
Agosto de 2025.
Mel Gibson reaparece en entrevistas con una intensidad que inquieta incluso a quienes lo han seguido durante décadas.
No es la energía de un director promocionando un proyecto.
Es la mirada de alguien que ha visto algo y entiende el peso de revelarlo.
En el podcast de Joe Rogan, Gibson dejó caer una frase que recorrió el mundo cristiano como una descarga eléctrica: “Es un viaje de ácido.
Nunca leí nada así.
Para contar esta historia correctamente, tienes que empezar con la caída de los ángeles.
Necesitas ir al infierno”.
No hablaba en metáforas.
Gibson confirmaba que La Resurrección de Cristo, secuela directa de La Pasión de Cristo, no se limitará a mostrar a Jesús saliendo del sepulcro.
La película explorará el sheol, el mundo de los muertos según la tradición judía, el descenso de Cristo al reino de las sombras y la derrota espiritual de la muerte misma.
Una narrativa que el cine nunca se atrevió a representar con esta crudeza.
El rodaje comenzará en septiembre de 2025 en los estudios Cinecittà de Roma.
Pero este proyecto no nació ahí.
Lleva gestándose desde 2016, cuando Gibson comprendió que no estaba preparado, no técnica ni financieramente, sino espiritualmente.
En esos años atravesó escándalos, adicciones, cancelación pública y un exilio silencioso de Hollywood.
Según él mismo admite, tuvo que descender a su propio infierno antes de intentar mostrar el descenso de Cristo.

Durante más de siete años, Gibson investigó textos apócrifos, escritos místicos, tratados de angelología, escatología y relatos de experiencias cercanas a la muerte.
Su obsesión se centró en los tres días entre la crucifixión y la resurrección.
¿Dónde estuvo Jesús? ¿Qué hizo realmente? ¿A quién enfrentó? ¿Y por qué los apóstoles estuvieron dispuestos a morir sin negar lo que afirmaban haber visto?
La respuesta de Gibson no será un sermón ni un documental.
Será una experiencia cinematográfica no lineal, que conectará la rebelión de los ángeles, el descenso al infierno, la resurrección y el destino final de los apóstoles.
Lionsgate confirmó que la película se estrenará en dos partes: la primera el Viernes Santo de 2027 y la segunda exactamente cuarenta días después, en la Ascensión.
Para Gibson no es marketing, es teología vivida en el tiempo.
Para entender esta obsesión, hay que volver al origen.
La Pasión de Cristo no fue solo una película.
Fue una confesión.
A finales de los años 90, Gibson estaba roto: alcoholismo, depresión y pensamientos suicidas.
Él mismo contó que, en su momento más oscuro, cayó de rodillas y clamó por ayuda.
De ese grito nació la idea de mostrar el sufrimiento de Cristo sin filtros, como un espejo brutal de su propia culpa.
Hollywood rechazó el proyecto.
Lenguas muertas, violencia explícita, actores desconocidos.
Gibson respondió financiando todo con su propio dinero.
Arriesgó su fortuna y su carrera.
El resultado fue una de las películas más taquilleras de la historia del cine independiente, pero también una experiencia que marcó a todos los involucrados.
Jim Caviezel aceptó interpretar a Jesús sabiendo que podía destruir su carrera.
Gibson se lo advirtió: “Nunca volverás a trabajar en esta ciudad”.
Caviezel respondió con una frase que definiría todo: “Todos tenemos que cargar nuestra cruz”.
Durante el rodaje, el actor soportó hipotermia, dislocaciones, enfermedades y una presión física y emocional extrema.
En el set de Matera, Italia, comenzaron a circular relatos inquietantes.
Equipos que fallaban sin explicación, sonidos captados de noche, una atmósfera que muchos describieron como densa, casi vigilante.
Gibson instauró oración diaria antes de cada jornada.
No como ritual vacío, sino como preparación para entrar en territorio sagrado.
El episodio más perturbador ocurrió durante una escena final.
Caviezel presentó una herida profunda en el costado, exactamente donde la tradición ubica la lanza romana.
No había objetos afilados cerca.
La herida sanó en días sin dejar cicatriz.
Médicos presentes documentaron el caso sin poder explicarlo.
Gibson ordenó sellar ese material.
Tras el estreno en 2004, el éxito fue arrollador.
Pero el precio llegó después.

Caviezel fue marginado de Hollywood.
Gibson cayó en escándalos públicos que destruyeron su reputación.
Ambos coinciden en algo: nunca fueron los mismos después de esa película.
Algo se abrió, algo se pagó.
Ahora, dos décadas después, Gibson regresa al mismo territorio, pero con una advertencia clara.
Esta película no busca agradar.
Busca confrontar.
Mostrar que los apóstoles no murieron por una mentira.
Que nadie acepta tortura y muerte por una fábula que inventó.
Murieron porque vieron algo que los transformó.
La Resurrección de Cristo mostrará el infierno como un reino real, no simbólico.
El descenso de Cristo como una invasión espiritual.
Y la resurrección no como un destello bonito, sino como una ruptura violenta del orden de la muerte.
Gibson sabe que tocar lo sagrado tiene consecuencias.
Pero insiste en que hay verdades que exigen ser contadas, aunque cuesten todo.
La pregunta ya no es qué mostrará la película.
La pregunta es qué hará cada espectador cuando se enfrente a ella.
Porque, según Gibson, la resurrección no es solo algo que ocurrió hace dos mil años.
Es algo que sigue ocurriendo en cada vida que pasa de la muerte a la vida.
Y esa verdad, dice él, nadie muere defendiéndola si no es real.