flaco y el chino tomaron cervezas de la hielera alrededor de las 6 de la tarde.
No había forma de saber si eran las envenenadas.
Sergio esperó una hora, luego se fue discretamente.
Al día siguiente, domingo por la mañana, las noticias locales reportaron dos muertes en la colonia fronteriza.
Dos jóvenes colapsados en la misma fiesta.
Posible intoxicación por alcohol adulterado.
Los peritos procesaron ambas escenas.
Cuerpos cubiertos con sábanas blancas en el patio de la casa.
Fotografías forenses de sus tatuajes.
El flaco tenía escorpión en el brazo.
El chino tenía un arma tatuada en el cuello.
La fiscalía abrió investigación preliminar sobre venta de alcohol ilegal en fiestas.
No llevó a nada.
5 de 14.
Así continuó durante meses.
Sergio trabajaba su turno en Foxcon, cuidaba a Daniela y por las noches ejecutaba su protocolo de eliminación con precisión industrial.
Manuel le pasaba información, 500 pesos por dato.
A veces 1000 si era información especialmente útil.
Manuel nunca preguntó.
Sergio nunca explicó.
Los medios locales comenzaron a notar un patrón extraño.
Entre junio y diciembre de 2020, más de 10 sicarios jóvenes de la línea habían muerto por causas aparentemente no violentas.
Intoxicaciones, fallas orgánicas, colapsos súbitos, todos en diferentes colonias, todos sin conexión aparente.
Los periodistas especulaban drogas adulteradas, traición interna del cártel.
Venganza de un cártel rival usando venenos.
La Fiscalía General del Estado asignó un equipo de investigación.
Revisaron autopsias, buscaron patrones, pero las muertes estaban espaciadas, los métodos variaban, las ubicaciones no se repetían, no había firma, no había testigos, no había evidencia forense que conectara los casos.
Solo una serie de muertes extrañas que en una ciudad como Juárez, donde mueren personas al año por violencia, no parecían urgentes.
Sergio Ruiz seguía siendo invisible, un obrero de maquiladora que llegaba puntual a su a su trabajo, que compraba despensa en el oso, que caminaba por las calles sin que nadie volteara y en su cuaderno negro los nombres tachados aumentaban.
1 2 3 4 5 10.
Cada línea roja era una ecuación resuelta.
Cada muerte un paso más cerca de algo que ya no era justicia ni venganza, solo eliminación sistemática de residuos tóxicos en forma humana.
Enero de 2021, Sergio Ruiz había eliminado a 10 sicarios en 7 meses.
Su método era ahora una máquina bien aceitada.
Observación.
planificación, ejecución, documentación, sin errores, sin testigos, sin emociones.
Pero algo había cambiado en él.
Ya no solo buscaba a los cinco hombres que habían violado a Daniela, ahora cazaba a cualquier miembro de la línea que operara en las mismas células, en los mismos territorios.
Justificaba cada nombre nuevo con lógica fría.
eran parte del mismo sistema que había protegido a los violadores.
Eran cómplices por asociación.
Eran residuos tóxicos del mismo contenedor.
Manuel, el vago, seguía siendo su fuente de información.
Pero ahora Sergio le pedía datos más específicos, no solo ubicaciones, también rutinas detalladas, nombres de familiares, direcciones de casas.
Manuel cobraba más por esa información.
1000 pesos, a veces 100.
Sergio pagaba sin negociar.
El dinero venía de sus ahorros, los mismos que había guardado para la boda con Daniela.
El anillo de compromiso seguía en el cajón del buró.
Ya no tenía significado, solo era un objeto del pasado.
Daniela había empeorado.
Ya no salía del departamento.
Pasaba días enteros en la cama mirando el techo, tomando pastillas que ya no funcionaban.
Había aumentado de peso por la inactividad.
Había dejado de bañarse algunos días.
Sergio la cuidaba como podía.
le preparaba comida que ella apenas tocaba, la ayudaba a cambiarse de ropa, le hablaba aunque ella no respondiera.
Por las noches, cuando ella finalmente dormía sedada, él salía a cumplir su protocolo.
El objetivo número 11 fue diferente.
Rata.
32 años.
No había participado en la violación de Daniela, pero era el encargado de la casa de seguridad en Praderas del Sur, donde había ocurrido.
Manuel le pasó el dato.
El rata tiene un puesto de elotes y esquites en la avenida Tecnológico.
Todas las noches de 8 a 11.
Sergio lo visitó varias noches.
Era un carrito metálico con vitrina de vidrio, luces de neón, olor a mantequilla y chile.
El rata preparaba elotes cocidos con mayonesa, queso rallado, chile en polvo.
También esquites en vasos de unicel.
Tenía tatuajes en ambos brazos, escorpiones, calaveras.
Texto Juárez en letras góticas.
Trabajaba solo.
No había seguridad.
solo un vendedor ambulante más en una ciudad llena de ellos.
Un martes por la noche, Sergio compró un vaso de esquites.
Mientras el rata preparaba el pedido, Sergio observó su método.
Hervía los granos de elote en una olla grande.
Los servía en vasos.
Agregaba mayonesa de un recipiente plástico, queso rallado de otro, chile piquín de un tercero.
El proceso era rápido predecible.
Sergio regresó dos noches después con un plan.
A las 9:30, cuando había poca gente, Sergio se acercó al carrito.
Pidió esquites.
