🔥👁️🌪️ Oscar Alejandro rompe el silencio: la confesión que conecta a Nic.ol.ás Ma.dur.o y Do.n.a.ld Tr.u.m.p y sacude lo que creíamos saber 🌪️👁️🔥

Hoy no vengo a contar cualquier historia.

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Hoy vengo a hablar desde un país que despertó.

Durante años, Venezuela fue sinónimo de miedo, censura y silencio obligado.

Hoy, por primera vez, es sinónimo de libertad.

La dictadura cayó.

Maduro fue capturado y el pueblo venezolano salió a la calle a celebrar lo que parecía imposible.

Y en medio de esa celebración hay una historia que tenía que ser contada, la mía.

Muchos ya conocen cómo fui arrestado.

Saben como la dictadura me señaló, como me esposaron, como intentaron quebrarme.

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Pero lo que nunca conté hasta ahora es lo que todo eso significó realmente, lo que viví por dentro y como ese episodio marcó mi vida para siempre.

Nunca pensé que algo así me pudiera pasar, pero en Caracas viví el momento más oscuro de mi historia.

Estaba grabando un video, haciendo mi trabajo, mostrando una realidad incómoda, cuando una sola frase fue suficiente para convertirme en enemigo del régimen.

En cuestión de horas pasé de ser creador de contenido a ser acusado de terrorismo.

Así, sin pruebas, sin defensa, sin humanidad.

Me vi esposado, encerrado, con el miedo constante de no volver a salir.

Pensé que me quedarían meses, años.

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En esos calabozos el tiempo no pasa, se pudre.

Incluso los mismos presos me miraban y me decían, “Chamo, ¿quién eres tú? Tú tienes armado un po'” y tenían razón.

Afuera el mundo hablaba de mi caso.

Medios internacionales lo difundían, pero adentro solo había incertidumbre y silencio.

Ese infierno me cambió para siempre.

Hoy con la dictadura caída y el pueblo celebrando en las calles, todo cobra un nuevo sentido.

Hoy entiendo que no fui un caso aislado.

Fui parte de una maquinaria de miedo que hoy ya no existe.

Lo que me hicieron a mí se lo hicieron a miles, pero hoy esas historias ya no están enterradas.

Después de mi liberación pasaron muchas cosas que nunca dije.

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Hubo presiones, traiciones, amenazas, heridas que no se ven.

Callé por miedo, por protección, por supervivencia.

Pero hoy ya no hay razón para callar, porque hoy Venezuela es libre.

Porque hoy el poder que incomodaba a la verdad ya no manda.

Y porque esta historia no es solo mía, es la de un país entero que sobrevivió.

Este no es solo un testimonio, es una confesión y es también una celebración de la libertad que tanto nos costó.

Han pasado muchos años desde que subí mi primer video a YouTube y todavía me impresiona pensar en lo que ocurrió después.

En aquel momento jamás imaginé que ese experimento terminaría siendo visto por cientos de miles de personas.

Para algunos hoy puede parecer poco, pero para alguien que empezaba desde cero fue una señal clara de que algo estaba funcionando.

Yo ya intuía que existía una lógica detrás de lo viral, una manera de conectar y ese primer video me confirmó que no estaba equivocado.

Antes de que YouTube se convirtiera en mi camino, yo tenía otra vida y otros sueños.

Soy comunicador social, me gradué en la Universidad Central de Venezuela y como muchos creí que mi destino estaba en la televisión.

Mi escuela fue Benevisión, donde trabajé como asistente de producción.

Aprendí el oficio, me formé y pensé que desde allí construiría mi futuro.

Pero el país se fue cerrando, las oportunidades desaparecieron y llegó el momento más duro, renunciar y emigrar.

En 2015 llegué a Miami con apenas $4,000, que no eran más que mi liquidación y lo que obtuve al vender mi viejo carro.

Pensé que mis contactos en Univisión y Telemundo me ayudarían a entrar y aunque pasé currículums y hubo intentos, nada se concretó.

Incluso me ofrecieron irme a mercados Pequeños para ser reportero y me negué, convencido de que mi lugar era Miami y que mi sueño tenía que cumplirse en grande.

Esa terquedad me costó caro.

Para sobrevivir llegué a tener hasta cuatro trabajos al mismo tiempo.

Repartía comida, animaba fiestas infantiles, trabajaba en una oficina artística y en cada rato libre.

grababa para mi canal.

No había ahorros ni red de seguridad.

