Yo soy Diego Martín, tengo 19 años y lo que voy a contarles sucedió hace apenas 6 meses.

Sé que suena increíble, sé que muchos no me creerán, pero juro por lo más sagrado que cada palabra de esto es verdad.
Tengo la prueba en mi teléfono, un vídeo que ha sido analizado por expertos de tres países diferentes y ninguno ha podido explicar lo que aparece en esos 47 segundos de grabación.
Todo comenzó cuando mi abuela materna, que siempre ha sido muy devota, me habló por primera vez de Carlo Acutis.
Yo no era exactamente un chico religioso.
Iba a misa los domingos porque mi familia me obligaba, pero mi mente estaba siempre en mi teléfono, en los videojuegos, en mis amigos.
La fe era algo que pertenecía al mundo de mis abuelos, no al mío.
Pero mi abuela insistía, me mostraba vídeos en YouTube, me contaba historias de este chico italiano que había muerto con 15 años y que amaba la tecnología tanto como yo.
Decía que Carlo era el santo de los jóvenes de nuestra generación, el patrono de internet.
Al principio lo ignoré completamente, pero ella seguía enviándome artículos, fotos, enlaces.
me hablaba de cómo Carlo había creado una página web catalogando milagros eucarísticos por todo el mundo, cómo usaba la programación y el diseño para evangelizar, cómo su lema era la Eucaristía es mi autopista al cielo honestamente, me parecía raro que un adolescente de mi edad estuviera tan obsesionado con la religión.
Yo apenas podía concentrarme en mis estudios, mucho menos en crear sitios web sobre la fe.
Pero hubo algo que me llamó la atención.
Carlo había sido beatificado en octubre de 2020 y su cuerpo, increíblemente conservado, estaba expuesto en Asís, Italia.
Mi abuela me mostró fotos del santuario y no sé por qué, pero algo en esas imágenes me inquietó.
No era miedo exactamente, era más bien curiosidad.
Este chico había sido como yo.
Había vivido en la era digital, había jugado videojuegos, había tenido amigos y ahora estaba ahí en una urna de cristal y miles de personas viajaban desde todos los rincones del mundo para verlo.
Cuando cumplí 19 años en marzo, mi abuela me hizo un regalo inusual.
En lugar de dinero o algún gadget tecnológico, me regaló un viaje.
Un viaje a Italia, específicamente a Asís, para visitar el santuario de Carlo Acutis.
Al principio pensé que era una broma, pero ella estaba completamente seria.
Ya había comprado los boletos de avión, había reservado un hotel pequeño cerca de la basílica y me dijo que este viaje cambiaría mi vida.
Yo me reí nerviosamente, pero en el fondo una parte de mí sentía curiosidad genuina.
Acepté ir principalmente porque nunca había salido de España y la idea de conocer Italia me emocionaba, no tanto por el aspecto religioso, sino por la aventura en sí.
Mi abuela no podía viajar por su salud, así que fui solo.
Algo que me ponía nervioso, pero también me hacía sentir adulto e independiente.
El vuelo de Madrid a Roma fue mi primera experiencia real viajando solo.
Luego tomé un tren hasta Asís y durante todo ese trayecto miraba por la ventana los campos italianos, las colinas verdes, los pueblitos antiguos y sentía una extraña mezcla de emoción y ansiedad.
Llegué a Asís un jueves por la tarde.
La ciudad es pequeña, medieval, construida sobre una colina con calles de piedra estrechas y edificios de color crema que parecen sacados de otra época.
El aire olía diferente, más limpio, con un toque de flores y de historia antigua.
Me registré en el hotel, dejé mi mochila y decidí dar un paseo para orientarme.
No quería ir directo al santuario ese mismo día.
Necesitaba adaptarme, respirar el ambiente, prepararme mentalmente.
Caminé por las calles empedradas, pasé por tiendas de souvenirs que vendían rosarios, estatuas de San Francisco, postales de Carlo Acutis.
Entré en una pequeña tratoría y pedí pasta carbonara.
El dueño, un italiano mayor con bigote gris, me preguntó en un español entrecortado si estaba de peregrinación.
Le dije que sí, que venía a ver a Carlo Acutis.
Sus ojos se iluminaron y me dijo que muchos jóvenes estaban viniendo ahora, que Carlo estaba haciendo algo especial con las nuevas generaciones.