El rata volteó para servir el elote de la olla.
En ese momento, Sergio sacó un gotero pequeño del bolsillo.
2 segundos.
5 ml de metanol directo en el recipiente de mayonesa.
El líquido se mezcló con la grasa blanca sin dejar rastro.
Sergio recibió su vaso de esquites, pagó, se fue, no los comió, los tiró en el primer bote de basura.
El rata comió esquites de su propio carrito esa noche durante su jornada.
Era su cena habitual.
Al día siguiente, miércoles por la tarde, colapsó en su casa.
Ceguera súbita, dificultad para respirar.
Su esposa llamó a la ambulancia.
Murió camino al hospital.
Los peritos procesaron la escena en la calle donde estaba estacionado su carrito.
Fotografiaron los recipientes de mayonesa, queso, chile como evidencia.
Encontraron trazas de metanol en la mayonesa.
Conclusión oficial: recipiente contaminado accidentalmente, producto en mal estado.
Recomendación a vendedores ambulantes sobre higiene alimentaria.
Caso cerrado.
11 de 14.
Febrero de 2021 trajo dos eliminaciones más, el coyote y el greñudo.
Ambos operaban juntos vendiendo droga en la colonia Riveras del Bravo.
Sergio los envenenó usando el mismo método de la hielera con cervezas adulteradas en un partido de fútbol amateur donde jugaban para un equipo local.
Ambos murieron esa misma noche.
Los peritos llegaron al campo de tierra donde habían colapsado.
Cuerpos cubiertos con sábanas blancas, luces de las patrullas iluminando la oscuridad, fotografías de sus tatuajes.
El coyote tenía un coyote realista tatuado en la espalda.
El greñudo tenía el texto La línea en el cuello.
Causa oficial, intoxicación alcohólica por cerveza adulterada.
Advertencia pública sobre comprar alcohol en tiendas no autorizadas.
13 de 14.
Pero el patrón ya no podía ignorarse.
La policía de investigación comenzó a conectar los puntos.
13 sicarios muertos en 8 meses.
Todos de la línea.
Todos por intoxicaciones o fallas orgánicas súbitas.
Todos con tatuajes identificables en las fotografías forenses.
Un detective de la PDI, un hombre llamado Ortega con 20 años de experiencia en crimen organizado, fue asignado para coordinar la investigación.
Ortega revisó todos los expedientes.
Notó algo que otros habían pasado por alto.
En varias escenas forenses aparecían recipientes de vendedores ambulantes como evidencia, vasos plásticos, botellas de agua, recipientes de comida.
Todos habían sido descartados como vectores accidentales, pero la frecuencia era sospechosa.
Además, todas las víctimas tenían tatuajes distintivos de la línea, escorpiones, calaveras, textos, armas, como si alguien los estuviera seleccionando específicamente por sus marcas.
Ortega presentó su hipótesis en una reunión con la fiscalía en marzo de 2021.
No son muertes accidentales, es un envenenador sistemático.
Alguien con conocimiento de química está cazando sicarios de la línea usando sus propios espacios cotidianos, billares, gimnasios, fiestas, puestos de comida, lugares donde bajan la guardia.
La fiscalía autorizó vigilancia especial en colonias donde operaba la línea.
Se pidió a vendedores ambulantes que reportaran personas sospechosas.
Se instalaron cámaras en algunos puntos estratégicos, pero era tarde.
Sergio ya había completado 13 eliminaciones.
Solo faltaba una, la más importante, la más peligrosa.
El cachorro, 38 años, líder de célula de la línea, el hombre que había organizado el secuestro y violación de Daniela.
El hombre que vivía en casa fortificada en la colonia Campestre con seguridad las 24 horas.
El hombre que nunca comía en la calle, que solo confiaba en comida preparada por su madre, que se movía en convoy blindado.
Sergio había dejado a el cachorro para el final deliberadamente, no por miedo, por dificultad técnica.
Acceder a él requería un plan diferente.
No podía ser en un billar, no podía ser en un gimnasio, no podía ser en su casa.
Necesitaba un evento donde el cachorro estuviera rodeado de gente pero vulnerable.
Necesitaba infiltrarse directamente en su círculo.
Manuel le trajo la información en marzo.
El cachorro va a Paek hacer fiesta de 15 años para su sobrina.
Salón Los Arcos en la Avenida Tecnológico.
Sábado 20 de marzo.
Evento grande.
Van a contratar catering externo.
Sergio pagó 2000 pesos por ese dato.
Era la oportunidad que necesitaba.
Durante dos semanas, Sergio investigó el salón.
Visitó el lugar haciéndose pasar por cliente interesado en rentar para un evento familiar.
Observó las cocinas, los accesos, las rutas de meseros.
preguntó qué empresas de catering trabajaban regularmente ahí.
Obtuvo nombres, direcciones, teléfonos.
Una semana antes de la fiesta se presentó en las oficinas de banquetes guadalupanos.
La empresa contratada para el evento.
Dijo que buscaba trabajo temporal como mesero.
Tenía experiencia en servicio.
Mentira.
Necesitaba dinero extra, ¿verdad? Estaba dispuesto a trabajar fines de semana, ¿verdad? El encargado, un hombre gordito con camisa de manga corta y corbata floja, revisó su solicitud.
Tienes referencias, Sergio dio nombres falsos de restaurantes que ya no existían.
