Capítulo I
La casa con el limonero
El hervidor empezó a silbar antes de que el sol terminara de subir por encima de los tejados. En la cocina, el vapor empañó el vidrio de la ventana y dibujó una nube blanquecina que ocultó el patio durante unos segundos. Marta retiró el hervidor del fuego con un gesto que había repetido miles de veces. El metal caliente dejó un círculo húmedo sobre la encimera.
En el patio, el limonero inclinaba sus ramas cargadas hacia la tierra reseca. Un par de hojas amarillas descansaban sobre el suelo de baldosas. A esa hora, el barrio aún bostezaba: una escoba raspaba la vereda en la casa de al lado, una radio murmuraba noticias lejanas, alguien tosía detrás de una pared demasiado delgada.
Marta vertió el agua sobre las hojas de té. La porcelana de la tetera tenía una grieta fina que avanzaba desde el asa hasta el borde. Cada vez que la miraba, pensaba en pegarla con cuidado, pero siempre lo olvidaba.
—Ya está el té —dijo sin alzar la voz.
En la sala, Ernesto doblaba con precisión el periódico. No contestó enseguida. Se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz y leyó una línea más antes de levantarse. Caminaba con pasos medidos, como si el piso pudiera quejarse.
Se sentó frente a la mesa pequeña junto a la ventana. Marta colocó dos tazas, un plato con galletas y el azucarero. El reloj de pared marcaba las siete y cuarto con un tic tac que parecía más fuerte en las mañanas.
Durante unos minutos solo se escuchó el roce de la cucharita contra la taza.
Marta sostuvo la taza con ambas manos, como si necesitara el calor. Miró el patio. Una hormiga arrastraba una miga de pan el doble de grande que ella.
—Voy a la casa de nuestro hijo —dijo al fin.
La cucharita de Ernesto quedó suspendida en el aire.
—No volveré para la cena. ¿Puedes cocinar para ti?
Él la miró como si hubiera oído mal. Sus ojos, siempre un poco acuosos, se entrecerraron.
—¿Por qué vas a la casa de nuestro hijo?
Marta no apartó la vista del patio.
—He ahorrado algo de dinero —respondió suavemente—. Quiero dárselo a nuestros hijos y a sus familias. La vida en la ciudad es difícil y quiero aliviar un poco su carga.
El silencio se espesó. Ernesto dejó la cucharita sobre el plato. Se limpió los labios con la servilleta.
—No estoy de acuerdo —dijo con firmeza.
Marta inspiró despacio.
—Son nuestros hijos. Si podemos ayudarlos un poco…
—No —la interrumpió él—. No es buena idea.
Ella abrió la boca, pero volvió a cerrarla. La grieta en la tetera parecía más visible esa mañana.
—También son tus hijos —murmuró.
Ernesto apoyó los codos en la mesa y juntó las manos. Sus dedos, manchados por los años de trabajo en el taller, se entrelazaron con rigidez.
—Está bien —dijo tras un momento—. Ve. Entonces aprenderás cómo son realmente nuestros hijos.
Marta sintió que algo pequeño y frío le recorría la espalda. No contestó. Se levantó para llevar las tazas al fregadero.
En la casa de al lado, Clara colgaba ropa en el patio. Observó de reojo a Marta cuando esta salió a tender un pañuelo.
—¿Va a salir hoy? —preguntó Clara, acomodando una sábana.
—Sí, a la ciudad.
—Ah, qué bien. Hace falta cambiar de aire.
Marta sonrió apenas.
Clara tenía dos hijos adolescentes que pasaban la tarde en la esquina jugando fútbol. A veces gritaban hasta entrada la noche. Marta recordaba cuando sus propios hijos corrían en ese mismo patio, tropezaban con las baldosas sueltas y pedían agua a gritos.
Regresó a la cocina. Abrió el cajón donde guardaba los sobres y sacó uno beige, ligeramente abultado. Lo sostuvo un instante antes de guardarlo en su bolso.
Ernesto ya no estaba en la mesa. Desde el dormitorio llegaba el sonido del cajón del armario al abrirse y cerrarse. Marta entró. Él se ajustaba la camisa frente al espejo.
—No tardes —dijo sin mirarla.
Ella asintió.
—¿Vas al taller?
—Sí.
El taller quedaba a tres cuadras, una habitación larga con olor a madera y aceite donde Ernesto seguía arreglando muebles viejos, aunque cada vez llegaban menos clientes. El dueño de la ferretería le había ofrecido venderlo todo y descansar, pero Ernesto había negado con la cabeza.