No supe que responder, así que solo asentí y seguí comiendo.
Esa noche, en mi habitación del hotel, busqué en internet más información sobre Carlo.
Leí su biografía completa.
Vi documentales en YouTube.
Escuché testimonios de personas que afirmaban haber recibido milagros por su intersión.
Había casos médicos documentados, curaciones inexplicables, historias de conversiones profundas.
Algunos vídeos mostraban el santuario, la urna de cristal donde descansaba su cuerpo, la gente arrodillada rezando frente a él.
Una chica de Brasil lloraba en un testimonio diciendo que Carlo le había salvado la vida.
Un padre italiano contaba que su hijo había despertado de un coma después de rezarle al beato.
Me quedé dormido tarde con el teléfono aún en la mano viendo un último vídeo sobre su vida.
Soñé esa noche, aunque no recuerdo exactamente qué, solo que había imágenes de luz y una sensación de paz que no había experimentado antes.
Desperté temprano con los primeros rayos de sol entrando por la ventana.
Era viernes y había decidido que ese sería el día de mi visita al santuario.
Después de un desayuno rápido de café y corneto en un bar cercano, caminé hacia el santuario de la despojación, donde originalmente estaba expuesto el cuerpo de Carlos.
Pero al llegar, un cartel indicaba que ahora se encontraba en el santuario de Santa María Mayore, también en Asís.
Tuve que reorientar mi camino siguiendo las indicaciones y preguntando a algunos locales que amablemente me guiaron.
La iglesia de Santa María Mayore es antigua, con una fachada románica austera, pero hermosa.
Llegué alrededor de las 10 de la mañana.
Había algunas personas entrando y saliendo, pero no era una multitud.
Respiré profundo y crucé la puerta.
El interior era más amplio de lo que esperaba, con techos altos, columnas de piedra y una luz ténue ventanas laterales.
El aire estaba fresco y olía a incienso y velas.
Caminé lentamente por el pasillo central.
Mis pasos resonando suavemente en el silencio sagrado del lugar.
Al fondo, a la derecha del altar, vi un área especial iluminada con luces suaves.
Era allí donde estaba la urna de Carlo Acutis.
Me acerqué con reverencia, no tanto por devoción religiosa, sino por respeto al lugar y a las personas que estaban allí rezando.
La urna era de cristal transparente, elevada sobre una base de mármol blanco.
Dentro el cuerpo de Carlo estaba vestido con jeans, sudadera y zapatillas Nike, exactamente como le gustaba vestir en vida.
Su rostro estaba sereno, los ojos cerrados, las manos juntas en oración.
Sobre su cabeza había una corona de flores frescas.
Alrededor de la urna había velas encendidas, flores y pequeñas notas de papel con peticiones escritas a mano.
Me quedé allí parado, observando.
No sabía qué sentir.
No era exactamente con moción emocional, pero tampoco indiferencia.
Era más bien una curiosidad intensa, casi científica.
Miré a mi alrededor y vi a una mujer mayor arrodillada llorando suavemente mientras rezaba el rosario.
Un grupo de adolescentes, probablemente de mi edad, tomaban fotos discretamente con sus teléfonos.
Un sacerdote pasó cerca, me sonrió amablemente y siguió su camino.
Saqué mi teléfono del bolsillo.
No sé exactamente por qué lo hice.
Quizás quería documentar el momento, enviárselo a mi abuela, tener un recuerdo visual de este viaje.
Abrí la aplicación de la cámara y comencé a grabar un vídeo.
No tenía un plan específico, solo quería capturar el ambiente, la urna, el contexto.
Sostuve el teléfono horizontalmente y moví lentamente la cámara desde la izquierda hacia la derecha, enfocando primero las velas, luego la urna de cristal con el cuerpo de Carlo y finalmente el altar al fondo.
Estaba grabando en silencio, tratando de no molestar a las personas que rezaban.
El vídeo llevaba unos 20 segundos cuando algo extraño sucedió.
En la pantalla de mi teléfono, mientras enfocaba directamente la urna, apareció una luz.
No era el reflejo típico de una vela o de la iluminación artificial del santuario.
Era una luz diferente, más brillante, casi pulsante, que parecía emanar directamente desde dentro de la urna o justo encima de ella.
Al principio pensé que era un problema técnico de mi cámara, un fallo del sensor o un reflejo del cristal.