Está bien, te necesitamos el sábado 20.
Evento grande, 15 años.
Llegas a las 4 de la tarde.
Trae pantalón negro y camisa blanca.
Nosotros damos el chaleco.
Sergio aceptó.
El pago era de 400 pesos por la jornada.
No le importaba el dinero, solo necesitaba acceso.
Acceso a la cocina, acceso a las bebidas, acceso a el cachorro sin levantar sospechas.
Había esperado 8 meses para este momento.
13 sicarios habían caído, pero nada de eso importaría si no eliminaba al arquitecto del horror que había destruido la vida de Daniela.
En su cuaderno negro, el nombre El cachorro seguía sin tachar.
Junto al nombre había dibujado un escorpión gigante, el tatuaje que Daniela había descrito en su espalda completa.
Sergio observaba ese dibujo todas las noches antes de dormir.
Pronto, muy pronto, trazaría la línea roja diagonal y entonces tal vez podría respirar o tal vez no.
Ya no sabía si lo que buscaba era justicia.
venganza o simplemente el fin de un protocolo que había consumido los últimos 8 meses de su vida.
El sábado 20 de marzo de 2021, Sergio Ruiz se presentó en el salón Los Arcos a las 4 de la tarde.
Llevaba pantalón negro planchado, camisa blanca de manga larga, zapatos negros lustrados que había comprado esa misma mañana en una zapatería de la avenida 16 de septiembre.
En el bolsillo interior de su camisa escondido entre el [ __ ] llevaba un frasco pequeño con 10 ml de metanol concentrado.
Era más de lo necesario, pero esta vez no podía fallar.
El salón era grande, capacidad para 300 personas, paredes color durazno con molduras doradas, pista de baile en el centro, tarima para banda en vivo al fondo, mesas redondas con manteles rosas y centros de mesa con flores artificiales, globos metálicos con el número 15 flotando por todas partes.
Era el tipo de fiesta que se celebra en las colonias de clase media baja de Juárez.
Pretensiones de elegancia con presupuesto limitado.
El encargado del catering reunió a los 10 meseros en la cocina del salón.
Les explicó la dinámica.
Entrada de la quinceañera a las 7, cena a las 8, servicio de bebidas continuo hasta las 11.
La instrucción más importante.
La mesa principal es la familia del padrino.
Traten con especial atención.
El señor es muy exigente.
No dijo el nombre del padrino, no hacía falta.
En Juárez, cuando alguien dice muy exigente con ese tono, todos entienden el mensaje.
Narco, peligroso, no cometer errores.
Sergio fue asignado al servicio de bebidas.
Su trabajo era circular con charolas, llevando copas de vino, cervezas, refrescos, tequila.
Perfecto.
Era exactamente lo que necesitaba.
Durante la siguiente hora, mientras los invitados comenzaban a llegar, Sergio memorizó la distribución del salón.
La mesa principal estaba en el frente, cerca de la tarima.
Mesa larga para 15 personas, mantel blanco, arreglo de flores más grande que el de las otras mesas.
A las 6:30 el cachorro llegó.
Sergio lo identificó de inmediato, no por haberlo visto antes, por su presencia.
38 años, complexión robusta, casi 1,85 m.
Vestía traje negro brillante, camisa azul celeste sin corbata, zapatos de piel convillas doradas, cadena gruesa de oro en el cuello, reloj que reflejaba luz, pero sobre todo autoridad.
Caminaba como dueño del espacio.
Tres hombres lo flanqueaban.
Seguridad.
Jóvenes de unos 25 años con trajes mal ajustados y bultos obvios bajo las chaquetas.
Armas.
El cachorro se sentó en el centro de la mesa principal.
Su madre, una mujer mayor con vestido morado y demasiado maquillaje, se sentó a su derecha.
Su sobrina, la quinceañera, una chica tímida con vestido rosa pastel y tiara de plástico, se sentó a su izquierda.
El resto de la mesa se llenó con familiares, hermanos, primos, cuñadas con niños pequeños.
Todos evitaban hacer contacto visual directo con el cachorro.
Miedo disfrazado de respeto.
La fiesta comenzó.
Entrada de la quinceañera con Bals.
Aplausos.
Lágrimas de la madre.
Discurso emocional del padre, agradeciendo a todos por venir.
Cena servida en platos de porcelana barata, pollo en salsa de champiñones, arroz, ensalada, pan dulce, meseros circulando con charolas.
Sergio trabajaba en piloto automático, servía bebidas con sonrisa mecánica, recogía platos sucios.
Nadie lo miraba realmente.
Era parte del escenario invisible.
A las 9 de la noche, después de la cena, la banda comenzó a tocar.
Música norteña a volumen altísimo.
Parejas llenaron la pista de baile.
El cachorro no bailaba, se quedó en su mesa bebiendo.
Su bebida preferida, Whisky Buchannons Deluxe con hielo.
Sergio lo observó durante 20 minutos.
El patrón era claro.
Un mesero específico, uno de los más jóvenes del equipo de Cathering, servía directamente a la mesa principal.
Traía la botella de Buchanans desde la barra, llenaba la copa del cachorro, volvía a la barra.
Sergio esperó su momento.
A las 9:30, el mesero joven fue al baño.
La botella de Bucanans estaba en la barra del salón junto a otras botellas de licor premium reservadas para la mesa principal.
