Gran la eminencia de Juan Bos en República Dominicana por comunista.

Derrocaron una ceremonia oficial.
Miles de banderas sondeando, cánticos patrióticos llenando el aire, pero él no sonríe.
En el rostro de Nicolás Maduro, con 63 años y casi una década aferrado al poder absoluto, no hay rastro de victoria.
Solo hay una mirada fija, fría.
cargada de resentimiento.
¿Qué se esconde detrás de esa expresión contenida? ¿Por qué un hombre que lo ha tenido todo, poder, riqueza, control, todavía no puede soltar el pasado? Durante años, Maduro ha guardado silencio.
Ha evitado mencionar ciertos nombres, ciertos rostros que marcaron su ascenso y su caída, pero ahora, por primera vez, se filtra lo impensable.

Hay cinco personas que jamás perdonará, no por política, no por traición ideológica, sino por algo más profundo, más personal.
Y la historia detrás de cada uno de ellos es más oscura de lo que imaginamos.
Nicolás Maduro nació el 23 de noviembre de 1962 en Caracas, Venezuela, en el seno de una familia trabajadora del barrio Los Chaguar.
Su madre, Teresa de Jesús Moros, era una mujer entregada a la educación pública.
Mientras que su padre, Nicolás Maduro García, sindicalista y ferviente militante izquierdista, falleció cuando él apenas era un adolescente.
Esa pérdida marcó a fuego el carácter de un joven que pronto entendería que la lealtad y la ideología podían construir o destruir a un hombre.
A diferencia de otros líderes latinoamericanos, el ascenso de Maduro no vino ni por las armas ni por una carrera universitaria prestigiosa.
Nunca terminó sus estudios superiores.

En cambio, trabajó como conductor de autobuses en el sistema Metro de Caracas.
Desde ese humilde volante comenzó a labrarse una reputación de sindicalista combativo, tenaz, implacable.
Pero incluso en esa etapa temprana, algunos compañeros señalaban algo inquietante.
Maduro no solo quería defender derechos laborales, quería poder.
Los años 80 lo vieron militar activamente en movimientos marxistas y su cercanía con el castrismo lo llevó hasta La Habana, donde según múltiples reportes, recibió formación ideológica y táctica.
Aunque él lo ha negado repetidamente, varios exfuncionarios del PSUV y medios independientes han confirmado sus vínculos con programas de adoctrinamiento cubanos.
En esas aulas cerradas aprendió más que teoría política.
Entendió cómo funciona una revolución desde las entrañas del poder.
El primer gran punto de quiebre en su vida fue el 4 de febrero de 1992.

Aquel día, un grupo de militares liderados por un joven teniente coronel llamado Hugo Chávez intentó derrocar al presidente Carlos Andrés Pérez.
Maduro, aún en las sombras del sindicalismo, vio en Chávez al líder que podía materializar el sueño bolivariano que su padre le había inculcado.
Desde ese momento, su lealtad al comandante sería total.
Pero, ¿fue realmente lealtad o una estrategia paciente y calculada? ¿Acaso Maduro vio en la Revolución Bolivariana un trampolín más que una causa? En 1999, cuando Chávez asumió la presidencia, Nicolás empezó su ascenso elegido como diputado a la Asamblea Nacional, luego presidente del Parlamento y, finalmente canciller.
En cada paso fue consolidando una imagen de soldado disciplinado del chavismo, pero en privado, según testimonios de exministros y filtraciones diplomáticas, era un hombre obsesionado con el control que desconfiaba incluso de sus aliados más cercanos.
Y entonces llegó el giro que nadie esperaba, la muerte de Chávez en 2013.
En su lecho de muerte, el líder supremo del proceso bolivariano, en una de sus últimas alocuciones, señaló a Nicolás Maduro como su sucesor.

Para muchos fue un acto de confianza absoluta, para otros un error que cambiaría para siempre la historia de Venezuela.
Porque desde ese día el niño huérfano de los chaguaramos, el conductor de autobús con formación ideológica cubana, se convirtió en el hombre más poderoso y más temido del país.