Marta se puso un abrigo ligero. En el pasillo, la foto familiar colgada en la pared la detuvo un segundo. Allí estaban los cuatro: Ernesto más joven, con el cabello oscuro; ella con un vestido de flores; los niños en medio, uno sosteniendo un trompo, el otro abrazando un balón.
Salió a la calle. El aire de la mañana tenía un olor metálico.
El autobús tardó en llegar. En la parada, una mujer joven con uniforme de enfermera revisaba su teléfono con ansiedad. Un anciano apoyaba el peso sobre un bastón.
—Siempre se retrasa —murmuró el anciano.
La enfermera levantó la vista.
—Hoy más que nunca —respondió—. Entro a las ocho.
Marta escuchaba sin intervenir. Cuando el autobús finalmente apareció, todos subieron con prisa contenida. Marta eligió un asiento junto a la ventana.
La ciudad se desplegaba a medida que avanzaban: tiendas con persianas medio levantadas, panaderías que dejaban escapar olor a masa caliente, un grupo de obreros tomando café en vasos de plástico.
En el asiento de adelante, dos estudiantes discutían sobre un examen.
—Te dije que estudiarías la noche anterior —decía uno.
—No tuve tiempo. Mi madre me pidió que la acompañara al médico.
Marta bajó la mirada hacia sus manos. El sobre dentro del bolso parecía pesar más de lo que recordaba.
La casa del primer hijo, Daniel, estaba en un conjunto de edificios nuevos al otro lado de la avenida. El portón tenía un código electrónico. Marta esperó a que alguien saliera para entrar.
En el tercer piso, tocó el timbre. El sonido fue breve, seco.
Daniel abrió la puerta. Llevaba una camisa bien planchada y el cabello aún húmedo.
—Mamá —dijo con naturalidad—. ¿Qué te trae por aquí?
El departamento olía a café recién hecho y a pintura nueva. En la sala, una alfombra gris cubría el suelo. Sobre la mesa baja, un par de revistas de decoración.
Marta sintió la advertencia de Ernesto como un susurro en el oído.
—Discutí con tu padre —dijo—. Quiero quedarme aquí un tiempo.
Daniel parpadeó. Miró hacia el interior del departamento.
—Laura —llamó.
Laura apareció desde la cocina, secándose las manos en un paño. Su cabello estaba recogido en una cola alta. Sus ojos recorrieron a Marta con una rapidez que parecía medir distancias.
Daniel sostuvo la mirada de su esposa. Ella negó con la cabeza, apenas, casi imperceptible.
Un ruido de cucharas chocando contra un plato llegó desde la cocina.
—Mamá —dijo Daniel, aclarando la garganta—, deberías quedarte con tu hermano. Su casa es más grande.
Marta apoyó el bolso en el suelo.
—Solo me quedaré unos días —suplicó.
Laura se inclinó para recoger una taza de la mesa.
—Acabamos de renovar la casa —dijo Daniel con impaciencia contenida—. No nos pongas en una situación difícil.
La palabra “difícil” quedó suspendida en el aire, más pesada que el sobre dentro del bolso.
Desde una habitación lateral salió el nieto de Marta, con un uniforme escolar impecable.
—Abuela —dijo con sorpresa—. ¿Te quedas a almorzar?
Marta sonrió y le acomodó el cuello de la camisa.
—No, cariño. Solo vine a saludar.
El niño miró a su padre, luego a su madre. Laura evitó sus ojos.
En la cocina, el agua del grifo corría sin que nadie la cerrara.
Marta tomó el bolso.
—Está bien —dijo—. Me iré.
Daniel la acompañó hasta la puerta. Antes de cerrar, agregó:
—Llámame antes de venir la próxima vez.
La puerta se cerró con un clic suave.
En el pasillo, Marta apoyó la espalda contra la pared durante un segundo. Escuchó el ascensor subir y bajar.
En el apartamento de abajo, una mujer mayor regaba plantas en el balcón. Observó a Marta salir del edificio.
—¿Visita breve? —preguntó desde arriba.
Marta alzó la vista y asintió.
—Muy breve.
La mujer sonrió sin saber qué decir.
El segundo hijo, Andrés, vivía más lejos, en una casa alquilada cerca del mercado central. Las calles estaban llenas de vendedores que gritaban ofertas.
Andrés abrió la puerta con un delantal atado a la cintura. Detrás de él, una olla hervía en la cocina.
—Mamá —dijo con educación—. ¿Qué te trae por aquí?
Marta entró. La casa era más pequeña, con paredes sin pintar del todo. En una esquina, un cochecito de bebé.
Para ponerlo a prueba, sacó el sobre del bolso y lo sostuvo con ambas manos.
—Necesito una pequeña cirugía —dijo— y quiero pedirte prestados quinientos dólares.
Andrés dejó el cucharón sobre la encimera. Se pasó la mano por el cabello.
