Óscar Puente rompe el silencio y lanza un contundente mensaje a Feijóo tras el escándalo con Aldama: ¿Qué está pasando realmente?
La inesperada aparición de Víctor de Aldama en una rueda de prensa política generó un gran revuelo.
Aldama, imputado en casos de corrupción relacionados con el ORME y el caso Hidrocarburos, irrumpió en un acto protagonizado por Leire Díz, una figura emergente del PSOE que anunciaba su baja del partido.
La intervención de Aldama no solo interrumpió el evento, sino que sirvió para lanzar un mensaje claro: pedir el voto para Feijóo y criticar duramente al gobierno de Pedro Sánchez.
Este gesto, lejos de ser espontáneo, fue interpretado como una maniobra calculada para generar impacto mediático y sembrar dudas sobre la legitimidad del ejecutivo socialista.

La presencia de un empresario con causas judiciales abiertas respaldando a la oposición en plena campaña electoral encendió las alarmas y generó una oleada de críticas, especialmente desde el PSOE.
Sin embargo, lo más sorprendente fue la reacción del propio Feijóo, quien no rechazó ni desmarcó públicamente el apoyo de Aldama.
Al contrario, aprovechó la ocasión para intensificar su ofensiva contra el gobierno, calificando la situación como una muestra de la “decadencia del PSOE”.
Esta actitud fue leída por muchos como una muestra de hipocresía y falta de coherencia, dado que el PP suele exigir responsabilidades en casos similares cuando afectan a sus adversarios.
Óscar Puente, alcalde de Valladolid y voz crítica del PSOE, no tardó en intervenir en redes sociales con un mensaje que rápidamente se volvió viral: “Pero a ver, Alberto, que Aldama ha salido pidiendo el voto para ti.”

Con esta frase sencilla pero demoledora, Puente desmontó el discurso de regeneración que el PP intenta proyectar y puso en evidencia la contradicción entre las palabras y los hechos.
La intervención de Puente fue celebrada incluso por sectores no afines al PSOE, ya que apelaba a un valor fundamental en política: la coherencia.
En un contexto donde la desconfianza hacia las élites políticas crece, señalar estas incoherencias se vuelve crucial para recuperar la credibilidad perdida.
El silencio posterior del PP ante la polémica solo profundizó la incomodidad.
No emitir un pronunciamiento claro ni distanciarse del empresario imputado fue interpretado como una estrategia de ambigüedad que perjudica la imagen del partido y alimenta las sospechas sobre su compromiso ético.

Además, la figura de Aldama pone sobre la mesa un fenómeno preocupante: la normalización de la presencia de personajes judicialmente cuestionados en la política.
Su irrupción en un acto público para hacer campaña informal evidencia cómo ciertos sectores del poder económico intentan influir en la esfera política mediante el escándalo y la teatralidad, sin asumir consecuencias.
La cobertura mediática también fue dispar.
Algunos medios afines al PP minimizaron la intervención de Aldama o desviaron el foco hacia las críticas internas del PSOE, mientras otros enfatizaron la gravedad del suceso.
Esta disparidad refleja cómo la información puede ser manipulada para favorecer intereses partidistas.
Desde Ferraz, el núcleo socialista aprovechó la oportunidad para denunciar la hipocresía del PP y reforzar su narrativa de que la derecha no representa un cambio real, sino una amenaza para el rigor democrático.
Calificaron a Aldama no como una víctima, sino como un imputado que pretende influir en la política desde las sombras.
En este contexto, la frase de Puente no solo fue un comentario irónico, sino un llamado a la responsabilidad y a la transparencia.
En política, los silencios hablan tanto como las palabras, y el silencio de Feijóo ante el apoyo de Aldama fue interpretado como una falta de límites éticos que socava su discurso de regeneración.
Este episodio también evidenció la fragilidad del relato del PP frente a una ciudadanía cada vez más exigente y crítica.

La doble vara de medir en la exigencia de responsabilidades políticas desgasta la confianza, especialmente entre votantes indecisos que valoran la coherencia como un elemento clave para depositar su confianza.
En definitiva, la polémica con Aldama y la respuesta de Óscar Puente reflejan una realidad incómoda para el Partido Popular: la dificultad de mantener un discurso ético coherente cuando se reciben apoyos de figuras judicialmente comprometidas.
La política española vive una batalla constante no solo de ideas, sino también de símbolos, y en esta ocasión el símbolo fue un empresario imputado convertido en portavoz improvisado de la derecha.
Para que el PP pueda consolidarse como una alternativa real, debe empezar por limpiar su entorno y establecer límites claros frente a quienes intentan usar su imagen para blanquearse.
Mientras tanto, voces como la de Puente seguirán recordando, con ironía pero con firmeza, que en política no basta con hablar de ética, hay que practicarla.

Este episodio pone en evidencia que la política necesita menos discursos teatrales y más responsabilidad.
El mensaje de Puente es un espejo incómodo para quienes pretenden liderar desde la contradicción y el silencio.
¿Podrá el PP superar esta crisis de credibilidad?
¿Qué papel jugarán los ciudadanos y los medios en exigir coherencia y transparencia?
Solo el tiempo y las próximas elecciones lo dirán.