Ella gritaba, gritaba como si el aire se le hubiera acabado para siempre.

Sus manos temblaban, sus rodillas cedían y su voz se rompía una y otra vez mientras miraba el cuerpo sin vida de su padre tendido en el suelo.
Nadie podía calmarla, nadie podía tocarla, nadie podía decirle nada.
Mario Pineida estaba muerto y su hija lo veía por última vez.
Algunos testigos dirían después que nunca habían escuchado un grito así.
No era solo dolor, era desesperación, era rabia, era incredulidad, era una mezcla peligrosa de emociones que explotaban sin control.
Pero lo que nadie sabía en ese momento, absolutamente nadie, era que mientras ella lloraba, algo oscuro comenzaba a formarse en su mente.
Una sospecha, una idea que no quería aceptar, un pensamiento que la asustaba más que la muerte misma.

El cuerpo de Mario aún no había sido cubierto del todo cuando llegaron las autoridades.
Cámaras, policías, murmullos.
Todo se movía rápido, pero para ella el tiempo estaba detenido.
Cada segundo frente a ese cuerpo era eterno.
Papá, susurró ahogada en llanto.
¿Por qué? No entendía nada.
horas antes él estaba vivo, horas antes tenía planes, horas antes, según se comentaba en voz baja, tenía un compromiso que nadie debía saber.
una mujer, una relación que no era oficial, un secreto que tanto su esposa como su hija conocían, pero del que nadie hablaba en público.
Mientras levantaban el cuerpo, ella se aferró al brazo de su abuela, la madre de Mario.
La mujer mayor no lloraba.

Miraba fijo, demasiado fijo, como si ya hubiera pasado por ese dolor antes o como si supiera algo más.
Abuela! Dijo la hija entre sollozos.
¿Qué pasó aquí? La abuela no respondió, solo apretó los labios y negó con la cabeza.
Ese silencio fue peor que cualquier palabra.
Minutos después comenzaron los comentarios.
no oficiales, no confirmados, pero inevitables.
Vecinos murmurando, personas grabando, mensajes que empezaban a circular en redes sociales incluso antes de que el cuerpo fuera retirado.
Dicen que tenía problemas con una mujer que estaba metido en algo peligroso, que no fue un simple accidente.

Ella escuchaba todo, aunque nadie se lo decía directamente.
Y entonces ocurrió algo que la marcaría para siempre.
Mientras subían el cuerpo al vehículo forense, uno de los agentes hizo una pregunta en voz baja, casi inaudible.
No iba dirigida a ella, pero la escuchó igual.
La esposa ya fue informada.
En ese instante, algo dentro de ella se rompió.
Su madre, hasta ese momento, su mente no había ido ahí.
No podía, no quería.
Pero los comentarios en redes, los rumores que comenzaban a crecer, los titulares insinuantes de algunos periodistas, todo empezó a apuntar en direcciones que la aterraban.
No, mi madre, no.
Eso fue lo primero que pensó, pero la duda ya había entrado.

Horas después, cuando el cuerpo fue retirado y el lugar quedó vacío, el silencio se volvió insoportable.
La casa se llenó de miradas incómodas, teléfonos sonando, mensajes que nadie quería leer.
La hija, aún en shock, revisó las redes sociales y ahí lo vio.
Comentarios, teorías, acusaciones disfrazadas de preguntas.
Y sí, fue un crimen pasional.
La esposa sabía lo de la amante.
Dicen que había amenazas.
Su respiración se aceleró.
Ella no quería creerlo, pero cada palabra, cada comentario, cada insinuación empezó a contaminar sus recuerdos.
Pensó en las discusiones, pensó en los silencios incómodos, pensó en las veces que su madre lloró sin explicar por qué y sin darse cuenta hizo algo que cambiaría todo.
Fue a buscar a su madre, la encontró sentada sola, con la mirada perdida.

No lloraba o ya no tenía lágrimas.
Mamá”, dijo con voz temblorosa, “neito preguntarte algo.
” La madre levantó la vista lentamente.
“¿Qué pasa, hija? Hubo un silencio largo, pesado, incómodo.
Dime la verdad”, continuó ella.