—Mamá, solo gano mil al mes. Mis ahorros son unos cinco mil. Si a mi hijo le pasa algo, necesitaré ese dinero.
Desde la habitación contigua llegó el llanto de un bebé.
—Lo entiendo —dijo Marta con suavidad—. Te lo devolveré en unos días.
Andrés negó con la cabeza.
—Por favor, no me pongas en una situación difícil. No puedo prestarlo.
El llanto aumentó. Una mujer joven —Sofía— apareció con el bebé en brazos. Observó la escena en silencio.
Marta guardó el sobre.
—Está bien, hijo. Me iré.
Sofía la acompañó hasta la puerta.
—El bebé está resfriado —comentó, casi como disculpa—. No hemos dormido.
Marta asintió.
—Cuídense.
Al salir, el ruido del mercado la envolvió. Un vendedor discutía el precio de unas naranjas. Dos niños corrían entre los puestos.
En el taller, Ernesto lijaba la superficie de una mesa antigua. El polvo flotaba en el aire como una niebla fina. El joven aprendiz, Tomás, observaba desde una esquina.
—Don Ernesto —dijo—, ¿usted cree que todavía vale la pena arreglar cosas viejas?
Ernesto no dejó de lijar.
—Siempre vale la pena —respondió—. Lo viejo tiene historia.
Tomás encogió los hombros.
—Mi hermano dice que es mejor comprar nuevo.
Ernesto sopló el polvo de la madera.
—Tu hermano es joven.
En la puerta del taller apareció la dueña de la ferretería.
—Ernesto —llamó—. Cuando quiera hablamos de lo que le dije.
Él levantó la vista.
—No tengo nada que hablar.
Ella suspiró y se marchó.
Marta regresó a casa al caer la tarde. El cielo tenía un tono naranja pálido.
Ernesto estaba sentado en el patio, bajo el limonero. Sobre la mesa pequeña había dos platos vacíos.
—¿Cómo están nuestros hijos? —preguntó con ternura.
Marta dejó el bolso en una silla.
—Nunca imaginé que cambiarían tanto —respondió con los labios temblorosos.
Ernesto no dijo nada de inmediato. Miró una hoja amarilla caer al suelo.
—Cuando envejecemos —dijo al fin—, aprendemos cosas que no queríamos saber.
Marta se sentó frente a él. El olor a limón llenaba el aire.
En la casa de Clara, los adolescentes reían a carcajadas. Uno contó un chiste sobre un profesor distraído, y las risas se desbordaron por encima de la pared.
Marta escuchó ese sonido como si viniera de muy lejos.
El sobre seguía intacto dentro del bolso.
Esa noche, Marta no pudo dormir. La luz de la luna entraba por la ventana y dibujaba rectángulos pálidos sobre el suelo.
Ernesto respiraba con un ritmo lento y profundo.
Marta se levantó sin hacer ruido y caminó hasta la sala. Encendió una lámpara pequeña. Sacó el sobre y lo abrió. Los billetes estaban ordenados con cuidado.
Los contó una vez más.
En la pared, la foto familiar parecía observarla.
En el apartamento de Daniel, Laura revisaba cuentas en una libreta. Daniel se quitaba la corbata.
—Tu madre no puede venir así, sin avisar —dijo Laura.
—Solo quería quedarse unos días.
—Sabes que estamos ajustados. El préstamo del banco, la escuela del niño…
Daniel se dejó caer en el sofá.
—Lo sé.
En la casa de Andrés, Sofía acunaba al bebé que por fin se había quedado dormido. Andrés miraba el techo.
—Quizá debimos ayudarla —susurró ella.
—No sabemos si es cierto lo de la cirugía.
—Es tu madre.
Andrés se cubrió el rostro con las manos.
En el taller, Tomás cerraba la puerta con llave. Observó el letrero viejo que colgaba torcido: “Reparaciones Ernesto”. Pensó en su hermano y en la ciudad que crecía más allá de esas calles estrechas.
En el patio de Marta y Ernesto, el limonero se mecía apenas con el viento nocturno.
Marta volvió al dormitorio. Se acostó sin apagar del todo la lámpara.
A su lado, Ernesto abrió los ojos en la oscuridad.
—¿No duermes? —preguntó.
—Estoy pensando.
Él no insistió.
El reloj marcó las doce. Luego la una.
En algún lugar de la ciudad, un autobús nocturno avanzaba casi vacío. En su interior, la enfermera de la mañana cerraba los ojos por un instante antes de llegar a su parada.
La noche se extendió sobre cada casa, cada conversación interrumpida, cada billete guardado en un sobre que aún no encontraba destino.
El limonero dejó caer otra hoja.