Capítulo 2
Su traje no era nuevo. Las mangas le quedaban apenas cortas, dejando ver un centímetro más de muñeca de lo habitual. El nudo de la corbata estaba bien hecho, pero el tejido mostraba una pequeña arruga que no desaparecía.
En la mesa de la acusación, el fiscal David Langley revisaba sus papeles con movimientos amplios, casi teatrales. Cada vez que pasaba una hoja, el sonido seco del papel resonaba como una declaración anticipada de victoria.
El juez Leonard Whitmore se acomodó en su asiento elevado. El cuero de la silla chirrió suavemente bajo su peso. Se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo blanco y volvió a colocárselas con un gesto que parecía ensayado cientos de veces.
—Vamos a cerrar esto rápido —dijo, sin levantar mucho la voz—. Mi tiempo es valioso.
Algunas risas se deslizaron por la sala, tímidas pero suficientes para crear una corriente de aprobación. Langley sonrió sin mirar a nadie en particular.
Isen no levantó la cabeza.
Un alguacil caminó hacia el lateral de la sala. Sus pasos resonaron huecos contra el suelo de baldosas. Desde la última fila, una adolescente mordía la uña del pulgar, observando a Isen con los ojos abiertos, como si intentara descifrar un secreto.
El juez golpeó el mazo una vez. No muy fuerte. Solo lo suficiente para marcar el inicio.
—Procedamos.
Afuera
En la acera frente al edificio, la madre de Isen permanecía de pie con las manos dentro del abrigo. No entró al tribunal. Había intentado hacerlo, pero el aire dentro la había hecho sentir pequeña, y salió de nuevo antes de que empezara la audiencia.
Se llamaba Marlene Carter.
Miraba las escalinatas con la frente ligeramente fruncida. Cada vez que la puerta principal se abría, giraba la cabeza con rapidez, como si temiera que todo terminara antes de tiempo.
Un hombre vendía café en un carrito a unos metros. El vapor ascendía en pequeñas columnas blancas que se disolvían en el aire frío de la mañana. Marlene compró un vaso, lo sostuvo entre las manos, pero no bebió.
—¿Juicio importante? —preguntó el vendedor, sin dejar de preparar otra taza.
Marlene tardó unos segundos en responder.
—Para mí sí.
El hombre asintió como si entendiera perfectamente, aunque no hizo más preguntas.
Un grupo de estudiantes cruzó la calle riendo, cargando mochilas pesadas. Uno de ellos señaló el edificio del tribunal con curiosidad.
—Ahí condenan a la gente por tonterías —dijo uno.
—O la sueltan si tienen dinero —respondió otro.
Marlene apretó el vaso de café un poco más fuerte.
Dentro de la sala
—El acusado fue encontrado con el vehículo robado —anunció Langley, caminando con lentitud frente al jurado—. Sus huellas estaban en el volante. Intentó huir.
Hablaba como si narrara un hecho cotidiano, algo tan evidente que no merecía análisis. Cada palabra caía con seguridad.
En la primera fila del jurado, una mujer de cabello rizado inclinó la cabeza ligeramente. No fruncía el ceño; simplemente escuchaba.
Isen levantó la vista por primera vez cuando el fiscal terminó su exposición inicial. Sus ojos no buscaban aprobación. Se movían, calculando distancias: del estrado al jurado, del jurado al juez, del juez al reloj de pared.
El tic-tac era apenas audible, pero estaba allí.
—La defensa —indicó el juez.
La abogada asignada de oficio, una mujer de mediana edad con ojeras profundas, acomodó sus papeles. Miró a Isen, esperando un gesto.
Isen respiró una vez.
—Su señoría —dijo con voz firme—. Me representaré a mí mismo.
El murmullo fue inmediato, como un viento que atraviesa una habitación cerrada.
La abogada lo miró con sorpresa genuina.
—Señor Carter —dijo el juez, inclinándose hacia adelante—, ¿entiende las implicaciones de esa decisión?
—Sí, su señoría.
No había desafío en su tono. Tampoco sumisión. Solo claridad.
Langley soltó una pequeña risa nasal y cruzó los brazos.
—Esto va a ser interesante.
Isen dio un paso al frente. La suela de sus zapatos hizo un sonido seco sobre el suelo.
—Fiscal Langley —dijo, sin levantar la voz—. Usted afirmó que el oficial me vio conduciendo el vehículo.
—Correcto.
—¿Está presente ese oficial hoy?
