
Desde el inicio de la entrevista, Joe Rogan notó que algo era distinto.
Mel Gibson no llegó como el director veterano acostumbrado a esquivar preguntas incómodas.
Llegó como un hombre que ya no tenía nada que perder.
Su tono era sereno, pero cargado de una gravedad que se fue intensificando con cada minuto que pasaba.
Cuando Rogan preguntó por los obstáculos que enfrentó durante la producción de La Pasión de Cristo, Gibson hizo una pausa larga, incómoda, casi calculada.
Y entonces soltó la primera bomba: la oposición que enfrentó no fue solo comercial ni artística.
Fue organizada, sistemática y profundamente ideológica.
Según él, existía un rechazo real a que la crucifixión de Cristo fuera mostrada de manera directa, cruda y sin suavizar su impacto espiritual.
Gibson explicó que los grandes estudios no temían perder dinero.
Temían el efecto que la película podía tener en las personas.
Temían que una representación honesta de la Pasión despertara algo que no podían controlar.
Por eso, afirmó, tuvo que financiar la película completamente solo, arriesgando más de 30 millones de dólares de su propio bolsillo, enfrentando el aislamiento total de la industria.
Pero lo más perturbador llegó cuando comenzó a hablar de la secuela: La Resurrección de Cristo.
Gibson dejó claro que no se trata de una continuación convencional.
Para él, contar la resurrección de forma honesta implica mostrar lo que ocurrió más allá del mundo físico.
Habló abiertamente de reinos espirituales, de la caída de los ángeles, de una batalla invisible que se desarrolló durante esos tres días entre la crucifixión y la resurrección.
Joe Rogan, conocido por su interés en lo sobrenatural, se inclinó hacia adelante, visiblemente impactado.
Gibson no hablaba en metáforas.
Hablaba como alguien que cree haber visto y experimentado cosas que no encajan en la lógica tradicional.
Afirmó que durante el rodaje de La Pasión de Cristo ocurrieron eventos físicos sin explicación racional, situaciones documentadas que, según él, confirmaron que estaba lidiando con fuerzas reales.
La conversación tomó un giro aún más inquietante cuando Gibson habló de Jim Caviezel.
Reveló que el actor no solo interpretó a Jesús, sino que fue transformado por completo por esa experiencia.
Caviezel, según Gibson, todavía carga con secuelas físicas y espirituales de aquel rodaje.
Por eso dudó en regresar para la secuela.
No por la carrera, sino por el peso espiritual que sabía que volvería a enfrentar.
Gibson confirmó que usarán tecnología de rejuvenecimiento digital, pero dejó entrever algo más inquietante: afirmó que Caviezel parece no haber sido afectado por el paso del tiempo de la misma forma que otros actores.
Cuando Rogan le preguntó si creía que había algo sobrenatural en ello, Gibson fue tajante: no cree en coincidencias cuando se trata de este proyecto.
La entrevista también expuso un nuevo tipo de resistencia.
Ya no es abierta ni frontal.
Es silenciosa, sofisticada.
Locaciones que cancelan sin explicación, financiadores que desaparecen, consultores que dejan de responder llamadas.
Para Gibson, hay una voluntad organizada intentando impedir que esta historia sea contada.
Y paradójicamente, eso solo refuerza su convicción de que está haciendo lo correcto.
El momento más potente llegó cuando Rogan le preguntó directamente por su fe.
Gibson no dudó.

Se declaró profundamente cristiano, sin matices ni suavizaciones.
En una industria donde la fe suele ser vista como un estorbo, su afirmación cayó como un golpe seco en el estudio.
Pero nada preparó a la audiencia para el cierre.
En medio de la entrevista, Gibson recibió una llamada informándole que su casa estaba siendo evacuada por los incendios en Los Ángeles.
Su familia estaba a salvo, pero el impacto emocional fue evidente.
Al regresar al micrófono, conectó ese caos con el mensaje central de la entrevista.
Vivimos, dijo, tiempos apocalípticos.
El mundo arde literal y espiritualmente.
Y en ese contexto, afirmó que recibió hace años lo que solo puede describir como una visión: un tiempo de caos, pérdida de verdad y desesperación espiritual, y una película sobre la resurrección llegando exactamente cuando más se necesitaría.
Gibson aceptó que este proyecto podría costarle su carrera.
Y lo dijo con una calma inquietante.
Algunas cosas, aseguró, son más importantes que el dinero, la fama o la aceptación.
Si esta película logra devolver esperanza aunque sea a una sola persona, todo habrá valido la pena.
Cuando se levantó para irse, dejó una última frase que resonó como una advertencia: si perdemos la conexión con estas verdades fundamentales, no perderemos solo cultura o entretenimiento.
Perderemos nuestra humanidad.