La noticia que emergió desde Colombia cruzó fronteras con una velocidad inesperada y se instaló en el corazón de América Latina y del mundo entero.

No se trataba solo de la muerte de un artista, sino del silencio definitivo de una voz que había narrado la vida de miles de personas invisibles.
Desde Cartagena hasta los barrios más humildes del Caribe, el nombre de Doger Disk comenzó a pronunciarse con tristeza y respeto.
La champeta, un género nacido de la resistencia cultural, perdió a uno de sus máximos exponentes.
La conmoción fue inmediata y profunda, como si una parte de la memoria colectiva hubiera sido arrancada de golpe.
jpg) Ismael Cimancas, conocido artísticamente como Doger Disk, había construido su carrera desde abajo, con esfuerzo y autenticidad.
Su historia personal se parecía mucho a las letras que cantaba, llenas de dolor, esperanza y dignidad.
Durante varios días luchó entre la vida y la muerte en un hospital de la ciudad de Cartagena, Colombia.

Los médicos hicieron todo lo posible para estabilizarlo, pero su estado de salud continuó deteriorándose.
Finalmente fue trasladado a la unidad de cuidados intensivos, donde su familia y amigos aguardaban con fe y angustia.
La infección pulmonar que padecía, sumada a otras complicaciones, terminó por vencer su resistencia.
El destino, implacable, cerró así el capítulo final de una vida marcada por la música y la lucha social.
La confirmación de su fallecimiento desató una avalancha de reacciones en redes sociales.
Artistas, periodistas, líderes comunitarios y fanáticos anónimos expresaron su dolor y su agradecimiento.
Muchos recordaron cómo las canciones de Doger Disk los acompañaron en momentos difíciles.

Otros compartieron videos antiguos de conciertos improvisados en plazas y barrios populares.
Las plataformas digitales se llenaron de mensajes que hablaban de orgullo, pérdida y legado.
La champeta volvió a sonar con fuerza, esta vez como un acto de despedida colectiva.
 Entre sus obras más recordadas se encuentra “Viejo Zorro”, una canción que se convirtió en himno para varias generaciones.
En ella, Doger Disk relataba la astucia necesaria para sobrevivir en un entorno hostil.
Su estilo directo y sin adornos conectaba de inmediato con quienes se sentían representados.
Hace no mucho tiempo, otra de sus canciones, “Desplazado de amor”, volvió a hacerse viral.

Una nueva generación descubrió su voz sin imaginar que el artista ya estaba librando su última batalla.
La ironía de ese redescubrimiento tardío intensificó el dolor de su partida.
Escuchar su voz hoy provoca una mezcla de nostalgia y admiración.
Doger Disk nunca se consideró una estrella distante.
Siempre afirmó que su música pertenecía a la calle y a la gente común.
Cantaba sobre la pobreza, el desarraigo, la violencia y también sobre el amor sencillo.
Su figura se convirtió en símbolo de identidad para comunidades marginadas de Colombia.
No buscó lujos ni fama internacional, aunque su nombre terminó viajando más lejos de lo esperado.
Para muchos jóvenes, fue un ejemplo de que el talento puede surgir en cualquier esquina.
Su vida demostró que la cultura popular también puede dejar huellas imborrables.

El legado de Ismael Cimancas trasciende su discografía.
Su influencia permanece viva en los nuevos artistas de champeta que continúan su camino.
Las calles de Cartagena y de otras ciudades del Caribe colombiano seguirán resonando con su música.
Aunque su voz se haya apagado, su mensaje sigue vigente.
Doger Disk se despide como vivió, siendo la voz de quienes no siempre son escuchados.
En el luto colectivo, Colombia y el mundo rinden homenaje a un artista auténtico.
La memoria de Doger Disk queda grabada para siempre en la historia de la música popular.