El bartender, un tipo flaco con chaleco negro, estaba ocupado preparando margaritas para un grupo de mujeres.
Sergio se acercó con una charola vacía como si fuera a recoger algo.
Nadie prestó atención.
Dos segundos.
Sergio sacó el frasco de metanol del bolsillo interior de su camisa.
abrió la botella de Banans, vació los 10 ml dentro, cerró la botella, guardó el frasco.
La operación completa tomó menos de 5 segundos.
El whisky era color ámbar oscuro, el metanol era transparente, mezclado, era indetectable visualmente.
El olor tampoco cambiaría mucho.
El bucan tiene su propio aroma fuerte a alcohol y malta.
Sergio volvió a circular con su charola.
Manos firmes, respiración controlada, corazón latiendo rápido pero manejable.
20 minutos después, el mesero joven volvió del baño, tomó la botella de Bucans, fue a la mesa principal, llenó la copa de el cachorro.
Él bebió un trago largo, luego otro.
Sergio observó desde lejos.
Los efectos del metanol no son inmediatos.
Tomarían horas, tal vez hasta el día siguiente, pero la dosis era alta.
10 ml en una persona de 90 kil, suficiente para causar daño irreversible.
Ceguera, falla respiratoria, muerte.
La fiesta continuó.
Banda tocando, gente bailando, niños corriendo entre mesas.
El cachorro bebió dos copas más de la botella contaminada en la siguiente hora.
A las 11 de la noche, la quinceañera cortó el pastel.
Fotografías, video, más aplausos.
Sergio seguía trabajando, recogiendo platos, sirviendo bebidas, esperando.
A las 11:30, mientras Sergio llevaba una charola de copas sucias a la cocina, sintió una mano pesada en su hombro.
Se volteó.
Uno de los guardias de seguridad de el cachorro lo miraba con ojos entrecerrados.
Tú ven acá.
El corazón de Sergio se aceleró, pero mantuvo la compostura.
Sí, señor.
El guardia lo observó de arriba a abajo.
Te he visto antes.
¿De dónde te conozco? Sergio negó con la cabeza.
No lo creo, señor.
Es mi primera vez trabajando aquí.
El guardia entrecerró más los ojos.
No te he visto en algún lado.
Sergio sintió sudor frío en la espalda.
Su mente trabajaba rápido.
Trabajo en Foxcon.
Tal vez me vio por la zona industrial.
El guardia no parecía convencido.
Espera aquí.
Pero en ese momento, desde la mesa principal, el cachorro gritó, “¡Oye! Tráeme más hielo.
” El guardia volteó, luego miró de nuevo a Sergio.
Después hablamos.
Se fue hacia la mesa principal.
Sergio respiró hondo.
No podía quedarse.
Si el guardia lo identificaba, si alguien hacía conexiones, todo terminaría ahí.
Tomó una decisión en 3 segundos, dejó la charola en la cocina, caminó hacia la salida de servicio del salón.
No corrió.
Caminar rápido, pero sin pánico.
Salió al estacionamiento trasero.
Buscó su Tsuru 2008, estacionado en la esquina más alejada.
Subió.
Arrancó.
salió del estacionamiento mientras manejaba por la avenida tecnológico de regreso a la colonia Insurgentes.
Sergio revisaba el espejo retrovisor cada 10 segundos.
Nadie lo seguía, pero sabía que había cometido un error.
El guardia lo había visto.
Tal vez no lo identificaría esa noche.
Tal vez sí.
No importaba, ya había ejecutado su misión.
El cachorro había bebido metanol suficiente para matarlo.
El resto era solo tiempo.
Llegó a su departamento a las 12:15 de la mañana.
Daniela dormía profundamente.
Sergio se sentó en la mesa del comedor, abrió su cuaderno negro, buscó la página de El cachorro, el dibujo del escorpión gigante, el nombre.
Tomó su bolígrafo rojo, pero no trazó la línea todavía.
Primero necesitaba confirmar.
Primero necesitaba saber si el protocolo había funcionado.
Cerró el cuaderno.
Esperó.
El domingo 21 de marzo amaneció con cielo gris sobre Juárez.
Sergio no había dormido.
Pasó la noche sentado en el sillón de la sala con su celular en la mano revisando portales de noticias locales cada 15 minutos.
Nada.
A las 6 de la mañana preparó café.
A las 7 revisó de nuevo.
Todavía nada.
A las 8:30 finalmente apareció un titular breve en El diario de Juárez, hombre hospitalizado tras fiesta en salón de eventos.
El artículo era escueto.
Un hombre de 38 años había sido trasladado de emergencia al hospital Star Medica durante la madrugada.
Síntomas, ceguera súbita, dificultad respiratoria severa, convulsiones.
Se encontraba en condición crítica.
No mencionaban el nombre, pero Sergio supo de inmediato.
Era él, el cachorro.
Durante las siguientes 48 horas, Sergio vivió en un estado de tensión insoportable.
Esperaba en cualquier momento que la PDI llegara a su departamento, que lo arrestaran, que lo interrogaran.
Había dejado demasiadas pistas en el salón.
El guardia de seguridad que lo había reconocido, las cámaras de seguridad del salón, el registro de empleo con banquetes guadalupanos, su escape repentino antes de terminar el turno.
Todo apuntaba hacia él, pero nadie llegó, ni el domingo ni el lunes.
El lunes por la tarde, un nuevo artículo apareció en las noticias.