Pero, ¿qué ocurre cuando ese poder se construye sobre alianzas frágiles, heridas no cicatrizadas y lealtades que se compran y se traicionan? Cuando Hugo Chávez falleció el 5 de marzo de 2013, Venezuela quedó en estado de shock.
El líder que durante casi tres lustros había concentrado el poder, redefinido la política del país y personificado la revolución bolivariana, desaparecía justo cuando el proyecto mostraba señales de fractura.
Y en medio de esa incertidumbre emergió un nombre que pocos consideraban heredero natural, Nicolás Maduro.
Para muchos venezolanos su designación fue una sorpresa.
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Un exchófer de autobús sin carisma, sin formación militar, sin discurso propio, sería el encargado de suceder al comandante eterno.
Pero Chávez fue contundente en su última aparición pública.
Mi opción clara, firme y definitiva es Nicolás Maduro como presidente de la República.
Con esas palabras, lo ungió como su delfín y Maduro no tardó en asumir el rol.
Las elecciones de abril de 2013 fueron su primer gran reto.
Ganó por un estrecho margen, apenas 1,49% de ventaja sobre Enrique Capriles.
Un resultado tan ajustado como polémico.
La oposición denunció irregularidades, exigió recuento, pero el aparato del Estado se cerró en bloque para respaldar al sucesor designado.
A partir de entonces, Maduro entendió algo fundamental.
Su poder no dependía del pueblo, sino del control.
Durante los primeros años se esforzó en imitar a Chávez.
Mismo tono en los discursos, mismas frases, mismas referencias al enemigo imperial.
Pero algo no encajaba.
El carisma natural del comandante se transformaba en rigidez en boca de maduro.
La épica revolucionaria sonaba vacía y la economía comenzaba a desangrarse.
A pesar de eso, su maquinaria de propaganda no dejó de funcionar.
En 2015, cuando el país ya sufría escasez de alimentos y medicamentos, el gobierno anunció que las guerras económicas eran causadas por Estados Unidos y las mafias opositoras.
En medio del caos, Maduro consolidaba alianzas con sectores clave: el Tribunal Supremo de Justicia, el Consejo Nacional Electoral y, sobre todo la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.
Allí radicaba su verdadero poder.
Uno de los momentos más emblemáticos fue en 2017, cuando la Asamblea Nacional controlada por la oposición fue declarada en desacato y se creó una asamblea constituyente paralela.
toda leal al chavismo.
Ese movimiento selló la muerte institucional del equilibrio de poderes en Venezuela.
Maduro gobernaba por decreto, sin contrapesos y con un control absoluto sobre la estructura del Estado.
En el ámbito internacional se convirtió en el rostro más polémico de América Latina.
Denuncias de violaciones a los derechos humanos, represión a manifestantes, arrestos arbitrarios y censura a medios eran cada vez más frecuentes.
Aún así, su imagen pública se mantenía sólida dentro del núcleo duro del PSV.
“Soy hijo de Chávez”, repetía incansablemente.
Y mientras tanto, las cifras escalaban.
Según cifras del FMI, la inflación en 2018 alcanzó el 1,37 millones.
Más de 6 millones de venezolanos abandonaron el país entre 2014 y 2022.
En paralelo, Maduro acumulaba sanciones de Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y organismos multilaterales.
Pero, ¿cómo se sostiene un régimen en medio de semejante de Bacle? La respuesta está en la estructura paralela que Maduro construyó desde los sótanos del poder.
Inteligencia, vigilancia, represión y cooptación.
Y fue allí donde empezó a dejarse ver el verdadero Nicolás, porque detrás del traje, del discurso en cadena nacional y de las fotos con obreros, existía otra figura.
El hombre que no olvidaba, que guardaba rencores, que tomaba nota de cada traición, real o imaginaria.
En reuniones a puertas cerradas, varios testigos recuerdan haberlo oído hablar de traidores disfrazados de camaradas.
Su tono cambiaba, su mirada se endurecía.
No era el mismo maduro que sonreía en actos públicos, era otro, uno que empezaba a elaborar su propia lista negra.
