
“Yo estoy en shock”.
Así comenzó Alejandra Rubio su explicación, con una mezcla de sorpresa y hastío, al verse envuelta en una polémica que, según ella, nunca debió existir.
En las últimas horas, las redes ardían comentando un detalle aparentemente insignificante pero cargado de simbolismo en la era digital: Carlo Costanzia Diostigliole, su suegro, había dejado de seguirla a ella y a su hijo en Instagram.
O al menos, eso parecía.
El revuelo fue inmediato.
En un contexto donde cada “follow” y cada “unfollow” se interpretan como mensajes cifrados, el gesto fue leído por muchos como una señal de distanciamiento familiar.
Algunos hablaron de tensiones ocultas, otros de enfados no resueltos y no faltaron quienes aprovecharon para alimentar el eterno relato de conflictos internos.
Todo ello, además, coincidía con un momento especialmente delicado y observado en la familia: la mejora visible de la relación entre Carlo Costanzia y su madre, Mar Flores.
Madre e hijo habían compartido recientemente varios vídeos del rodaje del programa “Comasters”, mostrando una complicidad que no pasó desapercibida.
Sonrisas, bromas y una conexión que contrastaba con épocas pasadas más frías.
Para muchos, esa cercanía reavivada con Mar Flores podía haber provocado un desequilibrio en otras relaciones familiares.
El cóctel estaba servido.

Sin embargo, Alejandra decidió cortar de raíz las especulaciones.
Lo hizo desde el plató de “Vamos a ver”, aprovechando que ella misma estaba presente y que el tema se había convertido en uno de los protagonistas de la tertulia.
Su tono fue claro, casi didáctico, como quien intenta explicar algo obvio que ha sido exagerado hasta el absurdo.
“He hablado con mi suegro y es una tontería”, aseguró sin rodeos.
Según explicó, en ningún momento dejaron de seguirse conscientemente ni existió ningún problema entre ellos.
La relación, insistió, sigue siendo muy buena.
El origen del caos no fue emocional ni familiar, sino puramente técnico.
Instagram, ese universo que parece controlarlo todo pero que a veces falla de manera inexplicable, fue el verdadero protagonista.
Alejandra relató que su suegro estaba teniendo diversos problemas con la aplicación.
No solo con ellos, sino con más amigos.
Perfiles que aparecían y desaparecían, seguidores que se eliminaban solos y una sensación general de desconcierto.
“A mí me salía su perfil y a él el mío”, explicó, dejando claro que la confusión era mutua.
La situación llegó a ser tan surrealista que Carlo decidió borrar directamente su cuenta.
No por enfado, no por drama, sino por pura incomprensión ante lo que Alejandra describió con ironía como un “suceso paranormal”.
Lejos de alimentar el misterio, Rubio quiso insistir en un detalle importante: ella no es de lanzar mensajes indirectos ni de utilizar las redes como campo de batalla.
“Si pasara algo, desde luego yo no dejo de seguir a nadie”, afirmó con rotundidad.
Una frase que sonó casi como una declaración de principios.
Para ella, los conflictos se hablan, no se gestionan a golpe de clic.
También quiso aclarar otro punto clave que suele pasar desapercibido en estas polémicas digitales: Instagram elimina seguidores de forma automática en algunas ocasiones.
Una explicación poco glamurosa, pero mucho más realista que cualquier teoría conspirativa.
El problema es que, en un entorno hiperexpuesto, la lógica suele perder frente al espectáculo.

Con estas palabras, Alejandra intentó cerrar un episodio que demuestra hasta qué punto la vida privada de los personajes públicos está sometida a un escrutinio constante.
Un simple fallo técnico puede convertirse en un supuesto drama familiar.
Un perfil borrado puede interpretarse como una declaración de guerra.
Y un silencio de horas basta para que las redes construyan un relato propio.
Lo cierto es que, según la versión de la protagonista, no hay grietas ni tensiones ocultas.
La relación entre Carlo Costanzia y su padre sigue intacta, al margen de la mejoría con su madre.
No hay bandos, no hay desplazamientos afectivos, solo una anécdota amplificada por el ruido digital.
Este episodio deja una reflexión clara: en la era de Instagram, no todo lo que parece un gesto lo es.
A veces, detrás de una polémica viral no hay más que un error técnico y muchas ganas de hablar.
Alejandra Rubio, con su explicación directa, ha querido apagar el incendio antes de que las llamas consuman algo que, según ella, nunca estuvo en peligro.