El cachorro había muerto lunes 22 de marzo a las 3 de la tarde en el hospital Star Medica.
Causa preliminar, envenenamiento por sustancia no identificada.
La fiscalía había iniciado investigación formal.
Se estaban revisando todos los asistentes a la fiesta.
Se había confiscado la botella de whisky buchannons de la mesa principal.
Sergio leyó el artículo tres veces.
sintió algo extraño.
No era alivio, no era satisfacción, era vacío.
Había eliminado al hombre responsable del horror de Daniela, pero Daniela seguía rota, seguía encerrada en su propia mente y él ahora era oficialmente un asesino serial buscado por la justicia que había fallado en protegerla.
El martes 23 de marzo, la PDI procesó la escena del Hospital Star Medica, donde había muerto el cachorro.
Los peritos fotografiaron el cuerpo en la morgue del semefo.
El tatuaje de escorpión gigante en su espalda completa quedó documentado en las fotografías oficiales.
La autopsia confirmó metanol en concentración letal.
El toxicólogo forense comparó el caso con los 13 anteriores.
El patrón era innegable.
El detective Ortega convocó una conferencia de prensa ese mismo martes.
Anunció oficialmente lo que muchos ya sospechaban.
Juárez tenía un envenenador serial.
14 sicarios de la línea muertos en 9 meses.
Todos por químicos industriales, todos seleccionados por sus tatuajes.
El responsable tenía conocimiento avanzado de toxicología y acceso a sustancias controladas.
La fiscalía ofrecía recompensa de 100,000 pesos por información que llevara a su captura.
Las noticias explotaron.
Los medios locales bautizaron al responsable como el químico.
Programas de radio debatían si era un justiciero o un psicópata.
Redes sociales se dividían entre quienes lo celebraban como héroe anónimo y quienes lo condenaban como asesino.
La opinión pública de Juárez, cansada de la violencia del narco, mayoritariamente simpatizaba con el químico.
Algunos graffitis aparecieron en paredes de colonias populares.
El químico limpia Juárez.
Pero la investigación avanzaba.
El miércoles 24, la PDI interrogó al personal de banquetes guadalupanos.
El encargado proporcionó la lista de meseros que habían trabajado el sábado 20 10 nombres, uno de ellos Sergio Ruiz Montes.
Dirección: Colonia Insurgentes.
El encargado recordaba que Sergio había salido antes del final del turno.
Dijo que se sentía mal.
no recogió su pago.
Ortega ordenó vigilancia discreta del departamento de Sergio.
No tenían orden de aprensión todavía, solo sospecha.
Necesitaban evidencia sólida.
El jueves 25, mientras Sergio salía hacia su turno en Foxcon, dos agentes de la PDI vestidos de civil lo siguieron.
Lo vieron entrar a la maquiladora.
Esperaron su salida a las 2:30 de la tarde.
Lo siguieron hasta las taquerías de la avenida 16 de septiembre.
Documentaron sus movimientos.
El viernes 26, Ortega obtuvo orden de cateo.
Con ella en mano, un equipo de 10 elementos de la PDI llegó al edificio de la colonia Insurgentes a las 6 de la mañana del sábado 27.
Tocaron la puerta del departamento de Sergio.
Él abrió en pijama, sin camisa, descalzo.
No preguntó qué querían.
No se sorprendió, simplemente se hizo a un lado y dijo, “Pasen.
” Los peritos encontraron lo que buscaban en menos de 20 minutos.
La caja de zapatos en el closet con frascos etiquetados M01, T02, A03.
Residuos de metanol, tolueno, ácido clorídrico, el cuaderno negro en el cajón de la mesa del comedor, 14 nombres, 14 dibujos de tatuajes, 14 líneas rojas tachando cada nombre.
El último era el cachorro con su escorpión gigante.
La línea roja recién trazada el lunes 22 por la noche.
Ortega le leyó sus derechos mientras lo esposaban.
Sergio no dijo nada, solo pidió despertar a Daniela para explicarle que se iba.
Ortega negó con la cabeza.
Ella ya está despierta, señor Ruiz.
Ya sabe lo que pasa.
Sergio volteó hacia la recámara.
Daniela estaba parada en el marco de la puerta con su camisón arrugado, el cabello despeinado, los ojos hinchados pero secos.
Lo miró sin expresión.
No lloró, no habló, solo observó cómo se llevaban al hombre que había destruido 14 vidas intentando reparar la suya.
La PDI trasladó a Sergio al cerezo número tres de Ciudad Juárez.
Le tomaron fotografía de ingreso.
Placa negra con texto blanco.
Cerezo Chi Sergio Ruiz Montes 14HC 2021.
El número 14 por las víctimas, HC por homicidio calificado.
La imagen se filtró a la prensa esa misma tarde.
Para el domingo 28 de marzo, el rostro de Sergio Ruiz estaba en todos los noticieros.
El obrero sin tatuajes que había cazado sicarios marcados.
El químico de Juárez.
La noticia del arresto de Sergio Ruiz se expandió por Juárez como pólvora.
Los medios nacionales recogieron la historia.
Televisa, TV Azteca, Milenio.
Todos querían entrevistas, declaraciones, detalles del caso.
La Fiscalía General del Estado organizó una conferencia de prensa oficial el lunes 29 de marzo.