Y si esa lista no era solo política, sino personal, a medida que la figura de Nicolás Maduro se consolidaba hacia el exterior como el líder incuestionable del chavismo, algo comenzaba a resquebrajarse en los pasillos internos del poder.
Ya no se trataba solo de una crisis económica o de conflictos con la oposición.
Lo que realmente empezaba a gestarse era una fractura silenciosa dentro del propio círculo que lo había acompañado desde sus inicios.
Muchos se preguntaban cómo un hombre que había sido considerado uno de los cuadros más leales, casi un discípulo de Hugo Chávez, terminó rodeado de sospechas y traiciones.
¿Acaso los enemigos más peligrosos no estaban en Washington ni en Bogotá, sino sentados a su lado en los consejos ministeriales? En 2015 ocurrió un hecho que pasó casi desapercibido para la prensa oficial.
Varios líderes históricos del chavismo fueron apartados sin explicación.
La excusa era renovación de cuadros, pero detrás había rumores persistentes de deslealtad, filtraciones internas y disputas por el control del aparato económico.
Uno de los casos más sonados fue el de George Giordani, antiguo ministro de planificación, quien publicó una carta devastadora en la que acusaba a Maduro de carecer de liderazgo y destruir el legado de Chávez.
La reacción fue inmediata.
silencio absoluto en los medios estatales y ostracismo político para Jordani.
Ese fue uno de los primeros indicios de que algo no estaba bien, pero no fue el único.
En los años siguientes, figuras claves del chavismo comenzaron a desertar o a ser apartadas.
Rafael Ramírez, Luisa Ortega Díaz, Hugo Carvajal, nombres que durante años fueron escuderos fieles, ahora convertidos en voces incómodas desde el exilio.
¿Qué sabían ellos que el resto del país ignoraba? Que los empujó a romper con Maduro luego de años de complicidad.
Los informes filtrados por agencias de inteligencia de Estados Unidos y Europa señalaban un patrón.
Todos los desertores habían estado involucrados en áreas sensibles del Estado, inteligencia, petróleo, justicia, y todos denunciaron prácticas corruptas, abusos de poder y una traición al verdadero chavismo.
Pero lo más inquietante era la acusación compartida por varios de ellos, que Maduro gobernaba bajo una lógica de vigilancia paranoica, desconfiando incluso de sus más cercanos.
En paralelo se conocieron grabaciones extraoficiales en las que altos funcionarios se referían a listas internas de personas observadas por orden directa del presidente.
Supuestas traiciones, comentarios sospechosos, relaciones con diplomáticos extranjeros.
Todo podía ser motivo suficiente para caer en desgracia.
Algunos incluso hablaban de un círculo cero, una pequeña élite de leales que informaban directamente a Maduro sin pasar por estructuras oficiales.
¿Era una medida preventiva ante amenazas reales o el reflejo de un liderazgo que temía la sombra de Chávez más que a la oposición? Uno de los episodios más simbólicos ocurrió en 2018 cuando se celebraron elecciones presidenciales sin la participación de los principales partidos opositores.
La comunidad internacional condenú el proceso, pero el silencio de ciertos históricos del chavismo fue más elocuente que cualquier comunicado extranjero.
Muchos no lo apoyaron abiertamente.
Otros como Diosdado Cabello, comenzaron a construir su propio poder dentro del PSV, generando un delicado equilibrio de fuerzas que hasta hoy no ha sido resuelto del todo.
En las calles la represión se intensificaba.
La ONG Foro Penal documentó más de 15,000 arrestos por motivos políticos entre 2014 y 2022.
Pero lo que pocas personas sabían era que dentro del propio gobierno también existían detenidos silenciosos.
funcionarios acusados de espionaje, traición, filtraciones que desaparecían de la vida pública de un día para otro.
Nadie preguntaba por ellos, nadie se atrevía a mencionarlos.
Y entonces surgió un rumor que nunca fue confirmado, pero que se convirtió en leyenda urbana dentro del poder.