“¿Tú sabes algo de la muerte de mi papá?” La madre frunció el ceño.
“¿Por qué me preguntas eso?” “Porque la gente habla.
Porque dicen cosas.
Porque la policía sospecha.
¿Porque?” Su voz se quebró.
porque necesito saber que no fuiste tú.
La madre bajó la cabeza.
Hija, yo estoy igual de destrozada que tú, pero respóndeme, insistió.
Tienes algo que ver.
La madre levantó la mirada, esta vez con rabia.
No, yo no lo hice.
Hubo una pausa y luego dijo algo que heló la sangre de su hija.
Pero tu padre se lo buscó.
¿Cómo que se lo buscó?, preguntó ella retrocediendo un paso.
Por andar con mujeres ajenas.
por meterse donde no debía.
“Tú sabes de quién hablo.
” La hija sintió un nudo en el estómago.
“La amante, esa mujer tenía problemas”, continuó la madre.
“Hombres celosos, un pasado oscuro.
Advertimos a tu padre y no hizo caso.
La hija ya no sabía qué pensar.
¿Era eso una explicación o una forma de desviar la culpa?” se quedó en silencio mirando a su madre, preguntándose si estaba escuchando una verdad o una mentira bien construida.
Esa noche no durmió porque entendió algo aterrador.
La muerte de su padre no solo había abierto una investigación policial, había abierto una guerra emocional dentro de su propia familia.
Y lo peor, aún no sabía en quién confiar.
La madrugada fue larga, eterna.
La hija de Mario Pineida no logró cerrar los ojos.
Cada vez que lo intentaba veía la misma imagen, el cuerpo de su padre en el suelo, la sangre, los gritos, el caos.
Su mente repetía la escena como una película que nadie podía detener.
A las 3 de la mañana, su teléfono vibró.
Un número desconocido no contestó.
Minutos después volvió a sonar.
Y luego otra vez la insistencia la puso en alerta.
finalmente respondió, “Hola al otro lado, una voz masculina, nerviosa, baja.
No diga mi nombre, solo escuche.
Usted merece saber la verdad.
” Su corazón empezó a latir con fuerza.
¿Quién es usted? Alguien que conocía a su padre y que sabe que esto no fue al azar.
La llamada se cortó.
Se quedó mirando el teléfono temblando.
Pensó que era una broma cruel.
Una de esas cosas que pasan cuando una tragedia se vuelve pública.
Pero minutos después llegó un mensaje.
No fue un robo, no fue casualidad.
Él estaba marcado.
Leyó esas palabras una y otra vez.
Marcado.
Apenas amaneció, fue directo a la casa de su abuela.
La madre de Mario llevaba toda la noche despierta.
No había dormido, caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.
“Abuela”, dijo la joven, “Anoche me llamaron.
” La mujer se detuvo en seco.
¿Quién? No lo sé, pero dijo que esto no fue al azar.
La abuela cerró los ojos, sus manos temblaban.
“Hija,” susurró.
“yo también recibí llamadas.
” La joven levantó la cabeza de golpe.
¿Qué llamadas? Después de la muerte de tu padre.
personas que decían saber quién estuvo detrás.
Nombres que no puedo repetir, versiones distintas, pero todas apuntando a lo mismo.
¿A qué? La abuela dudó.
Ese silencio fue una respuesta en sí misma.
A alguien cercano dijo finalmente, demasiado cercano.
Ese día, mientras la policía seguía con el procedimiento oficial, la familia comenzaba su propia investigación silenciosa.
No confiaban del todo en nadie.
Ni siquiera entre ellos, la hija empezó a atar cabos.
Recordó las discusiones recientes entre sus padres.
Recordó como su madre había cambiado desde que descubrió la relación clandestina de Mario.
Más callada, más fría, más distante, pero también recordó algo más.
Su madre llorando sola por las noches.
Su madre diciendo que ya no podía más.
su madre, repitiendo una frase inquietante.
Algún día todo esto se va a acabar.
¿A qué se refería? Mientras tanto, en redes sociales el fuego crecía.
Influencers, páginas de chismes, periodistas digitales, todos especulaban.
Nadie afirmaba nada directamente, pero las preguntas eran cada vez más punzantes.