Presentaron las evidencias: los frascos de químicos, el cuaderno negro con los 14 nombres y dibujos de tatuajes, fotografías forenses de las víctimas mostrando sus marcas distintivas.
El fiscal a cargo, un hombre de 50 años llamado Ramírez con traje gris y corbata azul, explicó la cronología completa.
14 homicidios premeditados ejecutados entre junio de 2020 y marzo de 2021.
Método: Envenenamiento con químicos industriales desviados de una maquiladora.
Motivación: Venganza por la violación de su pareja sentimental.
Caso archivado por falta de evidencia en 2020.
El señor Ruiz tomó la justicia en sus propias manos.
Asesinó sistemáticamente a 14 personas.
Esto no es justicia, es venganza criminal.
Pero la opinión pública no lo veía así.
En redes sociales, miles de comentarios defendían a Sergio.
El sistema lo abandonó.
¿Qué esperaban que hiciera? Esos sicarios merecían morir.
En las calles de Juárez, en las taquerías, en los camiones, la gente hablaba del caso con fascinación y simpatía.
Para muchos, Sergio no era un asesino.
Era el hombre que había hecho lo que la fiscalía no quiso hacer.
El caso generó debate nacional.
Programas de televisión invitaron a criminólogos, psicólogos, abogados.
Todos discutían el mismo dilema.
¿Hasta dónde es válido buscar justicia cuando el sistema falla? Algunos argumentaban que Sergio era víctima de un colapso institucional.
Otros insistían que había cruzado la línea irreversible del homicidio múltiple.
No había respuestas fáciles.
Mientras tanto, la investigación interna en Foxcon reveló cómo Sergio había desviado los químicos durante meses sin ser detectado.
Los controles de inventario eran laxos.
La supervisión deficiente.
La empresa implementó nuevos protocolos de seguridad, escáneres biométricos para acceso a almacenes químicos, inventarios diarios, cámaras de vigilancia, medidas que llegaban tarde para las 14 víctimas.
La fiscalía también reabrió el caso original de Daniela Vega.
El expediente archivado en 2020 fue revisado con lupa.
Tres funcionarios de la fiscalía fueron suspendidos por negligencia grave.
Se admitió públicamente que el caso había sido mal manejado, que había existido presión indebida para no investigar a sicarios protegidos, que Daniela y Sergio habían sido abandonados por el sistema que debía protegerlos.
En el cerezo, Sergio fue colocado en celda de máxima seguridad por su propia protección.
La línea tenía presencia dentro de la prisión.
Varios internos vinculados al cártel juraron venganza, pero curiosamente muchos otros reclusos lo respetaban.
Lo llamaban el químico, con tono de admiración.
En una prisión donde la violencia del narco había arruinado miles de vidas.
Un hombre que había eliminado 14 sicarios era visto como héroe improbable.
El juicio fue programado para septiembre de 2021.
Sergio rechazó declararse inocente.
Aceptó todos los cargos.
Su abogado defensor, un litigante experimentado asignado de oficio, argumentó estado de perturbación emocional y falla sistémica que había convertido a un ciudadano común en asesino.
Mi cliente buscó justicia por las vías legales durante meses.
El sistema lo ignoró.
Lo empujaron a esto.
La fiscalía presentó las 14 fotografías forenses.
Cada imagen mostraba la misma escena repetida.
Cuerpo cubierto con sábana blanca, peritos en trajesc procesando evidencias.
Recipientes de bebidas o comida como vectores del veneno.
Después, closeups de los tatuajes de cada víctima, escorpiones, calaveras, armas, el texto, la línea.
La presentación visual era devastadora.
demostraba que Sergio no había actuado por impulso.
Había casado sistemáticamente a sus objetivos por sus marcas corporales.
Daniela fue llamada a testificar.
Subió al estrado el tercer día del juicio.
Vestía blusa blanca sencilla, pantalón negro, cabello recogido.
Había perdido peso desde marzo.
Su voz era apenas audible.
Confirmó el ataque de febrero de 2020.
describió los 14 tatuajes con precisión.
Lloró al recordar cómo la fiscalía había archivado su caso.
Me sentí muerta en vida.
Sergio era lo único que me mantenía aquí.
Él solo quería que pagaran por lo que me hicieron.
El juez, un hombre de 60 años con experiencia en casos de crimen organizado, escuchó ambas partes durante dos semanas.
Su veredicto emitido el 20 de septiembre de 2021 reconocía la falla sistémica, pero condenaba los métodos de Sergio.
El colapso de nuestras instituciones es real.
La negligencia de la fiscalía es imperdonable, pero la venganza no puede sustituir a la justicia.
14 homicidios premeditados no pueden quedar impunes sin importar la motivación.
Sentencia.
35 años de prisión en el cerezo número 3 estatal de Chihuahua, sin posibilidad de reducción de condena durante los primeros 10 años.
Sergio escuchó la sentencia sin cambiar de expresión.
Cuando el juez preguntó si tenía algo que decir, Sergio habló por primera vez en el juicio.
No me arrepiento de eliminarlos.
Me arrepiento de no haber podido salvar a Daniela.
Los siguientes 3 años, Sergio Ruiz se adaptó a la vida carcelaria con la misma metodología que había aplicado a todo en su vida.
Rutina, disciplina, protocolos.
Le asignaron trabajo en la biblioteca del cerezo, organizando libros, ayudando a internos con trámites legales, manteniendo orden en el espacio.
