
Zapatero no levantó la voz.
No le hizo falta.
Cada frase iba acompañada de cifras, comparaciones históricas y hechos que resultaban imposibles de refutar.
Empezó por donde más duele: la economía.
Mientras la derecha repite como un mantra que España va camino del desastre, el expresidente recordó algo incómodo incluso para ellos.
José María Aznar, símbolo del PP, admitió recientemente que España no tiene un problema económico, sino político.
Esa frase fue la grieta por la que Zapatero coló todo su argumento.
A partir de ahí, la realidad se impuso con una contundencia incómoda.
España vive el mejor momento económico de su democracia.
Crece por encima de la media europea, bate récords de empleo con más personas trabajando que nunca y encadena cifras históricas en turismo, inversión y atracción de talento.
No es propaganda, son datos del INE, del Banco de España y de organismos internacionales.
Zapatero los fue enumerando uno a uno, como quien lee una sentencia.
Pero el golpe no fue solo económico.
Fue también social y territorial.
España vive sin terrorismo por primera vez en décadas.
ETA es historia.
No hay atentados, no hay miedo cotidiano, no hay funerales constantes.
Zapatero recordó que ese proceso empezó durante su mandato y hoy es una realidad consolidada.
Y Cataluña, el gran fantasma agitado por la derecha, atraviesa una calma que parecía impensable en 2017.
El president de la Generalitat celebrando la Constitución.
Algo que hace siete años habría parecido ciencia ficción.
Ese dato, aparentemente simbólico, fue uno de los más demoledores.
Porque desmonta años de discurso alarmista.
La política de diálogo, tan demonizada, ha producido resultados tangibles.
Menos tensión, menos confrontación, más estabilidad.
La derecha lo niega porque reconocerlo sería admitir que se equivocó.
Entonces llegó el momento más incómodo para Felipe González.
Zapatero reconoció su papel histórico sin rodeos: modernizó España, la europeizó y consolidó el Estado del bienestar.
Pero acto seguido lanzó la frase que lo cambió todo.
Dijo que es muy difícil que el Partido Socialista esté hoy “encariñado” con Felipe González.
No por lo que hizo, sino por lo que hace ahora.
Porque cada aparición pública de Felipe es un ataque directo a Pedro Sánchez, sin matices, sin tregua, sin respaldo en los datos.
Y ahí Zapatero fue letal.
Felipe sostiene que el Gobierno no redistribuye riqueza.
Zapatero respondió con el índice Gini: la desigualdad se ha reducido tres puntos desde que gobierna Sánchez.
Tres puntos.
Una cifra enorme en términos sociales.
Además, recordó que ningún presidente ha subido el salario mínimo como lo ha hecho el actual Gobierno.
Ni Felipe, ni Aznar, ni él mismo.
Nadie.
La frase que cayó como una losa fue esta: ojalá yo hubiera tenido ese desempeño económico.
Ojalá Aznar.
Ojalá Felipe González.

Dicho por otro expresidente socialista, eso no es una provocación, es una constatación histórica.
Los resultados de Sánchez superan a los de sus predecesores.
Y eso, para alguien como Felipe González, es una herida abierta.
Zapatero no se detuvo ahí.
Entró en el terreno judicial con una precisión quirúrgica.
Defendió el respeto a la justicia, pero separó claramente respeto de silencio.
Recordó que vivimos en un país con una libertad de expresión inédita, donde los medios critican al Gobierno a diario y donde incluso jueces se manifiestan en la calle contra leyes del Parlamento.
Si eso ocurre, preguntó implícitamente, ¿cómo puede hablarse de dictadura o censura?
Recordó también su propia experiencia.
Las campañas de bulos tras el 11M, las acusaciones infames de conspiración, de traición a las víctimas.
Mentiras que el tiempo desmontó.
Y ahí lanzó otra palabra durísima: miserables.
Miserable es no aceptar el resultado electoral con decencia.
Miserable es alimentar conspiraciones porque no se soporta perder.
Cuando el tema giró hacia Venezuela, Zapatero esquivó la trampa con inteligencia.
No aceptó el marco binario diseñado para hacerlo caer.
Su papel, explicó, ha sido evitar un conflicto civil, evitar sangre, mantener abierto un hilo de diálogo.
Lleva casi veinte años intentando impedir una tragedia mayor.
Y por eso lo atacan.
Porque hay quienes prefieren el conflicto permanente a la solución imperfecta.
El contraste con Eduardo Inda fue evidente sin necesidad de nombrarlo directamente.
Frente al ruido, Zapatero ofreció contexto.
Frente al grito, datos.

Frente al alineamiento acrítico con el trumpismo internacional, una defensa clara de la democracia, con sus defectos y sus equilibrios.
Lo que dejó claro Zapatero es que España no está en ruinas.
Al contrario.
Vive uno de los mejores momentos de su historia reciente.
Económicamente más fuerte, socialmente más cohesionada y territorialmente más estable que hace una década.
Y eso explica la furia de la derecha y la incomodidad de Felipe González.
Porque los datos no opinan.
Los datos no militan.
Los datos simplemente están ahí, desmontando relatos.
La imagen final es demoledora.
Un expresidente socialista defendiendo con cifras al Gobierno actual frente a los ataques de otro expresidente socialista alineado, de facto, con el discurso de la derecha.
La historia es irónica, casi trágica.
Felipe González, que fue símbolo de modernización, hoy aparece como un crítico incapaz de aceptar que su legado ha sido superado.
Zapatero no gritó.
No insultó.
No dramatizó.
Simplemente dejó que los números hablaran.
Y cuando los números hablan, el ruido se apaga.
Por eso esa entrevista ha dolido tanto.
Porque no se puede responder con tertulias a los hechos.
Porque no se puede tapar la realidad con nostalgia.
Porque, al final, la verdad siempre termina imponiéndose.