Maduro tenía una libreta física no digital, donde anotaban nombres, nombres de personas a las que no perdonaría jamás.
Algunos decían haberla visto.
Otros simplemente notaban que una vez que alguien aparecía en esa lista, su destino político estaba sellado.
Es posible que un hombre de estado actúe guiado por heridas personales que construya su agenda de gobierno en base a rencores más que a proyectos.
Poco a poco, el aura del líder revolucionario fue cediendo espacio a otra imagen, la de un hombre encerrado en su propio poder, rodeado de fantasmas del pasado, temeroso de quienes una vez llamaba hermanos.
Porque en la Venezuela de Maduro la traición no siempre viene de los adversarios, a veces nace en la mesa del Consejo de Ministros.
Y si el verdadero enemigo de Maduro nunca estuvo afuera.
El año 2019 fue un punto de inflexión irreversible.
Venezuela ya no era una nación en crisis, era un país al borde del colapso total.
La hiperinflación, que se contaba en millones por C, había pulverizado el valor del Bolívar.
Las calles se llenaban de ciudadanos desesperados, los hospitales colapsaban sin insumos y la luz literalmente se apagaba durante semanas enteras.
En ese contexto agónico surgió un nuevo rostro que desafió el poder absoluto de Nicolás Maduro.
Juan Guaidó, joven, enérgico, con un discurso fresco que apelaba a la legalidad constitucional, Guaidó se autoproclamó presidente encargado con respaldo de la Asamblea Nacional.
En cuestión de semanas, más de 50 países, incluidos Estados Unidos, Canadá y gran parte de Europa, reconocieron su figura como líder legítimo.
Maduro respondió con furia contenida, lo llamó títere del imperio, payaso de Washington, pero en privado, según fuentes cercanas, aquella proclamación fue percibida como la traición más profunda.
No solo porque desafiaba su autoridad, sino porque rompía la ilusión de control total que había cultivado durante años.
Para Maduro, Guaidón no era simplemente un opositor más, era un símbolo, un recordatorio de que incluso en el corazón de su país había quienes no lo temían y eso era inaceptable.
Desde entonces, su nombre encabezaría una lista que Maduro no compartía con nadie, pero que muchos sabían que existía, la lista de los que nunca serían perdonados.
Esa lista, sin embargo, no solo incluía a enemigos declarados, también albergaba nombres que en algún momento fueron aliados, confidentes, incluso amigos.
Uno de los más impactantes fue el de Luisa Ortega Díaz, antigua fiscal general de la República.
Durante años fue considerada una pieza clave del chavismo institucional.
Sin embargo, en 2017, tras una serie de decisiones judiciales polémicas, entre ellas la anulación de las competencias de la Asamblea Nacional, Ortega rompió el silencio.
Acusó abiertamente a Maduro de quebrantar el orden constitucional.
denunció violaciones sistemáticas de derechos humanos y se exilió.
Su testimonio ante organismos internacionales causó un sismo en la imagen ya deteriorada del gobierno.
Y lo más impactante era una figura femenina institucional con peso moral.
Maduro jamás la nombró directamente en sus cadenas, pero cada vez que hablaba de traidoras vestidas de justicia, era evidente a quién se refería.
En el corazón del poder, su traición fue vista como imperdonable, no por lo que dijo, sino por quién era cuando lo dijo.
La lista continuaba con rostros aún más perturbadores.
Diosado Cabello, por ejemplo, ha sido por años la figura más poderosa del chavismo después de Maduro.
Su programa semanal, Con el mazo dando era tanto una vitrina propagandística como un instrumento de intimidación.
Pero tras bastidores los rumores nunca cesaron.
que Diosdado aspiraba a la presidencia, que contaba con apoyo militar, que era el verdadero heredero natural de Chávez.
Las fricciones entre ellos eran conocidas, aunque nunca públicas.
En actos oficiales se abrazaban, se reían, pero el lenguaje corporal lo decía todo.
En más de una ocasión, Cabello apareció ausente en eventos clave y su influencia en la toma de decisiones fue disminuyendo sutilmente.