Era trabajo tranquilo que le permitía evitar confrontaciones innecesarias.
La línea intentó llegar a él dos veces durante 2022.
La primera, un interno con tatuaje de escorpión en el cuello, lo amenazó en el patio.
Mataste a mi primo, el greñas.
Sergio no respondió, solo caminó hacia la zona donde los custodios tenían visibilidad directa.
La segunda.
Alguien intentó envenenar su comida usando el mismo método que él había empleado en las calles.
Ironía cruel.
Pero Sergio había desarrollado paranoia extrema respecto a lo que comía.
Solo consumía alimentos empacados que abría personalmente.
Sobrevivió.
Gradualmente la tensión disminuyó.
Los líderes de la línea dentro del penal calcularon que vengar a 14 sicarios muertos años atrás no valía el costo operativo.
Sergio no representaba amenaza para ellos ahí adentro.
Era solo un recluso más cumpliendo sentencia.
Lo dejaron en paz.
Él se volvió invisible de nuevo, como lo había sido en la maquiladora, como lo había sido durante su cacería.
Daniela lo visitó dos veces en 2022, abril y agosto.
Conversaciones breves, incómodas, llenas de silencios.
Ella había comenzado terapia intensiva, tomaba medicamentos diferentes, intentaba reconstruir su vida, pero la conexión entre ellos se había roto irreparablemente, no por falta de amor, por exceso de trauma.
Después de la visita de agosto, Daniela no volvió.
En enero de 2023, Sergio recibió una carta de Daniela, tres páginas escritas a mano.
Le explicaba que había tomado la decisión de emigrar a Estados Unidos a El paso con su hermana.
Necesitaba distancia de Juárez, de los recuerdos, de todo lo que había pasado.
No te culpo, Sergio.
Sé que hiciste lo que creías correcto, pero no puedo seguir atada a esto.
Necesito intentar vivir de nuevo.
La carta terminaba sin despedida formal.
Solo su nombre, Daniela.
Sergio leyó la carta 10 veces, luego la guardó entre las páginas de un libro de química que había solicitado de la biblioteca.
escribió una respuesta esa misma noche, una sola página.
No me arrepiento de eliminarlos.
Me arrepiento de perderte a ti.
Eres lo único bueno que tuve en mi vida.
Espero que encuentres paz.
Yo ya no la busco.
Envió la carta.
Nunca recibió respuesta.
En marzo de 2023, Daniela cruzó el puente internacional hacia el paso.
Llevaba dos maletas con toda su vida.
había cambiado legalmente su nombre.
Ya no era Daniela Vega, era alguien nuevo, alguien sin historia en Juárez.
Consiguió trabajo en un hospital de El Paso como asistente médica.
Empezó de cero.
Nunca volvió a mirar atrás hacia las luces nocturnas de la ciudad que había destruido su vida.
El departamento en la colonia Insurgentes, donde Sergio y Daniela habían sido felices, quedó abandonado.
Los familiares de Sergio, primos lejanos que apenas lo conocían, vaciaron el lugar meses después vendieron los muebles, tiraron la ropa, pero nadie quiso abrir el cajón del buró donde estaba el anillo de compromiso.
Quedó ahí envuelto en papel de China rojo, testigo silencioso de planes que nunca se cumplieron.
Dentro del cerezo, Sergio desarrolló una reputación extraña.
No era respetado por violencia, era respetado por inteligencia.
Otros internos le pedían ayuda con sus casos legales.
Le preguntaban cómo escribir cartas a jueces, cómo entender documentos oficiales, cómo calcular tiempos de sentencia.
Él ayudaba sin pedir nada a cambio.
Era su forma de mantenerse ocupado, de no pensar demasiado en lo que había perdido.
Para 2024, Sergio Ruiz tenía 39 años.
Su cabello comenzaba a mostrar canas en las cienes.
Su rostro había endurecido con la vida carcelaria, pero sus ojos seguían siendo los mismos, cansados, contenidos, sin arrepentimiento visible.
Pasaba sus días entre libros de la biblioteca, conversaciones breves con otros internos, noches en su celda mirando el techo de concreto.
Hoy en 2024, Sergio Ruiz Montes cumple el cuarto año de una sentencia de 35, celda 14B del cerezo número 3 de Ciudad Juárez.
La numeración no fue coincidencia.
14 víctimas.
Bloque B de máxima seguridad.
Espacio de 3 m por2, litera metálica, inodoro de acero, ventana pequeña con vista a un muro de concreto.
No hay fotografías en las paredes, no hay recuerdos visibles del exterior, solo libros apilados en el piso y un calendario donde tacha sin propósito.
Claro.
La rutina carcelaria es rígida.
Despierta a las 6 de la mañana con sirena electrónica.
Desayuno en el comedor común a las 7.
Pan dulce, café aguado, frijoles refritos.
Trabajo en la biblioteca de 9 a 3 de la tarde, organizando estantes, registrando préstamos de libros, ayudando a internos que apenas saben leer.
Comida a las 3:30, tiempo libre en el patio hasta las 6, cena a las 7.
Encierro en celda a las 8, luces apagadas a las 10.
Entre los reclusos, Sergio mantiene perfil bajo.
No forma parte de grupos, no se involucra en negocios internos del penal.
No habla de su caso.
Cuando alguien nuevo pregunta quién es, los veteranos responden con respeto contenido.
