🚀🌑💥 “¡ÚLTIMA ÓRBITA REVELADA! Ace Frehley, el ‘Spaceman’ de KISS, apaga sus motores y deja un silencio cósmico que grita verdades prohibidas — la nota estelar que nadie debía leer y el acorde final que partió la galaxia en dos” 🎸✨👁️

 

Este es el último momento de Ace Freely.

Antes de partir, el hombre detrás del

casco estelar, el Spaceman, que incendió

escenarios con una guitarra humeante,

dejó flotando una pregunta que aún

atraviesa a millones de fanáticos. ¿Qué

queda cuando las luces se apagan y el

mito tiene que volver a casa? Cofundador

image

de Kiss, creador de un sonido filoso y

teatral que marcó a generaciones. Ece

fue al mismo tiempo astro y náufrago, un

héroe del reif que convirtió la timidez

de un chico del Bronx en un lenguaje de

galaxias. Pero su historia, como las

image

grandes baladas de los 70, siempre

escondió notas de melancolía, tensiones

creativas con sus viejos compañeros,

recaídas, reconciliaciones intermitentes

y la eterna batalla por ser más que una

máscara brillante. El 16 de octubre de

image

2025, en Morristown, Nueva Jersey, la

noticia confirmó lo que nadie quería

leer. Fredy había partido a los 74 años

después de las complicaciones de una

caída reciente que ya lo había obligado

a cancelar sus conciertos de octubre y

image

noviembre. Su familia dijo que se fue en

paz, rodeado de amor, cerrando así un

capítulo que comenzó, cuando un

adolescente autodidacta enchufó por

primera vez una guitarra y soñó con

hacerla rugir como un cohete. Aquel

image

chico terminaría cambiando la historia

del espectáculo con un personaje cósmico

y una forma de tocar que hacía temblar

estadios. En Kiss, Aceó solos

memorables, definió la estética

espacial, la actitud lúdica y peligrosa,

la sensación de que un show podía ser

una película de ciencia ficción en vivo.

Con él, la banda entendió que el rock

podía no parecer de este planeta. Esa

firma lo persiguió y lo protegió. lo

elevó a un panteón donde pocas manos han

doblado cuerdas con tanta personalidad y

al mismo tiempo lo encerró en una

armadura difícil de quitar fuera del

escenario. Cuando dejó el grupo en 1982,

demostró que su voz propia existía sin

pintura ni pirotecnia. New York Groove

volvió a sonar como un manifiesto de

independencia en sus años de carrera

solista, mientras la nostalgia y el

conflicto con sus excompañeros

alimentaban los titulares. Hoy, al

volver la mirada hacia su despedida, no

preguntamos solo cómo murió, sino que

nos enseñó sobrevivir, que detrás del

brillo hay vértigos, que la fama es un

viaje orbital y el aterrizaje duele, que

incluso un guitarrista que parecía venir

de otra galaxia necesitaba. Al final, un

lugar tranquilo donde poner la guitarra

y escuchar el eco eterno de sus propias

notas. La historia de Ace Fredy no se

puede entender sin mirar el escenario

donde todo comenzó, el Bronx de finales

de los años 60. Un barrio duro, lleno de

fábricas abandonadas, graffitis y

jóvenes que buscaban una salida entre la

música y las calles. Allí nació Paul

Daniel Fredley, hijo de una familia

humilde con raíces holandesas y

alemanas. Era un adolescente tímido, con

una energía eléctrica que no encontraba

canal. Y un día, a los 13 años,

descubrió la guitarra. Esa chispa cambió

todo. Mientras muchos de sus amigos se

perdían entre peleas o trabajos mal

pagados, Ece encontraba refugio en los

acordes de Jimmy Hendrick y de Hu.

Tocaba durante horas solo, con un viejo

amplificador que rugía como un motor

oxidado, pero en su cabeza ya sonaban

cohetes. Imaginaba luces. humo y público

que lo escuchaba como si viniera de otro

planeta. Ese sueño se transformó en

realidad cuando respondió a un anuncio

en un periódico local. Se busca

guitarrista para banda de rock teatral.

El destino lo llevó a conocer a Paul

Stanley, Jean Simmons y Peter Chris, los

otros tres nombres que formarían una de

las agrupaciones más impactantes de la

historia. Kiss, lo que comenzó como un

experimento de maquillaje y sonido,

terminó convirtiéndose en una revolución

cultural. Fry diseñó su propio

personaje, el Spaceman. Un viajero

cósmico con destellos plateados y botas

de otro mundo. Su guitarra echaba humo,

lanzaba chispas y sus solos hacían

vibrar estadios enteros. Kiss no solo

tocaba música, ofrecía un espectáculo

visual que nunca antes se había visto.

