muchacho, aquel que vendía aguacates en corabas, el muchacho aquel que soñaba con llenar un style.

En el inmenso y ruidoso mapa de la música latinoamericana existen historias de éxito prefabricadas, diseñadas en oficinas de marketing y existen historias que huelen a tierra, a sudor y a madrugada.
La historia de Jason Jiménez pertenece a esta segunda categoría, una narrativa tan cruda y real que a veces parece sacada de un guion de cine, pero que fue escrita con la tinta del sacrificio en las calles más duras de Bogotá.
El primer capítulo de esta odisea comienza el 26 de julio de 1991 en Manzanares, un municipio incrustado en las montañas de Caldas, tierra de café y de gente recia.
Allí, bajo el nombre de Jason Orlando Jiménez Galeano, nació este artista en el seno de una familia campesina.
Sin embargo, la postal bucólica del Eje Cafetero contrastaba con la realidad puertas adentro.

Su infancia no estuvo marcada por la abundancia, sino por la inestabilidad emocional y económica.
Manzanares, conocida por su tradición musical y festivales locales, fue el primer escenario donde el niño Jason se paró con un micrófono en la mano.
A los siete u 8 años ya participaba en concursos infantiles de canto, entonando canciones rancheras y boleros con una voz más allá de su edad.
Desde esos primeros años se delineaba un estilo interpretativo marcado por la emoción, la intensidad y una entrega que se convertiría en sello propio del artista.
Creció viendo de cerca la violencia intrafamiliar, un flagelo silencioso que rompe hogares y que eventualmente llevó a la separación de sus padres.
Ese quiebre familiar fue el detonante de su primera gran migración.

Siendo apenas un niño, tuvo que asumir roles de adulto, entendiendo prematuramente que en la vida a veces el único camino hacia adelante es dejarlo todo atrás.
Con tan solo 13 años, una edad en la que la mayoría de los jóvenes apenas empiezan a preocuparse por la escuela, Jason se vio obligado a buscar un futuro lejos de su tierra natal.
El destino fue Bogotá, la nevera, la capital que promete todo, pero que rara vez cumple.
La llegada a Bogotá fue un choque térmico y social.
La familia se instaló en patio Bonito, en la localidad de Kennedy, al suroccidente de la ciudad.
Para quienes conocen la capital colombiana, patio bonito a principios de los años 2000 no era un lugar para los débiles.
Era un hervidero de humanidad, un barrio de clase trabajadora y luchadora, pero también una zona roja marcada por el pandillismo, el microtráfico y la ley del más fuerte.

En ese ecosistema hostil, un Jason adolescente tuvo que endurecer el carácter para no ser devorado por la calle.
Fue entonces cuando entró a la que él llama con orgullo su universidad, la central de abastos de Bogotá, Corabastos.
Este lugar, el mercado mayorista más grande del país, es una ciudad dentro de la ciudad, un monstruo de concreto que nunca duerme y donde se mueve la comida de millones de personas.
Allí, Jason no entró como visitante, sino como parte del engranaje más bajo y doloroso de la cadena alimenticia.
se convirtió en cotero.
Durante cinco largos años, su vida se rigió por un horario inhumano.
Mientras la ciudad descansaba, a las 2 de la mañana, Jason ya estaba amarrándose las botas.
El trabajo de Cotero es una prueba de resistencia física brutal.

Consiste en cargar sobre la espalda bultos de comida que en muchas ocasiones superan los 50 o 60 kg.
Jason cargó miles de toneladas de aguacate, de plátano, deuca.
Sus manos de adolescente se transformaron en manos de obrero llenas de callos y cicatrices.
Y su espalda aprendió a soportar un peso que doblaría a cualquier hombre promedio.
Pero su paso por corabastos no se limitó a la carga.
Su astucia y ganas de aprender lo llevaron también al pabellón de las carnes, donde aprendió el oficio de carnicero y despostador, manejando el cuchillo con destreza.
Entre el frío de los cuartos y el olor a sangre.
El peligro en la plaza no era solo laboral.