Moví ligeramente el teléfono para cambiar el ángulo, pero la luz seguía allí, ahora más intensa.
Era de un color blanco dorado, difícil de describir con precisión.
No era segadora, pero era imposible no notarla.
Miré con mis propios ojos, sin la pantalla del teléfono, hacia la urna.
Todo parecía normal.
Las velas ardían suavemente, la iluminación era la misma.
No había nada fuera de lo común visible.
A simple vista volví a mirar la pantalla de mi teléfono.
La luz seguía allí, ahora formando algo parecido a una figura.
Aunque no estaba completamente definida.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
Mis manos empezaron a temblar ligeramente, pero mantuve el teléfono firme siguiendo grabando.
La luz pulsaba con un ritmo suave, como si respirara.
Y entonces, durante un breve momento de aproximadamente tres o cu segundos, la figura se definió más claramente.
Parecía la silueta de una persona joven de pie junto a la urna, con los brazos ligeramente extendidos.
Paralicé completamente.
No podía apartar la vista de la pantalla.
La figura no tenía rasgos faciales distinguibles.
Era más bien una forma hecha de luz pura.
Pero había algo en su postura, en su presencia que transmitía una paz profunda.
No sentí miedo, lo cual es extraño considerando lo inexplicable de la situación.
Sentí más bien asombro, perplejidad y una sensación abrumadora de que estaba presenciando algo que no debería ser posible según las leyes naturales que conocía.
Continué grabando.
Aunque mi mente estaba en un estado de shock, la figura luminosa permaneció visible en la pantalla durante unos segundos más.
Luego comenzó a desvanecerse gradualmente, como si se disolviera en el aire.
La luz se atenuó, se fragmentó en pequeñas partículas brillantes que flotaron hacia arriba y desaparecieron.
Todo el evento, desde que la luz apareció hasta que desapareció, duró aproximadamente 47 segundos según la duración del vídeo.
Cuando finalmente dejé de grabar, mis manos temblaban visiblemente.
Miré nuevamente hacia la urna con mis propios ojos.
Todo estaba exactamente igual que antes.
Las velas, las flores, el cuerpo sereno de Carlo.
Ninguna luz extraña, ninguna figura, nada fuera de lo común.
Miré a mi alrededor para ver si alguien más había notado algo, pero las personas presentes continuaban con sus oraciones completamente ajenas a lo que yo acababa de experimentar a través de mi teléfono.
Retrocedí unos pasos y me senté en uno de los bancos de madera.
Necesitaba procesar lo que acababa de suceder.
Abrí la galería de mi teléfono y reproduje el vídeo.
Allí estaba grabado en alta definición, la luz, la figura, todo exactamente como lo había visto en la pantalla mientras grababa.
No era mi imaginación, no era un efecto visual momentáneo, estaba ahí permanente, indiscutible en el archivo de vídeo.
Reproduje el vídeo tres veces más, cada vez más confundido y asombrado.
Intenté encontrar una explicación lógica.
Quizás era un reflejo complejo del cristal de la urna combinado con la iluminación del lugar.
Quizás había una ventana en algún lugar que proyectaba luz solar de manera extraña.
Quizás mi cámara tenía un defecto técnico, pero ninguna de estas explicaciones encajaba con lo que había grabado.
La luz tenía una cualidad que desafiaba todas las explicaciones racionales que intentaba formular.
Me quedé allí sentado durante casi una hora alternando entre mirar el vídeo y mirar la urna real.
Finalmente me acerqué nuevamente e intenté grabar otro vídeo desde exactamente el mismo ángulo, con la misma posición tratando de replicar las condiciones.
Grabé durante un minuto completo.
Nada.
El vídeo mostraba exactamente lo que veía con mis ojos.
La urna, las velas, el contexto normal del santuario.
Ninguna luz extraña, ninguna figura, nada.
Salí del santuario en un estado de aturdimiento.
El sol brillaba afuera.
La vida continuaba normalmente en las calles de Asís.
Turistas paseaban, niños corrían, vendedores ofrecían sus productos, pero yo sentía que acababa de cruzar una frontera invisible entre lo ordinario y lo extraordinario.
Caminé sin rumbo fijo durante un rato tratando de ordenar mis pensamientos.
Esa tarde, en mi habitación del hotel, revisé el vídeo docenas de veces.