El sustento era día a día, hasta que un día YouTube empezó a generar $2,000 mensuales y eso para alguien que estaba luchando por llegar a fin de mes fue un punto de quiebre.

Lo irónico es que mientras todo eso pasaba, yo seguía soñando con la televisión, con estar en los grandes programas, sin darme cuenta de que mi propio canal ya estaba superando en números a esas mismas cadenas que yo perseguía.

Hoy con millones de suscriptores y videos vistos por millones de personas, entiendo que todo ese recorrido tuvo sentido, incluso los momentos más oscuros, como aquel episodio en Caracas que terminó con mi libertad arrebatada por unas horas y que marcó un antes y un después en mi vida.

Porque al final aprendí que mientras yo insistía en tocar puertas que no se abrían, YouTube ya me había abierto las ventanas al mundo entero en una ciudad como Miami, donde para vivir con tranquilidad necesitas como mínimo $3,500 al mes.

Y sí, lograba mantenerme, pero a costa de una locura absoluta.

Cuatro trabajos al mismo tiempo, sin descanso y con la presión constante de no fallar.

Al principio me frustraba no entrar ni en la televisión ni en la radio, sentir que por más currículums que enviara nada se movía.

Con el tiempo entendí que aquello que yo veía como un fracaso era en realidad la mayor bendición que me podía pasar.

Mientras insistía en puertas que no se abrían, YouTube en silencio ya me estaba marcando un camino.

La idea era simple, hacer videos para ayudar a otros a emigrar, mostrar cómo era vivir en Estados Unidos sin perderse en el intento.

Para mí eso era solo una forma de mantenerme activo, de no oxidarme profesionalmente mientras esperaba la gran oportunidad en la televisión.

Pero llegó un punto en el que dejé de mandar currículums porque la plataforma empezó a dar resultados reales.

Poco a poco fui soltando trabajos, primero las entregas de comida, luego las fiestas infantiles, hasta que la pandemia terminó de borrar el último empleo de oficina.

Y aunque para millones fue una tragedia, para mí fue un quiebre.

De repente tenía todo el tiempo del mundo para dedicarlo al canal.

Un colega me lo dijo.

Claro.

Óscar, esta es tu oportunidad.

En 2019, YouTube ya me daba $2,000 al mes y la lógica era sencilla.

Si con cuatro videos ganaba eso, con ocho podía duplicarlo.

Y así pasó.

En cuestión de meses, YouTube empezó a generarme más ingresos que todos mis trabajos juntos.

Fue una bola de nieve imparable, más contenido, más vistas, más dinero.

Durante la pandemia, todo explotó.

La gente estaba encerrada buscando respuestas y yo mostraba cómo se vivía la cuarentena en Miami, como eran los supermercados, los hospitales, los vuelos, la reapertura de parques y la famosa nueva normalidad.

Cada video conectaba.

Mientras yo seguía soñando con salir en programas de televisión, la plataforma ya me estaba dando audiencias que ninguna cadena hispana podía igualar.

Hoy lo veo claro, lo que nació como un plan B terminó siendo el verdadero plan A de mi vida.

Y por eso siempre digo que muchos subestiman a los creadores de contenido, nos miran con desdén, preguntándose de qué vivimos, sin imaginar que si supieran lo que realmente se puede generar aquí, la historia sería muy distinta.

No me interesa que lo sepan, porque al final nadie llega a mi canal obligado.

Quien está ahí es porque quiere, no porque le cambiaron el canal sin darse cuenta como pasa en la televisión.

La primera vez que realmente entendí que algo estaba cambiando en mi vida fue en una situación totalmente absurda.

Estaba en un supermercado haciendo mercado como cualquier persona y de repente un trabajador de Walmart me pidió una foto.

Me quedé en Sock.

Ese momento fue un quiebre porque ahí comprendí que había gente que me veía y me seguía, aunque todavía no dimensionaba hasta donde llegaba eso.

Lo más fuerte vendría después.

Porque si me preguntas cuando entendí de verdad cuánta gente me conocía, no fue por un video viral por un número en YouTube.

Fue el día que salí de los calabozos en Venezuela.

Después de horas detenido por la policía política, llegué a casa de mi mamá aún tratando de procesar todo y alguien me dijo, “Óscar, tuviste que la BBC de Londres publicó tu caso.

” Se me erizó la piel.

Abrí YouTube, empecé a hacer scroll y todo, absolutamente todo.

Era gente hablando de mí.