Cada concierto era una explosión de

fuego, luces, sangre falsa y rifs

inmortales. Pero detrás de esa máscara

brillante, el verdadero Ace seguía

siendo un chico del Bronx que solo

quería tocar sin pensar en dinero ni

fama. El éxito llegó como un meteoro. En

los años 70, Kiss dominaba el mundo.

Discos platino, giras gigantescas,

millones de fanáticos que pintaban sus

rostros como sus ídolos. Ece era el alma

rebelde del grupo, el que se reía en los

camerinos, el que improvisaba en el

escenario y el que, sin darse cuenta

empezó a sentirse fuera de órbita. Las

diferencias con Jean y Paul se volvieron

inevitables. Ellos querían control,

disciplina, estrategia, Ace. En cambio

quería libertad, improvisación, rock

puro. El Spaceman empezó a flotar

demasiado lejos de la nave. En 1978,

cada miembro de Kiss lanzó su propio

álbum solista. El de Ace, simplemente

titulado Ace Fredy, fue el más exitoso.

Su canción New York Groove se convirtió

en un himno, el regreso del hijo perdido

a su ciudad natal, como si quisiera

decirle al mundo que todavía era el

mismo chico con una guitarra y un sueño.

Pero la fama tiene un precio, la

presión, los excesos, la sensación de

ser una figura reemplazable dentro de la

maquinaria Kiss comenzaron a

desgastarlo. En 1982,

después de años de peleas internas y

problemas personales, Aceó abandonar la

banda. Su salida fue como una explosión

silenciosa. El cohete que él mismo había

lanzado hacia las estrellas se había

desintegrado a mitad del vuelo. Sin

embargo, no fue un final. Freily formó

su propio grupo, Freily’s Comet, y

siguió tocando, grabando, cayendo y

levantándose. El rock seguía siendo su

oxígeno, aunque el público ya lo miraba

como a un cometa que pasa una vez cada

tanto, brillante, pero lejano. Décadas

después, cuando el mito parecía dormido,

Ace volvió con el pelo canoso, las gafas

oscuras y la voz más ronca, seguía

llenando salas, tocando con la misma

pasión que en los 70, pero esta vez su

mirada era distinta, más serena, más

humana, como si por fin hubiera aceptado

que su viaje intergaláctico tenía que

terminar en algún punto. En este segundo

acto de su vida, Ace Frey ya no era el

Spaceman, era simplemente Ace, un hombre

que había vivido todas las fases del

éxito y del olvido y que ahora tocaba

para reconciliarse con sí mismo. El

escenario cambió, pero la esencia seguía

ahí. Una guitarra encendida, una figura

solitaria bajo la luz azul y un silencio

que pesa más que cualquier aplauso. El

ascenso de Ace Fredy fue tan vertiginoso

como una llamarada eléctrica. A mediados

de los 70, Kiss se había transformado en

una religión del rock. Los rostros

pintados, los trajes imposibles y el

fuego sobre el escenario crearon una

mística que desafiaba lo convencional.

Cada uno representaba un arquetipo. El

demonio, Jen Simons, la estrella Paul

Stanley, el gato Peter Chris y el hombre

del espacio Ace Frey. Entre ellos, Ace

era el más enigmático. No hablaba mucho

en las entrevistas, no se preocupaba por

la política de la banda ni por las

estrategias de marketing. Solo le

importaba tocar. Su guitarra tenía

personalidad, un sonido afilado, veloz,

casi extraterrestre. Canciones como

Shock Me o Colin lo convirtieron en un

icono entre los guitarristas de su

generación. En los conciertos, su

instrumento lanzaba humo y destellos

como si realmente proviniera de otro

planeta. Pero detrás del espectáculo,

Ace era el único miembro que no lograba

adaptarse al ritmo inhumano del éxito.