Lo pausé en cada frame, lo analicé segundo por segundo.
La luz aparecía en el segundo 22, se intensificaba hasta el segundo 35, formaba la figura entre los segundos 36 y 40 y comenzaba a desvanecerse hasta desaparecer completamente en el segundo 47.
Era consistente, no fluctuaba de manera aleatoria, había una progresión lógica en su aparición y desaparición.
Decidí no enviar el vídeo a nadie todavía.
Necesitaba entender primero qué era lo que había capturado.
Busqué en internet casos similares, testimonios de personas que hubieran grabado fenómenos inexplicables en lugares sagrados.
Encontré muchas historias, pero la mayoría eran claramente falsos, efectos editados o explicables mediante trucos de luz y sombra.
Lo que yo había grabado era diferente.
No había tenido tiempo ni conocimiento para editar nada.
Y la calidad de la luz, su comportamiento, su forma no se parecía a ninguno de los casos que encontré en línea.
Al día siguiente, sábado, regresé al santuario.
Hablé con el párroco, un sacerdote italiano de unos 60 años llamado padre Giuseppe.
Le expliqué en mi español entrecortado, mezclado con algunas palabras en italiano e inglés lo que había sucedido.
Le mostré el vídeo.
esperaba escepticismo, quizás incluso que me pidiera que me fuera, pero su reacción fue sorprendentemente calmada.
Observó el vídeo dos veces en silencio, con expresión seria y concentrada.
Cuando terminó de verlo, me miró fijamente y me dijo en un italiano lento para que pudiera entender, “Muchas personas han reportado experiencias inusuales en presencia del beato Carlo.
No todas son verificables, pero algunas son verdaderamente desconcertantes.
La Iglesia es cautelosa con estos fenómenos, no los confirma ni los niega inmediatamente.
Lo que has grabado es ciertamente extraordinario.
Te recomendaría que lo compartas con personas de confianza, quizás expertos que puedan analizarlo técnicamente.
Me sugirió contactar con un grupo de investigación de fenómenos religiosos vinculado a la Universidad Gregoriana en Roma.
Me dio un correo electrónico y me animó a enviar el vídeo para un análisis profesional.
También me advirtió sobre la posibilidad de que muchas personas no creyeran, que me acusaran de fraude y que debía estar preparado para enfrentar escepticismo y críticas.
Regresé a España al día siguiente, el domingo.
Durante el vuelo de regreso, no pude dejar de pensar en todo lo sucedido.
Había ido a Asís como un favor a mi abuela, sin expectativas reales, y estaba regresando con un vídeo que desafiaba mi comprensión de la realidad.
¿Qué era esa luz? ¿Qué era esa figura? ¿Por qué solo era visible a través de la cámara de mi teléfono y no a simple vista? Cuando llegué a casa, mi abuela me recibió con un abrazo largo y me preguntó cómo había sido el viaje.
Le mostré el vídeo.
Ella lloró, no de tristeza, sino de emoción pura.
Me dijo que Carlo me había elegido, que había querido mostrarme algo, darme un mensaje.
Yo no estaba tan seguro de esa interpretación, pero no podía negar que algo profundamente inusual había ocurrido.
Seguí el consejo del padre Yusepe y envié el vídeo al grupo de investigación en Roma.
También lo compartí con un amigo de la familia que era ingeniero en telecomunicaciones, especializado en análisis de imagen y vídeo.
Quería una opinión técnica, alguien que pudiera decirme si había una explicación científica para lo que había capturado.
La respuesta del ingeniero llegó dos semanas después.
Había analizado el vídeo frame por frame utilizando software especializado.
Su conclusión fue desconcertante.
No hay evidencia de manipulación digital, no hay capas añadidas.
No hay efectos de postproducción.
El vídeo es original y no ha sido editado.
La fuente de luz que aparece no corresponde a ninguna de las fuentes de iluminación presentes en la escena.
Su comportamiento no es consistente con reflejos de cristal ni con pareidolia óptica.
La intensidad lumínica y el espectro de color son anómalos.
No puedo ofrecer una explicación técnica satisfactoria para lo que aparece en este vídeo.
Esa respuesta me dejó aún más perplejo.
Si un ingeniero especializado no podía explicarlo, ¿qué era entonces? El grupo de investigación de Roma me contactó un mes después.
habían revisado el material y querían entrevistarme personalmente.