En Twitter fui tendencia número uno durante dos días seguidos.

Ahí no solo entendí que me conocía mucha gente, entendí que había cruzado una línea peligrosa y todo comenzó con lo que parecía un video más del canal.

En agosto de 2023 decidí grabar una pieza mostrando cómo era la vida nocturna en Caracas.

La idea era simple, caminar desde Plaza Bolívar hasta Chacaito y mostrar lo que muchos prefieren ignorar.

Prostitución, inseguridad, la crudeza de la ciudad.

El video duraba 45 minutos, pero bastaron apenas unos segundos para cambiar mi vida.

Frente a un edificio que la mayoría de los caraqueños ni siquiera identifica, hice una frase en tono de broma, sin dimensionar el peso político que podía tener.

Esa broma terminó siendo la excusa perfecta para acusarme de terrorismo.

Un recorrido entero por Caracas reducido a 5 segundos sacados de contexto.

Lo publiqué y al principio no pasó nada.

Ningún medio habló, ningún comentario raro apareció, todo parecía normal hasta que dejó de serlo.

Para mí todo eso seguía siendo solo otro episodio del canal, hasta que meses después regresé a Venezuela con la mejor de las intenciones.

Me habían invitado a la portada de una revista.

Quería pasar el cumpleaños de mi mamá y cumplir un sueño pendiente, conocer por fin el salto Ángel.

Estaba feliz, tranquilo, sin imaginar lo que venía, pero en el aeropuerto de Maiketía todo se vino abajo.

Hice el checking como cualquier pasajero y de pronto me pidieron que esperara.

En cuestión de segundos, frente a mi mamá y a mi hermano, aparecieron funcionarios del SIC, sacaron una hoja, me señalaron y dijeron, “Es usted.

” No hubo explicaciones ni margen para reaccionar.

Me detuvieron ahí mismo.

En ese instante pensé lo peor, porque cuando caes en manos de la policía política venezolana nunca sabes si serán horas, meses o años.

Dentro del carro, incluso los propios custodios me miraban con una mezcla de curiosidad y advertencia y me decían, “Chamo, tú tienes armado un po.

” Ese fue, sin duda, el momento más oscuro de mi vida.

Ahí entendí que todo había comenzado con un video aparentemente inofensivo, pero que el peso de ser creador de contenido en un país como Venezuela podía convertirse en un riesgo real.

Lo más absurdo de todo es que ni siquiera quienes me detuvieron sabían exactamente por qué estaba preso.

Si soy honesto, yo tampoco podía explicarlo con claridad.

La versión oficial era que me acusaban de terrorismo por una frase en un video que al momento de publicarse había pasado totalmente desapercibida.

Fueron casi 48 horas de incertidumbre absoluta, pensando que podía terminar en el Elicoide y quedar allí olvidado por meses o años.

Esa idea me carcomía la cabeza.

Al final, el juez que revisó el caso concluyó que no había absolutamente nada que vinculara mis palabras con terrorismo y ordenó mi liberación.

Y entonces queda la gran pregunta, ¿qué sentido tiene detener a alguien por un señalamiento tan grave para soltarlo dos días después como si nada? Yo estoy convencido de que salí libre por la presión mediática internacional y hay algo que nunca había contado.

Cuando me trasladaban de las oficinas del SIC al tribunal, los custodios me miraron y una vez más me soltaron la misma frase que ya había escuchado antes.

Chamo, ¿quién eres tú? Tú tienes armado un peo.

Yo no entendía absolutamente nada porque llevaba casi dos días sin comunicado, sin acceso a información, sin saber qué estaba pasando afuera.

Fue solo después cuando caí en cuenta de que se había desatado un escándalo enorme.

Estoy convencido de que el pronunciamiento de periodistas, medios internacionales, influencers, comediantes y creadores de todo tipo fue clave en lo que terminó ocurriendo.

A todos ellos solo puedo sentirles gratitud, porque tengo claro que sin ese respaldo hoy estaría contando una historia completamente distinta.

Claro que pensé que mi destino podía ser otro.

En esas primeras horas me imaginé procesado, preso por años.

Hacía un cálculo mental aterrador.

Después de haber vivido 9 meses en Miami.

Pensé que terminaría pasando 9 años encerrado en Venezuela, pero lo más duro de todo fue ver a mi mamá.

Ella estuvo ahí cuando me esposaron, cuando me llevaron y también cuando me liberaron.

Fue ella quien se encargó de llevarme comida, porque en esos calabozos no te dan nada ni lo más básico.