Langley hojeó sus documentos sin verdadera necesidad.
—Su informe es suficiente.
Un hombre en el fondo de la sala dejó de tomar notas.
Isen inclinó la cabeza apenas un centímetro.
—¿Entonces no puede ser interrogado?
El silencio se hizo más compacto.
El juez observó al fiscal.
—El informe del oficial es evidencia válida —respondió Langley, esta vez más rígido.
Isen no replicó de inmediato. Caminó despacio hacia la mesa de la defensa, tocó el borde con la punta de los dedos, luego volvió al centro.
—Solicito los registros de GPS del coche patrulla en el momento de la persecución.
El ventilador del techo siguió girando.
Una mujer en el jurado intercambió una mirada rápida con el hombre a su lado.
Langley apretó la mandíbula.
—Sin objeciones —dijo finalmente.
El juez asintió.
—Se solicitarán los registros.
En el pasillo lateral
Un joven asistente del fiscal, recién graduado, permanecía apoyado contra la pared. Sostenía una carpeta azul contra el pecho.
Había preparado parte del caso. No el argumento central, pero sí algunos anexos. Cuando escuchó la solicitud del GPS, sus dedos se tensaron alrededor de la carpeta.
Recordó el momento en que el oficial entregó su informe. Había notado algo extraño en los tiempos registrados, pero no lo comentó. No era su lugar cuestionar.
Ahora, desde el pasillo, escuchaba los murmullos crecer.
Se enderezó y caminó hacia una pequeña oficina contigua. Cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido. Se sentó frente al escritorio vacío y apoyó la carpeta sobre la mesa.
La abrió.
Volvió a mirar las cifras.
Regreso al tribunal
El alguacil regresó con los documentos impresos. El papel aún estaba caliente.
El juez leyó en silencio. Sus ojos se movían más rápido de lo habitual.
Langley extendió la mano para recibir la copia.
La piel alrededor de sus labios perdió color poco a poco.
Isen permanecía inmóvil, pero su respiración se había vuelto más profunda.
—Fiscal —dijo el juez, levantando la vista—. ¿Quiere explicar la discrepancia?
El murmullo fue más fuerte esta vez.
Langley aclaró la garganta.
—Puede tratarse de un error técnico.
Isen inclinó ligeramente la cabeza.
—Tres kilómetros no son un error técnico.
Una risa breve escapó desde el fondo, inmediatamente reprimida por una mirada del alguacil.
El juez dejó los documentos sobre el estrado.
—Sin el testimonio del oficial presente, este punto queda debilitado.
Langley bajó la vista hacia la mesa.
Isen no celebró. No sonrió.
Se volvió hacia el jurado.
—Las huellas en el volante indican que toqué el coche. No indican que lo conduje.
Una mujer del jurado descruzó las piernas lentamente.
—Si toco esta mesa —continuó Isen, apoyando la palma sobre la superficie— y luego toco un libro, mis huellas pueden aparecer en ambos lugares.
El silencio era tan denso que el tic-tac del reloj se volvió evidente.
El juez observaba ahora a Isen con un gesto distinto. Ya no había desdén. Había atención.
En la cafetería del edificio
Dos empleados administrativos tomaban café junto a una ventana estrecha.
—¿Escuchaste lo que está pasando en la sala tres? —preguntó uno.
—Algo del GPS, ¿no?
—Ese chico está desarmando el caso.
La mujer dio un sorbo a su taza.
—Ojalá mi hermano hubiera tenido esa oportunidad.
No añadió nada más. Miró por la ventana hacia el estacionamiento.
De nuevo en la sala
—El tribunal desestima los cargos —dijo finalmente el juez.
El mazo golpeó la madera.
El sonido fue breve, pero definitivo.
Durante un segundo, nadie se movió.
Luego, el murmullo explotó.
Un periodista salió casi corriendo hacia la puerta. La adolescente de la última fila dejó de morderse la uña. La abogada de oficio recogió sus papeles con movimientos lentos, como si aún procesara lo ocurrido.
Isen cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, el juez lo observaba.
—Señor Carter —dijo, con voz más baja—. ¿Ha considerado estudiar derecho?
Langley levantó la mirada, sorprendido.
Isen sostuvo la mirada del juez unos segundos. No respondió.
Recogió su carpeta vacía.
Las escalinatas
La puerta se abrió y el ruido del exterior irrumpió en la sala.
Cámaras. Voces. Pasos apresurados.
