
Todo empezó con una imagen.
Una fotografía de La Moncloa, el corazón institucional de España, publicada por Vito Quiles en redes sociales.
Una flecha señalando el edificio y un mensaje dirigido directamente a Donald Trump: “Estimado presidente Donald Trump, el nuestro duerme aquí.
El nuestro duerme aquí”.
No hay ironía posible.
No hay doble lectura.
Es una llamada directa a que un líder extranjero actúe contra el presidente del Gobierno español.
Ese gesto, por sí solo, ya cruzó una frontera peligrosa.
Pero no fue un hecho aislado.
Fran Rivera fue aún más explícito.
Mirando a cámara, señaló a España y dijo: “No pare ahora.
Mire para acá.
Aquí hay cosas que huelen a chamusquina”.
La traducción política es demoledora: no basta con intervenir fuera, hay que hacerlo aquí.
En casa.
En tu propio país.
El problema no es solo la gravedad de las palabras, sino la normalización de un discurso que hasta hace poco era impensable.
Pedir una intervención militar extranjera contra España no es una boutade, no es una provocación de tertulia.
Es, literalmente, lo que el Código Penal español define como traición.

Y aun así, lo dicen con una sonrisa, envueltos en banderas y discursos de falso patriotismo.
El escándalo creció cuando las nuevas generaciones del PP difundieron montajes de José Luis Rodríguez Zapatero vestido como Nicolás Maduro detenido, con un mensaje implícito evidente: ojalá Trump haga lo mismo aquí.
A eso se sumaron declaraciones como la de Elías Bendodo hablando de “las últimas Navidades de Pedro Sánchez en La Moncloa”, una frase que, en ese contexto, suena más a amenaza que a deseo electoral.
Todo encaja en lo que varios analistas han definido como “ingeniería del caos”.
Una estrategia en la que distintos perfiles lanzan mensajes extremos desde trincheras diferentes: unos piden invasiones, otros hacen montajes, otros sugieren salidas forzadas del poder.
El objetivo es uno solo: generar la sensación de que España es un desastre tan grande que cualquier cosa está justificada, incluso traicionar la soberanía nacional.
El zasca llegó en televisión, cuando ese discurso se enfrentó por fin a los datos.
Hugo Pereira, tertuliano habitual de la derecha, intentó repetir el relato clásico sobre Venezuela: que Hugo Chávez destruyó el país nacionalizando empresas y hundiendo una economía que antes era próspera.
Villarroya no tardó ni un segundo en desmontarlo.
Con datos de la ONU en la mano, recordó un hecho histórico incontestable: la gran nacionalización del petróleo venezolano no la hizo Chávez, sino Carlos Andrés Pérez en 1976, décadas antes.
Un dato documentado, público, imposible de negar.
Pereira intentó escapar, matizar, corregir, pero ya era tarde.
El bulo había quedado al descubierto.
Y no se quedó ahí.
Villarroya fue más allá y citó informes de Naciones Unidas que describen la Venezuela previa a Chávez como uno de los países con mayor analfabetismo, mayor mortalidad infantil y mayores niveles de pobreza de América Latina.
No era un paraíso destruido por el socialismo, era un país profundamente desigual.
Tras la llegada de Chávez, según esos mismos informes, se erradicó el analfabetismo y se implantó un sistema sanitario público y universal.
Datos incómodos que la derecha suele ocultar porque rompen su relato.
Eso no significa blanquear autoritarismos ni negar errores posteriores, pero sí desmontar una mentira repetida hasta el cansancio.
Porque una cosa es criticar con rigor y otra construir propaganda.
Y cuando el relato se basa en falsedades, todo lo demás se tambalea.
La pregunta clave es: ¿por qué Trump interviene? Y aquí el relato vuelve a caer.
No es por democracia.
Es por petróleo.
Trump lo ha dicho decenas de veces.
Petróleo, recursos, control económico.
Nunca derechos humanos.
Nunca libertades.
Venezuela posee las mayores reservas de crudo del mundo, y eso explica mucho más que cualquier discurso moral.
Y ahora viene lo verdaderamente obsceno: mientras se denuncia la intervención extranjera en otros países, se celebra y se pide exactamente lo mismo para España.
Personas que se envuelven en la bandera, que hablan de patriotismo, piden que una potencia extranjera viole la soberanía nacional y capture a un presidente elegido democráticamente.
Ese es el punto de no retorno.

Puedes odiar a Sánchez, puedes votar contra él, puedes criticarlo con dureza.
Lo que no puedes hacer es pedir que invadan tu país.
Eso no es libertad de expresión, es una ruptura total con los principios democráticos básicos.
El derecho internacional existe precisamente para proteger a países como España de la ley del más fuerte.
Si normalizamos que Trump invade donde quiere por recursos, mañana será China en Taiwán o Rusia ampliando sus fronteras.
Y España, sin ese marco legal, queda indefensa.
Celebrar ese caos es dispararse al pie como país.
Por eso el zasca ha sido tan brutal.
Porque no vino de un insulto, sino de los hechos.
De los datos.
De la lógica más elemental.
Patriotismo no es gritar “España” mientras señalas dónde bombardear.
Patriotismo es defender la soberanía, la democracia y las urnas, incluso cuando no te gusta el resultado.
Vito Quiles y Fran Rivera no fueron víctimas de una campaña.
Fueron víctimas de sus propias palabras.
Y esas palabras ya forman parte del registro público.
No se pueden borrar.
No se pueden matizar.
Quedan ahí como recordatorio de hasta dónde puede llegar el odio político cuando se pierde cualquier límite.