Gracias a ella pude tener al menos un desayuno y un almuerzo en medio de esa pesadilla.

El viaje a Canaima que tanto había esperado quedó suspendido.

Y sí, hoy me da miedo regresar a Venezuela.

Tengo fe en que volveré, pero será cuando todos podamos hacerlo en libertad y en paz.

Al salir supe que tenía que dar la cara.

No podía quedarme callado después de todo lo que se había generado.

Grabé un video contando lo ocurrido y como era de esperarse se hizo viral, aunque no era un video que yo hubiera querido que explotara de esa manera.

Es como cuando muere alguien querido y recibes un cheque del seguro.

Hay un beneficio económico, sí, pero jamás compensa la pérdida.

En mi caso, lo que murió fue la posibilidad de regresar a mi país con tranquilidad.

Y aunque ese video generó ingresos, habría preferido no tener que grabarlo nunca.

El video original de la noche en Caracas sigue publicado porque el propio juez determinó que lo que dije no constituía terrorismo.

Legalmente no hubo delito.

A veces me preguntan si creo que el juez me conocía por redes sociales.

No lo sé, no podría afirmarlo, pero de algo sí estoy completamente seguro.

Mi historia terminó siendo una advertencia brutal de lo frágil que es la libertad de expresión en Venezuela.

Lo que voy a contar suena a escena de película, pero lo viví en carne propia.

Imagínate estar detenido, esposado, con la cabeza llena de miedo y que de repente el funcionario encargado de procesarte te mire y te diga, “Óscar Alejandro, chamo, ¿qué haces tú aquí?” Yo me quedé helado.

Estábamos en Maripérez, en ese lugar donde te toman las huellas y la foto policial, la que queda archivada como si fueras un criminal.

Yo estaba mentalmente preparado para el peor momento de mi vida y aquel hombre, en lugar de tratarme como un sospechoso, me reconoció como si fuera alguien a quien seguía.

Lo más surrealista es que después de ponerme las huellas, me pidió una foto.

Yo le respondí, “Incrédulo, hermano, ¿tú de verdad crees que este es el momento? Estoy preso acusado de terrorismo.

” Él se rió nervioso y me dijo, “Tranquilo, pana.

Yo sé que esto es una locura.

” Y sí, era una locura.

absoluta, pero la historia no termina ahí.

Horas después, cuando me trasladan al Palacio de Justicia, otro funcionario se me acerca y me suelta, “Chamo, ¿qué hiciste tú para estar aquí?” En ese instante entendí que mi caso ya estaba explotando por todos lados.

Había guardias, empleados, jueces y gente en los pasillos que ya sabía quién era yo.

Incluso existe una foto mía tomada en esos pasillos, esposado, con una franela del Inter Miami y una cara de desconcierto total, como preguntándome qué demonios estaba pasando.

Y aunque ya me habían dicho que probablemente todo terminaría bien, la angustia seguía intacta, porque cuando te parás frente a un juez en Venezuela, nunca sabes cómo va a acabar la historia.

En Venezuela puedes salir libre o puedes desaparecer en un calabozo durante años.

Y eso es algo que muchos no terminan de entender.

Yo no estaba viviendo un episodio más de mi vida, estaba atravesando un capítulo que pudo cambiarlo todo para siempre.

Y todo se originó por una frase en un video que en cualquier otro contexto no le habría importado a nadie.

Hoy miro atrás y me pregunto cómo es posible que un creador de contenido termine en una situación así.

Pero la realidad es que las redes sociales tienen un poder tan grande que incluso dentro de una comisaría había personas esperando mi próximo video.

Y aunque suene absurdo, eso también fue parte de lo que me salvó.

Mucha gente me preguntó si mi arresto tuvo relación con los videos que grabé en Nicaragua.

Y no voy a mentir, esa fue la teoría que más se repitió, sobre todo porque se trata de un país aliado del régimen venezolano y ese contenido ya había generado ruido.

Pero hasta el día de hoy no tengo una sola prueba que conecte una cosa con la otra.

Si hubiera existido un mensaje filtrado, un tweet anónimo o alguna señal clara, yo sería el primero en decirlo.

La verdad es que nunca lo sabré.

Lo que sí aprendí es que la vida de un creador no puede vivirse siempre al 100%.

Yo me veía a mí mismo como un barco con la palanca a fondo, millones de vistas, dinero, fama, el algoritmo a favor.