Isen bajó los escalones sin apresurarse. El sol de la tarde le dio directamente en el rostro. Parpadeó.
—¡Isen! —gritó alguien.
—¿Cómo supo lo del GPS?
—¿Va a demandar al departamento de policía?
Las preguntas se superponían.
Al pie de las escalinatas, Marlene lo esperaba.
No sonreía.
Cuando él llegó frente a ella, el ruido parecía lejano.
—Casi me matas de preocupación —dijo, con voz firme.
Isen exhaló una risa breve.
—Ganamos.
Ella lo miró fijo.
—No se trataba de ganar.
El viento movió ligeramente su abrigo.
—Se trataba de que te escucharan.
Isen bajó la mirada un segundo.
Un reportero se acercó demasiado, pero el alguacil lo contuvo.
—¿Qué harás ahora? —preguntó Marlene.
Isen miró hacia la calle, donde los autos pasaban sin detenerse. Gente caminaba sin saber lo que acababa de ocurrir en esa sala.
—Volver a casa —dijo primero.
Luego añadió:
—Y mañana… estudiar.
Esa noche
En el apartamento pequeño al otro lado de la ciudad, la luz de la cocina permanecía encendida.
Marlene lavaba los platos con movimientos mecánicos. El agua golpeaba la loza con un sonido constante.
En la sala, el televisor transmitía un segmento breve sobre el juicio. La imagen de Isen aparecía en la pantalla, congelada en el momento en que hablaba ante el jurado.
—Un joven de diecinueve años se representó a sí mismo… —decía la voz del presentador.
Isen estaba sentado en el suelo, apoyado contra el sofá, con un libro abierto sobre las rodillas. No miraba la televisión.
Pasó una página lentamente.
En la habitación contigua, la vecina discutía por teléfono con alguien. Su voz atravesaba la pared delgada:
—No, no voy a firmar nada sin leerlo primero.
Isen levantó la vista hacia el techo por un momento, escuchando.
Luego volvió al libro.
No había celebración en el apartamento. No había música. Solo el sonido del agua, la televisión y las páginas al pasar.
En otra parte de la ciudad
El oficial cuyo informe había sido cuestionado estaba sentado en su coche patrulla, estacionado frente a una tienda cerrada.
Miraba el volante sin encender el motor.
Su compañero masticaba chicle en el asiento del pasajero.
—Te van a llamar para declarar —dijo el compañero finalmente.
El oficial no respondió.
Afuera, una pareja discutía en voz baja bajo la luz intermitente de un farol.
El oficial apoyó las manos en el volante. Observó sus propios dedos como si no los reconociera.
Medianoche
Isen seguía despierto.
La ciudad, vista desde la ventana de su habitación, parecía otra cosa: luces dispersas, sirenas lejanas, sombras moviéndose entre edificios.
Cerró el libro.
Apoyó la frente contra el vidrio frío.
En algún lugar, alguien estaba siendo detenido. En otro, alguien firmaba un documento sin entenderlo del todo. En una sala distinta, otro juez golpeaba otro mazo.
Isen no pensaba en cambiar el mundo.
Pensaba en el sonido de la madera cuando el mazo cayó.
Pensaba en la expresión del jurado cuando el silencio se volvió incómodo.
Pensaba en el asistente del fiscal, ese joven que evitaba mirarlo directamente.
Pensaba en el oficial mirando su volante en la oscuridad.
El apartamento crujió ligeramente cuando la calefacción se encendió.
Isen volvió a la sala y apagó la televisión. La pantalla quedó negra, reflejando su silueta por un instante.
Su madre ya se había ido a dormir.
Sobre la mesa del comedor había un sobre sin abrir, dirigido a Marlene. Facturas, probablemente.
Isen lo miró unos segundos.
No lo tocó.
Regresó a su habitación y dejó el libro sobre el escritorio. Encendió una lámpara pequeña y sacó una libreta.
Escribió una palabra en la primera página:
Evidencia.
Se quedó observándola.
Luego escribió otra:
Tiempo.
La tinta se extendió levemente sobre el papel.
En el edificio de enfrente, una mujer fumaba en el balcón, mirando hacia la calle. No sabía nada del juicio. No sabía nada de Isen. Solo exhalaba humo hacia la noche.
La ciudad seguía respirando.
Isen apoyó el bolígrafo.
No había prisa.
El reloj marcó la una de la mañana.
Y la noche continuó, lenta, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.