Viajé a Roma en junio, tres meses después de mi visita inicial a Asís.
Me reuní con un equipo compuesto por un teólogo, un físico y un psicólogo especializado en experiencias religiosas extraordinarias.
La entrevista duró más de 3 horas.
Me hicieron preguntas exhaustivas sobre mi estado mental antes, durante y después de la grabación.
Querían saber si había consumido alguna sustancia, si tenía historial de alucinaciones, si había razones para fabricar el vídeo.
Les respondí con total honestidad.
No había consumido nada, no tenía historial psiquiátrico y no tenía ninguna motivación para crear un engaño.
De hecho, la experiencia me había causado más confusión que beneficio.
El físico del equipo analizó el vídeo con equipamiento técnico avanzado.
Confirmó lo que el ingeniero había dicho.
No había manipulación digital, pero fue más allá.
Explicó que la luz en el vídeo tenía características que no correspondían con ninguna fuente de luz conocida.
Su temperatura de color era inconsistente con leds, velas o luz solar refractada.
La forma en que aparecía y desaparecía no seguía patrones de difusión lumínica normales.
Su conclusión técnica fue fenómeno lumínico de origen no determinado.
El teólogo fue más cauto.
Me explicó que la Iglesia Católica tiene procesos muy rigurosos para evaluar posibles milagros o fenómenos sobrenaturales.
Requieren múltiples testimonios, análisis científicos exhaustivos y descarte de todas las explicaciones naturales posibles.
me dijo que mi vídeo era interesante y digno de atención, pero que no podían hacer declaraciones oficiales basándose en un solo incidente.
Sin embargo, añadió que en la historia de la Iglesia había múltiples casos documentados de fenómenos lumínicos inexplicables asociados con santos y lugares sagrados.
El psicólogo evaluó mi estado mental y concluyó que no mostraba signos de engaño, delirio o trastornos perceptivos.
Mi testimonio era consistente, mi comportamiento era coherente y no parecía buscar atención o beneficio personal de la experiencia.
Su diagnóstico fue que había experimentado algo genuinamente anómalo, cuya naturaleza exacta permanecía indeterminada.
Mientras todo esto sucedía, tomé la decisión de compartir el vídeo en redes sociales.
Lo subí a mi cuenta de Instagram con una descripción simple.
Grabé esto en el santuario de Carlo Acutis en Asís.
No tengo explicación para lo que aparece en el vídeo.
Es real, no está editado.
Si alguien puede explicarlo, por favor háganmelo saber.
El vídeo se volvió viral en cuestión de días.
Recibí miles de comentarios.
Algunos creían que era un milagro genuino, una señal de Carlo Acutis.
Otros me acusaban de fraude, de usar efectos especiales, de buscar fama.
Expertos en efectos visuales analizaron el vídeo públicamente y algunos dijeron que no encontraban evidencia de manipulación, mientras otros insistían en que debía ser un truco elaborado.
Canales de YouTube dedicados a fenómenos paranormales y religiosos empezaron a discutir mi caso.
Un escéptico prominente, un físico español que se dedica a desmentir fenómenos paranormales, me contactó pidiendo permiso para analizar el vídeo.
Le di acceso al archivo original Sin comprimir, directo de mi teléfono.
Dos semanas después, publicó un vídeo en su canal admitiendo que no había encontrado evidencia de falsificación digital, pero que insistía en que debía haber una explicación natural que simplemente no habíamos descubierto aún.
Su posición era que lo inexplicable no es lo mismo que lo sobrenatural y que eventualmente la ciencia encontraría una respuesta.
Respeto esa posición.
Yo mismo no estoy completamente seguro de qué pensar.
No me considero una persona especialmente religiosa, aunque después de esta experiencia mi perspectiva sobre la fe ha cambiado significativamente.
No puedo afirmar con certeza que lo que grabé fue una manifestación sobrenatural de Carlo Acutis o algún fenómeno místico, pero tampoco puedo negar que capturé algo que nadie hasta el día de hoy ha podido explicar satisfactoriamente.
Han pasado 6 meses desde ese viernes en Asís.
El vídeo ha sido visto por millones de personas en todo el mundo.
ha sido analizado por docenas de expertos de diferentes campos: física, óptica, tecnología, teología, psicología.
Algunos lo consideran una de las evidencias más convincentes de fenómenos anómalos en contextos religiosos.
