
Mike Marcum nunca fue un niño normal.
Mientras otros jugaban en los suburbios tranquilos de Missouri, él rebuscaba en desguaces, recolectando televisores rotos, radios viejas y bobinas oxidadas.
Para los demás era basura; para Mike, eran piezas de algo más grande.
Su habitación parecía un laboratorio improvisado, lleno de cables, chispas y aparatos incompletos.
Desde joven, estaba convencido de que la electricidad no era solo energía, sino algo casi vivo.
En sus veintes, esa curiosidad se transformó en obsesión.
Mike se dedicó a experimentar con arcos eléctricos, especialmente con un dispositivo conocido como la escalera de Jacob.
Durante una de sus pruebas, ocurrió algo que lo marcó para siempre: pequeños objetos parecieron desaparecer durante una fracción de segundo entre los arcos eléctricos.
Volvían casi de inmediato, pero el efecto fue suficiente para convencerlo de que había tocado algo prohibido.
El incidente lo llevó a llamar a un programa de radio nocturno.
Su voz, nerviosa pero excitada, describía objetos que se desvanecían.
Algunos oyentes lo alentaron; otros le rogaron que se detuviera.
Mike no escuchó a los cautelosos.
Aumentó la potencia, consiguió transformadores cada vez más grandes, incluso robó equipo eléctrico, provocando apagones que terminaron con él en la cárcel durante 60 días.
Ni siquiera allí dejó de dibujar esquemas.
De vuelta en casa, su garaje se transformó en un espacio inquietante: cables enredados, luces parpadeantes, bobinas zumbando día y noche.
Amigos que lo visitaban hablaban de una sensación opresiva, como si el lugar no debiera existir.
Mike aseguraba que la máquina había evolucionado.
Ya no veía simples chispas, sino un campo de energía ondulante, como aire doblándose sobre sí mismo.
Según su propio relato, los objetos ya no solo desaparecían: parecían desplazarse.
Para Mike, aquello no era teletransportación.

Estaba convencido de que estaba moviendo cosas a través del tiempo, aunque fueran apenas segundos.
La obsesión lo consumió.
Dormía poco, temblaba de agotamiento y comenzó a experimentar con animales.
Los resultados fueron aterradores: regresaban desorientados, enfermos, como si algo dentro de ellos se hubiera roto.
En 1996, Mike volvió a llamar al mismo programa de radio.
Pero ya no sonaba confiado.
Su voz era lenta, cautelosa, asustada.
Dijo que la máquina ya no se comportaba igual, que parecía reaccionar a su presencia, que los objetos se deformaban brevemente al desaparecer.
Aseguró que necesitaba una última prueba, más potencia, solo una más.
Prometió volver con respuestas en 1997.
Nunca lo hizo.
Semanas después, los vecinos notaron un olor fuerte a cables quemados.
Su casa estaba en llamas.
Los bomberos encontraron el garaje destruido, cobre derretido colgando del techo y un anillo carbonizado en el centro del suelo.
No había cuerpo.
Mike había desaparecido.
El único objeto intacto era un trozo de papel con un mensaje inquietante:
“No se trata del tiempo, se trata de cómo ves las cosas.”
Las autoridades hablaron de una sobrecarga eléctrica.
Pocos quedaron convencidos.
Foros y comunidades comenzaron a especular: ¿había muerto?, ¿había viajado en el tiempo?, ¿había sido borrado de la realidad?
Entonces surgió algo más extraño.
Un antiguo informe de 1930 hablaba de un hombre encontrado muerto en una playa de California, vestido con ropa que no coincidía con la época y portando un dispositivo metálico incomprensible.
Décadas después, usuarios de internet notaron similitudes inquietantes con Mike Marcum.
¿Había sido lanzado hacia atrás en el tiempo?
En 2006, un profesor recibió un correo anónimo con planos titulados “Marco de estabilización de vórtice, generación 3”.
El remitente: Mike.
El mensaje fue rastreado a una biblioteca pública en Hawái.
Nada más.
Y luego, en 2022, una caja apareció en el ático de una vieja granja en Ohio.
Llevaba un nombre descolorido: M.Marcum.

Dentro había diarios, circuitos y una fotografía Polaroid fechada en 2021.
En el reverso, una frase heladora: “Funcionó, pero no de la manera que pensé”.
Poco después, los dueños de la granja recibieron una llamada.
Una voz ronca afirmó ser Mike Marcum.
Cuando apareció, estaba envejecido, agotado, irreconocible.
No traía planos de una máquina del tiempo.
Traía algo peor: una confesión.
Mike aseguró que nunca viajó en el tiempo.
Dijo que el campo electromagnético de su máquina dañó su percepción interna del tiempo y la memoria.
Según él, no se movió a otro año… se desincronizó.
Mientras el mundo seguía igual, él dejó de coincidir con su flujo.
Peor aún, creía que cada experimento lo estaba borrando de la memoria de los demás.
“No desaparece el tiempo”, escribió.
“Desapareces tú.”
A la mañana siguiente, Mike se fue.
Nadie volvió a verlo.
La máquina nunca reapareció.
Lo único que quedó fue una leyenda inquietante: que hay cosas que la ciencia no rompe… sino que rompe a quienes intentan forzarlas.