Pero, ¿a qué costo? ¿En qué momento te vuelves esclavo de eso? Un día me senté conmigo mismo y me dije, “Óscar, bájale.

No se trata de vivir para el algoritmo, se trata de vivir para ti.

Por eso hoy no estoy al 100, estoy al 65.

Ese 35% que me guardo no es para el canal, es para mí, para ir a la playa en Miami, para compartir con mis amigos, para darme otra oportunidad en el amor, para disfrutar lo que he construido, porque de nada sirve convertirte en un fenómeno en internet si por dentro estás apagando.

Y esto no lo digo desde la teoría, lo digo después de llevarme varios golpes duros contra la realidad.

La serie que hice en Suiza, por ejemplo, le tenía una fe enorme.

La investigué a fondo, la comparé con otros destinos, la planifiqué al detalle y estaba convencido de que al menos uno de esos videos iba a explotar en millones de vistas, pero no pasó.

¿Y sabes qué sí pasó? Que coincidió con las elecciones presidenciales en Venezuela y toda mi audiencia estaba con la mirada puesta allí.

Yo subiendo videos desde Suiza mientras mi comunidad seguía minuto a minuto lo que ocurría con Edmundo González.

En ese choque de realidades entendí algo fundamental.

No eres un fracaso porque un video no funcione.

No eres menos creador porque una serie no se haga viral.

Al contrario, eso también es parte del juego.

Hoy puede ser Suiza, mañana El Salvador y pasado mañana quién sabe dónde.

Lo importante es no perder la cabeza ni la salud mental en el camino, porque lo que realmente está en juego no es un número en YouTube, eres tú.

Te confieso que al principio sentí que había fallado, que algo había hecho mal, que no estaba a la altura, pero luego entendí que no era un error mío, era una cuestión de tiempo y contexto.

Mientras yo publicaba esos videos, mi audiencia estaba enfocada en algo mucho más grande y nadie tenía cabeza para montañas, relojes o chocolates suizos.

Eso me abrió los ojos, porque el mundo digital funciona así, lo inesperado manda.

Hay videos que nacen muertos y reviven semanas después.

me pasó con un episodio junto a un medium que decía comunicarse con los muertos.

Al inicio nadie lo vio y de repente empezó a crecer solo, como una bola de nieve hasta convertirse en uno de los más comentados.

Lo mismo ocurrió con mi entrevista a Jorge Ramos tras su salida de Univisión.

Un día estaba ahí tranquilo y al siguiente explotó.

Pero la historia más loca fue la de Escobares, Texas.

YouTube no paraba de recomendarme reportajes de la BBC y de Univisión titulados La ciudad más pobre de Estados Unidos.

Yo pensaba, ¿por qué el algoritmo insiste con esto? Yo quiero abundancia, no pobreza.

Hasta que los vi y entendí algo clave, estaban hechos con un formato de televisión frío narrado en off, pensado para noticiero.

Tenían millones de vistas, sí, pero estaban lejos del lenguaje de YouTube.

Ahí fue cuando lo vi claro.

Esa historia era una joya escondida.

Fui, la conté a mi manera, cámara en mano, sin filtros y el resultado fue un bombazo, 14 millones de vistas, todo por contar lo mismo, pero en el formato correcto.

Y ahí aprendí que muchas veces las mejores historias ya existen.

Solo están esperando a alguien que se atreva a contarlas de otra forma.

Hoy Venezuela vive un momento que durante años parecía imposible.

Desde afuera, desde Estados Unidos, he visto como las noticias comenzaron a cambiar de tono, como los titulares dejaron de hablar de represión y empezaron a hablar de esperanza.

Lo que está pasando no es solo un cambio político, es un cambio emocional para millones de venezolanos que crecieron acostumbrados a la incertidumbre.

Ver a la gente en las calles celebrando, abrazándose, llorando de alegría, recordando a los que no llegaron a ver este día es algo que te remueve por dentro, aunque estés lejos.

Para muchos de nosotros, la libertad llegó primero como una noticia, luego como una sensación y finalmente como una certeza.

El miedo ya no manda.

Hoy el país respira distinto y eso se siente incluso a miles de kilómetros de distancia.

Falta mucho por reconstruir, sí, pero lo más difícil ya pasó.

Recuperar la esperanza.

Y si algo me ha enseñado todo este camino es que las historias no terminan cuando te obligan a irte, terminan cuando decides dejar de creer.

Venezuela volvió a creer.

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Porque esta historia, la nuestra, apenas está comenzando

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