Otros mantienen su escepticismo y argumentan que eventualmente se encontrará una explicación mundana.
La Iglesia Católica no ha hecho ninguna declaración oficial sobre mi vídeo.
Mantienen su postura tradicional de cautela y prudencia.
El padre Yuspe me escribió hace un mes diciéndome que, independientemente de la naturaleza del fenómeno, mi experiencia ha llevado a muchas personas a interesarse por Carlo Acutis y a reflexionar sobre su propia fe.
Eso, me dijo, es valioso en sí mismo.
Mi vida ha cambiado de maneras que nunca anticipé.
Recibo mensajes diarios de personas de todo el mundo compartiendo sus propias experiencias, pidiendo consejos o simplemente agradeciéndome por compartir mi historia.
He sido invitado a conferencias sobre fenómenos religiosos, a programas de televisión, a podcasts.
Algunos me tratan como un testigo privilegiado de lo divino, otros como un ingenuo que fue víctima de una ilusión óptica compleja.
Lo que sí sé con certeza es esto.
El vídeo es real, no está manipulado y muestra algo que nadie ha podido explicar completamente.
Cada experto que lo ha analizado ha llegado a la misma conclusión técnica.
No hay evidencia de fraude, no hay explicación natural clara y el fenómeno permanece en el ámbito de lo inexplicable.
Regresé a Así hace dos meses.
Volví al mismo santuario.
Me paré en el mismo lugar donde grabé el vídeo original.
Esta vez llevé una cámara profesional, además de mi teléfono.
Grabé durante 20 minutos desde diferentes ángulos.
No apareció nada inusual.
Todo fue completamente normal.
Eso me hizo pensar que quizás lo que capturé aquel día fue un evento único, irrepetible, un momento singular en el tiempo y el espacio.
Hablé nuevamente con el padre Yuspe.
Me dijo algo que me quedó grabado.
Los misterios existen para recordarnos que no lo sabemos todo, que el universo es más complejo y maravilloso de lo que nuestras mentes pueden comprender completamente.
Tu vídeo, explique lo que explique.
Cumple esa función.
nos recuerda la humildad ante lo desconocido.
Hay teorías científicas que algunos han propuesto.
Un físico cuántico sugirió que podría relacionarse con fenómenos de coherencia cuántica en sistemas biológicos, aunque admitió que era altamente especulativo.
Un investigador de óptica propuso que podría ser un efecto de interferencia al lumínica extremadamente raro relacionado con las propiedades del cristal de la urna y condiciones atmosféricas específicas.
Un neurocientífico planteó la posibilidad de que fuera una forma de pareidolia tecnológica, donde el cerebro humano y los sensores de la cámara interactúan de manera impredecible.
Pero ninguna de estas teorías ha sido verificada o ha ganado consenso científico.
Lo que me fascina es la reacción de la gente joven.
Miles de adolescentes y veañeros me han escrito diciendo que mi vídeo les hizo interesarse por Carlo Acutis por primera vez.
Muchos han viajado a Asís después de ver mi historia.
Algunos me han enviado sus propias fotos y vídeos del santuario, aunque ninguno ha capturado nada similar a lo que yo grabé.
Hay algo profundamente conmovedor en saber que esta experiencia inexplicable ha inspirado a otros a buscar, a cuestionar, a abrirse a posibilidades más allá de lo material.
Mi abuela dice que Carlo eligió a alguien de mi generación precisamente porque somos la generación del escepticismo digital.
Estamos acostumbrados a detectar deep fakes, a desconfiar de las imágenes en línea, a cuestionar todo.
Que alguien como yo, un chico normal, sin agenda religiosa particular, capturara algo así tiene más peso que si viniera de un devoto o un místico.
No sé si tiene razón, pero es una perspectiva interesante.
He aprendido a vivir con la incertidumbre.
No tengo una respuesta definitiva sobre qué fue lo que grabé ese día en Asís.
No sé si fue un milagro, un fenómeno natural extremadamente raro, una anomalía tecnológica o algo completamente diferente que aún no tenemos las herramientas conceptuales para entender.
Y curiosamente he llegado a estar en paz con esa falta de certeza.
Lo que sí cambió es mi relación con la fe.
No me convertí en un católico devoto de la noche a la mañana, pero ahora tengo una apertura que antes no existía.
Leo sobre Carlo Acutis con genuino interés.