¿Quién se beneficia con su muerte? ¿Qué sabía la esposa? ¿Por qué la amante estaba con él ese día? La hija leía todo y cada comentario era una puñalada.
La rabia empezó a mezclarse con la tristeza.
Rabia contra los sicarios, contra la mujer con la que su padre se involucró, contra su propio padre por haber destruido a la familia, y una rabia silenciosa, prohibida, que no quería aceptar, rabia contra su madre.
Esa tarde decidió enfrentarla de nuevo.
La encontró en la cocina preparando café sin beberlo.
Mamá, dijo con voz firme.
Hay cosas que no cuadran.
¿Qué cosas? Respondió ella sin mirarla.
Las llamadas, las amenazas previas, el hecho de que tú sabías dónde estaba papá.
La madre se giró lentamente.
¿Me estás acusando? No, respondió la hija.
Te estoy preguntando.
Hubo un silencio largo.
Yo sabía que esto iba a pasar algún día, dijo la madre finalmente.
No así, pero sabía que su vida desordenada lo iba a alcanzar.
Y nunca pensaste en denunciarlo, en dejarlo definitivamente.
Lo hice mil veces, respondió ella con amargura.
Pero tu padre siempre volvía, siempre prometía cambiar y la amante, el rostro de la madre se endureció.
Esa mujer fue la gota que derramó el vaso.
No solo destruyó mi matrimonio, puso en peligro a todos.
La conocías más de lo que crees.
Esa frase quedó flotando en el aire.
La hija sintió un escalofrío.
Mamá, dime algo.
Tú hablaste con alguien peligroso por culpa de papá.
La madre negó con la cabeza.
No, pero él sí.
Esa respuesta abrió otra línea de sospecha.
Y si la muerte de Mario no fue por celos, sino por deudas, favores, secretos, la hija comenzó a revisar el teléfono de su padre.
Mensajes borrados, llamadas sin nombre, números desconocidos repetidos una y otra vez, y uno en particular llamó su atención.
Era el mismo número que la había llamado de madrugada.
El miedo se apoderó de ella.
Esa noche volvió a sonar el teléfono.
No confíe en todos, dijo la voz.
La verdad está más cerca de lo que cree y más lejos de lo que quiere aceptar.
¿Quién fue?, preguntó ella.
Dígame, ¿quién fue.
Todavía no, respondió la voz.
Pero pregúntese algo.
¿Quién sabía exactamente dónde estaba Mario ese día? La llamada se cortó.
La hija quedó paralizada porque solo tres personas sabían ese detalle y una de ellas era su madre.
Pero lo que la hija descubriría en un documento que nadie debía ver, una pieza clave ignorada por todos, haría que incluso la policía comenzara a mirar hacia otro lado y ahí el verdadero juego empezaría.
La hija de Mario Pineida no le contó a nadie lo que había descubierto esa noche.
Guardó el teléfono de su padre como si fuera una bomba a punto de estallar.
Cada mensaje borrado, cada llamada sin nombre, cada número repetido era una grieta más en la versión oficial de los hechos.
La policía decía que la investigación seguía su curso.
La prensa hablaba de ajuste de cuentas sin confirmar nada.
Las redes ya habían dictado sentencia, aunque nadie sabía contra quién exactamente, pero ella sentía que la verdad no estaba en los titulares, sino en los silencios.
A la mañana siguiente, recibió un mensaje inesperado.
Venía de una mujer que no conocía.
Fui amiga de tu papá hace años.
Si quieres entender lo que pasó, revisa el archivo del juzgado.
Caso cerrado que nunca se cerró, nada más, ni un nombre.
Ni una explicación, solo esa frase, caso cerrado que nunca se cerró.
Con la ayuda de un familiar lejano que trabajaba como asistente legal, logró acceder a documentos antiguos relacionados con Mario.
No era nada criminal, al menos no oficialmente, pero había algo extraño, una denuncia por amenazas archivada, un conflicto personal que nunca llegó a juicio y un nombre que aparecía repetidamente vinculado no a él, sino a la mujer con la que se relacionaba en secreto.
la amante.
Ese nombre volvió a resonar en su cabeza como un eco incómodo.