Mientras los demás pensaban en contratos

y giras mundiales, él buscaba espacios

de libertad, noches de improvisación y

risas. En su autobiografía, “No

regrets”, escribió. Cuando las luces se

apagaban, yo no veía fama, veía

silencio, y ese silencio me asustaba más

que cualquier escenario vacío. Su caída

empezó lentamente, casi sin que él lo

notara. La fama trajo consigo la

presión, las giras interminables y el

aislamiento. Las tensiones dentro del

grupo se volvieron insoportables. Jean y

Paul querían más control, más

disciplina. Ace, en cambio, necesitaba

aire. La banda se convirtió en una

empresa y él ya no se reconocía en aquel

engranaje. Durante las grabaciones de

Dynasty 1979

y un Masket 1980,

Fredy se sentía cada vez más apartado de

las decisiones creativas. Y mientras el

Spaceman conquistaba estadios, el hombre

detrás del maquillaje comenzaba a

perderse. En 1982,

después de años de excesos y

agotamiento, Ece abandonó Kiss. Fue un

acto de rebelión, pero también de

supervivencia. Se llevó consigo su

guitarra, su estilo y un nombre que el

público ya adoraba. Formó Fredy’s Comet,

su propio proyecto con el que regresó a

los escenarios. Aunque la industria

había cambiado y el éxito ya no era tan

fácil, Aceía tocando como si el tiempo

se hubiera detenido en 1978.

En cada nota, en cada solo había algo de

redención. A finales de los 80, los

problemas personales comenzaron a pesar.

Los años de giras, las adicciones y la

soledad le pasaron factura. Su salud se

deterioró y su reputación sufrió golpes.

Muchos lo consideraban una leyenda, pero

también una sombra de lo que fue. Y sin

embargo, Ace nunca dejó de crear. Grabó

nuevos discos, colaboró con otros

artistas. Y aunque el público de masas

se había movido hacia nuevos estilos, él

seguía siendo un símbolo de

autenticidad. El gran giro de su vida

llegó en 1996.

Después de casi 15 años separados, Kiss

anunció una reunión mundial con los

miembros originales. Ace volvió al

escenario con su traje plateado y su

guitarra reluciente frente a un público

que lloraba de emoción. El reencuentro

fue un fenómeno. Estadios llenos,

millones de entradas vendidas,

merchandising agotado. Por un momento,

el tiempo pareció retroceder, pero las

viejas heridas no desaparecen tan

fácilmente. Detrás de los aplausos

volvieron las diferencias, los

contratos, los egos. Ace sabía que esa

no era su casa. Era un viaje de regreso

a un pasado que ya no existía. En 2002

se separó nuevamente de Kiss, esta vez

sin lágrimas ni escándalo, simplemente

se fue. Dijo en una entrevista, “No

puedo vivir para ser un personaje. Soy

un músico, no un disfraz.” Y así comenzó

la etapa más humana y madura de su

carrera. Durante las décadas siguientes,

Freily publicó discos como Anomaly 2009,

Space Invader 2014, Origins Volume 1,

2016 y Spaceman 2018. Cada álbum era un

reflejo de su viaje interior, un intento

por reconciliar al hombre y al mito. En

los escenarios más pequeños, rodeado de

fanáticos fieles, Ace ya no necesitaba

efectos especiales. Su guitarra hablaba

por él y en esa sencillez muchos

descubrieron su verdadera grandeza. Sin

embargo, la edad y los años de excesos

pesaban. En 2025, durante la preparación

de su gira 10:00, 00 Boltz sufrió una

caída en su estudio de Nueva Jersey, que

le provocó una lesión cerebral. Canceló

los conciertos pendientes, pero insistió

en que se recuperaría. Pocos imaginaban

que ese sería su último intento por

volver a los escenarios. El 16 de

octubre de 2025, el mismo día en que

hace décadas había anunciado su regreso

triunfal con Kiss, Ace Fry partió para

siempre. El mundo del rock se quedó en

silencio por unos segundos, como si

alguien hubiera desconectado un

amplificador gigante. El hombre que

había hecho vibrar estadios enteros se

despidió sin ruido, como una estrella

que se apaga lentamente en el universo.

Su ascenso fue una explosión de luz, su

caída una lección de humildad, pero

ambas fases compartieron el mismo

espíritu. La pasión inquebrantable de un

artista que jamás dejó de mirar hacia el

infinito. Detrás de la máscara del

Spaceman había un hombre que nunca se

sintió parte del planeta que lo

aclamaba. Esa fue la verdad más oscura

de Ace Fredy. Mientras millones lo veían

como un dios del rock, él se sentía cada

vez más distante de su propia creación.