No hizo falta una traición abierta.
A veces el simple hecho de representar una amenaza simbólica basta para quedar marcado como enemigo en un régimen basado en la desconfianza.
Hoy su presencia sigue allí, pero su poder real se ha desvanecido.
Para Maduro, Dios dado es la sombra que nunca desaparece y las sombras no se perdonan.
Un caso aún más trágico fue el de Rafael Ramírez, antiguo sar del petróleo y exministro de energía.
Durante años fue el responsable de Pedevesa, la joya de la corona económica del chavismo.
Bajo su mando, Venezuela vivió su mayor bonanza petrolera.
Sin embargo, su caída fue tan estrepitosa como inesperada.
Tras diferencias con Maduro en torno a la política económica y el uso de los recursos, Ramírez fue destituido y posteriormente acusado de corrupción.
Desde el exilio comenzó una campaña pública contra Maduro, acusándolo de destruir la economía nacional y traicionar el legado de Chávez.
La respuesta fue inmediata, fue declarado prófugo, se emitieron órdenes de captura y su nombre desapareció de la narrativa oficial.
Para Maduro, su crimen no fue robar, como lo acusó, sino hablar.
Y en la Venezuela de hoy, hablar es más peligroso que callar.
cinco nombres, cinco rupturas, cinco heridas que para Maduro nunca cicatrizarán, porque en su visión del mundo el perdón es debilidad y la lealtad una moneda que no se recupera una vez traicionada.
Pero si estas son las personas que él no perdona, ¿quién perdonará a Maduro por el dolor de un país que se sigue desangrando? Durante años, Nicolás Maduro evitó hablar directamente de traiciones.
Lo hacía por insinuaciones, por gestos, por silencios más elocuentes que cualquier palabra.
Mencionaba enemigos de la patria, traidores disfrazados de camaradas, pero nunca decía nombres, nunca admitía el peso personal de esas heridas.
hasta que en un acto inesperado y filtrado casi clandestinamente, dejó escapar lo que muchos sospechaban, la existencia de una lista de personas que jamás perdonaría.
Ocurrió en 2025 durante una reunión privada con dirigentes del Partido Socialista Unido de Venezuela en Fuerte Tiuna.
Un encuentro sin cámaras, sin periodistas, con la promesa de confidencialidad absoluta.
Sin embargo, uno de los asistentes grabó fragmentos del discurso.
En el audio, que más tarde sería filtrado por redes sociales y replicado por medios internacionales, se escucha claramente la voz de Maduro, pausada, profunda, cargada de un rencor contenido.
Hay personas que nunca merecerán mi perdón.
No por lo que hicieron públicamente, sino por lo que hicieron en la oscuridad, en silencio, cuando creyeron que no estaba mirando.
La frase cayó como una bomba.
No era una declaración política, era personal, dolorosa y reveladora, porque detrás de ese breve instante de honestidad se escondía todo un universo de traiciones, resentimientos y pérdidas que hasta entonces habían permanecido bajo llave.
Era la confirmación de que en lo más íntimo del poder, Maduro no gobernaba solo con decretos y discursos, gobernaba también con memorias que no sanan.
Pero, ¿qué significaba realmente esa confesión? ¿Fue un desahogo, una amenaza velada o un mensaje para los que aún permanecen cerca, pero en silencio? Las interpretaciones fueron múltiples.
Algunos lo vieron como un gesto de debilidad, el líder mostrando grietas, dejando ver que el poder absoluto no lo había blindado contra el dolor.
Otros, en cambio, interpretaron esa frase como una advertencia clara.
Los traidores pueden haber escapado, pero siguen estando presentes en su mente y en su agenda.
Lo más inquietante fue la reacción oficial.
Ninguna, ni desmentido, ni confirmación, solo un silencio calculado, como si las palabras jamás se hubieran pronunciado.
Pero los nombres ya estaban en boca de todos.
Guaidó, Carvajal, Ortega Díaz, Cabello, Ranirrez.
La lista que durante años se había intuido finalmente tomaba forma.