Según esos documentos, esa mujer había tenido problemas con varias personas en el pasado.
Relaciones rotas, hombres celosos, discusiones violentas, todo quedaba en rumores, versiones, comentarios de terceros, pero el patrón era inquietante.
Entonces, una pregunta comenzó a tomar forma en su mente.
¿Y si su padre no era el objetivo? Esa idea la estremeció.
Mientras tanto, su abuela, la madre de Mario, vivía atrapada entre el insomnio y las pesadillas.
Se despertaba sobresaltada, empapada en sudor, viendo a su hijo desangrándose una y otra vez.
“No me dejan en paz”, le confesó a su nieta.
“Me llaman, me escriben, me dicen que no confíe.
” ¿Quiénes? Personas que dicen haber visto cosas, personas que aseguran que alguien dio la orden.
¿Y qué te dicen? La mujer dudó que no todo es lo que parece, que el odio no siempre viene de donde uno cree.
Ese mismo día, la hija volvió a enfrentar a su madre, esta vez no con rabia, sino con cansancio.
Mamá, dijo, necesito que seas honesta conmigo.
No como esposa, como madre.
La mujer la miró fijamente.
¿Qué quieres saber si tú sospechas de alguien? El silencio fue largo, doloroso.
Sospecho de todos, respondió finalmente, de las personas que lo rodearon, de las decisiones que tomó, de las mentiras que me dijo, “De ti misma.
” La madre bajó la mirada.
A veces susurró, “¿Porque me culpo por no haberlo detenido?” La hija no supo qué responder.
Ese día, un nuevo vídeo comenzó a circular en redes.
Un supuesto testigo hablaba con el rostro cubierto, la voz distorsionada.
Decía haber visto a Mario horas antes de morir.
Decía que estaba nervioso, que miraba a todos lados, que parecía esperar a alguien.
Los comentarios explotaron.
Unos culpaban a la amante, otros a la esposa, otros a enemigos del pasado.
La hija leyó uno que la paralizó.
La que más llora es la que más sabe.
No sabía quién lo había escrito, pero sintió que la atravesaba.
Esa noche la voz volvió a llamar.
¿Ya encontraste el archivo?, preguntó.
Sí.
Entonces, ya sabes que esto no empezó ese día.
¿Quién dio la orden?, preguntó ella.
Eso es lo que tienes que descubrir tú, respondió la voz.
Pero te diré algo.
Hay verdades que protegen y verdades que destruyen familias.
Mi madre está involucrada.
Silencio.
No como tú crees dijo finalmente.
Pero tampoco es tan inocente como te gustaría.
La llamada se cortó.
La hija rompió en llanto.
No sabía a quién proteger, no sabía a quién creer, no sabía si seguir investigando o detenerse antes de cruzar una línea sin retorno.
Al día siguiente fue al cementerio sola.
Se arrodilló frente a la tumba de su padre.
Dime, ¿qué pasó? Susurró.
Ayúdame a entender.
Recordó su infancia, sus risas, sus defectos, su forma de amar mal, pero amar al fin.
y entonces entendió algo doloroso.
Tal vez no había una sola culpable.
Tal vez había una cadena de decisiones, silencios, traiciones y resentimientos que terminaron explotando.
Pero alguien, alguien había dado el último paso.
Esa noche tomó una decisión.
Seguiría investigando, pero guardaría un secreto.
Un secreto que si salía a la luz podría destruir la imagen de su padre o salvar a alguien que no lo merecía.
Porque en un mensaje no leido oculto en una copia de seguridad olvidada aparecía un nombre que nadie había mencionado, un nombre que no era ni la esposa ni la amante, y ese nombre cambiaría todo.
El nombre apareció una sola vez.
No estaba subrayado, no estaba resaltado, no tenía una foto, ni una voz, ni un rostro claro, solo era un nombre escrito en una conversación antigua enterrada en una copia de seguridad que nadie había revisado porque nadie pensó que fuera importante, pero lo era.
La hija de Mario lo leyó tres veces como si su mente se negara a aceptarlo.
No era el nombre de su madre, tampoco el de la amante.
No era un sicario conocido ni alguien mencionado en los rumores de redes.