Él mismo ha relatado cómo vivió rodeado de tentaciones mortales.
En la oscuridad de la madrugada bogotana, el vicio, las drogas y las armas estaban al alcance de la mano.
Vio caer a amigos.
vio como la delincuencia reclutaba jóvenes con la promesa de dinero fácil y estuvo muchas veces en situaciones límite donde un paso en falso le hubiera costado la vida o la libertad.
Sin embargo, en medio de ese caos, Jason tenía un refugio invisible, un escudo que lo protegía de la podredumbre.
Su música, mientras desgranaba mazorcas o cargaba cajas de madera, su mente componía.
Jason era un poeta en el lugar menos poético del mundo.
Escribía letras en pedazos de papel de empaque en facturas viejas o simplemente las guardaba en su memoria.
Soñaba despierto con escenarios que parecían estar a años luz de distancia de los camiones de carga.
A los 17 años, con una determinación de hierro, comenzó a materializar ese sueño.
A diferencia de los artistas que nacen en cuna de oro o que tienen padrinos en la industria, Jason tuvo que financiar su carrera con el sudor de su frente.
Literalmente, cada peso que ahorraba en la plaza, privándose de comer mejor o de comprar ropa, iba destinado a un fondo sagrado, su primera producción musical.
La industria de la música popular en Colombia es un círculo cerrado y celoso.
Y cuando Jason intentó entrar, se encontró con puertas cerradas.
Los promotores lo miraban con desdén.
Le decían que no tenía pinta de artista, que su origen humilde no vendía, que mejor se dedicara a otra cosa.
Pero el no nunca fue una respuesta aceptable para él.
En 2011 rompió el cascarón con sus primeras grabaciones independientes.
Empezó desde lo más bajo del escalafón artístico, cantando en buses, en rincones de bares de mala muerte, en ferias de pueblo donde el sonido era precario y el público difícil.
Sus primeras canciones, como Te voy a olvidar, empezaron a filtrarse en la cultura popular, no a través de las grandes emisoras, sino a través de las rócolas y el boca a boca.
La gente del común, los conductores de camión, las amas de casa, los trabajadores que se tomaban una cerveza el fin de semana, empezaron a conectar con esa voz que no sonaba impostada.
Jason cantaba desde el despecho real, desde la vivencia del que ha sufrido por amor y por falta de dinero.
Su estilo, una mezcla de la música carrilera tradicional con toques modernos y norteños, empezó a forjar una identidad propia.
Fueron años de picar piedra, de recorrer carreteras peligrosas de noche para llegar a pueblos olvidados, de dormir poco y cantar mucho.
El primer gran punto de quiebre en su carrera llegó en 2013 con el lanzamiento de su álbum Debut con el corazón, producido con recursos propios y apoyos de amigos y familiares.
El sencillo, Te deseo lo mejor, no solo se convirtió en su carta de presentación, sino que resonó fuertemente en estaciones de radio regionales y plataformas digitales, catapultándolo a una audiencia más amplia en todo el país.
Durante los años siguientes continuó publicando álbumes y sencillos que consolidaron su estilo, letras intensas, melodías que evocaban el amor, el despecho y la esperanza, y una interpretación que conectaba directamente con las emociones de su público.
Llegó hacia el año 2018.
Después de éxitos moderados que le dieron nombre en la escena, lanzó aventurero.
Esta canción no fue simplemente un hit radial, fue un fenómeno sociológico.
La letra que reza ya no soy el niño de antes que no tenía para comprarse unos zapatos se convirtió en el himno de superación de todo un país.
Jason puso en palabras el sentimiento de millones de colombianos que han logrado ascender socialmente a base de esfuerzo.
aventurero rompió todos los récords del género, acumulando cientos de millones de reproducciones y llevando su música a estratos sociales que antes miraban con recelo el género popular.
La frase, con el corazón, gritada con fuerza en cada tema se volvió su firma indeleble.
Jason pasó de cobrar unos pocos pesos por presentación a llenar el Movistar Arena en Bogotá, la Plaza de Toros la Macarena en Medellín.
Jason Jiménez no solo se limitó a grabar discos, su presencia en redes sociales y plataformas digitales como YouTube fue estratégica.
Con millones de reproducciones, sus videos musicales ayudaron a catapultar su imagen más allá de Colombia, llegando a públicos en Estados Unidos, México y Europa.
Su estilo, cercano y auténtico, rompió barreras generacionales y ayudó a revitalizar un género que muchos consideraban tradicional o en retroceso.
En 2021, su influencia fue reconocida al ser invitado como jurado en el programa musical Yo me llamo de Caracol Televisión, donde evaluaba a imitadores de grandes artistas y compartía su experiencia con una audiencia masiva.
Esta aparición lo consolidó como figura pública más allá de los escenarios musicales.
Los años 2024 y 2025 marcaron momentos históricos en la carrera de Jiménez.