En entrevistas posteriores, algunos de los aludidos reaccionaron con ironía.
Juan Guaidó dijo desde Miami, que Maduro no me perdone es casi un honor.
Luisa Ortega Díaz, por su parte, declaró, “Yo no necesito su perdón, necesito justicia para Venezuela.
” Pero más allá de los titulares, lo que esa confesión revelaba era algo más profundo, el peso que Nicolás Maduro cargaba diario.
Porque, ¿cómo vive un hombre rodeado de traiciones? ¿Cómo duerme sabiendo que quienes lo abrazaron en actos oficiales luego lo vendieron a gobiernos extranjeros o tribunales internacionales? El silencio de Maduro, su aparente frialdad, su lenguaje cada vez más críptico, todo comenzaba a adquirir otro significado.
Tal vez no era solo cálculo político, tal vez era una coraza construida tras años de decepciones, porque incluso el líder más autoritario, en lo más profundo sigue siendo humano.
Y los humanos recuerdan, su confesión no cerró ninguna herida, al contrario, las dejó abiertas, sangrando ante los ojos del país, porque al admitir que no puede perdonar, también admitió que no puede olvidar.
Y en un país donde la memoria colectiva está marcada por el dolor, las ausencias y el exilio, esa revelación fue un eco poderoso.
Y si esa lista no fuera solo de traidores, sino de fantasmas.
Y si al final el mayor castigo para Maduro no es lo que hicieron esos cinco nombres, sino lo que él permitió que ocurriera mientras ellos lo rodeaban.
El rostro de Nicolás Maduro ha envejecido.
Sus discursos, antes llenos de consignas encendidas, ahora suenan más pausados, a veces incluso cansados.
Ya no hay multitudes coreando con la misma intensidad.
Ya no hay épica bolivariana.
Solo queda el eco de lo que alguna vez fue un proyecto gigantesco y el silencio de los que se fueron.
Desde aquel día en que Chavis lo nombró sucesor, Maduro ha caminado por una cuerda floja entre la lealtad y el miedo.
Ha gobernado con mano firme, sí, pero también con una vigilancia permanente, construyendo muros invisibles entre él y todos los demás.
Porque una cosa es liderar un país y otra muy distinta desconfiar de cada mirada, cada palabra, cada aliado.
La confesión de que hay cinco personas a las que jamás perdonará no es solo un acto de revancha, es un retrato, un autorretrato.
Porque al nombrarlos, aunque sea sin voz, aunque sea en la penumbra, también está revelando qué heridas lo definen, qué cicatrices arrastra.
Y esas cicatrices no son ideológicas, son humanas.
En medio de un país devastado por la inflación, el éxodo masivo, el aislamiento diplomático y el dolor colectivo, Nicolás Maduro ha elegido no perdonar.
No porque no pueda, sino porque quizá no sabe cómo.
Porque el poder que lo protege también lo condena a la soledad.
Una soledad profunda, envuelta en banderas, escoltada por leales, pero irremediablemente sola.
Hoy Venezuela es una nación partida entre los que se quedaron y los que huyeron, entre los que aún creen y los que ya no esperan nada.
Y en el centro de esa fractura permanece él, el último guardián de una revolución que ya no existe, con sus enemigos bien identificados, con su lista secreta escrita, no en papel, sino en el alma.
Y así llegamos a la pregunta que tal vez nadie se atreve a formular directamente.
¿Quién perdona a Nicolás Maduro? No sus enemigos, no su pueblo, tal vez ni siquiera él mismo.
Porque al final hay heridas que no se sanan con discursos, hay traiciones que no se olvidan, pero también hay decisiones que marcan para siempre.
Y cuando la historia lo juzgue como inevitablemente lo hará, no serán sus enemigos los que hablarán más fuerte, sino su silencios, sus omisiones y sus rencores.
Tal vez en algún rincón de ese palacio de Miraflores que tantas veces ha recorrido en Soledad, Nicolás Maduro siga escribiendo mentalmente los nombres de quienes lo defraudaron.
Pero en el espejo, inevitablemente, cada noche solo queda uno.