Era alguien que siempre había estado cerca, demasiado cerca.
Ese fue el momento en que entendió algo que la estremeció hasta los huesos.
La verdad no siempre grita, a veces susurra.
Desde ese día ella cambió.
Dejó de publicar, dejó de responder mensajes, dejó de mirar comentarios.
La gente interpretó su silencio como miedo, otros como culpa, algunos como estrategia, pero nadie sabía lo que realmente pasaba por su cabeza.
Cada noche soñaba con el mismo escenario, su padre tendido en el suelo, la sangre extendiéndose como una sombra interminable, las balas resonando una y otra vez y ella gritando, pero sin voz.
Su abuela, la madre de Mario, seguía sin dormir.
Vivía en sobresaltos.
Cualquier ruido la hacía saltar de la cama.
A veces creía escuchar a su hijo llamándola.
Otras veces sentía que alguien la observaba desde la oscuridad.
“Esto no ha terminado”, repetía.
Yo lo siento.
Había personas que la buscaban, algunas con palabras de consuelo, otras con advertencias disfrazadas de consejos.
“Ya deje eso así, no remueva el pasado.
Hay cosas que es mejor no saber.
” Pero ella no podía olvidar porque había visto a su hijo muerto, porque había visto a la mujer que estaba con él ese día, porque había sentido la rabia mezclada con culpa, con vergüenza, con amor roto.
A veces se preguntaba si su hijo se había buscado su destino.
Otras veces maldecía a todos los que lo rodearon, y en los momentos más oscuros se preguntaba si ella misma había fallado como madre.
La hija volvió a hablar con su madre una última vez.
No fue una discusión, fue un silencio largo.
Si descubro algo, dijo la hija.
Tú querrías saberlo.
La mujer tardó en responder.
No dijo al fin.
Yo ya perdí suficiente.
Y si ese algo cambia todo lo que creemos.
Las creencias no devuelven a los muertos respondió.
Y la verdad a veces mata a los vivos.
La hija entendió entonces que no todos buscan justicia.
Algunos solo buscan sobrevivir al dolor.
En redes, los rumores seguían creciendo.
Unos aseguraban que la madre sabía más de lo que decía, otros que la hija estaba siendo manipulada, otros que la amante era solo una pieza más en un juego mayor.
Aparecieron fuentes cercanas, testigos anónimos, audios sin confirmar.
Cada versión era más oscura que la anterior, pero la policía seguía sin pronunciarse de forma clara.
La investigación oficialmente seguía abierta, aunque parecía estancada.
Y ese nombre, ese nombre seguía ahí.
La hija lo escribió en un papel y lo guardó en una caja junto a las fotos de su infancia, como si al encerrarlo pudiera contener el peso de lo que significaba.
Sabía que si hablaba desataría una tormenta.
Sabía que si callaba cargaría con la duda para siempre.
Una noche frente al espejo se preguntó en voz baja, “¿Y si todos estamos equivocados? Tal vez no hubo una mente maestra.
Tal vez no hubo una orden clara.
Tal vez fue una suma de errores, celos, silencios y decisiones mal tomadas.
O tal vez no, porque hay verdades que se esconden tan bien que parecen no existir.
” La madre de Mario días después le dijo a alguien cercano una frase que nadie olvidó.
Yo ya no busco culpables, busco paz, pero la paz no llega cuando sabes que algo no encaja.
La hija, por su parte, decidió no hablar públicamente.
No confirmó, no negó, no acusó.
Y ese silencio fue más poderoso que cualquier confesión.
Hoy el nombre sigue sin decirse, las teorías siguen creciendo, las preguntas siguen abiertas.
¿Quién fue realmente responsable? ¿Fue alguien cercano? Fue alguien del pasado.
Fue una traición que nunca se imaginó.
Nadie lo sabe con certeza y quizás nunca se sepa porque hay historias que no terminan con una verdad, sino con una herida abierta.
Y esta todavía sangra.
Porque mientras alguien siga callando, mientras alguien siga sospechando, mientras alguien siga soñando con balas y sangre, la historia de Mario Pineida no ha terminado.
Solo está esperando a que alguien se atreva a decir lo que nadie quiere escuchar.