💥 Cintora activa la bomba del pasado y deja a Feijóo sin escapatoria: fotos en yates de narcos, hipocresía total y el PP celebrando detenciones que lo retratan 📸⚖️

Los ataques entre Sánchez y Feijóo en su último cara a cara - Noticias  Cuatro

La escena fue quirúrgica.

En pleno debate, cuando el PP y su entorno mediático festejaban la captura de Nicolás Maduro bajo la narrativa de “cómplice del narco”, Cintora puso el foco donde más duele: la coherencia.

O, mejor dicho, su ausencia.

Porque si la vara de medir es la cercanía, la amistad o las relaciones con figuras del narcotráfico, la historia reciente del PP no sale indemne.

Ahí apareció el nombre que Génova siempre intenta esquivar: Marcial Dorado.

No como rumor, no como insinuación, sino como un hecho que ya forma parte de la hemeroteca española.

Fotografías publicadas en 2013 mostraron a Alberto Núñez Feijóo compartiendo vacaciones y navegando en el yate de Dorado, un conocido contrabandista y narcotraficante gallego condenado posteriormente por la justicia.

Las imágenes fueron reales, públicas y verificadas.

Nadie las ha negado nunca.

Cintora no acusó a Feijóo de delitos.

No hizo falta.

Lo que hizo fue algo más devastador: recordar que esas imágenes existen y que fueron tomadas cuando Feijóo ya ocupaba responsabilidades políticas.

Recordar que el hoy líder del PP explicó entonces que desconocía a qué se dedicaba Dorado, una explicación que puede ser aceptada o cuestionada, pero que no borra las fotos ni la incomodidad política que generan.

Y ahí está el núcleo del golpe.

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Porque el PP celebra ahora que Trump capture a dirigentes extranjeros bajo acusaciones de vínculos con el narcotráfico, sin juicio internacional, sin garantías, sin respeto al derecho internacional.

Pero ese mismo criterio, llevado al extremo que aplauden, se vuelve contra ellos como un espejo cruel.

Si la cercanía es suficiente para legitimar una operación, ¿qué hacemos con el pasado que incomoda en casa?

Cintora lo formuló con ironía afilada.

Cuidado con aplaudir precedentes, vino a decir, porque mañana el argumento puede volverse contra ti.

No es una amenaza, es una advertencia política.

Cuando normalizas que una potencia extranjera actúe como juez y policía del mundo, nadie queda a salvo del doble rasero.

La humillación fue mayor cuando el foco se amplió.

Porque no solo Feijóo quedó en evidencia.

José María Aznar, a través de FAES, publicó un durísimo editorial calificando la operación de Trump como una “suma torpeza” y alertando del riesgo de un nuevo colonialismo.

Aznar, el expresidente más beligerante del PP, desautorizando por escrito el entusiasmo trumpista de su propio partido.

La bofetada indirecta a Isabel Díaz Ayuso fue evidente.

Mientras FAES defendía la legalidad internacional y advertía de las consecuencias, Ayuso había declarado que “no hay que ponerse cursis con la legalidad”.

Dos visiones opuestas dentro del mismo espacio político.

Aznar apelando a normas y principios.

Ayuso despreciándolos como si fueran un estorbo.

La foto del PP fracturado quedó completa.

Y entonces llegó el dato que terminó de hundir el relato: Marine Le Pen, líder de la ultraderecha francesa, fue más crítica con Trump que la dirección del PP español.

Le Pen calificó la operación de inaceptable desde el punto de vista del derecho internacional.

La paradoja fue demoledora.

El PP, que se presenta como derecha moderada y europea, quedó situado a la derecha de la ultraderecha francesa en términos de respeto a las normas internacionales.

Cintora subrayó el absurdo con precisión.

No se trata de simpatías ideológicas, sino de coherencia mínima.

Le Pen defiende soberanía nacional y, por tanto, rechaza intervenciones externas.

El PP, en su obsesión por desgastar al Gobierno español, aplaude cualquier movimiento de Trump, incluso cuando dinamita los principios que dice defender.

La comparación con Irak apareció inevitablemente.

Ayer fueron las armas de destrucción masiva que nunca existieron.

Hoy es el narcotráfico.

Mañana será cualquier excusa útil.

El patrón es conocido: justificar intervenciones con grandes palabras para ocultar intereses estratégicos, especialmente energéticos.

Trump lo ha dicho sin rubor en múltiples ocasiones: petróleo.

No democracia.

No derechos humanos.

Petróleo.

Y en medio de ese escenario, el PP decide celebrar.

Decide mirar hacia otro lado.

Decide ignorar que su propio líder arrastra un pasado políticamente incómodo que, sin necesidad de condenas judiciales, plantea preguntas legítimas sobre criterio, entorno y responsabilidades.

Preguntas que Cintora volvió a poner sobre la mesa, sin adjetivos penales, pero con toda la fuerza de la memoria.

El resultado fue una imagen devastadora: un partido que aplaude detenciones por vínculos con narcos mientras esquiva explicar con claridad un pasado que nunca terminó de cerrar.

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Un partido al que Aznar corrige desde la derecha clásica y al que la ultraderecha europea deja en evidencia por su falta de principios.

No es una cuestión de izquierdas o derechas.

Es una cuestión de reglas.

De no cambiar de discurso según convenga.

De no señalar con el dedo fuera mientras escondes la mano dentro.

Porque la política puede sobrevivir a los errores del pasado, pero no a la hipocresía permanente.

Cintora no humilló a Feijóo inventando nada.

Lo hizo recordando.

Recordando fotos, editoriales, declaraciones y comparaciones imposibles de esquivar.

Y cuando la memoria entra en el debate, el ruido se apaga.

Quedan los hechos.

Y esos, por mucho que incomoden, no desaparecen.

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