
Para entender por qué Trump es percibido como un peligro global, hay que ir más allá de su personalidad histriónica.
Alejandro López lo deja claro desde el inicio: Trump no surge de la nada.
Es el resultado de décadas de intervencionismo, guerras fallidas y un sistema internacional que ya estaba resquebrajado antes de su llegada.
La diferencia es que él ha decidido dejar de fingir.
Durante años, las grandes potencias maquillaron sus intervenciones con discursos sobre democracia, derechos humanos o estabilidad internacional.
Irak, Afganistán, Libia.
Promesas de libertad que acabaron en ruinas.
Trump rompe con esa narrativa.
Ya no se molesta en inventar excusas.
Dice abiertamente que invade por recursos, por petróleo, por intereses estratégicos.
Y eso lo cambia todo.
Según López, el mundo ha entrado en una fase de competencia descarnada entre grandes potencias.
Un mundo multipolar que ofrece más opciones a países pequeños, pero también más inestabilidad, más conflictos y más zonas grises donde nadie responde ante nadie.
En ese escenario, Trump ha entendido que Estados Unidos ya no puede imponerse como antes en todos los frentes.
La solución no es retirarse del poder, sino ejercerlo de otra manera: marcar líneas rojas, imponer condiciones y castigar sin pedir permiso.
Venezuela se convierte así en un ejemplo inquietante.
No solo por la intervención militar, sino por el mensaje que envía al resto del planeta.
No hace falta ocupar un país durante veinte años.
Basta con un golpe quirúrgico, un secuestro simbólico, un castigo ejemplar.
Uno solo.

El resto entenderá el aviso.
Es la pedagogía del miedo aplicada a escala global.
Trump no oculta su desprecio por el derecho internacional.
Lo considera un obstáculo, no una norma.
Amenaza a Colombia, señala a Cuba, habla de Groenlandia como si fuera una mercancía y desprecia abiertamente la soberanía de otros países.
No es un error ni una improvisación.
Es una estrategia.
La ley del más fuerte, sin complejos.
Alejandro López insiste en algo clave: este comportamiento no termina con Trump.
El trumpismo es una corriente que ha llegado para quedarse.
Incluso cuando él se vaya, su legado seguirá influyendo en la política estadounidense y mundial.
Ha demostrado que se puede romper el consenso internacional sin pagar un precio inmediato.
Y eso abre una puerta peligrosa.
Europa, mientras tanto, aparece desorientada.
Según el análisis, la Unión Europea ha optado por el servilismo y la reacción tardía.
Grandes declaraciones, poca acción.
Dependencia militar, dependencia energética, dependencia estratégica.
Cuando Trump apunta a Europa, el miedo aflora.
Pero cuando apuntaba a Oriente Medio, África o América Latina, el silencio era la norma.
Esa doble moral ahora pasa factura.
La carrera armamentística es otro síntoma alarmante.
Estados Unidos incrementa su gasto militar de forma descomunal.
Rusia se rearma tras Ucrania.
China observa, acumula poder y espera su momento.
Países regionales hacen lo mismo.
Incluso Europa, tradicionalmente reacia al militarismo, acepta que el gasto en defensa crecerá a costa del gasto social.
El mensaje es claro: la paz ya no se da por sentada.
Trump utiliza además una herramienta devastadora: la saturación informativa.
Marca la agenda lanzando anuncios extremos uno tras otro.
Antes de que el mundo reaccione a una amenaza, ya hay otra más grande ocupando titulares.
No es improvisación, es una técnica estudiada.
Confusión, ruido, desgaste del adversario.
¿Debe la ciudadanía tener miedo? Alejandro López responde sin rodeos: sí, la preocupación es legítima.
Especialmente en América Latina, donde muchos países vuelven a ser tratados como patios traseros.
Pero también en Europa, que descubre tarde que su seguridad depende de un aliado cada vez más imprevisible.
El peligro real no es solo Trump como individuo, sino el precedente que sienta.
Si no hay consecuencias, si todo se resuelve con cesiones, ¿por qué iba a detenerse? Cada concesión abre la puerta a la siguiente exigencia.
Hoy son aranceles, mañana regulación política, pasado soberanía.
Trump actúa como un empresario con posición dominante.
Usa su poder para forzar acuerdos que le benefician.
Llama a eso “paz mediante la fuerza”.
Pero, en realidad, es hegemonía mediante la intimidación.
Un modelo que puede resultar rentable a corto plazo, pero devastador a largo plazo.
El análisis concluye con una idea inquietante: estamos entrando en una era donde la fuerza vuelve a ser el principal argumento.
Donde el ejemplo sustituye a la ley.
Donde un solo castigo basta para disciplinar a muchos.
Un mundo más crudo, más inestable y más peligroso.
Trump no es una anomalía.
Es una señal.
Y entenderlo a tiempo puede ser la única forma de evitar que el futuro se escriba exclusivamente con la ley del más fuerte.