Entiendo por qué mi abuela estaba tan emocionada por su historia.
Un chico de mi edad que usó la tecnología no como distracción, sino como herramienta para algo más grande que él mismo.
Eso resuena conmigo.
El vídeo sigue en mi teléfono, por supuesto, pero también ha sido archivado en varios lugares.
El Vaticano tiene una copia para sus archivos de fenómenos religiosos, aunque sin pronunciamiento oficial.
Universidades en tres países lo tienen en sus bases de datos de casos sin resolver.
Permanecerá, imagino, como uno de esos misterios que la humanidad colecciona a lo largo de su historia, recordándonos que por mucho que avancemos en ciencia y tecnología, todavía hay cosas que escapan a nuestra comprensión completa.
Hace una semana recibí un mensaje de una chica de Argentina.
me contó que había visto mi vídeo.
Viajó a Asís, visitó el santuario de Carlo y allí experimentó una conversión profunda que cambió su vida.
No vio ninguna luz ni grabó nada inusual, pero dijo que mi historia la inspiró a estar abierta a lo trascendente.
Leyendo su mensaje, sentí que independientemente de qué sea exactamente lo que capturé en esos 47 segundos, ha tenido un efecto positivo en la vida de personas reales.
El aniversario de mi grabación será dentro de unos meses.
He pensado en regresar a Así ese día exacto, a la misma hora, para ver si sucede algo.
Parte de mí tiene curiosidad científica.
quiere verificar si hay alguna condición reproducible.
Otra parte de mí siente que no importa, que lo que sucedió aquel día fue un regalo único que no necesita repetirse para ser valioso.
Mientras tanto, continúo mi vida normal, estudio, veo a mis amigos, juego videojuegos, uso las redes sociales, pero ahora cuando paso frente a una iglesia a veces entro.
Me siento en silencio durante unos minutos.
No siempre rezo formalmente, pero hay una especie de conversación interna, un reconocimiento de que hay dimensiones de la realidad que apenas estamos empezando a comprender.
Carlo Acutis murió de leucemia a los 15 años, pero su influencia continúa creciendo cada día.
Hay algo poderoso en su historia, en su forma de integrar fe y modernidad, espiritualidad y tecnología.
Cuando miro el vídeo que grabé, me pregunto si él de alguna manera quiso mostrarnos que lo invisible puede hacerse visible, que lo espiritual puede interactuar con lo tecnológico de maneras que desafían nuestras categorías habituales.
No tengo todas las respuestas, probablemente nunca las tendré, pero tengo 47 segundos de vídeo que nadie ha podido explicar satisfactoriamente.
Tengo el testimonio de expertos de múltiples disciplinas, confirmando que no hay fraude ni manipulación.
Y tengo la experiencia personal de haber estado presente cuando algo verdaderamente extraordinario ocurrió.
Algunos días me siento abrumado por la atención y las expectativas.
Otros días me siento privilegiado de haber sido testigo de algo tan único.
La mayoría de los días simplemente soy Diego, un chico de 19 años tratando de entender su lugar en un universo mucho más misterioso de lo que pensaba.
El vídeo está disponible en línea para quien quiera verlo.
No cobro por compartirlo, no lo he monetizado, no busco beneficio económico.
Está ahí como testimonio abierto para que cada persona llegue a sus propias conclusiones.
Científicos, creyentes, escépticos, curiosos, todos son bienvenidos a analizar, cuestionar, reflexionar.
Lo único que pido es honestidad intelectual.
No aceptes mi historia ciegamente solo porque quieres creer en milagros.
Pero tampoco la rechaces automáticamente solo porque desafía tu visión del mundo.
Mira el vídeo, considera la evidencia, escucha a los expertos y luego decide por ti mismo qué pensar.
Yo grabé algo junto a la tumba de Carlo Acutis que nadie ha podido explicar.
Eso es un hecho verificable.
¿Qué significa ese algo? ¿Cuál es su naturaleza última? ¿Qué implicaciones tiene para nuestra comprensión de la realidad? Esas son preguntas que permanecen abiertas.
Y quizás, solo quizás esa apertura, esa invitación al misterio es exactamente el mensaje.
Si esta historia despertó tu curiosidad sobre Carlo Acutis y los misterios que rodean su legado, te invito a que explores más sobre este joven beato que sigue impactando vidas en la era digital.
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