El maquillaje lo había protegido, pero

también lo había encarcelado. En los

últimos años, Ace había confesado que la

fama lo había hecho perder el control de

su identidad. El personaje comía al ser

humano. En las giras era Aceitarrista

legendario, el héroe que hacía rugir a

las multitudes. Pero en los hoteles,

cuando la pintura se borraba del rostro,

quedaba Paul Daniel Fredley, un hombre

solitario, cansado, que intentaba

recordar quién era antes de que el

público lo convirtiera en un mito. La

línea entre el escenario y la vida real

se desdibujó. Vivir entre luces que no

te dejan ver tu propio rostro es la

forma más triste de oscuridad”, escribió

una vez en su diario. Esa dualidad, la

del hombre y el icono, fue el conflicto

que lo acompañó hasta el final. Por un

lado, era consciente de su legado.

Guitarras icónicas, millones de discos

vendidos, el respeto eterno de toda una

generación. Por otro, sentía que el

mundo nunca lo comprendió del todo. “Yo

no era un rebelde”, dijo en una

entrevista. solo era un tipo tratando de

sobrevivir a su propio ruido. El clímax

emocional de su vida llegó cuando

comprendió que su mayor victoria también

fue su condena. El éxito de Kiss lo

había catapultado a las estrellas, pero

también le había quitado la posibilidad

de volver a ser solo Ece. Era un

símbolo, una caricatura inmortal y

ningún ser humano puede competir con su

propio mito. Durante los últimos años,

mientras la pandemia pausaba los

escenarios y las giras, Freily se

refugió en su casa de Nueva Jersey,

rodeado de guitarras, discos y

recuerdos. Allí, entre los muros

tapizados con fotografías antiguas,

componía sin prisa. En una entrevista

concedida poco antes de su accidente,

confesó, “Ahora toco solo para mí. Ya no

quiero probar nada, solo quiero que las

notas me hablen. Como cuando era un

chico en el Bronx. Sus amigos más

cercanos aseguran que pasaba largas

horas mirando al vacío, sosteniendo la

guitarra sin tocarla, como si escuchara

algo que los demás no podían oír. Tal

vez era el eco de su juventud, tal vez

eran los aplausos que nunca regresan

igual. El día de su caída, según

informes de su entorno, Ace estaba

preparando un nuevo proyecto. Tenía

demos, letras, ideas de portada. El

título tentativo era Return to the

Stars, una metáfora perfecta. Quería

cerrar su ciclo regresando

simbólicamente al lugar de donde siempre

dijo venir. Esa noche perdió el

equilibrio en el estudio golpeándose la

cabeza. Fue internado, pero su condición

se agravó con los días. El 16 de

octubre, su familia decidió dejarlo

partir. Se fue en silencio, sin público,

sin escenario, como si el universo

hubiera venido a buscarlo discretamente,

apagando las luces del camerino una por

una. La noticia se esparció rápidamente.

Jean Simons escribió, “Perdimos a un

hermano del espacio. Sin Ece, Kiss no

habría alcanzado las estrellas.” Paul

Stanley dijo, “Era un soñador, siempre

lo fue. Y los soñadores nunca mueren. It

is a probably hope like the gold and the

sign of the wrongs of coner.” Miles de

fans llenaron las redes con fotos

antiguas, entradas de conciertos,

tatuajes del casco plateado y frases de

sus canciones. El mundo comprendió quizá

por primera vez que Ace Freely no solo

había sido parte de una banda, había

sido una constelación en sí mismo. La

verdad más dolorosa emergió entonces.

Ace nunca buscó ser un dios del rock,

solo quería tocar guitarra. El éxito lo

llevó a una galaxia donde el silencio

era insoportable, donde las luces no se

apagan nunca y donde cada sonrisa debe

repetirse 1000 veces. El precio de la

inmortalidad fue la soledad. En su casa,

tras su partida, se encontraron varias

libretas con anotaciones. En una de

ellas, escrita a mano con tinta azul, se

leía, “Si alguna vez me pierdo en el

espacio, no me busquen. Estaré tocando

una melodía que solo las estrellas

pueden escuchar. Was there?” Esa fue su

despedida, su epitafio no oficial. Una

frase que resume el alma del hombre que

quiso flotar libre, pero que terminó

atrapado en su propio universo de luces.