En 2024, Jason se convirtió en el primer artista de música popular colombiana en llenar tres veces el Movistar Arena de Bogotá.
Un recinto emblemático con capacidad para más de 15,000 personas por función, demostrando que su música había trascendido nichos y llegado al corazón de millones.
En 2025 alcanzó otro logro sin precedentes, llenar el estadio El Campín de Bogotá, uno de los escenarios más grandes del país, con miles de asistentes que celebraron su música.
Era la primera vez que un artista de este género lograba un hito de esa magnitud, consolidando a Jiménez como uno de los máximos exponentes de la música popular en Colombia.
Además de artista, Jason fue un hombre de familia.
estuvo casado con Sonia Restrepo y junto a ella crió a tres hijos, quienes siempre estuvieron en el centro de su vida.
Entrevistas y redes sociales hablaba abiertamente de la importancia de su familia, del amor por sus hijos y de cómo su trayectoria artística había sido impulsada por el deseo de darles una vida mejor.
Aunque el éxito trajo reconocimiento, también habló abiertamente sobre su lucha con la ansiedad y la presión de la fama en ocasiones, así como sobre su fe y reflexiones personales, revelando un artista con una complejidad humana profunda detrás del escenario.
El 10 de enero de 2026 amaneció como cualquier otro día de gira para Jason Jiménez.
Su agenda estaba llena, los compromisos se acumulaban y esa noche debía presentarse ante miles de personas que lo esperaban en Medellín.
Había pasado los últimos días entre entrevistas, ensayos y reuniones de producción, celebrando el momento más alto de su carrera.
Nada había pensar que sería su último viaje.
En horas de la mañana abordó una avioneta privada junto a miembros de su equipo cercano.
Era un trayecto corto, rutinario, uno de tantos que había hecho durante años de conciertos ininterrumpidos.
Jason, según personas de su entorno, estaba tranquilo, concentrado en el show, hablando de nuevos proyectos y de pasar más tiempo con su familia cuando terminara la gira.
Minutos después del despegue, mientras la aeronave atravesaba la zona montañosa de Boyacá, algo salió mal.
El avión perdió estabilidad en pleno ascenso.
No hubo tiempo para maniobras largas ni para mensajes de auxilio que llegaran al público.
En cuestión de instantes, la aeronave se precipitó contra el terreno en una zona rural entre Paipa y Duitama.
El impacto fue devastador.
Cuando los equipos de rescate llegaron al lugar, ya no había nada que hacer.
La noticia se propagó como un golpe seco por todo el país, primero como un rumor confuso, luego como un titular imposible de creer y finalmente como una confirmación que paralizó a Colombia.
Las emisoras detuvieron su programación, los canales interrumpieron sus transmisiones y las redes sociales se llenaron de mensajes que repetían la misma frase: “No puede ser.
” Horas antes, su música sonaba en todas partes.
Esa noche sonó como un homenaje.
Miles de fanáticos se reunieron espontáneamente frente a escenarios, coliseos y plazas donde alguna vez cantó.
Encendieron velas, levantaron fotografías, corearon sus canciones entre lágrimas.
En Medellín, el concierto se transformó en silencio.
Un escenario vacío, luces apagadas y un público que no entendía como el artista que esperaban ya no estaba.
Con su muerte no solo se fue una voz, se fue la historia del niño pobre que cargaba bultos en corabastos y terminó llenando estadios.
Se fue el joven que cantaba al desamor mientras luchaba contra sus propios miedos.
Se fue el padre que soñaba con ver crecer a sus hijos, lejos de las carencias que él conoció.
Se fue el hombre que convirtió el dolor en canciones.
Paradójicamente, semanas antes, Jason había confesado a personas cercanas que soñaba con aviones, con caídas, con despedidas.
Lo decía medio en broma, medio en serio, como si en algún rincón de su mente hubiera presentido que su historia, tan intensa y rápida, no sería larga.
tres veces con que íbamos a tener un accidente en el avión y con que yo tenía que decirle al piloto que fuera, le diera una vuelta y cuando él llegaba me decía, “Uy, patrón, menos mal me dijo porque me Su vida se apagó en el punto más alto cuando su nombre encabezaba carteles gigantes, cuando su música dominaba listas, cuando su género, gracias a él, por fin ocupaba los escenarios más grandes del país.
Hoy su voz sigue viva en millones de reproducciones, en cantinas, en carros con las ventanas abajo, en corazones rotos que encuentran consuelo en sus letras, pero el hombre que las cantaba ya no regresó de ese vuelo.
Y así Jason Jiménez pasó a convertirse en algo más que un artista, en una ausencia que duele, en una historia que se cuenta en pasado y en una leyenda que nació del barrio, conquistó a un país entero y se fue demasiado pronto.
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