
Agosto de 2025 marca un punto de quiebre.
Mel Gibson, con 69 años y una mirada que muchos describen como distinta, reaparece en entrevistas hablando de La Resurrección de Cristo, la secuela directa de La Pasión.
Pero no lo hace como un director promocionando un proyecto.
Habla como alguien que ha visto algo… y ha cargado ese peso durante años.
En una conversación que estremeció al mundo cristiano, Gibson resumió su visión con una frase inquietante: “Es un viaje de ácido.
Para contar la historia correctamente, tienes que empezar con la caída de los ángeles.
Necesitas ir al infierno”.
La película, cuyo rodaje comenzará en septiembre de 2025 en los estudios Cinecittà de Roma, no se limitará al momento glorioso de la tumba vacía.
Gibson pretende explorar el periodo más enigmático del cristianismo: los tres días entre la crucifixión y la resurrección.
Un intervalo mencionado en las Escrituras, pero raramente explicado.
¿Dónde estuvo Jesús? ¿Qué hizo? ¿A quién enfrentó?
Según fuentes cercanas a la producción, el guion se apoya no solo en los evangelios, sino también en textos apócrifos, escritos místicos cristianos, tradiciones judías sobre el Sheol y estudios profundos de escatología y angelología.
Gibson pasó más de siete años investigando este periodo, convencido de que allí se encuentra una verdad que el cine jamás ha tocado con honestidad brutal.
El proyecto será lanzado en dos partes.
La primera se estrenará el Viernes Santo de 2027; la segunda, exactamente 40 días después, coincidiendo con la Ascensión.
No es una estrategia comercial común.
Es una decisión simbólica, litúrgica, casi ritual.

Gibson quiere que el espectador viva la resurrección dentro del mismo marco temporal que la Iglesia ha respetado durante siglos.
Pero esta obsesión no surgió de la nada.
Para entenderla, hay que volver al origen.
A finales de los años 90, Mel Gibson estaba en la cima del mundo… y completamente roto por dentro.
Alcoholismo, depresión severa y pensamientos suicidas marcaron ese periodo.
Fue en ese abismo personal donde nació La Pasión de Cristo.
No como un proyecto rentable, sino como un acto desesperado de fe.
Gibson invirtió su propio dinero, rechazó a Hollywood y decidió filmar en lenguas antiguas, mostrando la crucifixión sin filtros ni concesiones.
El resultado fue histórico.
Más de 600 millones de dólares recaudados, iglesias enteras movilizadas, vidas transformadas.
Pero detrás de cámaras, algo más ocurrió.
Miembros del equipo relataron una atmósfera extraña durante el rodaje: fallos técnicos sin explicación, luces que parpadeaban, un silencio reverente inexplicable en escenas clave.
Jim Caviezel, el actor que interpretó a Jesús, sufrió hipotermia, descargas eléctricas y heridas reales durante la filmación.
El episodio más perturbador —nunca explicado públicamente— fue la aparición de una herida profunda en el costado de Caviezel, exactamente donde la tradición bíblica sitúa la lanzada del centurión romano.
No hubo objeto, no hubo accidente visible.
La herida sanó en días, sin cicatriz.
Para muchos, fue una coincidencia.
Para otros, una señal.
Tras el estreno, el precio fue alto.
Caviezel quedó prácticamente excluido de Hollywood.
Gibson, pocos años después, cayó en un escándalo que destruyó su reputación.
Algunos vieron karma.
Otros, una consecuencia espiritual.
El propio Gibson insinuó en entrevistas posteriores que “hay consecuencias cuando tocas algo sagrado”.
Ahora, dos décadas después, regresa con una ambición aún mayor.

La Resurrección de Cristo no solo mostrará el infierno, sino la derrota de la muerte.
Visualizará el descenso al Sheol, la proclamación a los espíritus aprisionados, la victoria sobre las tinieblas y el inicio de una nueva era espiritual.
Todo ello con una narrativa no lineal que conecta la rebelión de los ángeles con la resurrección y la muerte del último apóstol.
Gibson no busca agradar.
Él mismo lo ha dicho.
Esta película será confrontativa, incómoda y profundamente espiritual.
No una alegoría suave, sino una experiencia inmersiva que obligará al espectador a decidir si lo que ve es verdad… o una mentira imposible de ignorar.
“Nadie muere por una mentira”, insiste Gibson.
“Los apóstoles murieron por algo que vieron”.
En un mundo saturado de cinismo y vacío espiritual, la propuesta es explosiva.
Mostrar lo invisible.
Dar forma a lo que la fe siempre afirmó, pero el cine evitó.
Para algunos, será blasfemia.
Para otros, revelación.
Pero incluso sus críticos admiten algo inquietante: Mel Gibson no habla como alguien que inventa una historia.
Habla como alguien que regresó de un lugar del que no se vuelve igual.
Y quizás esa sea la verdadera pregunta que esta película plantea.
No si la resurrección ocurrió hace 2000 años, sino si sigue ocurriendo hoy, en cada vida transformada.
Cuando las luces del cine se apaguen en el Viernes Santo de 2027, no será solo una pantalla lo que el espectador enfrente.
Será un espejo.