Y ahora, cada vez que alguien pone un

vinilo de Kiss o escucha el solo de

Shock Mme, parece que un fragmento de

Ace aún viaja entre los planetas,

recordándonos que el arte cuando nace

del alma nunca muere, solo cambia de

frecuencia. En el último momento creemos

que la historia de Ace Freely no solo

habla del rock, sino de la fragilidad

humana que se esconde detrás de los

ídolos. Durante décadas, millones de

personas lo vieron como un superhéroe

cósmico, una figura inmortal con una

guitarra que lanzaba fuego. Pero detrás

del maquillaje y las luces hubo un

hombre que peleó contra los mismos

demonios que muchos enfrentan en

silencio. La soledad, la incomprensión,

la búsqueda de identidad. Ece nunca

quiso ser un símbolo. Su talento lo

empujó hacia un destino del que ya no

pudo escapar. El público quería al

Spaceman, no al hombre que regresaba

cansado al camerino con los oídos

zumbando y las manos temblando. Y sin

embargo, esa dualidad fue su mayor

aporte al rock. Demostró que detrás de

cada máscara hay una verdad más

profunda, que la vulnerabilidad también

puede ser legendaria. Lo que admiramos

de Ace no es solo virtuosismo, sino su

capacidad para seguir adelante después

de cada caída. rompió con su banda en el

momento más alto. Se reinventó como

solista cuando todos lo daban por

acabado y volvió a los escenarios para

cerrar el ciclo con dignidad. No todos

los artistas logran volver a casa con el

corazón limpio. El no porque haya

vencido a sus fantasmas, sino porque

aprendió a convivir con ellos. El

público muchas veces olvida que los

genios también sangran, que detrás de

los aplausos hay noches de silencio, que

los escenarios pueden ser cárceles

doradas. Ace Frey vivió todo eso y lo

transformó en música. Su sonido, su

actitud, su rebeldía siguen inspirando a

quienes buscan autenticidad en un mundo

que premia las máscaras. Desde este

canal queremos rendirle homenaje no como

una leyenda distante, sino como un ser

humano que se atrevió a ser diferente.

Mientras otros se conformaban con

repetir fórmulas, él buscó nuevas

galaxias sonoras. Mientras la industria

lo etiquetaba, él respondía con una

carcajada y un solo de guitarra. Y

cuando el cuerpo ya no resistió, cuando

el ruido del mundo se volvió demasiado

fuerte, simplemente guardó silencio. Ese

silencio no fue derrota, fue paz. La

muerte de Ace Frely nos recuerda algo

esencial, que los mitos no mueren cuando

dejan de respirar, sino cuando dejamos

de recordarlos. Cada vez que una

guitarra suena con ese tono metálico y

melancólico, cada vez que un joven se

pinta el rostro de plateado, Ace vuelve

a nacer porque su historia no terminó en

un hospital de Nueva Jersey. Sigue

viajando entre los ecos de su música,

entre las estrellas que alguna vez soñó

alcanzar. Y tal vez en algún rincón del

universo, el Spaceman siga tocando en un

escenario sin gravedad, donde no hay

juicios, ni máscaras ni contratos. Solo

él, su guitarra y el infinito. La

habitación donde Ace Freely pasó sus

últimos días estaba llena de guitarras

colgadas, fotografías de giras antiguas

y un casco plateado que brillaba bajo la

luz tenue de una lámpara. Dicen que poco

antes de cerrar los ojos por última vez,

alcanzó a mirar por la ventana. Afuera,

el cielo de Nueva Jersey estaba cubierto

de estrellas y tal vez por un instante

volvió a sentirse en casa. Su vida había

sido un viaje constante entre la tierra

y el espacio, entre el ruido y el

silencio, entre el mito y la verdad.

Cada cuerda que tocó fue un intento por

comunicarse con un universo que parecía

entenderlo mejor que los humanos. Por

eso su partida no se siente como un

adiós, sino como un regreso. El Spaceman

finalmente volviendo al lugar de donde

siempre dijo venir. En las semanas

siguientes, los fans encendieron velas

frente a estudios, bares y escenarios

donde Ace había tocado alguna vez. No

eran homenajes grandilocuentes, sino

gestos íntimos, guitarras apoyadas en la

pared, discos puestos a girar, frases

escritas en servilletas con tinta azul,

en cada una de ellas el mismo mensaje.

Gracias por enseñarnos que incluso las

estrellas solitarias pueden brillar. El

eco de su música continúa viajando como

una onda de radio perdida en el cosmos.

Quizá en algún rincón del universo

alguien escuche el rif de Shock Me y

sonría sin saber quién fue su autor. Y

así está bien, porque la verdadera

inmortalidad no está en el nombre, sino

en la emoción que deja. El legado de Ace

Freelyy no es solo el de un guitarrista

legendario, es el de un hombre que nunca

dejó de ser un soñador del Bronx, que se

construyó alas hechas de acordes y se

atrevió a volar demasiado cerca de la

Luna. M.

Related Posts

Our Privacy policy

https://noticiasdecelebridades.com - © 2026 News