Ese es el químico, el que mató a 14 sicarios de la línea con veneno.
No lo molestes.
Y nadie lo molesta.
Hay un código tácito de respeto hacia quien eliminó a miembros del cártel, incluso entre aquellos que trabajan para organizaciones similares.
La biblioteca donde trabaja es pequeña.
Tres estantes con libros donados por organizaciones civiles, novelas viejas, manuales técnicos, textos religiosos.
Un ejemplar desgastado de un manual de química básica que Sergio lee y relee como si fuera literatura.
A veces, cuando está solo organizando libros, piensa en cómo podría extraer compuestos de productos de limpieza del penal, viejos hábitos mentales, pero nunca actúa en esos pensamientos.
Ya no tiene objetivos, ya no tiene propósito.
Las visitas se detuvieron completamente después de la carta de Daniela en 2023.
Su madre había muerto años antes.
No tenía hermanos.
Los primos que vaciaron su departamento nunca intentaron contactarlo.
Manuel, el vago, su antiguo informante, fue asesinado en agosto de 2022.
Alguien conectó los puntos, descubrió que había pasado información.
Apareció en un terreno valdío con señales de tortura.
Sergio se enteró por los periódicos que circulan en el penal.
No sintió nada, solo reconocimiento frío de que otro cabo suelto había sido eliminado.
En abril de 2024, un periodista de Milenio solicitó entrevista con Sergio.
La dirección del cerezo aprobó.
El periodista, un hombre de 40 años con grabadora y cuaderno, le hizo preguntas directas.
¿Se arrepiente? Sergio negó con la cabeza.
No de eliminarlos, solo de no haber salvado a Daniela.
Lo volvería a hacer.
Sergio reflexionó largo rato antes de responder.
El sistema nos abandonó.
Yo hice lo que pude con las herramientas que tenía.
Si eso me convierte en asesino ante la ley, acepto la etiqueta.
Pero esos 14 hombres destruyeron vidas sin consecuencias durante años.
Yo les di una.
La entrevista se publicó en junio.
Generó debate renovado en redes sociales.
Las opiniones seguían divididas.
Algunos lo veían como monstruo que se había convertido en aquello que combatía.
Otros lo consideraban producto inevitable de un sistema judicial corrupto e ineficiente.
La verdad, como siempre, existía en algún punto intermedio que nadie podía definir con precisión.
Las autoridades de Juárez implementaron cambios después del caso.
La Fiscalía General del Estado reestructuró su departamento de delitos sexuales.
Contrataron más personal.
Mejoraron protocolos de seguimiento.
3 años tarde para Daniela y Sergio, pero potencialmente útil para futuras víctimas.
En las maquiladoras, los controles de químicos se endurecieron significativamente.
Inventarios digitales, accesos biométricos, cámaras en almacenes.
El legado involuntario de un obrero que convirtió materiales industriales en armas letales.
Sergio cumplirá 69 años cuando termine su sentencia en 2056.
Si vive tanto tiempo.
Estadísticamente es improbable.
La esperanza de vida en prisiones mexicanas es baja.
Violencia, enfermedades, negligencia médica.
Pero por ahora, a sus 39 años sobrevive día a día con la misma metodología que aplicó a todo en su vida.
Un día a la vez, un protocolo a la vez, sin planes, sin futuro, solo presente continuo en Zelda 14B.
El cuaderno negro donde tachó 14 nombres fue confiscado como evidencia.
Permanece en un archivo de la fiscalía clasificado como expediente HC 2021014.
Las fotografías forenses de las 14 escenas procesadas también están archivadas.
Todas muestran el mismo patrón.
Sábana blanca cubriendo cuerpo, peritos en trajes blancos, recipientes marcados como evidencia, tatuajes documentados con precisión clínica.
Son testimonios visuales de una cacería sistemática que duró 9 meses y cambió la narrativa del crimen en Juárez.
Daniela Vega, ahora con nombre diferente, trabaja en un hospital de El Paso.
Tiene apartamento pequeño, paga sus cuentas, asiste a terapia cada semana.
A veces, cuando maneja de regreso del trabajo y ve las luces de Juárez al otro lado del río, siente algo que ya no puede nombrar.
No es nostalgia, no es dolor, es ausencia.
El vacío donde alguna vez existió una vida completa que fue destruida en 48 horas y nunca pudo reconstruirse, ni siquiera con 14 venganzas ejecutadas con precisión química.
La historia de Sergio Ruiz y Daniela Vega es sobre muchas cosas.
sobre el colapso de instituciones que deberían proteger a los ciudadanos, sobre los límites difusos entre justicia y venganza, sobre cómo un hombre común puede convertirse en algo irreconocible cuando el sistema que debe sostenerlo simplemente desaparece.
No hay lección moral clara, no hay redención, solo consecuencias que se expanden como ondas en agua, tocando vidas que nunca se conocieron, dejando cicatrices que nunca sanan completamente.
Sergio Ruiz eliminó a 14 sicarios con conocimiento de maquiladora y frialdad quirúrgica, un hombre sin tatuajes que casó a hombres marcados por sus crímenes.
Pero la justicia que buscaba nunca llegó, ni para Daniela.
ni para él.
Los 14 expedientes forenses, idénticos en su frialdad clínica, cuentan la historia de un sistema que falló y de un hombre que decidió escribir su propia sentencia en líneas rojas sobre nombres dibujados en un cuaderno negro.
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